Eve Babitz por Rodrigo Fresán: Apuntes para una mujer en llamas
En Los Ángeles, el fuego no solo devora colinas y mansiones: también consagra mitologías. Eve Babitz fue una de ellas. Musa, cronista, artista y presencia magnética de una ciudad que aprendió a narrarse a sí misma entre fiestas interminables y resacas culturales, Babitz escribió como vivía: con descaro, inteligencia y una ligereza engañosa que escondía una mirada afilada. «Yo era un encanto» (Random House, enero de 2026), el volumen que por fin reúne en español sus mejores crónicas, devuelve al primer plano a una autora que entendió antes que nadie que la alta cultura también podía llevar tacones y fumar sin pedir perdón. Entre 1975 y 1997 -año del accidente que marcaría el abrupto apagón de su vida pública- Babitz dejó un mapa íntimo del Hollywood que no salía en los folletos: el de las noches largas, los amantes célebres, las amistades peligrosas y las obsesiones privadas. Por estas páginas cruzan Francis Ford Coppola, Jim Morrison o Charles Manson, pero también el yoga, la acupuntura, el amor libre y esa sensación permanente de estar bailando al borde del abismo. Publicadas originalmente en revistas como «Rolling Stone», «Vogue» o «Esquire», estas piezas confirman a Babitz como una narradora total, capaz de convertir la experiencia en literatura sin perder frescura ni ironía. En LENGUA, acompañamos este rescate editorial con la publicación íntegra y exclusiva del prólogo de Rodrigo Fresán: una invitación a leer a Eve Babitz como lo que fue y sigue siendo, una mujer en llamas.
Por Rodrigo Fresán

Eve Babitz, artista y escritora estadounidense, fotografiada el 4 de abril de 1997 en Hollywood, Los Ángeles, California. Crédito: Getty Images.
UNO La vida y obra (y el desvivirse sin sobras, obrando vitalmente o vivir más que sobradamente) de Eve Babitz (ver notas al pie: 1).
Allá fue y aquí viene.
Aquí vuelve.
Obra y vida planteadas, no como una novela-río, sino como en las sucesivas y temperamentales olas de un océano nada pacífico en una más bien diabólica Los Ángeles. Metrópoli atomizada y fragmentaria y siempre en compás de espera para la llegada del Big One: ese gran cataclismo que arrasará con todo y todos y la haga aún más pedazos.
Antes, mientras tanto y hasta entonces, las idas y vueltas de Eve Babitz como un más pequeño, pero no por eso menos atendible, terremoto en sí mismo, en sí misma. Ondas expansivas y réplicas apasionadas y orgásmico corrimiento de placas y ruinas flamantes y construcciones a prueba de sismos. Así, hasta alcanzar el éxtasis postrero de la refundación y del redescubrimiento de aquello y de aquella que, en verdad, nunca había sido descubierto y descubierta en su momento.
Así, Eve Babitz como alguien a la que nunca debió sepultarse o enterrarse con vida, con tanta vida. Y lo suyo como algo compaginado a partir y al llegar de las postales extraviadas de sus extravíos, de despachos desde sus múltiples frentes abiertos y sin toques de queda, de ensayos y errores difíciles de solucionar en la práctica pero triunfales al volverse letra y anécdota, de mensajes en botellas náufragas y vacías, de polaroids autobiográficas de una chica con pupilas rojo flash sin párpados donde se impone el self al selfie.
Así, Eve Babitz como guía turística poco ortodoxa y divina comediante entre el cielo y el infierno purgando sus pecados y repartiendo perdones por una L.A. a la que ama (y condena) más que Randy Newman en esa canción tan cariñosa como irónica.
Así, Eve Babitz como fenómeno geológico y meteorológico y sociológico y, sí, last but not least, literario y editorial.
Algo que y alguien quien, estremeciéndose al escribir, hizo y hace temblar a sus lectores.
DOS Y en una de esas postales, Eve Babitz conduce por Los Ángeles y siente ganas de fumar y ese fósforo que se enciende (como al principio de episodio de Mission: Impossible) y besa al cigarrillo. Y algo de su ceniza ardiente que cae desde dedos temblorosos por posible resaca de noche anterior y prende y arrasa falda con demasiado poliéster en su composición. (2)
Y todo lo que en Eve Babitz ardió tanto durante años se quema en cuestión de segundos. Eve Babitz, existencialmente quemada desde hace años, huele a quemada de verdad. Y, sí, claro, de algún modo ninguna sorpresa: porque siempre se pensó y se dijo que Eve Babitz era alguien decididamente inflamable y desequilibrada y desequilibrante y tan incontenible como uno de esos incendios californianos alentados por el soplo tan enloquecido como enloquecedor del viento Santa Ana.
TRES Sí: la mujer que arde y quema se llama Eve Babitz y todos la conocen y muchos, claro, desearían no haberla conocido; porque acercarse demasiado a ella y entrar en su vida equivale a salir quemado. La magnética Eve Babitz suele sacar ampollas y es casi atractivo turístico de Los Ángeles y una suerte (por lo general mala) de leyenda urbana en esa ciudad en la que, según ella, «no hay inviernos pero sí hay terremotos, fiestas, y ciertas personas, y canciones». Eve Babitz es warholiana celebridad de quince minutos (pero demasiado singular y única para haber sido una de sus plurales e intercambiables super-stars en The Factory); y su tic-tac es más el de una auto-bomba de tiempo que el de un reloj marcando sus horas y deshoras entre autopistas y playas y casas y canciones precipitándose desde Laurel Canyon. Eve Babitz es como la imposible pero real hija bastarda de Norah Ephron y Charles Bukowski luego de una larga noche blanca de varios días negros sin pegar ojo. Y, comenzando los ‘70s, la mente y el cuerpo de la para entonces desalmada Eve Babitz comienza ya a sentir los efectos y la fatiga de materiales por lo que define como «squalid overboogie». Así que –mejor, por las dudas, porque tomorrow never knows– decide no hacer un alto pero sí sentarse a dejar algo de todo lo vivido y visto y oído por escrito para que otros lo oigan y lo vean y lo revivan.
