Alma Delia Murillo por Laura Ferrero: «Escribimos para y con los muertos»
Después de convertir la memoria familiar en una zona de exploración narrativa con «La cabeza de mi padre» (2022), Alma Delia Murillo desplaza su mirada hacia una herida colectiva: la desaparición de personas en México. A través de una narración que cruza crónica, ficción, ciencia y una fuerte metáfora vegetal, construye en «Raíz que no desaparece» (Alfaguara, 2025) un libro que hace de la búsqueda una forma de conocimiento y de la imaginación una herramienta para aproximarse a lo que no puede decirse. Una novela que propone la literatura como una forma de cuidado frente a aquello que el lenguaje oficial no sabe —o no quiere— nombrar.
Por Laura Ferrero

Alma Delia Murillo. Crédito: Ana Hop.
Desde la terraza se veía un jacaranda. Sus flores, en racimos cónicos, desplegaban una gama de lilas y malvas, con matices violáceos. En su tronco, un ojo negro —un hongo— parecía mirar a la escritora Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl, 1979) como un abismo, una hondura silenciosa. Entonces supo que ahí empezaba esta historia, que esa era la mecha que encendía el relato. Venía de adentrarse en la poética de Emily Dickinson, de leer aquellos poemas donde se insinúa el abuso por parte del padre y del hermano, y de detenerse en el herbario minucioso que la poeta fue construyendo a lo largo del tiempo: un archivo paciente de plantas, hojas y clasificaciones, una forma de conocimiento callado. Pensó entonces en ese modo en que las plantas dialogan también con lo que no decimos, con esa parte de la realidad que permanece callada o sin nombre. ¿Y si el reino vegetal pudiera ofrecer defensa, justicia, memoria?, ¿si ese fuera el camino para empezar a contar lo que no puede contarse?
Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025) surge del cruce íntimo entre una imagen y una reflexión. Es un artefacto indescriptible, de difícil categorización, una novela donde árboles y raíces acompañan lo que el orden humano no logra proteger ni nombrar, esa herida abierta que atraviesa México: los desaparecidos.
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Laura Ferrero: Sientes que te interpela esa imagen de un jacaranda enfermo, pero ¿estaba ya en ti la idea de abordar la tragedia de los desaparecidos?
Alma Delia Murillo: Sí. Yo tenía una columna quincenal en el periódico Reforma, y me di cuenta de que llevaba años escribiendo sobre desaparecidos o feminicidios. Pero la columna te constriñe: te dan un número de caracteres y me decía: «Quiero abordar este tema con más amplitud». Así que pensé que quería hacer una novela, no un ensayo periodístico –no soy periodista–. Fue una elección bastante racional. Lo que terminó de empujarme fue, más allá del jacaranda, tener en la mesa mi libro de Emily Dickinson, pequeñito, negro, y la posibilidad de esa metáfora que me guiara.
En la novela, la historia arranca a partir de un suceso aparentemente anecdótico —la tala de una palmera en la glorieta de Reforma, en Ciudad de México, y la muerte del ahuehuete que la sustituye— y crece hasta convertirse en un mapa emocional y político del país. A través de una escritora que decide acompañar a las madres buscadoras, de sueños que funcionan como pistas y de árboles que custodian la memoria bajo sus raíces, Alma Delia Murillo construye un relato donde el dolor convive con el humor y la indignación con el amor. La literatura, lo contaba Kafka, es siempre una expedición a la verdad y Murillo, a través del personaje de Ada, una madre buscadora, y de Marcos, su hijo desaparecido, urde una ficción que es, en realidad, verdadera.
Laura Ferrero: Abres el libro con una frase muy reveladora: «Esto no es verdadero, pero es verdad». ¿Es la ficción el agarradero necesario para abordar este tema?
Alma Delia Murillo: La novela me daba un espacio que el periodismo no me permitía, sobre todo para trabajar los elementos fantásticos: los sueños, los árboles como aliados. Además, quería seguir una sola historia y poder condensar muchas otras. Los personajes de Ada y Marcos son ficticios, pero están construidos a partir de personas reales. Ada es una cristalización de muchas madres con las que hablé, a las que acompañé. Y los expedientes que aparecen en la novela retoman hallazgos reales de fosas clandestinas en México.

Alma Delia Murillo. Crédito: Ana Hop.
En la novela, escribe:
«—¿Tú también tienes un desaparecido? —me dice.
