El origen de la criada: el día en que Margaret Atwood imaginó Gilead
A lo largo de «Libro de mis vidas» (Salamandra, 2025), Margaret Atwood revisita los paisajes que modelaron su imaginación -los bosques de Quebec, las aulas universitarias, los viajes y los silencios- para iluminar el origen de una voz que ha marcado la literatura contemporánea. Su relato avanza con la naturalidad de quien reconoce que toda vida es, en realidad, una serie de historias posibles: la niña nómada que aprendió a leer entre árboles y libélulas, la joven que descubrió en la escritura una forma de resistencia, la mujer que convirtió sus obsesiones en mundos narrativos tan deslumbrantes como inquietantes. En estas memorias, Atwood no sólo reconstruye su itinerario creativo; también reflexiona sobre el poder, la identidad y la libertad, raíces profundas de obras como «Ojo de gato», «El asesino ciego» o «Alias Grace». El resultado es un retrato lúcido y humano de una autora que ha hecho de la imaginación un instrumento para comprender y desafiar el mundo. El extracto que publicamos en LENGUA en exclusiva se centra en el instante decisivo en que Atwood, recién llegada a Harvard en 1961, empezó a concebir «El cuento de la criada» (1985): un germen surgido del rigor académico, los ritos del campus y las sombras históricas que descubrió en la silenciosa Biblioteca Widener.
Por Margaret Atwood

Hollywood, California, abril de 2017. Margaret Atwood en la premier de la adaptación televisiva de El cuento de la criada (2017-2025). Crédito: Getty Images.
En septiembre de 1961 me marché a Cambridge para empezar el doctorado en Literatura Victoriana de Harvard. En realidad, todavía era el programa de doctorado de Radcliffe, porque las escuelas de posgrado de Harvard y Radcliffe no agruparon al alumnado hasta el curso siguiente, aunque, aun así, todos hacíamos las mismas asignaturas.
Nunca había montado en avión y me dediqué a mirar por la ventana las nubes y el paisaje que se desplegaban ante mí, embelesada. Pero, debido a un problema con los aviones (¿había huelga?), no pude volar directamente a Boston. Tuve que ir a Nueva York y luego coger un tren destartalado, de los de antes de que existiera la compañía Amtrak.
No había maletas con ruedas, así que había que arrastrarlo todo. Habría podido contratar a un mozo, pero no sabía cómo, y, de todos modos, iba justa de presupuesto. Juré que no volvería a viajar a ninguna parte con equipaje que pesara más de lo que podía manejar. Cuando llegué al destino, Cambridge me decepcionó un poco. No se parecía a la ciudad del siglo XVIII de mi imaginación: no tenía candiles ni carruajes tirados por caballos. Aunque puede que estuviera demasiado cansada para valorarlo. Era una chica delgada y pálida; de hecho, volvía a estar anémica, como unos años atrás, en primero de bachillerato. E, igual que entonces, estaba en un lugar extraño con apenas una vaga idea de qué se suponía que debía hacer, a punto de mezclarme con un puñado de desconocidos.
Para quienes sientan curiosidad médica: había cogido anemia aquel verano, debido a una enorme pérdida de S-A-N-G-R-E, como habría dicho nuestra profesora de Salud de mi primer año de instituto. Desde la terrible experiencia de mi madre cuando yo tenía nueve años, las sábanas manchadas de sangre me resultaban aterradoras. Mis padres estaban en el norte en aquella época, así que no podía consultarle a mi madre qué pasaba. Al principio pensé que la sangre se debía a una regla mucho más abundante que de costumbre, pero al ver que no paraba, me fui sola al hospital. ¿Iba a morir desangrada? Resultó que tenían que quitarme un pólipo, y no fue el último: era una persona dada a crear pólipos.
Pese al hígado frito estropajoso que había estado comiendo y a las pastillas de hierro que había tomado el resto del verano, continuaba débil, y cargar con el equipaje fue todo un reto. Jadeando, arrastré la maleta hasta los peldaños de entrada de la residencia femenina de estudiantes de doctorado que me habían asignado. Estaba en una callecita llamada Via Appia, que, tal como sabía a partir de mis estudios de latín, antaño había sido un emplazamiento destacado en Roma para las tumbas de los aristócratas. Enfrente de la Via Appia de Cambridge estaba el Radcliffe Yard, el patio donde acababa de fundarse el Instituto Radcliffe para Estudios Independientes. Proporcionaba becas para mujeres, tanto estudiantes de doctorado como artistas, y en poco tiempo impulsó a una generación de feministas y creadoras muy activas de cierta edad, como Betty Friedan. Por entonces yo ni siquiera había oído hablar de esto.
Mi residencia se llamaba «Casa de las Fundadoras» (¿qué habían fundado?). Era un edificio de listones blancos al estilo de Nueva Inglaterra, con un montante en forma de abanico encima de la puerta. Tenía un salón en la parte delantera, que era donde se realizaban los seminarios, un teléfono de pared y una cocina compartida. Mi habitación era una de las dos que había en la tercera planta. Se llegaba por una empinada escalera de madera con una barandilla hecha con un cordón grueso, como en los barcos. Allá que fui, y a la postre allá que fue también conmigo mi maleta, después de sacar unas cuantas cosas para que pesara menos. Contaba asimismo con un pequeño baúl metálico que había enviado con un autobús Greyhound. A lo largo de mis años en Harvard, durante los trayectos de diez horas de ida y vuelta a Toronto, pasando por Búfalo, llegué a acostumbrarme al interior cargado de humo de aquellos buses. La gente fumaba White Owls, los peores de todos. Aún llevo dentro la peste de ese tabaco, unido al olor a cloro y a excremento de los lavabos de las paradas técnicas que hacíamos en ruta.
