¿Y si nuestros miedos no fueran del todo nuestros?
Hay heridas que no aparecen en los álbumes familiares, pero laten en silencio de generación en generación. En «La herencia invisible» (Taurus, mayo de 2026), Evelyne Bissone Jeufroy se adentra en el territorio íntimo de la psicogenealogía para mostrar cómo los duelos no resueltos, los secretos, los miedos y las lealtades invisibles pueden condicionar nuestra vida sin que apenas lo advirtamos. Con una escritura clara, cercana y profundamente humana, la autora invita a mirar hacia atrás no para quedar atrapados en el pasado, sino para comprenderlo, nombrarlo y transformarlo. A través de historias reales, este libro propone un viaje de reconocimiento y liberación: descubrir qué parte de nuestra biografía pertenece a otros y cómo convertir esa conciencia en fuerza vital. LENGUA publica LENGUA publica el extracto «Los mandatos: esas palabras que nos apresan», una aproximación reveladora a los traumas familiares heredados y a la posibilidad de avanzar por un camino propio.

Francesca Corio y Paul Mescal en un fotograma de Aftersun (Charlotte Wells, 2022). Crédito: A24.
Los mandatos pueden tomar la forma de palabras que se transmiten a veces de generación en generación, que forman un corsé que nos aprisiona dentro de una serie de acciones que no hemos elegido. En este sentido, los mandatos son oraciones breves que limitan nuestras elecciones de vida. Imponen prohibiciones a vivir libremente y a desarrollarnos. Funcionan como mandamientos inderogables. «Si te casas con un extranjero, me matas en vida», le decía una madre cabileña a su hija. También le repetía: «La virginidad de la hija es el honor y la reputación de la familia». Otra decía a sus hijos: «La vida es un gran pastel de mierda, del que todos los días hay que comer una porción» o «La vida es un valle de lágrimas». Otra le repetía a su hija: «Nunca quise que nacieras» y «No tengan hijos». Otra madre les decía a sus hijos: «Tienen un solo derecho: el de callarse la boca». Un padre le decía a su hija que quería ser abogada: «A la facultad van las putas». Otro, cada vez que nacía una nena en su familia, decía: «Más carne para los leones».
Clémentine, durante toda su infancia, escuchó que su abuelo —agricultor como su padre— decía: «En la vida no se hace lo que uno quiere». Resultado: hoy su trabajo no le gusta, pero ella no siente tener el derecho ni la legitimidad de cambiarlo.
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El mandato es fruto de una educación. Se convierte en una obligación, un requisito para ser aceptado y querido: nos encierra en un rol. El ejemplo más elocuente es el de los mandatos sobre la pareja y la sexualidad. En algunas familias, el sexo «es asqueroso». En realidad, eso está por lo general relacionado con una ausencia total de educación sexual. Me gustaría contarles, respecto de esto, una historia personal. Todos los lunes, una amiga argentina, Inés —de ochenta y nueve años, la mayor de once hermanos y madre de nueve hijos—, reunía a las mujeres de la familia para almorzar. Un día, sus nietas se pusieron a hablar de sexualidad. «Qué suerte que pueden hablar de eso —exclamó Inés—. En mi época, ¡no se hablaba! Sabíamos que existía, porque nuestros hermanos se gastaban nuestros ahorros en prostitutas… El día de mi casamiento, mientras me ponía el vestido, mi madre entró en el cuarto y simplemente me dijo: ‘Hija mía, quiero hablarte. A partir de ahora, harás lo que tu marido te pida’». ¡Y eso es todo! En esas condiciones, ¿cómo no considerar el sexo como una cosa «asquerosa»?
Es importante tomar consciencia de estos mandatos con el propósito de desprogramarlos para liberarse del impedimento que representan y poder al fin vivir su propia vida.
Los mandatos pueden tener consecuencias importantes si se escuchan desde la primera infancia, porque nos moldean, y es difícil desprenderse de ellos. Un día, una médica oncóloga llamada Nélya vino a verme porque no podía tener hijos: tenía cuarenta y un años y ya había sufrido dos abortos espontáneos; me cuenta que su padre, barbero, le daba una importancia muy particular a los estudios y al trabajo. Les repetía constantemente a sus tres hijas: «La cabeza llena antes que los bolsillos llenos». En esta familia, no había lugar para el placer, ante todo había que trabajar. Sus tres hijas, además, habían tenido éxito en sus vidas profesionales: una de las hermanas de Nélya era ingeniera, la otra comerciante. ¿Pero a qué precio? Las tres trabajaban muchísimo —una de ellas incluso había sufrido un burn-out o síndrome de agotamiento— y sus vidas profesionales se vieron afectadas. Nélya me cuenta que el día de su último aborto espontáneo ni siquiera dejó de trabajar a pesar del malestar. Apenas se tomó algunos minutos entre consultas para ir al baño. El mandato paterno era tan fuerte que siguió trabajando, a pesar del dolor y del shock de la pérdida de ese hijo. «Mi segundo aborto espontáneo fue lo que motivó que viniera a verla», me confió. Trabajamos sobre su deseo de tener un hijo, sobre el lugar que quería darle. Toda la vida la habían felicitado por su coraje; le pregunté si a veces ese coraje no iba en contra de su deseo de ser madre. Para vivir su vida como ella quería, entendió que tenía que vivir de otra forma; decidió, entonces, ocuparse de ella misma reorganizando su rutina. Dos días por semana, tenía que estar totalmente disponible para el hospital y para las reuniones, y los otros tres días programó actividades que le gustaban después del trabajo: paseos a orillas del mar, zumba, yoga, pilates… Mientras escribo estas líneas, Nélya está embarazada de seis meses y se tomó licencia por maternidad. Está muy feliz de tener a su bebé, pero no es tan fácil para ella pasar del «hacer» al «ser».

