Jane Austen vivirá eternamente (como sus inolvidables personajes)
Hija de un clérigo anglicano, séptima de ocho hijos (seis varones y dos mujeres) y sin la posibilidad de acceder a una educación superior, la vida de Jane Austen parecía limitarse a lo doméstico y lo cotidiano. Pero fue ahí mismo, en lo mundano de su vida, donde encontró el escenario perfecto para indagar en los pormenores de su propio mundo, diseccionar la naturaleza de las relaciones humanas y criticar los absurdos de la clase social a la que pertenecía. A pesar de su corta vida, ya que la autora falleció a los 41 años, y las limitaciones de su época, Jane Austen escribió seis novelas que devinieron en clásicos de la literatura: «Sentido y sensibilidad», «Orgullo y prejuicio», «Mansfield Park», «Emma», «La abadía de Northanger» y «Persuasión» (estas dos últimas publicadas póstumamente); también escribió una novela corta titulada «Lady Susan» y dos novelas inacabadas, «Los Watson» y «Sanditon», que se publicaron también tras su muerte. Aunque sus obras son normalmente catalogadas como novelas románticas, lo cierto es que en ellas subyace una crítica mordaz a la sociedad de su época, ofreciendo un retrato irreverente de la Inglaterra georgiana que destaca por su afilado sarcasmo. Hoy, en 2025, cuando se cumplen 250 años de su nacimiento (el 16 de diciembre de 1775), en LENGUA recordamos a la británica, una de las figuras más destacadas de la literatura universal, publicando un extracto de «Jane. Una biografía literaria de Jane Austen» (Lumen), apenas una muestra de este fascinante homenaje firmado por Cristina Oñoro e ilustrado por Ana Jarén, una invitación a todo color para conocer la vida y obra de una autora emblemática.

Ilustración del libro Jane. Una biografía literaria de Jane Austen, de Cristina Oñoro y Ana Jarén (Lumen, septiembre de 2025).
James Edward Austen-Leigh escribió en su biografía que Jane Austen nunca se olvidaba de sus personajes. Seguían acompañándola pasados los años, creciendo en su imaginación y viviendo más allá de las páginas de los libros. «Espero que estés tan contenta de ver a mi Emma como lo estaré yo de ver a tu Jemima», le escribió a una amiga que había dado a luz recientemente. Aunque sus heroínas fueran seres de ficción, las quería igual que si fuesen sus propias hijas.
En una carta que le envió a Cassandra [Austen] en 1813, le relató cuánto había disfrutado buscando a sus personajes entre los cuadros de una exposición a la que había asistido en Londres con su hermano Henry. Divertida, le contó que había «reconocido» a la señorita Bingley de Orgullo y prejuicio en uno de los retratos de la muestra: «Es exactamente ella, altura, forma de la cara, facciones y dulzura. Nunca hubo un parecido mayor. Lleva un vestido blanco con adornos verdes, lo que me confirma lo que siempre supuse: que el verde era su color favorito». También le relató su decepción al no hallar ni rastro de su querida Elizabeth Bennet: «Solo puedo imaginar que el Sr. D. [Darcy] valora demasiado cualquier imagen de ella como para permitir que se exponga ante el público. Me puedo imaginar que tendrá ese tipo de sentimientos, esa mezcla de amor, orgullo y delicadeza».
Pero Jane no era la única que seguía unida a sus creaciones. Cuando visitaba a sus sobrinos, estos la asaltaban a preguntas, exigiéndole que les contara qué había sido de sus personajes. Jane lo pasaba en grande contándoles que Kitty Bennet —una de las hermanas de Elizabeth— se había casado con un clérigo de fortuna abultada que vivía cerca de Pemberley, mientras que Mary —la más marisabidilla— había tenido que conformarse con uno de los empleados de su tío Philip. James Edward, Caroline y Anna Austen se desternillaron de la risa al enterarse de que la «importante suma» que la señora Norris entregaba a William Price era una libra; o que el padre de Emma había logrado sobrevivir al matrimonio de su hija con Knightley, aunque no había consentido que la pareja de tortolitos se mudara de su mansión dejándolo solo. También se admiraron al saber que en las cartas que Frank Churchill dejó delante de Jane Fairfax, y que ella no quiso abrir, aparecía escrita la palabra «perdón».
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Lejos de desaparecer tras su muerte, los mundos de ficción que Jane creó han continuado viviendo en el corazón de miles de lectoras y lectores de todo el mundo. Desde la primera traducción de Orgullo y prejuicio al francés en 1813 hasta la actualidad, con sus novelas vertidas a más de cuarenta idiomas, su fama ha ido creciendo exponencialmente, amada a partes iguales por fans, profesores de literatura y novelistas de todo el mundo.
