Denis Johnson en las nubes
Pensar y leer y admirar a Denis Johnson y a lo de Denis Johnson como a un escritor único y como dueño de una prosa suya y nada más que suya. Así y de ahí, versos como cerillas iluminando la noche y novelas y relatos como incendios forestales y explosiones nunca del todo controladas pero, a la vez, de una precisión que tanto conmueve como atemoriza. Fallecido en 2017 -luego de la más, digámoslo, «denisjohnsiana» de las existencias- resulta imposible separar lo que Johnson vivió de lo que resultó y sigue resultando su obra: un lugar y un tiempo donde se crean y recrea una y otra vez las idas y vueltas de la destrucción y de la autodestrucción con una creatividad invulnerable. Aquí y ahora -coincidiendo con la publicación en Estados Unidos de su muy agitada y turbulenta biografía- se reedita su tan oscuro como encandilador debut narrativo: la entre beatífica y criminal «Ángeles» (Random House, 2026; en origen: 1983), en la que Johnson comenzó a disparar sus plegarias sin respuesta, sus salmos sin red, sus epifanías sin consuelo pero aún así redentoras y, sí, sus disparos al aire que siempre dan en el blanco. Al hilo de este lanzamiento, Rodrigo Fresán recorre su trayectoria en exclusiva para LENGUA.
Por Rodrigo Fresán

Denis Johnson. Crédito: Cindy Lee Johnson.
En uno de los textos reunidos en 2021 por Rachel Kushner en su recopilación de ensayos The Hard Crowd destaca una más elegía que necrológica a/por/del formidable Denis Johnson (Múnich, Alemania, 1949-Sea Ranch, California 2017). Y esa pieza de Kushner —titulada «Earth Angel»— abre con una más que reveladora revelación. Kushner —revisando los papeles donados por el escritor a los archivos del Harry Ransom Center en la University of Texas en Austin, haciéndole compañía a una de las únicas cuarenta y ocho Biblias completas marca Gutenberg— encuentra allí un documento que le produce mezcla de asombro y carcajada. Allí —entre documentos que van desde el apunte profético a la marginalia sobre bocetos— una carta de Johnson a la NASA. Un sobre con una breve página enviada en 1991, de un Johnson por entonces ya con varios volúmenes de poesía y cuatro novelas a sus espaldas y amplio y ancho reconocimiento de parte de sus colegas y de la crítica y de un ya más que creíble culto de lectores. En dicha carta, Johnson detallaba currículum-scriptus, se presentaba como «un civil», y con cuarenta y dos años de edad —con una mezcla de humildad y urgencia impostergable, casi como orden más que como pedido— solicitaba el que se le permitiese ingresar al programa de formación y entrenamiento de astronautas de un año de duración. Y firmaba como «Denis H. Johnson». Esa H correspondía no a la de «HP» (decodifíquese como a ese «Higher Power», a quien/qué a menudo se refería y ante el que se postraba religiosamente, pero sin nunca dejar de lado una actitud un tanto desafiante en la que lo conminaba a manifestarse para darle una o dos explicaciones acerca de tantas cuestiones) sino a Hale: su segundo nombre que rara vez usaba o reconocía.
¿Por qué esta carta? ¿Para qué? ¿Qué pretendía y deseaba Johnson con esto?
La explicación para todos inexplicable se le hace, sin embargo, más que transparente a Kushner: «Puedo imaginar exactamente en lo que pensaba. Quería abandonar a esta pelota. Viajar al espacio exterior. ¿Qué significa viajar al espacio exterior? Dejar atrás tu vida, escapar de los límites de este mundo, y vivir para contarlo. Y hay otras maneras de salirse de esta pelota, y yo creo que Denis Johnson exploró unas cuantas de ellas».
Entonces y a continuación, claro, Kushner se ocupaba de su vital obra de temas distintos y tramas diversas pero siempre insistiendo en el tema del outsider definitivo. Ese Homo Denis recurrente en todos y cada uno de sus títulos. Esos desesperados a la espera. Esa evolución/progresión natural de los héroes muy admirados por Johnson en la literatura que lo formó. En los libros de Joseph Conrad o de Jack Kerouac o de Graham Greene o de Robert Stone. Ya sean los criminales on the road, los místicos distópicos, los junkies en arrebato, la aventurera desventurada en Centroamérica, los detectives más domesticados que salvajes, los soldados visionarios en Vietnam, el petrificado viudo-en-trance y la performer caliente en campus universitario, los sembradores de rieles en el Oeste Made in USA, los operadores más o menos secretos en Sierra Leona, los estafadores pulp, los agonistas crepusculares (que pueden ser publicitarios que confiesan un «Esta mañana me ha asaltado una tristeza tan grande por lo deprisa que pasa la vida, por la capacidad que tiene el fracaso de reinventarse de formas novedosas» o huéspedes en instituciones psiquiátricas que se excusan con un «Discúlpenme, pero ahora tengo que quemar esta página y escribirle a Dios mientras siga en llamas», da igual), o el mismo Johnson como cronista-freak todo terreno y de alto riesgo reportando desde frentes de batalla y perfiles de guerra.
Pensándolo un poco más —tras los pasos de lo de Kushner— yo me permito apuntar algo más al respecto de la vocación cosmonáutica de Johnson: el hombre quería irse lejos para, desde allí, poder contemplar todo al mismo tiempo, flotando en el tan blue espacio azul, con la perspectiva de la distancia, después de haberlo visto todo de tan cerca, con ojos sin párpados.
Sí, he aquí una de las señales inequívocas de vida inteligente en obra sabia, la constante en todo escritor de verdad y en serio: el aprender a usar un telescopio microscópicamente, el saber utilizar telescópicamente un microscopio.
(Y advertencia más o menos pertinente para todo lo que sigue: escribir sobre Johnson y sobre lo de Johnson tiene el riesgo de la contaminación por aproximación. Sé de lo que hablo: en su momento yo traduje al español a sus Hijo de Jesús y El nombre del mundo y todavía me estoy reponiendo de ello; pero quién me quita lo bailado y lo aprendido. Aún así, están prevenidos los que además de leer escriben: su estilo es contagioso, sus maniobras enseguida se manifiestan y demuestran como síntoma. Ese adelante-atrás, esas elipsis como producto de una fiebre, esa alteración espacio-temporal, esa tendencia a que la pura acción física se funda con la absoluta contemplación mental y viceversa; y, en lo que a mí respecta, aquí y desde aquí, mis disculpas por todo esto. Disculpas que no buscan ningún tipo de perdón porque, ya saben, ahí está esa célebre última línea al final del célebre relato «Accidente durante el autostop» al principio del célebre libro Hijo de Jesús. Línea sobre la que volveré más tarde, creo, posiblemente sobre el final de todo esto, quién sabe, espero que sí).
Mientras tanto y hasta entonces y sin mascarilla ni vacuna, sí, la perfecta capacidad para emitir, alto y claro, esos «divinos detalles» a los que se refería y defendía Vladimir Nabokov (otro gran narrador intoxicante) como inevitable expresión y testimonio inequívoco de lo que debe ser la verdadera literatura de un escritor verdadero.
Así, recibir y captar y decodificar la inspiración de las musas y el canto de las sirenas. Al lado del alado.
Denis en el cielo con diamantes, sí.
«Yo quería ser un Espía, un Agente Secreto. Colarme aquí y allá sin ser detectado, enfrentarme a fuerzas inescrutables en lugares exóticos y salir de allí indemne. Entonces supe que ya era demasiado viejo para desear y poder hacer realidad todo eso. Me dije que, cuando me preguntaran acerca de lo que deseaba ser y hacer con mi vida, debería responder con algo menos fantasioso. Así que respondía que quería ser escritor», escribió Johnson en el breve pero clarificador ensayo/credo «Secret Agent», incluido en el volumen colectivo Why I Write: Thoughts on the Craft of Fiction, editado por Will Blythe en 1998.
