Sobreviviendo en el mundo gay

Adrián Chico
Adrián Chico

Fragmento

mundo

INTRODUCCIÓN

Notas iniciales para el lector

Podría empezar de muchas formas distintas, y, créeme, he pensado profundamente en todas ellas, pero me parece que la manera más adecuada de hacerlo es felicitarte y preguntarte cómo estás. Si has llegado a un libro como este, seguramente es porque eres gay, bisexual o tienes a alguien muy querido que lo es, pero, en cualquier caso, no habrá sido un camino nada fácil. Solo el hecho de tener acceso a él y poder leerlo sin miedo a ser descubierto o condenado es un privilegio que muchos chicos de otros lugares del mundo no tienen. Si existe una obra como esta, y la necesidad de pararse a leerla, es porque hacen falta explicaciones y respuestas, porque necesitamos entender mucho y nos han contado poco y, de ese poco, aún hay menos basado en información con fundamentos y lógica.

Si escribo este libro es porque creo que hace falta sanar y tratar el tema desde el amor.

Pero antes de empezar este viaje de autoconocimiento, reflexión, llantos y risas, que te prometo que será muy especial, me gustaría presentarme. Soy Adrián, y soy gay. Es verdad que soy mucho más que un chico gay, y te podría hablar de mi carrera, mi profesión como psicólogo y sexólogo, mis amigos, mi familia, mis pasiones y sueños o mi perro. Podría tirarme horas escribiendo sin tocar el tema de mi orientación sexual. Muchos chicos, de hecho, lo hacen: se niegan a aceptar que esto sea una parte importante de su vida, se niegan a mencionarlo, se niegan incluso a tener que hablar de ello con sus personas queridas. Pero para mí es imposible separar mi manera de amar, desear, sentir y expresarme de quien soy. Hay pocas cosas que tengo claras al cien por cien, pero una de ellas es que no sería quien soy ni me dedicaría a lo que me dedico si no fuese gay.

A lo largo de este libro profundizaremos en todo lo que entraña ser homosexual y las dificultades que al respecto se pueden experimentar. Te podrás imaginar que yo tampoco he tenido un camino sencillo. Tuve la gran suerte de nacer en un país donde no se condenaba o mataba a las personas por su orientación sexual (aunque hace menos de setenta años en España todavía ocurría), pero, aun así, ni de lejos era un lugar seguro para las personas no heterosexuales. Durante más de quince años creí que no existía a mi alrededor ni una sola persona gay, ni en las películas, ni en las series, ni en mi familia ni en mi entorno cercano. Lo único que había escuchado respecto a esa palabra eran bromas, comentarios despectivos o insultos cuando un presentador gay famoso salía en la televisión o un niño en clase actuaba de forma femenina. Ni de lejos entendía que existiera la posibilidad de que dos chicos se quisieran y pudieran ser pareja, no lo concebía; y te lo cuento porque, si eres más joven, es probable que no seas consciente del cambio tan enorme que ha habido en poquísimos años.

En definitiva, durante años he asociado la palabra «gay» a algo terrible, vergonzoso y muy despreciable, sin entender siquiera qué significaba serlo. Cuando haces una asociación así desde tan joven, y la integras en tus creencias y conocimiento del mundo, es absolutamente aterrador admitir o mirar ciertas sensaciones o sentimientos que empiezas a experimentar en una época en la que se está formando tu identidad, la adolescencia. Lo más preocupante de todo es que muchos chicos que vienen a mi consulta tienen prejuicios sobre el colectivo gay, opiniones estereotípicas y rechazo directo, y no son conscientes de cómo han interiorizado esto ni de dónde les viene, ni siquiera lo conciben como un problema, ni lo relacionan con su ansiedad o su adicción al sexo.

En mi caso, tenía integradas tantas cosas negativas que pasé años negándome a mí mismo, sufriendo por dentro, convenciéndome de que, si lo deseaba fuerte y me esforzaba, las cosas cambiarían, podrían no gustarme los chicos. Pero el caso es que fue imposible, y en cierto sentido morí por dentro.

