Entre fanzines y guitarras: historia de la música indie en España
Las etiquetas son un invento tan humano como inevitable. Clasificamos para entender, incluso cuando la música se resiste a los marcos rígidos. Desde que el pop y el rock colonizaron las radios en los años cincuenta, todo ha parecido partir de ahí: de Chuck Berry a ABBA, de Rosendo a Rammstein. Sin embargo, pocas palabras han generado tanta confusión como «indie». Porque el indie, en realidad, nunca fue un sonido. Fue una actitud. Un gesto de independencia frente a las grandes multinacionales que dictaban el pulso de la industria. Un «hazlo tú mismo» que en los ochenta abrió grietas por donde se coló un torrente de propuestas diversas: punk, metal, garaje, pop oscuro, hip-hop naciente. Cuando esa corriente llegó a España, tomó forma de pop-rock distinto, más sombrío, más alternativo. Y, con los años, el concepto se mezcló, se deformó y se convirtió en un territorio emocional, más que estilístico. En el libro «Indilogía» (Aguilar, 2025), Nani Castañeda, músico y baterista de Niños Mutantes, rastrea cuatro décadas y 46 discos para reconstruir esa memoria cambiante: un viaje que quizá responda -por fin- a la pregunta eterna: ¿qué demonios es el indie? En LENGUA tratamos de arrojar algo de luz publicando varios extractos de la introducción de la obra, un libro que se lee, se canta, se escucha y se baila.
Por Nani Castañeda

Niños Mutantes en una imagen del 22 de octubre de 2024. Dos días después, la banda granadina ofreció su último concierto. Desde la izquierda: Juan Alberto Martínez, Andrés López, Miguel Haro y Nani Castañeda, autor de Indilogía. Crédito: Getty Images.
¿Qué es el indie y la música alternativa?
Habría que comenzar diciendo que las etiquetas son tan horrorosas como humanas, y no me refiero solo a la música, sino en general. Los seres humanos necesitamos clasificar las cosas para poder interpretarlas. Para un extraterrestre, la definición de nuestro planeta podría ser «una inmensa masa de agua con algo de tierra repartida por ahí», y seguramente sea muy acertada. Somos nosotros los que vemos cinco océanos y chorrocientos mares, simplemente porque necesitamos organizar la información para comprenderla. La música, el pop, no es una excepción, y por eso nos hacemos un lío tremendo con las etiquetas y los distintos movimientos musicales.
Desde Chuck Berry, todos los grupos y los artistas del mundo parten de la música pop y rock, tanto Simon & Garfunkel como Metallica, porque hablamos de música popular, de donde viene el término «pop». Músicas que en los años cincuenta y sesenta coparon las radios y los televisores de al menos todo Occidente, dando lugar a un movimiento de masas (mass media) y ventas millonarias, que popularizó y convirtió en estrellas a miles de artistas (que además eran personas; a veces, con Michael Jackson seguimos investigando) y derivó en cientos de géneros, desde el pop limpio y directo de ABBA a la locura metal de Rammstein. Rosendo no deja de ser pop, como lo es también La Oreja de Van Gogh. Con sus matices, sí, pero sigue siendo música popular.
Si todos los mencionados parten del pop y el rock, aquellos que empezamos en la música en los años noventa y los 2000 no íbamos a ser menos. Cuando pienso en grupos o artistas indies, el 99 por ciento de ellos hacen pop, rock o las dos cosas juntas. Entonces ¿por qué lo llamamos indie? Pues aquí viene EL LÍO.
El indie no es un estilo musical. Fue y es una actitud, una alternativa a las grandes discográficas multinacionales que dominaban la industria de la música desde los años cincuenta, y durante los sesenta y los setenta. Y es justo a finales de los setenta e inicios de los ochenta cuando en Reino Unido y Estados Unidos surgen discográficas, radios y fanzines alternativos, INDEPENDIENTES; es decir, que no forman parte de la maquinaria dominante, no son parte de Sony, Universal ni CBS (las grandes multinacionales), e intentan dar cabida y espacio a artistas, grupos y solistas que tienen una propuesta diferente y a los que a priori no les interesa la música «oficial» que se publica en las grandes multinacionales ni los procesos de marketing que la acompañan, por no hablar de las estrategias macroeconómicas en alianza con los grandes medios de comunicación. De repente ha nacido un nuevo concepto, el «hazlo tú mismo» (Do it yourself, en inglés), y hazlo al margen de la industria. Es entonces cuando se habla de música independiente, con su apócope: indie.