Se me descuaja el corazón por la naturalidad con la que me lo pregunta y por la forma en que me lo pregunta.
"Tú también", ese "también" es la más incluyente de las políticas sociales de este país porque sí, a estas alturas cualquiera podríamos tener un desaparecido.
Tú también.
Tienes un desaparecido.
Tener.
La magnitud de esa contradicción me sacude el pensamiento y todo lo que hasta ahora articulaba como lenguaje de posesión sale volando. Porque en este caso tener es no tener, tener un desaparecido es no tener un cuerpo, no tener una certeza, no tener un muerto. Y tener un muerto sería mejor que esto».
Laura Ferrero: La narradora se cuestiona a sí misma si tiene o no derecho a contar esta historia, ella que no tiene un desaparecido. ¿Te sentiste alguna vez ilegítima?
Alma Delia Murillo: Muchísimo. Me juzgaba mucho a mí misma. Me sentía fuera de lugar. Hasta que una madre, Jacqueline Palmeros —cuya hija, Montserrat, aparece mencionada en el libro y fue finalmente encontrada sin vida—, me dijo: «Mi hija también es tu hija. Mientras la sociedad no entienda que los desaparecidos son de todos, esto va a seguir pasando». Eso me atravesó completamente. A partir de ahí entendí que, si no lo asumía también como algo propio, lo estaba haciendo desde un lugar equivocado.
«No es el dolor lo que sostiene a estas mujeres, sino el amor: una convicción que se repite como consigna en las marchas, cuando alguien pregunta por qué buscan y la respuesta es siempre la misma: porque aman».
En esta historia, los árboles funcionan como testigos, traductores y depositarios de la memoria. «Sostener que los bosques piensan no es un antropomorfismo», escribe Murillo, que sitúa lo vegetal en el centro de la novela sin humanizarlo ni convertirlo en un personaje parlante, sino respetando su lógica propia. Por eso se apoyó en investigaciones científicas —lecturas de autores como Stefano Mancuso— que muestran que las plantas poseen memoria, desarrollan mecanismos de defensa y se comunican mediante redes subterráneas.
Laura Ferrero: El libro dialoga con conceptos científicos como la dendrocronología, la epigenética o la inteligencia vegetal… como lectora a veces dudaba de si lo que leía era o no cierto. ¿Era esa la intención?
Alma Delia Murillo: Sí. Quería que el lector dudara. Porque toda la parte vegetal está basada en investigaciones científicas reales: las plantas reaccionan, se adaptan, las raíces se modifican… nos dan pistas. Por ejemplo, un cuerpo que ha sido violentado genera una reacción química distinta en la tierra que uno que muere de manera natural, y eso afecta directamente a la vegetación que crece sobre ese suelo. Hace poco incluso salió una investigación que mostraba cómo en zonas donde hay fosas clandestinas crecen flores amarillas debido al potasio que liberan los cuerpos. Eso está empezando a utilizarse como una señal para los colectivos de búsqueda.

Alma Delia Murillo. Crédito: Sergio H. Silva.
Cuando Marcos era niño, le dejaba cartas a su madre antes de ir a la escuela. Ahora, en sueños —el único lugar donde madre e hijo pueden encontrarse—, se le aparece para contarle dónde está, en qué sitio lo desaparecieron. La relación entre Ada y su hijo se construye en ese territorio intermedio entre la vigilia y el sueño, un espacio que la autora reconoce como central en su propia escritura, no en vano La cabeza de mi padre nació también de un sueño que le anunciaba la muerte próxima de su padre. Cuenta Murillo que, durante sus conversaciones con las madres buscadoras, siempre les hacía la misma pregunta: si soñaban con sus hijos. La respuesta era invariablemente afirmativa. Muchas relataban sueños que funcionaban como señales —nombres de calles, muros de un color preciso, puertas— que, con el tiempo, terminaban verificándose en la realidad.
Laura Ferrero: La narradora dice: «¿Estoy condenada a ser la única loca que valida sueños e intuiciones?». También «El error es no tomarse las intuiciones en serio. Lo sé, siempre lo he sabido».