«El mundo sigue girando. Está claro que, mientras escribo esto, no estoy muerto. Pero tal vez lo esté para cuando ustedes lo lean», nos advierte el narrador en las últimas líneas de «Triunfo sobre la tumba», uno de los cinco relatos que componen El favor de la sirena, en 2018, con juvenil foto de autor en solapa y lápida o urna ya estrenada y cerrada.
Y Johnson —cosmonauta confidencial— no mentía, era y es verdad: este último libro fue escrito con la certeza de su autor, ya acorralado por un cáncer de hígado consecuencia de una hepatitis ignorada durante años y, más que posiblemente, resultante de compartir agujas tanto tiempo atrás (y algo de eso más se admite que se insinúa en sus páginas con algo de culpa por todo aquel compañero de juerga con el que deshojó amapolas y coincidió en jeringas, y ahí están esas tremenda y escalofriante última línea del relato «Bob el estrangulador»).
Libro este, El favor de la sirena, que sería póstumo (aunque supo que le valdría el muy prestigioso Prize for American Fiction de la Library of Congress que recogería su viuda Cindy Lee). Y —justiciera y paradójicamente— el efecto de su publicación fue el de convertirlo en inmortal a quien ya era considerado uno de muy contados pocos. (Y detalle encantador: al ser publicado el libro rankeó muy bien en Amazon en el rubro de «Literatura y Ficción», pero resultó número uno inamovible por un rato largo en la sub-categoría «Metafísica y Visionaria»).
Aunque antes de El favor de la sirena, el ya considerado uno de los grandes, Johnson había firmado títulos imprescindibles.
A saber...
«Yo quería ser un Espía, un Agente Secreto. Colarme aquí y allá sin ser detectado, enfrentarme a fuerzas inescrutables en lugares exóticos y salir de allí indemne. Entonces supe que ya era demasiado viejo para desear y poder hacer realidad todo eso. Me dije que, cuando me preguntaran acerca de lo que deseaba ser y hacer con mi vida, debería responder con algo menos fantasioso. Así que respondía que quería ser escritor».
Ángeles (1983), Fiskadoro (1985), El nombre del mundo (2000); Árbol de humo (ganadora del National Book Award y finalista por el Pulitzer en el 2007), la de nuevo finalista al Pulitzer Sueños de trenes (primero traqueteando en la revista The Paris Review y ganadora del Agha Khan Fiction Award del 2002 y recién en 2011 en formato libro), Los monstruos que ríen (2014), el ya mencionado quinteto de relatos/despedidas El favor de la sirena (2018) y sus crónicas periodísticas (reunidas en Viaje a los confines del mundo, 2001) reportando desde lugares muy pero que muy peligros. Lugares en los que Johnson, según testigos presenciales, parecía sentirse en su más feliz salsa y cómodo —tal vez un poco terranauta a falta de escafandra astronáutica— como si estuviese en una casa mucho más sólida que las varias que tuvo y dejó de tener a lo largo de su muy inestable y vagabunda juventud. Y por ahí andan —a la espera de que alguien por fin las capture para así ser capturado por ellas— las novelas aún por traducir y muy à la Joan Didion The Stars at Noon (1986) y el noir religioso Resucitation of a Hanged Man (1991) y ese torrencial y marihuanero y sobrenatural «gótico californiano» que bien podría haber filmado David Lynch y aún por traducir que es Already Dead (1997); así como sus poemas en estado de gracia (y a menudo muy graciosos además de extáticos, compilados en The Throne of the Third Heaven of the Nations Millenium General Assembly, de 1995), guiones de cine para Steven «Secretary» Shainberg (The Prom, de 1990, y Hit Me, adaptación de Una chica de buen ver de Jim Thompson, en 1996), audaces obras de teatro (reunidas en Hellhound on my Trail y Shoppers y Soul of a Whore and Purvis entre el 2000 y el 2012 y en las que los televisores mantienen conversaciones con sus dueños mientras Kafka y Camus preparan sándwiches y sirven cerveza en la cocina y se nos presenta a la demencial y manicomial familia Cassandra que, tiempo después, reencontraremos en uno de los relatos de El favor de la sirena: «El Starlight de Idaho»).
Y —tal vez por encima de todos y de todo, y aunque al propio Johnson le produjese una mezcla de pasmo y fastidio por el efecto que allí supo conseguir y causar en sus adoradores— la constante nueva venida de Hijo de Jesús: novela-en-relatos de 1992 con la que El favor de la sirena, de algún modo, Johnson cerró el círculo de todo lo que hizo circular.
Allí, a la vez que acto de fe y credo artístico, en El favor de la sirena —con reaparición de algún catastrófico personaje de Hijo de Jesús— una de las despedidas más bienvenidas en la historia de la literatura norteamericana. Y el eterno hola de la prosa visionaria de Johnson. Sus palabras fundiéndose con las de Dante Alighieri, Herman Melville, John Cheever, Jack Kerouac, Bob Dylan y el Van Morrison de «Into the Mystic» y reconociendo la influencia «T. S. Eliot, Dr. Seuss, Dylan Thomas, Walt Whitman, los solos de guitarra de Eric Clapton y de Jimi Hendrix». Todo eso que persigue y rodea a un publicista al que se le acaban las ganas de vender y de comprar, a unos adictos desintoxicándose sin demasiado éxito, a unos escritores agonizantes y a un poeta obsesionado por la sombra del legendario hermano gemelo de Elvis Presley muerto en el parto (y atención: Elvis es tótem-fetiche referencia casi constante en lo de Johnson). Todos —cada uno a su manera pero uniforme e inequívocamente denisjohnsonianos— convencidos de que «La vida después de la muerte, los fantasmas, el paraíso, la eternidad, lógicamente, son cosas que damos por sentadas. Si no, ¿dónde estaría la diversión?» y de que «Escribir es fácil (...) Da igual lo que te pase, lo pones en la página, le das forma y enfoque. En realidad no es muy distinto de filmar un desfile de nubes por el cielo y decir que es una película, aunque hay que admitir que las nubes pueden descender, cogerte en volandas y llevarte a toda clase de sitios, algunos terribles, y luego te pasas años y años sin volver a tu lugar de origen».
Quién sabe...
Una cosa sí es segura: la genial película de Denis Johnson se proyecta aquí, en El favor de la sirena. En sus últimas palabras de primer nivel. En otro de sus libros que —darlo por sentado haciéndole una reverencia o aplaudiéndolo de pie o de rodillas junto al arbolito— nos sobrevivirá a todos.
Así que —mientras podamos y el mundo siga girando— mejor leer aquello tan vital que Johnson escribió cuando estaba vivo y, sí, en las nubes, buscando el camino de regreso a una casa desconocida. En esas nubes —a veces blancas y plácidas, muchas veces negras y atronadoras y relampagueantes— a las que Johnson transportaba a todo aquel que lo leía.

Denis Johnson, escritor y dramaturgo, en una imagen del año 2000. Crédito: Getty Images.
La biografía de Denis Johnson publicada a finales del año pasado por la University of Iowa Press está firmada por Ted Geltner (quien ya había dedicado otra a otro escritor muy volátil y explosivo y personal y merecedor de culto apasionado: Harry Crews) y lleva un título más que apropiado y que lo dice más o menos todo en lo que hace al way of life del sujeto a sujetar: Flagrant, Self-Destructive Gestures. Traducirlo como Gestos flagrantes y autodestructivos. Buena síntesis del modus operandi y des/operandi de Johnson. Los modales para la vida de un escritor cuyo personaje principal (él mismo) no está muy lejos de las conductas de sus personajes siempre a punto del estallido o reponiéndose de la onda expansiva de la propia explosión.