En cada una de las habitaciones de la tercera planta había dos estudiantes de doctorado. Cada habitación tenía dos camas individuales, atornilladas al suelo, de nuevo, igual que en los barcos, y dos escritorios con flexos. Las cuatro estudiantes de la tercera planta compartían un baño con una bañera enorme. Te puedes imaginar los atascos que se producían.
Mi compañera de habitación resultó ser una estudiante de Historia del Arte de pelo rizado llamada Mary Irving Carlyle, con acento de Carolina del Norte. (Seguimos siendo amigas, aunque vivimos muy lejos.) Mi cita favorita de aquel año:
Mary Irving: Una vez mi padre se presentó en la lista del partido liberal en Winston-Salem, en Carolina del Norte.
Yo: ¿Lo eligieron?
Mary Irving: ¡Peg-gie, en aquella ciudad no podían elegirlo ni basurero!
- ¡En oferta!
Ver más
En Cambridge y Boston, el acento de influencia neoescocesa pasaba desapercibido, pero el fuerte acento de Carolina del Norte de Mary Irving sí que llamaba la atención. La gente no paraba de decirle que tenía un acento muy mono, y que ella era muy mona (de hecho, era guapísima), y le pedían que repitiese todo lo que decía. Al final se cansó y me pidió que le enseñara a hablar con acento de Canadá.
Intenté que repitiera algunas palabras tal como yo las pronunciaba. Nada. Imposible.
Su acento era incorregible. Tenía que resignarse a ser mona.
Enfrente del pasillo había dos estudiantes de Biología que se llamaban Paula y Davida, ambas de Queens, Nueva York, y que solían saludar con desparpajo por la ventana cada vez que pasaba James Dewey Watson, el que se llevó la fama por la doble hélice de adn. Cuando ellas pronunciaban sus nombres, decían «Paule» y «Davide». A Paule, rubia y simpática, le gustaba patinar sobre hielo. Davide, más bajita pero igual de simpática y morena, sería dueña de un caballo de carreras en el futuro. La gente me pregunta si las estudiantes de doctorado de entonces nos sentíamos pioneras, osadas o asediadas, o cualquier otra emoción feminista virtuosa que los más jóvenes esperan que sintiésemos. No, no era así. La segunda oleada feminista aún estaba por llegar. Como mucho, nos sentíamos como jugadoras de póquer. Juega con la mano que te hayan dado y ya veremos qué sale luego. Personalmente, yo no me preocupaba demasiado por mi supuesto futuro académico, porque en secreto era escritora.
No podía vestirme como una poeta en mi nuevo entorno académico: nada de negro bohemio y, sobre todo, nada de medias negras. Si los académicos de Harvard se enteraban de mis actividades literarias, me mirarían con recelo: los poetas no eran doctorandos serios. Los pantalones de tela y los vaqueros estaban descartados. Tenía que disfrazarme con gruesos trajes de tweed. Llevaba zapatos cómodos con tacón bajo, o Hush Puppies, una especie de zapatos planos para caminar que parecían de ante. Me compré un abrigo de tweed especialmente poco atractivo con el que correteaba por Cambridge, con la esperanza de parecer intelectual e intimidante.
Mi intuición fue buena. Mi compañera Ilse Sedriks, una estrafalaria pelirroja de Letonia, llevaba enaguas color escarlata que se veían por debajo de las faldas vaporosas, con pintalabios a juego. Una vez nos negaron la entrada a un seminario que se celebraba en una residencia masculina porque el portero pensó que éramos chicas de la noche. Ilse tuvo que ir al despacho del decano de Radcliffe, donde le dijeron que o cambiaba su forma de vestir o si no... Le pareció divertido, pero se quitó las enaguas. O si no, ¿qué?, me pregunté. ¿De verdad habrían expulsado a Ilse porque se le veía la ropa interior roja? Sí. Lo habrían hecho.
Paule y Davide solían agenciarse alcohol de los laboratorios de biología y lo mezclaban con unos polvos asquerosos que se suponía que tenían que darle sabor a ginebra, martini o whisky. Me cogieron por banda: sabían reconocer al vuelo a una chica a la que le hacía falta espabilarse. Me enseñaron a rizarme el pelo con unos rulos anchos o con latas de refresco de naranja vacías después de embadurnármelo con un gel llamado Dippity-Do: así lo tendría menos encrespado y no me parecería tanto a la novia de Frankenstein, insinuaban. Me hablaron del Sótano del Filene, la planta subterránea de unos grandes almacenes donde podías conseguir ropa de marca tirada de precio, aunque tenías que probártela en el pasillo, porque no había probador. Me contaron cuál era el mejor sitio para comprar helados de cucurucho, donde debía pedir que le pusieran algo que llamaban «jimmies», que era un nombre muy raro que empleaban en Cambridge para las virutas de chocolate. Me contaron que el Mr. Bartley’s Burger Cottage, que había abierto el año anterior, era un restaurante decente y económico. Me presentaron los postres de Sara Lee; más tarde llamé a una de las tías de El cuento de la criada «Tía Sara» en honor de esa marca. Todas las Tías de la novela tienen nombres de productos dirigidos a las mujeres.
