El maleficio de la mariposa

Federico García Lorca

Fragmento

Introducción

INTRODUCCIÓN

«¿Qué hace usted en la oscuridad durante tantas horas?», le pregunté un día [a Luis Buñuel]. «Pienso», me contestó. Quise saber en qué. Sonrió tristemente y me dijo: «En los insectos y los hombres».

JEANNE MOREAU

De todas las obras de su teatro que Federico García Lorca vio en escena, fue El maleficio de la mariposa la que corrió peor suerte. Su estreno fue un sonoro fracaso del que su autor tardó algunos años en reponerse. Sin embargo, en esta pieza tan poco conocida para el gran público está representada la raíz de algunos de los elementos que forman parte de lo que será el teatro lorquiano posterior. Es una obra primeriza, pero es también la carta de presentación de uno de los principales dramaturgos de su tiempo. Pero para entender este texto y comprender todo lo que sucedió a su alrededor tenemos que remontarnos a unos meses antes de su estreno, cuando Federico se encontró con quien sería el entusiasta promotor, el encargado de llevar a los escenarios aquella fábula.

A mediados de junio de 1919, el Centro Artístico y Literario de Granada organizaba un homenaje al catedrático y diputado Fernando de los Ríos, uno de los maestros de Lorca. El acto, recogido el 16 de junio de 1919 en las páginas del diario El Defensor de Granada, había consistido en una reunión de socios del centro en los jardines del Generalife, en el recinto de la Alhambra. El redactor de la noticia, probablemente el periodista Constantino Ruiz Carnero, un íntimo amigo del joven poeta, se hacía eco de cómo había sido aquel acto en el que «Ángel Barrios hizo con su guitarra tantos primores que se apoderó del alma de todos los oyentes, y los poetas granadinos Alberto Álvarez Cienfuegos y Federico García Lorca recitaron bellas poesías dedicadas a Granada, que les valieron muchos aplausos». Entre los asistentes, según la información del periódico, había un invitado procedente de Madrid que sería personaje importante en la historia de El maleficio de la mariposa: «La alegría reinó a gran escala y ésta fue mayor cuando honró a los comensales con su presencia la genial artista Catalina Bárcena y el literato Gregorio Martínez Sierra».[1]

Cuando tiene lugar esta celebración, Lorca ya ha tenido contacto con Martínez Sierra, uno de los principales hombres de la escena española de principios del siglo XX y hoy algo olvidado. Nacido en 1881, además de dramaturgo, poeta, narrador y libretista —por ejemplo, de El amor brujo de Manuel de Falla—, era también un destacado empresario teatral muy al tanto de las nuevas corrientes artísticas del momento. Con una ingente producción literaria a sus espaldas, hoy sabemos que él no fue el autor de la mayoría de esos trabajos. La persona responsable de esos textos fue María de la O Lejárraga, su esposa desde 1900 y con la que mantuvo una buena relación hasta que apareció, cinco años más tarde, la actriz Catalina Bárcena, que pasó a ser la amante y protegida de Gregorio Martínez Sierra y que convivió en el domicilio madrileño del matrimonio. Cabe decir que fue la propia María la que decidió permanecer a la sombra literaria de su marido por el fracaso de su primera novela y porque «siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como sambenito, casi deshonroso, sobre toda mujer “literata”...».[2]

Antonina Rodrigo, la biógrafa de María de la O Lejárraga, ha demostrado que fue ella la autora de la obra de teatro Canción de cuna, pese a que en 1911 el éxito y los méritos se los llevó Martínez Sierra. Pero eso es algo que Federico García Lorca no sabía cuando en 1917, siendo un estudiante de la Universidad de Granada, escribe a su familia tras visitar el Real Monasterio de Santo Domingo de Silos. El joven poeta dice sobre las monjas en esta misiva que «todas ellas vestían de blanco y como estuvimos con todas muchas veces vi escenas como de Canción de cuna...».[3]

Gracias a estas cartas familiares podemos saber que, una vez ya instalado en Madrid, Lorca tenía incluso la posibilidad de publicar algunos de sus textos en la biblioteca Renacimiento o en La Estrella, dos de las colecciones editoriales que dirigía Martínez Sierra. Todo ello gracias a los buenos oficios del dramaturgo Eduardo Marquina, quien finalmente hizo posible el encuentro a principios de junio de 1919. «De Marquina todo lo que diga es poco. Anteanoche me presentó encomiásticamente a Martínez Sierra y estuvimos hasta muy tarde en el camerino de la Bárcenas [sic] que es una actriz encantadora.»[4]

En esa época, Lorca amontonaba en los cajones de su escritorio numerosos manuscritos tras renunciar a hacer carrera como músico. Algunos formaron parte de las prosas viajeras que había dado a imprenta en 1918 bajo el título de Impresiones y paisajes, el primero de sus libros. Había también abundante poesía, así como algunas piezas teatrales. Un testigo de excepción de ese proceso fue su hermano Francisco, quien mucho tiempo después rememoraría que «en los años 1917 y 1918 Federico llena cuartillas con avidez, y tengo la impresión de que no era amigo de comunicarlas en la lectura, sino, acaso recatadamente y en la intimidad. No asomaba todavía en él la espontaneidad comunicativa con que más tarde solía leer sus poemas a los amigos conforme las prosas líricas, llenas de literaria angustia adolescente, fueron cediendo paso a la poesía».[5]

Una de esas lecturas «en la intimidad» la brindó a Gregorio Martínez Sierra y a Catalina Bárcena en Granada, durante el banquete ofrecido a Fernando de los Ríos en el Generalife. Fue allí donde les leyó una fábula que, como recuerda José Mora Guarnido, testigo de aquella escena, «contaba la mínima aventura de una mariposa que, rotas las alas, iba a caer en un nido de cucarachas; allí la recogen, la auxilian y la curan y allí se enamora de ella el hijo de la cucaracha. Pero, cuando la mariposa recobra la gracia del vuelo, se eleva en el aire dejando desolado al pobrecillo amante. Leídos en el libro esos poemas pierden gran parte de su sencillo encanto; recitados por Federico rebosaban de gracia y de atractivo».[6] Junto con Mora, estaba Miguel Cerón, otro íntimo de Lorca, que rememoraría cómo Catalina Bárcena lloró tras la lectura, mientras Martínez Sierra exclamaba: «¡Este poema es puro teatro! ¡Una maravilla! Lo que tiene que hacer ahora es ampliarlo y convertirlo en teatro de verdad. Yo le doy mi palabra de que se lo estrenaré en el Eslava».

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados