Auge y caída de una ciudad en el centro del mundo
Berlín, 13 de agosto de 1961: la noche de alambre y miedo que cambió Europa
En la medianoche del 13 de agosto de 1961, Berlín dejó de ser una ciudad abierta para convertirse en una herida de hormigón, alambre y vigilancia. Bajo el nombre secreto de Operación Rosa, la República Democrática Alemana desplegó a más de 10.000 soldados y policías para sellar la frontera y detener el éxodo de millones de ciudadanos hacia el oeste. Lo que empezó como una barrera improvisada de espino y barricadas terminó levantándose como el Muro de Berlín, símbolo brutal de la Guerra Fría y de una Europa partida en dos durante 28 años. En el 65 aniversario de aquella noche decisiva, LENGUA recupera dos capítulos de «El túnel 29» (Salamandra), la vibrante crónica de Helena Merriman sobre una fuga extraordinaria: la excavación clandestina de una galería de 135 metros que, en el verano de 1962, abrió bajo tierra una ruta hacia la libertad.
Por Helena Merriman

Berlín, 26 de agosto de 1961. Una madre y un padre alzan a sus dos bebés para que sus abuelos puedan verlos al otro lado del muro de hormigón, mientras una mujer de Berlín Occidental observa la escena. La familia quedó separada tras el cierre de la frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste. Crédito: Getty Images.
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Operación Rosa
Sábado 12 de agosto de 1961
Anochece en Berlín Oriental. Las calles están cubiertas de serpentinas y salpicaduras de helado en colores pastel tras celebrarse la feria infantil anual. Colmados de azúcar, los pequeños tienen permiso para quedarse en la calle hasta tarde, y todos miran al cielo fascinados con los espectaculares fuegos artificiales.
Mientras los cohetes silban y estallan sobre sus cabezas, más al este, en el cuartel del Ejército Popular, los altos mandos militares están disfrutando de un lujoso bufé. En la mesa hay todo lo que no se suele encontrar en Alemania Oriental: salchichas, ternera, salmón ahumado, caviar... Los oficiales no terminan de explicarse a qué viene todo esto, qué está a punto de suceder. Lo único que les han dicho es que esa noche va a tener lugar una operación secreta. A las ocho de la tarde en punto, los mandos abren los sobres sellados que les han entregado y leen unas instrucciones pormenorizadas que establecen lo que cada uno tiene que hacer esa noche, hora a hora.
Por su parte, el organizador de todo eso, Walter Ulbricht, celebra una fiesta en el jardín de su casa. Lo que no resulta habitual, pues es un hombre serio, negado para la charla, sin amigos. Sin embargo, aquí está, rodeado por sus ministros en su chalet entre los árboles. Suena música y, al fondo, una pantalla reproduce una comedia soviética —un intento de entretenimiento ligero—, pero la situación es incómoda. Los invitados no saben por qué están aquí y, al tiempo, ven que hay soldados apostados entre los abedules.
Después de la cena, hacia las diez de la noche, mientras centenares de tanques y vehículos blindados con tropas se dirigen sordamente a Berlín Oriental, listos para detener a cualquiera que pretenda escapar, Ulbricht hace que los invitados entren en una sala y finalmente se explica: está a punto de cerrar la frontera ente Berlín Oriental y Occidental. Si alguno quiere impedirlo, avisar a unos amigos o fugarse por su cuenta, ya es demasiado tarde. Nadie puede salir del país. Todo está decidido.
La Operación Rosa puede empezar.
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Las farolas de la calle dan la señal.
A la una de la noche se apagan para que la gente no vea lo que está a punto de pasar. De inmediato, decenas de miles de soldados toman posiciones, formando un círculo en torno a Berlín Occidental, para evitar fugas en el último minuto. Hacerlo les lleva media hora.
