Virginia Woolf antes de Virginia Woolf
Antes de convertirse en una de las grandes renovadoras de la novela moderna, Virginia Woolf imaginó a Violet: una giganta luminosa, irreverente y felizmente fuera de época que se niega a obedecer las reglas de la aristocracia victoriana. En «La vida de Violet», su primera obra de ficción, escrita a los veintiséis años e inédita hasta ahora en castellano, Woolf ensaya ya algunas de las ideas que atravesarán su literatura: la libertad de las mujeres, la amistad como refugio político y la risa como forma de resistencia. Entre la fantasía, el cuento de hadas y la sátira social, esta biografía ficticia inspirada en Violet Dickinson desmonta la trama matrimonial tradicional y celebra la imaginación como fuerza transformadora. Tras el hallazgo en 2022 del manuscrito anotado por la propia autora, Lumen publica en 2026 esta pieza clave para entender los orígenes de su universo literario. LENGUA adelanta el prefacio de esta edición, a cargo de la académica Urmila Seshagiri, responsable del feliz redescubrimiento.
Por Urmila Seshagiri

Virginia Woolf, 1936. Crédito: Getty Images.
¿Creen que Virginia Woolf es capaz de hacernos reír a carcajadas? Y ¿queda algo por decir acerca de su carrera? A raíz de la nueva obra de ficción que aquí presentamos, la respuesta es ¡sí!
La vida de Violet nos transporta a un mundo asombroso donde una giganta que se ríe sin parar construye una casa mágica en la campiña inglesa y doma a un monstruo marino cubierto de escamas en Japón. Esta biografía ficticia en tres partes ilumina un episodio literario poco conocido de la vida de Woolf, un lapso entre su despedida del formal mundo de su nacimiento en South Kensington y su inmersión en las esferas poco convencionales de Bloomsbury.
Woolf escribió la primera versión de los relatos fantásticos, sarcásticos y contrarios a los cuentos de hadas que componen La vida de Violet en 1907, y los expertos siempre han considerado esta obra una creación menor escrita para entretener a la familia y las amistades de Woolf. Pero el descubrimiento de una versión distinta de La vida de Violet modifica drásticamente lo que sabemos acerca de los primeros esfuerzos de la autora por revolucionar la literatura inglesa. Un mecanoscrito archivado durante ochenta años en Longleat House, la magnífica propiedad en Wiltshire de la marquesa de Bath, nos demuestra que Woolf —que entonces tenía veintiséis años y estaba todavía a siete de publicar su primera novela— revisó el borrador de La vida de Violet en 1908 para perfeccionar sus tres historias interrelacionadas, «Galería de amistades», «El jardín mágico» y «Cuento para dormir». El mecanoscrito recién encontrado en Longleat House llena un hueco que no sabíamos que estaba en blanco, y sus refinados relatos constituyen el primer experimento literario completado por Virginia Woolf. Estas historias revelan también que la futura autora de La señora Dalloway y Al faro tenía un don para la comedia burlesca. La vida de Violet no se distingue por su ingenio comedido o sus elegantes ironías: estas páginas son divertidísimas, contienen bromas exageradas y casi paródicas.
Los cuentos biográficos ficticios de La vida de Violet están inspirados —¡de forma muy libre!— en Mary Violet Dickinson (1865-1948; véase frontispicio), que tenía treinta y siete años en 1902, cuando entabló amistad con la veinteañera Virginia. De más de un metro ochenta de altura, muy acaudalada y soltera, Violet no tardó en convertirse en una constante en el mundo de la joven escritora; no solo la presentó a un amplio círculo de amistades aristocráticas, sino que, en parte, se convirtió en una mezcla de la madre y la hermana mayor que Virginia había perdido unos años antes. Las dos amigas quedaban con frecuencia, intercambiaban extensas cartas y viajaban juntas. Violet orientó a Virginia en asuntos privados, públicos y profesionales durante una etapa marcada por el trauma, así como por el crecimiento creativo. Fue crucial como lectora perspicaz de los textos tempranos de Virginia y facilitó que pudiera publicar sus escritos por primera vez en 1904.
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En 1907, Virginia elaboró tres historias relacionadas a modo de broma privada para su amiga, sin intención de publicarlas. Inventó una protagonista mastodóntica llamada Violet que era capaz de desafiar tanto a las institutrices como a la ley de la gravedad y la acompañó de un elenco, apenas disimulado (e hilvanado con gracia), basado en los amigos aristócratas que compartían. En medio de arranques de fantasía —una nevada de almendras garrapiñadas, laburnos de los que caen monedas de oro, bañeras hechas con huevos de avestruz pintados—, estos cuentos rebosan de temas decididamente woolfianos. La historia. La educación de las mujeres. La diferencia entre la ficción y la biografía... Pero por encima de todo son relatos dedicados a la risa, en especial a la risa femenina, un fenómeno fabuloso que libera de las convenciones represivas y sirve de elemento aglutinador en las sociedades utópicas. Y en las virtuosas manos de Virginia, esos temas se vuelven irresistibles.
