Eduardo Sacheri: «Malvinas y la selección argentina son los dos últimos asideros identitarios colectivos»
El autor de «El secreto de sus ojos» mira de frente uno de los episodios más dolorosos de la historia argentina y lo hace desde la orilla íntima de la ficción. En «Qué quedará de nosotros» y «Demasiado lejos» (Alfaguara), dos novelas que dialogan como un díptico, Sacheri reconstruye la respiración de un país atrapado en la primavera de 1982, cuando la guerra de las Malvinas parecía, para muchos, una aventura breve, casi inocente, destinada a resolverse sin mayores sobresaltos. Sacheri elige detenerse en las vidas pequeñas: en los jóvenes enviados a una batalla cuyos enemigos se desdibujaban, en las historias de amor congeladas, en los parientes que aguardaban noticias con la fe ingenua de quien aún no sospecha la magnitud del desastre. En esta conversación íntima con el escritor y periodista Juan Cruz Ruiz, Sacheri recupera la respiración social de una nación que creyó que la recuperación de las Malvinas sería tan solo la excursión patriótica de unos muchachos. Pero la ficción que construye -y que comenta en esta entrevista- se superpone con la memoria colectiva: una carta literaria dirigida a una ciudadanía exhausta, donde la paradoja histórica asoma con claridad. Porque el final de aquella guerra «chiquita» trajo, al fin, la democracia que desterró a la Junta Militar.
Por Juan Cruz Ruiz

Retrato del escritor Eduardo Sacheri. Crédito: Diego Lafuente.
Eduardo Sacheri (Castelar, Argentina, 1967), el autor de El secreto de sus ojos y de La noche de la Usina (siempre en Alfaguara), ha escrito un díptico tranquilo y escalofriante sobre la vida argentina en medio del episodio gravísimo que constituyó la guerra de las Malvinas, ocurrida en la primavera de 1982. Las dos partes del relato sobre la guerra contada por Sacheri en Qué quedará de nosotros y en Demasiado lejos conforman una narración asombrada del sueño de un país, y de unos soldados, que parecían enviados a una batalla cuyos enemigos no iban a aparecer nunca. Había la impresión nacional de que Argentina se iba a hacer con aquellas islas como si la batalla fuera, tan solo, el resultado de una excursión de muchachos. Historias de amor pospuestas, parientes que aguardaban un desarrollo feliz que luego fue la carta asustada de un desastre. Es ficción, pero cuando la lees, cuando la rememoras, parece también la carta de un país a una ciudadanía exhausta. La paradoja fue que el fin de aquella guerra chiquita atrajo, al fin, una democracia que acabaría con los militares que habían propiciado un viaje cuyo regreso fue el llanto.
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Juan Cruz Ruiz: ¿Costó escribirlo?
Eduardo Sacheri: Costó escribirlo. Primero porque tuve que documentarme mucho sobre la guerra, que no es una experiencia de mi vida. Un escenario bélico, una batalla, un enfrentamiento de infantería como el que termina siendo la guerra de las Malvinas, para mí era técnicamente una dificultad. Y, por otro lado, esta idea de narrar la guerra desde pequeños personajes, muy a ras de tierra. Mi idea original era abarcar la totalidad: Buenos Aires en guerra, en una guerra distante [historia que narra en Demasiado lejos]; y los soldados en la guerra, propiamente en Malvinas [la trama de Qué quedará de nosotros]. Pero me resultó inabarcable y por eso lo dividí en dos novelas que dialogan, pero que son dos novelas distintas. Así que técnicamente me costó bastante.
Juan Cruz Ruiz: ¿Y vivirlo? ¿Te costó vivirlo?
