Giuseppe Caputo, el escritor que convierte la memoria familiar en literatura
Giuseppe Caputo escribe como quien abre una casa llena de voces. En «La frontera encantada», el autor colombiano reúne memoria familiar, infancia, música, literatura y país en una novela luminosa que parece contener varias vidas dentro de sus 320 páginas. Publicada por Random House, la obra recorre las edades del escritor, de sus padres y de sus antepasados, pero también dialoga con la tradición latinoamericana, con el eco del «boom y con esa intimidad donde la literatura se vuelve conversación. Tras «Un mundo huérfano» y «Estrella madre», Caputo confirma una mirada propia: veloz, sensible, alegre, atravesada por el asombro. Leerlo es casi escucharlo hablar, seguir el pulso de una voz que avanza entre recuerdos, canciones y presencias queridas, incluido un perro que parece saber algo esencial sobre la vida. Juan Cruz Ruiz conversa con un escritor que mira el mundo con ojos llenos de literatura.
Por Juan Cruz Ruiz

Giuseppe Caputo. Crédito: Getty Images.
Giuseppe Caputo (Barranquilla, Colombia, 1982) ha escrito un libro bellísimo -La frontera encantada- que abarca todas sus edades, y también las edades de sus padres, de sus antepasados, de su país, del boom, de la vida entera que cabe en una obra de 320 páginas que Random House edita en todo el mundo de esta lengua. El libro es como él: veloz y feliz, lleno de su vida y de la vida de los otros, incluido el perro que le explica tantas veces qué hacer con la vida. Leerlo es escucharlo hablar, y además es una explicación íntima de su pasión por la música, que es también gran parte del libro.
Mariana Enriquez, escritora argentina que lo ha leído a fondo, dice de él en el texto que Random publica en el dosier de esta La frontera encantada: «Giuseppe Caputo escribe sobre los vínculos íntimos y las soledades urbanas como un aventurero en nuevos mundos, en busca de un lenguaje propio para narrar el presente. Es un poeta y un narrador de la ternura y la sordidez: lo admiro profundamente…».
Sus libros previos son Un mundo huérfano y Estrella madre. Hablar con él es compartir el entusiasmo de la alegría de un escritor que será joven siempre. Él le contó al periodista que hace años un editor al que conoció en Alfaguara le auguró que sería escritor algún día. No fue un lince quien hizo esa adivinanza: Caputo tiene los ojos llenos de literatura.
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Juan Cruz Ruiz: ¿Has escrito antes de empezar a escribir?
Giuseppe Caputo: ¡Cierto! Desde muy chiquito. Mi primera experiencia de escritura era copiar párrafos de libros que me gustaban. Yo creo que la belleza siempre provoca un deseo de reproducción que ahora es más fácil: cuando uno ve un atardecer uno le toma una foto al atardecer… Con los libros y con la literatura me pasó lo mismo: leía los libros que me conmovían y copiaba párrafos y párrafos… Así empecé a teñirme de voces que me provocaban un impacto de belleza. Era como conseguir desde el principio que el niño y el adulto fueran juntos.
Juan Cruz Ruiz: Un desafío.
Giuseppe Caputo: Sí, porque nunca se separaban uno y otro realmente. Para mí, el desafío más grande del libro era el orden de las escenas para que esas heridas de la infancia no se cristalizaran y para que el libro fuera pasando de la historia de la herida a la historia del deseo. En ese sentido hay un permanente vaivén entre el adulto y el niño, pero siempre con miras a que el trabajo de la memoria no sólo funcione para solidificar una herida, que no siempre es una herida histórica, una herida social, un dolor colectivo, un dolor social, sino más bien para emanciparse de esa herida.
Juan Cruz Ruiz: Este es un libro de la felicidad y de la herida. ¿En qué medidas están en tu caso?
