Una crónica de Auschwitz
En la retaguardia nazi: la gesta de las tropas aerotransportadas en Normandía
A las 5:45 horas de la mañana del 6 de junio de 1944, el Día D, las tropas aliadas comenzaron un ataque por aire bombardeando la costa de Normandía. Poco después, a las 6:30, la Hora H, se produjo el celebérrimo desembarco en las playas de la región del norte de Francia, en una invasión sin precedentes que marcaría el principio del fin de la II Guerra Mundial, ya que se desarrolló una operación clave para liberar a la Europa continental de la ocupación nazi. Para cuando meses después las tropas aliadas liberaron París, a finales de agosto de 1944, aproximadamente el 10% de los dos millones que formaban parte de las tropas aliadas que habían llegado a Francia estaban muertos, heridos o desaparecidos. Y muchos de ellos perdieron la vida en Normandía. Cuando se cumplen 80 años de la jornada que cambió la historia de la humanidad, en LENGUA reproducimos un extracto del libro «Historia de la Segunda Guerra Mundial sin mitos ni tópicos», un texto en el que los periodistas e historiadores Manuel P. Villatoro e Israel Viana hacen foco en algunos de los sucesos más relevantes -y, quizá, menos conocidos- del día en que unos cuantos cientos de miles de héroes anónimos dieron su vida por la libertad.

Veteranos del Día D en una imagen de 2019. Desde la izquierda: Loren Kissick (94 años), Dennis Thompson (96 años), Clifford Stump (95 años). Crédito: Getty Images.
El primer soldado aliado que tocó tierra francesa el 6 de junio de 1944 no lo hizo con los pies. Unos veinte minutos después de que las manecillas del reloj dieran las doce, el piloto Jim Wallwork perdió el control de su planeador y no pudo evitar que, tras un difícil aterrizaje, se deslizara a toda velocidad por la húmeda campiña gala. Este aparato, una suerte de autobús volador de contrachapado y tela que carecía de motor para ser más silencioso, solo se detuvo cuando se dio de bruces contra una alambrada. El golpe fue tan fuerte que el británico salió despedido de su asiento, atravesó el parabrisas de metacrilato y cayó de cabeza. «La herida fue tan escandalosa que se me llenó un ojo de sangre y, por un momento, creí que me había quedado ciego», admitió tras la Segunda Guerra Mundial.
Segundos después, del planeador de Wallwork salió un pelotón dispuesto a conquistar los puentes de Bénouville y Ranville antes de que despuntaran las primeras luces de la mañana. Eran parte de los veintitrés mil soldados, entre infantería aerotransportada y paracaidistas, que se arrojaron tras las líneas alemanas durante el Día D para cumplir tareas clave como destruir las baterías de cañones con capacidad de abrir fuego sobre las costas de Normandía; sembrar el caos entre los germanos; proteger las salidas de las playas donde desembarcarían sus compañeros y, por último, controlar los nudos de carreteras y los pasos sobre los ríos para segar los contraataques del Tercer Reich. Y todos ellos eran voluntarios a pesar de que Trafford LeighMallory, jefe supremo de las fuerzas aéreas aliadas, había previsto que entre un 50 y un 70 por ciento morirían aquella noche.
Ver más
NUEVAS Y EXTRAÑAS IDEAS
La primera pata de la guerra aerotransportada en el Día D fueron los planeadores. Saber por qué a los aliados se les ocurrió una idea tan rocambolesca como arrojar a sus hombres enlatados en aviones sin motor requiere retroceder hasta 1940, cuando los alemanes dejaron boquiabierta a Europa al conquistar el fuerte belga de Eben-Emael con una técnica revolucionaria: remolcar este tipo de aeroplanos mediante aviones de transporte para, llegado el momento, dejarlos caer tras las líneas enemigas. Aquella jornada, británicos y estadounidenses entendieron que lo que en principio parecía una locura ofrecía múltiples ventajas estratégicas: desde posicionar una unidad entera sobre el terreno sin que sus miembros se dispersasen —cosa que no sucedía con los paracaidistas— hasta transportar carros de combate y artillería.