Eduardo Sacheri: Yo tenía 14 años, y formé parte de las mayorías. Y eso siempre es más plácido. Aunque uno esté equivocado, cuando está amparado en la manada sufre menos. Como mi familia no tenía ningún soldado en el frente y no corríamos riesgo, participamos de esa atmósfera triunfalista, belicista, optimista, liviana, con la que la Argentina encaró todo el proceso de Malvinas. Y con la misma falta de espíritu crítico, en relación a la dictadura, que era la que en todo caso estaba al mando de todo eso. Pero, claro, Malvinas era ya para 1982 una causa nacional tan sólida, tan deseada, tan postergada, que la mayoría nos entregamos con mucha ingenuidad a ese fervor patriótico. Hasta el desenlace.
«Malvinas era ya para 1982 una causa nacional tan sólida, tan deseada, tan postergada, que la mayoría nos entregamos con mucha ingenuidad a ese fervor patriótico. Hasta el desenlace».
Juan Cruz Ruiz: ¿Te acuerdas de algún hecho que te llamara la atención entonces, de preocupación, o de alegría, o de dolor?
Eduardo Sacheri: La alegría del 2 de abril, el día del desembarco, fue inconmensurable, porque había además la idea de que eso terminaba ahí. Es decir, el 2 de abril la sociedad argentina no siente que está iniciando una cadena fatal de acontecimientos que la van a conducir a la guerra. La Argentina siente que está cerrando una cadena cuyo último acto es la recuperación de las islas, la bandera argentina flameando en ese territorio… Como mucho quedará una discusión diplomática con Gran Bretaña y las Naciones Unidas para ultimar los detalles. Esa sensación, que dura 10 o 15 días, hasta que es evidente que Margaret Thatcher ya envió la flota y que el mundo diplomático le da la espalda a la Argentina, es dominante y es muy fuerte. Recién con el avance del mes de abril, el humor social va transformando ese final en la sensación de que aquello recién empieza. Pero no se abandona el optimismo, se mantiene… habrá que ir a la guerra, se dice, como si ir a la guerra fuera un tema menor, una liviandad. Recuerdo con mucho dolor el hundimiento del Belgrano, el mejor barco de la Armada Argentina, que es el 2 de mayo. Las hostilidades se inician el 1 de mayo y ese 2 de mayo se produce el hundimiento, y es un sacudón. De hecho, mueren 322 marinos de los más de 1000 que tripulaban el Belgrano, y eso es casi la mitad de los muertos argentinos en Malvinas. Pero como el 4 de mayo Argentina hunde el Sheffield, una fragata muy moderna de los británicos, de inmediato vuelve la confianza, la fe en que esto va a terminar bien para la Argentina... Y luego la rendición del 14 de junio es un sacudón, un cimbronazo afectivo descomunal. Nadie, cuando digo nadie digo casi nadie, pensaba en ese final. De hecho, el 13 de junio es el primer día del Mundial de Fútbol en España. Es domingo y Argentina debuta con Bélgica y pierde uno a cero. Los comunicados del Estado Mayor Conjunto, es decir, de las Fuerzas Armadas, hablan sorpresiva, escalofriantemente, de combates en los alrededores de Puerto Argentino. Yo recuerdo que nos miramos con mi hermano mayor, que veníamos siguiendo todo comunicado a comunicado, y de repente estamos rodeados en la capital y al día siguiente se produce la rendición, es el lunes 14. Esa experiencia, familiar y personal, se reprodujo en millones de hogares.
Juan Cruz Ruiz: Se acabó la historia…
Eduardo Sacheri: La primera sensación de la derrota es la incredulidad, ni siquiera es el duelo. El duelo vendrá después, pero lo que se produce sobre todo es la incredulidad, después de haber sentido que estábamos ganando. Una sensación generalizada, por supuesto propuesta por el gobierno militar, reproducida por los medios de prensa privados y retroalimentada por una sociedad que consume esos medios triunfalistas y no los críticos. No sé si recuerdas la revista Gente. Tiene una tapa célebre de mediados de mayo que dice Estamos ganando. Fue su número más vendido en la historia. Eso habla de una terapia de autoconvencimiento colectivo que excede la maniobra propagandística del gobierno militar. Sin duda se basa en eso, pero la desborda. La sensación es que durante esos casi tres meses desquiciados, cada apuesta de los militares es redoblada por la población.

