Margaret Atwood en cinco poemas
Margaret Atwood regresa a la poesía con «Sinceramente» (Salamandra, marzo de 2026), un libro que condensa la lucidez y la ironía de una de las grandes voces contemporáneas. En estos poemas, la autora de «El cuento de la criada» explora la pérdida, el paso del tiempo y el envejecimiento con una mirada que oscila entre lo íntimo y lo mítico. Sirenas, hombres lobo y paisajes que respiran (o se marchitan) atraviesan unos versos donde la memoria dialoga con la imaginación y la conciencia ecológica. La naturaleza, celebrada y herida, actúa como espejo de nuestras fragilidades. Atwood escribe con una mezcla de gravedad y juego, de elegía y asombro, que convierte lo cotidiano en revelación. A continuación, LENGUA publica cinco poemas que confirman la vigencia y la audacia literaria de Margaret Atwood.
Por Margaret Atwood

Margaret Atwood en Italia en octubre de 2021. Crédito: Getty Images.
La Mujer de Hojalata recibe un masaje
Sobre la sábana de franela
en la postura de un hombre haciendo el muerto,
boca abajo. Las manos descienden,
ignoran la piel,
el xilófono de la columna,
esquivan los bultos y los lóbulos,
se dirigen al tejido profundo,
van a las pequeñas bisagras
que crujen como pequeñas ranas;
tañen las cuerdas de tripa
de los tensos tendones magullados.
Qué oxidada estoy,
qué cerrada, qué bloqueada.
Como una lata vieja de judías cocidas,
la Mujer de Hojalata olvidada bajo la lluvia.
El movimiento implica dolor.
Qué corroída.
¿Quién se quejaba
de no tener cerebro?
Algún espantapájaros de tela.
A mí, es el corazón:
ésa es la parte que me falta.
Antes deseaba uno:
un delicado cojín de seda roja
colgando de una cinta de sangre,
perfecto para clavar alfileres.
Pero he cambiado de opinión.
Los corazones duelen.
La vida sexual de todos los demás
La vida sexual de todos los demás parece tan imposible.
Por supuesto que no, pensamos:
¡Por supuesto que no va ahí dentro!
¡No una boca tan sucia,
y esa dentadura terrible!
¡Esas ciruelas pasas, esas papadas!
Por favor, quédate con la ropa puesta.
Existe por algo:
para salvarte de ti mismo,
tu propio voyeur.
Nadie tiene el aspecto de una estrella de cine,
ni siquiera las estrellas de cine
en sus días libres,
deambulando por la calle
buscando comida decente
y anonimato, sin suerte.
Nadie, salvo para sí mismos
en su cabeza, cuando están borrachos,
o bien cuando están sobrios, si son narcisistas.
O cuando están enamorados. ¡Oh sí!, Enamorados,
esa demencial carpa de circo de un rojo rosado
cuya penumbra perdona todas las imágenes,
cubre con hojas de higuera a nuestros amantes,
y ablanda nuestros propios cerebros
y el dolor de nuestras caídas sobre el serrín.
Qué tentador, ese arco de mármol falso a mitad de camino,
clásico y a la vez de feria;
tan griego, tan Barnum,
tan luz de faro,
con un cartel de neón azul:
¡Amad! ¡Por aquí!
¡Pasad!
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Zombi
«La poesía es el pasado que irrumpe en nuestros corazones.»
Rilke
Ahí lo tienes: zombi.
¿No lo habías sospechado siempre?
«La poesía es el pasado
que irrumpe en nuestros corazones»
como un virus, como una infección.
¿Cuántos poemas sobre
el muerto que no está muerto,
el ser perdido que no se ha marchado del todo
empujando con avidez
entre la basura vegetal, el papel usado,
arañando la ventana?
Pensemos en aquel amante joven
con el que nos topamos cincuenta años después
en la tenue luz del vestíbulo.
¡Qué deslucido y borroso está!
Míster Potato
sin las piezas pegadas:
alguien a quien procuras recordar.
¿Fue él quien te lamió el cuello?
Y el torpe monstruo de plastilina
que hiciste a los cuatro años,
y luego aplastaste en un ataque de ira
para que sus colores se mezclaran:
aparece en tu puerta
en una fría noche de noviembre,
con la lluvia susurrando sushi
sushi, y la boca sin lengua
murmurando tu nombre.
¡Sigue muerto! ¡Sigue muerto! conjuras,
tú que querías que el pasado volviera.
Nada que hacer. La criatura
deambula por el bosque lóbrego,
un monosílabo rojo y lloroso,
una palabra manchada que sabe a tristeza.
Ahora masculla y se arrastra
en un nimbo de niebla helada
por el pasillo chillón y recargado
de relojes góticos, hacia el espejo.
La mano en tu hombro. La casi-mano:
Poesía, que viene a reclamarte.
Miedo a los pájaros
¿Dijiste que le daban miedo los pájaros?
¿Cómo puede ser?
¿Alguien tan alto?
No era el augurio.
Quizá las voces metálicas,
oro, plata, cinc.
Un tintineo, un grito, un rasguño.
O un sonido de goteo en el bosque seco.
Tin. Tin. Tin. Tin.
No hay que confundirlo con el canto.
O la locura de los ojos en primer plano:
amarillos, rojos, nada acogedores.
Dentro de ese cráneo no eres ni siquiera un pensamiento.
Alas de algún tipo. Como las de los ángeles,
ángeles con garras.
Quizá sea eso.
Un crujido, como de papel fino.
Luego plumas sobre la nariz y la boca.
Ahogado. Una asfixia blanca.
¿Dijiste que le daba miedo la nieve?
Más o menos lo mismo.
Vacaciones de invierno
Qué rápido sobrevolamos el tiempo,
dejando tras nosotros
un rastro de migas de magdalena
y toallas mojadas y jabones de hotel,
como piedras blancas en el bosque.
Pero algo las ha erosionado:
no podemos seguirlas de vuelta
hasta aquel prado donde empezamos con tanto entusiasmo,
con las tazas llenas de bayas y los padres,
que aún no nos habían abandonado
para probar su suerte bajo tierra.
Nuestra ropa tropical es despiadada:
tiene toda la intención de sobrevivirnos.
Nos estamos acartonando en su interior,
perdiendo el calcio de los huesos.
Luego están nuestros taimados sombreros:
los pillamos mirándonos con desdén en los espejos.
Podríamos permitirnos camisetas nuevas,
atrevidas, con eslóganes groseros,
pero nos parece un derroche:
ya tenemos demasiadas.
Además nos atacarían en grupo,
se arrastrarían por el suelo,
se enredarían en nuestros tobillos,
y luego nos caeríamos por las escaleras.
A pesar de todo esto, viajamos deprisa,
viajamos más rápido que la luz.
Ya casi es el año que viene,
ya casi es el año pasado,
ya casi es el año anterior:
nos resulta familiar, pero no podemos jurarlo.
¿Qué tal este bar al aire libre,
el de la palmera de cristal coloreado?
Sabemos que ya hemos estado aquí.
¿O estuvimos? ¿Estaremos alguna vez?
¿Volveremos a estar?
¿Queda lejos?
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