¿Cómo tuve la inmensa suerte de sacar el mecanoscrito de Woolf de su letargo de décadas en una señorial casa de campo de Wiltshire? Igual que otros grandes descubrimientos, este ocurrió totalmente por casualidad. Mucho tiempo atrás había leído los tres borradores de 1907 guardados en la Biblioteca Pública de Nueva York (NYPL), donde están catalogados dentro de la colección de documentos de Virginia Woolf más amplia del mundo como si fueran una única obra titulada «Friendships Gallery» («Galería de amistades»). (Curiosamente, ese título se lo dio Violet Dickinson; Woolf nunca tituló la obra completa, pues se refería a ella de manera informal como «La vida»). Mecanografiadas en una preciosa tinta violeta, las páginas de ese gran original encuadernado en piel contienen correcciones manuscritas, tanto a lápiz como con pluma, del puño y letra de Virginia y de Violet. Estos relatos nunca se han publicado junto con los cuentos más famosos de Woolf, como «La marca en la pared» (1917) y «Kew Gardens» (1919); igual que la mayoría de las personas que estudian la obra de Woolf, yo los consideraba meros pasos iniciales sin importancia en el larguísimo trayecto de experimentos biográficos que la autora llevó a cabo en su vida. Pero en 2018, un intercambio azaroso de correos electrónicos reveló que las historias archivadas en la biblioteca neoyorquina no eran las únicas versiones que había escrito Woolf, y que esta se había tomado La vida de Violet mucho más en serio de lo que cualquier biógrafo o crítico literario hubiera advertido.
En busca de unas memorias inéditas que Violet había escrito acerca de la infancia de Woolf, acabé contactando con Longleat House, justo a las afueras de Bath, donde están depositados los documentos de Violet Dickinson. La respuesta de Longleat a mi consulta me pilló desprevenida: sí, confirmaron los archivistas, poseían la «Memoir of the Stephen Family» de Violet, y ¿acaso me interesaría consultar también «Friendships Gallery», de Virginia Woolf?
Me quedé desconcertada. ¿Se referían los archivistas a una reproducción o un facsímil de la «Friendships Gallery» de la NYPL?
«No —fue la asombrosa respuesta de Longleat—, contamos con un original mecanografiado por Virginia Woolf tituado "Friendships Gallery", con correcciones manuscritas de la autora, y no sabíamos que en la NYPL hubiera otra copia».
Escribí enseguida a Carolyn Vega, comisaria de la Colección Berg de la NYPL, quien, a su vez, jamás había oído hablar del ejemplar de Longleat. (Tampoco lo conocían los archivistas de los documentos de Woolf de la Universidad de Sussex, ni los de la Biblioteca Británica, la King’s College o la Universidad de Cambridge; todos ellos creían que el documento «Friendships Gallery» de la NYPL era el único que existía). Dos mecanoscritos originales con correcciones manuscritas y el mismo título: ¡curioso y más que curioso! ¿Qué tenían exactamente en Longleat? ¿Textos literarios desconocidos de Virginia Woolf? La perspectiva resultaba tentadora a la vez que imposible.
Transcurrieron los años. Una serie de obstáculos —las leyes internacionales de propiedad intelectual, normas estatales, la pandemia de 2020 que impidió los desplazamientos y cerró al público la Longleat House— entorpecieron mi acceso al misterioso manuscrito nuevo. En otoño de 2022 viajé por fin a Wiltshire y, gracias a la generosidad de Emma Challinor, la archivista de Longleat House, extraje el mecanoscrito de su funda color crema. Me embargó la emoción cuando vi que, sin lugar a dudas, Woolf había revisado sus relatos en 1908. Bastó con echar un vistazo a los primeros párrafos para advertir un grado de pulcritud ausente en el manuscrito de la NYPL, que, saltaba a la vista, no era más que un tosco preludio de esas piezas estéticamente refinadas. Mientras pasaba página tras página en una inolvidable tarde de octubre, me sentí como si leyera una obra nueva de Virginia Woolf.
Tanto si quien lee estas líneas conoce bien las novelas de Woolf como si todavía tiene que adentrarse en su escritura, confío en que las breves y bien acabadas historias de La vida de Violet le gusten. Sus alborotadas tramas apelan a los lectores de cualquier época. E igual que la voz de su protagonista, la diosa-giganta Violet —«atestada de temblorosos tonos de rojo y ópalo mientras los pétalos se solapan y se funden acelerados hasta llegar al desnudo corazón en llamas del interior»—, las incipientes dotes literarias de Woolf se despliegan a lo largo de este temprano experimento biográfico y apuntan con fuerza hacia las obras maestras que llegarán después.
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