Crédito: Diego Lafuente.
Juan Cruz Ruiz: ¿La gente se olvidó durante un tiempo de que era guiada por un gobierno militar?
Eduardo Sacheri: Mirá, no sé si lo olvidó, pero lo perdonó. El discurso público de la Iglesia, de los sindicatos, de los partidos políticos, de los medios de prensa, era que esto sería lo más importante, era una causa nacional, una oportunidad de reconciliación... Tenés discursos de ese tipo. Es decir, Malvinas y la guerra nos dan una ocasión de volver a ser comunidad, de volver a ser un cuerpo, esta cosa bien nacionalista. Por eso te digo, no es que se deje de lado que es un gobierno militar, pero se le perdona que sea obra de un gobierno militar. Ya habrá tiempo, cuando superemos la guerra con victoria, de volver a discutir la recuperación de la democracia, la crisis económica, las violaciones a los derechos humanos… Ya habrá tiempo.
Juan Cruz Ruiz: ¿Cómo vives hoy ese hecho, ese perdón a los militares?
Eduardo Sacheri: Yo lo vivo como un error. No puedo hablar de un error imperdonable, porque las sociedades también tienen el derecho a equivocarse. Yo creo que lo que no tienen derecho las sociedades es a no hablar de sus errores. Y siento que la sociedad argentina prefiere no hablar de la guerra de Malvinas. Sí está dispuesta a hablar de Malvinas, pero no de la guerra de Malvinas. Es decir, esa vieja reivindicación de que las Malvinas son argentinas y los ingleses nos las arrebataron y tienen que devolverlas, eso sigue totalmente presente en el imaginario argentino. Como si no hubiera pasado la guerra.
Juan Cruz Ruiz: ¿Ahora habría un levantamiento militar de la sociedad?
Eduardo Sacheri: No, sin duda la Argentina no acompañaría una aventura militar para la recuperación. Pero si tú le preguntas si las Malvinas son argentinas a una anciana de 90 años, a un adulto de 40 o a una niña de 8, la respuesta rotunda es sí.
«Malvinas constituye, junto con la selección argentina, los dos últimos asideros identitarios colectivos. Todos somos de la selección y todos deseamos que las Malvinas estén bajo soberanía argentina».
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué significaría que un día los ingleses se despierten y decidan darles a Argentina las Malvinas?
Eduardo Sacheri: Digamos, como todo sueño realizado, la felicidad duraría un tiempo, como un Mundial. ¿Qué fue el mundial de Qatar para la Argentina? Una inconmensurable fiesta universal. Que no es poco en nuestras sociedades fragmentadas, divididas, facciosas... Y no le quito valor. Aquello de toda una sociedad unida por un sentimiento es algo digno de verse. Y no te cito el mundial de Qatar porque sí. Malvinas constituye, junto con la selección argentina, los dos últimos asideros identitarios colectivos. Todos somos de la selección argentina y todos deseamos que las Malvinas estén bajo soberanía argentina. Y fíjate, a ambos nos gustan los símbolos del fútbol. En el mundial de Qatar no se popularizó, porque decir que se popularizó es poco, se universalizó una canción de cancha que decía «¡Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar!» Es la Argentina que hablaba de Maradona, de Messi, de la paternidad sobre Brasil en la Copa América y de los pibes de Malvinas «que jamás olvidaré». Y yo recuerdo que ya estaba trabajando en estos libros.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué tiene que ver Maradona, Messi, la selección argentina, con «los pibes de Malvinas que jamás olvidaré»?