Y se inicia la construcción del muro. Walter Ulbricht ha encargado la misión a unidades de su máxima confianza: la policía de fronteras, la policía antidisturbios, la policía local, la policía secreta y, por último, los doce mil miembros de la Betriebskampfgruppen, una organización armada integrada por obreros fabriles especialmente adiestrados para actuar junto al ejército y la policía en momentos de crisis. El mandatario ha planificado todo al detalle; cuántos hombres tiene que haber en cada puesto fronterizo y con cuánta munición contará cada uno: la suficiente para asustar a la gente, pero no tanta como para perder el control.
Los camiones se dirigen a los puestos fronterizos. Los soldados armados con ametralladoras bajan de los vehículos y se agazapan, con las armas apuntando al sector occidental. A sus espaldas, un segundo grupo baja de los camiones y descarga unos gigantescos rollos de alambre de espino.
A las seis de la mañana del domingo 13 de agosto, las tropas han cerrado ciento noventa y tres calles, sesenta y ocho pasos fronterizos y doce estaciones de tren.
Misión cumplida.
Son ciento cincuenta toneladas de alambre comprado en secreto a fabricantes de Alemania Occidental e incluso Gran Bretaña durante las últimas semanas. De su almacenamiento se encargaron unidades de la policía que no tenían idea de su propósito. A continuación, las tropas clavan postes de madera en el suelo y, ayudándose de varillas de acero, despliegan el alambre de espino, que extienden entre un poste y el siguiente, hasta sellar todos los pasos fronterizos.
Los soldados comienzan con Potsdamer Platz, el paso entre Berlín Oriental y Occidental más transitado de todos, luego siguen con el resto de pasos fronterizos. Pero siempre con cuidado, vigilando que el cercado de alambre de espino discurra por la frontera con precisión, sin adentrarse un milímetro en el sector occidental. No quieren provocar una guerra. Y el alambre erizado de púas va dividiendo parques y zonas de juego infantil, cementerios, plazas, sin detenerse ante nada. No hay sorpresas desagradables, nada que las tropas no resuelvan con rapidez. Ha sido cartografiado hasta el último centímetro de la frontera interna, de cuarenta y tres kilómetros, así como la frontera de ciento once kilómetros que separa Berlín Occidental de las zonas rurales de Alemania Oriental. Todos saben perfectamente qué es lo que hay que hacer.
A la una y media de la madrugada, varias unidades armadas suspenden todo el transporte público que lleva a Berlín Occidental. Arrancan tramos de vías del tren y sellan todas las estaciones, subterráneas o al aire libre. Trabajan duro, sí, pero la noche resulta tranquila. Ulbricht ha escogido el momento más indicado para llevar a cabo esta operación. Un domingo por la mañana, en pleno verano, cuando la mayoría de los berlineses del sector oriental se encuentra de vacaciones. Como Joachim, sin ir más lejos. Ulbricht tenía claro que el éxito de la operación dependía del factor sorpresa. Para evitar imprevistos y que nadie tratara de detenerlos mientras procedían a cerrar la ciudad.
A las seis de la mañana del domingo 13 de agosto, las tropas han cerrado ciento noventa y tres calles, sesenta y ocho pasos fronterizos y doce estaciones de tren.
Misión cumplida.

Berlín, 13 de agosto de 1961. La frontera entre el Este y el Oeste queda cerrada por las autoridades de Alemania Oriental. Ciudadanos de Alemania Occidental miran por encima del alambre de espino hacia sus vecinos aislados al otro lado. Crédito: Getty Images.
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La ratonera
Primera hora de la mañana del domingo 13 de agosto. Los trabajadores de la ciudad son los primeros en levantarse. Al instante se percatan de que ha pasado algo. A la tenue luz del amanecer, ven circular hombres uniformados por las calles: soldados, policías, guardias fronterizos... Detrás de ellos se alzan las siluetas descomunales de los tanques. Los primeros en llegar a la frontera terminan por verlo: el alambre de espino.
Al principio no saben qué pensar. Mientras deambulan junto a las alambradas, se esfuerzan en deducir cómo han llegado allí y hasta dónde se extienden. Se les van sumando otros madrugadores, que llegan medio somnolientos a la frontera. Se forma un gentío que empieza a gritar a los guardias fronterizos, preguntándoles qué es lo que pasa, de forma cada vez más colérica. Los guardias pierden la paciencia y responden con gases lacrimógenos. La gente corre para dispersarse, tosiendo, llorosa por el gas tóxico.
