La niña entre los escombros de Hiroshima, Japón, el 6 de agosto de 1945
En japonés, «hibakusha» significa «persona bombardeada» y es el término que se utiliza para referirse a las personas que sobrevivieron a los ataques nucleares de 1945. El 6 de agosto de aquel año, el avión norteamericano Enola Gay dejó caer la bomba atómica Little Boy sobre la ciudad de Hiroshima, arrasándola por completo (tres días después, una segunda bomba atómica, Fat Man, fue arrojada sobre Nagasaki con similares consecuencias). Aquel 6 de agosto de 1945, Setsuko Thurlow, con apenas 13 años de edad, se convirtió en una «hibakusha». Y, también, en uno de los testimonios más impactantes de las consecuencias del uso de armas nucleares sobre la población civil. Hoy, 80 años después del desastre, Setsuko es activista mundial, trabajadora social... y Premio Nobel de la Paz (lo ganó en 2017). Con motivo de esta tenebrosa efeméride, en LENGUA publicamos un extracto del libro «Guerra nuclear. Un escenario» (Debate, 2025), un texto donde la finalista del Premio Pulitzer Annie Jacobsen narra aquella funesta experiencia al tiempo que logra el más escalofriante relato de las consecuencias definitivas de una guerra nuclear, el único «evento», aparte del impacto de un asteroide, capaz de acabar con el mundo tal como lo conocemos en cuestión de horas.
Por Annie Jacobsen

Mapa de los daños provocados por la explosión y el posterior incendio en Hiroshima incluido en el Informe estratégico sobre bombardeos. Crédito: Archivo Nacional de Estados Unidos / Getty Images.
La bomba atómica que se lanzó sobre Hiroshima en agosto de 1945 mató a más de ochenta mil personas de un solo golpe. La cifra total de víctimas mortales sigue siendo objeto de debate. En los días y semanas inmediatamente posteriores al bombardeo no pudo efectuarse un recuento preciso de los muertos, ya que la destrucción masiva de las instalaciones gubernamentales de Hiroshima, de hospitales, comisarías de policía y parques de bomberos generó una situación de caos y confusión absolutos.
Setsuko Thurlow, una niña de trece años, se hallaba a menos de dos kilómetros de la zona cero cuando aquella arma atómica, cuyo nombre en código era Little Boy, detonó sobre Hiroshima a una altitud de 580 metros, una «explosión en el aire», por usar la jerga del sector. Fue la primera arma nuclear utilizada en batalla. La altura de la detonación se basó en una cifra calculada con precisión por el experto estadounidense en defensa John von Neumann, un científico al que se le encomendó la tarea de hallar un modo de matar al mayor número posible de personas en tierra con una única bomba atómica. Hacer estallar una bomba nuclear directamente en el suelo «desperdiciaba» mucha energía y desplazaría volúmenes gigantescos de tierra, según habían determinado y convenido los estrategas militares. La explosión dejó inconsciente a Setsuko Thurlow.
Al recuperar la conciencia, Setsuko no veía ni podía moverse. «Entonces empecé a oír las voces susurrantes de las niñas que me rodeaban», recordaba años más tarde, y también que las escuchó decir «Dios, ayúdame. Mamá, ayúdame. Estoy aquí».
Protegida por un edificio derrumbado, Setsuko había sobrevivido milagrosamente a la onda expansiva que sigue al estallido de una bomba. A su alrededor, todo estaba sumido en la oscuridad, recordaba. Su primera sensación fue que se había convertido en humo. Al cabo de un rato, transcurridos segundos o quizá minutos, su cerebro registró la voz de un hombre que le daba indicaciones para que hiciera algo.
—No te rindas —le decía—. Estoy intentando salvarte.
Aquel hombre, un desconocido, agitaba a Setsuko por el hombro izquierdo y la empujaba por detrás.
«Sal de aquí… Gatea tan rápido como puedas», se dijo a sí misma.
Ver más
Opciones de compra
En el momento de la explosión de la bomba atómica, Setsuko Thurlow cursaba octavo grado en una escuela para niñas. Era una de las más de treinta chicas que habían sido reclutadas para recibir formación con el fin de hacer grabaciones de alto secreto en el cuartel general del Ejército nipón en Hiroshima, que es donde se encontraba cuando estalló la bomba.
—¿Se lo imaginan? —preguntaba Setsuko pasado el tiempo—. ¿Se imaginan a una niña de trece años desempeñando una labor tan importante? Eso refleja lo desesperado que estaba Japón.
En los primeros instantes tras el estallido, Setsuko entendió que aquel hombre intentaba liberarla de los escombros y supo que era importante hacer lo que le decía si quería seguir con vida. Empujó y empujó. Empezó a dar patadas y finalmente se las apañó para salir gateando de entre los escombros y atravesar una puerta.