Y la vida que hará obra comienza ya con una particularidad que para muchos es errata pero, en verdad, es algo que empieza haciendo la diferencia para alguien diferente: registrar al bebé no con el anglo Dennis sino con el afrancesado Denis, con una n de menos que acaba resultando en rasgo extra e inicial. Este chico, circunstancialmente nacido en Múnich (su padre es un diplomático operario gubernamental al que se mueve como un alfil por las diagonales del planeta cumpliendo misiones y delineando ops sino black sí grises y opacas y más o menos secretas acerca de las que no le gusta hablar demasiado a la hora de la cena porque, en verdad, no le está permitido hacerlo). Así, el pequeño Denis tiene infancia internacional y exótica y clasificada (Japón y Filipinas y los corredores entre burócratas y más o menos top-secret de Washington, DC). Y a los catorce años descubre el ron con la misma excitación que otros descubren América o la roca del radio o la radio con rock. Y, pronto, adolescencia rebelde y genio precoz y protestas contra la guerra de Vietnam (que son protestas contra su padre y contra lo que hace y deshace su padre desde un despacho classified, aunque este apruebe vocación cuando su hijo le dice que quiere ser escritor). Y primeras experiencias con alcoholes y drogas y calabozos junto a otros estudiantes contraculturales. Así, Johnson llega a la University of Iowa con ayudas de programas académicos más que felices de contribuir a la educación de lo que intuyen es un joven genio de personalidad un tanto complicada. Sus poemas —enseguida se corre la voz y hasta se persiguen y memorizan sus versos— son algo fuera de este mundo. Sus profesores lo admiran a la vez que cuestionan sus hábitos un tanto destroyer. Pronto, Johnson —quien además tiene estampa de atleta y labia de seductor de lengua musculosa— es la estrella de las aulas a rimar. Y cada vez que le toca leer algunas estrofas de lo suyo —sus primeros greatest hits, ya con un portentoso talento para fundir lo cotidiano con lo elevado, tienen títulos como «Quickly Aging Here» o «Checking the Traps» o «The Man Among the Seals»— sus profesores se maravillan. Y sus compañeros de curso se retuercen y suspiran (ellas) y gimen (ellos): «Bueno... ese ha sido nada más y nada menos que otro poema de Denis Johnson», tiemblan chicos y chicas luego de que Johnson alce su mano y pida leer y lea. Y deje a todos sin ganas de leer lo propio; porque cómo leer algo de lo que escribieron después de eso que Johnson leyó y escribió.
Sí: Johnson pronto se entrega a una difícil vocación que, en verdad, en su caso, viene acompañada por la más veloz de las facilidades. Escribe como si respirara, como si bebiera, como si se drogara. Y hace muy bien y muy rápido las tres cosas. Johnson es, sí, un consumado bendito-maldito a ser consumido por una tribu de fans ya casi fanatizados desde el aula. Y primeros amores y primera esposa y primer poemario (en pequeña editorial que se enorgullece de haber enrolado al fenomenal freak) y primer hijo a los apenas diecinueve años (Morgan, quien, con los años, pasará por su propia etapa de delincuente juvenil buscando emular las hazañas de juventud delictivas de su progenitor y convertirse por un tiempo en casi personaje de su padre) y segunda esposa y tercera esposa. Y sépanlo: Johnson no tiene madera de marido ni de padre. Y pronto una vida en los bordes de la pobreza, distanciado de su familia (y la biografía de Geltner no ahorra detalles incómodos como violencia doméstica e incitación marital al descontrolado consumo de sustancias controladas e infidelidades en serie). Y, más que nada y nadie, el deslumbramiento por la frecuencia de frecuentar a las mejores malas compañías en callejones de medianoche y en bares de medianoche (The Vine es su favorito). Y, entre ellas, las desdibujadas y borrosas personas que devendrán en precisos y buenísimos personajes de futuras ficciones (John Dundon será el Dundun de Hijo de Jesús). Allí y entonces todos esos vástagos de una deidad alucinante y alucinógena entre lo heroico y la heroína. Y, entre copa y copa, todos le preguntan a Johnson —con sonrisa y sospecha— si no será que él está por ahí nada más y nada menos que buscando historias e histerias. Y, sí, Johnson no hace otra cosa que tomar notas. Sus pupilas son una cámara, sus oídos una fiel grabadora de conversaciones que casi ya puede ver como diálogos en negro sobre blanco. Y al volver no a casa propia sino a sofá prestado, antes de perder el sentido, Johnson gana tiempo para anotar todo en papeles sueltos y libretas aprisionadas. Y entrar y salir de Iowa como estrella oscura y agujero negro y magistral alumno de su programa de escritura.
Sí: Johnson pronto se entrega a una difícil vocación que, en verdad, en su caso, viene acompañada por la más veloz de las facilidades. Escribe como si respirara, como si bebiera, como si se drogara. Y hace muy bien y muy rápido las tres cosas.
Y en algún momento Johnson descubre a su evangélica biblia a la que, años más tarde, acabará prologando con emoción y reconocimiento al ser reeditada/canonizada por la NYRB (tratamiento que ya le había concedido Vintage Contemporaries en los '80s y la University of California Press en los 90s): Fat City, debut y despedida de 1969 en la novela de Leonard Gardner (Stockton, California, 1933). La historia de los rounds y k.o. y o.k. de un boxeador veterano y un boxeador novato. Allí, en dos o tres páginas, Johnson recuerda su descubrimiento de esa novela a finales de los '60s: «Por su precisión dando tanto valor a cada palabra, sentí que podía leerla con las yemas de mis dedos, como si fuese braille». Y apunta también que tiempo después, ya en el Writer's Workshop de la Iowa University, él estaba seguro de haber descubierto un libro y un autor al que nadie conocía; pero resultaba que a partir de entonces no dejaba de encontrarse con compañeros («Fat City tenía admiradores por todas partes») que podían recitar páginas enteras de memoria «como si estuvieran en éxtasis». Johnson —quien no dejó de estudiar el juego de piernas y puños de Fat City entre sus diecinueve y veinticinco años— finalmente se dijo que tenía que dejarla de lado si no quería acabar escribiendo pálidas imitaciones de su magistral excelencia. (Tiempo después, habiendo publicado buena parte de lo suyo, Johnson volvió a Fat City para descubrir que «un largo exilio no me había salvado de la influencia de su perfección. Yo me había enseñado a mí mismo a escribir con el estilo de Gardner, aunque no tan bien como él».) Pero mientras tanto y hasta entonces, Johnson sigue dando vueltas en el aire, adicto, casi como un homeless por las calles de la ciudad, abandonado por su esposa (también adicta), vendiendo sangre para comprar drogas, persiguiendo chicas a las que les jura que su coeficiente intelectual es de 162, con los bolsillos llenos de despertadores que suenan y lo asustan y arroja a los autos que pasan, y seguido por un pequeño hijo semidesnudo. Y cada vez que alguien le pregunta para preguntarle una dirección, Johnson siempre responde lo mismo: «Siete calles en línea recta, dobla a la izquierda y enseguida verás el cartel, imposible perderte». Y todos se pierden (y lo detestan, pronto se hace infame y famoso por eso de ser un desorientador profesional) mientras Johnson se sigue buscando. Ya sabe lo que es. La cuestión ahora es cómo hacer que todos los demás lo sepan. Y lo celebren. Sus poemas son cada vez mejores, de acuerdo; pero no es fácil vivir y sobrevivir de y