Mi madre me había dado unas cuantas recetas de la época de la Depresión para cocinar barato, como albóndigas de arroz con salsa de sopa de tomate, o fideos con atún de lata y queso al horno.
«Feh», dijo Paule en yidis. (Después de haber trabajado en el campamento White Pine, sabía que feh significaba «puaj».)
Comía otras cosas feh. Yogures con verduras, por ejemplo. Creo que ya no los fabrican, y hay motivos para ello. La parte positiva es que Mary Irving me introdujo en el mundo de los aguacates: a esas alturas habían llegado al sur y empezaban a filtrarse en el norte.
Tiempo después, Davide, a quien le encantaba adivinar el futuro leyendo la palma de la mano, miró la mía y me dijo dos cosas. Primero, que debía tener cuidado con querer abarcar muchas cosas dispares a la vez. Hasta ahí, ninguna sorpresa. Segundo, que sería muy famosa por algo, pero Davide no sabía el qué. Comparto estos augurios por si sirve de algo, y añado que más adelante también me aficioné a leer la mano. No hay motivos racionales para que funcione, pero a menudo ocurre: es probable que sea por el principio del test de Rorschach. En cualquier caso, es un entretenimiento genial para las fiestas, salvo que por casualidad veas la muerte inminente en la mano de alguien. Eso siempre me lo callo.
Debajo de nosotras en la Casa de las Fundadoras vivía, entre otras, Josephine, una estudiante de Sánscrito mayor que el resto, que estaba obsesionada con los gérmenes y tapaba o lavaba cualquier superficie que pudiera haber tocado otra persona, y que creía que los insectos se generaban por la acción del sol sobre el barro. También había una chica que iba a la clase de posgrado de Psicología de Timothy Leary y formaba parte del Proyecto de Psilocibina de Harvard, cuando los experimentos todavía estaban más o menos controlados y antes de que Leary se encendiera, se pusiera hasta arriba y lo dejara todo. Todavía no había empezado a proporcionar drogas psicodélicas a la ligera entre estudiantes que luego saltaban de puentes porque creían que podían volar.
—Hoy he visto a Dios —me dijo esa chica una tarde, como si nada, mientras me preparaba una vieira que me había comprado para cenar.
Las vieiras eran un capricho, pero no podía permitirme más de una cada vez. Tal vez dos si me sentía especialmente generosa.
—¿Y qué aspecto tenía? —le pregunté—. Me refiero a Dios.
—Bastante bueno.
—¿Vas a repetir?
—No —respondió—. Con una vez basta.
Mucho más tarde llegué a la conclusión de que quienes mandaban nos habían puesto a los bichos raros en la Casa de las Fundadoras en lugar de en la residencia femenina principal porque teníamos más probabilidades de tolerarnos unas a otras que si nos hubieran arrojado entre los frutos de los colegios privados femeninos de Nueva Inglaterra. ¿Bichos raros? Pero no en plan peligroso. Bueno, digamos «especialitas» por lo menos: las sureñas, las judías de Nueva York, las de creencias biológicas atípicas, las aturulladas por las drogas, las canadienses. Ésas.
«Me presentaron los postres de Sara Lee; más tarde llamé a una de las tías de El cuento de la criada "Tía Sara" en honor de esa marca. Todas las Tías de la novela tienen nombres de productos dirigidos a las mujeres».
Una noche, mientras Mary Irving y yo estábamos bien arropadas en la cama viendo como nos bailaban en la cabeza visiones de los seminarios, Mary se despertó de repente.
«¿Peg-gie? ¿Eres tú?», preguntó.
No era yo: era un hombre, plantado en nuestra habitación. Salió por la ventana abierta. La ventana estaba en la tercera planta, con una pared vertical y sin saliente. Posiblemente hubiese descendido desde el tejado: debía de ser atlético.
Colocamos cerrojos en la ventana de guillotina, que permitían que la hoja se subiera, pero no lo suficiente para que alguien se colara. Lo más probable era que aquel hombre buscase nuestras carteras (había habido una oleada de hurtos nocturnos en la residencia femenina principal). Durante los cuatro años que pasé en Cambridge, algunas chicas dejaron las ventanas sin cerrojo y no tuvieron tanta suerte como nosotras: acabaron muertas.
«Santo Dios», dijo Mary Irving cuando el hombre huyó.
Eso estrechó nuestra amistad. Nada une tanto como salvar un peligro.
No tardamos en descubrir que nuestra pequeña residencia femenina de madera era como un faro que atraía a toda clase de tipos repugnantes. Trepaban por la fachada como las moscas de la fruta por un melocotón. Hacían llamadas obscenas al teléfono del pasillo; tiempo después, las residentes pusieron un silbato al lado del teléfono, para poder soltar pitidos que reventaban el tímpano de quien llamara.
