El mal nuestro de cada día: Raquel Villaécija ante el caso Pelicot
La corresponsal del diario «El Mundo» en París firma en «La vergüenza» (Ediciones B, octubre de 2025) una crónica inmersiva y visceral sobre el histórico juicio de los violadores de Gisèle Pelicot, al tiempo que disecciona cómo el miedo cambió de bando y la monstruosidad se reveló terriblemente cotidiana. Hablamos con ella sobre el horror doméstico, la banalidad del mal y la violencia del silencio en Francia.
Por Daniel Arjona

Aviñón, Francia. 27 de noviembre de 2024. Gisèle Pelicot asiste al juicio contra Dominique Pelicot en el tribunal de Aviñón, donde se le acusa de haberla drogado durante una década y facilitar que decenas de hombres la violaran. Crédito: Getty Images.
Es mediodía y los niños acaban de salir del colegio cuando Christian Lescole llega al aparcamiento. No es un criminal reincidente ni un marginado social; es un bombero, un hombre que ha dedicado su vida a salvar a otros, alguien que ha sacado cuerpos de amasijos de hierro y ha consolado a padres que han perdido a sus hijos. Sin embargo, en esa habitación en penumbra de Mazan, con su chaqueta de «Bomberos de Vaucluse» aún puesta, se transforma. En la pantalla de la sala Voltaire del Tribunal de Aviñón, el vídeo proyectado muestra una escena que roza lo lynchiano: una mujer inconsciente, roncando levemente, vestida con lencería de mercadillo, y un hombre con la mirada ida, los ojos desencajados, ejecutando un acto mecánico sobre un cuerpo que no responde.
Ese vídeo, proyectado ante el tribunal meses después, destilaba una violencia particular: la del silencio. No había golpes, no había gritos, solo la inercia de un cuerpo drogado y la negación obstinada del agresor que, frente a la evidencia, insistía en que no tenía «intención» de violar. Fue en esa sala, respirando el mismo aire viciado que cincuenta hombres acusados de la mayor atrocidad sexual de la década en Francia, donde la realidad se fracturó. La monstruosidad dejó de tener la cara de un ogro para adoptar el rostro de un abuelo cansado, de un vecino amable o, como en el caso de Lescole, de un héroe local uniformado. Allí, la negación se convirtió en la banda sonora de un horror doméstico que obligó a todos los presentes a apartar la mirada o a hundirse en la butaca.
Raquel Villaécija Ruiz (Madrid, 1981) sabe bien lo que es mirar donde otros no quieren ver. Periodista y fotógrafa curtida en coberturas internacionales, ha sido redactora para medios como Al Jazeera y Expansión antes de consolidarse como corresponsal de El Mundo en París. Su trayectoria, reconocida con galardones como el premio de Periodismo AECOC o el Promarca, se ha caracterizado siempre por una mirada incisiva sobre la realidad social y económica. Autora de obras como En el corazón de la censura, Villaécija posee esa capacidad veterana de encontrar la historia humana detrás del dato frío, una habilidad que la llevó a quedarse en Aviñón mucho más tiempo del que cualquier editor hubiera exigido.
La vergüenza (Ediciones B, 2025) es el fruto de esa inmersión. Lo que comenzó como un encargo rutinario para cubrir el inicio de un juicio mediático justo antes de unas vacaciones frustradas se convirtió en un viaje personal a las tinieblas de la condición masculina y la resiliencia femenina. Villaécija no se limitó a cubrir las audiencias; convivió con el horror hasta normalizarlo, compartió cafés y espacios con los acusados y diseccionó sus propias emociones frente al espejo de Gisèle Pelicot. El resultado es un libro que trasciende la crónica judicial para convertirse en un tratado sobre la culpa, el consentimiento y la redención de una sociedad que, por primera vez, vio cómo la vergüenza cambiaba de bando.
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LENGUA: Llegas a este caso casi por casualidad, desde la corresponsalía en Francia y a punto de irte a Los Ángeles. ¿En qué momento exacto sientes que dejas de estar cubriendo «un juicio más» y empiezas a vivir un viaje personal del que ya no puedes salirte?
