El niño de Schindler

Leon Leyson

Fragmento

1

Corrí descalzo por el prado hacia el río. Ya entre los árboles, me quité la ropa, agarré mi rama favorita, me colgué de ella, me impulsé hacia el agua y me solté.

¡Una zambullida perfecta!

Mientras flotaba en el agua, oí un chapuzón y luego otro: dos amigos míos se habían unido a mí. Al poco rato salimos del río y corrimos hasta nuestras ramas favoritas para volver a empezar. Cuando los leñadores que trabajaban río arriba amenazaron con aguarnos la fiesta lanzando al agua sus troncos recién cortados para que la corriente los llevara hasta el aserradero, nos adaptamos rápidamente y optamos por tumbarnos boca arriba, cada uno en un tronco, y contemplar los rayos de sol que atravesaban el follaje de robles, abetos y pinos.

Por mucho que repitiéramos aquellas rutinas, yo nunca me cansaba de ellas. En aquellos calurosos días de verano, en ocasiones llevábamos bañador, sobre todo cuando creíamos que podía haber algún adulto cerca, pero la mayoría de las veces nos bañábamos desnudos.

Lo que hacía que aquellas escapadas resultaran aún más emocionantes era que mi madre me había prohibido bañarme en el río.

Al fin y al cabo, yo no sabía nadar.

En invierno, el río era igual de divertido. Mi hermano mayor, Tsalig, me ayudaba a fabricar patines de hielo con todo tipo de materiales inverosímiles: restos de metal rescatados del taller de nuestro abuelo, el herrero, y trozos de madera del montón de la leña. Mostrábamos un gran ingenio en la fabricación de nuestros patines, que eran primitivos y toscos, pero funcionaban. Yo era pequeño pero rápido; me encantaba echar carreras con los niños mayores por la superficie irregular de hielo. Un día, David, otro de mis hermanos, pasó por encima de una capa de hielo fino que cedió y se sumergió en el río helado. Por suerte, el agua allí no era muy profunda. Lo ayudé a salir y volvimos corriendo a casa, a cambiarnos la ropa mojada y entrar en calor junto a la chimenea. En cuanto nos hubimos secado y calentado, volvimos corriendo al río para emprender otra aventura.

La vida parecía un viaje infinito y libre de preocupaciones. Así que ni el cuento de hadas más espeluznante habría podido prepararme para los monstruos a los que me enfrentaría solo unos años más tarde, para las escapadas milagrosas que protagonizaría, ni para el héroe, disfrazado de monstruo, que me salvaría la vida. En mis primeros años no recibí ningún aviso de lo que se avecinaba.

Antes me llamaba Leib Lejzon, aunque ahora me llamo Leon Leyson. Nací en Narewka, una aldea rural del nordeste de Polonia, cerca de Białystok y no muy lejos de la frontera con Bielorrusia. Mis antepasados llevaban varias generaciones viviendo allí; de hecho, más de doscientos años.

Mis padres eran gente honrada y trabajadora que nunca esperaba nada que no se hubiera ganado a pulso. Mi madre, Chanah, era la menor de cinco hijos (dos niñas y tres niños). Su hermana mayor se llamaba Shaina, que en yiddish significa «hermosa». La verdad es que mi tía era muy guapa; mi madre no lo era, y esa diferencia influía en cómo las trataba la gente, incluidos sus propios padres. Mis abuelos querían a sus dos hijas, por supuesto, pero consideraban que Shaina era demasiado hermosa para realizar tareas físicas, mientras que mi madre no. Recuerdo que mi madre me contaba que tenía que llevarles cubos de agua a los peones que trabajaban en los campos. Hacía calor y los cubos de agua pesaban mucho, pero esa tarea resultó propicia para mi madre, y también para mí, pues fue en esos campos donde vio por primera vez a su futuro marido.