Pero, ojo, ahí hay artistas de todo tipo y género, no se trata de un estilo musical unificado. Hay fanzines y discográficas indies especializadas en metal y punk, en rock urbano, en garaje, en música sixtie, en pop-rock y en el incipiente rap y hip-hop. Es un movimiento general que va a cambiar la industria musical (hasta que se mezcle todo de nuevo unos años después).
Cuando llega a España, estamos en plena ruptura con los años ochenta. Aquí el indie se asocia con una serie de nuevos grupos que básicamente hacen pop-rock, desde otro punto de vista y un poco más oscuro, aunque no deja de ser pop-rock. Y de pronto empieza a hablarse de indie rock e indie pop.
Para resumir, el indie es una postura y una forma de hacer las cosas, no un estilo. El estilo es el rock alternativo, el pop alternativo; en definitiva, la música alternativa, española o extranjera. Así que me gustaría defender que el indie es un concepto, un movimiento cultural dentro de la música pop, si bien los estilos musicales sobre los que versa este libro son el rock y el pop alternativo español, que, a su vez, están influenciados por el rock y el pop alternativo estadounidense y anglosajón.
¿Y qué pasa con las multis y los artistas alternativos?
Ese es otro lío muy fino. Si se supone que la música independiente o la música alternativa es aquello que está fuera de la macroindustria y las multinacionales, ¿qué pasa con aquellos artistas que son sostenidos, publicados y lanzados por multinacionales? Pues pasa que, aunque suene raro, no tiene nada que ver una cosa con la otra. Lógicamente, desde que empezó el movimiento indie, las multinacionales fijaron su mirada en esas nuevas bandas con capacidad de convertirse en masivas desde otra perspectiva y representar nuevas tribus sociales. No iban a dejar que se les escapasen Nirvana o The Smashing Pumpkins, Oasis, Blur o Pulp. Aquí pasó desde el principio con Los Planetas, Surfin’ Bichos, Australian Blonde, Sexy Sadie o los mismos Enemigos. Todos ellos hicieron, y en algunos casos siguen haciendo, sus discos dentro de multinacionales. Lo importante, y esto sí que es subjetivo a más no poder, es que el discurso artístico sea independiente.
La línea que separa lo uno de lo otro es tan delgada que solo quiero señalar lo que a mi juicio es música alternativa, y lo que no lo es simplemente no ocupará espacio en este libro; en ningún caso significa que esos artistas no me merezcan respeto e incluso considere que en muchos casos han hecho discos o canciones enormes. Aunque me encanten Juanes y Leiva, no son el objeto de este libro y, desde mi punto de vista, no pertenecen a la música alternativa ni al movimiento indie. Y lo mejor de todo: tú puedes opinar lo contrario.
¿Y las radiofórmulas?
Un asunto fantástico. En España, la práctica totalidad de la música alternativa se ha desarrollado hasta límites insospechados sin la colaboración de las radiofórmulas. Es como si Oasis, Blur, Massive Attack, The Stones Roses, Pearl Jam o Nirvana jamás hubieran sonado en las radios comerciales británicas o estadounidenses. Una anomalía del tamaño de un agujero negro y, lamentablemente en nuestro país, una señal inconfundible para detectar quién pertenece y quién no a esa industria independiente.
¿Qué hubiera pasado si todos aquellos grupos que surgieron desde finales de los ochenta hubieran tenido el apoyo de las radiofórmulas? Nunca lo sabremos, lo que sí sabemos es que sin su apoyo, muchos de esos artistas independientes han llegado lejísimos, propiciando que florezca una industria de festivales enorme que congrega a decenas de miles de personas sin contar apenas con nombres extranjeros, y algunos han llenado estadios, palacios de deportes y plazas de toros. Y, sobre todo, han conseguido consolidar un género y una industria propia de artistas y discográficas independientes.
Contexto británico y americano
Al final de este libro encontrarás una selección con canciones de los artistas más importantes del movimiento alternativo americano y británico y una breve explicación sobre cada uno de ellos; también podrás escucharlos, si te apetece, usando la lista que hemos creado a tal efecto.
