Hombres que leen a Sally Rooney: ¿sensibilidad o «performance»?
Durante los últimos meses, un nuevo arquetipo masculino ha tomado las redes —y las calles—: el hombre «performativo». Joven, estéticamente pulido, sensible hasta el detalle y siempre con un libro en la mano, encarna una masculinidad que se debate entre la autenticidad y la puesta en escena. Escucha a Lana Del Rey, bebe «matcha latte» y lee a Joan Didion o Sally Rooney, pero lo que lo define no es tanto lo que consume como la sospecha de que todo forma parte de una «performance» con la que busca distanciarse del modelo viril tradicional y proyectar empatía como estrategia de atracción. En TikTok, su imagen se ha vuelto viral: símbolo de una sensibilidad sospechosamente calculada, pero también del deseo de reinventar lo masculino. En su biblioteca —donde conviven Plath, Smith y Rooney— late una paradoja contemporánea: incluso la empatía puede volverse estética. Quizá en su aparente artificio se oculte algo genuino: el anhelo de un cambio en cómo los hombres aprenden a mostrarse vulnerables.
Por Carla Calvo

Ilustración de Pau Valls en exclusiva para LENGUA.
Durante los últimos meses, un nuevo arquetipo masculino ha conquistado las redes sociales (y, en muchas ciudades, también las calles): el hombre performativo. Si intentamos definirlo de forma sencilla, podríamos decir que se trata de un hombre entre los veinte y los treinta años que viste con pantalones anchos, lleva una tote bag con una frase ingeniosa (y posiblemente un Labubu colgado del asa), escuchan música de artistas como Clairo o Lana del Rey, beben matcha latte y siempre llevan un libro en la mano (casi siempre escrito por una mujer o con cierta profundidad emocional). Este sujeto, que oscila entre la estética cuidada y la caricatura, se ha convertido en un fenómeno viral, especialmente en TikTok, donde es el protagonista de vídeos, análisis y memes. Y es que los vídeos de hombres performativos se han multiplicado en los últimos meses, llegando al punto en que en varias ciudades del mundo se han hecho concursos para encontrar al performative male final boss (o, en español, al hombre performativo definitivo u hombre performativo de la última pantalla).
La performance de la sensibilidad
Aunque no hay nada inherentemente negativo a todos los elementos que parecen definir a los hombres performativos, ni por separado ni combinados, el problema viene dado de que estos hombres tienden a ser percibidos como falsos o prefabricados. Y es que el término «hombre performativo» viene precisamente del concepto de performance. Ya que no se asume que estos hombres puedan leer esos libros, vestirse de esa forma o escuchar esa música por gusto, sino como parte de una intrincada puesta en escena. Una suerte de estrategia pensada para proyectar sensibilidad, mostrar empatía y distanciarse del modelo de masculinidad tradicional. O, en otras palabras, como una forma de intentar captar la mirada femenina, queriendo resultar más atractivos a los ojos de las mujeres.
Es decir, no hay nada raro o malo en escuchar a artistas como Clairo, Laufey o Lana Del Rey. Y, por supuesto, menos aún en la idea de ver a hombres leer en público libros escritos por mujeres o disfrutar de un matcha latte. Lo que genera rechazo es la percepción de falsedad, la sospecha de que todo forma parte de una performance, como si se tratase de un nuevo tipo de postureo por el cual estos hombres intentan proyectar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad. La preconcepción, muchas veces basada en estereotipos, de que toda esta sensibilidad no puede ser sino impostada.
Sin embargo, es posible que haya más sustancia detrás de este fenómeno de la que nos ofrecen los memes. Ya que detrás de esa aparente teatralidad es posible encontrar una nueva idea de masculinidad que, una vez alejada de los clichés y los vídeos virales, vaya ligada a la sensibilidad y al intento de encontrar una nueva forma de definirse a sí mismos. Y, por supuesto, una forma de lograr esto puede ser a través de los libros.

Performa que te performa. Créditos: Getty Images.
La biblioteca del hombre performativo
Entre todas las características asociadas a este nuevo arquetipo masculino, hay una que destaca por encima de todas: los libros. Sobre todo porque el hombre performativo es un lector visible. No oculta su amor por la lectura, sino que lo exhibe. A veces como parte de esta performance, pero que también puede ser visto como una forma de romper con ciertos estereotipos de género. Porque más allá del gesto de leer en público lo que realmente llama la atención no es el acto de leer, sino los libros que leen.
