Manolo Díaz, sesenta años de música pop en español
«Twist and Shout»… y olé: los Beatles en la España de Franco
A las 17:40 horas del jueves 1 de julio de 1965, los Beatles aterrizaron en Barajas para realizar dos conciertos en España. El primero tendría lugar el día 2 en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid. El segundo se celebraría la tarde siguiente en La Monumental de Barcelona. A pesar de que por entonces a su carrera todavía le quedaban cinco (maravillosos) años, los «Fab Four» nunca más volverían a tocar juntos en suelo español. El Gobierno y la policía franquista no querían cuentas con un grupo de melenudos británicos que sembraban la histeria allí por donde pisaban. Si de ellos hubiera dependido, Lennon, McCartney, Starr y Harrison jamás hubieran visitado España. Sin embargo, los cuatro de Liverpool habían sido reconocidos semanas atrás por la mismísima reina Isabel II de Inglaterra como miembros de la Orden del Imperio Británico y quedaba feo negarle la entrada a los embajadores más importantes que Albión tenía en aquella época. Cuando se cumplen 60 años de aquellas dos actuaciones, en LENGUA publicamos un extracto del libro «¿Qué me estás cantando? Memoria de un siglo de canciones» (Debate), un texto en el que Fidel Moreno relata con detalle la visita del mejor grupo de pop de la historia a un país sumido en una dictadura, un yermo cultural muy poco acostumbrado a darle la bienvenida a una banda internacional.
Por Fidel Moreno
Documental del programa La noche temática que aborda la visita de los Beatles a España en el verano de 1965. Crédito: RTVE (subido a YouTube por el canal GuitarDocs).
1965, en España, fue el año de La luna y el toro y de El Cordobés; y más discretamente de la visita de los Beatles. El manager y empresario Francisco Bermúdez fue el responsable de que recalaran en nuestro país, para lo que, entre otras dificultades, hubo que convencer a Camilo Alonso Vega, a la sazón ministro de Gobernación, reticente a la visita. Este escollo se sorteó gracias al gobernador civil de Barcelona, que convenció al ministro señalándole los posibles problemas diplomáticos que podía acarrear no autorizar la actuación de cuatro melenudos que acababan de ser nombrados caballeros del Imperio británico por la reina de Inglaterra. El periodista José Luis Álvarez, director de la revista musical Fonorama, también puso su granito de arena en que los cuatro melenudos pasaran por aquí. Álvarez se encontró con Brian Epstein, gran aficionado a los toros, en un hotel de Sevilla durante la Feria de Abril de aquel año 65, y medio convenció al manager de los de Liverpool de la nutrida afición beatlemaníaca de los jóvenes españoles. Si España no estaba inicialmente en la gira internacional de aquel año era porque, mientras en Reino Unido, en Estados Unidos, en Japón o en Alemania se vendían centenares de miles de copias de los discos de los Beatles, en España solo habían despachado 3.500. Luis Álvarez le explicó a Brian Epstein que en ese momento solo había constancia de la existencia en España de 1.500 tocadiscos, de forma que dos mil fans habían comprado un disco de los Beatles sin poder escucharlo. Además, había que tener en cuenta que un disco podía ser escuchado por cien, incluso por doscientas personas, en fiestas y guateques. Aunque por una buena causa, Álvarez había exagerado bastante, pues el tocadiscos, sin llegar a las ventas masivas de televisores, había alcanzado ya en el 65 una presencia considerable en los hogares españoles. En 1960 un escaso 3 por ciento de los hogares disponían de tocadiscos, pero en 1969 ya será uno de cada cuatro. Así que en 1965 habría cerca de 150.000 tocadiscos en España, no 1.500.
