No ficción

El Plan Cóndor, un fantasma que recorre el mundo

John Dinges es uno de los corresponsales norteamericanos más conocidos y premiados por su trabajo durante el periodo de las dictaduras latinoamericanas. Vivió y escribió en el Chile de Pinochet, donde fue detenido cuatro veces por fuerzas represivas. En los años siguientes, cubrió la guerra civil de El Salvador, Guatemala y Nicaragua. Fue premiado. Fundó revistas y organismos siempre vinculados al periodismo de investigación y la defensa de los derechos humanos. Pero quizá la obra que más lo acompaña desde hace décadas es «Los años del Cóndor», su investigación sobre la operación coordinada por ocho países latinoamericanos para la detección y captura de guerrilleros del otro lado de sus fronteras. Acá, el mismo Dinges explica por qué la publicación de esta edición definitiva le permite incorporar documentos desclasificados y testimonios inéditos de militares que desnudan desde dentro el funcionamiento internacional de la operación y el complejo rol de los Estados Unidos, además de explicar por qué aquel mecanismo que parece lejano sigue vigente de maneras menos evidentes.
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6 de febrero de 1978. Mendoza, Argentina. El entonces presidente de Chile Augusto Pinochet (derecha) saluda al general Jorge Videla, presidente de Argentina. Crédito: Getty Images.

Los generales Pinochet, Videla y Vadora se adelantaron a su tiempo. Podemos ver su legado en los movimientos antidemocráticos que se extienden en el mundo actual. El proyecto de los tres dictadores era consolidar el sistema de gobierno autoritario para defender a la sociedad cristiana occidental de sus supuestos enemigos. El marxismo ateo era el enemigo por excelencia, pero la democracia y sus sistemas de elecciones libres habían permitido su difusión. Y como tanto el marxismo como la democracia eran fenómenos internacionales, había que combatirlos internacionalmente. Las fuerzas represivas debían poder cruzar con libertad las fronteras para que, por ejemplo, los Tupamaros uruguayos o los MIRistas chilenos no pudieran encontrar refugio en Argentina. 

Cuando los enemigos se instalaron en los países europeos, México y Estados Unidos, los jefes militares inventaron el Teseo (un plan para enviar equipos de asesinos más allá de Sudamérica), llamado así por el guerrero mítico que andaba por el istmo de Corinto torturando y asesinando a los enemigos de Atenas en la antigüedad. 

Para algunas operaciones, Chile reclutó terroristas civiles entre los movimientos fascistas europeos y los cubanos anticastristas. Los sistemas de represión transfronteriza adoptaron diversas formas. La más letal fue la alianza formal Operación Cóndor, a la que se unieron ocho países, y que los militares también denominaron Sistema Cóndor o Plan C. Por primera vez, en mi libro Los años del Cóndor: operaciones internacionales de asesinato en el Cono Sur, puedo documentar la lista completa con los nombres de las víctimas de estas operaciones transfronterizas: 654 personas, la mayoría vinculadas a grupos militantes, pero también importantes líderes políticos y activistas de derechos humanos que trabajaban en el exilio para acabar con los regímenes autoritarios que dominaban el continente.

El autoritarismo sobrevive demonizando a sus enemigos, negándoles toda legitimidad humana y destruyéndolos. Los generales pusieron en marcha esta ideología en la década de 1970, en el periodo que he llamado «los años del Cóndor», cuando los regímenes militares de derecha controlaban casi el 80 por ciento de Sudamérica. No es exagerado señalar que la misma ideología está ganando terreno en el mundo actual: en la Rusia de Putin, en China, en Arabia Saudita, en partes de Europa y América Latina, y lamentablemente también en Estados Unidos, donde un proyecto político fundamentalmente racista liderado por Donald Trump está deslegitimizando a sus adversarios y tratando de negarles el acceso al voto. Estados Unidos, en los años del Cóndor y en la actualidad, sigue jugando un papel moralmente ambiguo, abriendo el camino a los dictadores en algunos momentos, dando un apoyo poco convincente a la democracia en otros. 

