Literatura

Sergio Ramírez: La literatura como oficio peligroso

El nombre de Sergio Ramírez volvió intempestivamente a los diarios del mundo cuando en septiembre de este año, se supo que el gobierno nicaragüense de Daniel Ortega había librado un pedido de captura sobre él, así como sobre varias decenas de opositores. Escritor, ensayista, periodista, Premio Cervantes 1997 y Alfaguara 1998, miembro de la revolución sandinista y exvicepresidente del mismo Ortega, Ramírez recibió un respaldo internacional tan unánime como contundente. Exiliado ahora en España, Ramírez aprovechó la ceremonia de este 25 de octubre en la que recibió la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid para leer este discurso reproducido a continuación en el que homenajea a los escritores sometidos por las tiranías y ofrece un poderoso alegato del modo en que la palabra sobrevive al poder.
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Crédito: Daniel Mordzinski.

Mi primera reflexión de esta noche, al recibir la medalla del Círculo de Bellas Artes, un honor como pocos en mi vida de escritor, es que la literatura es un oficio peligroso cuando se enfrenta a las desmesuras del poder de las tiranías, que nunca dejan de sentirse amenazadas por las palabras. El poder, visto de esta manera, como una anomalía recurrente del destino democrático de América Latina, y que se ejerce con crueldades y excesos, tiene rostro de piedra y es contrario a la tolerancia, y contrario a las verdades y a la invención, y al humor, y a la risa, que son cualidades cervantinas. 

Hablo delante de ustedes como un escritor forzado al exilio, y bajo una orden de prisión arbitraria, la misma que ha caído sobre la cabeza de más de 150 de mis compatriotas, presos por pensar diferente, por disentir, por hacer valer su derecho de opinar. Por creer en la democracia, y por defenderla. A mí, además de todo eso, se me ha enjuiciado por mis palabras, por el hecho de escribir; por mostrar la realidad de un país sometido a la violencia de la tiranía, y por imaginar. Por crear. La invención también tiene una precio, porque a los ojos del poder absoluto, la novela se vuelve subversiva.

No he podido dejar de recordar a Ovidio, el más antiguo de los escritores exiliados que viene a mi memoria, desterrado a los confines más inhóspitos del imperio romano en el Mar Negro, «allá, donde ninguna otra cosa hay, sino frío, enemigos y agua de mar que se congela en apretado hielo».

Sus poemas, o su irreverencia, o sus opiniones, eso ya nunca llegará a saberse de cierto, ofendieron al emperador Augusto, que lo juzgó en secreto y lo sentenció al exilio, donde habría de morir, afligido por las calamidades de la soledad y el ostracismo. Extrañado. Cuando a un escritor se le envía al exilio la pretensión es convertirlo en un extraño de su propia tierra, de su vida y de sus recuerdos.

«Como la nave podrida que es devorada por la invisible carcoma, como los acantilados socavados por el agua marina, como el hierro abandonado atacado por la mordaz herrumbre, y como el libro archivado devorado por la polilla», dice de sí mismo en sus Tristes, porque aún en aquellas lejanías siguió escribiendo, un oficio al que no se renuncia nunca, aún en medio de las peores calamidades. Más bien, la necesidad de escribir se exacerba entonces, si uno se debe a las palabras, o debe su vida a las palabras.

Augusto, además, desde la majestad de su poder omnímodo, mandó a prohibir la circulación de El arte de amar, uno de los libros capitales del poeta desterrado, y mandó que se sacara de las bibliotecas públicas. Prohibidas sus palabras, y alejado para siempre de su tierra, que era, según él mismo lo dijo, como «ser llevado al sepulcro sin haber muerto».

Pero sin ir más lejos en la historia, en América Latina se ha pagado siempre un alto precio por la libertad de palabra y por la libertad de la creación literaria. Muerte, desaparición, cárcel, destierro. Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, asesinados por la dictadura del general Videla en Argentina.

Al destierro fue a dar dos veces Rómulo Gallegos, primero bajo la dictadura de Juan Vicente Gómez, y luego bajo la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, después que fue derrocado de la presidencia de Venezuela que había ganado por abrumadora mayoría del voto popular. 

Había durado solamente nueve meses en el cargo, los mismos nueve meses que duró Juan Bosch, exiliado por la dictadura del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, y luego de muerto Trujillo, electo presidente de la República Dominicana, también por abrumadora mayoría, sólo para ser derrocado por los militares trujillistas, y vuelto otra vez al exilio.

La lista es demasiado larga y sólo cito los nombres que voy recordando. Pablo Neruda se comprometió en 1946 con la candidatura de González Videla, y se involucró en su campaña electoral, pero, ya en el poder, aquel lo mandó perseguir y tuvo que huir a través de la cordillera hacia Argentina. 