con la poesía. Así, estudia manuales para jugar al póker y la cosa no sale muy bien. Y en algún momento, llega al campus un nuevo profesor que lo detecta y lo nutre y con quien comparte no solo la sed por escribir sino, también, por botellas: un tal Raymond Carver. Y por ahí anda también un tal John Cheever. Y ambos saben distinguir cuando algo o alguien es diferente. Y lo de Johnson lo es porque Johnson lo es. Así, Johnson vive inspirado e inspirando y no hay concurso o beca que no gane y no hay premio que, de inmediato, no traduzca materialmente a botellas a vaciar o drogas a fumar y aspirar e inyectar. Y blackouts y noches blancas. Y se le ofrece un puesto como profesor junior. Pero Johnson es demasiado apasionado e inaugura una costumbre que mantendrá hasta el día de su muerte: emocionado, los ojos llenos de letras, rompe en llanto cuando lee en público o enseña a alumnos en talleres literarios. También, con el tiempo, llora cuando intenta recordar todo lo inolvidable que ya quisiera olvidar en sesiones de Alcohólicos Anónimos (pero allí, también, más historias y su historia entre ellas, como sobrevivido material a futuro escrito). Y más amores (y tantas amantes y dos esposas más y otro hijo). Y descubre que la prosa paga mejor que la poesía y por eso comienza a escribir cuentos. Y —por supuesto, no podía ser de otro modo— se publican de inmediato. Y de uno de ellos —«There Comes After Here», que aparece en The Atlantic— Johnson piensa que puede ser el germen de una novela. Y las novelas se pagan todavía mejor que los cuentos y «Fuck!, voy a escribir una novela», se dice. Y la historia de esa chica perdida en autobús será el Big Bang de la tan lírica como criminal Ángeles. Y Johnson quiere documentarse y se postula —y consigue, por un año— a un puesto de maestro de escritura en una cárcel de máxima seguridad de Florence, Arizona. Y tiene por alumnos a muy exitosos asesinos en serie. Y alguno hasta escribe muy bien. Y se hace amigo de ellos. Y le preguntan si a sus padres no les inquieta eso de que ande por ahí enseñando a asesinos en prisión. «Prefieren que enseñe en prisión a que esté en prisión», les responde Johnson. Y uno de ellos lo mira fijo y le pregunta si no estará allí nada menos y nada más que para robarles sus vidas. Y, sí, de nuevo: algo de eso hay. Bastante. Mucho. Pero a cambio de todo eso, en 1983, Johnson les devuelve a ellos y nos regala a nosotros una obra maestra.

Mi pequeña (gran) biblioteca Denis Johnson. Crédito: cortesía de Rodrigo Fresán.
Y ahora se reedita Ángeles (por fin respetando el título original, ya no lastrado por ese derrotados que, en ambas ediciones de la editorial Anagrama, calificaba rebajando muy lejos y muy por debajo de las intenciones originales del autor, para quienes sus personajes eran ángeles a secas y, en todos caso, no ángeles caídos sino cayendo y confundiéndose con demonios en ascenso hacia su derrota: ángeles en las más nubladas de las nubes, ángeles sin arpas y con revólveres). De igual modo, Ángeles no era la novela de un escritor golpeado por su poco confortable entorno sino la de un escritor a secas sin importar las dificultades a las que se enfrentaba.
Y da algo de vértigo pensar lo que habrá sentido un debutante en la novela Denis Johnson ante las loas de gente como John Le Carré, Richard Ford, Robert Stone y Philip Roth. (Más tarde, David Foster Wallace consideraría a Ángeles como a «un libro totalmente americano» y una de las más grandes a la vez que poco reconocidas ante lo que vino después óperas primas; y Jonathan Franzen, juraría no en vano un «El dios en el que quiero creer tiene una voz y un sentido del humor como los de Denis Johnson»; y, sí, Johnson como uno de esos contados casos de escritor celebrado por generación anterior y generación posterior de colegas.) Y da aún más vértigo la lectura o relectura de Ángeles y volver a experimentar el arribo de alguien que ya entonces era un maestro apenas disfrazado de aprendiz. Johnson (al igual que otros novelistas que vienen de la poesía; pensar en el Roberto Bolaño de Estrella distante y 2666 o en el Michael Ondaatje de En una piel de león o El paciente inglés) ya poseía aquí un extraño y admirable talento para narrar, con exquisita delicadeza, lo que acaso sea el aria y Gran Tema que exploraría de ahí en más se afinadas variaciones: el funcionamiento disfuncional de una mente delictiva. De ahí, en Ángeles, la saga de los amorosos forajidos. El ex convicto Bill Houston y la joven Jamie Mays y sus muy pequeñas hijas huyendo de violento marido: pareja de triunfadores en el arte de perder y dispuestos a apostarlo todo conscientes de que no tienen nada. Ambos vagando por los barrios más bajos de Oakland y Pittsburgh y Chicago y Arizona. Con una prosa entre cósmica e íntima que recuerda las texturas de ciertos films de Terrence Malick: esas panorámicas casi místicas —llamémosle Zenemascope— de joyas como Malas Tierras o de Días del Cielo.
En Ángeles Johnson nos cuenta, con delicadeza de bardo, la caída libre y sin retorno de estos jóvenes que nunca fueron expulsados del paraíso porque jamás estuvieron allí (de hecho, con los años, nos enteraríamos de los orígenes/precuela del marine encallado Bill Houston en la monumental y vietnamita Árbol de humo). Pero todo comienza aquí y —luego de esa antológica secuencia con asalto a banco y hasta alcanzar esas estremecedoras páginas finales— aquí vuelve a comenzar. De regreso en el sitio que jamás debió dejar, Ángeles despliega otra vez sus alas. Historia maldita y pecadora, sí, pero también buena nueva.
«Una pequeña obra maestra», bendijo Philip Roth en su momento. De acuerdo. Pero el tiempo pasa y —cuando se lo merecen— las obras maestras también crecen. Y esta ya es inmensa. Y sus alumnos a la espera en ese corredor carcelarios de la ejecución de la pena de muerte (ese final de la novela que Johnson entiende como «feliz» con línea/saludo a Wallace Stevens, en mayúsculas, ese LA MUERTE ES LA MADRE DE LA BELLEZA; no piensan lo mismo los productores de una posible película que nunca llega a rodarse porque el autor se niega a reescribirle conclusión más optimista) le escriben que la novela está muy bien, pero que cambiarían algunas cositas.
Y Johnson agradeció y tomó nota.
Todo es útil, todo le sirve, todo puede llegar a ser escrito porque todo ha sido vivido o, si no, todo se le antoja tan vívido.
Y le preguntan si a sus padres no les inquieta eso de que ande por ahí enseñando a asesinos en prisión. «Prefieren que enseñe en prisión a que esté en prisión», les responde Johnson. Y uno de ellos lo mira fijo y le pregunta si no estará allí nada menos y nada más que para robarles sus vidas.
Y allí fuera hay todo un mundo y Denis Johnson comienza a postularse —en redacciones de revistas— como el candidato ideal a ser enviado a los lugares más complicados de poner por escrito aquí y allá y en todas partes. A Johnson le gusta que lo envíen a sitios a los que nadie quiere ser enviado.
Y todas esas posibles misiones imposibles —vehículos para financiar sus siguientes novelas— acabarán siendo reunidas en 2001 en libro: Viaje a los confines del mundo. Y de todos los elogios que adornan este libro como parches en la más viajada de las mochilas, acaso el decisivo sea el de Michael Herr, autor del ya clásico Despachos (1977). Entonces, allí, Herr se daba de baja con un final «Vietnam Vietnam Vietnam, todos estuvimos allí.» Aquí, en sus reportajes, Johnson contraataca con un «¿Dónde dónde dónde habíamos estado? ¿Dónde fuimos?».