En Estados Unidos, la música alternativa se movió principalmente en las universidades. En todas ellas existían periódicos, fanzines y, muy importante, radios universitarias muy consumidas en las décadas de los ochenta y los noventa por los estudiantes. Literatura, ensayo, posturas políticas, programas especializados y música copaban dichas plataformas con ferviente frenesí cultural, casi siempre al margen de los grandes medios de comunicación; el ecosistema perfecto para que florezcan un sinfín de nuevas bandas y artistas, en su mayoría también universitarios, que poco a poco saltarán a las radios y las televisiones estatales y nacionales, hasta convertirse en una realidad mundial que lo cambiará todo en menos de diez años con la aparición de grupos que hoy son legendarios, como Sonic Youth, Pixies, R.E.M., Pavement o la doble hecatombe Nirvana / Pearl Jam.
En Inglaterra fue algo diferente. La industria del pop estaba altamente desarrollada, con programas míticos de televisión (Tops of the Pops), radio (Radio 1, Top 40) y prensa escrita (The New Musical Express) que proponían, quitaban y lanzaban a los nuevos artistas que había que escuchar y seguir, casi siempre en alianza con las grandes discográficas. El último gran movimiento controlado por ellos fue el punk, curiosamente el más contestatario y rebelde, pero que seguía bajo la influencia de todos esos mecanismos y herramientas de la industria y los medios nacionales. Durante los primeros ochenta comienzan a surgir multitud de fanzines y pequeñas radios «independientes» en barrios y ciudades inglesas de la mano de pioneros convencidos del movimiento, como nada menos que The Smiths; en teoría, la punta de lanza de la música independiente británica. Así lo cuenta Bob Stanley en su maravilloso Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno (Turner / Noema, 2016):
«Entre 1983 y 1985 tomó cuerpo un entramado de grupos, promotores de conciertos, sellos y escritores de fanzines, todos ellos diseminados por la geografía británica [...] que se comunicaban por correo y entablaron una colaboración y una cooperación muy estrechas. A diferencia del post-punk no les movía un intenso afán de novedad, pero sí un intenso afán de intensidad».
No puede ser más genial eso de «un intenso afán de intensidad». Os recomiendo muy mucho el libro. Y sigue:
«El precio del fanzine era importante, y también el formato: el vinilo se convirtió en un fetiche; nadie publicaba discos compactos, producto que se consideraba caro y típicamente capitalista, un puro engaño de la industria (lo era, vive Dios), y los videoclips se consideraban enemigos del buen pop [...] que beneficiaban a los singles mediocres [...] siendo muchos de ellos más emocionantes que las canciones propiamente dichas».
Con estas premisas, y escuchando fervientemente a Orange Juice, Sandy Shaw y Billy Fury en un Manchester en el que los New Order lo acaparaban todo, se conocieron dos chavales, Johnny Marr y Steven Morrissey:
«Buscaron un bajista y un batería, se pusieron de nombre The Smiths y se impusieron dos reglas: componer una canción a la semana y no grabar jamás un videoclip».
A partir de aquí llegarán un sinfín de grupos alternativos e independientes a las listas y los fanzines británicos, que poco a poco, como en Estados Unidos, irán asaltando «los rankings oficiales» hasta acabar con Blur y Oasis en la cresta de la ola. The Jesus and Mary Chain, My Bloody Valentine, Ride o The Stone Roses son solo algunos de ellos y los que más nos influenciaron a nosotros.


Arriba, Love is in the FIB 2001. Abajo, Vetusta Morla en el FIB (Festival Internacional de Benicasim) de 2019. Crédito: Getty Images.
Contexto social y económico en España
Los que teníamos quince años en 1989 ya éramos beneficiarios de la transición, recibíamos sus frutos en forma de colegios e institutos públicos estupendos y casi sin hablar de Franco (está visto que todos los logros se acaban perdiendo).