Y es que la biblioteca del hombre performativo se compone, principalmente, por autoras contemporáneas y voces femeninas. Leer a mujeres se puede entender como un gesto de apertura emocional, como parte de ese distanciamiento con la masculinidad tóxica. O, desde un punto de vista menos confiado, como una forma de resultar atractivo a las mujeres. Así algunos de los nombres que aparecen en sus bibliotecas son Sylvia Plath, Joan Didion, Patti Smith o Sally Rooney.
Estas autoras tienen algo en común: escriben desde la introspección, pero también desde su propia vida, presentando un relato de su propia realidad y de las dificultades, tanto sociales como personales, que les atraviesan. En La campana de cristal, Sylvia Plath relata las dificultades de una joven para afrontar las expectativas sociales y forjar su propia vida en los años cincuenta. A pesar de haber sido considerada como una obra menor durante años, este libro ya se ha convertido en un clásico moderno y una obra clave del feminismo. El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, reúne las conmovedoras memorias sobre la enfermedad y la muerte a través de la experiencia personal de la autora. Un libro tan breve como intenso que no deja de ser, al mismo tiempo, una reflexión sobre el duelo y una crónica de la supervivencia. Éramos unos niños, de Patti Smith, es sin duda uno de los libros clave de este arquetipo o de todo el que quiera dar una cierta imagen de connoisseur de la novela autobiográfica contemporánea. Y es que este libro de Patti Smith ya es todo un icono. En sus páginas, la autora y cantante cuenta su relación con Robert Mapplethorpe, pero este libro va mucho más allá de ser un simple relato personal, sino que se trata de un homenaje a la amistad y un vivo lienzo de un Nueva York donde (casi) todo era posible.
Y, por supuesto, Sally Rooney, quien ya se ha convertido en la voz de toda una generación. Desde Conversaciones entre amigos hasta Intermezzo, la autora ha demostrado una y otra vez su capacidad para analizar, casi con certeza clínica, el comportamiento humano y las circunstancias sociales que atraviesan a las personas. Llamada la «Salinger de la generación Snapchat» o la voz de la generación milenial, en sus libros Rooney ahonda en los claroscuros de la amistad, la dificultad de cambiar quienes somos y lo complejo de las relaciones sociales con una voz distintiva. Por supuesto, su última obra, Intermezzo, es una de las obras más citadas al hablar de los hombres performativos. No solo por su popularidad, sino también por la profundidad de los temas que trata, la sinceridad casi incómoda con la que lo hace y lo real de sus personajes.
En esta extensa biblioteca también encontramos autoras como Ottessa Moshfegh, con Mi año de descanso y relajación, considerada una sátira sobre el vacío existencial contemporáneo; o Tan poca vida, de Hanya Yanagihara, que sigue la vida de cuatro hombres en Nueva York, siendo considerado un libro icónico y una profunda reflexión sobre la amistad, el amor y el precio que tiene la vida cuando ya no tiene valor.
También cabe mencionar obras de carácter directamente feminista como pueden ser Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie, o Una habitación propia, de Virginia Woolf. Ambas lecturas tan actuales como necesarias.
Entre el cliché y la búsqueda de autenticidad
Todos estos títulos comparten entre sí la capacidad de ayudarnos a reflexionar o tratar temas desde la sensibilidad y la introspección. Es decir, se trata de una biblioteca a la que todos deberíamos asomarnos de vez en cuando. Ya que todos, hombres performativos o no, podemos encontrar en la literatura un espacio seguro para ensayar nuevas formas de estar o presentarnos al mundo. El peligro reside, no obstante, en el momento en que la lectura se vuelve un accesorio identitario o performativo. Leer no puede ser entendido como una performance, ya que sino pierde su esencia y su capacidad transformadoras.
En un momento en el que todo puede convertirse en estética, sobre todo a través de las redes sociales, la línea entre la realidad y la performance muchas veces se desdibuja. Pero, si queremos buscar un punto positivo a este arquetipo, es que la idea de masculinidad sensible sea considerada lo suficientemente atractiva como para ser impostada. Ya que fingir sensibilidad o empatía no deja de significar que estas virtudes puedan resultar deseables. Y quizá sea ahí donde se encuentra la verdadera paradoja del hombre performativo: que en su aparente falsedad se esconda un anhelo genuino de cambio.