Raquel Villaécija: Creo que fue durante la primera semana. Esos días fueron los momentos más mediáticos, cuando toda la prensa esperaba la declaración de Gisèle. Pero aquella Gisèle de la primera semana no era la que luego vimos; era una víctima que llegaba con sus gafas oscuras, casi escondida. El punto de inflexión para mí llegó a partir de la segunda semana. La gran expectación mediática se disipó y la gente se fue, pero entonces empezaron a declarar ellos.
LENGUA: Los cincuenta acusados.
Raquel Villaécija: Exacto. La declaración de Gisèle y la de su marido eran interesantes, sin duda, pero a mí me generaba una curiosidad tremenda entender por qué esos cincuenta hombres acabaron metidos en esta historia. Ya me había leído el sumario y conocía algunas de sus biografías. Decidí quedarme una semana más, pero al final me enganché porque cada historia era distinta, aunque compartieran rasgos comunes. A la tercera o cuarta semana, ya no pude salir.
«Gisèle desató emociones que nos conectaron a todos dentro de esa sala (...). La vergüenza era una de ellas, y era muy poderosa. Al principio la sentía ella, pero poco a poco se desplazó».
LENGUA: Raquel, el título del libro es contundente: La vergüenza. Gisèle Pelicot pronunció una frase ya histórica: «Quiero que este proceso sea público para que la vergüenza cambie de bando». Pero tú también describes este libro como «el relato de mi viaje... a la vergüenza». ¿Por qué sentiste tú vergüenza?
Raquel Villaécija: Es el debate que ella pone sobre la mesa y que nunca se había planteado de esa manera. Con esa frase lapidaria, Gisèle desató emociones que nos conectaron a todos dentro de esa sala, independientemente del bando en el que estuviéramos. La vergüenza era una de ellas, y era muy poderosa. Al principio la sentía ella, pero poco a poco se desplazó. Al irse la prensa, los acusados sentían una vergüenza que no habrían tenido sin periodistas delante, sobre todo porque la mayoría éramos mujeres. Pero también la sentían las familias que declaraban: una mujer testificando por su marido o por su hijo. Y nosotras, las periodistas, también.
LENGUA: ¿En qué sentido?
Raquel Villaécija: Porque en algún momento empatizabas con alguna emoción de esos hombres. No con el acusado, sino con el hijo, con el padre... Y en ese instante, todas sentimos vergüenza de sentir empatía por la otra parte. Creo que es un sentimiento que nos atravesó a todos, incluso a la sociedad entera. Porque para que algo así ocurra, hay mucho detrás. Dominique Pelicot hay uno, pero luego están todos esos hombres y los errores sistémicos que permitieron, por ejemplo, que existiese la web donde se conectaban. Hubo un abogado que llegó a decir: «Joder, a raíz de este juicio me planteo si yo siempre he sido "clean", si mi comportamiento con las mujeres ha sido siempre impoluto». La vergüenza nos atravesó a todos.
LENGUA: En el prólogo mencionas el inmenso coste personal de cubrir este juicio: «Abrió heridas y me puso delante de muchos espejos». Tuviste que ver decenas de vídeos de una violencia que describes como «execrable». Como periodista y como mujer, ¿cómo gestionaste ese trauma vicario para poder seguir contando la historia?
Raquel Villaécija: Para las mujeres que seguíamos el juicio fue especialmente duro. Al final, nosotras nos relacionamos con hombres, hemos tenido parejas... Aquellos vídeos tenían una violencia muy particular porque, aparentemente, no había violencia. Había silencio. Ella estaba inconsciente.

Boceto judicial realizado el 17 de septiembre de 2024 que muestra al acusado Dominique Pelicot (segundo por la derecha) durante el juicio en el que se le imputa haber drogado a su esposa, Gisèle Pelicot (izquierda), para permitir que él mismo y numerosos desconocidos la violaran en su domicilio de Mazan. Otros cincuenta acusados, de entre 26 y 74 años, también se enfrentaron a cargos por su implicación. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Un tipo de horror muy específico.
