El poder de los hábitos

Charles Duhigg

Fragmento

Prólogo. La cura de los hábitos

PRÓLOGO

La cura de los hábitos

Ella era la participante predilecta de los científicos.

Según su expediente, Lisa Allen tenía treinta y cuatro años, empezó a fumar y beber a los dieciséis, y llevaba casi toda la vida luchando contra la obesidad. En un momento dado, alrededor de los veinticinco años, la perseguían agencias de cobro para recuperar los más de diez mil dólares que debía. Un antiguo currículum revelaba que lo máximo que había durado en un empleo era menos de un año.

Sin embargo, la persona que los investigadores tenían delante era una mujer delgada y enérgica, con las piernas torneadas de una corredora. Se veía unos diez años más joven que en las fotos del expediente y parecía encontrarse en un estado físico mejor que el de cualquiera de los presentes. Según el informe más reciente, Lisa ya no tenía deudas, no bebía y llevaba treinta y nueve meses trabajando en una agencia de diseño gráfico.

—¿Cuándo fue la última vez que fumaste? —le preguntó uno de los médicos, partiendo de la lista de preguntas que Lisa contestaba cada vez que visitaba el laboratorio, a las afueras de Bethesda, Maryland.

—Hace cuatro años —contestó—, y desde entonces he bajado veinticinco kilos y corrido un maratón.

También había iniciado un máster y se había comprado una propiedad. Había sido un trayecto ajetreado.

Entre los científicos presentes había neurólogos, psicólogos, genetistas y un sociólogo. Durante los últimos tres años, gracias al subsidio de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, habían examinado y reexaminado a Lisa y a otras dos docenas de ex fumadores, comedores y compradores compulsivos, alcohólicos y personas con otros hábitos destructivos. Todos los participantes tenían algo en común: habían reconstruido su vida en periodos de tiempo relativamente cortos. Los investigadores querían entender cómo lo habían logrado; para ello, midieron los signos vitales de los sujetos,[1] instalaron cámaras de vídeo en sus hogares para observar su rutina diaria, secuenciaron fragmentos de su ADN y, con tecnología que les permitía asomarse a los cráneos de la gente en tiempo real, observaron cómo la sangre y los impulsos eléctricos fluían por su cerebro al verse expuestos a tentaciones como el humo del cigarrillo o una comida apetecible. Su objetivo era descifrar cómo funcionan los hábitos a nivel neurológico y qué se requiere para cambiarlos.

—Sé que has contado esta historia docenas de veces —le dijo el doctor a Lisa—, pero algunos de mis colegas solo la conocen de oídas. ¿Te molestaría describirnos de nuevo cómo dejaste de fumar?

—Por supuesto que no —contestó Lisa—. Todo empezó en El Cairo.

Les explicó que la decisión de realizar aquel viaje fue impulsiva. Unos cuantos meses antes, su esposo llegó a casa del trabajo y le anunció que la dejaba porque estaba enamorado de otra mujer. Lisa tardó en procesar la traición y asimilar el hecho de que se iba a divorciar. Hubo un periodo de duelo, luego otro en el que lo espiaba obsesivamente, seguía a su nueva novia por la ciudad y la llamaba pasada la medianoche para luego colgar. Una noche, se presentó borracha en casa de la novia, golpeó varias veces la puerta y gritó que quemaría el edificio.

—No fue una buena época para mí —continuó Lisa—. Siempre había querido ver las pirámides, y aún no había agotado el crédito de mis tarjetas, así que...

La primera mañana que pasó en El Cairo, Lisa se despertó con la llamada a orar proveniente de una mezquita cercana. Su habitación de hotel estaba completamente a oscuras. A ciegas y todavía afectada por el cambio de horario, buscó un cigarrillo.

Estaba tan desorientada que no se dio cuenta —hasta que percibió el olor a plástico quemado— de que estaba intentando encender un bolígrafo y no un cigarrillo. Llevaba los últimos cuatro meses llorando, comiendo de forma compulsiva, sin poder dormir y sintiéndose avergonzada, impotente, deprimida y furiosa, todo a la vez. Tirada en aquella cama, se derrumbó.

—Fue como una oleada de tristeza —dijo—. Todo lo que había deseado en mi vida se había venido abajo. Ni siquiera era capaz de fumar bien.

»Entonces empecé a pensar en mi ex esposo y en lo difícil que me resultaría encontrar otro empleo cuando volviera, y en lo mucho que lo odiaría y en lo poco saludable que me sentía todo el tiempo. Me puse de pie y por accidente tiré una jarra de agua, que se hizo añicos al caer contra el suelo. Los sollozos se convirtieron en berridos. Estaba desesperada y sentía que algo tenía que cambiar; algo, siquiera una cosa tenía que estar bajo mi control.

Se duchó y salió del hotel. Mientras viajaba en taxi por las calles cubiertas de baches de El Cairo, y luego por los caminos de tierra que conducían hasta la esfinge, las pirámides de Guiza y el vasto desierto que la rodeaba, la autocompasión cedió por un instante. Necesitaba tener una meta en la vida, pensó. Algo por lo que esforzarse.

Así que, en aquel taxi, decidió que algún día volvería a Egipto para cruzar el desierto a pie.

Lisa sabía que era una locura. No estaba en forma, tenía sobrepeso y apenas contaba con dinero ahorrado en el banco. Ni siquiera conocía el nombre de aquel desierto que estaba viendo ni sabía si era posible cruzarlo. Pero nada de eso importaba. Necesitaba algo en lo que centrarse. Decidió que se tomaría un año para prepararse. Y si pretendía sobrevivir a aquella expedición, estaba claro que tendría que hacer algunos sacrificios.

Para empezar, tendría que dejar de fumar.

Cuando once meses después Lisa por fin cruzó aquel desierto —en una autocaravana con aire acondicionado y en compañía de media docena de personas—, el vehículo transportaba tantas botellas de agua, alimentos, tiendas de campaña, mapas, sistemas de geolocalización y radios de doble frecuencia, que añadir una caja de cigarrillos no hubiese importado.

Sin embargo, en aquel taxi, Lisa aún no lo sabía. Y para los científicos del laboratorio los detalles de la aventura eran irrelevantes. Por razones que apenas empezaban a entender, aquel pequeño cambio de percepción que experimentó ella ese día en El Cairo —la convicción de que para lograr su objetivo tenía que dejar de fumar— desencadenó una serie de cambios que, en última instancia, influirían sobre todos los demás aspectos de su vida. Durante los siguientes seis meses, cambió el cigarrillo por salir a correr, y eso, a su vez, alteró la forma en que comía, trabajaba, dormía, ahorraba, organizaba sus horarios de trabajo, planeaba el futuro, etcétera. Empezó a correr medios maratones, luego un maratón completo, volvió a la universidad, compró una casa y se comprometió en matrimonio. Tiempo después, la reclutaron para un estudio científico, y cuando los i

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