Y la respuesta a la pregunta de Johnson en estos subtitulados como «Despachos desde los bordes de América y más allá» (originalmente publicados en revistas como Rolling Stone y Esquire y The Paris Review y The New Yorker) es en todas partes; pero siempre muy dentro de sí mismo. Así, Viajes a los confines del mundo funciona como imprescindible trastienda/bambalinas/atrezzo (algo similar al muy recomendable The Eye You See With: Selected Non-Fiction de ese otro narrador admirado por Johnson: el post-beatnik Robert Stone). Suerte de notas al pie y material documental de mucho de lo que se filtrará a las poéticas ficciones de Johnson como The Stars at Noon, El nombre del mundo (recordar a ese final epifánico con profesor de college transfigurado y de pronto, sin aviso, apenas separado por un punto y aparte, volando en helicóptero sobre los pozos de petróleo en llamas de la primera Guerra del Golfo), la ya mencionada Árbol de humo, y muy especialmente en las dantescas visiones de África («La Tierra de Oz... El lugar al que Dios fue a aprender a esperar») en Los monstruos que ríen. Aquí, de nuevo, la existencial extranjería perpetua casi como estética y estilo del alucinado cada vez más parte inseparable de la alucinación. De ahí que —ya sea en medio de las batallas civiles de Liberia, buscando oro en Alaska, cuerpo a tierra en el Afganistán talibán o alternando con hippies desatados y moteros sin frenos y telepredicadores casi locos— el lugar no deja de ser siempre el mismo: Denisjohnsonlandia. Así, las difusas pero exactas coordenadas donde Idaho y Monrovia están a pocos metros de distancia y la valentía y la cobardía se parecen demasiado. Aquí y allá y en todas partes, la mirada con look Johnson: ese estado de quien se sabe sitiado pero sin murallas y se admite y reconoce como «no un verdadero periodista» pero, a no dudarlo, sí un auténtico rapsoda de las apocalípticas y descorazonadoras tinieblas de ¡El horror! ¡El horror! Otra escala más en la trayectoria de quien precisó imprecisamente que «Para mí escribir es nada más que una sola cosa, o tal vez debería decir que no es nada. Lo cierto es que yo sólo me limito a escribir oraciones». Quienes lo acompañan —fotógrafos y guías e intérpretes en estas aventuras— siempre temblaron al recordar la más que evidente felicidad de Johnson hasta en las situaciones más arriesgadas. No podían entenderlo. Y, ah, ver la foto de portada de la biografía de Johnson que firma Geltner. Allí, un hombre feliz y como vestido para vacaciones y relajado y, al fondo de esta postal, apenas desenfocados, hombres con rifles. «Ahora estoy viviendo en el mundo de la Biblia, el mundo de los lisiados y los monstruos y la desesperada esperanza en un Dios loco, un mundo de exilio e impotencia y la espera, la espera, la espera», decía/escribía Johnson mientras despachaba desde lejos de todo y tan cerca de sí mismo. Y, en su momento, Johnson no pudo ir a recibir el National Book Award por Árbol de humo porque andaba dando vueltas por Afganistán. Y, de regreso en casa, Johnson entregaba artículos larguísimos como novela. Y así lo explicaba Johnson: «Estoy aquí sólo para disfrutar una de las más grandes formas de libertad que existe: la de no tener más opción que la de confiar en el momento y a todos los que me acompañan en él. Estoy aquí para paladear el embriagante gozo de comprender que toda otra situación es inaccesible... Estoy escribiendo un cuento conmigo dentro de ese cuento».
Y, claro, con él, con Johnson, nosotros: seguros y a cubierto, pero también ahí, de momento, sí.
Denisjohnsonlandia Denisjohnsonlandia Denisjohnsonlandia, aquí estamos y allá vamos.

Jack Black y Denis Johnson (glups) en un fotograma de Jesus' Son, adaptación al cine de Hijo de Jesús dirigida por Alison Maclean en 1999. Crédito: D. R.
Luego de Ángeles, Denis Johnson sorprende y desconcierta con Fiskadoro (y ya no dejará de desconcertar y sorprender a partir hasta el último aliento de su última oración). Aquí y ahora (y entonces) unos cayos de una Florida post-apocalíptica (aparentemente el único territorio junto con Cuba donde aún vive/sobrevive alguien) escrita y descrita por Johnson con la misma cadencia que canta Bob Dylan su «Key West (Philosopher Pirate)». O con la misma cámara y mirada de algo dirigido por Paul Thomas «Una Batalla Tras Otra» Anderson en sociedad George «Mad Max» Miller añadiendo una forma de entender la resaca de una catástrofe planetaria que recuerda un tanto a esa cumbre del pastoral-radiactivo que es el Doctor Bloodmoney de Philip K. Dick o a los paisajes entropistas del más climático J. G. Ballard con destellos de Fahrenheit 451. «La novela que bien pudo haber escrito un joven Herman Melville de vivir ahora entre nosotros», apuntó Michiko Kakutani, reseñándola en The New York Times. Ahora y aquí —pero imaginado en 1985, durante esa caliente Guerra Fría patrocinada por Ronald Reagan— sobrevivientes que rinden cultos vudú-radiales a Bob Marley y a Jimi Hendrix en una era conocida como La Cuarentena, a sesenta años no del Big Bang sino del Extra-Large Kaboom. Tribus multi-étnicas que pescan y practican el trueque, fuman, beben y hacen el amor y se expresan en una mezcla de español e inglés trufado de ya disfuncionales y averiados términos tecnológicos acaso víctimas de una amnesia colectiva producto de aquellos misiles y que les hace dudar de algo alguna vez sucedido y conocido como Hiroshima y Nagasaki. Y de nuevo, lo de antes, lo del principio: otra apología del extraño/extranjero, del afuera de todo, destacando a la centenaria Abuela Wright o al formidable Mr. Cheung —manager de la ruinosa Miami Symphony Orchestra— y empeñado en la preservación de los recuerdos mientras repite los nombres de los estados Made in USA o recita la Declaración de la Independencia, y lee manuales sobre lagartos o Fiesta / El sol también sale de Hemingway.
Y, claro, el adolescente Fiskadoro (evidente encarnación cristiana, Johnson predicaba una muy particular versión de la fe y era fervoroso creyente en el poder curativo de las plegarias siempre y cuando estuviesen formuladas en su estilo) quien se zambulle y trae a la superficie algo que altera su percepción del presente y del pasado y, por lo tanto, del futuro. Sobre el final, algo que se acerca desde el horizonte puede traer la redención o una nueva catástrofe, quién sabe. De lo que sí no hay dudas es que el creador de Ishmael y Ahab hubiera aprobado y disfrutado de este escritor que parece descender directamente de sus mareas y mareos y marineros, de sus arpones y naufragios, de sus leviatanes y de sus alucinaciones y de sus sermones.
Todo y todas variaciones sobre una pregunta que Johnson no dejó de hacerse hasta el último día y que formuló en un reportaje: «Todo lo que yo escribo es, en verdad, acerca del dilema de vivir en un planeta caído en desgracia mientras uno se pregunta ¿por qué debe ser así si se supone que hay un Dios?»
Fiskadoro es una posible respuesta a esa pregunta. Esa pregunta que Johnson no dejará de hacerse una y otra vez a partir de entonces. Sí: Johnson como escritor religioso predicando una muy particular Buena Nueva hilvanada a partir de una sucesión de catástrofes. Así, después de Ángeles y Fiskadoro, ya puede hablarse de una tendencia argumental inseparable de un estilo como de iluminado: todos sus libros por venir estarán sólidamente erigidos sobre el terreno inestable de las más íntimos o públicos cataclismos. Tal vez, una suerte de antídoto para obligarse a llevar una vida ordenada.