Giuseppe Caputo: Comienza con la herida social que provoca la abuela: Esta imagen del nudo colonial que hay en el Caribe en torno a la emigración italiana, de ojos azules, que desembarcó en Barranquilla y ahí vivió un ascenso social inmediato… Ese complejo de inferioridad que ella padece se lo transmite al nieto diciéndole que el lado de ella es vulgar y sin embargo el del padre es elegante… El libro se vuelca en ese lado que ella llama vulgar… Y yo creo que cuando hay un complejo de inferioridad hay dos maneras de enfrentarlo.
Juan Cruz Ruiz: ¿Cuáles son?
Giuseppe Caputo: Desde la aspiración individual, que es como subir en la escala social, o politizarse, es decir, tener una conciencia política. Así que el libro da cuenta del largo y difícil camino que lleva a la conciencia política propia, que no sea necesariamente la transmitida dentro de la casa, sino una sensibilidad política distinta.
Juan Cruz Ruiz: Usas mucha la palabra política, pero aquí también sobresalen la ternura, el placer, esa frontera en la que parece que estás escribiendo, pero es el tiempo el que se escribe. Tu historia es la que escribe…
Giuseppe Caputo: Eso es. Es el largo camino el que hace llegar a eso… Para mí la política está en la relación con los demás y sobre todo con la manera como uno naturaliza construcciones políticas muchas de las cuales conviene cambiar… Así que ese delirio aspiracional de la abuela es, para mí, para el protagonista, una manera de tener una buena vida.
«Con los libros y con la literatura me pasó lo mismo: leía los libros que me conmovían y copiaba párrafos y párrafos… Así empecé a teñirme de voces que me provocaban un impacto de belleza».
Juan Cruz Ruiz: ¿Y la ternura?
Giuseppe Caputo: Está sobre todo en el conocimiento del padre, un emigrante que vino a Barranquilla como miembro de una emigración pobre y se asentó en el Caribe después de la guerra… El protagonista, es decir yo mismo, veía a mi papá siempre como si estuviera recortado y puesto allí, en Barranquilla. Yo siempre lo vi como en una experiencia de dislocación… Cuando uno se empieza a descubrir homosexual esa dislocación también sucede. Mi madre decía que eran hijos de la guerra, yo lo escuchaba contar. Empecé a atar cabos y poco a poco encontré la dimensión histórica de lo que iba sabiendo.
Juan Cruz Ruiz: Ahí empezaste a entender lo que en seguida llamaste ternura…
Giuseppe Caputo: Ahí supe qué había sido en Italia el ejército fascista, y poco a poco me vino la sensación de que, en efecto, las emociones no eran monolíticas, que la ternura formaba parte de mi ser, de aquellos seres. Las emociones son como velcros que se atraen unas a otras. Y la ternura, al menos en este libro, yo lo vería como una capacidad de hacer historia del dolor que siempre recibí como individual, de modo que así entendí al personaje de mi padre y traté de comprender ese dolor histórico.
Juan Cruz Ruiz: Había mucha bondad en medio de esos conflictos…
Giuseppe Caputo: Cada familia llevaba la comida que tenían y la compartían… Esos gestos me parecían siempre como horizontes de futuro en medio de esa sensación de condena que puede atravesar una guerra como aquella… Así que esa experiencia de dolor siempre venía narrada junto con estas experiencias de bondad. En ese marco la abuela era una mujer sin alegría, muy correctiva, y finalmente muy represiva, que quería mantener la etiqueta en la mesa como código de la superioridad social, en medio de una ternura que hace que, al final, destaque yo mismo en los agradecimientos que hay al final del libro.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué te produce ternura hoy?
Giuseppe Caputo: Ahora tengo una perra. Y eso me permite destacar la creciente sensibilidad con los animales y con todas las transformaciones urbanas alrededor del reconocimiento de esa manera de tratarlos. Te nombraría, por supuesto, en el ámbito de la ternura, a los niños de Palestina, esas imágenes que juegan, bailando, en medio de todas las ruinas… Y me produce ternura la gente que sigue teniendo, de manera ya más angustiada, la imperiosa necesidad de seguir viajando del sur a los Estados Unidos en medio de esta represión policial.

Giuseppe Caputo. Crédito: Getty Images.
