Mavi Doñate por Ignacio Martínez de Pisón: el diario contra el olvido de la Guerra Civil
La guerra civil española no terminó en 1939 para quienes arrastraron durante años el peso de la derrota, la cárcel y el miedo. Entre ellos estuvo Gabriel, abuelo de Mavi Doñate, capturado en 1937, juzgado por «adhesión a la rebelión» y condenado a treinta años de prisión tras las denuncias de ocho vecinos de su pueblo. De aquel tiempo atroz conservó un diario de tapas marrones en el que dejó a salvo una memoria que el franquismo quiso borrar. Nueve décadas después, Doñate regresa a esas páginas en «Cuéntame el olvido» (Plaza & Janés, 2026), una investigación familiar e histórica escrita con pulso periodístico y emoción contenida, que rinde homenaje a quienes siguieron perdiendo la guerra mucho después del final oficial. Bajo estas líneas, LENGUA publica el prólogo de Ignacio Martínez de Pisón, que acompaña este relato sobre la desmemoria, la verdad y las heridas que aún atraviesan el presente.

Mayo de 1937. Un grupo de niños refugiados del País Vasco desembarca en Southampton, Inglaterra, en plena Guerra Civil española. Crédito: Getty Images.
Este es un libro escrito en dos tiempos, en dos etapas muy distintas de la reciente historia de España. Por un lado, está el texto autobiográfico que el abuelo Gabriel redactó cuarenta y tantos años después del final de la Guerra Civil; por otro, el libro que, inspirado en aquellas páginas, ha redactado su nieta Mavi noventa años más tarde. Un salto de nueve décadas que, con alguna parada intermedia, nos transporta desde aquellos años convulsos, los más trágicos de nuestra historia, a la actualidad de un país que disfruta desde hace medio siglo de una convivencia en democracia y libertad como jamás habían conocido tantas generaciones de españoles juntas.
Vaya por delante una breve sinopsis. El joven Gabriel, sin significación política particular, fue tachado de rojo por varios vecinos de su pueblo. Esto, que en circunstancias normales habría resultado irrelevante, en el verano de 1936 podía conducirte directamente al paredón de fusilamiento si tenías la mala suerte de encontrarte en algún rincón de la llamada zona nacional. Gabriel, para el que el fiscal militar solicitó la pena de muerte, acabó siendo condenado a solo treinta años de cárcel, de los que cumpliría cuatro años y algunos meses.
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Después de aquello se inició un largo periodo de silencio. Durante la dictadura, el silencio del propio Gabriel y de sus convecinos, en una relación desigual en la que todos sabían quién formaba parte de la España de los vencedores y quién de la de los vencidos. Y, durante la Transición, el silencio de una sociedad que daba sus primeros pasos hacia la democracia con miedo a despertar los viejos fantasmas del guerracivilismo. Que el abuelo Gabriel no se decidiera a redactar sus recuerdos hasta mediados de los años ochenta, cuando ya la democracia se había consolidado en España, tal vez quiera decir algo y, en todo caso, aún tendrían que pasar unos años para que, con el cambio de siglo, los nietos de quienes hicieron la guerra se lanzaran a discutir sobre la contienda sin que ello conllevara ningún riesgo de desestabilización.
Contando la historia de su abuelo Gabriel puede contar la de los muchos, muchísimos abuelos Gabriel que proliferaron en aquella España trágica, jóvenes sin culpa atrapados por una fortuna adversa, vidas torcidas por un cruel golpe del destino.
La delación como un elemento más de la cotidianidad, la arbitrariedad de los tribunales militares, las atroces condiciones de las cárceles franquistas, la inhumanidad de los batallones de trabajadores…: de todo eso se ha hablado y escrito más en el primer cuarto de este siglo que en los sesenta años inmediatamente posteriores al conflicto. De todo eso habla también el abuelo Gabriel porque lo sufrió en carne propia, y a menudo su testimonio resulta espeluznante, como cuando lo envían al cementerio de Torrero a desenterrar y quemar cadáveres antiguos para hacer sitio a los nuevos muertos, mientras los soldados se dedican a reventar las calaveras para arrancar las piezas de oro de las dentaduras.