Johnson deja las drogas y el alcohol (lo que, revela el biógrafo Geltner, no evitará recreos recreativos y recaídas más o menos controladas de tanto en tanto nunca confesas, porque parte del charme anecdótico de Johnson reside en su condición de converso reformado y triunfador sin por eso dejar de decir cosas más o menos graciosas como «Puedes tomar drogas sin escribir y puedes escribir sin tomar drogas. En lo personal, pienso que es un milagro que me haya convertido en escritor habiendo consumido todo lo que consumí cuando era joven. Creo que lo que quiero dejar claro aquí es que no debes tomar drogas si piensas seriamente en ser escritor… Lo que tampoco significa que tengas que tirar las drogas que llevas ahora en tus bolsillos»).
«Todo lo que yo escribo es, en verdad, acerca del dilema de vivir en un planeta caído en desgracia mientras uno se pregunta ¿por qué debe ser así si se supone que hay un Dios?».
Así, Johnson se concentra en la creación de personajes-terremoto a cargo de alguien que —habiendo sido uno de ellos— era perfecto conocedor de sus imperfecciones y podía dar testimonio curtido de que hay pocas personas más insider que los outsiders.
Y allá vamos —en enumeración y reincidencia muy marca Johnson— de nuevo.
Y aquí vienen otra vez quienes llegaron para quedarse.
La mujer sin nombre sonambulando por una América Central en llamas mientras se entrega a un misterioso inglés en The Stars at Noon y explica que llegó a Nicaragua porque «quería conocer las dimensiones exactas del infierno». El muy David Goodis detective-disc jockey y suicida frustrado y enamorado sin coartada Leonard English en Resucitation of a Hanged Man. Fuckhead y su pandilla de hermosos perdedores en Hijo de Jesús. Ese clan de condenados poéticos (por Poe) en los desfiladeros de California donde crece la marihuana y se cultivan los cadáveres y florecen las sectas de brujas más old age que new age en la para muchos ilegible —e incluso «inepta y repugnante»— y para muchos magistral Already Dead (donde sí se leen cosas muy legibles como ese momento en el que alguien define a las palabras del idioma inglés como «vacías, no tienen nada dentro, pero aún así crean arcoiris»). El profesor que casi no puede soportar la muy mala nota suya por un error que destruye a su familia y sacude su existencia en El nombre del mundo. Los marines confundidos en esa guerra de espejos rotos que es Vietnam en la bíblica ya desde su título Árbol de humo (y, aunque magnífica y colosal, tal vez la más vacilante e incierta de sus novelas porque, inevitablemente, deriva no de una experiencia personal sino de explosiones/referencias previas como Platoon, El Francotirador/El Cazador y, muy especialmente, Apocalypse Now). El patético pícaro y desafinado cantante de barbershop chorus y apostador compulsivo quien de pronto se convence de que es ahora o nunca y conoce a esa mujer fatal y fatalista y aprieta gatillo y... El trágico huérfano de familia propia deambulando a través de bosques y décadas en Sueños de trenes. El operador y soldado-de-fortuna a la búsqueda de una definitiva misión en una África de pesadilla despierta en Los monstruos que ríen (y atención de nuevo: las novelas de Johnson que transcurren en el extranjero en realidad transcurren en esa forma de locura que Estados Unidos ha exportado una y otra vez más allá de sus fronteras). Los narradores y maestros en el arte del largo adiós que componen El favor de la sirena. Y todos esos poemas. Y las adaptaciones cinematográficas más o menos logradas de lo suyo: las buenas intenciones de Claire Denis que no son suficientes para hacer salir a The Stars at Noon (2002); la reciente Sueños de trenes (de 2025 y un tanto exageradamente celebrada; porque ordena demasiado el armonioso fluir de su caos controlado tal vez por imposición del algoritmo de Netflix que tiene sus cláusulas para el art cinema y que comete el imperdonable pecado de no incluir esa fugaz visión de Elvis); y la imprescindible adaptación de Hijo de Jesús (dirigida por Alison Maclean en 1999, con unos perfectos Billy Crudup y Samantha Morton y Jack Black y Dennis Hopper y Holly Hunter en su reparto) donde el propio Johnson tiene un breve pero contundente cameo. Allí Johnson se presenta en un trasnoche de Urgencias, como si nada, con un cuchillo clavado en el ojo, y le comenta a los enfermeros (que a esa hora están más que pasados de pastillas robadas en ese hospital, por eso y nada más por eso buscaron ese trabajo) que llegó ahí por su propio pie, que vive a tres cuadras del hospital, que el cuchillo se lo clavó su esposa, y que se siente muy bien dejando de lado de el que le cuesta cerrar la mano izquierda y la sospecha de que «el cuchillo le está haciendo algo a mi cerebro».

Joel Edgerton y Kerry Condon en un fotograma de Sueños de trenes, adaptación fílmica de la novela de Johnson dirigida por Clint Bentley en 2025. Crédito: cortesía de Netflix.
Y sí: leer a Denis Johnson le hace algo a nuestros cerebros y por eso su ausencia (como la de Martin Amis, otro dueño de grand style que se fue demasiado pronto) duele tanto. Queda, claro, el consuelo de su constante relectura.
Antes de escribir estas líneas, yo vi la versión Netflix de Sueños de trenes y, un tanto decepcionado, no pude sino volver a leer el libro (y, leyéndolo, volver a admirar el modo en que Johnson se expande en Already Dead y Árbol de humo, se estabiliza en las longitudes promedio de Ángeles o Fiskadoro, o consigue la colosal compresión en Hijo de Jesús o Sueños de trenes o El regalo de la sirena, los tres títulos por los que por estos días parece ser más y mejor recordado y extrañado).
Y sí: se entra y se sale de Sueños de trenes de Denis Johnson como de un sueño. La sensación no es nueva en lo que hace al experimentar la prosa entre opiácea y encandiladora de una de las firmas mayores y uno de los máximos estilistas en la literatura contemporánea en idioma inglés. Porque más allá de las tramas, Johnson es un idioma.
Sueños de trenes narra —con modales tan delicados como concentrados y contundentes— la odisea de toda una vida en apenas un puñado de páginas. Las idas y vueltas de un tal Robert Grainier —everyman del montón y visionario secreto— desde su nacimiento en 1893 hasta su muerte en 1968. Por el camino —con aires de fotografía de Dorothea Lange o grabado de Grant Wood— bosques y aserraderos y rieles y vagones y puentes y la madera como materia conductora a lo largo de años donde hay tiempo para enamorarse y ser padre y sufrir catástrofe familiar y volverse poéticamente loco. También, hay guiños raros al mito folk de Caperucita Roja con chica-lobo. Y un chino que arroja una maldición a los cielos donde vuela un biplano. Y panorámicas pioneras del Oeste que parecen vibrar con la fuerza envolvente del mejor CinemaScope.
Y alguien bien dijo y bendijo que Hijo de Jesús produjo y produce el mismo efecto que el primer álbum de la Velvet Underground: todo aquel que lo escuchó, no fueron muchos, en el momento de su salida no pudo sino salir corriendo a fundar una banda.
