Beatrice Salvioni por Júlia Peró: toda identidad comienza con la desobediencia
La rebeldía vuelve a encenderse en «La malacarne» (Lumen, 2025), donde Beatrice Salvioni, entrevistada en exclusiva para LENGUA por Júlia Peró, autora de «Olor a hormiga» (Reservoir Books, 2024), reafirma que toda identidad nace de un gesto de desobediencia. Francesca y Maddalena, las protagonistas de «La malnacida» (Lumen, 2023), regresan ya adultas, marcadas por la guerra y por esa vigilancia férrea del fascismo y el patriarcado que quiso disciplinar sus cuerpos y deseos. Pero lo que aflora en esta novela es precisamente lo contrario: nuevos impulsos, iras que despiertan, descubrimientos que se vuelven actos de resistencia.
Por Júlia Peró

Beatrice Salvioni en una imagen de 2023. Crédito: Getty Images.
Dos infancias en silencio y dos adulteces ensordecidas por la guerra: han pasado años desde La malnacida y Francesca y Maddalena han crecido. En La malacarne seguimos el rastro titubeante de esos cuerpos que el fascismo y el patriarcado quisieren domesticar, pero también sus nuevos deseos, sus nuevos descubrimientos, sus nuevas iras. Esta es una historia de formación pero también de resistencia. Porque crecer, para algunas, no fue solo cuestión de tiempo: fue cuestión de rebeldía.
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Júlia Peró: Es inevitable hablar de La malacarne sin hablar de La malnacida. De hecho, hay recordatorios de la primera novela salpicadas por el texto de esta segunda. Cuando escribiste La malnacida, ¿ya tenías en mente que habría una segunda parte o la idea surgió después?
Beatrice Salvioni: En realidad, mi intención inicial era que el final de La malnacida quedara abierto. No había pensado en escribir una continuación. Pero al presentar el libro en distintos lugares, surgía muchas veces la misma pregunta: «¿Qué crees que pudo haber sido de esas chicas al dejar de ser niñas?» Y claro, fue una pregunta que yo misma empecé a formularme también. Planteándome estas cuestiones, vi que merecía la pena volver a esos personajes, ver cómo iban a desarrollarse, a evolucionar. Verlas crecer, al fin y al cabo. En La malnacida, las protagonistas tienen doce o trece años. Pero en La malacarne quise abarcar un periodo de tiempo más amplio. El tiempo suficiente para permitirles convertirse en mujeres. Mi género preferido es la novela de formación, novelas que permiten a sus protagonistas crecer, aprender y encontrar su propia identidad. Ha sido bonito volver a hablar de Francesca y Maddalena. Es cierto que el final de La malnacida da un cierto sentido de esperanza —porque las dos están dispuestas a afrontar lo que venga después de lo que han vivido—, pero también deja la puerta abierta a una separación dolorosa. Y pensé que sería interesante que se volvieran a encontrar.
Júlia Peró: El nivel de detalle histórico y social es impresionante. ¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación? También lo pregunto porque se mencionan personajes que existen (Mussolini), pero luego otros que no (Salvatore Orlandi). ¿Dónde decidiste poner el límite entre la realidad histórica y la ficción?
Beatrice Salvioni: Cuando me refiero a mi obra, me gusta hablar sobre todo de una ambientación histórica, más que de una novela histórica, porque las novelas históricas tienen en el centro a protagonistas reales, es decir, a personas que sí que existieron realmente. Se parecen más, de hecho, a una especie de biografía. Estoy pensando, por ejemplo, en M. El hijo del siglo de Antonio Scurati, que habla de Mussolini, personaje conocido históricamente, de una forma más o menos novelada pero respetando los hechos. Yo, en cambio, me decanto por escribir novelas que dan voz a personas ficticias, pero las hago vivir dentro de un paisaje o tiempos históricos. La malacarne es mucho más histórica que La malnacida, en parte porque abarca un periodo de tiempo más amplio. En La malnacida, la historia se ubica entre el 1935 y el 1936, es decir, que no llega ni a un año. Sí aparece un contexto histórico como podría ser la guerra de Abisinia, pero se vive desde lejos. Sufrimos el luto por Ernesto, que muere en esa guerra, por ejemplo. En La malacarne, en cambio, nos encontramos en la Segunda Guerra Mundial. La guerra ya ha llegado a casa, tenemos nuevos mandamientos, nuevas rutinas, nuevas normas. El racionamiento, todas las tensiones, toda la censura que empiezan a sufrir los personajes, una censura que obviamente ya existía antes, pero que aumenta con la guerra, con el miedo. Es por ello que, en este segundo libro, ha habido mayor inversión de investigación, para ser capaz de realizarlo. Pero es un trabajo que me ha gustado mucho hacer.