El premier británico Winston Churchill, obsesionado cual niño con las novedades militares, ordenó idear «una división aerotransportada que siga el modelo alemán» e impulsó la utilización de estos aviones como arma ofensiva. A su favor habría que decir que, por entonces, Gran Bretaña necesitaba el acero para los cazas y que los planeadores podían elaborarse con madera y lona. Estados Unidos, por su parte, decidió no usarlos en primera línea, sino como meros transportes para hacer llegar suministros a las tropas del frente. Aunque eso no impidió que el país produjese cientos de ellos con la ayuda de carpinteros especializados en fabricar féretros o del empresario automovilístico Henry Ford, quien ofreció un buen precio a las fuerzas armadas a cambio de que sus antiguos negocios con Hitler quedasen olvidados.
Sobre el papel la idea era revolucionaria. Sin embargo, en la práctica se transformaba en un verdadero reto para los pilotos. «Imagina dirigir un planeador completamente cargado remolcado detrás de un avión [...] a través de un cielo turbulento y nublado a mil pies, y luego deslizarte a través de cortinas de fuego antiaéreo y armas pequeñas para aterrizar en el campo de patatas de un granjero... Ahora, imagina hacerlo también de noche», explicó el general Matthew B. Ridgeway, presente el Día D. Y eso sin contar con el ruido, que desesperaba a los tripulantes. «Era como viajar dentro de un bombo; una estructura rodeada por madera y tela. No había aislamiento alguno y el viento era ensordecedor en el interior», recordaba el veterano de la Segunda Guerra Mundial Bob Swenson.
A las molestas turbulencias, al peligro de ser presa de la artillería antiaérea y a la dificultad de dirigir el aeroplano hasta la zona de aterrizaje se sumaba, además, el riesgo de estrellarse al tomar tierra o el de explotar al chocar con alguna de las estacas coronadas con explosivos que Erwin Rommel había hecho colocar a cientos en la costa de Normandía. Las infinitas posibilidades de morir hicieron que estos aviones se ganasen pronto el apodo de «ataúdes voladores». «Te lo diré directamente: si tienes que entrar en combate, no lo hagas en un planeador. Camina, gatea, lánzate en paracaídas, nada, flota... Cualquier cosa, pero no vayas en un planeador», explicó el corresponsal de guerra Walter Cronkite, destinado en uno de ellos durante el Día D.

Refuerzos aliados desembarcando en Normandía en el Día D. Crédito: Getty Images.
ATAUDES CONTRA FORTALEZAS
Por su duro entrenamiento y su experiencia, el alto mando decidió que los comandos británicos destinados en planeadores (los miembros de la 6.ª Brigada de Desembarco Aéreo, más conocidos como Red Devils, «Diablos Rojos», debido a su característica boina del mismo color) serían los encargados de acometer dos misiones clave en el sector de Sword. La primera, conquistar los puentes alemanes de Bénouville —sobre el canal de Caen— y de Ranville —en el río Orne— con el objetivo de garantizar el avance aliado. La segunda, aterrizar en el interior de la batería de Merville, una suerte de fortaleza protegida por ametralladoras, minas y alambre de espino, y silenciarla para evitar que disparara sobre las playas.
Para la primera misión se seleccionó a ciento cuarenta hombres de la Infantería Ligera de Oxfordshire y Buckinghamshire. Todos ellos a las órdenes del mayor John Howard, un curtido soldado que antes había ejercido como policía y corredor de bolsa. Despegaron a las once en seis planeadores sabedores de que, aunque lograran conquistar los puentes, tendrían que resistir durante horas hasta que las tropas de la playa enlazaran con ellos. Durante el trayecto cada uno combatió los nervios como pudo. El oficial, por ejemplo, pasó casi todo el viaje con la mano en uno de los bolsillos de su guerrera; el mismo en el que guardaba el pequeño zapato de su hijo Terry, de dos años. Otros se limitaron a pensar. «Éramos la punta de lanza del ejército más colosal jamás visto. Me sentía insignificante», recordó el sargento Oliver Boland.