Alma Delia Murillo: El mundo de los sueños roza inevitablemente lo mágico, lo místico. Siento que estábamos demasiado atados al paradigma científico, a creer solo en lo que se puede medir. Pero las intuiciones y los sueños también son una forma de conocimiento. Eso apareció mucho en mis entrevistas con las madres: sueños premonitorios que luego coincidían con hallazgos reales. Lo que aprendí conviviendo con los colectivos buscadores es una enorme capacidad de integración: integran dolor, amor, humor, vitalidad. Cuando llegan al lugar de la búsqueda, lo hacen arregladas, cantan después de llorar, sostienen una energía vital impresionante. Desde fuera solemos quedarnos solo con la dimensión oscura, pero hay también una dimensión amorosa y ferozmente viva. No es el dolor lo que sostiene a estas mujeres, sino el amor: una convicción que se repite como consigna en las marchas, cuando alguien pregunta por qué buscan y la respuesta es siempre la misma: porque aman.
Laura Ferrero: La búsqueda es también un elemento que cose ambas novelas, La cabeza de mi padre y Raíz que no desaparece.
Alma Delia Murillo: En La cabeza de mi padre la búsqueda estaba vinculada a una carencia íntima, a la ausencia del padre; en este libro se desplaza hacia una dimensión social y política. No siento que haya abandonado ese tema, sino que lo que cambia es la escala. Creo que la experiencia de la falta genera una sensibilidad particular hacia la incertidumbre, hacia lo que implica no saber dónde está alguien que amas. Sin equiparar dolores, ahí se produce una forma de conexión con quienes buscan. Son esos temas los que me tocan de manera más profunda.
«La escritura puede sumar algo, por pequeño que sea, para que esa memoria no se pierda. No se trata de una memoria oficial ni monumental, sino de una memoria delicada, sostenida por gestos, palabras, lecturas y afectos».
Laura Ferrero: Citas a Vinciane Despret, en A la salud de los muertos, que dice: «Los muertos solo están verdaderamente muertos si dejamos de darles conversación, es decir, conservación». La frase aparece como una clave de lectura para pensar la escritura no solo como relato, sino como una forma activa de cuidado de la memoria.
Alma Delia Murillo: Creo que escribimos para y con los muertos. Lo poco que podamos sumar a la memoria es importante, porque la memoria no es algo sólido ni estable: es frágil, casi como una mariposa que puede desaparecer en cualquier momento. En México, además, ha habido un intento sistemático de borrar incluso a los propios desaparecidos: se niegan las cifras, se recortan los registros, se intenta hacerlos desaparecer por segunda vez. Por eso los colectivos insisten en mostrar los rostros, en repetir los nombres, en marchar, en contarlos una y otra vez. Cuando grabé el audiolibro y tuve que leer la lista completa de nombres, no podía dejar de llorar: era como un canto por ellos, un gesto mínimo de restitución. Cada nombre, con sus dos apellidos, encierra una vida entera, una historia, una memoria. Creo que la escritura puede sumar algo, por pequeño que sea, para que esa memoria no se pierda. No se trata de una memoria oficial ni monumental, sino de una memoria delicada, sostenida por gestos, palabras, lecturas y afectos.
Laura Ferrero: Si ya es difícil salir, en general, de cualquier historia, de cualquier novela… ¿Cómo se sale de escribir una historia atravesada por tanto dolor?
Alma Delia: El año y medio que duró mi proceso de acompañamiento y trabajo de campo, desde que empecé a hacer las primeras notas, me enfermé de absolutamente todo. Tuve infecciones, fiebre, desequilibrios físicos, problemas en la piel, incluso temas renales. Hubo momentos en los que ya no podía más. Me empezó a dar miedo caminar sola, apagar la luz en la noche. Trabajar tan cerca de la muerte tiene consecuencias: no puedes convivir con los muertos y pretender que no te pase nada. Por eso entendí la importancia de poner distancia y de cuidarse. Otras periodistas y escritoras que trabajan con estos temas me advirtieron que, si no se establecen límites, el cuerpo empieza a enfermar de manera crónica. La terapia y el acompañamiento fueron fundamentales para sostener ese proceso.
Al final de estas páginas, una cita del poeta chileno Raúl Zurita recuerda que, si existe un solo desaparecido —en Sudamérica o en cualquier lugar del mundo—, todos los demás somos sobrevivientes. Una afirmación contundente que dialoga con otra pregunta, formulada por Roberto Fernández Retamar: «¿sobre qué muerto estoy yo viva?». Raíz que no desaparece no ofrece una respuesta, pero deja este interrogante abierto, como un eco que persiste.
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