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De cualquier forma, el tirón de los Beatles en España no era poco. En Madrid y en Barcelona se vendieron todas las entradas, lo cual es un dato del arrastre yeyé de aquellos años, sobre todo por el precio desorbitado de las entradas, de 75 a 400 pesetas en un momento en que el salario mínimo oficial era de 60, aunque un peón ganase en realidad 150 mensuales. La reivindicación del derecho a divertirse y a mover el body no contaba con el entusiasmo del régimen, y, aunque no pudieron impedir su llegada, trataron de minimizar el impacto de los Beatles. La llegada de estos al aeropuerto de Barajas no fue recibida por una masa de fans, porque las autoridades se temían, o eso decían, que el evento fuera aprovechado por desafectos para alguna acción de denuncia contra la dictadura. A José Luis Álvarez, que ya tenía preparados cincuenta autobuses para trasladar a los fans a Barajas y darles un buen recibimiento a los Beatles, le dijeron que se olían una acción anarquista para llamar la atención de la prensa extranjera y que ni se le ocurriera llevar a cabo aquellos planes de bienvenida. Las imágenes tomadas por los profesionales del No-Do, donde se puede ver a un centenar largo de fans persiguiendo a los de Liverpool por el aeropuerto, no solo no se mostraron sino que ni siquiera se montaron hasta treinta años después para un programa de TVE que conmemoraba la visita de los Beatles a España [el que se puede ver al comienzo de esta nota]. En su primer concierto en Madrid, la policía no dejó entrar a todo aquel que tuviera pinta sospechosa, lo cual hizo que su concierto en Las Ventas no superase la mitad del aforo. Circunstancia que los del No-Do en su reportaje estrenado por primera vez el 12 de julio, es decir, ocho días después de que los Beatles regresaran a Inglaterra, aprovecharon para declarar que aquellos melenudos no gozaban de mucho predicamento entre la juventud española: «Los Beatles —concluía el locutor— han pasado por España sin demasiada pena ni demasiada gloria». Lo que no mostraba aquel reportaje de menos de tres minutos era que había más gente fuera que dentro, y los grises, a caballo y a pie, trataban de dispersar el tumulto y hasta cargaban y detenían arbitrariamente a curiosos o melenudos rechazados. Edgar Neville, al día siguiente del concierto en Madrid, escribió que había tantos policías allí que con uno más se podía conquistar Gibraltar.
«Los Beatles —concluía el locutor— han pasado por España sin demasiada pena ni demasiada gloria». Lo que no mostraba aquel reportaje de menos de tres minutos era que había más gente fuera que dentro, y los grises, a caballo y a pie, trataban de dispersar el tumulto y hasta cargaban y detenían arbitrariamente a curiosos o melenudos rechazados.
La prevención policial no era del todo infundada; tres meses atrás, en marzo, se habían producido manifestaciones de universitarios de la Complutense reivindicando libertad de asociación y la supresión del SEU. Los profesores Santiago Montero Díaz y Aguilar Navarro, por sumarse a la protesta estudiantil, serán apartados por dos años de la universidad; Agustín García Calvo, José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván correrán peor suerte y se les expulsará a perpetuidad, teniéndose que ganar la vida fuera.
El contraste entre el colorido pop y el régimen, con sus grises, no fue menor en el plano mediático: en la rueda de prensa que dieron en el vestíbulo del hotel Fénix la tarde que llegaron, las preguntas de los periodistas fueron una buena muestra del Spain is different, lema acuñado por el Ministerio de Información y Turismo de Fraga como banderín de enganche que remozaba en clave pop los axiomas sempiternos del franquismo, aquello de «España, refugio espiritual de Occidente», o el no menos ditirámbico «España, unidad de destino en lo universal». Spain is different podía ser también leído con ironía, como manifestación inequívoca de la anormalidad política, del atraso cultural y de las ansias de normalización capitalista de las autoridades, que no dudaban en arrodillarse ante el amigo americano y hasta en balbucir su idioma. Esta doble posibilidad de lectura hizo de este eslogan un hit identitario español como no hemos tenido otro en este país. Junto con esas palabras de despedida supuestamente dichas por el Caudillo en su lecho de muerte, «Lo dejo todo atado y bien atado», y la admonición de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, «Venceréis, pero no convenceréis», Spain is different es una de las coletillas más citadas cuando se habla de aquellos cuarenta años y, sin duda, una de las que más ha calado en la idea que los españoles tenemos sobre nuestro país.

Londres, 4 de julio de 1965. Los Beatles a pie de pista a su regreso de los dos conciertos que dieron en España. Crédito: Getty Images.
Pero no nos desviemos y volvamos a los Beatles y a la rueda de prensa. «¿No tenéis miedo de que venga Dalila? Ya sabéis que fue ella quien cortó los pelos a Sansón»; «¿Os casaríais con alguna española?»; «¿Conocéis a Marisol?»; «¿Os gusta el sol de España?»; «¿Por qué tenéis el pelo tan largo?, ¿es que tenéis miedo a los peluqueros o es que no tenéis bastante dinero para pagarlo?»; «¿Qué opináis de El Cordobés?», preguntaron los sagaces reporteros. El Cordobés ese año había sido la estrella de los ruedos y era omnipresente en los medios y en los mentideros. Al parecer, Brian Epstein, aficionado a los toros, lo conocía; el caso es que el mismísimo Cordobés se presentó a las once de la noche en el hotel para hacerse una foto con los Beatles. Qué lástima que los cuatro de Liverpool estuvieran medio dormidos y no accedieran al posado; la imagen hubiera sido inolvidable.