Había una salida de incendios que terminaba justo al otro lado de la ventana del cuarto de baño; siempre dejábamos la persiana bajada, pero la ventana podía abrirse un poco por la parte inferior para que circulase el aire. Una vez, un día de mucho calor, yo estaba en la bañera leyendo La nave de los locos, de Katherine Anne Porter, cuando una mano se coló por la ventana y empezó a palpar por dentro de forma furtiva. ¿Debía cerrarle encima la ventana de guillotina?, me pregunté. Pero para eso tenía que salir de la bañera. Además, tendría que levantar la persiana, desnuda como estaba. Y si el asqueroso quedaba atrapado, con la mano dentro y el resto del cuerpo fuera, ¿quién sabe qué pasaría? ¿Un cristal roto? ¿Cortes en la muñeca? ¿Sangre? ¿Gritos?
Al cabo de un rato, la mano desapareció. Es lo mejor que te puede pasar si hay una mano sin cuerpo cerca.
Una vez atrapamos a uno de esos asaltantes: lo acorralamos en la azotea, a plena luz del día. Le impedimos escapar colocándonos en el césped, al que podría haber bajado, y luego llamamos a la policía, que, en efecto, acudió. (En aquel entonces, la policía de Cambridge tendía a ser permisiva.) Lo arrestaron. Según él, se había peleado con su mujer y había buscado un lugar tranquilo en el que reflexionar, en lo alto de nuestro edificio. Salió en libertad provisional bajo fianza. Cuando llegó el día del juicio, un grupo de estudiantes de esa residencia nos plantamos en la sala del tribunal, incluida la estudiante de Sánscrito, Josephine. Se quedó horrorizada cuando el retraso que acumulaban los tribunales nos llevó a acercarnos a comer a un puesto de comida rápida, y tuvo que elegir entre el hambre y los sándwiches llenos de gérmenes que vete tú a saber quién había tocado.
El hombre no se presentó a la vista. Más tarde, la policía nos contó que tenía unos antecedentes penales más largos que un día sin pan: entre otras cosas, por allanamiento de morada y por robo con violencia. Confiábamos en que se hubiera ido muy muy lejos.
Las cosas se pusieron serias con el tema de los asaltantes cuando el Estrangulador de Boston empezó con sus asesinatos en serie en la primavera de 1962, dejando un rastro de mujeres muertas en sus propias casas. El pánico se apoderó del campus. Corrían toda clase de rumores: que sólo estrangulaba a enfermeras, que sólo estrangulaba a enfermeras aficionadas a la música, que colocaba naipes ordenados alrededor de los cadáveres, que estaba metido en un culto satánico que hacía sacrificios humanos, que era más de una persona...
Como mujer precavida vale por dos, aquel otoño me apunté a clases de judo para mujeres. Nos poníamos kimonos de judo blancos y nos tirábamos las unas a las otras sobre el tatami con bastante decoro, procurando no hacernos daño. «¿Puedo tirarte al tatami?» «Sí, estoy preparada.» «Gracias.» Flop. Un día vino a nuestra clase un instructor de judo profesional. Nos dio dos consejos: 1) La estructura del esqueleto masculino no es igual que la del esqueleto femenino. Los brazos de los hombres son rectos desde el codo, mientras que los femeninos se curvan en ese punto. La pelvis también tiene otra constitución. Así es como distinguen el sexo de los esqueletos prehistóricos que desentierran. Por lo tanto, si empleas con mujeres llaves que normalmente les harías a los hombres, puedes romperles un brazo u otra parte del esqueleto. 2) No pongas en práctica el judo en la calle. Puede que la otra persona sepa más judo que tú. Si un tío te ataca, y cito: «Dale una patada en los huevos y corre como alma que lleva el diablo.»
Mary Irving y yo teníamos muy presente aquel consejo cuando nos fuimos de aventura a Nueva York. Nuestro objetivo era visitar el Met Cloisters (al fin y al cabo, Mary Irving estudiaba Historia del Arte) y cumplimos nuestro propósito. Nos alojamos en un hotel tirando a barato y nos desplazábamos en taxi siempre que podíamos porque Mary estaba convencida de que Nueva York estaba llena de peligrosos ladrones que nos robarían el bolso, así como de maníacos homicidas dispuestos a matarnos. Bajábamos del taxi y entrábamos zumbando en nuestro destino, no fuera a ser que nos topásemos con esos criminales.
Al principio, yo le quitaba hierro a sus miedos, pero era obvio que por la calle se oía gritar a mucha gente, a veces al aire, a veces a los desconocidos que pasaban. Nunca me he encontrado con tantos así como entonces en Nueva York. ¿Los atraíamos debido a la fuerza de nuestras ansiedades? Sin embargo, ninguno nos echó el guante. Corríamos como el rayo.

Margaret Atwood en una imagen de 1988, tres años después de la publicación original de El cuento de la criada. Crédito: Getty Images.
La casa ilustrada de la Democracia
La Casa de las Fundadoras, que más adelante fue desmantelada y sustituida por la Biblioteca Gutman, se convirtió en uno de los modelos en los que se inspira la casa del Comandante de El cuento de la criada. De hecho, todos los edificios de la novela existen en Cambridge, o existían entonces. Los atuendos de las Criadas salen del cine Brattle, rebautizado como Azucenas Silvestres. La tienda Pergaminos Espirituales para las plegarias automatizadas se hallaba en la librería Harvard Coop. El servicio secreto (los Ojos) tenía su cuartel general en la Biblioteca Widener, algo de lo más apropiado: ambas organizaciones recopilaban y almacenaban información. El Muro de Harvard era donde exhibían los cuerpos de los ejecutados. El cementerio mencionado en el libro, donde se encuentra la lápida con el lema «In Spe», con esperanza, es el Antiguo Camposanto que hay justo al salir de la plaza de Harvard, donde me pasé muchas horas macabras pero instructivas calcando con carboncillo los grabados de las tumbas: calaveras y relojes de arena y cabezas de querubines con alas, que se convirtieron en sauces llorones y urnas funerarias cuando el siglo XVII dio paso al XVIII.
