Vivir más libre

Luis Gutiérrez Rojas

Fragmento

La libertad es el principio más sublime de los nuevos tiempos.

Georg WILHELM FRIEDRICH HEGEL

La libertad: un anhelo posible

La libertad. Menudo anhelo. Pocas palabras llenan más los discursos públicos, las promesas políticas y las pintadas de las paredes. Todo el mundo quiere alcanzarla, ser por fin libre y romper con las ataduras que nos atenazan. Como en la célebre canción de Nino Bravo, queremos y ansiamos ser libres. Como el sol cuando amanece. Como el ave que escapó de su prisión. Como el viento y como el mar. Creemos que ser libre es lo mejor que hay. Ser libre. Amar y ser amado. Parece que esas serán las claves que nos permitirán alcanzar la tan ansiada felicidad. Si queremos y ansiamos ser libres acabaremos por alcanzarla. Solo es cuestión de luchar por ello. La libertad es, sin lugar a dudas, cimiento y fomento de nuestra felicidad. No es posible alcanzar el bienestar si uno se siente atado de pies y manos para realizar cualquier proyecto vital.

Pero no todo es tan fácil. La libertad parece escurrirse entre los dedos de las manos. Por mucho que lo intentemos no hay manera de conseguirla. Cuanto más la buscamos más se aleja, y nuestra sociedad capitalista parece ser una fábrica de esclavos. Cada día que pasa estamos más apegados a nuestros gustos, nuestros deseos y nuestras apetencias, y parece más difícil alcanzar el control de nosotros mismos. Hacer lo que queremos. Miles de personas llenan las consultas médicas, los gabinetes psicológicos, las oficinas de los asesores de la última tendencia en coaching. Enséñeme a dominarme. Deme pautas para alcanzar mis objetivos. Para vencerme a mí mismo. Para motivarme.

Todo un sinfín de enemigos nos atacan con el único objetivo de que jamás seamos capaces de alcanzar la tan ansiada libertad. ¿Cómo puede ser tan difícil de obtener algo que parece depender solo de nosotros? ¿Cómo podemos ser capaces de llevar el timón y sortear el vendaval? Este es, querida audiencia, un pequeño manual que pretende reflexionar sobre el sentido de la libertad. Sobre cuáles son sus principales características y elementos, y los peligros que debemos sortear si queremos, de una vez por todas, ser y sentirnos libres de verdad.

Empecemos por el principio. Si queremos ser libres, primero tendremos que definir qué es la libertad, pues si no sabemos a dónde vamos difícilmente conoceremos cómo llegar hasta allí.

La libertad: hacia una definición práctica

Si le preguntáramos a una persona cualquiera que nos cruzáramos por la calle (aún más si esta fuera un adolescente) en qué consiste la libertad, seguramente nos daría una definición tan universal como equivocada. Ser libre consiste en «hacer lo que me da la gana». Lo que me place. Lo que me gusta. En que nadie me diga lo que tengo que hacer. En que nadie me domine ni me lleve la contraria. Ser libre consiste en ir a donde quiero, en cumplir mis objetivos, en alcanzar lo que deseo.

Si lo piensa detenidamente, si reflexiona sobre ello, se dará cuenta de que esa definición es profundamente errónea. Si hacemos en todo momento, en todo lugar y en cualquier ocasión lo que nos da la gana, estaremos abocados al más absoluto de los fracasos. Perderemos nuestra libertad y jamás la podremos recuperar o, cuando nos decidamos a hacerlo, será demasiado tarde, pues nos costará mucho más esfuerzo cambiar el rumbo y buscar la libertad perdida.

Podríamos poner centenares de ejemplos de ello. El drogadicto que consumía lo que quería. El adolescente que no deja las pantallas. El avaro que solo idolatra su oro. El caprichoso que es muy especial para comer. Todos empezaron haciendo lo que les daba la gana. Todos eligieron por sí mismos desde el principio. Y el amargo fruto de dicha decisión fue la más cruel de las cadenas. Por eso, si queremos ser libres debemos educar en la libertad desde que somos pequeños. Educar en la libertad a nuestros hijos empieza cuando ellos están en la cuna. Si somos capaces de hacerlo bien en los primeros años de la vida, luego la adolescencia será menos traumática y más llevadera: ya tendremos la mitad del camino hecho. Más adelante hablaremos de todo ello en detalle, pero ahora lo importante es señalar que la definición de libertad tan predominante en nuestra sociedad está equivocada, pues es antropológicamente inexacta y muy falsa.