Estábamos en otro país: había yonquis de heroína por todos lados, la movida arrasaba armada con su estética loca y, con ella, La bola de cristal y El planeta imaginario, responsables (o maravillosos irresponsables) de la educación de varios millones de niños de la época. España parecía Europa por primera vez desde la década de 1920. En general había trabajos decentes, y mucho paro, pero también desempleo y prestaciones agrarias (un invento increíble para que la gente no se muera de hambre si no tiene trabajo ni tierras); el país crecía, la televisión se modernizaba y las familias más o menos llegaban a fin de mes. Éramos los hijos de una nueva clase media, aunque fuese baja, pero clase media. Podíamos permitirnos comprar cierta ropa, equipos de música, una guitarra, una batería y algunos discos con la paga que nos daban nuestros padres o haciendo pequeñas chapuzas. El punk y el metal ya no estaban demasiado de moda, aunque seguían ahí, y los chavales que lo practicaban son exactamente iguales que los demás (hijos de esa nueva clase media). Y es en esa especie de oasis ochentero/noventero español donde surgen el movimiento indie y el rock y el pop alternativo, con la llegada de grupos británicos y americanos que nada tienen que ver con las referencias mainstream de los ochenta y los pubs y las discotecas horteras donde suenan sin parar.
¿Desde cuando y hasta cuando?
La música independiente siempre estará viva, y seguramente ya lo estaba antes de empezar el movimiento indie. Seguro que en los sesenta y los setenta había artistas con propuestas musicales fuera de la gran industria de los que por desgracia no tengo conocimiento o no han llegado al gran público, pero voy a empezar esta antología con los grupos que crearon el movimiento en España desde finales de los ochenta y vamos a intentar averiguar si sigue existiendo en la actualidad. Todo ha cambiado demasiado y, entre las nuevas tecnologías, las redes sociales y los macrofestivales, vislumbrar hoy en día el espíritu indie de los noventa no es sencillo.
Para algunos, el indie murió en el momento en que dejamos de mirarnos las zapatillas en los conciertos; para otros, cuando contratamos al primer técnico de luces; para otros tantos, el día que Manta Ray se separaron, y sin duda el apocalipsis llegó para muchos más tras Una semana en el motor de un autobús, el mítico disco de Surfin’ Bichos... Sí, es broma.
No hay que exagerar. Estoy convencido de que la música independiente sigue ahí, lo que pasa es que se ha profesionalizado e internet ha transformado todo hasta límites insospechados. La nueva ola de la música independiente navega en un medio que los que creamos esto no controlamos. Hoy no solo se tiene un grupo y se ensaya, además se vende cada hora del día en redes sociales, las plataformas de streaming echan humo, los programas y los canales de YouTube son herramientas de difusión casi infinitas, en TikTok surgen pelotazos inimaginables y los grandes festivales lo han cambiado todo.
Profundizaré en su momento en todo ello, pero quizá sea un buen ejercicio intentar ordenar de alguna manera el movimiento indie.
¿Existen etapas en la música independiente española?
Una división sencilla podría ser la música alternativa antes y después de internet y las redes sociales. Hacia 2006 o 2007 se puso de moda MySpace, y nosotros (me refiero a Niños Mutantes) abrimos nuestra página de Facebook y nuestra cuenta Twitter en 2009-2010.
Casi a la vez llegaron las primeras plataformas de streaming profesionales como Spotify. Aquello fue como un vendaval. Las tiendas de música se fueron al carajo en su mayoría, el cedé entró en implosión y volvió el interés por el vinilo, básicamente porque vender cedés era absurdo pudiendo escuchar la música en digital y prácticamente gratis. De pronto podías comunicarte con los fans, podías subir tu música a internet y no necesitabas revistas ni periodistas para darte a conocer. En algunos casos, de hecho, el fenómeno explotaba primero en las plataformas y luego llegaba a las radios y a la prensa musical. Para alucinar: Adele y Bruno Mars se dieron a conocer y triunfaron en MySpace, por poner un par de ejemplos sin importancia.
El cambio estaba servido. Así, parece una división lógica de la música independiente fijar un primer periodo entre comienzos de los noventa y mediados de los 2000, y una nueva era a partir de 2005-2006. Dos consideraciones:
1. Este proceso no solo afectó a la música alternativa, afectó a LA MÚSICA: desde Alejandro Sanz a Guadalupe Plata. Así que no creo que sea un baremo para estratificar un género.
2. Me da la impresión de que lo que hizo fue justamente potenciar la música alternativa y no al revés. Ganamos terrenos que no imaginábamos tres o cuatro años antes. Las vacas sagradas de la música indie o alternativa de los noventa se hicieron (nos hicimos) más grandes gracias a este proceso. Éramos mucho más accesibles, a pesar de que las radios comerciales nos daban la espalda. Desde ese momento empezamos a ser masivos y vivir nuestra época dorada. El cambio nos permitía tocar más, cobrar más y llenar espacios inauditos hasta entonces. Eso sí, muchos de los pioneros ya habían desaparecido, como se verá más adelante.


