Apuntes para John... y sobre Joan Didion
En noviembre de 1999, Joan Didion empezó a ver a un psiquiatra porque su familia había atravesado «unos años difíciles». Didion documentó estos encuentros con la precisión de quien sabe que escribir es una forma de ordenar el caos: durante meses, llevó un diario en el que volcó, con un rigor casi clínico, el contenido de esas conversaciones. No estaba destinado a los lectores, sino a una sola persona: su marido, John Gregory Dunne. Las primeras sesiones abordaron temas que ya eran conocidos en su obra: el alcoholismo, la adopción, la ansiedad, la culpa... Pero el foco se fue desplazando y emergieron otros elementos: su dificultad para seguir escribiendo, la relación áspera y a menudo dolorosa con su hija Quintana, los silencios y malentendidos de su infancia en Sacramento, la desconexión con su madre, el distanciamiento con su padre... y esa inclinación precoz a anticipar lo peor. Poco después de la muerte de Didion en 2021, se halló cerca de su escritorio una colección de unas ciento cincuenta páginas sin numerar en un pequeño portadocumentos. Los herederos de Didion, los hijos de su difunto hermano, entregaron el archivo a la biblioteca. No se pusieron restricciones de acceso. El resultado es «Apuntes para John» (Random House, julio de 2025), una versión de Didion que nunca se había visto -vulnerable, inquisitiva, agotada pero sin perder la lucidez-; un diario inédito que no fue concebido como un libro pero que hoy se lee como el testimonio íntimo y conmovedor de una mente brillante enfrentada, sin consuelo, a su propio límite. A continuación, en LENGUA publicamos la entrada del 20 de diciembre del año 2000, apenas una mirada a este viaje doloroso y valiente en la vida de una de las más grandes escritoras de nuestro tiempo.
Por Joan Didion

Joan Didion en una imagen de 2005. Crédito: Getty Images.
Conversación sobre la Navidad, la sensación de estar atrapada entre la depresión de madre y la depresión de Q, las preocupaciones habituales de la época más vívidas para mí este año porque no tengo una fiesta en la que concentrarme, lo cual me deja con la sensación de que no estoy «haciendo» lo suficiente. De hecho, había comprado todos los regalos necesarios excepto el de Quintana, para el que seguía totalmente en blanco. Los últimos años le habíamos regalado una cámara, o alguna otra pieza de equipo relacionada con la «carrera», pero este año tenía reticencias respecto a esa solución, puesto que ella me había dicho unas semanas atrás –reconozco que estaba borracha– que de lo único que yo hablaba era de su trabajo.
–¿Ya tiene una cámara digital?
No, dije, y era una buena idea evidente, si ella lo sacaba a colación, pero si no lo hacía no estaba segura de que fuera una buena idea alimentar lo que parecía ser la sensación de que la estábamos presionando o dirigiendo a trabajar.
–Seguramente ella piensa en sus fotografías como algo más que solo «trabajo», ¿no?
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Dije que a estas alturas no lo sabía de veras. Claramente le daba miedo, lo alejaba llamándolo «trabajo», pero por otro lado quizá en realidad no tenía el temperamento. Tenía el talento, pero quizá no el temperamento –cuando haces algo así te rechazan una y otra vez, no recibes feedback positivo de verdad hasta que estás bastante establecido–, quizá el rechazo era demasiado para ella, quizá debería hacer otra cosa, quizá la idea de hacer algo «creativo» se basaba en que nosotros habíamos vivido así, quizá ella debería reconsiderar sus opciones.
–Está claro que esto es algo de lo que ella y el doctor Kass están hablando.
Dije que no sabía de qué hablaban. Yo misma no había hablado con ella del tema. A pesar de que yo le había dicho –en un par de ocasiones recientes cuando ella estaba despotricando sobre que «odiaba Nueva York»– que no tenía que vivir en Nueva York, que podía vivir donde quisiera, tenía su apartamento, podía venderlo, podía vivir donde quisiera.
–¿Qué dijo ella?
Dije que ella había dicho que no era el momento adecuado para pensar en eso. Y por supuesto no lo es. Pero yo solo quería poner sobre la mesa la idea de que ella tenía opciones, que podía tomar decisiones, cambiar su vida.
–Creo que sus relaciones afectivas son demasiado vitales para ella como para considerar la opción de un traslado. Pero también opino que ella y el doctor Kass deberían explorar sus sentimientos sobre lo que ella llama «trabajo». En una ocasión le pregunté a usted si ella había enviado alguna vez alguna fotografía a un concurso.
Dije que sí, una vez, en la universidad, y había ganado, lo cual significó que la fotografía estuvo en una valla publicitaria de una autopista de New Jersey.
–Es un feedback bastante claro. Por eso es raro que no siguiera presentándose a concursos. Me hace dudar.