Pero antes, en su infancia y adolescencia, Eve Babitz fue más bien wesandersoniana y como habitando una de esas preciosas escenografías cortadas longitudinalmente y pobladas por coloridos. Nacida en 1943, padre reputado musicólogo barroco y violinista en la Twentieth Century Fox Orchestra, hermosa madre artista. Bernard Hermann y Thomas Mann y Arnold Schoenberg y los Huxley son visitas habituales, Igor Stravinsky es su padrino (y le sirve su primer scotch a los trece años). (3) Eve Babitz, a la hora de recordar, definirá ese tramo de su vida como la de una «art groupie/art model» frecuentando la entonces legendaria y vanguardista Ferus Gallery de Walter «Chico» Hopps en La Ciénaga Boulevard y donde coincidieron los últimos beatniks y los primeros psicodélicos. Eve Babitz quien en 1963 posa desnuda jugando al ajedrez con Marcel Duchamp para que el fotógrafo Julian Wasser (quien también fotografió a Joan Didion junto a ese automóvil, su Stingway amarillo, en 1972) haga click y big bang y la vuelve instantáneamente célebre por cortesía de esa instantánea. (4)
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Y alguien razonará, con ingenio un tanto malvado, que «En la vida de todo hombre joven hay alguien como Eve Babitz y, usualmente, es Eve Babitz». Así, Eve Babitz como musa inspiradora pero, también, muy inspirada. Eve Babitz amante de Jim Morrison (se dice, y lo dijo ella, que ella es la «L.A. Woman» de The Doors) y de Harrison Ford (entonces carpintero eficaz y, también, camello de marihuana para las estrellas y, según ella, muy verticalmente dotado para la gimnasia horizontal à deux) y del excesivo hasta para ella Warren Zevon (autor de «Desperados Under the Eaves», acaso la canción más babitziana jamás escrita y cantada) y de Stephen Stills y de Steve Martin (a quien le impuso lo del traje blanco mostrándole fotos de Jacques Henri Lartigue) y de los pictóricos hermanos Ed y Paul Ruscha y del cofundador de Atlantic Records Ahmet Ertegun y de Elio Fiorucci (a quien le dedicó por su encargo todo un libro modelo coffee table con estética new wave sobre sus vistosos looks y colores flúo, y cuyo texto se incluye aquí a modo de coda) y de la fotógrafa Annie Leibovitz (novia pasajera quien también la fotografía), y siguen las firmas sobre su rubensiana y voluptuosa anatomía de curvas peligrosas y muy celebrada por sus imponentes pechos. (5) Eve Babitz quien diseña portadas para álbumes de Buffalo Spingfield y Leon Russell y Linda Rondstadt y The Byrds (y quien, casi con el aire casual de una conspicua y omnipresente versión femenina de Leonard Zelig, sigue acumulando celebridades planetarias o estrellas fugaces o agujeros negros, como dispuestas en su propia versión de la cubierta de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band). Eve Babitz quien se propone como cronista imprevisible para Rolling Stone en sus años dorados (en sus páginas le presenta Frank Zappa a Salvador Dalí) y, después, todo semanario y mensuario que le haga sitio. Y lo hace con prosa que combina el desenfreno de Hunter S. «Miedo y Asco en Las Vegas» Thompson y los sociológicos ojos de rayos x de Tom «La hoguera de las vanidades» Wolfe y la acidez de Joseph «Catch-22» Heller (admirador confeso) y el casi sado-masoquista exhibicionismo de Norman «Publicidad para Mí Mismo» Mailer sin por eso privarse de momentos/percepciones algo menos pirotécnicas de tíos mayores como Joseph «El secreto de Joe Gould» Mitchell o de Gay «La mujer de tu prójimo» Talese. (6) Pero, por encima de toda influencia, lo que acaba imponiéndose en lo de Eve Babitz es el influjo de Eve Babitz con una mezcla de ingenuidad y ferocidad, de ilusión y desencanto; como si ella se moviese y relacionase con modales de una Alice en Wonderland o una Dorothy en Oz donde abundan los monarcas locos y los magos farsantes. Sí: Eve Babitz –fan estelar en todos los fan clubs en los que se la invita o se la evita– es más personaje que persona. Personaje de novela sin cuentos que a veces parece que no va a contarla de tanto dar la nota (y de ingerir tanto alcohol y polvos mágicos y pastillas de colores que no demorarán en llevarla a rehabilitaciones surtidas). Y es por eso que Eve Babitz no para de tomar notas o de añadir teléfonos y direcciones a su agenda mientras ofrece el suyo y la suya en todas direcciones y a toda voz. Sí: Eve Babitz busca la exclusiva, pero la rotación constante de su sola presencia es un paren las rotativas.
CUATRO Y Eve Babitz quiere ser una escritora respetada y casi lo consigue pero –luego de estallar en llamas– dejan de llamarla para que escriba. Eve Babitz deja de contar, ya nadie cuenta con Eve Babitz. De pronto es como una Eva expulsada del Edén por, para muchos, haberse pasado más de lista que de sabia y ser condenada al dejar-de-ser colgada de una palmera de claustrofóbico interior y tan lejos de las palmeras de Beverly Hills. Todos se olvidan de ella y se esfuerzan por no recordarla (a no ser para recordar alguna de las grandes anécdotas que supo protagonizar y qué habrá sido de ella) o para marcarla como síntoma de tiempos que ya no volverán en el que todo era muy loco y excesivo, como Eve Babitz. Hasta que, inevitable y norteamericanamente, llega ese segundo acto en el que no creía Francis Scott Fitzgerald. Y todos vuelven a hablar de ella y hablan bien y la nombran con cariño (de pronto Eve Babitz es contraseña vip para connoisseurs) hasta que la muerte la separa de la vida para que la obra una a sus cada vez más viejos conocidos y a jóvenes recién llegados a una fiesta que comenzó mucho tiempo antes de que ellos nacieran en una ciudad de grandes pantallas donde no había teléfonos móviles y la gente no dejaba de moverse, de girar, de revolucionar no en pantalla pequeña sino en vivo y en directo.
Entonces eran los años ‘70 y Eve Babitz parece salida y sacada de una de esas películas de Robert Altman o de Hal Ashby y conversa y monologa y escribe con un estilo que combina lo mejor de Dorothy Parker y Fran Lebowitz con una epifánica pizca del todavía por publicar Hijo de Jesús de Denis Johnson mientras va de aquí para allá con aires de una divina y decadente Sally Bowles en Cabaret o más parecida a la Jordan Baker que a la Daisy Buchanan de las bacanales de Jay Gatsby.
Por encima de toda influencia, lo que acaba imponiéndose en lo de Eve Babitz es el influjo de Eve Babitz con una mezcla de ingenuidad y ferocidad, de ilusión y desencanto; como si ella se moviese y relacionase con modales de una Alice en Wonderland o una Dorothy en Oz donde abundan los monarcas locos y los magos farsantes. Sí: Eve Babitz –fan estelar en todos los fan clubs en los que se la invita o se la evita– es más personaje que persona.
CINCO O –mejor o más precisa aún– como la Maria Wyeth de la novela Según venga el juego de Joan Didion (7). Y tal vez haya algo injusto en la inevitabilidad de que, a la figura de Eve Babitz, se le añada la de Joan Didion (cuando a la de Joan Didion no suela añadirse, justiciera e inevitablemente, la figura de Eve Babitz). Pero así viene el juego y no se puede sino jugarlo. Porque, sí, Eve Babitz y Joan Didion se conocen y se reconocen mutuamente en 1967 (las presenta el partyanimal angeleno Earl McGrath, casado con hija de condesa italiana). Así, un hipotético y níveo The Didion Album llevaría una sobrecubierta colorida pero a la vez muy dark diseñada por Eve Babitz. Y empiezan siendo muy amigas. Más que eso: son cómplices. Son una para otra y tal para cual. Son mujeres bajo su mutua influencia en un minué cassaveteano. Son opuestas complementarias y extremos que se tocan.
Eve Babitz y Joan Didion –dueñas, cada una, de una voz y un tono inconfundibles– se alimentan vampíricamente la una de la otra: Eve Babitz es acción y práctica (8) y Joan Didion es teoría y reacción. Y la suya es una relación peligrosamente simbiótica-antagónica-parasitaria. Y cada una quiere ser la otra sin dejar de ser quien es, pero con la plena consciencia de que lo que tiene la otra y no tiene la una las haría mejores y más fuertes en lo suyo.