A Harvard no le hizo mucha gracia cuando se publicó El cuento de la criada: escribieron una reseña bastante desdeñosa. ¿Acaso no eran ahora una institución ampliamente liberal? ¿Era imprescindible recordarles que habían empezado siendo un centro de teología puritana? Pero más adelante entraron en razón.
Mi tutor de Literatura Victoriana era Jerome Hamilton Buckley, uno de los pocos académicos con publicaciones importantes en ese campo. Las obras victorianas no estaban de moda en 1961. En el Fogg Museum de Harvard había varios cuadros prerrafaelitas despreciados y apilados contra la pared: aún faltaban décadas para que apareciesen en los apuntes de clase y en las cubiertas de los libros. Lo que se llevaba a principios de los sesenta eran los poetas metafísicos: John Donne era el rey. Sin embargo, a mí me interesaban menos los metafísicos que la imaginación victoriana verdaderamente retorcida. ¿El pelo prerrafaelita y las esposas locas que prendían fuego a hombres similares al señor Rochester? ¿Heathcliff y Cathy? ¿La búsqueda del santo grial? ¿Fantasmas? ¿Drácula? ¿Dr. Jekyll y Mr. Hyde? ¿Viejos sin dedos de los pies? (Más adelante, en un seminario sobre «Humor victoriano», me enteré de que el viejo sin dedos de Edward Lear puede analizarse como una fábula de castración freudiana.)
Jerry Buckley era un canadiense de incógnito, como varios de los hombres que daban clase entonces en Harvard. Había hecho una entrevista para un puesto de trabajo en la región atlántica de Canadá, pero cuando se enteró de que tendría que largarse si bebía una copa de vino, prefirió irse a Estados Unidos. Antes había estudiado en el Victoria College bajo la tutela de Northrop Frye: él fue el motivo de que Frye me recomendase ir a Harvard. Jerry era inteligente y, lo mejor de todo, era divertido. Solía interpretar los textos que enseñaba, como si fuese una obra de teatro, con una voz arrastrada que encajaba muy bien con los victorianos, tanto medios como tardíos. ¿Se burlaba de ellos? Es probable. Pero no siempre.
Era hospitalario con sus estudiantes de doctorado y a veces nos invitaba a su casa. En una de esas ocasiones, un compañero de clase taciturno y sarcástico (Jim Polk) quemó sin querer el vestido de fiesta de gasa de Victoria, la hija pequeña de Jerry, con un cigarrillo. Consolaron a Victoria, pero Jim tenía miedo de que aquel episodio del incendio involuntario acabase afectando a sus notas. Algo dudoso en el caso de Jerry. Spoiler: tiempo después Jim y yo nos casamos, una de las cosas más raras que cualquiera de los dos vivimos.
Además de ponerme en contacto con Jerome Buckley, tenía que visitar al orientador de Literatura del doctorado, el doctor Whiting. Sus ojos miraban en direcciones distintas. Fijó uno de ellos en mí.
—Durante el primer año de posgrado deberás suplir las lagunas que tengas —me dijo—. ¿Dónde estudiaste la carrera?
Le hablé de mi especialidad en Literatura en la Universidad de Toronto.
—Ah, bueno —comentó—. En ese caso, puede que no tengas lagunas.
Llegamos a la conclusión de que sí tenía una: aunque había estudiado poesía y prosa de los siglos XIX y XX en Estados Unidos, incluidos los trascendentalistas (asignatura impartida por un caballero bonachón pero confuso que a su vez era muy trascendental), nunca había estudiado Literatura y Civilización del siglo xvii en Estados Unidos. Dado que había una asignatura entera del máster dedicada a Literatura y Civilización en Estados Unidos sobre la que tendría que examinarme, necesitaba ponerme al día. Pero ¿había algo que estudiar?, me pregunté. Los puritanos no escribían obras de teatro, y tampoco escribían novelas. Ni poesía... ¿o sí?
Por suerte, el experto mundial en este campo antaño ninguneado impartía clases en Harvard. Se llamaba Perry Miller y es una de las personas a las que dediqué El cuento de la criada. Jamás llegaría a saber la tremenda influencia que había ejercido sobre mí —murió en 1963, justo después de que mataran a John Kennedy—, pero habría comprendido mi novela de cabo a rabo. Fue crucial para que yo entendiera los hondos cimientos de Estados Unidos, no siempre una casa ilustrada de la democracia, como me habían hecho creer. El país tenía su origen en una teocracia puritana, muy intolerante con quienes (como los cuáqueros y los pueblos indígenas) no compartían sus creencias, y bastante dura con las mujeres también, debido al mal comportamiento de Eva. Degradaron a la Virgen María, eliminaron a las santas y no hacían hincapié en que Dios creó a la mujer, igual que al hombre, a su imagen y semejanza. Para colmo, esos tipos puritanos estaban entre mis ancestros. Por supuesto, quedé fascinada con ellos.