Juan Cruz Ruiz: Has dicho que hay ternuras felices y rabiosas…
Giuseppe Caputo: La ternura para mí es como una suspensión del asco. Cuando adopté a mi perra en realidad la recogí de la calle… Tan rápidamente no te da asco, pero hay un momento en que el popó se te pega en la mano. Ahí es cuando viene esa suspensión del asco, que también es ternura. La ternura es para mí algo profundamente político: provoca un ablandamiento que termina invocando una especie de ternura feliz… Me produce una ternura feliz, por ejemplo, leer a alguien como Pedro Lemebel, que en medio de aquella dictadura chilena empieza a ofrecer imágenes inesperadas de erotismo frente a toda la represión militar. Así que todo lo que ayude a gritar con la sensación de condena me parece una ternura feliz.
Juan Cruz Ruiz: ¿Y la ternura rabiosa?
Giuseppe Caputo: La rabiosa es la que yo diría que es la que te inmoviliza, la que está muy ligada a la experiencia de la injusticia… En el libro hay un capítulo que se titula Afecto Conservador. Un papá y una mamá tratan de tomar una foto a un niño y el niño no lo permite. El padre lo amenaza con el castigo, con la expulsión, y la madre es más suave, más dulce, y le dice: «Mi amor, así no te van a querer».
Juan Cruz Ruiz: Las formas de las ternuras… ¿Y la homofobia?
Giuseppe Caputo: Muchas veces se entiende la homofobia como lo explícitamente violento… Pero no es así… Estar triste porque tu hijo sea gay también es homofobia…
Juan Cruz Ruiz: Severo Sarduy, el escritor cubano, forma parte de tus homenajes más vividos en el libro…
Giuseppe Caputo: Siempre ha sido un faro… Me interesa mucho el trabajo que hizo con el psicoanálisis. Lee muy bien a Lacan. Pienso en su escritura, como una convergencia de escritura poética y una escritura psicoanalítica. Tiene un libro que se titula Arqueología de la piel. Lo enseño mucho en clase. Él hace como una historia de su vida, de su cuerpo, a partir de las marcas que tienen de sus cicatrices… Para seguir hablando de la ternura: él narra que una vez él pensaba que la mama y él eran uno. Y que una vez se cortó el cráneo con un palo de mango y él se dio cuenta de que él lloraba y la mamá no. Ahí él entendió que eran seres separados… A partir de esa herida yo pensé que ésta era como un nuevo ombligo, entendiendo el ombligo como la primera herida de separación que todo el mundo comparte, y que esa nueva herida en el cráneo era un nuevo ombligo...
Juan Cruz Ruiz: ¿Cómo te imaginabas a Severo Sarduy?
Giuseppe Caputo: Quisiera imaginarlo más en Cuba que en las fotos. Hubiera querido imaginarlo feliz en la playa.
«Te nombraría, por supuesto, en el ámbito de la ternura, a los niños de Palestina, esas imágenes que juegan, bailando, en medio de todas las ruinas… Y me produce ternura la gente que sigue teniendo, de manera ya más angustiada, la imperiosa necesidad de seguir viajando del sur a los Estados Unidos en medio de esta represión policial».
Juan Cruz Ruiz: ¿Cómo te ha afectado la escritura de los otros?
Giuseppe Caputo: Mucho. Mi papá tenía la frustración de no terminar ni siquiera la primaria, así que tenía la ansiedad del emigrante ante el hecho de que los hijos no quisieran estudiar. Así que delante de él empecé a leer El País de las Maravillas, Peter Pan… Fue como mi entrada en la literatura. Fue la gran alegría de leer. Descubrí la literatura norteamericana, que fue la alegría dentro de la alegría. Empecé a admirar a Diamel Altid, a Pedro Lemebel, a Silvia Molloy, a Salvador Novo, a Lina Meruane… Por supuesto, también al uruguayo Felisberto Hernández. A los dieciocho años ya era un lector que, además, había salido del closet… Y el mundo se desdobló y empecé a leer una constelación de autores que muchas veces son, digamos, relegados porque consideran que por ser maricas deben escapar de la experiencia de la universalidad o algo así. Ahí entraron, claro, Reinaldo Arenas y los cubanos, entre ellos, por supuesto, Severo Sarduy.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué te regaló el boom?