Arriba, Carolina Durante en el FIB 2019. Abajo, imagen de ambiente del Primavera Sound 2025. Crédito: Getty Images.
¿Y si probamos con las décadas?
Podría hablar de la música alternativa en los noventa, los 2000 y los 2010. Y la verdad es que casi cuadraría una estratificación acertada. Los pioneros de este género encajarían en los noventa: Surfin’ Bichos, Lagartija Nick, Australian Blonde, Sexy Sadie, La Buena Vida, Los Planetas, El Inquilino Comunista... En los 2000 llegaría una segunda oleada con Deluxe, Sidonie, Astrud, Love of Lesbian, Lori Meyers o El Columpio Asesino… Y aproximadamente en 2010, una tercera oleada con Vetusta Morla a la cabeza, León Benavente, Zahara, Novedades Carminha o Los Punsetes, y que podría acabar con uno de los grupos del momento, Viva Suecia. Aterrizando en 2020, maldita pandemia mediante, llega la nueva ola del pop-rock alternativo español, donde los estilos se han difuminado para dar paso a nuevos géneros. No hay más que comparar a Ortiga o Colectivo da Silva con Alcalá Norte o Carolina Durante.
Cuando uno intenta estudiar un movimiento, es muy difícil hablar sobre lo que está sucediendo en el mismo instante en que escribe, por tanto, como no sé qué va a pasar con los artistas de rabiosa actualidad, he pensado dejar fuera, por ahora, la década de 2020.
¿Y el idioma?
También está la opción del idioma, por qué no. Ahora parece una broma, pero el pop-rock alternativo, y por tanto la escena indie española surgió en inglés. Bueno, o en algo que parecía inglés. Los grupos que cantábamos en español éramos una rara avis en aquellos inicios. Increíble pero cierto. No fueron pocos los que comenzaron en inglés y se fueron pasando al español; muchos siguen siendo grandes artistas indies de hoy, casos tan significativos como Xoel López (Deluxe), Anni B Sweet, Sidonie o los propios Love of Lesbian. La cuestión es que tampoco creo que sea serio hacer esta división idiomática.
Entonces ¿eso del indie sigue vivo, murió, morirá? ¿Hay alguna clasificación válida?
Para empezar, la música es música, y hay música buena y música mala. Y lo peor es que hasta eso es discutible. Lo indiscutible es que no es lo mismo Gasolina de Daddy Yankee que Blowin’ in the Wind de Bob Dylan, ni Madame Bovary que Ayer, de La Habitación Roja.
Aquí entran en juego diferentes puntos de vista. Si crees que el indie es una etiqueta musical —o sea, estilística— y la vinculas a aquellos grupos de los noventa, para ti el indie habrá muerto hace tiempo. Si por el contrario crees que es una estrategia, una forma de afrontar la creación y el lanzamiento de la/tu música, entonces sigue vivo, pero incurrirás en contradicciones al flipar con artistas que no han entrado en su vida en una discográfica independiente ni han abanderado jamás el Do it yourself.
Para mí, puede que el espíritu original que hizo florecer esa escena independiente de la música española haya muerto hace tiempo, pero no la música alternativa ni la escena independiente. Lo que tenemos que hacer los supervivientes de aquella primera oleada es quitarnos de en medio. No me refiero a dejar la música, eso unos lo harán y otros no. De lo que debemos quitarnos es de la queja y del «antes molaba más». Los conceptos de la música alternativa siguen ahí, pero la nueva generación de músicos juega con otras cartas. Pueden incluso hacer música en su ordenador y publicarla sin moverse de casa, y nacen ya con el legítimo objetivo de TRIUNFAR. Esa palabra no se nos pasaba por la cabeza a ninguno en 1994, y si se nos pasaba, el triunfo era meter 86 personas en Burgos. Ahora son «profesionales de triunfar»; me parece estupendo, y eso no quita que muchos de ellos tengan posturas artísticas radicales (Cala Vento, Shego, Alcalá Norte, La Plazuela y un largo etcétera). Bien por ellos.
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