Cuando leemos sobre el envenenamiento de Alexei Navalny de Rusia, el desmembramiento y la desaparición de Jamal Khashoggi de Arabia Saudita, el secuestro aéreo del periodista bielorruso Roman Protasevich, los múltiples asesinatos de palestinos e iraníes por parte de Israel —todos ellos crímenes transfronterizos de terrorismo de Estado, todos ellos encubiertos en la impunidad— es pertinente y esclarecedor volver la vista atrás a la Operación Cóndor, cuando los generales ensayaron con efectos mortales el tipo de crímenes internacionales que estamos viviendo hoy. 

«Cuando leemos sobre el envenenamiento de Alexei Navalny de Rusia, el desmembramiento y la desaparición de Jamal Khashoggi de Arabia Saudita, el secuestro aéreo del periodista bielorruso Roman Protasevich, los asesinatos de palestinos e iraníes por parte de Israel —todos ellos crímenes transfronterizos de terrorismo de Estado, todos ellos encubiertos en la impunidad— es pertinente y esclarecedor volver la vista atrás a la Operación Cóndor». 

Para mí, este libro es la culminación de mis muchas décadas de trabajo como periodista de investigación. Era corresponsal freelance para Time y The Washington Post en Chile cuando Orlando Letelier, quizá el líder chileno más influyente del exilio, fue asesinado en Washington. Ese día escribí mi primer artículo de investigación, estableciendo comparaciones con el asesinato del general Carlos Prats en Argentina y el atentado contra Bernardo Leighton en Roma.  

Me enteré de la Operación Cóndor por el agente del FBI Robert Scherrer, que supo de ella en Argentina por una fuente militar y confirmó su conexión con el complot para matar a Letelier. Scherrer habló largas horas conmigo. Me introdujo en su mundo secreto, en el que los secuestros y los asesinatos eran temas de conversación diarios con sus fuentes militares. Fui el primero en publicar su cable secreto, aún no desclasificado, que describía por primera vez las tres fases del aparato asesino que era Cóndor.

En medio fui secuestrado brevemente y llevado a Villa Grimaldi. Solo años después supe que el sitio era la base de los equipos operativos de Cóndor en Chile. Volví al tema en 2000-2004 y en los últimos cuatro años. He tenido que romper el velo del secreto que cubría tanto las acciones de los militares como el conocimiento íntimo de la CIA sobre los planes internacionales. Mi tarea en el libro de 2004 fue la de comprobar sin posibilidad de duda la existencia de las acciones transfronterizas, de aportar hechos irrefutables para superar las negaciones y la impunidad del general Pinochet, que aún vivía, y de sus partidarios civiles. 

En este libro, que incorpora importantes segmentos de la edición anterior, estoy en condiciones de ofrecer la investigación definitiva, basada en nuevos documentos estadounidenses y en miles de páginas de testimonios de los procesos Cóndor en Chile y Argentina, incluso de muchos militares participantes. Puedo ahora contar toda la historia completa, desde dentro de las operaciones militares, describir las personalidades, los lugares físicos y el funcionamiento de las unidades de acción internacional, y puedo explayar —con objetividad y rigor— el complejo y maquiavélico historial de los Estados Unidos. 

Entre las conclusiones más impactantes: que la inteligencia estadounidense pudo ayudar a los países europeos a evitar más de una docena de operaciones Teseo/Cóndor, pero no utilizó la información que poseía y que podría haber impedido el asesinato de Orlando Letelier en la capital estadounidense. 

Por último, en este libro se encontrarán las historias humanas de las víctimas y sus misiones políticas, y cómo las fuerzas coordinadas de Cóndor fueron capaces de detectarlas, capturarlas y matarlas en secreto.  Estas historias tienen su dosis de tristeza y tragedia, sin duda, pero también son historias de amor e idealismo, de cientos de parejas jóvenes, muchas con hijos, todas con sueños de una vida mejor que decidieron sumergirse en peligros que no comprendían del todo.

Con la publicación de este libro, quiero reconocer a estas parejas ejemplares, cuyas vidas he llegado a conocer y cuyos sacrificios admiro, especialmente en sus esfuerzos por contar la dolorosa verdad de lo ocurrido. Quiero hacer extensivo mi saludo y respeto, entre muchos otros, a Paulina y Alexei, a Hugo y Mariela, a Isabel y Orlando, a Luz y Patricio, a Jorge y Luzmila.



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