¿Qué es entonces la libertad? La libertad es la capacidad que tenemos para elegir el bien. Cuando escogemos el mal nos equivocamos y dicho error acaba convirtiéndonos en un esclavo. Cuanto más libres somos, menos nos cuesta hacer el bien. La persona más libre de este mundo es aquella que hace el bien sin esfuerzo. ¿A que suena atractivo? Hacer el bien sin que nos cueste nada. Hacer el bien de manera natural. Ahora entendemos por qué cuesta tanto ser libre. Cuesta porque no estamos acostumbrados a hacer el bien. Cuesta porque llevamos demasiado tiempo haciendo lo que nos place. Y cuando queremos corregir el rumbo descubrimos que esas costumbres han echado raíces en nuestro interior y cuesta romper el arraigo.

Además, como trataremos luego, debemos saber que el ser humano está herido por naturaleza y que nuestra tendencia a hacer el bien no está nada arraigada. Estamos muy condicionados por miles de factores externos que coartan, de una u otra forma, nuestra libertad. Es imprescindible localizar dónde están dichas trabas si queremos crecer en libertad.

Dice el pensador francés Joseph Joubert que ser libre no es hacer lo que queremos, sino lo que hemos considerado mejor y más conveniente. De nuevo esta es una definición bastante cercana a la verdad. Si queremos alcanzar la libertad debemos mejorar nuestra capacidad de elección. Cada decisión en la vida nos define. Y con ello no me estoy refiriendo a las grandes decisiones de la vida: qué voy a estudiar, cuál es mi vocación, con quién me voy a casar o si voy a tomar la decisión de formar o no una familia. Ese tipo de decisiones no se toman de un día para otro, sino que más bien se van configurando conforme a lo que nos pasa. Me refiero a decisiones mucho más pequeñas. Podríamos definirlas como «microdecisiones». ¿Me pongo a estudiar o sigo viendo Netflix? ¿Llamo al amigo que sé que lo está pasando mal o paso de él? ¿Me acuesto pronto para madrugar por la mañana o sigo con los videojuegos?

En ese sentido, y creo que este pensamiento debe animarnos bastante, todos los días son buenos para ganar libertad. Nada de lo que hacemos cae en saco roto. Nada es efímero ni intrascendente. Todo lo que decidimos, lo que comemos, lo que pensamos y lo que no hacemos nos marca para siempre, nos configura de una u otra manera. Como dice el refrán, «Nunca es tarde si la dicha es buena»; luego siempre podemos mejorar, dar un paso al frente y cambiar. Pero si dejamos la decisión para más adelante —«aún tengo tiempo, soy demasiado joven, ya cambiaré»—, entonces corremos el riesgo de que cuando queramos darnos cuenta las cosas nos cuesten mucho más o, lo que es todavía más importante, ya no seamos capaces de sacarle el máximo partido a nuestra libertad.

Hagamos un pequeño ejercicio práctico: párese un momento a pensar en alguien que admire, alguien que sea un referente para usted. Un familiar, un compañero, un maestro. Alguien al que, por lo que sea, le gustaría parecerse. Alguien que tiene algo que usted anhela. Ya verá cómo eso que admira de él tiene que ver con la libertad. Seguramente le gustaría ser igual de libre que él. Igual de auténtico. Analice qué le falta y enseguida aparecerán ante sus ojos las trampas en las que cae todos los días. Ese defecto que tanto le incomoda. Ese vicio que no acaba de superar. Esa conducta que sabe que le hace daño y le esclaviza.

Concluyamos, por tanto, que la libertad es la capacidad que tenemos para elegir lo que nos conviene de verdad, lo que nos hará ser mejores, lo que intensificará la libertad de todos los que nos rodean y, por puro contagio, impregnará de libertad al resto de la sociedad.

Tenemos que empezar a reflexionar juntos y aprender a ser más y más libres. Para ello debemos conocer algunos de los peligros que pueden atenazar a nuestra libertad, los principales riesgos que debemos sortear si no queremos caer por el precipicio de nuestros deseos o ser condenados a la celda que constituye nuestra falta de libertad, tanto por exceso (ejercerla de forma inadecuada) como por defecto (no poder o no querer hacer uso de ella).

Primer peligro: la libertad por exceso

Ser libre nunca es malo. Cuando acusamos a alguien de ser «demasiado libre» o de «ir por libre», seguramente es porque está siendo un egoísta que solo piensa en sí mismo o que va a la suya, es decir, que antepone sus deseos y objetivos a los de los demás. Que usa a quienes le rodean para alcanzar sus metas. Y esa actitud tiene poco que ver con la auténtica libertad. El egoísmo y la libertad son incompatibles: las personas libres se caracterizan por su generosidad.

