Jazmina Barrera en el laberíntico multiverso de Elena Garro
Jazmina Barrera, una de las autoras más sugerentes de la literatura en español, recrea la vida y figura de Elena Garro, escritora imprescindible del siglo XX, en el libro «La reina de espadas» (Lumen, 2024), un título que nos presenta a una Elena Garro que quizá solo conocieron sus amigas más íntimas. Para trazar este magnífico retrato, Barrera hila con rigor científico y sentido del humor una colección personal en torno a la escritora: fragmentos de sus obras, diarios, cartas y entrevistas se trenzan con citas de documentales o carpetas de los «Elena Garro Papers» del archivo de Princeton. Así, «La reina de espadas» resalta la peculiar forma de habitar el mundo de Elena Garro y su capacidad para dotarlo de nuevos sentidos a través de los temas que la obsesionaron: el tiempo, la catástrofe, los gatos, la lucha campesina, las puestas en escena y los viajes. A continuación, en LENGUA reproducimos cinco extractos -variados y con sentido «per se»- de un tributo visto a través de la mirada apasionada, feminista e inteligente de una investigadora que se transforma conforme avanzan sus pesquisas.
Por Jazmina Barrera
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Elena Garro. Crédito: cortesía del Archivo de Gabriela Mora.
El nombre
A Elena Garro le fascinaba su nombre: «¡tan bonito!», dice en un poema. Su nombre completo, Elena Delfina, remite a la teosofía de su padre; la fundadora de esa doctrina religiosa de finales del siglo XIX se llamaba Helena Blavatsky. Delfina era una dragona, mitad mujer, mitad serpiente, que custodiaba el Oráculo de Delfos, un lugar donde la divinidad revelaba verdades y profecías. En varios textos, Elena usó su segundo nombre como una especie de pseudónimo, y también algunos diminutivos y apócopes de Elena, como por ejemplo Leli.
Elena Garro cambió la ortografía de su nombre en diferentes circunstancias. Octavio Paz, por ejemplo, dice en sus cartas que cuando Elena se convirtió en Helena comenzó en verdad su relación amorosa. En sus primeros meses juntos escribe un poema de amor con decenas de referencias literarias y etimológicas de su nombre: «¿tu nombre mismo, Helena, dónde si solo somos un poco de ternura en la música?».
Y en una carta le dice: «Suena muy bien junto a tu nombre la partícula mía. Lo mismo que la H: el que tú la tengas —nada más tú, entre todas las Elenas— y que la usemos como una especie de amorosa contraseña, de signo de nosotros, ata con un lazo nuevo, secreto e inefable nuestros —mi— ya atados corazones».
Años después, su amante, Adolfo Bioy Casares, se referirá a Elena también como Helena en sus muchas cartas de amor.
A la única hija de Elena Garro y Octavio Paz la nombraron Laura Elena Paz Garro, y durante su vida fue llamada y «escrita» Elena, Helena, Helenita, Helen, la Chata, Chatita y, a veces, por su padre, Elynor. Durante mucho tiempo Elena Garro la llamaba Helenita y escribió el nombre de su hija con hache y el suyo sin hache para distinguirlos.
Es una práctica machista común la de referirse a los hombres por el apellido y a las mujeres por el nombre, excluyéndolas de la vida pública. Y sin embargo no me nace llamar a Elena Garro por su apellido. Me suena frío y distante, y yo con su fantasma ya tengo una relación afectuosa. Así que la llamo Elena. Y a Octavio Paz lo llamo Paz, porque es un lindo apellido y porque con él sí, todavía, siento una respetuosa distancia. Para diferenciar a la hija de la madre decidí hacer lo que hacía la propia Elena: escribir el nombre de Helena Paz con hache y el de Elena Garro sin hache. A pesar de esto, hay páginas de este libro que todavía suenan como trabalenguas elénicos.
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Galaxia elénica
Un día, hace dos años, recibí una llamada de María Fernanda Álvarez para proponerme que escribiera este libro sobre Elena Garro. Ella pensaba en algo breve, nada muy exhaustivo.
No me considero una persona impulsiva, pero ahí sí que me fui de boca. Hasta ese momento había leído solo dos libros de Elena Garro y me fascinaban. No sabía nada de su vida, ignoraba que había escrito diecisiete libros, no tenía idea de los líos en los que se había metido y no me imaginaba el lío en que yo me estaba metiendo. A María Fernanda le respondí encantada —embrujada, más bien, pienso ahora— que sí, que estaría feliz de aceptar su propuesta. Calculé unos meses, cuando mucho, para documentarme y lograr ese ensayito biográfico modesto. Pensé que simultáneamente iba a poder seguir los otros proyectos que tenía en puerta o a medio camino. Me equivoqué.