A eso de las doce, los planeadores se soltaron de sus remolcadores y se lanzaron de bruces contra los puentes. La mitad a Bénouville y el resto a Ranville. En el avión de Howard reinó el silencio hasta que el piloto, Wallwork, lo destruyó con un grito: «¡Sujetaos!». Esa era la señal para que pasasen los brazos sobre los hombros de sus compañeros y levantasen las piernas; una posición conocida como «agarre del carnicero», que impedía, en teoría, que saliesen despedidos. No les sirvió de nada. El impacto contra el suelo fue de tal calibre que todos quedaron inconscientes durante unos segundos. Al despertarse, el mayor creyó que había perdido la visión, pero luego se percató de que el golpe había hecho que se le bajara el casco. Así fue como comenzó la primera gran batalla del Día D.
La operación se llevó a cabo a la velocidad del rayo. Según explicó Howard, sus hombres se lanzaron sobre el puente levadizo de Bénouville como «una manada de sabuesos desatados». Su ímpetu, así como su aspecto fantasmagórico —feroces y con la cara pintada de negro––, hicieron que muchos defensores arrojaran sus armas al suelo y se retirasen a la carrera. Además, la rapidez de soldados como Bill Gray, que consiguió derribar a un alemán antes de que pidiera refuerzos con su pistola de bengalas, fue también determinante. Tras su momento de gloria, por cierto, el joven apoyó el arma en una pared, se desabrochó la bragueta y se tomó un minuto para orinar. El café que se había tomado antes de partir le había hecho efecto.
Un cuarto de hora después el asalto había terminado en ambos puentes. Todos acabaron asombrados. Los alemanes, los mismos soldados ingleses y, por último, Georges Gondrée y su esposa, Thérèse. Su negocio, un pequeño café ubicado justo al lado del puente de Bénouville, se convirtió en el primer edificio liberado por los aliados durante el desembarco de Normandía. Como gratitud, la amable pareja desenterró 99 botellas de champán que habían escondido en su jardín y, en las semanas siguientes, invitaron a una copa a todos los soldados que pasaron por allí. Aunque eso fue tras varias jornadas de aguerrida defensa por parte de los hombres de Howard, quienes solo pudieron descansar tranquilos cuando oyeron la música entonada por el gaitero personal de lord Lovat. Los refuerzos habían llegado.
Por desgracia, esa suerte no la compartieron sus compañeros en Merville. Al igual que sobre los puentes, tres planeadores debían aterrizar, al abrigo del silencio absoluto, en el interior de la batería poco después de las doce. La idea era que provocaran el desconcierto en el interior mientras, desde fuera, los paracaidistas de la 6.ª División Aerotransportada británica atacaban la posición. Pero todo fue un desastre. El primer aparato no pudo salir de Inglaterra, el segundo cayó a un kilómetro del objetivo y el tercero a punto estuvo de explotar cuando tocó tierra cerca de un campo de minas. Al final, el teniente coronel Terence Otway, al mando de las fuerzas exteriores, ordenó el asalto. «¡Adelante todos, vamos a tomar esa maldita batería!», bufó el soldado Mower antes de lanzarse contra ella. Dos centenares de bajas después, la misión estaba cumplida.

Soldado estadounidense dormido en una trinchera de Normandía durante el Día D. Crédito Getty Images.