Luego podríamos decir que no existe, por definición, un exceso de libertad. No podemos llegar a decir que hemos alcanzado la libertad absoluta porque, como veremos en un capítulo posterior, el ser humano siempre puede crecer en libertad, al igual que lo hace en sabiduría o bondad. Es un bien absoluto y, como tal, inalcanzable. La madurez de las personas se alcanza cuando son conscientes de esa realidad y luchan por superarse ejercitando una sana deportividad.

En cambio, lo que sí que puede existir es un mal uso de la libertad, una especie de borrachera de libertad que lleva a caer en el libertinaje. El ser humano ha tenido que enfrentarse, de una u otra forma, a esta tentación desde sus inicios. Nos hemos liberado de lo que nos atenaza. Hemos roto las cadenas de la moral. Hemos destruido los mandamientos y hemos adorado al becerro de oro de nuestra complacencia. Es un deseo equivocado, pero tan humano que siempre nos lo encontramos a la vuelta de la esquina, cuando menos lo esperamos. ¿Y por qué voy a tener que hacer lo que me piden los demás? ¿Y por qué tengo que ser yo el que ceda, el que se sacrifique, el que dé su brazo a torcer? Yo, yo, yo. Mío, mío, mío. Mal camino llevamos si ese es nuestro único objetivo.

Hay una expresión que he escuchado muchas veces cuando he ido a Almería y es «lo que es es». El ser humano es de una determinada manera: desde el punto de vista antropológico viene diseñado de fábrica. Podríamos ser de otra forma, pero no lo somos. Si fuéramos distintos no seríamos humanos. No somos ni ángeles ni animales, sino animales racionales, personas físicas. Conocer nuestra naturaleza es imprescindible si queremos saber cómo podemos ser libres. Leo en el libro Las pequeñas virtudes de Natalia Ginzburg una frase que define lo que quiero explicar: «El hombre no puede hacer otra cosa que aceptar su propia cara del mismo modo que no puede hacer otra cosa que aceptar su propio destino; la única elección que le está permitida es la elección entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto, entre la verdad y la mentira».

El hombre, por tanto, está obligado a jugar la partida, a decidirse por una cosa u otra, a dar un paso al frente y tirar por uno de los caminos.

También puede escoger ser cobarde y quedarse paralizado, y ya veremos en un capítulo posterior que esa será la peor de las elecciones. No decantarse por nada. La omisión solo lleva a la parálisis y esta nos incapacita para ser libres.

Hay que elegir. Las elecciones son múltiples, pero finitas, y todas implican una renuncia. Todo lo que hacemos nos define y optar por lo bueno nos hace libres. Sé que pensar así genera una considerable angustia en muchas personas y por eso no son pocos los que han decidido romper la baraja y negar la existencia del juego. Pero la peor de las esclavitudes comienza cuando negamos la verdad. Algunas personas parecen empeñadas en afirmar que no existe ni el bien ni el mal. Nada es bueno o malo. Todo depende. Todo es relativo. Nuestras elecciones dan exactamente lo mismo. No somos tan importantes. No somos el centro de la creación y, por tanto, es indiferente lo que elijamos. Esto es lo que explica de forma brillante el relato del Génesis. Fíjense en que su importancia es tal que es lo primero que le sucede a la humanidad cuando pretende explicar cómo es su naturaleza. Dios le dice a Adán y Eva que todo es suyo pero que no deben comer del árbol de la ciencia del bien y de mal. Es decir, que no pueden decidir lo que está bien y lo que está mal porque no depende de ellos, sino que se trata de algo ya decidido previamente. Nuestros primeros padres no pueden soportarlo y se rebelan. No pueden tolerar que alguien les diga lo que tienen que hacer y cometen el error de querer ser su propio dios. De querer configurarse a sí mismos. A partir de ahora seré yo, el hombre, el que dictará las reglas de juego. Aquí mando yo.

Y ese relato explica a la perfección que la humanidad, ya en sus inicios, hizo un mal uso de su libertad y eso la dejó coartada, herida, para siempre. Pero esa coartación, esa cicatriz, no puede llevarnos al otro extremo. Nuestra debilidad y nuestra imperfección no quieren decir, bajo ninguna circunstancia, que no valgamos para nada ni que seamos lo peor de lo peor.