Eduardo Sacheri: Pues tiene que ver. ¿Y qué quedó de ellos? Quedó una memoria incómoda. No digamos que los veteranos se hicieron un sitio… Les costó muchísimo. Te diría que les costó 20 años más o menos que la sociedad estuviera dispuesta a escucharlos. Y poco más. Los veteranos hoy son reconocidos, homologados en la amable categoría de héroes de Malvinas. De lo que no somos capaces de hablar en la Argentina es del resto de nosotros durante la guerra. Y esa memoria de los veteranos es múltiple. El kirchnerismo aceptó a los veteranos, pero sólo a los soldados conscriptos [soldado mientras recibe la instrucción militar obligatoria] y homologándolos con víctimas. De ese modo los habilitó a hablar. Siempre y cuando eligieran ese lugar para reconocerse. Ahora, los veteranos que se reivindican como soldados, fueran sargentos, tenientes o soldados conscriptos, son irritantes. Porque se están reivindicando en un lugar incómodo.

Crédito: Diego Lafuente.
Juan Cruz Ruiz: ¿Cuándo se reanudó la conversación sobre las Malvinas después de la derrota?
Eduardo Sacheri: El gobierno de Alfonsín tenía tal cantidad de problemas que la cuestión de Malvinas quedó absolutamente al margen. En los años 90, Menem reinicia una política más activa. Lo que hace Alfonsín es reiniciar relaciones con Gran Bretaña. Pero el tema de Malvinas ni se toca. En los 90, Menem intenta una seducción de los isleños, como un intento de aproximarlos que choca con una evidencia. Ahora los isleños son ciudadanos británicos a partir de la guerra, cosa que no eran antes. Así que es muy difícil convencer a un ciudadano británico de las ventajas de sumarse a un país como Argentina. Más allá de que no es la dictadura de la época de la guerra, no es un país que genere ese atractivo. Y a partir de los 2000, el kirchnerismo sobre todo encarna esta idea de «démosle lugar a los veteranos» en tanto víctimas de la dictadura. Sólo hasta ahí. Pero queda este pozo difícil de manejar de qué hacemos con los veteranos que reivindican su participación en la guerra. Y que no se sienten víctimas, sino veteranos. Y punto. De hecho, el cantito que yo te decía habla de los pibes de Malvinas y la mayoría de los veteranos desean ser llamados veteranos. Y no porque lo de pibes sientan que los infantilizan, los victimizan, los ponen en un sitio no activo.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué consecuencias tuvo para la vida de los tuyos? Es decir, de tu generación.
Eduardo Sacheri: Paradójicamente, la vuelta de la democracia, ni más ni menos. O sea, la derrota de Malvinas precipita el fin del gobierno militar. Nada menos, fíjate. Las paradojas de algo doloroso, triste… Galtieri renuncia, es reemplazado por Vignone, el último presidente militar, cuya agenda se reduce a «veamos cómo nos vamos del gobierno». Pero, claro, ya en una posición de debilidad que tiene mucho que ver con la pérdida de la guerra de Malvinas. Esa condición de debilidad es esencial para que Alfonsín pueda generar, ni más ni menos, que la ofensiva judicial que termina en los juicios a la Junta. Alfonsín tuvo que enfrentar numerosos planteos militares, pero pese a todo llevar adelante los juicios y las condenas y las prisiones de esos jefes tuvo mucho que ver con ese desmembramiento del gobierno militar producto de la derrota. Eso es lo que heredó mi generación.
«Hay un perfume a desilusión y a oportunidad perdida que traspasa a la Argentina más allá de dónde situemos el inicio de esa decadencia».
Juan Cruz Ruiz: ¿La Argentina entonces era un país decaído?
Eduardo Sacheri: Yo creo que la Argentina arrastra cíclicamente la idea de la decadencia. Hay como un fondo casi secular que nos persigue. Los liberales piensan que la crisis de 1930 es el verdadero inicio de la decadencia. Los peronistas lo ubican mucho más acá porque sienten que ellos fueron cualquier cosa menos eso. O sea, el propio Perón entonces ubica la decadencia en los 70. Estábamos destinados a algo grande y no lo logramos. Hay un perfume a desilusión y a oportunidad perdida que traspasa a la Argentina más allá de dónde situemos el inicio de esa decadencia.