Cuando desprecias una parte tan importante de quién eres, en un momento en el que tienes que conocerte a ti mismo y mostrarte al mundo, acabas por despreciar al mundo entero.

Sé que muchos chicos lo han pasado mucho peor, o aún lo siguen pasando mal, y sé que otros han tenido más suerte y que este proceso no ha sido tan doloroso. Sé que algunos se han convencido de que no quieren ser víctimas y han olvidado todo lo malo que quizá vivieron a causa de su orientación sexual. Otros se niegan siquiera a pensar en esto porque, siendo hombres, no les han permitido sentir debilidad. Pero este libro no trata de victimizarnos, ni de sentir pena o remarcar lo malo, este libro trata de empatizar con ese niño interior, de madurar, sanar y ser conscientes de que, precisamente por todo esto que hemos vivido, somos como un ave fénix que renace de sus cenizas, y hace falta mucha valentía, inteligencia emocional y fuerza mental para hacerlo.

Volviendo a mi caso personal, he de decirte que he alcanzado un punto que nunca creí que podría alcanzar cuando era niño: ahora puedo permitirme sentir y expresarme como cualquiera de mis hermanos. Creo que esa alerta inconsciente al dar la mano a un chico por la calle o ese pensamiento intrusivo de vigilancia al besarnos fuera de casa por la noche nunca desaparecerán, y no deben hacerlo, porque por desgracia no todos los entornos son seguros,ni siquiera en el país más avanzado.

Pero hay una diferencia importante entre reprimirse por prudencia, por una amenaza real en un entorno concreto, y reprimirse porque te avergüenzas de quién eres.

No es lo mismo callarse porque has integrado tanta «mierda» que sientes que tu mera expresión personal va a devaluar la opinión de otros sobre ti en entornos seguros. En resumen, es importante diferenciar entre una amenaza real y la ansiedad adquirida por experiencias traumáticas que se generaliza a contextos seguros.

NOTA DE AUTOCOMPASIÓN

¿Te das cuenta de lo injusto y difícil que es todo lo que debemos aprender a hacer para poder vivir tranquilos? No deberíamos vivir experiencias negativas por nuestra orientación sexual, que por otro lado no elegimos; no deberíamos desarrollar un cerebro en alerta constante y no deberíamos tener que ver a otros usar su tiempo en vivir mientras nosotros tenemos que usar ese mismo tiempo en aprender a gestionar y curar nuestras heridas.

Personalmente, llegué a un punto en el que no podía más y sentía que debía hacer algo, y desde entonces no solo he alzado la voz y ayudado a cientos de chicos durante la terapia, sino que he llegado a un punto en el que mis vídeos han alcanzado a millones de hombres en todo el mundo, que acuden a mi clínica como lugar seguro para poder aprender a vivir su sexualidad de forma plena.

A lo largo de este libro hablaremos de muchas cosas, desde el proceso de autoconocimiento y aceptación por el que pasa todo adolescente gay hasta cómo todo lo que este ha vivido repercute en su forma de vincularse y vivir en la edad adulta. Eliminaremos estereotipos, hablaremos de las familias, de la ansiedad minoritaria, de las apps (incluyendo Grindr), de ambientes frecuentados por el colectivo, del orgullo, la cultura pop y los referentes (o la falta de ellos).

Antes de empezar el camino, quiero responder a una pregunta importante y es el porqué de la necesidad de este libro. Muchas personas se preguntarán, como ya me ha ocurrido otras veces: «¿Para qué escribir un libro específico del mundo gay si luego sois los gais quienes reivindicáis que sois normales y que, por ello, no deberían trataros diferente?».