Giuseppe Caputo: Sobre todo, me dio mucho Gabriel García Márquez. Hay un capítulo en este libro que se llama Cuerpo Trabajador Mariposado en el que se pregunta por el tema de las mariposas amarillas que siempre están merodeando el cuerpo de un obrero de La Habana. Me pregunto qué hemos hecho a lo largo de todas estas décadas al separar las mariposas de García Márquez para exponerlas en la sobreexposición de Aracataca, donde todo se llama con apelativos debidos a la Milagros la Bella, mientras que los chicos no saben quién era Milagros la Bella. También me sorprendió esa serie sobre Cien años de soledad, con ese tono solemne, ceremonioso, con esa voz tan lenta que explica el libro siempre como si fuera solemne desde el primer minuto.
Juan Cruz Ruiz: Ahora que has publicado este libro. ¿Cómo se queda uno después de un libro como este?
Giuseppe Caputo: Yo me quedé muy feliz, porque sobre todo me quedó como el libro imaginado. Fernando Vallejo y muchos escritores suelen decir que siempre es interesante establecer la distancia entre el libro que uno imagina y el libro que queda. Y yo creo que en este caso la distancia es corta… Si quedó cerquita, como lo imaginé con los fragmentos, eso me provoca mucha alegría. Yo sé que debo procurar el mejor libro posible, y eso traté de lograr en los cinco años que llevo escribiendo este. Creció como una semillita nueva, hasta que empezaba a hilarlo. Y a eso llega uno lleno y feliz.
Juan Cruz Ruiz: De nuevo la herida. ¿La pensabas en voz alta?
Giuseppe Caputo: Yo pienso que sí. Hubo mucha escritura, y mucho paseo, los que daba con mi perro mientras el libro se iba haciendo. El libro empezaba como un tarareo, como una música a la que le iba poniendo las palabras. Fue como una oración en el tiempo más deseante y difícil de mi vida. Era música y yo me decía: ¿y qué palabras le pongo a esta música? En medio de esas preguntas terminaba encontrándome con gente, con los otros perros, ahí empezábamos a hablar, y yo utilizaba esos encuentros para empezar a conversar. Y luego yo iba en voz alta para cuidar la música.
Juan Cruz Ruiz: La herida, la imagen del mundo, las palabras, esa música: todo el libro es una obra maestra. ¿Cómo te sentiste tú cuando lo terminaste de escribir?
Giuseppe Caputo: Fue una sorpresa hasta el final, porque incluso yo pensaba que iba a ser otro. Y cuando estaba tratando de llegar a ese final me di cuenta de que ya estaba escrito, que era cuestión de dividir unos párrafos, de agregar una línea entre un párrafo y otro, y ahí me di cuenta de que ya estaba cerrado, Para mi el desafío más grande fue el orden de los fragmentos para que no terminara justamente en la alegría y en el deseo sino como una obra que tuviera su sitio en la literatura.
Juan Cruz Ruiz: ¿Qué te dijo tu madre cuando lo acabaste?
Giuseppe Caputo: Que no quería leer más escenas de sexo… Yo pensaba que ella podía estar incómoda con el relato familiar, o con la lectura política del relato familiar, más bien, pero eso fue lo que me dijo, que ya no querría escenas de sexo. Y yo le dije: es que el sexo homosexual está poco escrito, así que hay que darle ese lugar. Sí, incluso escritores tan radicales como Fernando Vallejo escriben mucho del antes y del después, pero la acción sexual muchas veces queda en una elipsis.
Juan Cruz Ruiz: En tu caso, el sexo está omnipresente… ¿Ahora eres una persona feliz, Giuseppe?
Giuseppe Caputo: Sí, yo creo que cada vez más. Con los ramalazos de melancolía que a todos nos dan. Pero sí, yo creo que soy feliz.
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