David Foster Wallace, la adicción que no cesa
Cuando se cumplen tres décadas de la publicación de «La broma infinita» (febrero de 1996), una de las novelas más ambiciosas, analizadas e influyentes de la literatura americana contemporánea, y al hilo de la reedición de gran parte de su obra por Random House, desgranamos en diez puntos la figura de David Foster Wallace. Genio, visionario y atormentado, «rockstar» del cambio de siglo, a un tiempo analizado en la Sorbona que adulado en «Los Simpson», deslumbró al mundo con una mirada analítica, unos recursos formales y un humor hiper inteligentes que hoy siguen generando adictos (irónicamente al autor que más alertó contra los peligros de la adicción).
Por Antonio Lozano

David Foster Wallace a ojos del ilustrador Pau Valls. Crédito: Revista LENGUA.
Uno
David Foster Wallace creció en un ambiente intelectual de primer orden. Sus padres eran profesores universitarios en Urbana (Illinois); él, de Filosofía; y ella, de Lengua y Literatura. Él le leyó Moby Dick con cinco años y ella era una obsesa de la gramática, que tosía aparatosamente cada vez que sus hijos cometían un error. En opinión de la novelista y poeta Mary Karr, con la que el autor mantendría una relación tormentosa y cuyo nombre se hizo tatuar, sus progenitores eran unos monstruos que le inculcarían una idea de la superioridad que lo llevarían por la senda de la infelicidad. A ellos les dedicó su primer libro de relatos, agradeciéndoles la creación de un «Fondo Wallace para Niños Desnortados», en alusión a sus cuidados y desvelos cada vez que padeció un episodio depresivo.
Dos
David Foster Wallace se graduó summa cum laude por la Universidad de Amherst en Massachusetts en 1985, con la excepcionalidad de hacerlo tanto en Filosofía como en Literatura. Dentro de la primera, se especializó en el campo de las matemáticas y la lógica modal -estudio de cuestiones ligadas a la necesidad y la posibilidad-, firmando una tesis doctoral -publicada póstumamente con el título de Fate, Time, and Language: An Essay on Free Will (2010)- donde rebatía la idea de fatalismo expuesta por el filósofo Richard Taylor en un ensayo de 1962 -en el que sostenía que las acciones y decisiones humanas no tiene influencia sobre el futuro- por medio de 76 páginas de argumentos semánticos y metafísicos.
El comentario de un profesor de que sus argumentaciones filosóficas poseían la cualidad de una historia en marcha le sirvió la idea de presentar su tesis doctoral en Literatura en forma de una novela, que completa con veintipocos años y sin ninguna experiencia previa con la ficción. Publicada dos años después con el título de La escoba del sistema, su germen fue el comentario de una antigua novia según el cual preferiría ser un personaje en una obra de ficción que una persona real. Para responder a la cuestión de qué diferencia había entre uno y otro, acudió profusamente a la semiótica y a Wittgenstein, pero también al humor absurdo y disparatado (hay bastante unanimidad en considerar que contiene algunas de sus páginas más hilarantes), al tiempo que jugó con diversos formatos, incluyendo transcripciones de programas televisivos y de sesiones de terapia psicológica.
David Foster Wallace abandonaría sus planes iniciales de dedicarse a la Filosofía -y, por extensión, encauzarse hacia una trayectoria académica- por la Literatura, terreno en el que cree explotar más su creatividad, le divierte más y le conviene más desde el punto de vista de su salud mental (lo que nos lleva de forma fluida al siguiente punto).
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Tres
No es posible rebatir que David Foster Wallace fue un genio (de hecho, es lo primero que salta a la vista al leer cualquier texto suyo, la brillantez de su galaxia de neuronas), pero esta asombrosa capacidad mental tuvo un reverso oscuro en su inestabilidad psíquica. En él confluyeron la mente prodigiosa y la mente enferma. De aquí que el fundamento de su obra radicara en advertir contra los peligros del pensamiento exacerbado, obsesivo, aislante y diferencial; es decir, nuestra cabeza como prisión. Una idea motor que atraviesa su trabajo es la reflexión acerca de cómo escapar de la trampa del solipsismo de cara a llegar a la emoción, a la espiritualidad y a ciertas verdades genuinas sobre la condición humana.