Raquel Villaécija: Son vídeos de violaciones sin violencia física, entre muchas comillas. Quizá ver una violación con violencia física te genera otro tipo de rechazo porque, por desgracia, estamos más acostumbrados a esas imágenes. Pero aquí ella estaba inconsciente. Ver esos vídeos nos recolocaba a todas. Y digo todas porque para nosotras era más duro. Lo que ocurre es que, una vez has visto diez vídeos, el número doce te parece repetitivo, aunque siempre había alguno que escalaba un grado más en la violencia. Al final, normalizamos verlos. Hubo compañeras francesas que quedaron absolutamente traumatizadas, incapaces de mirar a un hombre por la calle. Escucharles a ellos y ver aquello nos hacía replantearnos nuestras propias historias pasadas.
LENGUA: Retratas a Dominique Pelicot como un «abuelo cansado» y, a la vez, como un depredador sexual metódico que droga a su mujer y organiza violaciones en serie. ¿Qué aprendiste de esa doble cara del «marido y padre perfecto» que se convierte en monstruo por la noche?
Raquel Villaécija: Al principio me generaba mucha intriga. Era un abuelo debilitado. Le mirabas y pensabas: «¿Cómo este hombre, al que ayudarías a llevar la compra o le cederías el asiento en el autobús, ha podido hacer una cosa así?». No le quitaba ojo, pensando que observándole iba a entender algo, pero la única explicación que me aportó respuestas reales fue la de los psiquiatras. Era un análisis clínico de la disociación: cómo la parte A y la parte B de una persona pueden no dialogar. Es un desdoblamiento de personalidad donde no hay comunicación entre uno y otro. Él sabía lo que tenía que hacer, pero desconectaba. Es la explicación de por qué una persona que era buen marido puede ser también un monstruo.
«Todos estos hombres fueron violadores por sorpresa. Negaban la intención porque, en sus cabezas, una violación es algo que se comete con violencia y premeditación. Su idea del violador era un arquetipo».
LENGUA: El capítulo 4 se titula «Cincuenta hombres normales». Describes bomberos, periodistas, padres e hijos. El más joven tenía solo 22 años. ¿Debemos arrojar a la basura el estereotipo del violador?
Raquel Villaécija: Totalmente. No hay que ser Dominique Pelicot para ser un violador. Puedes ser un hombre con una vida corriente y ser un violador ocasional. El caso es que todos estos hombres fueron violadores por sorpresa. Negaban la intención porque, en sus cabezas, una violación es algo que se comete con violencia y premeditación. Su idea del violador era un arquetipo. Es la impunidad. Eran perfiles con un nivel sociocultural relativamente bajo, salvo excepciones, arraigados en una sociedad muy machista donde la mujer pertenece al marido. Cuando llegan a esa habitación y ven que el marido está delante, piensan: «Bueno, a mí esta señora me da igual, si el marido está ahí, ¿cómo le va a hacer una cosa así?». Se justificaban en ese libertinaje.
LENGUA: Hablas de tu «viaje a la normalización». Acabaste compartiendo espacios, como «el bar de los violadores», e incluso saludando a algunos acusados. ¿Cómo fue ese proceso de convivir a diario con el horror hasta que se vuelve cotidiano?
Raquel Villaécija: Al principio fue un shock verlos en la sala, rodeada de cincuenta tipos que le habían hecho eso a una mujer inconsciente. Era como tener todas las pesadillas de la infancia y la adolescencia juntas. Encontrármelos fuera, en el bar cerca del tribunal, fue impactante: «Hostia, los tengo aquí sentados». Pero pasaron los meses y habíamos hecho ese viaje todos juntos: violadores, periodistas, abogados, Gisèle. Pasabas muchas horas allí, te los encontrabas en la máquina de café, haciendo cola en el baño. Se generó cierta convivencia y resultaba casi más difícil no saludar que saludar. Una compañera francesa contó algo que explica muy bien el tema de la vergüenza. Coincidió con un acusado en la panadería, él le cedió el turno, luego coincidió en el café... Un día él saludó a sus colegas y a ella le tendió la mano. Ella se la dio instintivamente, y en ese momento sintió mucha vergüenza: «Que no me vea ninguna de mis compañeras». Luego se fue a lavar las manos porque se sentía sucia.

