La desconocida historia de una de las mayores f...
Los campos de concentración de Franco: el sistema represivo que convirtió España en una inmensa cárcel
La historia de los campos de concentración de Franco sigue siendo una de las zonas más oscuras, dolorosas y menos exploradas de la represión franquista. En el libro «Los campos de concentración de Franco» (Ediciones B), Carlos Hernández de Miguel reconstruye con rigor documental un engranaje de violencia que no fue un accidente de la guerra, sino la primera pieza de un sistema represivo destinado a castigar, depurar y quebrar al enemigo ideológico. Tras cada expediente, cada listado y cada nombre olvidado, aparecen hombres, mujeres y familias atravesados por el hambre, la enfermedad, la tortura, la humillación y la muerte. El libro devuelve humanidad a las cifras y memoria a los lugares donde España fue cercada por alambradas, fosas y silencios. LENGUA publica un extracto del libro titulado «Franco ordena la creación de campos de concentración», una lectura imprescindible para comprender el alcance histórico, político y humano de aquella maquinaria de terror.

Un miembro de las tropas fronterizas francesas ayuda a una familia de refugiados a cruzar la frontera desde España durante la Guerra Civil Española, en 1938. Crédito: Getty Images.
El lugar en el que estalló la sublevación militar contra la República fue también el primero en albergar un campo de concentración franquista. La noche del 17 al 18 de julio los rebeldes asesinaron en el Protectorado de Marruecos, Ceuta y Melilla a 189 personas. Ese es al menos el balance que recogió el teniente coronel Juan Beigbeder, uno de los líderes golpistas de esa zona, en sus documentos personales. Solo 48 horas después, el 20 de julio de 1936, El Telegrama del Rif informaba sobre la apertura del campo: «Ayer fueron detenidos varios paisanos a los cuales se trasladó a la Alcazaba de Zeluán, donde ha quedado establecido un campamento de concentración de detenidos... Estos individuos, nos han declarado las autoridades, que serán puestos inmediatamente en libertad si no recaen sobre ellos responsabilidades pendientes de otro orden, tan pronto presenten sus familiares un arma de la categoría de pistola, fusil o escopeta, en las oficinas de la Circunscripción. Las horas para admisión de dichas armas serán de nueve a trece y de dieciséis a dieciocho».
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El lugar era una vieja fortaleza del siglo XVII cercana a Nador y reunía unas condiciones perfectas para garantizar la vigilancia de los prisioneros. Tenía forma de cuadrilátero, de unos 200 metros de largo cada lado, con torres defensivas dispuestas a lo largo del perímetro y edificaciones construidas en su interior. En apenas una semana el número de cautivos superó el millar. En su mayoría se trataba de cargos públicos, militantes de los partidos y los sindicatos republicanos, policías, periodistas y maestros. El hacinamiento obligó a los internos a construir rudimentarias chabolas o a utilizar tiendas de campaña cónicas que les facilitaron sus guardianes. Soldados regulares y falangistas custodiaban el recinto.
(...) El 20 de agosto, un mes después de su apertura, fueron fusilados, según atestiguaron diversos testigos, 52 prisioneros. La muerte de 36 de ellos fue camuflada como un intento de fuga en los informes internos de los sublevados.
La mayor parte de los militares leales al orden constitucional que no habían sido fusilados fueron confinados en otras fortalezas que tenían la consideración de prisiones militares y en las que, en ocasiones, también hubo civiles. Lugares como el fuerte de Nador, Rostrogordo en Melilla, El Hacho en Ceuta o El Campamento de Alcazarquivir. Las mujeres fueron encerradas, principalmente, en la prisión de Victoria Grande en Melilla y en el fortín de la barriada del Sarchal en Ceuta.
También en Ceuta se utilizaron como prisiones el fuerte de Isabel II y el acuartelamiento García Aldave, que acabarían siendo habilitados, más tarde, como campos de concentración.

La tragedia de la Guerra Civil Española está grabada a fuego en los rostros de estas mujeres y niños que huyen de sus hogares destrozados en Madrid. Crédito: Getty Images.