Cuatro
Las dudas acerca de su futuro profesional explican que se inscribiera tanto en un posgrado en escritura creativa en la Universidad de Arizona como en uno de Filosofía en la Universidad de Harvard. Testimonio de su paso por el primero son los relatos contenidos en La niña del pelo raro, herederos de su ópera prima pues en ellos continúan abundando las técnicas posmodernas y la reflexión metaficcional. De todos modos, al tiempo que explota estos recursos, el autor empieza en paralelo a cuestionarlos: ¿dónde acaban conduciéndonos la ironía, el sobrentendido, la pirotecnia formal, el juego...? A un callejón sin salida. Su estancia en Harvard se ve truncada por un retorno feroz de la depresión que será el momento que partirá su vida y obra en dos: pasa cuatro meses ingresado en una clínica en Belmont (Massachusetts) para recibir terapia psicológica y tratamiento para su adicción al alcohol y las drogas. Ahí encuentra inspiración y dirección, temática y sustrato humano, para la novela con la que deslumbrará al mundo: La broma infinita.

El escritor David Foster Wallace lee una selección de sus textos durante el festival de la revista The New Yorker celebrado en Nueva York el 27 de septiembre de 2002. Crédito: Getty Images.
Cinco
«Desde el punto de vista material, Estados Unidos es un lugar magnífico para vivir, especialmente para los jóvenes. La economía es muy potente y hay gran abundancia de medios. Cuando empecé a escribir La broma infinita tenía treinta años, pertenecía a la clase media alta, era blanco, nunca había padecido ninguna forma de discriminación, desconocía cualquier forma de pobreza de la que yo no fuera el causante y la mayor parte de mis amigos se encontraban en una posición parecida. Y, sin embargo, la tristeza es algo tangible, está ahí, es una realidad. Hay una cierta… ¿cuál sería la palabra? Una desconexión o alienación entre la gente que tiene menos de cuarenta o cuarenta y cinco años en este país. Se podría decir que el malestar se remonta al Watergate o a Vietnam, aunque hay muchas otras causas. La broma infinita intenta abordar el fenómeno de la adicción, tanto a los estupefacientes como en la acepción originaria de la palabra en inglés, adicción en el sentido de devoción, en un sentido casi religioso. Mi novela es un intento por entender una especie de tristeza que es inherente al capitalismo, algo que está en la raíz del fenómeno de la adicción».
Con estas declaraciones, David Foster Wallace buscaba, de alguna manera, señalar el elemento vertebrador de una novela con más de un millar de páginas, centenares de personajes y notas, multitud de ámbitos especializados y registros lingüísticos. Con tres focos principales -una academia de tenis para jóvenes prodigios, un centro de recuperación para ex adictos a las drogas y el alcohol, y un grupo terrorista quebequés-, entrelazados por una cinta de vídeo tan entretenida que anula la voluntad del individuo hasta matarlo, la obra radiografió los males de la sociedad tardocapitalista, incidiendo en el modo en que generaba individuos egocéntricos, narcisistas e hiperconsumistas, ergo, vacíos. Previa a la consolidación de internet, anticipó como ninguna los peligros de la sociedad digital -se citan filtros de imagen y televisión a la carta mucho antes de su invención, y está por ver si su idea de que empresas privadas esponsoricen los años, renombrándolos a partir de sus productos, acabará llegando-, mostrando cómo la inabarcable oferta de entretenimiento y un mundo saturado de publicidad y marketing empujan a la soledad, al aislamiento y a la incomunicación interpersonal. Y docenas de asuntos más.
Seis
La broma infinita causó un terremoto que es difícil de imaginar hoy en día, cuando el libro ha perdido troncalidad en el ámbito cultural, sobre todo tratándose de una novela tan exigente, definida por una pirotecnia verbal asombrosa, que incorporaba, en opinión de un crítico, «el vértigo de las comunicaciones, el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza omnipresente del terrorismo», rondada por la muerte y el suicidio, con una estructura anular y un final en absoluto convencional. David Foster Wallace no buscaba que su «monstruo» intimidara, pero hacerlo entretenido habría sido una impugnación de todo cuanto aspiraba a transmitir. Con todo, la principal aspiración del escritor -y su consecución o no es una pregunta abierta a cualquier lector del libro- era conjugar osadía formal y vuelo emocional, llegar tanto al corazón como a la cabeza. Tal y como declararía años después de su publicación: «La novela salió en un momento en que se publicaba casi exclusivamente literatura tradicional de corte realista o metaficción posmoderna... y mi libro se planteaba como una alternativa al imperio de esas dos tendencias. Con La broma infinita me proponía encontrar una tercera vía, combinando los logros técnicos del posmodernismo con la emoción asociada al realismo, sin la que no puede haber buena literatura».