Lo más pintoresco, lo más Spain is different, fue el sarao que montó a la mañana siguiente Domecq, la marca de jerez, en una sala del hotel, frente a las cámaras, construyendo una réplica de una bodega, con sus barricas, sus catavinos y sus venenciadores escanciando fino a los de Liverpool y enseñándoles el arte de la venencia. Una astuta jugada comercial en esos años en que el Consejo Regulador del Jerez pugnaba contra la British Sherry para que les fuera reconocido el uso exclusivo del nombre Jerez-Sherry, al ser este no la denominación genérica del vino sino su denominación de origen. En las imágenes del No-Do se ve a los Beatles firmando las botas de Jerez, escanciando fino, bebiendo y brindando, acompañados, en el marco incomparable de aquella bodega, por las Hermanas Hurtado vestidas de faralaes y por el recién nombrado alcalde de Jerez, Miguel Primo de Rivera y Urquijo, sobrino de José Antonio, que tuvo el gesto final de entregar a John, como representante del grupo, la «venencia de plata».
Esa tarde del 2 de julio, en los alrededores de Las Ventas coincidían los grises a caballo, los que iban al concierto y no habían podido entrar, los curiosos y los personajes. Entre estos últimos destacaba Pirulo, el quiosquero e intercambiador de cromos del Retiro, que había cerrado el tenderete y se había puesto con un cartel a pedir una oportunidad para meterle tijera a los melenudos: «Los tenemos que pelar, Pirulo pide una oportunidad». Dentro de la plaza, entre el público, estaban muchos de los protagonistas de la escena pop y rock de aquella España: Bruno Lomas, Miguel Ríos, Karina, Massiel, Micky y los Tonys, Rocío Dúrcal... Los Brincos no desaprovecharon la ocasión mediática y se presentaron perfectamente conjuntados con sus capas toledanas. A las ocho y media de la tarde, el sin par Torrebruno presentó al trompetista Juan Cano y su orquesta, que fueron los primeros teloneros de la larga y heterogénea lista que había confeccionado Francisco Bermúdez para hacer justificable el precio desorbitado de las entradas, pues la actuación de los Beatles contratada no pasaba de doce canciones, menos de tres cuartos de hora. Tras el trompetista vino The Rustiks, unos emuladores de los de Liverpool fichados por Epstein, que fueron seguidos con atención. Luego Torrebruno presentó a los Martin's Brothers, un dúo de la cantera de Bermúdez, al que siguió, para sorpresa del respetable, la actuación de la Trinidad Steel Band, un grupo de negros de la isla de Trinidad que tocaban steel drum, ese instrumento percutivo hecho con un bidón de petróleo, tan común hoy en ferias hippies de artesanía, pero que entonces, en el coso taurino de Las Ventas, debió de tener un impacto enorme por su exotismo tribal. A continuación, el baladista romántico Michel. Después Los Pekenikes, uno de los platos fuertes de la noche, atacando con sus éxitos La tía vinagre y Tengo una muñeca vestida de azul —dos revisiones en clave moderna de canciones infantiles del folclore español — y, elección muy criticada por algunos, el mismísimo Twist and Shout de los Beatles. Todavía tocaron tres conjuntos más, entre los que destacaron The Beat Chics, cuatro chicas y un chico al estilo de los de Liverpool.
Lo más pintoresco, lo más Spain is different, fue el sarao que montó a la mañana siguiente Domecq, la marca de jerez, en una sala del hotel, frente a las cámaras, construyendo una réplica de una bodega, con sus barricas, sus catavinos y sus venenciadores escanciando fino a los de Liverpool y enseñándoles el arte de la venencia.