Entonces irrumpen las furgonetas. Mientras recorren las calles del sector oriental, los funcionarios que van en ellas anuncian por megáfonos que la frontera está cerrada.
Cunde el pánico.
Los padres hacen las maletas a toda prisa y llevan a sus niños de la mano a la estación más próxima, con la esperanza de que los trenes a Berlín Occidental sigan en circulación. Toman el mismo camino que hizo Joachim tantas veces siendo niño, pero al llegar a la estación de Friedrichstrasse, en lugar de cruzar la frontera, oyen un nuevo anuncio por megafonía: «Der Zug endet hier», es decir, «Fin de trayecto del tren». A continuación los vopos (contracción de Volkspolizei, «policía del pueblo», la fuerza armada que custodia la frontera) suben a los vagones y obligan a la gente a salir a los andenes, que no tardan en estar abarrotados. Sentados en sus maletas, mujeres, niños y hombres entrados en años lloran sin entender la situación. Una anciana se acerca a un vopo y le pregunta a qué hora sale el próximo tren a Berlín Occidental. Al agente se le escapa la risa: «Todo eso se acabó, señora. Ahora están todos metidos en una ratonera», responde con desdén.
Madres de Berlín Oriental de pronto están separadas de sus hijos recién nacidos atrapados en el sector occidental, hermanos de hermanas; amigos, amantes, abuelos, todos divididos por el alambre de espino. Los vecinos de Berlín Oriental con teléfono en casa llaman a sus hijos o amigos en el sector occidental, pero cuando marcan el número...
Nada.
Miles de berlineses orientales contemplan las alambradas atónitos. Una madre con su bebé en la cadera, un niño pequeño con un oso de peluche en la mano, un grupo de desgarbados adolescentes. Algunos preguntan por los norteamericanos; seguro que hacen algo... Quizá derriben las alambradas con sus tanques. Pero los norteamericanos no se presentan. En un momento dado aparecen unos cuantos militares británicos montados en jeeps que contemplan la escena un rato y se marchan.
Al otro lado de la frontera, en Berlín Occidental, jóvenes en motocicletas llegan disparados a la Puerta de Brandemburgo, donde soldados de Alemania Oriental están haciendo trizas el asfalto con martillos neumáticos y clavando postes de hormigón. «¡Ulbricht, asesino!», claman. Se les unen otros hombres y pronto son centenares los que vociferan y gritan a las tropas del otro lado. Cuando la protesta está a punto de descontrolarse, los antidisturbios de Berlín Occidental obligan a recular a los manifestantes.
Es entonces cuando los berlineses comprenden lo que supone esta barrera.
Madres de Berlín Oriental de pronto están separadas de sus hijos recién nacidos atrapados en el sector occidental, hermanos de hermanas; amigos, amantes, abuelos, todos divididos por el alambre de espino. Los vecinos de Berlín Oriental con teléfono en casa llaman a sus hijos o amigos en el sector occidental, pero cuando marcan el número...
Nada.
Las líneas telefónicas entre Berlín Oriental y Occidental han sido cortadas. Ulbricht ha pensado en todo.
Y así, al final de la tarde, a los berlineses del sector oriental sólo les queda saludar con la mano: de pie sobre los coches, desde las ventanas de sus pisos, con blancos pañuelos en la mano. Quién sabe si volverán a ver a sus padres o a sus hijos.
Hay muchas fotos de ese día, pero una llama la atención en particular. Una madre con su bebé, de pie tras las alambradas, en Berlín Oriental. El resto de la familia está al otro lado, y la madre, con los brazos extendidos, levanta a su hijo para que puedan verlo mientras la barrera que se interpone entre ellos es cada vez más alta.
Cae la noche y un horror absoluto se impone.
Al volver de las vacaciones de acampada en la playa, Joachim y sus amigos clavan los ojos en la alambrada. Sólo pueden pensar en una cosa.
¿Y si intentamos escapar?
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