Dos años después, escribo junto a una repisa que parece un altar a Santa Elena Garro, a la que le ofrendo todos los días fotos y post-its con notas, pendientes y dudas. Hace varios meses que abandoné los demás proyectos: ya solo escribo sobre Elena. En mi escritorio y en mi buró se han acumulado las novedades editoriales, los libros que me regalan y los que compro, los que hace mucho que quiero leer pero no leo, porque llevo dos años leyéndola a ella, solo a ella y a sus lectores, sus discípulos, sus feligreses, sus familiares, sus amantes, sus amigos, sus detractores, sus biógrafos, los pacianos empedernidos y los garrianos acérrimos: una galaxia elénica o helénica de libros que odio y de libros que amo. Esto es todavía un ensayito biográfico modesto, pero ha crecido como esos perros mestizos que adoptamos de cachorros, que creemos que serán pequeñitos y resultan enormes e incontrolables.
Muchas veces tuve la fantasía de pedirle a María Fernanda que me dejara cambiar de autora, que me dejara trabajar sobre Josefina Vicens, por ejemplo, que escribió muchos menos libros que Elena y que hizo varias películas que podría haber visto desde la comodidad de mi cama. Una mujer como Josefina Vicens hubiera sido mejor elección, quizás. Y quizás María Fernanda me hubiera dado permiso, pero dicen que el «hubiera» no existe, y cuando se me ocurrió cambiar de autora ya no tenía ningún caso: estaba metida hasta el cuello y encandilada, perdida sin remedio en el universo, en el laberíntico multiverso de Elena Garro.
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Elena Garro. Crédito: cortesía del Archivo de Gabriela Mora.
Desaires y noviazgos
En abril de 1935, en una de las muchas fiestas que había en la casa de sus tíos, los Hernández Navarro, Elena conoció a Octavio Paz. A Emmanuel Carballo le contó la escena. Ella iba con su primo Pedro, «parecido a un dios griego», que venía llegando de Estados Unidos y que fue, según Elena, su primer amor, «fulminante, trágico, mudo y duradero». Paz le pidió que bailara con él y ella no quiso, le dijo que no bailaba. Paz le respondió: «La conozco muy bien. Es usted una puritana y ahora viene con el pastor protestante de su parroquia». Elena y el primo se fueron de la fiesta y él solo alcanzó a darle un beso en la mejilla antes de regresarse a Estados Unidos.
Ese desaire marca el comienzo de una historia de amor y complicidad, de odio y rivalidad, turbulenta, cambiante, difícil de comprender (por no decir incomprensible).
Después del baile, Paz empezó a cortejarla. Elena se resistía, pero al mismo tiempo le daba esperanzas. Coqueteaba con otros chicos que le gustaban más que él, pero tampoco lo dejaba ir. Paz también coqueteaba con otras. En el diario de Elena se cuentan varias escenas de enredos; por ejemplo, cuando se le aparecen dos o tres pretendientes al mismo tiempo en su casa. Anota en su diario:
Tengo remordimiento con el pobrecito Octavio. Además no quiero que me olvide. No quiero que se acostumbre a estar disgustado conmigo y me deje de querer. Soy una egoísta, pero no tanto. Quisiera quererlo mucho, cuando menos tener valor para decírselo, aunque mintiera, y hacerme novia de él, al fin que a una debe bastarle con que la quieran mucho y estimarlos a ellos.
En un punto parece que ciertamente le bastó, pero de ese cariño fingido empezó a nacer poco a poco un afecto verdadero.
Fueron novios desde junio de 1935 hasta mayo de 1937. Paz quería casarse de inmediato, pero la familia de Elena —en cierto punto, sus padres dejaron Iguala y se instalaron con sus hijos en la Ciudad de México—, y en particular su padre, se oponía al matrimonio y les impuso un riguroso calendario de visitas supervisadas, so pena de mandar a Elena a un convento. Así que intercambiaban cartas. De esa correspondencia nos quedan, por lo pronto, solo las cartas de Paz, en donde la pasión y el amor se mitifican, se vuelven abstractos y metafóricos. Aunque lo dice casi siempre adornado de retórica y poesía, Paz se desespera con la ambivalencia de Elena y con su resistencia al contacto físico y las relaciones sexuales. Elena era católica y era mujer en los años treinta, cuando el método anticonceptivo más común era el tan falible «ritmo», además de la infalible abstinencia. Las relaciones sexuales implicaban la posibilidad real de un embarazo, y Elena quería seguir estudiando, haciendo teatro y bailando.