Juan Cruz Ruiz: Al principio de tu libro hay gente enamorándose.
Eduardo Sacheri: Esa gente enamorándose luego son conscriptos. Luego son enamorados que están lejos y tristes. Pero no encuentran mucho entusiasmo en su modo de estar fuera de su país o en su país pero fuera.
Juan Cruz Ruiz: ¿Cómo era esa gente cuyas vidas te decidiste a contar?
Eduardo Sacheri: Eran muy jóvenes. Muchas veces nos pasa a los seres humanos que vamos a un sitio y terminamos en otro, aunque la geografía sea la misma. En más de un momento los soldados se sorprendían por la frialdad de los isleños, por el odio que hallan en el gesto de los que los recibían. Los soldados argentinos se sentían libertadores cuando allí eran vistos como opresores por los que viven en las islas, que no eran en realidad un territorio colonial clásico. Los que viven en ellas no quieren ser argentinos. Es un territorio colonial cuyos colonos no quieren saber nada con el país que los reclama como posesión o territorio. Y esos jóvenes van quedando atrás y cada vez tienen más frío. Cada vez están más solos.

Crédito: Diego Lafuente.
Juan Cruz Ruiz: ¿Se diluyó, Eduardo, la palabra patria tras ese episodio?
Eduardo Sacheri: No, yo creo que se resignificó. El sentimiento Malvinas sobrevivió. Tú puedes ir por una ruta argentina, en el lugar más inhóspito que te imagines, y te vas a encontrar en el medio de la nada con un cartel azul que tiene el contorno de dos islas y un número que puede ser 2815 y una flecha. Y cualquier argentino sabe que esas son las Malvinas y que están a 2815 kilómetros en la dirección que tenga la flecha. Es un relato sacrosanto y compartido. Y la patria sigue estando ahí. Ahí y en la selección de fútbol. Porque es el único nosotros sin fisuras.
«Terminarán siendo soldados cuando enfrente tengan a un inglés, a un británico (...). Pero al principio de la novela o son estudiantes o están aprendiendo un oficio o se están enamorando de una mujer y enfrentan este momento de definir su hombría (...)».
Juan Cruz Ruiz: Hay una historia de amor. Ella está en Buenos Aires y él la requiere de amores desde Malvinas… ¿Cómo vino a ti la historia de amor?
Eduardo Sacheri: Me interesaba dotar a los que hicieron aquel viaje de la complejidad que tienen las personas. Nadie es una sola cosa. Y estos chicos en algún momento de la novela son sobre todo soldados. Pero ese es un viaje. Terminarán siendo sobre todo soldados cuando enfrente tengan a un inglés, a un británico, porque también hay escoceses y galeses con los que se enfrentarán. Pero al principio de la novela o son estudiantes o están aprendiendo un oficio, o se están enamorando de una mujer y enfrentan este momento de definir su hombría con su debut sexual que les pasa o no les pasa al principio. Tienen la perspectiva de un joven que siente que tiene toda la vida por delante de un montón de años. Aspira a hacer cosas de civiles porque no son soldados profesionales. El libro en su primera parte está, digamos, marcado por esa historia de amor.
Juan Cruz Ruiz: ¿Y cómo es en ese momento la relación de la vida con la realidad? ¿Qué están pensando esos chicos?
Eduardo Sacheri: Hay uno que estudia en la universidad y tendrá que ver con su padre si hereda el negocio que no quiere heredar. Los otros son mecánicos de automóviles o, mejor dicho, hay uno que es mecánico de automóviles mientras que el otro viene de una provincia pobre, quiere aprender para hacerse un espacio y casarse con Magalí... Yo me crie todavía en ese mundo. Las hermanas de los amigos estaban prohibidas y si no lo estaban era complejo superar esa prohibición. Entonces esa es la vida de esos chicos cuando empieza, digamos, la película. Cuando termina la novela... el mundo que fue entonces Malvinas.
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