Y aquí radica el primer error: que, efectivamente, no existan diferencias de origen natural en nuestra forma de amar o sentir respecto a las personas heterosexuales no quiere decir que vivamos en un mundo utópico donde no existan diferencias reales en nuestro contexto. Existen diferencias que nos moldean de forma directa e indirecta y que, sin quererlo, acaban por crear diferencias concretas en nuestra manera de vincularnos y de vivir. Un ejemplo de esto es el hecho de que diversos estudios señalan que los hombres homosexuales tienen tasas más altas de suicidio, depresión, ansiedad y abuso de sustancias, pero no por ser gais, sino por crecer y vivir en un mundo que ni los acepta ni los deja ser. Para que te hagas una idea, según la American Psychiatric Association, las personas LGTBQ+ tienen una probabilidad 2,5 veces mayor de experimentar depresión, ansiedad y consumo problemático de sustancias que las personas heterosexuales. Además, de acuerdo con la encuesta The Trevor Project 2024, el 39 por ciento de los jóvenes LGTBQ+ consideraron seriamente el suicidio en 2023, y un 12 por ciento de ellos lo intentaron.

Por ello, mi objetivo al final de este viaje es que tanto tú como cualquier familiar podáis entender muchos aspectos que siempre han estado en la vida de un chico gay, para luego poder sanarlos (o acompañar en el proceso) y tener una vida tan natural y sana como la de cualquier persona heterosexual de tu entorno. Pero para ello voy a necesitar que seas valiente, que hagas cada uno de los ejercicios que propongo a lo largo del libro y que te pares a reflexionar al final de cada capítulo. Por suerte y por desgracia, ser gay te obliga a reflexionar y pensar más para poder tener un cierto nivel de paz mental. Digo por desgracia porque es injusto y doloroso, pero también digo por suerte porque nos prepara para muchos desafíos futuros en la vida, porque estamos hechos a prueba de balas.

Así que, sin más preámbulos, comenzamos.

1

DESCUBRE QUIÉN ERES

El objetivo de este capítulo es construir una visión global del proceso por el que pasa un chico homosexual desde el inicio de su vida, atendiendo a los detalles y sentando las bases de muchas instancias que veremos más adelante. En general, tendemos a ser reduccionistas y pensar que el gay solamente sufre o empieza su camino en el momento en el que se desarrolla su sexualidad, es decir, la adolescencia. Muchas veces los profesionales se centran en esto, y el resto de la gente que no lo vive en primera persona no alcanza a entender la magnitud de lo que sucede.

La desaprobación empieza en casa

Nos dan una sola opción y todas las preguntas que nos hacen nos acorralan para tener que seguir ese único camino. Recuerdo cuando tenía cinco años que al volver de clase me preguntaban: «¿Te gusta alguna niña del cole?», y a mí en aquel momento sí me gustaba una (o eso creo), pero sé de otros chicos que ya se fijaban en niños de su clase a esa edad. ¿Cómo entiende tu cabeza y empieza a sentirse cuando ni siquiera es una opción posible aquello que te está pasando? ¿Qué habría pasado en mi caso si me hubieran preguntado por un chico? Puede que nunca lo sepa, pero lo que sí sé es lo que me cuentan mis pacientes, que, cada vez que en su inocencia decían que les gustaba un niño, sus padres los corregían, ponían miradas de desaprobación y les decían que eso no podía ser, que no se referían a los amigos.

Desde el minuto uno en el que vienes al mundo tu principal referencia de lo que es una pareja se está construyendo lejos de lo que va a ser tu pareja en un futuro, por desgracia.

Ya desde ese momento, y de muchos otros similares en los que mostramos actitudes que quizá se salen de lo que se espera de un «niño» —como pedir una muñeca, bailar de forma femenina o ponerse los zapatos de mamá—, recibimos una mirada de desaprobación (generalmente del padre) que no entendemos muy bien qué significa ni llegamos a comprender el porqué, pero sí sabemos que estamos haciendo algo «mal» de lo cual nuestro padre se avergüenza. De hecho, esto influye en nosotros mucho más de lo que pensamos.