D.T. Max, autor de la biografía de David Foster Wallace Todas las historias de amor son historias de fantasmas, defendió que escritor había sido capaz de alcanzar este doble objetivo al sintetizar que la novela «hablaba de la inminencia del colapso y de la posibilidad de que uno pudiera emerger más fuerte de ese colapso. Ofrecía fe fuera de la religión. Te señalaba el camino hacia una vida llena de sentido (...) El libro era redentor».
Siete
Publicada cuando tenía 33 años, La broma infinita convirtió a su autor en lo más parecido a un rockstar que puede dar la literatura. Más allá de las críticas que incidían en algo jamás leído y de una ambición desmedida, y de una atención mediática que ponía el foco en conceptos como «genialidad», «sensación» y «fenómeno», la novela generó un culto que arrastró por igual a la comunidad académica que al lector común (y, dentro de este, en especial a los jóvenes). Aunque protegido por el hecho de llevar una vida tranquila dando clases en el Medio Oeste, lejos de los grandes focos editoriales, David Foster Wallace se encontró teniendo que cambiar de número de teléfono con asiduidad y reservando mesa en restaurantes bajo un nombre falso. La fama, que él mismo había tildado como «el Ojo de Sauron», y la insistencia en celebrar su condición de superdotado -«Si adoras la inteligencia te acabarás considerando un fraude a punto de ser descubierto», les advirtió a los alumnos del Kenyon College en su célebre discurso de graduación, luego publicado bajo el título de Esto es agua-, serían elementos desequilibrantes en lo que le quedaba de vida. Un desafío más letal fue que La broma infinita había colocado un listó imposible de superar de cara a la siguiente novela. Mientras perseguía a ese ballena blanca, la inacabada y póstuma El rey pálido, David Foster Wallace fue publicando relatos que se reunirían en Entrevistas breves con hombres repulsivos -donde abordó la misoginia cuando estaba fuera del debate público y que contiene una maravillosa incursión en la angustia de la mente adolescente en las páginas de «En lo alto para siempre»- y Extinción -los más crudos de su trayectoria, donde más exploró sus problemas depresivos (imprescindibles pues para cualquier aproximación biográfica a su trabajo) y que incluye el que para muchos es el cuento más extraordinario de su producción: «El neón de siempre».

David Foster Wallace en una fotografía de 1997. Crédito: Getty Images.
Ocho
Aunque La broma infinita es la obra maestra de David Foster Wallace y aquello que le ha garantizado la posteridad, existe consenso en ver sus piezas de no ficción como la mejor puerta de entrada a su universo. El autor escribió ensayos sobre multitud de temas -televisión (Debate ha recuperado el mítico E unibus pluram), John McCain, gramática, Borges, Dostoyevski, Kafka, tenis, el 11-S, el cine de David Lynch...-, pero los más recordados son sin duda sus crónicas/reportajes de investigación, como los que titulan las colecciones Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer -un crucero/pesadilla por el Caribe- y Hablemos de langostas -una visita a la Feria de la Langosta de Maine con tintes animalistas-, a los que cabría añadir «El gran hijo rojo» -incursión en la industria del cine para adultos-. En ellos queda patente el disfrute que le brindaba al autor crear lo que calificó de personaje «algo más estúpido de lo que soy», al tiempo que se entiende lo que contaba D.T. Max en la citada biografía: el alborozo que causaba la llegada de una nueva pieza a las redacciones de las revistas en las que se publicaría, formándose colas frente a la fotocopiadora para llevarse a casa una copia en primicia del original (visto el precio que alcanzaron algunas cartas privadas del escritor en subastas públicas -por fortuna su fondo literario es consultable en el Ransom Center de la Universidad de Texas-, seguro que más de uno de esos empleados lamentaron haber destruido su tesoro).
Nueve
Aquejado desde adolescente de problemas depresivos, David Foster Wallace tenía en la ficción un salvavidas -en sentido literal, algo que lo alejaba del dolor de ser él mismo. «No quería que la escritura le importara tanto como lo hacía, pero no podía evitarlo», declaró su viuda, la artista Karen Green. Esto explica que cuando la enfermedad retornó con virulencia, en torno a un año antes de su suicidio, la imposibilidad de trabajar en lo que confería gran parte de sentido a su existencia fuera un factor determinante para su muerte (D.T. Max llega a concederle un 90% de peso, frente al 10% de su salud mental). Aquel fatídico 12 de septiembre de 2008, el escritor llevaba más de una década batallando con un proyecto llamado a fracasar si hubiese cifrado su éxito en superar el impacto de La broma infinita, misión imposible de antemano, pero que conceptualmente también se antojaba demencial: hacer interesante el aburrimiento. El rey pálido debía lanzar sus redes sobre los inspectores de Hacienda y convertir el tedio en la columna vertebral de una novela de cientos de páginas. Superado por el proyecto, incluso para una mente tan privilegiada como la suya, llegó a lamentarle a un amigo por carta que este era como «forcejear con plafones de madera de balsa en medio de un vendaval (...). Todo esto es como un tornado que no para quieto un momento de cara a que pueda dilucidar lo que es útil y lo que no, lo que acostumbra a llevarme a la idea de que deberé escribir un manuscrito de 5000 páginas que luego reducirlo en un 90%».
