El incalculable poder de la narrativa (según Isabel Allende)
¿Qué convierte una historia en memoria, consuelo o revelación? En «La palabra mágica» (Plaza & Janés, abril de 2026), Isabel Allende se acerca a esa pregunta desde el territorio que mejor conoce: la experiencia. Lejos de ofrecer solo un manual sobre técnica literaria, la autora chilena abre una conversación íntima y luminosa sobre el oficio de escribir, el pulso de la imaginación y el poder de la narrativa para dar sentido a la vida. A través de sus triunfos, errores, pérdidas y hallazgos, Allende compone una suerte de clase magistral atravesada por la emoción y la lucidez, pensada tanto para quienes sueñan con escribir como para quienes aman los libros. El resultado es un volumen vivo, cercano y reflexivo que celebra la creación literaria como un acto de resistencia, memoria y belleza. Bajo estas líneas, LENGUA publica un extracto de un libro llamado a dialogar con lectores y aspirantes a narradores.
Por Isabel Allende

Niños asisten a una dame school, una escuela elemental dirigida por una mujer. La maestra escucha a los alumnos leer mientras sostiene una vara en la mano. Obra de 1860 de Thomas Webster, pintor y grabador británico. Crédito: Getty Images.
Friedrich Nietzsche dijo que, si le daban una hoja de papel y algo para escribir, podía poner el mundo al revés. Eso suena un poco exagerado, pero el hombre era consciente del poder de la narración. Las historias juegan un papel fundamental en nuestras vidas y en la sociedad; le dan forma a nuestra realidad, nos definen como individuos, quiénes somos, qué hacemos, cómo nos relacionamos unos con otros y la idea que tenemos de nosotros mismos y que otros tienen de nosotros.
La historia es un cuento que hemos acordado considerar verdadero. Cada país, cada grupo humano, posee su propia narrativa que lo define y lo impulsa, explica sus orígenes, provee unidad, carácter y sentido de identidad. Estas poderosas narrativas determinan el curso de una nación, conducen a la guerra, influyen en la economía y en las leyes. Las religiones son relatos de gente escogida, mensajes divinos, exclusión: nosotros y ellos. Todos los imperios crean su historia heroica: el deber mesiánico de imponer sus ideas y su forma de vida a otros y de civilizar a pueblos inferiores, pero omiten las razones económicas, la explotación y la violencia.
La narrativa de una raza superior justificó la esclavitud; la ideología nazi causó el Holocausto. La teoría —fábula, en este caso— de que inmigrantes y refugiados están reemplazando a los descendientes de europeos alimenta el odio, la violencia y el racismo en muchos países occidentales. Los líderes populistas manipulan las emociones negativas, como el miedo, el resentimiento y la venganza, para movilizar a las masas con una historia de justicia. Verdadera o falsa, no importa. La narrativa prevalece.
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Según William Gordon, mi segundo marido, un abogado litigante ha de ser un buen contador de historias. Cada caso es una historia y cada cliente es un personaje en ella. Cuando Willie iba a los tribunales, sabía que para convencer a los miembros de un jurado no bastaban hechos y pruebas, tenía que seducirlos con un relato irresistible. Su elocuencia debía ser mesurada para no parecer arrogante y enemistarse con el juez, cuyo favor también debía ganar. El abogado/narrador goza de mucho poder. La sentencia del juez puede ser liviana o severa, según la habilidad del abogado, y a veces esa habilidad puede suponer la diferencia entre una sentencia de vida o de muerte.
Podemos concluir que quienes controlan la narrativa o cuentan la historia tienen poder. Esto es obvio en la política, en los medios de comunicación y en muchos otros aspectos de la sociedad, como el arte. Por ejemplo, el cine ha influido de manera decisiva en la idea que los americanos tienen de sí mismos y que el mundo tiene de ellos. Con escasas excepciones, la literatura carece de ese poder, porque su alcance es mucho más limitado. Millones de personas ven películas, pero relativamente pocas leen libros. En la actualidad, las redes sociales contribuyen en extremo a la narrativa común con historias fugaces que varían día a día.
Para cambiar las acciones de un grupo, la narrativa debe cambiar. Este es también el caso a un nivel personal. Hemos creado una historia sobre nosotros mismos, que creemos verdadera, la repetimos, la pulimos, guía nuestra conducta y determina cómo percibimos el mundo y nuestro lugar en él.
Las historias juegan un papel fundamental en nuestras vidas y en la sociedad; le dan forma a nuestra realidad, nos definen como individuos, quiénes somos, qué hacemos, cómo nos relacionamos unos con otros y la idea que tenemos de nosotros mismos y que otros tienen de nosotros.
