Virginia Feito y «La señora March», la novela que enamoró a Elizabeth Moss

Que «La señora March» es una mezcla de Madame Bovary y Betty Draper enloquecida, que su autora es la Patricia Highsmith española, que es un thriller con tintes de comedia costumbrista feminista: todo esto se ha dicho de la primera novela de Virginia Feito y de todo esto habla aquí. Ubicada de inmediato en las listas de más vendidos, sedujo a los libreros estadounidenses y a Elisabeth Moss, la estrella de «Mad Men» que compró los derechos para adaptarla al cine e interpretar a la protagonista.

13 mayo,2022

Crédito: Getty Images.

Fichada por una gran agencia literaria estadounidense, los derechos de traducción de la primera novela de Virginia Feito se vendieron a varios países ya antes de su publicación, y Blumhouse Productions compró los derechos audiovisuales para adaptarla al cine junto con Elisabeth Moss. Su autora habla sobre su presente, los personajes, sus influencias literarias y cómo es ser una escritora exitosa en su debut.

Sobre los personajes

No creo que los March sean una pareja muy feliz: él es un escritor muy exitoso y ella es una esposa cariñosa, remilgada y bastante ansiosa. Llevan casados bastantes años, pero tampoco parece que se conozcan demasiado bien. A mi modo de verlo, la culpa es de ambos: la señora March ha fingido ser una mejor versión de sí misma desde que se conocieron y, por otro lado, George tampoco parece muy interesado en conocer lo que esconde debajo. Ella es una persona muy antipática. Me encanta ver hasta qué punto la gente puede llegar a empatizar o sentir afecto. Para mí no tiene perdón, pero hay mucha gente que la entiende.

Supongo que es comprensible, tampoco es culpa suya. Nadie le ha enseñado cómo vivir, básicamente. Y es tan insegura... En verdad me da pena, ha sido una clara víctima de su educación y de las relaciones frías y distantes que ha tenido a lo largo de su vida —poco verdaderas, digamos—. Hay una razón por la que pongo constantemente a la señora March frente a un espejo: estoy tratando de hacer que se mire y que se dé cuenta de que puede salvarse. Pero ella se aleja, evita por completo su reflejo.

Su personaje no está basado en nadie que conozca, más bien resume mis peores defectos y algunas características de mi madre (el pan de aceitunas, los guantes y, no voy a mentir, ser un tanto remilgada). Ya lo he hablado con ella, estamos bien.

Muchos de mis amigos y familiares tienen miedo de verse reflejados en algunas partes. Y no tengo colegas escritores así que no he experimentado ese miedo a colar mucho de mi vida personal en el libro.

Sobre sus influencias literarias

No es casualidad que la protagonista se apellide March; siempre he sido una fan incondicional de Jo March, de Mujercitas, me veía reflejada en su personalidad, sentía que era como ella: las ganas de ir a la guerra, ser valiente, ser escritora, no querer casarse. Hay gente que se piensa que el libro va de ellas, de las hermanas March. Qué locura, ¿no?

Si Louisa May Alcott se levantara de la tumba seguramente diría algo como: Excuse me? Rebecca fue una clara influencia —de hecho, es el libo que lee la señora March—, sobre todo por el hecho de no mencionar el nombre de la protagonista.

Sobre ser una escritora debut

Está siendo genial, me encanta mi trabajo, pero soy una persona muy ansiosa y estoy constantemente pendiente de todo. Es agotador. Temo que toda esa diversión se acabe, como si tuviera que venir alguien y quitarme toda la parte de «escritora debut», así que lo compenso siendo ridículamente encantadora y justificándome todo el tiempo.

No tengo redes sociales, por lo que soy completamente adicta a ellas; pensaba que no querría leer nada de lo que se escribiera sobre mí pero no puedo evitar preguntarme si ha gustado y por qué.

Cuando me escribió Elizabeth Moss para la película me pareció surrealista. Yo no sabía nada del mundo literario: ¡ni qué era un scout o qué hacía un agente literario! Recibí una llamada de un editor y ahí se desató el torbellino y todo fue muy deprisa; de repente todo el mundo quería saber de qué iba realmente la historia, todos tenían una opinión.

«Hay una razón por la que pongo constantemente a la señora March frente a un espejo: estoy tratando de hacer que se mire y que se dé cuenta de que puede salvarse. Pero ella se aleja, evita por completo su reflejo».