Si has leído mi primer libro, Tu camino hacia el amor, sabes que me encanta hablar del apego. John Bowlby y Mary Ainsworth, en su teoría del apego, sostenían que los seres humanos necesitamos crear vínculos seguros con nuestras figuras de referencia para poder desarrollar una autoestima saludable, seguridad emocional y una buena capacidad de vinculación en la edad adulta. En el caso de los niños gais, aunque muchos padres no sean explícitamente homófobos o ni siquiera sepan que sus hijos son gais, pueden, como decíamos, proyectar reproches o incomodidad al niño cuando este muestra signos que no se ajustan a las normas de género. En ocasiones ese rechazo puede ser muy sutil y casi imperceptible, como una mirada cómplice entre los progenitores, un silencio o una cara de desprecio, pero en otras puede ser más agresivo y explícito como «No seas maricón» o «Eso no es de hombres, hijo». Y, aquí, el niño toma dos mensajes claros:

Debo ser de una cierta manera si quiero que me quieran.

Si me muestro como me sale ser, mi vínculo con mis padres peligra.

Y todo esto crea una gran disonancia emocional, porque por un lado el niño necesita el amor de sus figuras de apego para sobrevivir emocionalmente, pero por otro también necesita ser auténtico y sentirse libre para explorar y desarrollarse. Así, desde ese momento, el niño empieza a controlar sus comportamientos, reprimir sus gustos e internalizar un sentimiento de vergüenza hacia sí mismo.

Disonancia emocional: es un concepto introducido por Arlie Russell Hochschild en 1953 (en su libro The Managed Heart), que describe la incongruencia entre la emoción que una persona siente internamente y la emoción que «debe» expresar externamente, ya sea por exigencias familiares, sociales, laborales o relacionales. Es, por ejemplo, ese trabajador que se siente deprimido, agotado y exhausto, pero debe sonreír al cliente porque trabaja de cara al público. Además, diversas investigaciones muestran que esta disonancia tiene consecuencias psicológicas, tales como agotamiento emocional, estrés, ansiedad, depresión y sensación de inautenticidad acompañada de la pérdida de identidad.

Recuerdo que una vez, de niño, estaba sentado con las piernas cruzadas y alguien me dijo que eso era de chicas, que debía sentarme de otra manera para ser más masculino. Desde ese día, cada vez que me sale de forma natural cruzar las piernas, me viene a la mente ese mensaje taladrando mi cabeza y haciéndome sentir incómodo. Hoy en día me siento como me da la gana, pero inevitablemente viene ese pensamiento, y es una experiencia que comparto con muchos amigos cercanos.

Todo esto a largo plazo puede provocar:

Desconexión emocional: cuanto menos expresivo seas, correrás menos riesgo y recibirás menos críticas o rechazo. Al final acabas viviendo en lo que yo llamo la «fase de páramo», en la que te encuentras como muerto en vida, anestesiado.

Homofobia interiorizada: hace referencia al proceso de aprendizaje por el cual una persona LGTBQ+ adopta y dirige hacia sí misma actitudes, prejuicios y estigmas negativos de la sociedad hacia la homosexualidad. En esencia, es odiar profundamente tu parte más real, sensible o vulnerable porque la has asociado a algo negativo y que genera el rechazo de la gente que quieres.

Dificultades de vinculación: se trata de un miedo atroz a mostrarse como uno es al mundo porque, en primer lugar, no hay práctica previa y, en segundo, no has podido explorar quién eres y no tienes ni idea de cómo saberlo. ¿Cómo muestras tu yo real si nunca has tenido la libertad de poder experimentar al cien por cien con tu personalidad?

Más adelante, en el capítulo dedicado a la familia, exploraremos por qué la relación con el padre en los homosexuales suele ser tan conflictiva, y por ello se aborda en terapia; pero como ves nada es casualidad y todo se construye a partir de pequeños momentos en la infancia.

Así, ya desde pequeño, el niño gay va construyendo su vida sin pararse a pensar en cosas que el resto de sus iguales heterosexuales sí piensan.