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Júlia Peró: Hablando de acoso… En tus novelas parecen librarse dos guerras: la del fascismo y la del patriarcado. Las mujeres, en tu historia y en la nuestra, han pertenecido a los hombres. Aun así, has querido representar a mujeres indóciles, que se saltan las reglas y rompen con lo que se espera de ellas. ¿Por qué te interesaba contar la historia desde esa rebeldía «femenina»?
Beatrice Salvioni: Son historias que siempre me han gustado. Se dice que cuando escribimos, los escritores y escritoras solemos hablar siempre de las mismas historias. Y esto es en parte cierto, es decir, siempre hay algo que nos atormenta, algún núcleo alrededor del cual vamos dando vueltas. Hay un escritor que me gusta mucho, Marco Missiroli, que lo llama «estructura sentimental». Es decir, que quizá será un argumento, será un tiempo, serán unos personajes distintos, pero el tema acabará siendo el mismo en todas nuestras novelas. En mi caso, creo que tengo una obsesión con el hecho de que se nos arrebate la voz, que a las mujeres nos dejen sin voz, que nos corten la lengua, por así decirlo. Y yo creo que mis personajes siempre van a parar allí.
«Quería desligarme de ese relato al que nos han acostumbrado, de las madres como seres perfectos, de la maternidad como un lugar de autorrealización, de felicidad. Quería dar voz a otras cosas, como las dificultades en la maternidad, como la depresión postparto (...)».
Júlia Peró: Quien sabe bien qué es una voz arrebatada son las madres, ¿no crees? En tus novelas, de hecho, estas tienen un papel complejo: a menudo distantes, rechazan a las hijas, se niegan a cuidar del resto o a actuar como se espera de ellas. ¿Por qué te interesa mostrar esas relaciones maternofiliales tan tensas?
Beatrice Salvioni: Cuando voy a presentar el libro, muchas veces mi madre me acompaña y siempre me dice: «por favor, diles que las madres de tus novelas no están inspiradas en nuestra relación». Así que me veo con la obligación de mencionar que, aparte de las típicas peleas y las típicas discusiones con una madre, ninguna de las madres de La malacarne está inspirada en la mía (ríe). Ya sé que ahora no está aquí, ¡pero si no lo digo me van a silbar los oídos! El caso es que los gestos maternos, los papeles maternos relacionados con el cuidado y el cariño, en el libro están representados por personajes que no son las madres biológicas. Tenemos, por ejemplo, a Carla, que en el primer libro es la sirvienta y se encarga de cuidar de Francesca, y en el segundo, aunque ya ha podido independizarse de su cargo, sigue maternando. En cambio, las madres de sangre son las menos «madres». Tanto Maddalena como Francesca sufren las consecuencias. Me viene a la mente cómo Simone de Beauvoir representa a las madres en El segundo sexo. Y es que para la madre de Francesca, su hija es una extensión de sí misma, y en el momento en que deja de serlo, en el momento en que ya no puede controlarla, su hija pasa a ser su enemiga. Con esta imagen es como nace el personaje de la madre de Francesca. Pero tanto ella como la madre de Maddalena, en realidad, de un modo u otro, también son víctimas de la sociedad en la que viven. También es cierto que quería desligarme de ese relato al que nos han acostumbrado, de las madres como seres perfectos, de la maternidad como un lugar de autorrealización, de felicidad. Quería dar voz a otras cosas, como las dificultades en la maternidad, como la depresión postparto, como ese sentimiento de infelicidad que parece que no podemos exteriorizar pues parece que eso no encaja con el estereotipo de «madre perfecta». Pero esa sensación aparentemente incorrecta es parte de la vida real.
Júlia Peró: Por otro lado, también abordas la masculinidad y su constante romantización de la guerra. ¿Querías poner en evidencia la fragilidad y la violencia que se esconde detrás de este heroísmo masculino? Ese deseo de ser un héroe, ese juego de la guerra.