Se enumera todo lo anterior para confesar que no hay nada más difícil que explicar el placer y el privilegio de leer a Johnson. Hay que subirse a Sueños de trenes para comprenderlo. Hay que leerlo rápido y despacio al mismo tiempo. Ser arrastrado por las frases como leños río abajo o vagones vía arriba. Y, llegados al punto final, no queda otra que volver a empezar. El verdadero premio es Sueños de trenes donde —en apenas 144 páginas con letra grande— Johnson destila toda una vida con una prosa que oscila entre la parquedad medular y la explosión beatnik y gozosa de sentimientos y visiones que quitan el aliento al lector. Un ejemplo entre muchos del talento de Johnson a la hora de fundir lo realista con lo maravilloso, lo preciso con lo inasible: «Pero de acuerdo con uno de sus compañeros, Arn Peeples, que ya era viejo y que de joven había sido aserrador fanfarrón, los árboles eran asesinos, y aunque noventa y nueve de cada cien veces un buen aserrador fuera capaz de calcular correctamente cómo iba a caer el árbol, y hasta conseguir por medio de una serie de cortes magistrales y de cuñas que una pieza de cincuenta toneladas girara en redondo colina arriba y aterrizara detrás de él con tanta precisión como una aguja, la vez número cien podía acabar con su cara aplastada y él más tieso que la mojama, así de fácil. Arn Peeples decía que una vez había visto un tronco de cinco toneladas pegar un brinco sobresaltado, salir volando del carro, aterrizar encima de seis caballos y matarlos a los seis. Los árboles solamente te trataban como a un amigo cuando tú los dejabas en paz. En cuanto la sierra los hendía, ya tenías una guerra entre manos». La vida de Grainier es, sí, un riel que fluye y, al final, Grainier muere como vivió: solo. Y flanqueado por oraciones con la funcionalidad de plegarias. La que abre el libro es: «En el verano de 1917 Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, o al menos lo acusaban de haber robado, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho». Las que lo cierran son: «Y de pronto todo se volvió negro. Y aquella época desapareció para siempre».
Y aquí, de nuevo, otra de las constantes en lo de Johnson: la exploración sin retorno del momento-del-final entendido como ese instante en el que se demuestra si se han tenido o no principios.
A no dudarlo: Sueños de trenes un clásico instantáneo y, en lo formal, una de las muestras más acabadas de aquello que Henry James celebraba como «la hermosa y bendita nouvelle»: medida a la que Johnson se acogerá una y otra vez en sus últimos libros. Algo que enseguida se ubica y acomoda sin problemas dentro de la gran tradición de su país y parece evocar las serpenteantes raíces de Nathaniel Hawthorne y Herman Melville, el tronco del más noble Ernest Hemingway (Johnson siguió de cerca eso del vive-primero-y-escribe-después y aprendió tanto del fraseo de sus diálogos) y de la más estoica Flannery O’Connor, así como las ramas electrificadas de Robert Stone y Barry Hannah y al oscuro humor fronterizo y espiritualidad sin fronteras de ciertas baladas con la voz de Johnny Cash a oírse en el tocadiscos del profesoral William Stoner de John Williams. Y algo que —digámoslo con firme cautela— también convierte a buena parte de lo que hace el más celebrado Cormac McCarthy en materia mucho más tramposa y afectada y fácil y efectista.
Pocas veces la etiqueta de «pequeña obra maestra» (con la que, ya se dijo, Roth bendijo a Ángeles) se ha justificado más y mejor que en el caso de este tan inmenso y tan desvelador Sueños de trenes. Aunque, antes de Sueños de trenes y para siembre, se pronunció y se seguirá pronunciado —con cada vez más y mayor frecuencia e intensidad cuando se pronuncia, casi devocionalmente— el título del más arrollador y soñado de los libros: Hijo de Jesús.

Denis Johnson, escritor y dramaturgo, en una imagen del año 2000. Crédito: Getty Images.
Y alguien bien dijo y bendijo que Hijo de Jesús produjo y produce el mismo efecto que el primer álbum de la Velvet Underground: todo aquel que lo escuchó, no fueron muchos, en el momento de su salida no pudo sino salir corriendo a fundar una banda. Del mismo modo, Hijo de Jesús (y nada es casual: su título sale de uno de los versos de la «Heroin» de Lou Reed , el long-play recién mencionado) produjo una virtual y no siempre virtuosa fiebre viral con cepa quiero-ser-escritor-porque-quiero-escribir así. Los resultados, suele ocurrir, no siempre fueron dignos de mención y mucho menos de encomio. Michael «Las Horas» Cunningham —alguna vez compañero de clase de Johnson y, para la salida de Hijo de Jesús, maestro de escritura creativa— recuerda su efecto así: «Este libro parecía inspirar el deseo de escribir este libro. Hay muchos libros buenos, pero de tanto en tanto aparece uno en particular que produce ese efecto del yo quiero escribir exactamente así». Y Cunningham lo padeció directamente de parte de sus alumnos: «Oh, aquí viene una nueva generación de Denis Johnsons, pensé al verlos acercarse desde el horizonte... Así que alguna vez pensé organizar todo un seminario alrededor de cómo Denis había logrado escribirlo bajo el título de No tengo la menor idea».
Rick «La Tormenta de Hielo» Moody lo evocó así: «Todo aquel que comenzó a escribir en serio en los '80s y '90s puede precisarte con exactitud dónde estaba cuando consumió por primera vez los bocados que acabaron resultando en Hijo de Jesús».
«Trabajó en un nivel diferente al del resto de nosotros: un verdadero maestro», reverenció Zadie «Dientes Blancos» Smith.
George «Lincoln en el Bardo» Saunders lo catalogó como «la cima de nuestro más poético escritor de cuentos desde Hemingway... En su obra, la concentración se traduce en poesía, y las sombras y la luz son dos manifestaciones fundiéndose en una misma y esencial fuerza vital».
Tobias «Vida de Este Chico» Wolff: «No necesito decir que es una de las voces más distintivas de nuestra literatura, y que ha escrito obras que perdurarán».
Y el muy perceptivo Geoff «Yoga Para los Que Pasan del Yoga» Dyer apunta algo más que interesante: «Lo que hace a lo suyo tan intrigante es que, en principio, parece ser la obra de alguien quien, a cierto nivel, parece no tener la menor idea de cómo escribir pero, aún así, sabe a la perfección lo que está haciendo... Los personajes y lo que les sucede parecen como brotar de un denso follaje narrativo para luego desaparecer. La escritura puede sonar monótona por momentos. Los diálogos parecen conversar acerca de banalidades por el sólo hecho de seguir conversando. Y sin embargo... sin embargo...».
Y, claro, de ahí los riesgos de intentar escribir como Johnson: toda imitación sonará, inevitablemente, a falsificación, a sucia marca blanca y variante diet y light (excepción hecha de Peter Orner en sus relatos y en las novelas Love and Shame and Love y The Gossip Columnist's Daughter, o de Claire Vaye Watkins en Nevada/Battleborn, o de la ya mencionada Rachel Kushner en La Sala Marte o El Lago de la Creación, quienes de algún modo y a su manera, parecen cercanos a su estela y trayectoria).
En principio, Hijo de Jesús como cuentos sueltos en revistas escritos a toda marcha y «de memoria» a partir de aquellos viejos apuntes de juventud drogadicta (aunque Johnson prefería restarle importancia al aspecto autobiográfico y decir que estaban «recreados» a partir del clásico Caballería roja de Isaak Bábel del mismo modo en que Bob Dylan aseguró que su muy personal y casi autoflagelante Blood on the Tracks no era más que el producto de la reescritura encriptada de un puñado de relatos de Anton Chejov). Después —una deuda con Hacienda lleva a Johnson a pactar su ensamblado con editor a cambio de anticipo salvador— algo que el autor entiende casi con pudor y vergüenza como «apenas un pequeño y breve libro». Y, sí, son once relatos hilvanados por un antihéroe recurrente: Fuckhead, alter-ego revisitador de «hazañas» de juventud que, seguro, debían de incomodar un tanto a un Johnson ya mucho más bien establecido y estable. Fuckhead que comienza con su head más que fucked y —última parrafada del último de sus reportes, trabajando como servicial ordenanza en una residencia para ancianos, escribiendo el boletín de circulación interna del lugar, escritor por fin— se maravilla por cómo ya no está y cómo está ahora: «Todos esos tipos tan raros, y yo mejorando día a día, en medio de ellos. Nunca había sabido, jamás hubiera imaginado, ni siquiera entre el lapso que hay entre un latido de corazón y el siguiente, que podía llegar a existir un lugar para gente como nosotros».