Quizá con siete años no tienes una sexualidad desarrollada, pero sí pueden haberte gustado varias personas de tu entorno e incluso pueden haberte dado un primer beso. De hecho, Alejandro Villena —psicólogo experto en adicción a la pornografía (y profesor mío en la universidad)— apunta en su libro ¿POR qué NO?: Cómo prevenir y ayudar en la adición a la pornografía que la edad media en la que se comienza a ver porno en la actualidad es, por desgracia, a los ocho años. Aunque está claro que un cerebro de entre siete y diez años no tiene la capacidad analítica y el insight para cuestionarse a sí mismo, es adecuado buscar opciones fuera de las que te han ofrecido y entender (a pesar de los comentarios) que no tiene nada de malo ser diferente y comunicarlo. Es una locura pensar que un niño ha de tener esa capacidad cuando muchos adultos ni siquiera lo consiguen, ¿verdad?

Y, con esto, muchos niños censuran todo ese lado de sí mismos, fingiendo desinterés por el amor o la sexualidad, o repitiendo discursos que les convienen para sobrevivir como «Odio a las chicas» o «Todas son iguales, soy muy joven para eso», intentando aguantar el máximo de años posibles sin explorar esa parte de su vida. En el lado opuesto, puede existir un refugio en el porno, que lleva a la masturbación compulsiva y al deterioro del concepto de vinculación.

Crecer con falta de referentes

Cuando el niño llega a la adolescencia la cosa se complica mucho más. Es importante aclarar que la orientación sexual no va ligada a con quién te acuestas o a la experimentación propia de la edad. Digo esto porque es bastante común que probemos cosas en esas edades en las que intentamos encontrar nuestra identidad y descubrir quiénes somos, lo cual no tiene nada de malo y no tiene por qué definirnos. Por ejemplo, es común y curioso a la vez escuchar en terapia cómo muchos chicos han experimentado de jóvenes con un primo y se avergüenzan al contarlo. No me sorprende, ya que muchas veces es el mejor amigo y otras, a falta de este,una persona de edad similar que es cercana y con la que se comparte algún vínculo. No es para nada raro escuchar el relato de que esa otra persona ahora es heterosexual o tiene novia, es algo del día a día. Precisamente de esto estoy hablando: tener una relación sexual no define de manera completa tu orientación, de hecho, puede agobiar mucho el hecho de creer que es así e impedir que muchos chicos jóvenes experimenten por el miedo a tener que etiquetarse a posteriori.

Por ello, es más correcto hablar de orientación sexoafectiva,haciendo referencia no solo a la atracción física y sexual, sino también a la parte emocional. Por ejemplo:

• ¿Con quién te gustaría compartir tu vida en el futuro?

• ¿Hacia quién sientes ternura, conexión o deseo de intimidad y cariño?

• Si tuvieras que visualizarte con alguien en el futuro, ¿con quién te ves teniendo un vínculo real? (Aquí se ve la proyección de vida).

Por desgracia, hay una problemática común que muchos profesionales no abordan adecuadamente y que me encuentro a menudo en consulta, así que vamos a explicarla en profundidad para desgranar la confusión.

Muchas veces, cuando los chicos empiezan a descubrir su sexualidad, lo primero que sienten hacia los hombres es una fuerte atracción física, algo puramente sexual y relacionado con su torso o su miembro, más allá de que es común que expresen que besar a un hombre o darle la mano les daría incluso asco. Además, también es común que, en ese proceso de autodescubrimiento, la persona afirme que en el futuro se ve casándose con una mujer, teniendo hijos y formando una familia, aunque no le atraiga absolutamente nada tener sexo con una mujer. Recuerdo que una profesora no experta en el colectivo y que formaba parte de una clínica religiosa nos puso este mismo caso en un máster que realicé, durante el módulo de sexualidad. Su enfoque iba destinado a ayudar al chico a reconducir su problema —que, según ella, era causado por el «porno»—, para que pudiera dirigir su energía hacia donde él quisiera. Aunque me gustaría decir que es un caso aislado, han llegado muchísimos chicos a mi clínica rebotados de este tipo de terapias, sintiendo muchísima culpa y frustración por sentirse perdidos entre dos mundos, sin entender por qué no pueden tener la relación que desean. ¿Sabes lo que ocurre en realidad?