PARACAIDISTAS: LA ÉLITE NORTEAMERICANA
Aunque valerosos, la realidad es que el número de hombres destinados a los planeadores era ínfimo si se compara con el de paracaidistas. De estos combatientes participaron unos veinte mil; y, de ellos, más de quince mil pertenecían a Estados Unidos, donde se los consideraba los soldados más letales de las fuerzas armadas junto con otras unidades especiales, como los Rangers. Por parte norteamericana, en el Día D lucharon la 82.ª División Aerotransportada (más conocida como All American por contar con soldados de todas las regiones del país) y la 101.ª División Aerotransportada (los Screaming Eagles o «Águilas Aulladoras»). «Teníamos un sentimiento especial, íntimo y de unidad de élite en la unidad», explicó el famoso «paraca» Richard Winters.
Si los Red Devils y los paracaidistas británicos recibieron las órdenes de asegurar el flanco este, los estadounidenses fueron destinados al oeste; de forma más concreta, a la retaguardia de la playa de Utah. A grandes rasgos, las zonas de salto de las Águilas Aulladoras fueron los pueblos de Turqueville, Angoville y Vierville. Por su parte, a la 82.ª se le asignaron Sainte-Mère-Église y sus alrededores. Su trabajo, una vez más, consistía en acallar las baterías alemanas y controlar los puentes sobre los ríos Merderet y Douve.
Para cumplir sus objetivos contaban con un entrenamiento sin igual y un pesado equipo que, en muchos casos, superaba los cincuenta kilogramos. Entre los utensilios más curiosos que portaban se hallaban los famosos crikets (pulsadores de juguete para reconocerse en mitad de la noche con un «cric»), los chalecos salvavidas Mae West (apodados así porque, al inflarse, recordaban a la exuberante delantera de la susodicha actriz) o un paracaídas de reserva. Esta última fue una ventaja que los ingleses no tuvieron hasta el año 1955 porque, en palabras de Napier Crookenden, oficial de la 6.ª División Aerotransportada británica, «su uso demostraba la falta de confianza en la fiabilidad del paracaídas principal», «suponía un gasto injustificado» y «dificultaba los movimientos de los hombres».
Los días previos al desembarco fueron los más tensos para los paracaidistas. En un ambiente enrarecido, los capellanes militares hicieron jornadas maratonianas y recorrieron los diferentes campamentos para confesar a estos soldados. «Ningún sermón tiene más capacidad de hacer que un hombre se dé cuenta de que tiene que estar en paz con Dios que la perspectiva de saltar desde un avión», explicó en sus memorias el sacerdote de las Águilas Aulladoras Francis Sampson. Por si fuera poco, los nervios empeoraron cuando Eisenhower confirmó que la operación se retrasaba una jornada, aunque los mandos dominaron la situación con música a todo volumen, dónuts y café. El día 5, cuando el sol empezó a caer, subieron a los aviones. «Serían en torno a las diez cuando despegamos», afirmó Don Jakeway, de la 82.ª División. Como a sus compañeros, el exceso de comida le provocó mareos y arcadas durante el cruce del canal de la Mancha.

Dibujo del ejército estadounidense luchando en el Día D. Crédito: Ed Vebell/Getty Images
HÉROES PERDIDOS
Poco antes de la una de la madrugada, los primeros transportes vislumbraron la costa y las baterías antiaéreas alemanas. El saludo fue recíproco y los nazis contestaron con una sinfonía de disparos que alumbró el todavía negro cielo. En el mejor de los casos, los pilotos, muchos de ellos sin experiencia, se vieron obligados a modificar su rumbo original para escapar de las balas; en el peor, los aviones, los míticos C-47, fueron derribados con todos los «paracas» dentro. El infierno que se desató provocó que cientos de soldados cayeran a varios kilómetros de su zona original de salto y que perdieran sus armas en la caída debido a las sacudidas. Uno de ellos fue el mismo Winters, que pisó suelo francés solo con un cuchillo.