Por fin, Torrebruno, a las diez y diez, se acercó al micrófono y, con aquella voz animosa que tan famoso le hizo en varias generaciones de niños de este país —aquel «Tigres, / leones, / todos quieren ser los campeones»—, anunció lo más esperado: «Y ahora, sí, ha llegado el momento, sí, queridos amigas y amigos, aquí están, por primera vez en España, los fantásticos, los únicos, los Beatles». Y los Beatles salieron al escenario; John Lennon iba con sombrero de ala ancha y Paul saludó a los presentes por el micro —«¡Hola, Madrid!»—, y empezaron su descarga con Twist and Shout, ya interpretada esa noche por Los Pekenikes. No sé si será verdad, pero suena verosímil, la historia de que Twist and Shout fue compuesta en el 61 por Phil Medley y Bert Russell pensando en La bamba, el primer rock en español hecho por el chicano Ritchie Valens en 1958, a partir de un son jarocho tradicional de México. Si fuese así, y la similitud rítmica y armónica de estas dos grandes canciones no fuera casual, Twist and Shout sería el ejemplo inverso de las adaptaciones del inglés al español, con las que empezaron el rock y el pop en nuestro país. De ser cierto, no creo que los Beatles estuvieran al corriente, pero no deja de ser Twist and Shout la mejor elección para empezar su concierto, una demostración, al fin y al cabo, del poder contaminante de la música, por esa posible bastardía de origen y por explotar al máximo las posibilidades rituales de los nuevos ritmos que invitan a la celebración colectiva del baile y el desgañite fan.

4 de julio de 1965. Los Beatles recién aterrizados en Londres desde Barcelona. Crédito: Getty Images.
Los policías que estaban dentro asistían perplejos a las demostraciones de entusiasmo; algunos se acercaban nerviosos a los fans más exaltados y les ordenaban, como si aquello fuera un acto de desorden público: «Disuélvanse, no se manifiesten». La amplificación del sonido en aquella época no era ninguna maravilla, y, sumado a los gritos delirantes de las fans, debió de ser más que insuficiente; sin embargo, a juzgar por las imágenes, el público disfrutó de lo lindo, aunque a muchos, entre ellos el actor Luis Cuenca, les pareció que el verdadero espectáculo no estaba sobre el escenario sino en el mismo público enloquecido por la música. Tras Twist and Shout tocaron once temas más, entre ellos Rock and Roll Music, de Chuck Berry y Everybody’s Trying to Be My Baby, de Carl Perkins, y se fueron sin un bis. Como despidió Torrebruno a los asistentes: «¡Esto es todo, amigos!».
Durante el concierto, en los alrededores de la plaza, la policía cargó contra los congregados a los que no habían dejado pasar por sus malas pintas y realizó algunas detenciones. Esa noche, un vagón del metro de la estación más cercana sufrió en su carrocería y en sus ventanas la agresión de algunos de aquellos pobres yeyés que, habiendo pagado el precio desorbitado de su entrada, se quedaron a las puertas y a merced de las porras policiales. Si durante la actuación de los Beatles, un año antes, en el programa televisivo de Ed Sullivan, Estados Unidos se paralizó y hasta bajó el índice de delincuencia durante la hora que duró la emisión, en España, en cambio, hubo más violencia (por parte de la policía al menos) y el impacto mediático fue minimizado por el control de la información.
Si durante la actuación de los Beatles, un año antes, en el programa televisivo de Ed Sullivan, Estados Unidos se paralizó y hasta bajó el índice de delincuencia durante la hora que duró la emisión, en España, en cambio, hubo más violencia (por parte de la policía al menos) y el impacto mediático fue minimizado por el control de la información.
En Barcelona, al día siguiente, no hubo problemas con el acceso del público y 18.000 personas llenaron la Monumental. Algunos de los teloneros españoles cambiaron; Los Shakers, por ser de Madrid, fueron abucheados, pero Los Sírex, de Barcelona, fueron aplaudidísimos con sus éxitos de ese año, Que se mueran los feos («Yo, yo, yo soy muy feo / y la estética, por mucho que avance, no me salvará») y aquella de La escoba («Si yo tuviera una escoba cuántas cosas barrería»), que tanto gusta todavía a los niños de hoy, una canción vagamente protestona, pero tan vagamente que más bien resulta una conjura contra la protesta, en dos puntos generales que a nadie compromete: «Primero, lo que haría yo primero, / barrería yo el dinero, / que es la causa y el motivo, / ay, de tanto desespero. // Segundo, lo que haría yo segundo, / barrería bien profundo / todas cuantas cosas sucias / se ven por los bajos mundos». Los Beatles, por su parte, tocaron en el mismo orden el repertorio de doce temas que habían hecho en Madrid. Apenas 42 minutos y fin de su gira europea. Brian Epstein se llevó un cheque de 5.000 libras esterlinas, es decir, 900.000 pesetas de la época por los dos conciertos, y Francisco Bermúdez ganó unas 600.000 pesetas limpias. Buen negocio. A la vuelta, en Londres, un periodista le preguntó a John si habían pasado miedo al actuar en dos plazas de toros y el cantante contestó que no, que ningún miedo, y que, «además, los toros no desafinan».
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