Cuando el chico te transmite que no siente atracción hacia las mujeres cuando se masturba, pero sí por los hombres, podemos hacernos varias preguntas. ¿Qué ejemplos ha visto ese chico de un vínculo entre dos hombres durante su vida? Probablemente ninguno, de hecho, es común que solo haya consumido porno y que toda su imagen de dos hombres teniendo relaciones sea a través de eso. En este caso, sin tener referentes es natural que, si nunca ha visto de cerca —en su familia o en las películas que veía de niño— una historia de dos hombres enamorándose, no pueda concebir ni sienta natural imaginarse así con uno.

En su lugar, toda su vida ha consumido —desde las películas de Disney hasta el matrimonio conformado por su abuela y abuelo— imágenes de parejas heterosexuales teniendo una relación romántica y mostrando que, si funciona y es bonito, la persona acaba siendo feliz. Sobra decir, aunque luego hablaremos de esto, que ni cien películas pueden cambiar la orientación sexoafectiva de alguien, pero sí ayudar a que, si existe una atracción natural, la persona pueda tener referencias sobre cómo desarrollar una relación desde ahí. Muchas veces he recomendado la serie Heartstopper, que narra un primer amor juvenil, dulce e inocente; y ha sido increíble ver que quienes han visto la serie han venido a mi consulta inspirados, llorando, o sintiendo que verla antes los habría ayudado muchísimo. Precisamente, lo que tiene esta serie, que rompe por dentro a tantos hombres adultos, es mostrar cómo podría haber sido tener una adolescencia sana en la que poder explorar el amor inocente y puro sin miedo, sin tener que pasar por la hipersexualización desde el inicio. Casualmente, muchos amigos, que son más jóvenes y no han pasado lo que hemos pasado muchos de nosotros, encuentran que la serie Vanilla es demasiado infantil. Qué curioso, ¿verdad? Yo creo que no tanto.

La adolescencia robada

Son pocos los chicos, aunque por suerte cada vez son más, que pueden experimentar su primer beso o su primer vínculo bonito con un chico antes de tener dieciocho o veinte años. Muchos de ellos pierden toda su adolescencia sufriendo, aceptándose, negándose y luchando contra demonios internos y externos. Muchos sufren tanto bullying que acaban por morir por dentro y pasar años dentro de su casa, sin amigos, sin socializar, sin permitirse sentir.

En el tema del bullying, por ejemplo (en mi experiencia personal y según lo que he visto en consulta), muchas veces se comienza con la palabra «maricón» a los diez o doce años, cuando aún la persona no sabe ni lo que significa esa palabra. Quizá el niño no sabe qué es, pero sabe por qué se lo dicen, y lo asocia junto a esas miradas de desaprobación en la infancia y a esa sensación de que algo no va bien dentro de él, lo cual suma más dolor, confusión y carga a la construcción de su identidad. Poco a poco, la persona va acumulando culpa, rechazo y asco hacia sí misma por no poder controlar esos signos que la delatan. En muchos casos opta por volverse invisible, por intentar pasar lo más desapercibida posible e incluso por querer desaparecer (sobra decir lo que esto último implica). De hecho, el término gender policing, o policía de género, explica cómo el entorno social presiona para que los chicos se ajusten a lo que se considera masculino. No paro de oír historias de profesoras que obligan a los niños a jugar al fútbol en el patio o que incluso prohíben a las niñas juntarse con ellos para evitar que vayan con los chicos. Es una especie de caza de brujas, como si pensasen que así van a poder salvar al niño de «la homosexualidad».

En este caso, como persona que lo ha vivido y que ayuda a otras a superarlo, te puedo contar algunos síntomas o consecuencias que pueden darse:

• Baja autoestima y autoconcepto destrozado.

• Ansiedad cr

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