Beatrice Salvioni: Totalmente. Yo creo que eso tiene que ver con la manera en cómo se educa en ciertos tipos de masculinidades o en cómo se enseña la violencia. En calidad de poder, de venganza o como única manera de conseguirse el honor. Y eso, sin duda, sucedía durante el régimen fascista y, además, de una manera difundida y reticular, que afectaba a todos y a cualquier clase social. Como si para conseguir ese honor uno tuviera que ir a la guerra, ser lo suficientemente «hombre» para ir a la guerra. Y ese era el tipo de propaganda que se difundía y de la que era difícil escapar. De querer huir de esa violencia masculina surgen personajes como Noé, que están en clara oposición con esos ideales. Noé piensa que el honor puede surgir de otros sitios muy distintos a ese.

Beatrice Salvioni. Crédito: Getty Images.
Júlia Peró: De hecho, hay momentos puntuales en la novela en los que se ridiculiza precisamente estos ademanes violentos. A menudo caricaturizas los gestos vacíos del poder, como los saludos fascistas obligatorios o ciertas leyes estrafalarias. Pienso en una escena de La malacarne en la que la secretaria de la Casa del Fascio no deja de levantarse para hacer el saludo fascista, una obligación que le impide desempeñar correctamente su trabajo. Ese absurdo.
Beatrice Salvioni: De hecho, en todos los regímenes vemos rituales, costumbres, saludos, incluso uniformes que parecen disfraces... Con esta retrospectiva podemos decir que sí, que todo eso era ridículo. Y seguramente en esas épocas muchos también lo creían. Lo que pasa es que obviamente no podían contradecirlo. Pero creo que es oportuno actualmente hablar del fascismo con esta nota de ridiculez, porque así lo fue en su momento. Desgraciadamente, en Italia todavía hay grupos que veneran el fascismo, que hacen el saludo, que recuerdan esa época con respeto. Afrontar el fascismo y sus regímenes con este tinte cómico es lo que quizás nos ayuda también a desmantelarlos. Hay algunas historias muy bonitas que hablan del fascismo siempre tomándole un poco el pelo. Ahí la película Amarcord de Federico Fellini, en la que se presenta a los fascistas como bufones, como seres ridículos. Podríamos decir que la carcajada puede ser una buena arma contra el fascismo.
Júlia Peró: También retratas la hipocresía fascista: los que predican la guerra pero no la combaten, los que comen bien mientras el pueblo pasa hambre. ¿Te interesaba señalar la banalidad del mal? Esa idea de Hannah Arendt sobre cómo atrocidades enormes pueden cometerse por personas aparentemente normales que actúan simplemente por egoísmo, conformismo o indiferencia moral.
Beatrice Salvioni: ¡Sí, sí! Y ese conformismo seguramente quien lo encarna a la perfección es el padre de Francesca, que decide no actuar, no ayudar. Es realmente el tipo de ciudadano más cómodo para el régimen. No es un fanático como otros, pero aunque se dé cuenta de lo que sucede, no dice nada, se acomoda. Él tiene el carné del partido, pero no porque sea fascista, sino porque de esa forma sabe que venderá más sombreros en su empresa. Y es, de hecho, gracias a este tipo de personas que estos regímenes llegan al poder. Hasta que coge el testimonio de la hija o se inspira en ella, y entonces vive una evolución. Se muestra más valiente de lo que él jamás había sido. Me gustaba esa idea también: a veces son las hijas las que inspiran a los padres y no al revés.
«El camino que hacen Francesca y Maddalena en el que van descubriendo su sexualidad, su atracción, es bastante solitario. Hay muy pocas ocasiones en las que sus caminos se entrecruzan. Y hacerlo sola, descubrirte sola, asusta más».
Júlia Peró: Ahora que lo mencionas, hablemos de valentía: En La malnacida se repetía la frase «llorar es de tontos», pero en La malacarne esa idea se desmonta. ¿Querías reflexionar sobre cómo nos han educado respecto al miedo? Al final, la valentía tiene un matiz triste: nadie debería verse obligado a ser valiente para existir. ¿No?