Pero aún recuerdo una noche en que salimos a cenar con Brandon Mull y Shannon Hale. Estuvimos charlando y fue una cena estupenda; conecté muy bien con ellos. Fue una de las primeras veces que quedábamos, antes de intimar más con Mull, y me gustó conocer a esa persona también llamada Brandon cuyos libros la gente me pedía que firmara, al confundirme con él. Durante la cena con Mull y Shannon, charlamos y lo pasamos bien. Compartimos ideas sobre la escritura, y después de la cena le dije a Emily: «¿Verdad que ha sido la mejor cena de la historia?».Ella respondió: «No me has mirado ni una sola vez. Estaba allí sentada sintiéndome invisible». Tal cual. Pensaréis: «Ay, ay, ay». Fue al principio de nuestro matrimonio. Ahora soy mucho mejor marido. 

Pero he descubierto que eso suele ocurrir porque los escritores nos sumergimos en nuestros mundos y nos dedicamos a algo que nos apasiona. Porque escribir es fascinante. No quiero ponerme demasiado místico, pero tienes una página en blanco y creas algo a partir de ella. Plasmas lo que tienes en el cerebro, y luego lo lee otra persona e imagina algo bastante parecido a ello. Puedes escribir cosas y luego gente de todo el mundo con trasfondos muy diferentes imagina eso que has escrito, y así estableces una conexión con alguien que es absolutamente distinto a ti y a quien no conoces. Me encanta la escritura. Es un acto de creación pura, en el que coges la nada y la moldeas. Pero puedes sumergirte tanto en ella que la gente de tu vida se sienta excluida.

Así que os advertiré algo desde el principio del curso. Como escritor, os animo a que escribáis mucho. Pero también os sugiero que aprendáis a equilibrar la vida, porque es muy fácil quemarte como autor y dejarte consumir tanto por el oficio que destruya otras facetas de tu vida. Lo que yo hice para evitarlo —y de nuevo, esto es solo otra posible herramienta— fue comprender que cuando estaba con mi familia, debía estar con ella. Para mí fue una transición difícil, porque me casé con más de treinta años. Pasé mucho tiempo entrenándome para ser escritor, y pronto aprendes, sobre todo si estudias y tienes un empleo a tiempo completo, a buscar esos momentos en los que nadie te pide que hagas nada y aprovecharlos para trabajar en tus historias. Te acostumbras a llevar un cuaderno. Llevas el teléfono. Los escritores no nos aburrimos, lo cual está muy bien. La gente te dice: «Vaya, estabas aquí solo esperándome, y yo voy y llego media hora tarde, lo siento muchísimo». Y tú piensas: «Ha sido la única media hora de todo el día en la que no me ha incordiado nadie. He adelantado un montón de trabajo, aunque haya sido todo aquí arriba, en la cabeza».

También empecé a aprovechar el tiempo de conducción. Va muy bien para esto. Moverte mientras piensas tiene algo que hace que se te ocurran ideas. Por eso Kevin J. Anderson, por ejemplo, dicta todos sus libros mientras hace senderismo. Usa un programa de dictado y así puede moverse mientras escribe. Conozco a más gente que lo ha intentado, y les funciona. A mí nunca me ha encajado, porque no pienso de palabra igual que sobre la página. Pero creo que podría entrenarme a mí mismo para hacerlo si de verdad quisiera.

Resumiendo, uno aprende a aprovechar cualquier momento. Así que un día, mientras conducía hacia algún sitio, mi esposa me dijo: «Sé cuándo estás pensando en una historia, porque si te digo algo saltas y me miras como diciendo: "Pero ¿qué haces? Con lo bien que estaba yo en Roshar. Ahora estoy en un monovolumen y no encuentro a mi spren"».