El resultado fue un caos general que provocó infinidad de situaciones de película. Jakeway, por ejemplo, se quedó colgado de un árbol muy lejos de su objetivo. «Estaba aterrado, pero mantuve la calma», afirmó. Cuando se liberó de sus ataduras, tuvo que esconderse dentro de un montón de estiércol para no ser detectado por una patrulla enemiga. Su caso es menos conocido que el de John Steele. Este soldado acabó colgado del campanario de la iglesia de Sainte-Mère-Église mientras, bajo sus pies, se desataba un incendio y corrían las balas. Para sobrevivir se hizo el muerto, e interpretó tan bien su papel que un teniente norteamericano recordó años después al «paracaidista muerto que colgaba del campanario». Sobrevivió y le hicieron prisionero. Otros, con mucha menos fortuna, se ahogaron en pequeñas marismas de no más de dos palmos de profundidad por la imposibilidad de darse la vuelta debido al gran peso que portaban.
Ya en tierra, fueron muchos los que desconocían el punto concreto en el que se hallaban. Al teniente coronel Robert Cole, de la 82.ª, la desesperación le hizo romper todas las normas y llamar a la puerta de una casa con la esperanza de poder situarse. De ella salieron unos amables franceses que le confirmaron, para su desgracia, que estaba a ocho kilómetros de la zona de salto. Más hilarante todavía fue lo que le ocurrió al teniente Smit. Tras varias horas oyó cómo se acercaba una unidad y, asustado, reptó hacia el ruido en silencio. Quería ver qué sucedía. A los pocos minutos, una figura se situó frente a él. «¿Qué haces aquí?», preguntó el oficial agazapado en el suelo. «No lo sé, pero puedo decir lo que haces tú. Estás haciendo el idiota delante del 12.º de Infantería estadounidense en pleno ataque». Para todos ellos, aquel fue el día más largo; uno que no olvidarían jamás.

Eisenhower reunido con Líderes Supremos de Mando en Londres, 1944. Crédito: Getty Images
AMOR Y ODIO
Existen ocasiones en las que un rayo de bondad consigue alejar la oscuridad de la batalla. Eso es lo que ocurrió en la pequeña iglesia de Angoville-au-Plain, entre Cherburgo y París. Cerca de este edificio cayeron, en la noche del 5 al 6 de junio de 1944, los sanitarios Ken Moore y Robert Wright, de la 101.ª División Aerotransportada. Cuando se vieron obligados a atender a decenas de heridos, transformaron la capilla en un improvisado hospital de campaña y sus bancos, donde todavía quedan restos de sangre, en camas. El lugar se convirtió así en un oasis para ambos bandos a pesar de que cambió de manos varias veces. «Al poco llegó un oficial alemán. Me preguntó si podía hacerme cargo de sus heridos, y lo aceptamos», recordó después uno de los enfermeros. Ambos cuidaron de unos ochenta adultos y un niño durante el desembarco de Normandía.
Por desgracia, algunos paracaidistas británicos y estadounidenses protagonizaron también episodios de pillaje y abusos. Un miembro de la policía militar de las Águilas Aulladoras confirmó, por ejemplo, que había visto el cadáver de un oficial germano al que habían cortado un dedo para robarle su alianza matrimonial. Otros tantos agruparon a decenas de presos enemigos para ejecutarlos cuando las playas ya estaban aseguradas. Con todo, uno de los momentos más estremecedores se dio cuando un soldado aerotransportado observó que su compañero había cambiado sus guantes amarillos por otros. O eso creía. «Le pregunté dónde había encontrado esos guantes rojos y, tras rebuscar en uno de los bolsillos de su pantalón de salto, sacó una sarta de orejas. Había estado cortando orejas toda la noche y las había cosido a un viejo cordón de zapatos». Era sangre fresca.
La extraordinaria historia de las jóvenes judía...
De la muerte de Hitler al final del Tercer Reich
El hombre que salvó a miles de personas del Hol...
La verdadera historia del héroe de la resistenc...
Un sueño, una tentación y la noche más larga de...