Joan Didion en una imagen de 2007. Crédito: Getty Images.
Dije que otra cosa que yo no sabía cómo gestionar era darle dinero. Le habíamos dicho que le haríamos un regalo –mencionamos cien mil dólares–, algo que le sirviera de respaldo ahora que estaba empezando por su cuenta. Pero en todo momento lo habíamos propuesto como una especie de «inversión», un monto que podía utilizar para impulsar su carrera. Era evidente que ahora –cuando básicamente pasaba la mitad de los días en terapia y, que yo supiera, sin hacer nada respecto al trabajo en la mitad restante de sus días– ella iba a necesitar el dinero para mantenerse. Pero este dinero no estaba previsto para eso. De ninguna manera podía hablar con ella de esto, tenía miedo de que degenerara en «¿Acaso mi salud no es lo primero?».
–Creo que le sería mucho más fácil hablar con ella si usted no tuviera una agenda.
A qué se refiere, pregunté.
–Me refiero a que no estuviera siempre pensando si debería darle dinero o no. No consigue nada no dándoselo, porque a) se estará preguntando cada vez que hable con ella si tiene suficiente dinero para pagar el alquiler y b) ella entenderá por qué no se lo está dando, y pensará que usted no se lo da porque no cree que ella se lo merezca. Así que déselo, sáquelo de la ecuación. Escriba el cheque y déselo, sin más, con la menor conversación al respecto que sea posible. No le diga qué hacer con él. Conociendo las dinámicas de su familia, ella probablemente pensará que usted espera que busque a un consejero de la familia para invertirlo. Hágale saber que puede hacer eso si quiere, o que puede hacer lo que quiera. Es suyo. Fin de la conversación.
Dije que había pensado mucho en la conversación de la semana pasada sobre Tony Kennedy, que por supuesto era una conversación sobre mí. Me había dado cuenta de que el rasgo más prominente de mi personalidad era resistirme a ceder, resistirme a seguir el juego. Dije que mi padre había sido así, hasta el verdadero exceso. Ahora me daba cuenta de que los Kennedy habían crecido en una red en la cual se podían pedir favores y devolverlos, hacer concesiones. Pero yo no. Por ejemplo, el trabajo «bueno» de verano si ibas al instituto en Sacramento era en la Feria Estatal. Todo el mundo lo hacía. Conseguías esos trabajos con una llamada de un progenitor. Mi padre conocía al hombre que había que llamar, pero nunca llamaba.
–¿Es posible, por expresarlo de la forma más positiva, que su padre fuera un idealista? ¿De verdad no sabía cómo funcionaba aquello?
Dije que creía que era más probable que él sencillamente no fuera capaz de pedir favores. Dije que lo habían criado de una forma peculiar. Su madre murió cuando él era un niño, y los enviaron a él y a su hermano pequeño a vivir con la hermana soltera de su padre, una mujer tan inútil y temerosa que en otra cultura o época probablemente habría estado hospitalizada. Le daba miedo salir después de la puesta de sol, le daba miedo montar en un coche, ni hablar de conducir. Hasta cierto punto mi padre fue acogido por la familia de su madre, a la cual amaba, pero su padre y su tía le dejaron mella. Cuando fue a Berkeley su padre no le dio nada, y no era que no tuviera dinero, simplemente creía que su hijo no debía malgastar el tiempo en la universidad. Así que papá tuvo que ganar cada centavo que costó.
–Esa es una lección extrema. Tuvo que reflejarse en la forma en que la educaron.
Dije que sí y no. No era miserable, como lo fue su padre –su padre murió cuando yo estaba en la universidad y yo todavía seguía llamándole «señor Didion»–, pero tenía una actitud complicada con el dinero. Una de las ocasiones en que mi madre expresó delante de mí su enfado con mi padre fue cuando acabábamos de mudarnos a Walnut Road y Jimmy quería una piscina, y papá dijo que por supuesto que podíamos tener una piscina si Jimmy cavaba el agujero. Así que todo ese verano –un tórrido verano de Sacramento– Jimmy intentó cavar una piscina, en una superficie donde la capa endurecida de la tierra se encuentra a un par de centímetros. Mi madre me dijo un día verdaderamente enfadada: «Míralo ahí fuera cavando, y si por un milagro lograra hacer el agujero, tu padre jamás pagaría para que pusieran una piscina».
–Sería muy inusual si algo de esto (si quieres una piscina, cávala, si quieres dinero, gánalo) no permeara esta cuestión de darle dinero a Quintana. Creo que tiene que pensar en ello como un regalo para usted. Se está regalando el lujo de decir que confía en los valores de su hija. Y si no confía en sus valores, no se lo dé.
Dije que sí confiaba en sus valores. Simplemente no confiaba en su sentido común.
–El sentido común es algo que la gente aprende en la práctica. No teniendo a sus padres para hacer las cosas por ellos.