Y empecé a darme cuenta de que aquello podía apoderarse de todo. De que si establecía límites para contener la imaginación y estar con mi familia cuando debía estar con ella, mi vida mejoraría. Así que me prohibí a mí mismo trabajar en mis libros entre las cinco y media de la tarde y las nueve de la noche. Da igual si tengo tiempo libre. Da igual si mi familia no está en casa o lo que sea. Tengo esa barrera bajada y a mi vida le ha sentado estupendamente. Porque también es bueno salir al mundo real. La gente nos acusa de vivir en mundos de fantasía. No lo comprenden. No es que perdamos la pista al mundo real. No es que tengamos una especie de esquizofrenia que nos impida distinguir entre las alucinaciones y la realidad. Lo nuestro no es eso. La gente no deja de decirlo, y me molesta porque no es cierto. Estoy construyendo algo, creando algo. Es una tarea muy absorbente, y también muy gratificante. Pero no por ello olvido el mundo en el que vivo, aunque, si alguien me interrumpe, ponga cara de enfadado porque en realidad me molesta un poco que me saquen de la conexión genial que estaba haciendo entre dos partes distintas de mi historia. Esa barrera que establezco me permite salir, llevar mi vida como debo, interactuando con otras personas, y luego me noto muy despejado cuando me pongo a escribir de nuevo.

Ese es el motivo de que haga dos sesiones. En parte es porque no me gusta madrugar, que para algo soy escritor. No me dedico a esto para tener que levantarme a las ocho de la mañana. Me levanto a mediodía. Cuando sale el tema, la gente suele comentar: «Ah, eso lo aprendiste cuando hacías el turno de noche», como si todos esos años trabajando a deshoras me hubieran cambiado y ahora tuviera que soportar la vida con el horario cambiado. En absoluto. Ya era así antes de trabajar de noche. Siempre me ha gustado estar despierto a esas horas, cuando la gente me deja tranquilo.

Así que hacer dos sesiones —una entre la una y las cinco de la tarde y luego otra entre las diez de la noche y las dos de la madrugada— me va muy bien para escribir porque tengo ese tiempo en medio que me refresca y me relaja. Me permite hacer otras cosas. Y luego, cuando vuelvo a sentarme para escribir, estoy entusiasmado por empezar otra sesión de cuatro horas. Recomiendo averiguar, y al menos comprender, en qué puede afectar algo así a las personas que os rodean, y también dar pasos, que no tienen por qué ser los que di yo, para aseguraros de que no os consume hasta el punto de incapacitaros para mantener unas buenas relaciones.

«Me di cuenta de que si establecía límites para contener la imaginación y estar con mi familia cuando debía estar con ella, mi vida mejoraría. Así que me prohibí a mí mismo trabajar en mis libros entre las cinco y media de la tarde y las nueve de la noche. Da igual si tengo tiempo libre. Da igual si mi familia no está en casa o lo que sea. Tengo esa barrera bajada y a mi vida le ha sentado estupendamente. Porque también es bueno salir al mundo real».

Así que cuando alguien me interrumpe durante quince minutos cuando ya llevo tres cuartos de hora y estoy cogiendo el ritmo, lo que consigue es devolverme al principio de la primera hora, la de las doscientas palabras. Lo que mi esposa no entendía —lo que ni siquiera yo mismo entendía en ese momento— es que una interrupción de entre cinco y quince minutos puede suponerme en realidad un retraso de tres cuartos de hora para llegar al punto en que de verdad estoy escribiendo bien. Es importantísimo comprender esto, si es vuestro caso, y llegar a predecir cuál es vuestro bloque de tiempo más productivo.

Quizá podáis lograr que vuestras amistades y vuestra familia sean los guardianes de ese tiempo, llegar a un acuerdo: «Impide que la gente me interrumpa durante estas dos horas y cuando termine estaré con vosotros, mucho más relajado por haber cumplido mi objetivo de escritura». Mi esposa se ha acostumbrado a ello. Sabe que, si termino de escribir, todo va bien. Pero si no cumplo con el objetivo durante unos días seguidos, empiezo a ponerme muy ansioso. Así que le dice a la gente: «Brandon lleva un par de días sin poder escribir. Dejadle espacio».

Ofrecer a Emily esa clase de implicación con la escritura, acogerla en la fase de lanzar ideas de un lado a otro, comentarle detalles sobre alguna conexión que me ha gustado especialmente, ha ayudado mucho en nuestra relación, y también a mi carrera en varios aspectos. A Emily se le da muy bien proteger mi tiempo, asegurarse de que nadie me interrumpa. La contrapartida no es solo que los libros superventas son estupendos para un matrimonio, en el sentido de que relajan la preocupación por el dinero, sino que evita que, si los libros no venden, la situación se vuelva muy estresante. Porque lo más importante es la idea de que estamos juntos en esto, de que tenemos un objetivo y un enfoque compartido.


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