Una mujer pasa junto a un mural dedicado a Gisèle Pelicot en Gentilly, al sur de París, en referencia al juicio por agresiones sexuales que ha conmocionado a Francia. Crédito: Getty Images.
LENGUA: En el capítulo 10, «Las otras víctimas», hablas de las madres y esposas de los acusados. Muchas los defendieron, insistiendo en que eran «maravillosos». ¿Cómo interpretaste este rol de las mujeres como defensoras?
Raquel Villaécija: Yo no diría facilitadoras, pero sí justificadoras. Son «las otras víctimas» de las dinámicas de ellos. Madres que tienen que sacar las castañas del fuego al hijo, diciendo que estarán siempre para él, aunque haya cometido una violación. Las que fueron parejas o exmujeres de acusados violentos son víctimas, obviamente, pero las madres seguían justificando porque no habían conocido esa faceta de su hijo. Creo que la pregunta que se hacían no era por qué su hijo había hecho eso, sino: «¿Qué hice yo mal para que mi hijo hiciera esto?».
LENGUA: El acusado número 52 es la web coco.fr, un «foro del delito». ¿Qué papel juega la tecnología actual en deshumanizar a la mujer y facilitar esta violencia?
Raquel Villaécija: No ayuda a construir una sociedad más igualitaria. Puede agravar la situación. Si hay un acusado con cierta propensión, por su historia personal o adicciones, el consumo de pornografía es un elemento de riesgo más, como las drogas. Es una adicción que formatea la imagen que se tiene de la mujer. Sin coco, a Gisèle la habría violado su marido y quizá algún otro que se hubiera encontrado, pero no ochenta tíos. Eso ocurre porque hay una web, una red social que facilita que se cometan esos actos masivos.
«Gracias a su valentía muchas víctimas se quitaron la vergüenza al ver la revolución que ella había hecho y, a nivel jurídico, se ha incluido la noción de consentimiento en la ley francesa».
LENGUA: En paralelo al caso Pelicot, vemos crecer el negacionismo de la violencia machista. ¿Reconoces ecos de ese discurso en el «machismo TikTok» de hoy?
Raquel Villaécija: Absolutamente. Cuando un acusado dijo, hablando del consentimiento: «A ver si ahora va a haber que firmar un papel antes», pensé que eso me lo ha dicho gente de la calle, amigos. Hay una parte de los hombres que lo ven como una amenaza. Perciben una radicalidad en nosotras que no tenemos. Se sienten amenazados, como si fuéramos el enemigo o fuéramos a quitarles algo. Y esa falta de entendimiento corre como la pólvora en redes sociales.
LENGUA: Gisèle dijo que su lucha era «para que la sociedad cambie». ¿Crees realmente que este juicio servirá para algo?
Raquel Villaécija: Estoy convencida de que va a cambiar. Del lado de las víctimas, gracias a su valentía, muchas se quitaron la vergüenza al ver la revolución que ella había hecho. A nivel jurídico, se ha incluido la noción de consentimiento en la ley francesa. Y hubo muchos hombres que se hicieron la pregunta. El dueño del «bar de los violadores», un camarero franco-argelino, se empezó a cuestionar su comportamiento como marido: «No porque fuera mi mujer tenía que tener relaciones cuando a mí me diera la gana». Muchos compañeros en el juicio decían: «Joder, me estoy planteando si yo podría caer en una cosa así». Se preguntaban si alguna vez habían insistido sabiendo que la otra persona no quería. Creo que ha generado conciencia y que muchos, aunque sea por miedo, se lo pensarán dos veces.
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