Cientos de miles de años después, el ser humano angustiado sigue diciendo exactamente lo mismo, si me apuran hasta con las mismas palabras: «¿Me puede usted explicar por qué narices no puedo hacer lo que me dé la gana? Yo no quiero que nadie me mande, que nadie me diga lo que debo hacer». Preparo este libro mientras mis hijos ven la película de Disney de El rey león y allí me encuentro al león adolescente Simba diciendo: «Nadie que me diga lo que debo hacer, nadie que me diga cómo debo ser, vivo para hacer mi ley, vivo para ser el rey». No me parece que dicho postulado esté muy alejado de lo que Nietzsche propone en Más allá del bien y del mal. El superhombre de Nietzsche es el adolescente mal criado, que a la vez representa el hedonismo del marqués de Sade: a partir de ahora pienso dedicarme a hacer lo que yo quiera. Y el que venga detrás que arree. Que se busque la vida como lo hacemos todos. Que cada palo aguante su vela. Que espabile. Que le den morcilla. Que me deje en paz.

Cuando el ser humano se convierte en la única vara de medir para configurar y moldear su conducta las consecuencias son devastadoras. Lo vimos en el siglo pasado con el nazismo: una voluntad de poder que pretende que cualquier persona no sea ni alcance lo que es. Por eso ese tipo de ideologías son tan destructivas, porque resultan inhumanas por naturaleza. Pero tienen los pies de barro; producen mucho daño, pero acaban por desaparecer.

Podemos pensar que eso no es lo que le pasa a la sociedad actual, pero démosle una vuelta a esta idea. La tentación que presenta nuestra sociedad contemporánea es más sibilina, más sutil, más amable en las formas, pero igual de perversa. Pretende que la única vara de medir de nuestro comportamiento sea cumplir nuestros deseos, hacer lo que nos conviene, satisfacer hasta nuestros más bajos anhelos. Las consecuencias de dicha decisión la vemos todos los días; solo hay que ver las noticias o mirar las estadísticas: más casos de depresión, suicidio, ansiedad, consumo de drogas, desestructuración familiar y la tasa de natalidad más baja de la historia de la humanidad. Esos son los amargos frutos que produce el árbol del libertinaje, eso es lo que supone renunciar a luchar por conquistar nuestra libertad. Pero no se angustie. La humanidad ha demostrado en infinidad de ocasiones que todo puede cambiar y mejorar. No hay ninguna duda de que la solución está en nuestras manos. Iniciemos la revolución silenciosa de la inmensa minoría que quiere alcanzar la verdadera libertad.

Segundo peligro: la falta de libertad

Nuestra sociedad democrática también tiene previsto un castigo determinado cuando alguien hace algo que va en contra de la libertad de los demás. El peor acto que alguien puede cometer en su vida, el más grave y pernicioso, es quitarle la vida a otra persona. Coartar la libertad ajena es malo, pero es mucho peor matar a alguien porque supone quitarle la libertad para siempre, no permitir que pueda volver a ejercerla nunca. De esta manera entendemos por qué las guerras son tan malas: porque imposibilitan que miles de personas puedan enseñarle al resto de la humanidad lo mucho que podían hacer para mejorarla. También es comprensible que cuestiones como el aborto, la eutanasia o la experimentación con embriones generen tanta polémica y controversia, pues suponen eliminar a un ser humano vivo, imposibilitar que alguien ejerza su derecho a la vida, es decir, su derecho a la libertad.

Y cuando alguien hace algo malo, nuestra sociedad ha diseñado un castigo para esa persona. La tortura o la ejecución (la pena de muerte) nos parecen éticamente reprobables y hay un consenso social de que no deben aplicarse porque están mal. ¿Cuál es entonces el peor de los castigos posibles? ¿Qué es lo que hacemos con aquel que comete un delito execrable, algo que está realmente mal? Privarlo de su libertad. Y así es como lo definen los jueces: pena de privación de libertad.

La libertad es un bien tan supremo, tan absoluto, que privarnos de ella es el peor de los castigos. Y deberíamos reflexionar mucho sobre ello. Si su privación es lo que aplicamos para castigar el mal, los que tenemos la grandísima suerte de poder ejercer la libertad deberíamos ser mucho más cuidadosos con ella. Tenemos un bien precioso, hemos recibido una herencia espectacular, así que hagamos un buen uso de la libertad. No la malgastemos con elecciones vanas que nos condenan.