Joan Didion es Doctora Jekyll; Eve Babitz es Miss Hyde.
Joan Didion es pequeña y frágil y habla entre susurros inmóviles con mirada voyeur; Eve Babitz es gigantesca y exhibicionista y se expresa en largas y gritonas parrafadas y no para de bailar para que la miren bailar.
Joan Didion es trágica y dramática; Eve Babitz es cómica y divertida.
Joan Didion esconde su mirada detrás de impenetrables gafas oscuras para que no la vean ver; Eve Babitz baja las suyas hasta la punta de su nariz para revelar sus ojos sonrientes y mirar muy pero muy fijo.
Joan Didion gusta de cocinar para muchos invitados y servir en exquisita porcelana inglesa marca Spode; Eve Babitz gusta mucho de invitarse a comer con las manos y la boca abierta porque tiene una gran historia que contar.
Joan Didion es celosa neurótica refrigerada; Eve Babitz es febril histérica siempre en celo.
Eve Babitz conoce y se acostó con Jim Morrison (por quien siente mucho afecto en lo humano pero tiene más bien poco respeto en lo artístico) y Joan Didion le pide a Eve Babitz que se lo presente para poder poseerlo por escrito como «misionario del sexo apocalíptico» (9).
Joan Didion no puede escribir sin una Coca-Cola cerca; Eve Babitz declara que «mi droga favorita es aquella que tenga más a mano».
Joan Didion es la monógama que admite no saber lo que es enamorarse (más asociada que casada con el muy buen escritor John Gregory Dunne y madre adoptiva de Quintana Roo Dunne Didion: verdaderos protagonistas de esos manuales de autoayuda un tanto psicóticos pero no por eso menos admirables que son El año del pensamiento mágico y Noches azules) y es quien teme al influjo del, páginas atrás ya soplado por aquí, Santa Ana y cierra las ventanas; mientras que la enamorada en serie que jamás se casó Eve Babitz lo adora y, huracanada, se deja arrastrar por él abriendo puertas y piernas de par en par a lo que venga y a quien llegue.
Joan Didion tiene una casa junto al mar; Eve Babitz tiene las llaves para entrar a todas las suites del Chateau Marmont del Sunset Boulevard y pase all access a todos los camerinos del The Troubador en West Hollywood.
Joan Didion es el alma cerebral de la fiesta; Eve Babitz es el cuerpo todo corazón del según siga la juerga.
Eve Babitz diseña ese póster de Ginger Baker y Joan Didion lo compra y lo cuelga en su estudio.
Joan Didion es deductiva outsider Sherlock Holmes; Eve Babitz es insider absoluta Watson.
Joan Didion es depresiva pero carrerista; Eve Babitz es eufórica pero descarriladora. (10)
Joan Didion quiere tener las historias vividas por las que Eve Babitz es conocida; Eve Babitz quiere tener las historias revividas por las que Joan Didion es reconocida: esa crónicas de su ciudad (que no es la de Joan Didion, quien nació en Sacramento y llega desde Manhattan) (11) recopiladas en los muy justamente envidiados Arrastrarse hacia Belén y El álbum blanco.
Joan Didion es la magistral mejor alumna de la clase; Eve Babitz es la más chistosa e indisciplinada que se las arregla para aprobar sin nunca estudiar demasiado.
Joan Didion escribe con el cuidado de un forense a la busca y el encuentro de le mot just; Eve Babitz es puro instinto y azar de tahúr y asegura que, cuando le sale rápido y sentido por escrito algo que le gusta, es «como si estuvieses jugando al póker y te tocasen todas las mejores cartas».
Joan Didion es una máquina de escribir; Eve Babitz escribe a máquina (12).
Y entre aquellos –muchos– a los que Eve Babitz dedica su primer libro se lee un «A los Didion-Dunnes por tener que ser quien yo no soy». (13) Y en algún momento se pelean sin llegar a pelearse. Peor aún, sin siquiera entrar en combate y en retirada: se cansan la una de la otra. Ya no se sirven, ya no quieren seguir sirviéndose. Joan Didion, célebre y celebrada, se distancia de aquella enfant-terrible que conoce sus trucos mejor que nadie; Eve Babitz, de pronto más infame que famosa, se limita a explicar que «Eché a Joan». Muchos años después, a principios de otro milenio, Eva Babitz llama por teléfono a In Depth –un programa de televisión en el que Joan Didion está siendo entrevistada– y sale al aire por teléfono sin que nadie se la espere. (14) Joan Didion es famosa. Eve Babitz se presenta no como una escritora y colega de leyenda, sino, apenas, como «una vieja amiga de Joan, de Hollywood». Y se ríen y parecen reconocerse. Y la presentadora del programa interrumpe y corta su conversación porque no entiende de qué se ríen y da paso a la siguiente llamada.


Arriba: Eve Babtiz jugando con su gato. Cortesía de Mirandi Babitz. Eve Babitz Papers, The Huntington Library, Art Museum, and Botanical Gardens. Abajo: Cubierta de la edición en inglés del libro Play It As It Lays (Según venga el juego), de Joan Didion, con una imagen de una joven Eve Babitz ante el tablero con el artista Marcel Duchamp. Crédito: cortesía de Fourth Estate.
SEIS Los nudos y enredos, sus tira y afloja, han sido muy bien y muy in extenso y clínicamente y sin anestesia explorados en Didion & Babitz (15) de Lili Anolik (16) y, antes, en Hollywood’s Eve: Eve Babitz and the Secret History of L.A. (2019), (17) resultando esto en la recuperación de toda la obra de Eve Babitz (18). Visiones de una insomne química –la medianoche limitando siempre con el mediodía– suelta por los boulevards y colinas de la demoníaca Los Ángeles sesenta/setentera arrimándose sin dificultad a lo de Nathanael West (19) y a lo de Raymond Chandler y a lo de Horace McCoy y a lo de James M. Cain y a lo de David Goodis y a lo del Ross Macdonald y a lo del primer James Ellroy (20). Y a lo de Bret Easton Ellis (admirador y amigo) (21) y a lo de Bruce Wagner y a lo del David Lynch de Mullholand Dr. e Inland Empire. Breves pero reveladores –vuelvo a invocar el formato– embotellados despachos/postales/polaroids desde/para aquella que es la primera en probarlo todo y la última en irse de la orgía. Corresponsal guerrera de su propio territorio reportando desde los bungalows sodoma-gomorranos de hotel embrujado, el oasis al que se quiere real pero enseguida se rebaja a espejismo (porque las sirenas y los tritones de L.A. le cantan que ya es hora de volver a la pequeña casa en la gran ciudad), los viñedos de Central Valley revelados como por el mejor John Fante, las conversaciones con una apenas velada Janis Joplin, la escapada casi culposa y traicionera a San Francisco, las piscinas de Palm Springs y las noches encandiladoras que, de pronto, son mediodías en los que el único consuelo que finalmente (o hasta la próxima cita a ciegas) le queda es releer a sus ídolos: Virginia Woolf y a Marcel Proust y a M. K. Fisher y a Henry James (22) y a la, de nuevo, para ella insuperable Colette. O seguir tomando notas con una mezcla sublime de furia y sensibilidad y desencanto con alegría y tristeza para redactar valentine en entregas para un amor que nunca se entregará del todo a ella. Alguien advirtiendo al visitante que «En L.A., cuando alguien se corrompe, siempre lo hace junto a una piscina» y evocando ese «tembloroso fin de semana en el que me enfrenté a la posibilidad de que un libro que había escrito pudiese convertirse en un best-seller… No me hice famosa, pero sí me acerqué lo suficiente como para oler el hedor del éxito. Y olía a tela quemada y a gardenias marchitas».