Franco fue informado inmediatamente de la apertura del campo de Zeluán y unas horas después decidió enviar un despacho a todos los mandos militares que participaban en la sublevación. En el texto, fechado el 20 de julio, ordenaba que se procediera a engrosar las filas rebeldes incorporando voluntarios, militares retirados y alumnos de academias militares. Para gestionar la masa de prisioneros dispuso lo siguiente: «Organizarán campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población».
Ese mismo día, Franco envió otra comunicación, en este caso exclusivamente dirigida al coronel Eduardo Sáenz de Buruaga, que controlaba la ciudad de Tetuán: «Me han informado que los detenidos son varios cientos y que las cárceles no dan abasto para recibirlos. Como hay que evitar que las afueras de Tetuán ofrezcan el espectáculo de nuevos fusilamientos, a la vista de los corresponsales extranjeros que afluyen, hay que buscar una solución que podría ser un campo de concentración en el extrarradio. Sería la mejor solución. Le diré a Beigbeder que busque un buen emplazamiento. Material para construirlo hay en intendencia de sobra. En Melilla ya han abierto uno en Zeluán con buenos resultados».
Para gestionar la masa de prisioneros, [Franco] dispuso lo siguiente: «Organizarán campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población».
El resultado de esta orden fue la apertura inmediata del campo de concentración de El Mogote. El lugar elegido fue un terreno situado a unos diez kilómetros de Tetuán, camino de Chauen, en las laderas del pueblecito de Ben-Karrich. A finales de julio ya contaba con 552 internos a los que se sumaron otros 170 en el mes de agosto. Los propios prisioneros terminaron de construir su propia cárcel, levantando las alambradas que rodearon el recinto. Fue solo el aperitivo de los duros trabajos forzados a los que fueron sometidos durante todo el periodo que duró su reclusión. Por su ubicación, alejada de los núcleos de población, el lugar respondía a esa «mejor solución» que había ordenado Franco. Nada de lo que allí sucediera sería conocido por los corresponsales extranjeros ni por la población civil. El 20 de agosto, un mes después de su apertura, fueron fusilados, según atestiguaron diversos testigos, 52 prisioneros. La muerte de 36 de ellos fue camuflada como un intento de fuga en los informes internos de los sublevados. Así, el día 21 de agosto, el general segundo jefe del Ejército de África y Sur de España, Luis Orgaz, informaba de los hechos a Franco: «En la mañana de hoy al dirigirse a sus trabajos, los detenidos en el campo de concentración del Mogote (Tetuán), entre los cuales hace días se advertía alguna excitación e indicios de complot con elementos extraños para evadirse, trataron de agredir a la fuerza de escolta que se vio precisada a hacer uso de sus armas causando la muerte a treinta y seis de aquellos, en su mayoría de antecedentes peligrosos y muy significados como hombres de acción». Sobre el documento, alguien escribió a mano: «Enterado S.E.». En el caso de otro prisionero fallecido, Tomás Ureña García, en varios documentos oficiales se daba cuenta de su fusilamiento, mientras que en el informe rubricado por el coronel de la Comandancia Militar de Tetuán se atribuía su muerte a «disparos recibidos al pretender fugarse del campo de concentración donde se encontraba detenido».
Al igual que iría ocurriendo en los campos que se fueron habilitando en el resto de la zona sublevada, la imagen que trasladaba la prensa franquista del trato infligido a los prisioneros de El Mogote distaba mucho de la realidad. El Faro de Ceuta publicaba, el 1 de agosto, una información que parecía dirigida a tranquilizar a los familiares y amigos de los cautivos: «Son atendidos con todas las consideraciones compatibles con la especial situación en que se encuentran... Estos manifiestan en sus cartas que en Izarduy (El Mogote) se les guardan las mayores atenciones por parte de sus vigilantes y que la comida que se les facilita es abundante y bien condimentada. Nos consta que el jefe del sector, teniente coronel Peris de Vargas, cuida personalmente hasta en sus menores detalles, de todos los servicios del campo de concentración que, como antes decimos, funciona con perfecta organización y con un alto sentido humanitario».
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