He tenido que empezar de cero más de una vez en mi largo camino, y en cada ocasión he ajustado el relato. Me presento, me explico, y un nuevo yo surge. Ese relato le da coherencia a la persona que soy. Sin embargo, el hecho que escojo y cómo lo voy a contar, qué voy a destacar y qué voy a omitir, es una forma de ficción. ¿Cuánto es verdad y cuánto he inventado? He estado en terapia varias veces y la manera en que le cuento mi historia al terapeuta ha ido cambiando. Para empezar, ya no me concentro en lo malo y lo oscuro. Deseo claridad, luz. Por el simple hecho de seleccionar los adjetivos para contar mi pasado, he creado un relato positivo, a pesar de las pérdidas y las penas.
A menudo me llegan correos de lectores que comparten conmigo sus vidas desdichadas o complicadas. Me piden consejo y en algunos casos estoy tentada de responderles que empiecen por darle un giro positivo a su historia personal, pero eso requiere conciencia, determinación y ayuda. Es muy difícil hacerlo solo. Otros lectores me dicen que mis libros les dan coraje o esperanza. Creo que esa gente encuentra en mis páginas lo que ya tienen dentro, pero no lo han articulado todavía. Eso me ha ocurrido algunas veces. En mi juventud, cuando leí La mujer eunuco, de Germaine Greer, pensé que la autora me había cambiado la vida, pero en realidad solo me dio un lenguaje y buenos argumentos para expresar lo que sentía desde niña. El libro de Greer me ayudó a cambiar mi narrativa. Aprendí a canalizar mi rabia contra el patriarcado en una vida de orgulloso feminismo.

Isabel Allende. Crédito: cortesía de Plaza & Janés.
Nunca intento transmitir un mensaje en una novela porque la arruinaría, eso lo reservo para los libros de no ficción que he escrito y mis presentaciones públicas. No necesito machacar ideología feminista a mis lectoras, basta con presentar protagonistas femeninas fuertes; tampoco tengo que plantear mi posición política o filosófica, porque cualquiera la adivina entre líneas. En una novela simplemente deseo compartir una historia que me interesa o me conmueve. Tal vez en ese compartir reside el poder de la ficción: nos acerca.
Una buena novela puede llevarnos a pensar en algo que jamás habíamos contemplado, picarnos la curiosidad, hacernos cambiar de opinión, vencer prejuicios arraigados, vivir otras vidas. La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, publicada en 1852, logró más impacto en la lucha contra la esclavitud que los movimientos abolicionistas. El trágico destino de Tom, un personaje de ficción, sacudió la conciencia del país y para millones de lectores la esclavitud dejó de ser algo abstracto y se convirtió en una vergonzosa y horrible realidad, el pecado mortal de la nación. ¿Pudo la autora haber imaginado el efecto que su libro tendría? Es probable que no. Una novela tiene vida propia, el autor o la autora no puede controlar la forma en que será recibida. Yo la visualizo como una nota en una botella lanzada al mar. ¿Qué orillas alcanzará? ¿Quién encontrará la botella y leerá la nota?
Una buena novela puede llevarnos a pensar en algo que jamás habíamos contemplado, picarnos la curiosidad, hacernos cambiar de opinión, vencer prejuicios arraigados, vivir otras vidas.
Los temas fundamentales del amor y el dolor, siempre presentes en la literatura, son comunes a todos nosotros. La literatura nos ayuda a entender que las similitudes que nos unen son muchas más que las diferencias que nos separan. Tal vez si leyéramos más, habría menos desconfianza y nos llevaríamos mejor en este mundo.
Dicen que la ficción está en vías de extinción. No lo creo. Hoy hay más gente que lee ficción que antes. Es posible que el soporte cambie, de hecho, ya se publican las historias en formato digital y en audio, se adaptan para cine, televisión y teatro; espero que en un futuro cercano nos implanten un chip detrás de la oreja y podamos asimilar una novela en pocas horas mientras dormimos. Cualquiera que sea la forma, el contenido siempre existirá. Necesitamos historias, por eso me gusta tanto este oficio de narradora.
El impulso para este libro sobre la escritura se originó en el verano de 2024 a raíz de un proyecto de BBC Maestro para filmar un curso con el sugerente título de Magical Storytelling, que podríamos traducir como «Narración Mágica». Pasé cinco días frente a varias cámaras tratando de darle algo de orden a mi trabajo. Supongo que hay tantos métodos como escritores, pero yo he aprendido solo con la práctica y con la tenacidad de un camello, palabra a palabra, un error tras otro, año tras año con mucho café.
Mi mente no tiene estructura, es enredada como un plato de tallarines, pero el equipo de la BBC me pidió que ordenara mi parloteo en veinte lecciones, lo cual me obligó a pensar en el tema de cada una. Fue un estupendo ejercicio para mí; en esos intensos cinco días descubrí que hay una lógica instintiva en mi locura y que eso se puede explicar. Me refiero a mi escritura, no necesariamente a mi locura.
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