—Cuando conseguí salir, el edificio ya ardía —recordaba—. Y eso significaba que las otras treinta niñas que estaban conmigo en aquel lugar se estaban quemando vivas.
La bomba atómica que cayó sobre Hiroshima fue lanzada por un bombardero de la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Por entonces, esa era la única manera de que una bomba alcanzara su objetivo. El arma medía unos ocho metros de longitud y pesaba 4.400 kilos, más o menos el peso de un elefante de tamaño medio. A la cola del bombardero volaba un segundo avión, en el que viajaban tres físicos de Los Álamos con abundante instrumental científico para recopilar datos.
Durante años, la potencia real de aquella bomba (la fuerza requerida para producir una explosión equivalente) fue objeto de debate entre militares y científicos expertos en defensa. Finalmente, en 1985, el Gobierno de Estados Unidos acordó que la cifra era equivalente a quince kilotones de TNT. Un «Informe estratégico sobre bombas» realizado tras la guerra calculó que habría que lanzar simultáneamente 2.100 toneladas de bombas convencionales sobre Hiroshima para conseguir un efecto similar.
Setsuko Thurlow logró salir de aquel edificio. Era temprano por la mañana, pero parecía de noche. Un denso humo oscuro invadía el ambiente. Entonces vio una forma de color negro que avanzaba hacia ella seguida por otras que, en un principio, confundió con fantasmas.
—Les faltaban partes del cuerpo —apreció—. La piel y la carne les colgaban de los huesos. Algunos llevaban en la mano sus propios ojos.

Setsuko Thurlow en febrero de 2020 en la Casa de América de Madrid, donde participó en la mesa redonda Desarme nuclear humanitario y América Latina, una conversación sobre la necesidad global de erradicar la creación y el uso de armas nucleares. Crédito: Getty Images.
En la misma calle, a un largo trecho de distancia, el doctor Michihiko Hachiya, director del Hospital de Comunicaciones de Hiroshima, se encontraba tumbado en el suelo del salón de su casa, recuperándose de un turno de noche en el trabajo, cuando lo sobresaltó un potente resplandor, que indicaba que había detonado una bomba atómica. Le siguió un segundo destello. Quedó inconsciente, o eso creyó. A través de las volutas de polvo, el doctor Hachiya empezó a discernir lo que ocurría. Partes de su cuerpo, los muslos y el cuello, estaban aplastados y ensangrentados. Se hallaba desnudo. La ropa le había volado por los aires.
—Tenía incrustado un fragmento de vidrio de un tamaño considerable en el cuello y me lo arranqué de cuajo —recordaba tiempo después, y también que acto seguido se preguntó dónde estaría su mujer.
Volvió a mirarse el cuerpo.
—Me empezó a manar sangre a borbotones. ¿Se habría cortado la vena carótida? ¿Me moriría desangrado?
Al cabo de un rato, el doctor Hachiya encontró a su esposa, Yaeko-san. La pequeña casa se derrumbaba a su alrededor y salieron «corriendo, tropezando, peleando por mantenernos en pie», recordaba él.
—Al levantarme, descubrí que había tropezado con la cabeza de un hombre.
El Ejército estadounidense y las fuerzas de ocupación que desplegó en Japón ocultaron durante años la experiencia de supervivientes como Setsuko Thurlow, el doctor Hachiya y otros muchos, incontables. Las consecuencias que las armas atómicas usadas en combate tuvieron sobre la población y los edificios se archivaron como información clasificada porque las autoridades de defensa de Estados Unidos pretendían reservarla… para otra guerra nuclear. El Pentágono quería asegurarse de tener más conocimientos sobre los efectos de una explosión nuclear que ningún otro enemigo futuro.
Con sendos destellos de energía y luz, dos bombas atómicas, una lanzada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y otra sobre Nagasaki tres días después, pusieron fin a una guerra mundial en la que ya habían muerto entre cincuenta y setenta y cinco millones de personas. A partir de entonces, un reducido grupo de científicos nucleares y cargos de defensa de Estados Unidos empezó a urdir nuevos planes, de mayor envergadura, para emplear multitud de armas atómicas en la siguiente gran guerra. Una guerra en la que se preveía que perdieran la vida, como mínimo, seiscientos millones de personas, una quinta parte de la población mundial.
Lo cual nos devuelve a aquellos hombres que, sentados en un búnker subterráneo en diciembre de 1960, escuchaban los planes para una guerra nuclear general (...).
Memorias de un español en los campos nazis
Los niños de la Segunda Guerra Mundial
Los dictadores que quieren gobernar el mundo