Exiliados tras el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala Tito Monterroso y Luis Cardoza y Aragón, por la dictadura de Castillo Armas. Exiliado Augusto Roa Bastos por la dictadura de Stroessner en el Paraguay. Exiliado Mario Benedetti del Uruguay, exiliado Juan Gelman de Argentina, su hijo asesinado y su nuera secuestrada y llevada al Uruguay donde dio a luz a una niña, secuestrada por largos años; y él mismo canta mejor que nadie esa triste y desolada canción del exilio:

huesos que fuego a tanto amor han dado

exiliados del sur sin casa o número

ahora desueñan tanto sueño roto

una fatiga les distrae el alma

 

por el dolor pasean como niños

bajo la lluvia ajena/una mujer

habla en voz baja con sus pedacitos

como acunándoles no ser/o nunca

 

se fueron del país o patria o puma

que recorría la belleza como

dicha infeliz/país de la memoria

 

donde nací/morí/tuve sustancia/

huesitos que junté para encender/

tierra que me entierraba para siempre.


Y exiliados de Cuba Rinaldo Arenas, y Guillermo Cabrera Infante, y Severo Sarduy; y de Venezuela, hoy, tantos escritores y artistas que forman una inmensa, e intensa, diáspora en España, Colombia, México, Estados Unidos.

De modo que yo pertenezco a esa larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras, dos veces bajo orden de prisión, y dos veces obligado al exilio, primero en mi juventud por una dictadura familiar, y tantos años después, por otra dictadura familiar. La historia mordiéndose siempre la cola en un país desvalido, hermoso y trágico a la vez.

Pero hay algo de lo que nunca nadie podrá exiliarme, ni el más tirano de los poderes, y es de mi propia lengua. Porque mi lengua de escribir realidades, de crear mundos imaginarios, de inventar universos nuevos, es una lengua que no conoce fronteras. 

Hay lenguas que tienen el país por cárcel, lenguas que terminan donde terminan las fronteras. Claro que el tamaño de una lengua no se mide por sus límites geográficos, ni creo que haya lenguas pequeñas. Todas tienen sus propios registros mágicos e inmensas posibilidades literarias, pero éstas de las que hablo son lenguas hacia adentro.

No sé lo que es vivir en uno de esos espacios verbales cerrados. Hay escritores que, desde allí, desde esos compartimentos, se han trasplantado a alguna de las grandes lenguas europeas, como es el caso de Milan Kundera, que vio sus libros prohibidos en su país natal, y luego dejó de escribir en checo para hacerlo en francés. 

Son escritores que dejan de escribir en la lengua en que nacieron, y con la que nacieron, bajo un sentimiento de asfixia. El sentimiento de que su voz se escucha de cerca, pero no de lejos. Y no puedo verlo sino como una dolorosa mutilación, como la que se practicaba a los castrati en el siglo diecisiete, que ganaban así una nueva voz, pero perdían para siempre la propia. Mutilarse para sobrevivir, porque te prohíben ser leído en tu propio país. Pero peor que la castración es la deslenguación, la lengua cortada, suprimida, extirpada, desde su arranque y raíz. 

Que le quiten a uno su lengua por la fuerza. Otro de los grandes escritores centroeuropeos, Sándor Márai, sintió que había muerto cuando sus libros, que entonces sólo podían leerse en húngaro, también fueron prohibidos en su patria. Ya tenían sus novelas el país por cárcel, y ahora las enviaban al cementerio. Le habían extirpado la voz como castigo. No sólo nadie podría leerlo al otro lado de la guardarraya, ni siquiera en Polonia, o en Austria, donde no estaba traducido, sino que tampoco podría ser leído en su propio país. Como que no existiera. Y así el mundo se perdió por muchos años la espléndida belleza de sus palabras, mientras él decidía su suicidio en el exilio, ya sin lengua. 

Nicaragua es un país más pequeño que la Hungría de Sándor Márai, o de lo que fue la antigua Checoslovaquia de Milan Kundera, y por eso me intriga, y me aterra, esa posibilidad de que nadie pudiera oírme más allá de mis fronteras, o la de quedarme alguna vez sin lengua. El limbo de las palabras, o su infierno.

Pero yo, con mi lengua recorro todo un continente, atravieso el mar, y siempre me dejaré escuchar. Y si mis libros están prohibidos en Nicaragua, las veredas clandestinas de las redes sociales hacen que lleguen a miles de lectores, igual que pasaba antes con los libros inscritos en las listas negras de la inquisición, que atravesaban de contrabando las fronteras a lomo de mula, o burlaban las aduanas escondidos en barriles de vino, de frutos secos, o de tocino.

Por eso que las palabras se vuelven tan temibles. Porque tienen filo, porque desafían, porque no se las puede someter. Porque son la expresión misma de la libertad.

Al recibir esta medalla, doy las gracias al Círculo de Bellas Artes por la distinción que me concede. Y doy las gracias a España por acogernos a mi esposa Tulita y a mí de la manera generosa y solidaria en que lo ha hecho.

Para expresar esta gratitud, sí que no hay palabras.



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