«La Casa de las Fundadoras, que más adelante fue desmantelada y sustituida por la Biblioteca Gutman, se convirtió en uno de los modelos en los que se inspira la casa del Comandante de El cuento de la criada. De hecho, todos los edificios de la novela existen en Cambridge, o existían entonces».
El episodio de las brujas de Salem también me cautivó: un rincón de mi biblioteca actual está dedicado a ese tema. Leía sin parar sobre lo ocurrido, y además en otra morada de brujas: la Biblioteca Widener. La poesía moderna, que me habría encantado agenciarme, estaba en su totalidad en la Biblioteca Lamont, reservada a los estudiantes de grado varones, porque las chicas los habrían distraído en exceso; así que tuve que apañármelas con Malleus Maleficarum. El martillo de las brujas. Se trataba de una obra increíblemente famosa en los albores de la era de Gutenberg, y había llegado a las veintiocho ediciones entre 1486 y 1600. En Europa quemaron en la hoguera a cientos de miles de mujeres debido a su influencia.
De todos modos, en Nueva Inglaterra no quemaban a brujas; las colgaban, y siempre después de un juicio: un juicio con unos criterios absurdos para las pruebas, pero juicio al fin y al cabo. Hice una excursión de un día a Salem, Massachusetts, el epicentro de los Juicios de las Brujas de Salem, que entonces no era aún el animado reducto de actividades relacionadas con la Wicca y la ouija, sino un lugar tranquilo e inquietantemente perturbador. No obstante, albergaba la biblioteca genealógica de Salem. Allí fui. Y ahí estaban: los primeros Atwood, los primeros Webster, los primeros Killam. Debían de ser bastante puritanos, dado que tenían nombres bíblicos, como Amasa.
La segunda persona a la que está dedicado El cuento de la criada es Mary Webster, conocida como Mary la Medio Ahorcada, de Hadley, Massachusetts. La absolvieron de las acusaciones de brujería en Boston, pero luego la ahorcaron sus vecinos, aunque todavía estaba viva cuando fueron a cortar la cuerda a la mañana siguiente. Debía de tener un cuello muy grueso. Según mi abuela Killam, de soltera Webster, Mary era nuestra antepasada. Al menos, lo era los lunes. Conforme avanzaba la semana, podía dejar de serlo: la abuela Killam era muy respetable, y puede que Mary fuese demasiado difícil de asimilar. (Mucho después traté de escribir una novela sobre Mary. No salió bien, aunque al final sí surgieron una serie de poemas: ¿qué pensaba mientras se pasó la noche colgada de un árbol por el cuello?)
Ya fuera antepasada directa o no, Mary pertenecía sin duda a «nuestros» Webster, un grupo que incluía a Noah, famoso por su diccionario, y a Daniel, el portentoso abogado y orador que figura en «El diablo y Daniel Webster», el relato de Stephen Vincent Benét. El abogado venía de otra rama, no era familia directa. Sin embargo, ambos eran hombres de letras destacados y no me importaba.
Perry Miller daba clases por las mañanas; tanto la asignatura sobre los puritanos como otra llamada Románticos Estadounidenses, en la que me matriculé el curso siguiente. Corría el rumor de que por las tardes estaba borracho como una cuba, pero por las mañanas era un genio.
En verano, después de graduarme en el máster en Letras de Radcliffe (que era como llamaban a la titulación en Harvard), regresé a Toronto para trabajar con el fin de complementar mi exigua beca. Conseguí empleo en una cafetería pequeña dentro de un hotel también pequeño en Avenue Road. Más adelante me enteré de que me habían contratado por mi incompetencia: los dueños sospechaban que el cajero habitual hurtaba dinero, algo que una persona sin experiencia no sabría hacer. Me encargaba de los cafés de la cafetera Bunn, de los batidos y de los bocadillos de queso fundido que la gente tomaba en la barra, y también llevaba la caja. El cajón del cambio se atascaba a menudo, para frustración de mis clientes y para la mía, claro. Adelgacé: el sueldo incluía todas las comidas que quisiera, pero tener que recoger los bocadillos a medio comer de otras personas me quitaba el apetito.
Había roto con mi antiguo novio poeta, David Donnell, quien me había ayudado a imprimir Double Persephone. ¿Fue porque me engañó o porque me amenazó con matarme si alguna vez tenía otro novio? Durante los meses que trabajé de cajera y camarera, David solía pedirse un café, sentarse a la barra y mirarme con cara de pena. Aquello no tuvo el efecto deseado: yo había asimilado rápidamente el mensaje de «Hearts of Stone», el hit de The Charms que sonaba en la jukebox en 1954. Esos corazones eran inflexibles. Así era yo: un corazón de piedra.
El chef que hacía esos sándwiches de queso fundido era de Grecia. Quería abrir su propio restaurante en Toronto, pero necesitaba a alguien que hablase mejor inglés para estar de cara al público mientras él cocinaba. Decidió que yo debía ser esa persona: nos casaríamos. Me llamaba por el intercomunicador por el que pedía los sándwiches de queso y me proponía matrimonio, con insistencia.
«No, gracias», respondía yo de forma educada.