Beatrice Salvioni: Yo creo que eso también tiene que ver con las mentiras que nos contamos a nosotras mismas cuando vamos creciendo. Esa frase, «llorar es de tontos», la dice constantemente la Maddalena niña, y se la dice al resto también. Pero no deja de ser un mecanismo para sobrellevar lo que le está ocurriendo. Un arma de defensa. Maddalena, seguramente, está tan acostumbrada a llorar y ver que no le sirve de nada que acaba por creerse esta frase. Pero no toda la culpa reside en Maddalena, porque esa frase también nos la decían nuestros padres. También se nos enseña así, sobre todo a los niños: «No llores, no llores, es de niñas» o «Deja ya de llorar o te voy a dar yo un motivo para que llores». En La malacarne se demuestra que eso no es así. Pero es una verdad que nos llega un poco tarde, cuando ya hemos crecido, cuando nos hacemos mayores y cuando somos más conscientes de nuestras vulnerabilidades.
Júlia Peró: Hay cierta homofobia interiorizada en algunos personajes, producto de una sociedad represiva y prohibitiva. ¿Fue importante para ti reflejar esa tensión entre deseo y culpa?
Beatrice Salvioni: ¡Sí! Quería explorarlo. Ya en La malnacida existía cierta atracción entre Francesca y Maddalena, pero allí es mucho más subyacente. Al final, aún son niñas y están descubriendo el mundo. Francesca justo está viendo qué sucede con su cuerpo respecto a Noé, respecto a Maddalena… el deseo se sobrentiende pero no acaba de aflorar del todo. En cambio, en La malacarne Francesca ya ha crecido y lo vemos más claro. Aunque solo hasta cierto punto, ya que la historia transcurre en los años cuarenta, una época en la que no se hablaba abiertamente de homosexualidad, y mucho menos entre mujeres. De hecho, a los que eran homosexuales se les llevaba lejos. Se los confinaba en islas. Como hacían con los confinados políticos, igual. Mussolini lo hacía porque creía que la homosexualidad negaba su ideal de masculinidad, ese ideal que quería reflejar el régimen. De hecho, hay una novela coral, de varias voces, que habla del exilio homosexual en las islas. L'isola dei femminielli de Aldo Simeone. Así que, si para los adultos ya era difícil mostrar ese tipo de atracción, mucho más difícil lo era para una niña o una adolescente. De hecho, sigue pasando a día de hoy. Y si encima naces en una familia que es homófoba, pues ya ni te cuento. Ahora, al menos, hay más referentes queer en películas, series, libros… de alguna manera podemos encontrar más espacios donde reconocernos. Antes no había nada donde reflejarte, por eso me parece importante representarlo en mis novelas. Aun así, el camino que hacen Francesca y Maddalena en el que van descubriendo su sexualidad, su atracción, es bastante solitario. Hay muy pocas ocasiones en las que sus caminos se entrecruzan. Y hacerlo sola, descubrirte sola, asusta más.

Beatrice Salvioni. Crédito: Getty Images.
Júlia Peró: En medio de tanta oscuridad, a menudo aparece el humor o el cariño. ¿Crees que pueden ser también formas de resistencia?
Beatrice Salvioni: Sí, absolutamente. Hay distintas formas de amor y de afecto en la novela, y una de ellas va acompañada de la broma cariñosa. En esa época había pocos momentos que propiciaban la risa, así que los personajes buscan esos momentos, esos espacios en los que poder reírse, en los que poder bailar, en los que poder recordar que somos humanos. Y eso, sin duda, es una forma de resistencia.
Júlia Peró: Para mí, la religión, la fe y la superstición están entrelazadas: no hay religión sin fe, no hay fe sin superstición. Es curioso porque en tus novelas hay mucha superstición (maleficios, actos hechos por si acaso…) y hay también personajes más prácticos que supersticiosos, como Noé, que no cree en Dios. Otros, en cambio, se aferran a su fe para sobrevivir, como Francesca. ¿Cómo dialogan esas dos posturas y qué papel desempeñan religión, fe y superstición en la novela?
Beatrice Salvioni: Es verdad. Son temas que me encanta explorar, sobre todo sus distintas posiciones, sus distintas maneras de creer en algo, porque no hay una única manera de tener fe. A mí lo que me gusta verdaderamente es explorar lo que es la fe auténtica. En contraposición de lo que sería una fe más supersticiosa, más miedosa. Esa fe que es como una performance, como una costumbre vacía o como una manera de mostrar quién eres delante del resto. Porque en esa época el fascismo y la religión estaban íntimamente unidas.
Júlia Peró: De hecho, en las escuelas colgaban el retrato del Duce junto al de Cristo.
Beatrice Salvioni: Exacto. Y esa fe a mí me parece una forma de adaptación al entorno, una forma de aparentar. En La malnacida salen dos iglesias, una es la catedral, que es donde van a misa los señores con poder económico. Los primeros bancos son negros porque están reservados a los fascistas. Allí la fe claramente es una pantomima, una función, algo que representar. No hay nada sincero o sentido. La otra iglesia es la de San Gerardino, que es más pequeña, más humilde, donde va la gente de pocos recursos. Allí sí que se siente de verdad la fe. En La malnacida nos encontramos con el personaje de Ernesto, que es alguien que vive de manera auténtica su fe, sus actos son coherentes con su comportamiento en la vida.
«El poder mágico de las palabras puede ser una trampa si no se tiene conciencia de dónde, con quién y en qué contexto se utilizan. Las palabras están en el centro de la vida de una. Es un poder que me fascina».
Júlia Peró: Francesca primero es gobernada por sus padres, luego por Maddalena y luego por el fascismo. Es difícil saber quién eres cuando estás creciendo si debes adecuarte a lo que quiere el resto. ¿Qué significa para ti encontrar la voz propia?
Beatrice Salvioni: Mis dos novelas giran alrededor de esta idea, la de encontrar una voz. Pero claro, esto es un proceso complejo porque, en el caso de Francesca, primero tiene que luchar contra la instrucción que es la familia, concretamente contra lo que le ha enseñado su madre, y luego luchar contra la sociedad misma, contra el régimen. Y ese proceso también pasa por hecho de tener que librarse de la voz de Maddalena, de independizarse de ella. Es verdad que Maddalena es la primera que le enseña a rebelarse, a buscar este espacio donde ella pueda encontrar su propia voz. Pero Francesca corre el riesgo de acabar escuchando solo la voz de su amiga. Por eso, en La malacarne, el proceso de Francesca es el de librarse de esa voz que tiene en la cabeza —que no deja de ser la voz de Maddalena—. Una voz que la lleva a pensar en no poder existir sin Maddalena. Lo curioso es que, como en La malacarne pasan años sin verse, la voz de Maddalena que tiene Francesca en la cabeza es la voz de la Maddalena niña, la de trece años. Por eso, poco a poco, Francesca va recuperando su voz, su deseo de encontrar una voz propia. Empieza a entender que puede caminar sola sin Maddalena. Y debe ser así, porque los vínculos, los lazos estrechos con alguien, no deben nacer de la obsesión. La única manera de vivir un amor de forma sana es que cada una pueda tener su independencia, su propia identidad.
Júlia Peró: Claro, porque las voces... Bueno, esto que voy a decir es una exageración, pero siento que las voces de Maddalena y de Mussolini tienen algo en común: tienen un poder casi hipnótico, capaz de inspirar o destruir. ¿Querías reflexionar sobre el poder de la palabra?
Beatrice Salvioni: De hecho, sí. Las palabras son muy poderosas, ¿no? ¡Si no, quizá no seríamos escritoras! (ríe). Me gustan las historias que hablan del poder de las palabras, incluso relacionarlo con algo de brujas: en la novela se maldice, parece que se pueda hacer el mal solo pronunciándolo, como también podríamos plantearnos que podemos hacer el bien solo pronunciándolo. El poder mágico de las palabras también puede ser una trampa si no se tiene conciencia de dónde, con quién y en qué contexto se utilizan. Las palabras están en el centro de la vida de una. Es un poder que me fascina. Igual que me fascina ver cómo la lengua va cambiando. La lengua como un ser vivo.
Júlia Peró: No quiero terminar esta entrevista sin preguntarte lo que muchas van a preguntarse al terminar La malacarne: ¿Leeremos una tercera parte de esta historia?
Beatrice Salvioni: No lo creo… Me he cansado de escribir esta historia. Sé que podría ser interesante continuarla después de La malacarne, pero creo que hacerlo podría arruinar la historia. No quiero que una tercera novela se convierta en esa temporada fallida de una serie cuya calidad acaba por decaer.