A lo largo de la historia de la humanidad ha habido numerosos regímenes, de todo signo político, que han buscado tiranizar a la población que viva bajo ellos. Aún hoy en día, los habitantes de muchos países como Venezuela, Corea del Norte, Arabia Saudí (por no mencionar a los pobres habitantes de la Ucrania en guerra) no pueden vivir en libertad. No hay libertad de expresión, de asociación o de movimientos. No hay libertad para ejercer en público el libre pensamiento o para denunciar la corrupción. Más adelante hablaremos de todo ello con más profundidad, pero no olvidemos que por mucho que un determinado dictador o déspota ejerza la violencia sobre la población hay algo que no puede llegar a dominar, algo que forma parte de nuestra más profunda intimidad: la capacidad de pensar, imaginar, recordar o fantasear con lo que queramos. Muchos presos condenados injustamente se han sentido libres al descubrir esto último. La dignidad del ser humano no se puede cercenar al cien por cien: siempre habrá algo en nuestro interior que nos pertenece, que nadie nos puede arrebatar por mucho que se empeñe y que forma parte de lo que nos hace intrínsecamente humanos.

Es más que probable que la mayoría de los lectores de este libro, yo el primero, hayamos tenido la gran suerte de no tenernos que enfrentar a ninguna situación límite en la que hayamos perdido nuestra libertad. Reflexionemos acerca de nuestra suerte. Millones de personas contemporáneas a nosotros carecen de libertad y no les queda más remedio que enfrentarse a un sistema que les oprime y manipula por igual. Sin embargo, lo que sí que puede pasarnos es algo que a la larga es mucho peor: el miedo atroz a ejercer nuestra libertad.

Tercer peligro: el miedo a ejercer la libertad

Se trata del miedo a equivocarse, a meter la pata, a hacer algo de lo que luego tengamos que arrepentirnos. El miedo a pensar distinto, a enfrentarse a la dictadura de lo que todo el mundo cree o dice que está bien: la imposición de lo políticamente correcto. Tengo la impresión de que esto es mucho más frecuente de lo que pensamos y mucho más perverso y problemático. Podríamos afirmar que uno de los grandes males del mundo que nos ha tocado vivir es que millones de personas han renunciado a ejercer la libertad, y no porque alguien se la haya arrebatado o la quiera cercenar, sino porque han decidido previamente que sea otra persona quien la ejerza por ellos.

Este es el peligro que tiene no pensar por libre. Si no somos nosotros los que reflexionamos sobre lo que nos pasa, sobre lo que sentimos, sobre lo que pensamos, sobre el sentido ético de nuestra conducta, serán otras personas quienes nos señalarán lo que debemos pensar. Si abrimos los ojos veremos cómo dicho mal está muy extendido. Basta con preguntarle a alguien sobre sí mismo, sobre el sentido de su existencia. ¿Quiénes somos? ¿Para qué estamos en este mundo? ¿Qué pasará después de la muerte? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? En mi labor como profesor universitario es algo que pregunto con mucha frecuencia a los alumnos que están terminando (en el sexto curso) la carrera de Medicina y sus respuestas me dan miedo.

«Nunca me lo había preguntado». «No sé, es algo que no me planteo». «Son preguntas difíciles que me generan cierta angustia». «Ya veremos qué pasa, por ahora me va todo bien». O como me dijo, no sin cierta sorna, un compañero de trabajo: «No sé ni lo que voy a comer hoy, como para saber qué me va a pasar cuando me muera». Pero son unas preguntas que nadie puede responder por nosotros. Si adoptamos respuestas ajenas como propias, nunca seremos libres. Esto es lo que le pasa al niño educado en la represión, aquel al que han manejado como si solo fuera una oveja que no debe salir nunca del redil. En cuanto aparecen las dificultades, cuando tiene que enfrentarse a grandes (o pequeños) problemas o dificultades, no sabe qué hacer. No tiene estrategias de afrontamiento que le consuelen y ayuden. O dicho con términos filosóficos: no tiene ninguna respuesta.

Y entonces aparecerá una respuesta agresiva e irritable, profundamente irreflexiva. Como el adulto que se pone a romper objetos cuando alguien le lleva la contraria o la adolescente que decide tomarse una caja de pastillas cuando se enfrenta a la primera ruptura sentimental. El ser humano, cuando es libre, se caracteriza por enfrentarse a la dificultad cargado de herramientas. Está acostumbrado a elegir lo bueno antes de lo que le apetece y por eso cuando las cosas no salen bien, cuando fracasa, cuando se enfrenta al no y a la frustración, lo hace pertrechado con la madura armadura de la libertad. Ni los éxitos le emborrachan de placer ni las dificultades le condenan a la infelicidad.

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