Pero él hablaba en serio: quería conocer a mi padre, le enseñaría el libro de contabilidad para demostrarle que tenía dinero para llevar a cabo su plan, y pensaba que era un buen partido, porque yo era tan del montón que nadie más querría casarse conmigo. No le recomiendo ese argumento a nadie para una propuesta de matrimonio.
Al final le dije:
—No puedo casarme contigo porque tenemos religiones distintas.
—Puedes convertirte.
Dejé el puesto de cajera cuando los Shriners llegaron a la ciudad. Eran una rama de los masones que hacían desfiles y montaban circos para recaudar dinero para obras de beneficencia relacionadas con la infancia. No eran jóvenes, llenaban el hotel, bebían como esponjas, colapsaban el teléfono de la cafetería porque no paraban de llamar para pedir cubitos de hielo, además de llamar presas del pánico porque alguno estaba sufriendo un infarto y necesitaban un médico. Al final ya no pude aguantarlo más, así que cambié de empleo y me pasé el resto del verano puntuando exámenes de Lengua y Literatura Inglesa para estudiantes del último curso del instituto. Ahora estaba al otro lado del acontecimiento que tanta ansiedad me había provocado cuando tenía diecisiete años. ¿Quieres decir que no era un genio inspirado el que había evaluado mi prosa imperecedera en el examen de Literatura Inglesa? ¿Te refieres a que era algún desdichado novato con un trabajo de verano como yo? Feh.

Nueva York, junio de 2022. La casa de subastas Sotheby's exhibe una edición especial de El cuento de la criada: un ejemplar único, resistente al fuego, concebido como símbolo contra la censura que ha perseguido con frecuencia a esta obra. El volumen, bautizado como The Unburnable Book, salió a subasta con un precio estimado entre 50.000 y 100.000 dólares. Crédito: Getty Images.
Mi iguana
En otoño volví a Harvard. Estaba de nuevo en la Casa de las Fundadoras, pero ya no era tan divertido. Paule y Davide ya no estaban; y Mary Irving había regresado a Winston-Salem porque iba a casarse. Mi compañera de habitación era una chica lista del programa de Historia de la Ciencia, pero se había marchado a vivir con su novio, y había dejado atrás la iguana que tenía de mascota. Era una iguana grande y verde. Le habían enseñado a hacer sus necesidades (sabía hacer caca encima de una hoja de periódico) y, como era vegetariana, comía lechuga. Le gustaba el calor, así que se ponía encima del radiador, aunque ese aparato solía estar frío, por lo que se escabullía hasta mi escritorio mientras yo trabajaba y se enroscaba sobre mis hombros. También le gustaba colarse debajo de la cama, y para recuperarla tenía que tumbarme en el suelo y enfrentarme a las bolas de pelusa. Pero tenía que esconder al animal; la señora mayor que pasaba la aspiradora subía jadeando las escaleras una vez a la semana, y tenía miedo de que aspirase debajo de la cama y asustase a la iguana, cosa que a su vez la asustaría a ella, y una de las dos o ambas tendrían un ataque al corazón. Por eso arrastraba la iguana fuera de la cama y la encerraba en el armario. La señora de la limpieza nunca se metía ahí. Al final, le dimos a la iguana un nuevo hogar en un zoo, junto con otras iguanas, donde probablemente fuera más feliz. Vete a saber.
En octubre la URSS instaló unos misiles nucleares en Cuba, a ciento cincuenta kilómetros de la costa de Estados Unidos. Fue la respuesta a una invasión fallida de la Cuba comunista con respaldo estadounidense, y a la colocación de misiles que Estados Unidos había llevado a cabo en Turquía, aunque entonces no conocíamos los detalles. Estados Unidos se puso de uñas: le molestaba tener misiles enemigos tan cerca. Postureo por ambas partes. Cuarentena naval en Cuba. Alarma entre los victorianistas: todo el mundo creía que, si disparaban los misiles, Washington, Nueva York y Boston serían los objetivos.
Momento surrealista: sentada en el salón de la Casa de las Fundadoras, donde Jerry Buckley daba un seminario (¿sobre William Makepeace Thackeray, o sobre La princesa de Tennyson?), con todos alerta por si salíamos volando por los aires en cualquier instante.
Hice un viaje sola a Nueva York. Mi intención era ver a Daryl Hine, un poeta que conocía a través de Jay Macpherson, mi amiga poeta y antigua casera. Jay me contó que la madre de Daryl se tomaba la religión muy en serio y había quemado los manuscritos de sus poemas cuando él era adolescente. Era un genio que había publicado su primer poemario (The Carnal and the Crane, donde el carnal se refería a un cuervo; el título tenía su origen en una balada medieval) cuando tenía veintiún años. Me gustaba mucho su libro: estaba lleno de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, mis favoritos. Sólo me sacaba tres años, pero tenía mucho más talento.
Daryl y su novio vivían en Staten Island. En aquella época estaba pasando una mala racha. Me contó que le habían diagnosticado un trastorno maniacodepresivo (ahora denominado «bipolar») a partir de un par de incidentes preocupantes. En el primero, se había puesto un vestido de lamé dorado para ir a la ópera. Sus amigos no se alarmaron: lo habían achacado a su excentricidad. En el segundo, se había quedado en cueros en un aparcamiento y había mantenido una conversación con Dios. Fue una experiencia eufórica, pero llamó la atención —no por la parte de Dios, sino por la del nudismo— y acabó en el hospital. A ambos nos calmaba hablar de poesía y tuve la oportunidad de decirle lo mucho que me gustaba su obra. Siempre que puedas, di esa clase de cosas: quizá luego no haya ocasión.