En 1937 Paz se unió a unas brigadas marxistas y se fue a Mérida, a trabajar en una escuela para los hijos de los obreros del chicle. Desde allá continuó teorizando su amor, con la distancia cada vez más idealizado, más fantaseado, y también más amenazado por los celos de Paz y las rebeliones de Elena.
El delito de la fantasía
A veces, cuando le decían que era una precursora del realismo mágico, se enojaba, decía que eso no existía, que en todo caso era literatura fantástica o que no había nada mágico en lo que ella había escrito, que era así la realidad, o que estaba harta del realismo mágico, de tanta magia, tantos trucos. Pero a veces decía que sí, que había sido una precursora, que la magia era un recurso que usaba en sus libros cuando no se le ocurría cómo salir de algún embrollo. Y que García Márquez la leyó y quizás hasta tomó algunos elementos de Los recuerdos del porvenir para sus Cien años de soledad (ahí estaban ya las mariposas amarillas, por ejemplo), por más que el colombiano le hubiera dicho que Los recuerdos le parecía una novela tan cursi como un pañuelo bordado.
Elena tenía una manera particular de entender lo sobrenatural. Decía creer en los fantasmas y en los milagros. Amaba a Novalis: «Él fue quien formuló que guardamos una mayor conexión con lo invisible que con lo visible». En su obra, lo sobrenatural no se pone en duda, no suscita asombro, se parece a lo maravilloso de los cuentos de hadas o de los mitos y leyendas de los pueblos indígenas, se acepta como parte de la realidad.
En Testimonios sobre Mariana dice el personaje de Gabrielle: «Sus palabras me convencieron de que jugar con lo maravilloso no solo implica peligro, sino ridículo. La realidad cotidiana medía las acciones y los hechos con la estrecha vara del llamado sentido común y el sentido común rebajaba la fantasía hasta el punto de convertirla en delito».
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Elena Garro. Crédito: EFE Visuals.
Preguntas sobre la muerte
¿Qué creía Elena Garro de la muerte?
En una entrevista le dijo a Reynol Pérez Vázquez que pensaba que era pasar «de un estado a otro». «No puede ser el fin de esta vida. Tantas cosas para que todo se acabe. Morir es pasar de este lugar a otra dimensión, llámese cielo, llámese purgatorio, llámese infierno…», le dijo.
La obra de teatro Un hogar sólido es un diálogo entre los muertos bajo una cripta familiar mientras esperan el día del juicio final. Estas almas se imaginan que al llegar el Apocalipsis se convertirán en «todas las cosas». Y que después «de haber aprendido a ser todas las cosas, aparecerá la lanza de San Miguel, centro del universo, y a su luz surgirán las huestes divinas de los ángeles, y entraremos en el orden celestial».
La protagonista de la obra La señora en su balcón, Clara, piensa que a su muerte se irá a Nínive, la capital perdida del imperio neoasirio, para encontrarse con un tiempo infinito. Imagina la muerte como su último escape, la huida de sí misma, la única fuga necesaria, un gran salto para «entrar en la ciudad plateada», que está «temblando en el tiempo como una gota de agua perfecta, translúcida, esperándome, intocada por los compases y las palabras inútiles».
En Los recuerdos del porvenir, don Martín Moncada está seguro de que la muerte es un «estado perfecto», el momento en que los humanos recuperan «plenamente su otra memoria». Morir como recordar. Doña Matilde, en cambio, teme que morir sea un querer despertar y no despertar nunca.
¿Cómo se imaginaba su propia muerte?
Alguna vez la concibió así: «Yo quiero morir durmiendo y, para mi sepelio, a veces imagino un campanario y que yo estoy ahí muy contenta oyendo las campanas y viendo a la gente entrar a la iglesia a rezar por mí. Quiero ser un ángel aunque creo que fui un demonio».
José Antonio Alarcón López le contó a Patricia Rosas Lopátegui que, un año antes de morir, cerca del día de muertos, estaba con ella en su casa de Cuernavaca. Después de tomarse unas galletas Marián con leche, Elena le dijo que ya se quería morir. Él le respondió que no pensara en eso, pero ella insistió. Se acordó de una canción que le gustaba mucho, una «muy mexicana» —la norteña Cruz de madera—. Y se la cantó:
Una cruz de madera de la más corriente,
eso es lo que pido cuando yo me muera.
Yo no quiero lujos ni mesas de adobes,
No quiero una caja que valga millones.
Lo único que quiero es que canten canciones,
que sea una gran fiesta la muerte de un pobre.
Le dijo que para su muerte le gustaría tener muchas flores rosas.