Antes de ahorcarse, leemos en Todas las historias de amor son historias de fantasmas, David Foster Wallace «colocó sobre su mesa de trabajo 250 páginas, que contenían capítulos completos y corregidos, con una lamparita encendida iluminándolos. Luego, esparcidos por el despacho cientos y cientos de páginas de su novela en progreso, repartidos en discos duros, carpetas de archivador, carpetas de anillas, cuadernos de espiral, disquetes, fajos de páginas manuscritas, notas y más. Ningún esquema ni indicación del orden de los capítulos. «
Pese a que se trataba de una obra en marcha que obligó a Pitsch a un desciframiento y a un hilado hercúleos, El rey pálido es para muchos el mejor libro del autor, o cuanto menos, contiene algunos de los capítulos más deslumbrantes de su bibliografía.
Diez
David Foster Wallace se fue prematuramente, pero su obra ha mantenido incólume su capacidad de irradiación en las últimas dos décadas. No es arriesgado afirmar que La broma infinita es la novela más analizada de las últimas tres décadas, pues desde su aparición ha generado un volumen de artículos, ensayos, ponencias, conferencias, simposios, mesas redondas, foros en línea y toda suerte de aproximaciones críticas e interpretativas simplemente apabullante. A todo esta ingente cantidad de atención académica -reunida bajo el paraguas de los David Foster Wallace Studies- cabe añadir un goteo ininterrumpido de actos públicos -seminarios, conferencias, charlas...-, organizados en su mayoría por The International David Foster Wallace Society.
Por otro lado, podríamos convenir que aparecer en Los Simpson es la prueba definitiva de que uno ha entrado en la conversación global y fue en el vigésimo segundo episodio de su temporada número treinta -¿Quién ha sido?-, emitido por la cadena Fox en Estados Unidos el 5 de mayo de 2019, donde la novela de David Foster Wallace tuvo su particular cameo. Esta no supondría la única referencia al autor en la legendaria serie de animación creada por Matt Groening, pues con anterioridad, concretamente en el episodio Algo muy divertido que Bart no volverá a hacer -el número diecinueve de su vigésimo tercera temporada, emitido originariamente el 29 de abril de 2012- se producía una relectura libre del citado reportaje Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. American Dad, Bojack Horseman, The Office, Parks and Recreation, Castle, y más recientemente Lowdown y Rick&Morty, han sido otros productos televisivos que han citado o realizado guiños al escritor o sus libros, a los que habría que añadir cortometrajes, el biopic The End of the Tour y varias canciones.
Sin embargo, no cabe duda de que David Foster Wallace cambiaría todo este reconocimiento multidisciplinar porque se siguieran leyendo sus obras, y que al cerrarlas, hubiera tenido lugar el clic que definió con estas palabras: «Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. Es como una epifanía, en el sentido que le daba Joyce al término, una revelación, la sensación de armonía y perfección que se siente en presencia de la obra bien hecha, de la obra de arte que logra su cometido. Es como un clic, el sonido que hace una caja que está perfectamente elaborada al cerrarse. El efecto inefable que provoca el contacto con la obra de arte. La comunicación entre distintas conciencias pensantes que se deriva de la contemplación de la belleza poética. En el acto de la lectura se da un componente que es el intento de establecer comunicación con otra conciencia, una interpenetración. Lo que llamo el clic es la capacidad de reconocer pensamientos y sentimientos que el lector siente como suyos, pero que no es capaz de verbalizar. Yo, como lector, en el momento de la lectura siento que el autor ha dado con las palabras que necesito para dar expresión a mis sentimientos. No les he dado forma yo, pero no por eso son menos mías: gracias al poeta, al escritor, han sido transfiguradas, y expresadas en una frase de gran belleza. En ese momento, el mundo cobra plenitud, solidez, rectitud».
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