Uf, ¿y para qué votar?

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INTRODUCCIÓN. LORENZO CÓRDOVA VIANELLO

INTRODUCCIÓN

LORENZO CÓRDOVA VIANELLO1

Algunos dicen, con algo de sorna, que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo. A mí me parece, francamente, que esa expresión está muy alejada de la realidad. Aunque, desde otro punto de vista, si la juventud fuera, en efecto, una enfermedad, esperaría que ocurriera una pandemia. Así es, una pandemia que abrumara a todos de pasión y entrega por sus ideales y por aquello en lo que creen. Una enfermedad generalizada, global, que imprimiera en la voluntad de las personas la frescura y la vitalidad de quienes piensan y sienten que otro mundo es posible y que está en sus manos cambiarlo. Sí, eso estaría muy bien. Pero la juventud no es, por supuesto, una enfermedad. Es en todo caso un estado mental, una forma de ver y enfrentar el mundo, una condición vital que no pasa necesariamente por una edad específica, aunque se le asocie con ella.

¿Y a qué viene este tema de la juventud? Todo esto importa porque este libro, los textos que aguardan en las siguientes páginas para ser leídos, comprendidos, refutados, disfrutados y criticados, han sido escritos para jóvenes. Este libro está pensado para los 12.8 millones de jóvenes ciudadanos mexicanos que podrán votar, por primera vez, para decidir quién quieren que sea su próximo Presidente de la República y, entre ellos, para los seis millones que votarán, también por primera vez, para elegir diputados y senadores. Para ustedes es este libro. Por supuesto, todos los demás también lo pueden leer, pero en esta ocasión, nos importan específicamente esos jóvenes.

¿Y por qué importan tanto los jóvenes, en especial los que podrán votar por primera vez este 1o de julio por sus representantes? Importan por muchos motivos, pero para abreviar sólo menciono algunos de ellos.

La sociedad mexicana vive momentos de desencanto con la política y la democracia, y en particular con quienes se les asocia de forma más visible: los partidos, los congresos, los políticos, los gobiernos. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, pareciera que hemos ido pasando del desencanto con los políticos a la desesperanza con la política y su esencia, con la democracia y la participación en la vida pública de nuestra comunidad y del país en su conjunto. Uno puede entender las razones de la decepción. La desigualdad, la corrupción, la inseguridad y la violencia que tanto nos han afectado durante ya mucho tiempo nos pueden hacer pensar que participar, informarse, discutir, argumentar y votar carece de sentido. Recluirse a la vida privada, no participar, será siempre, claro, una opción legítima, especialmente en una sociedad libre como en la que vivimos.

El problema es que la desesperanza es amiga de la inmovilidad, y es ahí, justamente, donde aquello que no nos gusta —la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la violencia— puede florecer con mayor fuerza. En la historia del mundo hay muchos ejemplos de cómo una sociedad que ignora o se hace de la vista gorda ante los problemas que la aquejan da espacio para que éstos crezcan.

Tengo que insistir en un punto. Decía líneas arriba que retirarse a la vida privada —a lo que a veces contribuye la desesperanza— es siempre una opción de vida. Evitar la discusión de los problemas que nos afectan, renunciar a participar en su solución y sólo abocarse a los temas más inmediatos de la vida personal es siempre una alternativa. Sin embargo, incluso la vida privada requiere de la vida pública, de la vida en y con la comunidad, para florecer y alcanzar todo su potencial. Lo privado y lo público no están por completo separados, aunque nunca sean, ni deban ser, lo mismo, por supuesto. Pero sucede que, en muchos temas, la posibilidad de lograr lo que queremos en la vida privada requiere que existan ciertas condiciones en la vida pública.

Trato de ilustrar la idea anterior con un ejemplo. Una mujer difícilmente puede alcanzar todo su potencial en una actividad laboral si no siente, y confirma en la realidad, que el esfuerzo que pone en su trabajo será recompensado de forma igual al esfuerzo que un hombre ponga en un trabajo o actividad igual o comparable. Si se hace una diferencia únicamente por ser hombre o mujer, hay una situación de desigualdad evidente que no sólo afecta los incentivos que una mujer tenga para trabajar con esfuerzo y dedicación (lo que afecta su esfera privada), sino que también hay un perjuicio social (la esfera pública) porque se castiga una característica de una persona que nada tiene que ver, en principio, con su desempeño en un trabajo; así, no solamente una mujer en particular se ve afectada, sino toda la sociedad, sobre todo si este ejemplo que doy es una práctica recurrente y sistemática en una comunidad.

Déjame ligar lo anterior con el tema de las elecciones; a fin de cuentas, el título de este libro quiere motivarte a pensar, a que pensemos todos, sobre la utilidad del voto. Ir a votar es una oportunidad increíblemente valiosa para que elijas a aquel o aquella representante que defienda con mayor claridad eso que tú crees que es importante, para ti y para tu comunidad. Es una oportunidad también —aunque no la única, claro— para que le exijas a quien tú decidas darle tu voto que cambie, que cumpla con lo que una vez te ofreció y veas que no ha cumplido. Lo pongo de esta manera: uno bien puede afirmar que las elecciones, ir a votar y todo lo que ello supone (como informarse e intercambiar puntos de vista con otros), es tanto un acto individual como colectivo que expresa, a veces sin saberlo, el vínculo que hay entre nuestros intereses personales y nuestras preferencias colectivas.

Sí, lo sé, las elecciones ya se han vuelto casi rutina, incluso para quienes votará

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