Todo sobre tantos pero, finalmente, sí, nada más y nada menos que all about Eve.
SIETE Y sí, no: todo lo que escribe Eve Babitz pertenece al género Eve Babitz. Artículos periodísticos y novelas autobiográficas (su autora prefería definirlas con el término de «confesionales») y relatos muy personales siempre al borde de la combustión espontánea. Todo empieza y transcurre y termina en ella por más que apenas se ocultase bajo las máscaras transparentes de una tal Sophie o una tal Jacaranda.
Las crónicas (recopiladas aquí y en el debutante El otro Hollywood, de 1974), (23) esa pequeña obra maestra que es Días lentos, malas compañías (Colectivo Bruxista). Segundo pequeño inmenso libro de Eve Babitz, en 1977. Y las novelas autobiográficas y gozosas en su sufrimiento à la Jean Rhys por Central L.A. y West Hollywood y alrededores (Sex and Rage: Advise for Young Ladies Eager for a Good Time, de 1977, y L.A. Woman, de 1982). Y los cuentos/ensayísticos muy bien ensayados y contados (el crepuscular y casi como adieu a todo aquello Black Swans, de 1993). Y hasta una especie de instructivo psico-gimnástico para aprender a bailar y disfrutar el tango y otras danzas casi como versión muy personal y más movida que contemplativa del zen (Two by Two: Tango, Two-Step and the L.A. Night, de 1999).
Y todos y cada uno de ellos, en el momento de su publicación no funcionaron como debían haber funcionado.
Y Eve Babitz se convirtió en anécdota a evocar de lejos y lugar común a no ser ya frecuentado.
Y –flashback fast-forward– una mañana fatal de 1997, Eve Babitz conduce su auto y enciende un cigarrillo y deja caer fósforo sobre su falda muy combustible y arde como un bonzo. Eve Babitz como uno de esos incendios que azotan Los Ángeles y quemaduras de tercer grado en todo su cuerpo. Eve Babitz quien, luego, escribirá acerca de tener entonces más de cincuenta años y comprobar de la casi peor manera posible que fumar es malo para la salud. Y Eve Babitz no tiene seguro médico; pero insignes viejos conocidos ya atemporales quienes «no me perdonarían si me muero» (los hermanos Ruscha, Dennis Hopper, Leibovitz, Jack Nicholson, Jackson Browne, Don Henley, Martin, Ford) acuden a su rescate. Y organizan subasta de objetos personales y pagan las facturas del hospital. Y alguien se lo comenta, emocionado, queriendo emocionarla. «Blowjobs… Mamadas», explica y comenta Eve Babitz, desde su lecho de convaleciente, descansando sin paz, oliendo a trapo chamuscado y a jazmines mustios de hospital.
Todo lo que escribe Eve Babitz pertenece al género Eve Babitz. Artículos periodísticos y novelas autobiográficas y relatos muy personales siempre al borde de la combustión espontánea. Todo empieza y transcurre y termina en ella por más que apenas se ocultase bajo las máscaras transparentes de una tal Sophie o una tal Jacaranda.
OCHO Después, Eve Babitz como reclusa en un departamento maloliente al sur del Santa Monica Boulevard junto a su gato y deslizándose en cámara lenta, alucinada y alucinante, por las playas cada vez más vacías de la Enfermedad de Huntington. Eve Babitz está perdida. Un día, ya se la mencionó, aquí viene otra vez, Lili Anolik la encuentra porque no deja de encontrarla. Anolik –quien en 2014 prepara un artículo sobre la historia secreta de Los Ángeles en los ‘70s para Vanity Fair– se cruza con su nombre una y otra vez en el research para lo suyo. El nombre para ella desconocido de Eve Babitz como agujero negro junto a tantos otros muy reconocibles nombres estelares como una constante y omnipresente nota al pie con ella de rodillas. Eve Babitz como aquella que aparece siempre, junto a todos y todas, a muchos menos que seis grados de separación. Así que Anolik cambia de planes porque –se sugiere y se convence– qué sentido tiene escribir sobre tantas personas sueltas cuando Eve Babitz contiene multitudes. Eve Babitz es –decaído y caído– El Ángel de Los Ángeles. Pero Anolik siente que puede ayudarla a remontar su vuelo de fénix. Anolik escribe y firma frontal perfil con Eve Babitz al frente y se publica –dos años después de conocerla– en 2014 en Vanity Fair. (24) Y –¡abracadabra, presto!– Eva Babitz sale de ese arcón mágico en el que había desaparecido luego de haber sido atravesada por sables y cortada en dos partes.
Para 2017 –protagonista de una de esas resurrecciones o redescubrimientos al estilo de Maeve Brennan o Jane Bowles o Lucia Berlin o Aurora Venturini o, de nuevo, Jean Rhys– la supuestamente demodée Eve Babitz súbitamente de moda y muy fashion y à la page y más cool de lo que nunca había sido. Su K.O. muta a O.K. Y Emma «Sobrina de Julia» Roberts y Emma «La La Land» Stone posan en Instagram leyendo L.A. Woman y Sex and Rage, Kendall Jenner es fotografiada por un paparazzo con ejemplar de Black Swans asomando de su bolso. Y se la traduce a doce idiomas. Y se pone en marcha el proyecto para una de esas miniseries de plataforma. (25) Y sus papeles y cuadernos van a dar a la bóveda de una universidad de prestigio. Y el Smithsonian cataloga su foto avec Duchamp como «uno de los documentos clave en la historia del arte moderno de los Estados Unidos». Y la New York Public Library dedica una jornada a vida y obra y más vida de Eve Babitz. Esa a quien algunos la quieren sentir como fuera de la ley empoderada en su biografía on the rocks pero nunca comprendiendo del todo la triunfal impotencia en y con todas sus letras a secas.
De ahí que, mejor, leer lo que escribe y no lo que la describe; aunque a menudo (en lo suyo) Eve Babitz sea más o menos o menos o más lo mismo.
Así, entre el 2014 y el 2021, Eve Babitz pasa de ser mitómana a mito y (con alguna extrañeza, producto de los primeros síntomas de la Enfermedad de Huntington, lanzar al aire algunos tuits un poco demasiado políticamente conservadores cuando no directamente reaccionarios) y se entrega a largas conversaciones telefónicas. «Por teléfono y sin pantalla, ella lucía como en la portada de El otro Hollywood. Por teléfono ella se escuchaba como si se leyera Días lentos, malas compañías», marca Anolik.
El 17 de diciembre de 2021, a los 78 años, Eve Babitz muere en Los Ángeles y su funeral es íntimo y casi secreto y The New York Times titula su medida necrológica (26) con un «Eve Babitz, hedonista con notebook, fallece a los 78 años» y la describe como «voluptuosa bardo de Los Ángeles» y «precoz hija de Hollywood» y «la Colette de Sunset Strip» y –en palabras de su agente literaria, Erica Spellman Silverman– «Francis Scott Fitzbabitz: muchos la consideraron en su momento demasiado sexy y ligera para ser una escritora seria. Pero desde el principio yo entendí a lo suyo como algo tan honesto como asombroso… Ella escribía sobre mujeres en una manera que ya no existe. De ahí que ahora una nueva generación responda admirada a su desenfado y coraje. Creo que las mujeres ya no tienen ese tipo de libertad que tuvo ella. Eve jamás se vio a sí misma como a una víctima. Fue un espíritu libre y vivió su vida como quiso». Y se enumeran famosos nombres y más nombres que frecuentó y la frecuentaron incluido, por supuesto, el de Joan Didion.
Joan Didion muere cuatro días después, (27) en New York, y páginas y más páginas de elegías. Y su memorial fue una de esos acontecimientos al que todo nombre famoso rogó ser invitado y, si no, ver cómo se hacía para colarse por la puerta de atrás.
Como Eve Babitz en tantas ocasiones y quien, finalmente, supo salir por la puerta principal.
Cada vez más veloz y en mejor compañía.
Ahora, a esperar la por qué no biopic musical con canciones de Lana Del Rey, la gran chanssonier del Los Ángeles soñador y endiablado y desvelado y seráfico.
Y para la cual (aunque Margaret Qualley podría hacerlo y hacerla muy bien) (28) no estaría nada mal que convocaran a casting exhaustivo y descubriesen a una genial desconocida para que se lleve todos los premios para newcomer del año y un Oscar por haber más o menos sabido imitar a la inimitable Eve Babitz.
Y, por favor, que la dirija –otro nombre propio y apropiado– nada más y nadie menos que Paul Thomas Anderson.

Eve Babitz, artista y escritora estadounidense, fotografiada el 4 de abril de 1997 en Hollywood, Los Ángeles, California. Crédito: Getty Images.
NUEVE Y este libro veloz y más bien frenético rebosa de nombres propios (muchos de ellos en actitudes relativamente impropias) y es una más que buena compañía. Este es, también, un libro histórico (a reunir con los otros tres indispensables en el corpus ardiente de Eve Babitz: El otro Hollywood y Días lentos, malas compañías y Black Swans y sus cartas enviadas o no) abarcando los pálidos días breves y las bronceadas largas noches blancas entre los 70’s y el principio de los 90’s. Ensayos y sketches para Rolling Stone, (29) Esquire, (30) Vogue, Harper’s Bazaar, Condé Nast Traveler, Playboy, Wet: The Magazine of Gourmet Bathing y la efímera City Magazine de Francis Ford Coppola.
Y –en esta vasta aglomeración de textos que va de lo privado a lo público y, en más de una ocasión, fundiendo a ambos territorios en un virtual y poco virtuoso Mondo Babitz– hay cuatro textos centrales: aquel que cuenta su génesis como leyenda en esa aún casi adolescente foto al desnudo jugando al ajedrez con Marcel Duchamp, un recuerdo para cuando abrió las puertas de The Doors (quienes, de nuevo, le daban un poco de vergüenza ajena) (31) para que así Jim Morrison entrase en ella, una visita al rodaje de la segunda parte de El padrino, y el detallado recuento de su episodio flamígero.
Y –action!– James Woods y Nicolas Cage y Andy Warhol y Billy Baldwin y Jackie Collins y Oliver Stone y Val Kilmer (quien, a diferencia del líder de The Doors, «nunca sabrá lo que es haber sido gordo») y Patrick Swayze y Charles Manson y su familia asesina. Y yoga y milonga. Y el prisionero amor libre. Y perfumes de marca y marcado y sudoroso intercambio de fluidos corporales. Y la tiranía de las modas y la dictadura-esclavitud de su propio escote. Y la Generación de Acuario y el canceroso error de no comprender que la belleza no equivalía a poder.
Y Los Ángeles en todas partes (con escapadas a San Francisco y Manhattan y Miami y Santa Fe y Ojai) y allí Venice Beach y Pasadena’s Gamble House y el club Helena’s y el Whisky A Go-Go y Ventura County y super-markets abiertos a las tres de la mañana y nadar desnuda y –como bien definió el escritor Larry McMurtry– las palabras y la voz «de alguien, innegablemente, enamorada de su lugar en el mundo».
Y todo el tiempo la tensión entre alta/baja cultura y el bajo/alto instinto, entre lo formal y lo informal, entre la forma y lo deforme, entre la fama y lo infame, entre el chisme como arte y lo que Eve Babitz envidia y desea y celebra y define como a la artística «perseverancia de una visión», entre los malos modales y las buenas maneras, entre el vertiginoso ocaso de la juventud que se pensaba eterna porque así se la quería y sentía y el súbito amanecer de la un tanto inmadura madurez, entre la ligereza de la prosa y la profundidad del concepto, entre «el espíritu transitorio» de Los Ángeles y el sentimiento de sentirse nativa y local para siempre y por siempre hasta que la Falla de San Andreas acierte y diga basta.
Todo escrito y descrito con lo mejor del ser amateur y silvestre pero, también, con lo intuitivo y dotado de esa pasión que solo se encuentra en el libertinaje lanzado de lo freelance. Un style y un look que se acerca mucho a la materia tratada para volver a la figura de quien la trata. Un fraseo no exactamente con los calculados tics y las taras del new journalism profesional sino con la inocencia de quien sabe que el lector se sorprenderá por lo que cuenta, porque ella misma se sorprendió al encontrarlo. Y que en más de una ocasión –con más sentimiento que técnica– pareciera que lo escribe en el mismo acto de vivirlo.
Eve Babitz en su periodismo no revive sino que vive.
Eve Babitz escribe con Cara-de-Wow! y, también, con Mueca-de-Ugh-Pfff…
DIEZ ¿Hay algo de tremendo y perturbador en el curso de la vida de alguien quien primero es parte de lo It y de lo In y luego es Out para –casi demasiado tarde, pero mejor tarde que nunca– resurgir de sus cenizas luego de haber pasado por las llamas, como otro de esos tantos ejemplos de los retrovintage? Seguramente sí. Y toda tardía y breve justicia luego de larga y temprana justicia siempre se vivirá con un cierto regusto agridulce.
El mismo sabor que –en sus últimos días y antes de sucumbir a una de esas impiadosas enfermedades degenerativas que inmovilizan cuerpo y borra memoria– seguramente tenía en su boca Eva Babitz al sacar, entre sumas y restas y divisiones, múltiples cuentas y recuentos felices en agradecidas re/ apreciaciones de lo suyo casi a modo de disculpas y en últimas entrevistas en publicaciones de primera como The New Yorker, The Village Voice, Bookforum, The Millions, Vulture, The Sunday Times, The Paris Review GQ, Vogue, The Guardian, Elle (ofreciendo «Instrucciones para vivir como Eve Babitz») y con Esquire republicando para el número con el que festejaba su ochenta y cinco aniversario (junto a firmas de gran renombre) su crónica al desnudo junto a Marcel Duchamp. Entrevistas que en verdad eran las muy postergadas primeras donde Eve Babitz no buscaba la venganza pero sí se consideraba digna de revancha. (32)
Y en todas y cada una de ellas Eve Babitz dice las cosas que solo alguien que ha tenido una maldita vida interesante puede decir con bendita autoridad e ingenio.
Cosas como:
«Para mí la experiencia de ser joven fue algo muy despreocupado o, al menos, así lo viví en su momento… Pero la realidad es que nadie, si se lo considera retrospectivamente, vive despreocupadamente… tal vez de manera descuidada, juvenil, ¡pero eso de vivir despreocupado solo lo experimentan las personas a los seis años!».
«¿Persona o personaje? Supongo que ambas… Los amigos acerca de los que escribí me dicen que he creado personajes a partir de ellos. Y supongo que he hecho lo mismo conmigo misma… ¡Escribir es difícil! Y salir de juerga, por entonces, parecía tanto más sencillo, al menos por algunos años. Después la fiesta se acabó y…».
O:
«Escribí acerca de lo que hice porque tenía algo que decir y contar acerca de ello y creo haberlo contado y dicho».
O:
«Siempre me tomé muy en serio como escritora. Y supongo que al resto del mundo le llevó unos cuarenta años ponerse a mi altura. Disfruté mucho de ser la It Girl cultural, la Brigitte Bardot que, además, era la ahijada de Stravinsky; pero prefiero la categoría de escritora, porque eso es lo que he sido a lo largo de casi seis décadas».
O:
«¿Persona o personaje? Supongo que ambas… Los amigos acerca de los que escribí me dicen que he creado personajes a partir de ellos. Y supongo que he hecho lo mismo conmigo misma… ¡Escribir es difícil! Y salir de juerga, por entonces, parecía tanto más sencillo, al menos por algunos años. Después la fiesta se acabó y…».
O:
«Los años ‘60s y ‘70s fueron una época exótica para todos los que la exploramos. Fue un tiempo de libertad y, aparentemente, sin ninguna consecuencia a posteriori. “Aparentemente”, he dicho. Porque no mucho después nos dimos cuenta de que sí habían muchas consecuencias. Pero todo el mundo estaba acostándose con otros, tomando drogas, y escuchando o tocando música formidable. No había incorrección política ni advertencias y, si no querías unirte a la fiesta, te ibas a casa y a otra cosa».
O:
«Eso de ser considerada ahora una especie de ídolo o heroína feminista me gusta. Aunque no lo entiendo muy bien. Pero nunca está mal que te consideren heroica». (33)
O:
«El oficio de escribir siempre fue para mí el proceso de descartar todas las palabras que sobran y dejar aquellas que produzcan una sensación de engañosa facilidad para el lector. Aunque esto no sea nada fácil de conseguir para quien las pone por escrito. Lo difícil para mí fue tomarme el asunto con seriedad y entregar mis páginas a tiempo al jefe de redacción».
O:
«Escribir bajo la influencia de las anfetaminas es algo complejo porque Mein Kampf ya fue escrito así, y es mucho mejor que lo mío».
O:
«Siempre me gustó bailar… Y entonces descubrí el tango… Parecía algo tan malvado. Coincidía con mi opinión sobre el romance; era una danza de tortura. Era incluso mejor que el romance, porque todos mis romances resultaron tan horribles que pensé que si simplemente iba y lo bailaba sería más fácil. Y más barato. Además, era ejercicio. Me encanta el ejercicio, pero había hecho yoga y todas esas otras cosas, y eran muy solitarias. Pensé que sería divertido; al menos podías hablar con la gente. Pero el tango también tiene sus propias tensiones. Hay gente que critica tu apariencia. Lo cual es un poco molesto, pero no me importa. Ser bailarín significa que eres como te ves. Si no te vistes bien ni llevas la ropa adecuada, no estás haciendo tu arte. No puedes simplemente bailar, tienes que ser el baile. Y en este sentido el tango es una tortura; así que por suerte descubrí el two step tejano: algo mucho más divertido».
O:
«¿Mi legado? Nunca he pensado acerca de lo mío en esos términos. Cuando publiqué mis libros sentí un gran orgullo al verlos en las librerías… A algunas personas les gustaron y a otras no. Y eso es todo. Por lo que todo este asunto de ser redescubierta es un verdadero shock para mí. Me gustaría que lo mío perdurase, me gustaría que fuese tema de estudio en universidades, pero no me engaño: difícil que vaya a suceder algo así».
O:
«¿Si me arrepiento de algo? Los arrepentimientos son algo difícil de tener y difícil de dejar ir. No hay nada que puedas hacer al respecto. Pero, finalmente, los arrepentimientos son una pérdida de tiempo. Y a esta altura de mi vida andar cargando con ellos sería algo absurdo y agotador. La gente me pregunta si lamento lo de mi accidente… No sé: yo pienso que sentirme agradecida por haber sobrevivido a ello es una manera más sencilla y feliz de ir por la vida. Aunque todavía tenga que tratar mis quemaduras que jamás se curarán del todo, no puedo sino pensar que el tener ahora setenta y seis años y, por fin, ser leída y querida no está nada mal además de que jamás lo hubiese esperado… Todos mis fans, viejos y jóvenes… Estoy tan feliz de por fin haber encontrado un público con el que bailar».
O:
«Las reglas urbanísticas de cualquier otra ciudad no pueden aplicarse a esta ciudad ni a quienes nacieron aquí… Los Ángeles ha cambiado mucho, demasiado, en los últimos tiempos: demasiados autos y cada vez menos lugares donde estacionarlos».
ONCE Y, claro, ese auto y ese cigarrillo y esas llamas y, de pronto, el verse obligada al poner freno al desenfreno y al estacionamiento que se creía permanente hasta el día del desguace.
Pero no.
Por suerte para nosotros.
Aquí Eve Babitz acelera de nuevo y sin cinturón de seguridad. Chica intelectual y mujer de mundo. Detective investigando su caso y reuniendo a los sospechosos de siempre (34).
Aquí Eve Babitz con sus amores y besos y adicciones, a veces fugaces y en fuga y otras permanentes e inasibles.
Aquí Eve Babitz quien vino y vio y tal vez no venció en la vida: pero sus libros sí son un triunfo.
Y sigue y seguirán viendo para que, leyéndolos, veamos a Eve Babitz.
Y –¡Oh sí, oh sí!– no hay humo en sus ojos: hay fuego.
Notas al pie:
1. Nombre de fonética implacable: más marca registrada que apelativo y cuyas partes –como ocurre con Billie Holiday, Bette Davis, Eleanor Rigby o, sí, la aquí inevitable, más detalles más adelante, Joan Didion– se hacen sónicamente inseparables. Así, nunca Eve y jamás Babitz y siempre Eve Babitz.