Kieran Culkin (izquierda) y Jeremy Strong como Roman Roy y Kendall Roy en una imagen de la serie Succession (2018-2023). Crédito: HBO.
Me acuerdo también del caso de este padre marroquí cuya hija trabajaba en la empresa familiar y a quien le repetía continuamente: «Trabajando conmigo, eres una reina; con otros, una sirvienta», «Cada vez que hagas algo, pensarás lo que tu padre piensa, te he creado una mentalidad», o incluso «Las mujeres son como un pote de yogur con fecha de vencimiento». El resultado: a los treinta y ocho años ya tuvo dos matrimonios completamente fallidos, cada uno de los cuales duró solo seis meses. Trabajando de lunes a domingo, se dio cuenta de que en realidad era la «sirvienta» de su padre. Se percató de que era indispensable para ella quitarse el yugo de su padre para vivir la vida que quería. Decidió cambiarlo todo y vino a trabajar su genosociograma. Renunció al trabajo con su padre y decidió irse durante un año de viaje. ¿Qué hizo el padre? Llamó a su hermano para que tomara las riendas de la empresa paterna, hermano que se había ido a vivir a Canadá donde había montado con éxito su propia empresa.
Otro ejemplo: el de Danielle, que vino a consultarme para encontrar una salida al malestar que le generaba su trabajo. Tenía el deseo de lanzarse, además de su empleo, en una actividad laboral independiente que la apasionaba, pero en el fondo estaba persuadida de que era imposible hacer frente a dos actividades a la vez, porque su padre le repetía desde que era chica: «No se hacen dos cosas al mismo tiempo. O se hace una o se hace la otra». Luego de liberarse de este mandato paterno, pudo negociar una media jornada en la empresa donde trabaja y empezar su nueva actividad. Me acuerdo también del caso de una mujer que tenía cuatro hermanos: durante toda su infancia, le escuchó decir a su madre: «Prefiero tener veinte varones antes que una mujer». «Me dolía todo el cuerpo cuando la escuchaba decir eso», me confiesa hoy. Vino para trabajar conmigo sobre su relación con su madre y sus hermanos, porque estaba siempre enojada con ellos y, al finalizar, nuestro trabajo logró reprogramar ese mandato de la manera siguiente: «Es lindo ser mujer, porque tenemos el poder de la ternura y amor para dar».
Los mandatos pueden tomar la forma de palabras que se transmiten a veces de generación en generación, que forman un corsé que nos aprisiona dentro de una serie de acciones que no hemos elegido.
Es importante tomar consciencia de estos mandatos con el propósito de desprogramarlos para liberarse del impedimento que representan y poder al fin vivir su propia vida. Una vez que se actualizan los mandatos gracias al trabajo de psicogenealogía, se invita a la persona a escribirlos en una hoja y luego a elegir su «nuevo programa». Por ejemplo, el mandato que Josiane escuchó toda su infancia: «No hiciste más que lo que tenías que hacer, y muy modestamente», lo reprogramó así: «Te permites hacer lo que quieras, y con todo éxito». Para que el inconsciente la grabe, la oración de reprogramación tiene que ser positiva (sin expresiones negativas) y no debe decir simplemente lo contrario que el mandato.
Sin embargo, la desprogramación no siempre es posible, sobre todo cuando el mandato está demasiado profundamente arraigado. Me acuerdo de la historia de una mujer de cuarenta y cinco años, todavía virgen. Durante toda su infancia, su madre le repitió: «El honor de la familia depende de tu virginidad, no tendrás relaciones fuera del matrimonio». Ella, entonces, se tiraba al cuello del primero que venía, que huía al oír hablar inmediatamente de matrimonio. Un día, le pregunté: «¿Qué podría poner en duda este mandato, según su opinión?». Ella me respondió: «Nada, es un honor para mí ser todavía virgen».
Afortunadamente, no todos los mandatos son encorsetantes; algunos pueden ser positivos, incluso motivadores. «En la vida, hay que tener el coraje de saciar sus pasiones», decía un padre a sus hijos. Qué lema más hermoso, ¿no?
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