Daryl tomaba litio, que, según me dijo, lo equilibraba hasta el punto del letargo, y echaba de menos los subidones. Supongo que más tarde le ajustaron la medicación, porque llegó a ser editor de la revista Poetry y recibió una Beca MacArthur, conocida como «la beca de los genios». Después de nuestro encuentro, tomé el ferry de vuelta y caminé una manzana tras otra por las calles nocturnas de Nueva York sin más defensa que un paraguas puntiagudo grande y negro. Ahora no lo haría.
«Los atuendos de las Criadas salen del cine Brattle, rebautizado como Azucenas Silvestres. La tienda Pergaminos Espirituales para las plegarias automatizadas se hallaba en la librería Harvard Coop. El servicio secreto (los Ojos) tenía su cuartel general en la Biblioteca Widener, algo de lo más apropiado: ambas organizaciones recopilaban y almacenaban información».
Por supuesto, tuve que ir a la boda de Mary Irving. Tomé un avión de Delta Airlines, que en aquel momento era una empresa pequeña de bajo coste. Fue un trayecto algo movido: teníamos azafatos en zapatillas de deporte en lugar de azafatas con tacones altos (utilizo la nomenclatura de la época) y nos dieron almohadas para ponérnoslas sobre el regazo en lugar de bandejas. Encima de las almohadas nos servían vasos de Coca-Cola, que pronunciaban Co’cola. La boda en sí fue otra experiencia surrealista. Aún había una segregación marcada en el Sur, y durante el banquete las ancianitas no paraban de llevarme a un rincón apartado para decirme: «No quieren ir a nuestra iglesia porque tienen iglesias propias.» También me rondaban ancianitos que les aclaraban a otros ancianos que, aunque yo hablaba como una yanqui, no lo era: era canadiense, y eso estaba bien, porque Gran Bretaña había apoyado a los estados sureños durante la guerra de Secesión.
La familia más cercana de Mary Irving no era así, pero noté cierta ansiedad en ella ante la incertidumbre de lo que pudiera decir yo. Mary me había dicho que cerrase el pico y no compartiera mis ideas «liberales», que podían incomodar a los demás, porque era una boda, y eso hice. Mi otra contribución fue escribir un brindis con un poema malo dedicado al novio para que lo leyera el padrino de bodas, que estaba histérico porque no sabía qué decir. Después la familia de Mary Irving me llevó a ver la fábrica de medias de nailon de Hanes, así como una auténtica subasta de tabaco, de las que solían hablar en la radio en los anuncios de cigarrillos Lucky Strike dentro del show de Jack Benny. Ambas cosas me fascinaron.
Para aumentar la dosis de rarezas del año, empecé a verme mucho con Jim Polk, mi compañero de las clases de Literatura Victoriana, y un personaje muy romántico: no sólo era de Montana, sino que tenía una rata blanca de mascota. Le daba un aire a Byron, ¿y quién era yo para opinar, cuando mi mascota era una iguana? Me dijo que la rata era inteligente y afectuosa. Conocí al animal, y puedo confirmar que era cierto.
Tenía dos compañeros de habitación (uno de Misisipi y el otro de Virginia), ambos lumbreras, académicos y dados a la especulación abstracta y las profundas aguas intelectuales. Ésta fue mi conversación favorita con el de Misisipi, que había nacido en Oxford, escenario de muchas novelas de Faulkner:
Yo: Vaya, Faulkner tenía una imaginación desbordante, ¿no? ¡Inventarse a toda esa gente! El ruido y la furia...
El: No se inventó un comino. Se limitó a ponerlo por escrito. Conozco la valla en la que babeaba el idiota, en serio.
A veces mi ingenuidad era asombrosa, incluso para mí. El poeta John Berryman daba un recital y Jim y yo fuimos a escucharlo. Berryman era autor de Homenaje a la señora Bradstreet, dedicado a Anne Bradstreet, prácticamente la única poeta que produjeron los puritanos de la Nueva Inglaterra del siglo XVII, así que no podíamos perdernos el acto. No entendí nada de lo que dijo Berryman.
Yo: Es admirable... Que John Berryman haya tenido el valor de hacer una lectura pública, a pesar del paladar hendido.
Jim: No tiene el paladar hendido. Iba como una cuba.
Yo: Ah.
¿Acaso Jim y sus dos compañeros de habitación aparecen algo modificados en mi primera novela publicada, La mujer comestible? Qué idea tan rocambolesca. Es sólo que tengo una imaginación desbordante. Bueno, y también que, como todos los novelistas, soy cleptómana.
OTROS CONTENIDOS DE INTERÉS:
Todo esto es una reconstrucción: «El cuento de la criada» y su fuego sonoro
Margaret Atwood por Laura Fernández: la Reina de la Altísima Literatura Especulativa
Las novelas de Joan Didion también cambiaron el mundo
Quiénes son las «thought daughters» (o «hijas pensativas») y qué libros leen
Una mirada crítica a la realidad actual, desde ...
El cuento de la criada (novela gráfica)