Aunque fue mi padre quien inició el noviazgo, su boda tenían que concertarla sus padres, o por lo menos debía parecerlo. Esa era la tradición aceptada en Europa del Este en aquellos tiempos. Afortunadamente, ambas familias estaban contentas con la atracción mutua que sentían sus respectivos hijos. La pareja se casó al cabo de poco tiempo; mi madre tenía dieciséis años, y mi padre, Moshe, dieciocho.

Para mi madre, la vida de casada era, en muchos aspectos, similar a la vida que había llevado en casa de sus padres. Se dedicaba a las tareas domésticas: cocinar y cuidar a su familia, solo que en lugar de atender a sus padres y hermanos, en esa época atendía a su marido y, poco después, también a sus hijos.

Como yo era el menor de cinco hijos, no tenía a mi madre para mí solo muy a menudo; por eso, uno de mis momentos favoritos era cuando mis hermanos y mi hermana estaban en la escuela y nuestras vecinas venían de visita, se sentaban alrededor de la chimenea y hacían calceta o almohadas de plumas de ganso. Yo observaba cómo las mujeres cogían las plumas y las metían con cuidado en las fundas, sacudiéndolas suavemente para que se repartieran de forma regular. Era inevitable que se escaparan algunas, y mi trabajo consistía en recuperar las plumitas que flotaban por el aire como copos de nieve. Intentaba atraparlas, pero ellas se alejaban flotando. De vez en cuando tenía suerte y atrapaba un puñado, y las mujeres recompensaban mis esfuerzos con risas y aplausos. Desplumar gansos era un trabajo duro, de modo que cada pluma tenía un gran valor.

Me encantaba oír a mi madre compartiendo historias, y a veces algún cotilleo, con sus amigas. En esos momentos veía otro aspecto de ella, más apacible y relajado.

Pese a que solía andar muy atareada, mi madre siempre encontraba tiempo para demostrarnos su amor. Cantaba con nosotros, los niños, y por supuesto se aseguraba de que hiciéramos nuestros deberes escolares. Un día estaba yo sentado solo a la mesa, estudiando aritmética, y oí un susurro detrás de mí. Estaba tan concentrado en el libro que no había oído llegar a mi madre y ponerse a cocinar. No era la hora de comer, de modo que me sorprendí. Entonces mi madre me acercó un plato de huevos revueltos que había preparado solo para mí. Me dijo: «Eres tan bueno que te mereces un regalo». Todavía puedo sentir la satisfacción que experimenté en ese momento: había hecho que mi madre se sintiera orgullosa.

Mi padre siempre se había mostrado resuelto a procurarnos una buena vida y veía un futuro mejor en las fábricas que en la herrería de su familia. Poco después de casarse, empezó a trabajar de aprendiz de maquinista en una fábrica pequeña donde producían botellas de vidrio soplado de diversos tamaños. Allí, mi padre aprendió a hacer los moldes de las botellas. Gracias a su esfuerzo, su habilidad innata y su firme determinación, lo ascendieron varias veces. Un día, el dueño de la fábrica lo eligió para que realizara un curso avanzado de diseño de herramientas en la ciudad vecina de Białystok. Yo sabía que se trataba de una oportunidad importante, porque mi padre se compró una chaqueta para la ocasión. En mi familia no era muy frecuente que compráramos ropa nueva.

La fábrica de vidrio prosperó y el dueño decidió ampliar el negocio trasladándolo a Cracovia, una ciudad fl oreciente a unos quinientos sesenta kilómetros al sudoeste de Narewka. Eso causó un gran revuelo en nuestro pueblo. En aquella época era muy raro que la gente joven —y la no tan joven— se marchara del pueblo donde había nacido. Mi padre fue uno de los pocos empleados que se trasladó con la fábrica. El plan consistía en que mi padre se marchara primero y, una vez hubiera reunido suficiente dinero, nos llevara a todos a Cracovia. Tardó varios años en ahorrar esa cantidad y encontrar un sitio donde pudiéramos vivir. Entretanto, venía a vernos a Narewka aproximadamente cada seis meses.

Entonces yo era muy pequeño y, si bien no recuerdo la primera vez que mi padre se march

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