2. Seamos detallistas porque a Eve Babitz –nunca separada de su libreta de notas– siempre le resultaron muy importantes los detalles: el automóvil que conduce es un Volkswagen Beetle modelo 1968, el cigarrillo que enciende es un Tiparillo con sabor a cereza, y afortunadamente lleva botas altas que protegen buena parte de sus piernas. Y todo esto tiene tiempo y lugar el 13 de abril de 1997 frente al restaurante Raymond en Pasadena luego de que Eve Babitz asistiera a un brunch en familia. Su hermana Mirandi, a menudo atribulada por cómo la hacía aparecer en sus escritos («Ella solía traerme sus manuscritos y preguntarme si la iban a matar por contar eso; y, por supuesto, yo me enojaba y la prevenía acerca de las consecuencias; pero también sabía que lo mismo lo iba a hacer; y, en cualquier caso, estaba bien escrito y siempre era algo auténtico y muy interesante») demandó a los fabricantes de la falda. Y consiguió algo de dinero como compensación. ¿Qué fue lo que dijo Eve Babitz al descubrirse envuelta en llamas? Eve Babitz dijo: «¡Oh no, oh no!».
3. Uno de los proyectos nunca realizados de Eve Babitz era el de investigar / ficcionalizar la vida de sus padres.
4. «La idea se me ocurrió porque siempre había querido ver a Eve desnuda», confesó tiempo después el fotógrafo. Y una de las piezas fundamentales de este el libro es el relato (la foto fue, también, una suerte de vendetta contra Hopps, su amante, casado, «la hice para que me recuerde siempre así») que hace de todo el asunto la propia Eve Babitz. Más detalles –con Eve Babitz casi sometida a gracioso y entrañable careo cuasi-judicial– aquí.
5. Sí: Eve Babitz está obsesionada con Marilyn Monroe en tiempos en que se favorecen las siluetas más estilizadas y un tanto andróginas de Edie Sedgwick y Jean Seberg.
6. Lo que no impide que recomendables ensayos históricos del movimiento como La banda que escribía torcido de Marc Weingarten (Libros del K.O., 2013) no le conceda ni la mención de su nombre. El subtítulo de la edición original es Wolfe, Thompson, Didion, Capote & The New Journalism Revolution. Y sí, de acuerdo, ok, lo confieso antes de que, ahora mismo, se me acuse de ello: tal vez haya algo de muy entusiasta exageración en arrimar al nombre de Eve Babitz a todos los nombres recién mencionados. Pero, en mi descargo, diré que exactamente ese es uno de los efectos tan colaterales como primarios del ser expuesto a la exagerada y muy entusiasta Eve Babitz. Uno –refleja y automáticamente– se pone de su parte y reclama para ella la parte que le correspondía y que nunca le dieron. Y uno –muy pero muy interesado– la reclama con demasiado atraso y actualizados intereses.
7. Novela de 1970 muy influyente a la que Eve Babitz siempre consideró sobrevalorada y «tonta» y «fake». Novela, también, en la que Joan Didion ficcionalizó (luego de pedirle permiso) varios episodios de no ficción en la vida de Eve Babitz, pero subrayando sus aspectos más sórdidos y oscuros y malditos y nada de su bendita y encandiladora joie de vivre. Y justicia irónicopoética: una de las últimas reediciones made in the UK de la novela lleva en su portada esa foto (otra toma de la misma sesión, en la que se ve claramente el rostro) de Eve Babitz al desnudo y buscando jaquear a Marcel Duchamp.
8. Como simple muestra de sus respectivas polaridades, cabe recordar ese célebre momento en el ensayo El álbum blanco en el que Joan Didion reporta a un niño de cinco años flotando entre nubes químicas de LSD suministrado por sus hippie-padres y sintiendo (como admitiría muchos años después, en 2017, en el un tanto complaciente pero también involuntariamente implacable documental The Center Will Not Hold, dirigido por su sobrino, el actor y escritor Griffin Dunne) que semejante visión era, periodísticamente, «oro puro» y que «una vive para momentos así mientras está escribiendo una crónica». Cabe pensar que, en semejante situación, Eve Babitz además le habría pedido a los padres del pequeño que la invitasen a una dosis. De igual manera, Joan Didion reporta los asesinatos del Clan Manson con prosa portentosa y oracular y los define como signo de los tiempos; mientras que Eve Babitz cuenta casi casualmente que se entera de todo saliendo de la ducha, preguntándose quién le haría algo así a Sharon Stone, pero cerrando todo con un formidable réquiem por el encantamiento perdido y pensando que esos gritos que se oían eran, también, los suyos y los de su generación y degeneración.
9. Detalle digno de mención: Eve Babitz siempre despreció y consideró cursi ese un tanto moralizante y cómodo cliché literario/narrativo de Los Ángeles como metrópoli apocalíptica con Juicio Final a la vuelta de cada esquina. En sus textos Eve Babitz jamás condena ni ajusticia desde el punto de vista de lo correcto/incorrecto. De ahí su ceja enarcada y mueca torcida ante las letras y músicas de The Doors y –por extensión y apenas subliminalmente– con las heroínas en caída libre en las novelas de Joan Didion.
10. Y está claro que la primera tenía mucha mejor prensa y que, más que probablemente, era más responsable a la hora de cumplir deadlines y llegar a tiempo al cierre de sus páginas.
11. Ciudad en la que la joven Eve Babitz la pasó muy mal durante un año, trabajando como secretaria de un vendedor de publicidad en Madison Ave., y solo pensando en dejar atrás ese «lugar tan gris» y que «da miedo de vivir borracha todo el tiempo» (no es tiempo ni lugar para convertirse en una nueva Holly Golightly en Desayuno en Tiffany’s) para regresar pronto a su colorida patria: ese sitio «sin historia ni libros ni tradiciones diciéndonos qué hacer o cómo podía irnos».
12. Y por las dudas: Joan Didion no es mala y victimaria ni Eve Babitz es víctima y buena. Su relación es mucho más compleja y ambigua y abundante en grises y claroscuros que eso. Y esto es también una verdad incuestionable: mientras que Eve Babitz acabó, con cierto resentimiento, cuestionando la escritura de Joan Didion, Joan Didion supo ver y admirar desde el principio y antes que nadie el talento de Eve Babitz, a quien ayudó todo lo que pudo o todo lo que quiso, da igual.
13. Dunne definía a Eve Babitz –ácida y sarcásticamente y acaso con una cierta envidia por el modo en que encajaba en todas las scenes– como «groupie con abolengo».
14. La breve y graciosa conversación –que tiene mucho de afectuosamente privada más allá de estar transmitida en público– puede verse y oírse aquí.
15. Me pregunto si el título no debería haberlas presentado, por riguroso y protocolar orden alfabético, como Babitz & Didion. Y sus choques y fugas darían, seguro, para una muy buena próxima temporada de Feud: esa serie televisiva de Ryan Murphy donde ya se exploró la guerra entre Bette Davis y Joan Crawford o las traiciones entre Truman Capote y sus «Cisnes», desplumando las bajezas de la alta sociedad neoyorquina.
16. Aunque queda más que claro que Anolik es Team Babitz; sin que esto signifique el respetar –si no admirar– en la muy talentosa Joan Didion su brutal fuerza de voluntad, a su ambición sin límites y a su calculador genio estratega a la hora de vender su producto y su figura de ícono romántico y ejemplar esposa-madre-viuda-huérfana de hija, poniendo la obra por delante y por encima de todo y todos y la no ficción siempre un tanto ficticia antes que la realidad.