Cuando Mavi Doñate opta por escribir sobre las experiencias de su abuelo Gabriel lo hace, desde luego, porque fue alguien muy importante para ella, alguien único, como suelen ser los abuelos para los nietos. Pero también por lo contrario: porque contando la historia de su abuelo Gabriel puede contar la de los muchos, muchísimos abuelos Gabriel que proliferaron en aquella España trágica, jóvenes sin culpa atrapados por una fortuna adversa, vidas torcidas por un cruel golpe del destino. Su historia es la de muchos, y también lo es su silencio posterior, prolongado hasta tiempos muy recientes.

Refugiados españoles, mayo de 1937. Niños refugiados del País Vasco llegan a los muelles de Southampton, en Inglaterra. Crédito: Getty Images.
Con las herramientas mezcladas de la microhistoria, el periodismo, la autobiografía y la literatura, Mavi Doñate ha acertado a escribir uno de esos libros necesarios que llenan vacíos, subsanan olvidos y reparan injusticias. Los recuerdos de su abuelo son el punto de partida de una indagación literaria, lo que los británicos llamarían una quest, pero entre las fuentes a las que recurre están también el sumario del consejo de guerra, alguna entrevista con algún historiador y, sobre todo, el testimonio de los descendientes de aquellas personas que en su momento acusaron al abuelo Gabriel, varios de los cuales ni siquiera recordaban que este hubiera pasado más de cuatro años en la cárcel.
Cuéntame el olvido es, por un lado, el homenaje de Mavi Doñate a su abuelo y a quienes vivieron experiencias tan duras como las suyas y, por otro, un ejemplo de honestidad ética e intelectual, como queda claro cuando se interroga a sí misma acerca de si habría escrito un libro como este en el caso de que su abuelo Gabriel, en vez de ser víctima, hubiera sido verdugo. Evocando Los amnésicos de Géraldine Schwarz, una obra valiente que bucea en la responsabilidad histórica de sus familiares alemanes, que se dejaron embaucar por las soflamas nazis y se beneficiaron de las atrocidades cometidas contra los judíos, llega a la conclusión de que sí. Evidentemente, ese habría sido un libro bien distinto.
Mavi Doñate se acerca a esa etapa histórica con la intención de saber, pero no con la de juzgar, porque juzgar equivaldría a arrogarse una discutible superioridad moral: la seguridad de creer que ella, o nosotros, seríamos capaces de hacer bien las cosas que entonces se hicieron mal y de conservar la dignidad y la decencia donde otros no pudieron hacerlo.
Tanto el libro de Schwarz como el de Doñate parten de la premisa de estar observando un pasado traumático desde el confort y la placidez de un presente privilegiado, el de la Europa actual, que sigue siendo un refugio de progreso y libertad. La España de la que habla el abuelo Gabriel es, recordémoslo, la de las delaciones, la represión, el miedo, el hambre, el estraperlo. Una España dividida entre vencedores y vencidos, de la que nunca viene mal refrescar las cifras: los doscientos sesenta mil presos que se hacinaban en las cárceles de Franco, los cerca de quinientos mil derrotados que acababan de cruzar la frontera en dirección al exilio, los cincuenta mil republicanos que serían fusilados mientras la Segunda Guerra Mundial asolaba Europa… Eran, en definitiva, tiempos terribles, en los que hermanos no se atrevían a testificar a favor de hermanos por miedo a sufrir las consecuencias.
Mavi Doñate se acerca a esa etapa histórica con la intención de saber, pero no con la de juzgar, porque juzgar equivaldría a arrogarse una discutible superioridad moral: la seguridad de creer que ella, o nosotros, seríamos capaces de hacer bien las cosas que entonces se hicieron mal y de conservar la dignidad y la decencia donde otros no pudieron hacerlo. ¿Quiénes somos nosotros para, desde la comodidad de nuestro sofá, afirmar que no nos habríamos equivocado como tantos se equivocaron entonces? Por otro lado, ¿quiénes somos nosotros para permitir que historias como la del abuelo Gabriel se pierdan para siempre en el olvido? Estas dos preguntas se encuentran, creo, en el origen de este libro excelente.
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