(...) En aquel que —en algún lugar entre la tradición de los padres fundadores y las mutaciones de Thomas Pynchon y Don DeLillo o de Will Self y Tom McCarthy— sigue haciendo de las suyas con lo suyo en un estudio donde tenía enmarcado unos versos de Donald Justice: «El mundo tiene mucho polvo, tío. A trabajar».
Imposible no sentirlo propio, no compartirlo con los demás. Hijo de Jesús al que la editorial FSG edita en tapa dura pero con tamaño pocket. Lo que acaba potenciando su efecto: cabe en el bolsillo trasero y tiene un look como de amplísimo breviario del que memorizar frases que, en más de una ocasión, acaban tatuadas en brazos o vientres o piernas o hasta frentes (hay fotos de ellos online). Hijo de Jesús es el libro que convierte a Johnson en una estrella a todas horas y en una suerte de líder espiritual por el que incluso se llegan a recolectar firmas para su nominación con San Denis (y, por supuesto, hay testimonios convencidos de que sus rezos curaron algún cáncer cercano).
Así, Johnson transfigurado en aquel al volante de un Datsun 240Z al que hace pintar de naranja brillante con las palabras MANIAC DRIFTER en uno de sus flancos.
En el que escribe guiones para la HBO que nunca se producen (luego de que, durante años, el mensaje en el contestador automático de Johnson gruñera un «Deja un mensaje, pero si llamas desde Hollywood, largo de aquí»).
En aquel quien de tanto en tanto se pone al frente de workshops alrededor de un muy poco ortodoxo programa de lecturas (en el que figuran desde filósofos orientales a Keith Jarret pasando por Winston Churchill y Marcel Duchamp; se instruye con un «recolecta como una ardilla a las nueces a esos ciertos extraños momentos en los que El Misterio te guiña un ojo»; y se recomienda a los alumnos que «quieran ser como Shakespeare, porque no hay otra cosa a la que aspirar»).
En aquel que odiaba el sonido de un theremín como música de fondo para una de sus obras de teatro y le rogó al director que lo quitara y este se negó y entonces Johnson volvió al teatro a escondidas por la noche y robó el instrumento y lo arrojó el río Chicago (y de ahí que por esto se prohibiese su presencia en los ensayos).
En aquel que no recordaba haber leído Moby-Dick pero suponía que lo había hecho, porque se sabía de memoria el capítulo «The Lee Shore» al que consideraba «el Mejor Manual de Instrucciones pa Dueño de Denis Johnson, no porque refleje cómo soy sino porque me alienta a cambiar el cómo soy».
En aquel poco dado a entrevistas y giras de promoción.
En aquel hombre de familia que sale poco y nada de un rancho al que ha bautizado como Good Grief (a no ser que le ofrezcan algún conflicto armado a cubrir y descubrir lejos de casa; aunque, anualmente, invita a íntimos a algo que denomina «Semana del Caos», efeméride en la que alguna vez casi compra «media docena de patrulleros de policía usados a buen precio» pero, por suerte, su tercera y última esposa volvió a casa a tiempo para abortar la operación).
En aquel que —respondiendo a la pregunta de una estudiante en cuanto a «qué preguntas se hace a sí mismo mientras escribe»—, enumeró: «Las preguntas que considero... Cuando esto esté hecho, ¿no desearán los cabrones haberme tratado que de manera diferente? ¿Sucederá esto alguna vez? ¿Cómo puedo hacerlo sin tener que ser yo quien lo haga? ¿Es bueno de todos modos? ¿A quién puedo encontrar que me diga que esto es bueno antes de que exista, para que pueda escribirlo con absoluta confianza? ¿Qué diré en los National Book Awards? ¿Qué pasa si pronuncio mal 'Pulitzer' en la ceremonia del Premio Pulitzer? ¿Debería realmente aceptar estos premios?... Quiero decir, ¿no significan realmente nada para mí?, etc. Me pregunto todo esto en el momento en que quito mis dedos del teclado. Pero vuelvo a posar mis dedos sobre él y las preguntas desaparecen».
En aquel que —en algún lugar entre la tradición de los padres fundadores y las mutaciones de Thomas Pynchon y Don DeLillo o de Will Self y Tom McCarthy— sigue haciendo de las suyas con lo suyo en un estudio donde tenía enmarcado unos versos de Donald Justice: «El mundo tiene mucho polvo, tío. A trabajar».
Y allí, de nuevo, ya lo mencioné al principio, en ese libro, en Hijo de Jesús, ese primer cuento: «Accidente durante el autostop». El cuento al que Jeffrey «Las Vírgenes Suicidas» Eugenides señaló como «uno de esos» y en el que, «en poco más de mil palabras, Johnson nos ofrece toda una narrativa en conflicto con los registros que caben esperarse del tiempo y del tono, y donde consigue que los detalles muy personales comulguen con lo universal a partir de un solo incidente, o accidente, en una noche lluviosa». Otro episodio verdadero y reformulado a partir de lo estrictamente sensorial y metafórico, auto-ficción como corresponde, siniestro on the road, que el biógrafo Geltner rastreó hasta dar con sitio exacto y dueños de ese auto al que el joven Johnson se subió esa tormentosa noche de abril de 1972, cerca de Northwood, Iowa. Matrimonio (Craig y Janice Erkhart acompañados por las entonces pequeñas Lori y Cindy) de ahora ancianos quienes, al enterarse medio siglo después de que eran coprotagonistas de uno de los cuentos más célebres de la literatura norteamericana (y de que hasta habían sido interpretados por actores en película) no parecieron demasiado impresionados por lo que les informaba y les leía y les mostraba en DVD el biógrafo. Pero sí, le dijeron a Geltner, no estaba mal finalmente enterarse —porque, de tanto en tanto, nunca habían dejado de preguntárselo— «qué habría sido de ese chico que recogimos en la carretera. Dios, no está mal saberlo por fin, tanto tiempo después». Allí, ellos y Johnson, desde entonces y para siempre, en ese cuento que empieza con una suspensiva enumeración/anticipo de lo que vendrá: «Un vendedor que compartía su botella y perdió el control del auto al quedarse dormido... Un cherokee lleno de bourbon... Un VW que ya no era más que una burbuja de humo de hachís capitaneado por un universitario». Ese cuento donde Fuckhead precisa que «conocía a cada gota de lluvia por su nombre» y escucha a una mujer chillar «como un águila» y «¡Qué par de pulmones», comenta. Ese cuento que cierra con esa línea que en su momento The New Yorker quiso cortar, porque todo estaba narrado en primera persona hasta ese súbito y para el editor de ficción inexplicable cambio a primera persona (Johnson se negó como antes se había negado a ser reprocesado por Gordon «Manipulador de Raymond Carver» Lish, y se llevó el cuento a The Paris Review donde lo aceptaron más que encantados sabiendo que encantaría, como encantó, a los lectores de la revista para luego saltar a toda antología de lo mejor del año y de la década y del siglo y de toda una tradición y género). Esa línea que probablemente sea la más citada a ciegas pero con los ojos bien abierto de todo lo que jamás tecleó Johnson, siempre en órbita y parábola interna, pero con tantas ganas de viajar al espacio exterior, más allá de las nubes, siete calles en línea recta, dobla a la izquierda y enseguida se verá el cartel, imposible perderse.
Imposible perderse esta línea:
«Y ustedes, ustedes, gente ridícula, ustedes esperaban que yo les ayudase».
La respuesta era y es y será sí.
Gracias por la ayuda, Denis Johnson.
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