17. Libro fascinante pero que es –admitirlo– una más que encandilada casi love letter antes que biografía objetiva y rigurosa.
18. Así, dos de sus siete libros (más esta recopilación post-mortem y su correspondencia) reeditados en la muy prestigiosa NYRB Classics junto a –en su consagratorio catálogo– al hasta su inclusión casi secreto Stoner de John Williams o al revolucionario JR de William Gaddis, a tótems como Edith Wharton y Honoré de Balzac y Henry James y, ah, a Lo puro y lo impuro de su amadísima, por encima de todas y de todos, Colette.
19. A quien Eve Babitz, misteriosa y sorpresivamente, detestaba y consideraba «repelente» y –por haber nacido en Manhattan– un impostor/intruso en Los Ángeles llegando allí para regocijarse en los rincones más oscuros de la ciudad con la perversión de turistas (pero, claro, tal vez Eve Babitz proyectase en West sus problemas con la también «extranjera» Joan Didion).
20. Sí: Eve Babitz tiene algo de noir en technicolor, de femme fatal fatalista.
21. Atención: la primera edición de su Menos que cero fue portadora de blurb de Eve Babitz: «La novela sobre la que tu madre te previno».
22. El favorito de Eve Babitz entre todos sus relatos es «La bestia en la jungla». Ese con su protagonista atormentado por una versión primaria del FOMO: el miedo a perderse algo que siempre está por suceder pero –lo comprende hacia el final de su vida– nunca llega.
23. Mosaico de textos elípticos-autobiográficos (cuya portada original la exhibe con boa y bikini –Eve Babitz se mira todo el tiempo el ombligo, sí, pero también lo enseña– y con su imponente delantera fotografiada por Annie Leibovitz), donde destaca «El Sheik». Ese retrato de colegialas bellas y salvajes («Nadie escribe mejor acerca de la secundaria y del mal iluminado pasaje que va de la inocencia a la adultez», apuntó y da en el blanco Holly Brubach en el prólogo a El otro Hollywood en la reedición de NYRB Classics). Piezas de un puzzle figurativo y abstracto al mismo tiempo y que Eve Babitz ensambla luego de fracasar en sus intenciones originales: una novela que funcionase como puesta al día de Suave es la noche de Francis Scott Fitzgerald, uno de sus textos-fetiche. El otro Hollywood fue traducido en 2018 por Random House donde también, recientemente, se publicó el ya mencionado virulento-patológico exposé de la relación peligrosa Joan Didion/Eve Babitz de Anolik. Y Anolik ha seguido en campaña; ha editado, a finales de 2025, la correspondencia de Eve Babitz en el indispensable Too L.A.: Letters Never Sent (But Some Were).
24. Y, enseguida, Anolik –sin entender muy bien del todo cómo o por qué– se convierte, enseguida, en amiga y confidente y en biógrafa. Sí: Anolik se descubre como fan de Eve Babitz con la misma entrega y pasión con la que Eve Babitz fue fan de tantos y tantas. Pero también hay que decirlo: ya en 2012, en un blog de la misma revista, el nada complaciente crítico literario James Wolcott (así como Holly Brubach en la T Magazine de The New York Times y Steffie Nelson en la Los Angeles Review of Books) se preguntaba qué habría sido de Eve Babitz y cómo era posible que –con todos sus libros descatalogados– no se la apreciara como correspondía. Y, sí, todos mencionaban a Joan Didion. Definió Wolcott, muy perceptivo: «Uno tiene la sensación al leerla que Eve Babitz no se toma muy en serio el escribir –o incluso a sí misma– en sus textos. Y pienso que es verdad, que solo escribía al sentirse inspirada y cuando no, no. Pero también admiro mucho a aquellos que sienten que no hay que escribir por obligación, que tienen una carrera que cuidar que requiere periódicas actualizaciones y reboots y diligente y penoso esfuerzo: vivir siempre fue lo más importante y lo primero y principal para Eve Babitz».
25. De llevarse a cabo, espero que ella y lo de ella no sea degradado a una suerte de Carrie Bradshaw en la West Coast, a un «Sex and Another City».
26. Periódico que en su momento se había referido a Días lentos, malas compañías como «una mezcla de lo seductor y lo idiota, con un toque ligero» y a Sex and Rage como «un ejemplo amplificado de la ficción de revista femenina en su forma más mediocre». The Los Angeles Times fue, comprensiblemente, más generoso en espacio y aprecio al glosar su obra y su vida a la hora de despedirla.
27. Alguien tuiteó, con gracia, que Joan Didion hizo un gran esfuerzo para vivir un poco más que Eve Babitz y morir última.
28. Y Elizabeth Olsen podría ser una más que apropiada Joan Didion.
29. A cuya redacción la llevó y presentó Joan Didion luego de leer, muy impresionada, «El Sheik», texto de Eve Babitz en el que evoca su paso por la Hollywood High School.
30. Allí, uno de sus más dedicados y admirados paladines fue Terry McDonell y, de paso, alguien debería traducir su magnífico The Accidental Life: An Editor’s Notes on Writing and Writers (Knopf, 2016).
31. Pequeña interferencia muy personal: completamente de acuerdo en esto con Eve Babitz. Y ya que estamos sonando en L.A.: que viva Love y su Forever Changes.
32. Quien desee verla y oírla en acción y recordando sin demasiada ira, aquí la tienen.
33. Y esto es algo que merece ser analizado y aclarado en detalle. Porque a la hora del feminismo actual, Eve Babitz difícilmente sea un buen ejemplo a seguir. El feminismo de Eve Babitz, entonces, tiene algo de perversamente machista. Es decir: Eve Babitz propone un dancing with the Big Boys, quiere ser uno de ellos, no quiere ser una chica. Quiere penetrarlos y no que solo la penetren. Quiere un fuck you en toda la regla y con el mismo aire casual de los machos de entonces. Y solo acabar para acabar contándolo con sus propias palabras y que no la cuenten a ella (como a Edie Sedgwick y tantas otras It Girls de entonces que no sobrevivieron para contarlo). Lo vio muy bien la periodista Marie Solis en The Nation: «Babitz no vivió una vida ajena al patriarcado, pero los lectores actuales bien podrían suponer que encontró la manera de burlarlo. A pesar de su proximidad con las figuras masculinas más influyentes de Hollywood, ella rara vez sucumbió a sus encantos; en cambio, hizo que todos jugaran con sus propias reglas». La propia Eve Babitz apunta y da en el blanco, con ingenio, cuando postula que, antes que ninguna y después de todo, por primera vez en la historia del mundo, en Los Ángeles, hubo una fiebre de oro no solo para hombres: Hollywood, donde las mujeres también podían ser íconos. Y en su novela L.A. Woman, su alter ego Sophie aclara turbulenta: «Para mí los hombres no son más que adjetivos… Todos me hacen sentir como modificada; incluso una palabra como girlfriend me hace sentir como si me acabasen de cortar por la mitad para luego coserme». Y sí: girl y friend no es lo mismo que girlfriend.
34. Y para cuándo una más que merecida estrella a su nombre en el Hollywood Walk of Fame para que, por fin, la caminen de la mejor manera posible, de la manera que se merece, luego de tantos años de haber sido pisoteada y pateada.
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