La Jane Austen Society —con antenas en todo el planeta— se encarga de difundir su obra, y las casas museo de Chawton y Bath reciben anualmente a miles de peregrinos deseosos de ver con sus propios ojos cualquiera de sus pertenencias. En 2011 un equipo de arqueólogos y voluntarios realizó excavaciones en el terreno de su casa de Steventon —derribada en 1820— y encontraron pedazos de cerámica de su vajilla. Entre ellos había unos hermosos fragmentos de porcelana china, pertenecientes a la tetera o a la taza en la que Jane servía el té, un descubrimiento que fue celebrado con un estallido de emoción que se extendió a ambos lados del Atlántico.
Los libros de Jane Austen han aparecido varias veces en los sellos del servicio británico de Correos, y en 2013, cuando se celebró el bicentenario de Orgullo y prejuicio, todas las cartas enviadas a Steventon y Chawton llevaban una frase estampada con un matasellos especial: «Haz cualquier cosa menos casarte sin amor». No es extraño, entonces, que en 2003 los británicos escogieran Orgullo y prejuicio como uno de sus libros más queridos de todos los tiempos o que apareciera en un lugar destacado en las listas que, en 1999, publicaron también los periódicos españoles con las obras más importantes del milenio.
Otro detalle que ilustra hasta qué punto Jane Austen sigue viva lo encontramos en una imagen de Kate Middleton, princesa de Gales, que dio la vuelta al mundo en marzo de 2020. En uno de los momentos más duros de la pandemia, la esposa del heredero al trono de Inglaterra se fotografió sentada en su oficina de Kensington Palace hablando por teléfono con asociaciones y víctimas del coronavirus. Junto a ella, colocada sobre su escritorio en un discreto segundo plano, se distinguía la colección Clothbound Classics, publicada por la editorial Penguin, en la que se encuentran bellas ediciones de Thomas Hardy, George Eliot o Emily Brontë. De los doce tomos que Kate tenía sobre su mesa aquel mes de marzo terrible, tres eran novelas de Jane Austen: Sentido y sensibilidad, La abadía de Northanger y Mansfield Park. Sin duda, también fueron una magnífica compañía para muchas otras lectoras durante tantas horas de encierro.



Ilustraciones del libro Jane. Una biografía literaria de Jane Austen, de Cristina Oñoro y Ana Jarén (Lumen, septiembre de 2025).
Esta no fue la primera ni la única vez que los libros de Jane hicieron una aparición estelar en una situación crítica. Uno de los homenajes más hermosos que ha recibido lo llevó a cabo el escritor Rudyard Kipling, autor de novelas como El libro de la selva, quien amaba profundamente a la autora y solía leer sus obras en voz alta a su mujer y a sus hijas. En 1924 publicó el relato titulado «La sociedad secreta de Jane Austen», ambientado en la Primera Guerra Mundial, en el que da vida a un grupo de soldados que se saben de memoria las novelas de Jane y la citan profusamente en las trincheras. En «La sociedad secreta de Jane Austen», Kipling también acuñó la palabra janeite. Se trata del afortunado término por el que hoy se reconocen los fans que viven obsesionados por la escritora. Como en el relato de Kipling, todos comparten la sensación de que en algún momento Jane les ha salvado la vida.
Al igual que Shakespeare o Dickens, Jane Austen goza del raro privilegio de contar con el favor tanto del público como de la crítica. Hoy sus personajes incluso viven en las ficciones de otros, protagonizando secuelas y spin offs con mucho éxito. Aunque también ha despertado recelos en algunos escritores desde que Madame de Staël dijera que era «estrecha de miras». Mark Twain, por ejemplo, decía sentirse incapaz de apreciar a sus personajes, y Charlotte Brontë, quizá celosa por su éxito, sentenció que sus mundos carecían de poesía.
En todo caso, las adaptaciones al cine y su presencia en la cultura popular propulsaron su fama en los años noventa, convirtiéndose además en una referencia indiscutible para una nueva generación de novelistas británicos, como Ian McEwan, Martin Amis o David Lodge, quien le rindió un homenaje memorable en sus novelas de campus, protagonizadas por Morris Zapp, un brillante profesor estadounidense que sueña con escribir una obra total que ponga fi n a todos los comentarios estúpidos que se han vertido sobre la autora a lo largo del tiempo. Por último, las nuevas interpretaciones que recibieron sus obras por parte de teóricas literarias feministas de primera fi la —como Gilbert y Gubar o Janet Todd— contribuyeron definitivamente a la canonización de la tía Jane.
Es imposible no preguntarse qué pensará Jane Austen del éxito que han alcanzado sus creaciones. Allá donde esté, ¿qué dirá de que Cassandra y ella hayan abandonado hace tiempo el mundo real para convertirse en personajes de ficción en películas y novelas? ¿Qué opinará de una biografía ilustrada como esta, que ahora llega a su final?
Me atrevo a creer que sonreirá irónica, como siempre hacía. Se alegrará por haberse convertido en una heroína de novela que continúa inspirando a mujeres de todo el mundo doscientos cincuenta años después de su nacimiento.
Felicidades, Jane. Como tus criaturas de ficción, también vivirás eternamente.
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