El asesinato de García Lorca

Ian Gibson

Fragmento

Prólogo

Prólogo

PRÓLOGO

He contado en Aventuras ibéricas (Barcelona, Ediciones B, 2017) cómo nació en Granada, en 1965, mi indagación sobre el asesinato del autor de Bodas de sangre y el contexto en que se llevó a cabo. No es cuestión de volver aquí sobre aquel año apasionante... y los cuatro siguientes. El resultado de mis pesquisas fue La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca, publicado en París por la editorial Ruedo Ibérico, hoy mítica, en 1971. Se prohibió enseguida en España, pero miles de ejemplares cruzaron la frontera, máxime a raíz de recibir el Premio Internacional de la Prensa en la Feria del Libro de Niza en 1972. Se comentó el acontecimiento en la prensa española —notablemente por José María Pemán en ABC—[*] y el libro se tradujo al francés, inglés y otros idiomas.

Con la evidencia de que al régimen de Franco le quedaba poco tiempo, el mundo editorial español iba abonando ya para entonces el terreno para la explosión de títulos sobre la República y la Guerra Civil que se avecinaba. Por lo que le tocaba al poeta granadino, signo de los tiempos fue el oportunismo de la publicación por Planeta, en marzo de 1975 —siete meses antes de la muerte del Caudillo—, del libro de José Luis Vila-San-Juan García Lorca, asesinado. Toda la verdad.

En abril de 1979 la editorial Crítica de Barcelona publicó una nueva edición revisada y ampliada de mi estudio. Ello me permitió incorporar aportaciones no solo de la mencionada obra de Vila-San-Juan sino de muchos trabajos —libros, artículos de prensa, ensayos— aparecidos alrededor del mundo a partir de la muerte del dictador. Tuvo numerosas reediciones con la inclusión de más documentación. Pero no procedente de una obra cuya publicación se demoraba, al parecer, eternamente. Me refiero a Los últimos días de García Lorca, del periodista y escritor granadino Eduardo Molina Fajardo, que, por desgracia, solo vería la luz en 1983, editado por Plaza y Janés, cuatro años después de la muerte repentina de su autor a finales de 1979.

En la edición de mi libro publicada por Círculo de Lectores en 1986 (luego reimpresa por Punto de Lectura en 2005) ya se notaba la presencia del de Molina Fajardo. Hoy, en esta nueva de Ediciones B, mucho más. Solo tuve un breve encuentro con él en 1965 mientras iniciaba mi investigación. Ocurrió en su despacho del diario Patria, ya para entonces agonizante (y hoy museo del pintor granadino Juan Guerrero). Alguien, no recuerdo quién, me dijo que Molina poseía muchos datos sobre la muerte de Lorca y que debería hablar con él. Me recibió amablemente. Lo que yo no sabía es que preparaba un libro sobre el trágico suceso.

Como falangista —durante un tiempo jefe provincial del «Movimiento»—[1] y director de Patria, Molina Fajardo tenía acceso a documentos inalcanzables para mí, así como a muchas personas implicadas en los acontecimientos de 1936 que jamás habrían hablado con un extranjero. En algunas ocasiones sus confidentes así lo declaran. El 7 de abril de 1969, por ejemplo, un antiguo falangista que estaba en el pueblo de Víznar cuando allí mataron a García Lorca le relata cómo fue la última noche del poeta. Se llama Pedro Cuesta Hernández. El hombre hubiera preferido no hablar, pero Molina Fajardo, que va acompañado de un cura de ideología afín, es quien es, y Cuesta apenas tiene más remedio que colaborar. «Insistimos en escucharle —nos informa el autor— y teniendo en cuenta nuestra identidad falangista, acepta a narrar lo ocurrido.»[2] En otra ocasión, en 1975, almuerza con una persona llamada Miguel Serrano Ocaña, que se incorporó al alzamiento en los primeros días. Y nos cuenta: «Coloco una cinta en el cassette y comenzamos a hablar, no sin antes decirme: “No te creas que me gusta comentar estas cosas, estos recuerdos, pero lo hago por gusto por tratarse de ti. Con otro no hablaría.”»[3]

Providencial, pues, el tenaz empeño de Molina Fajardo, y encomiable su laboriosa recopilación de declaraciones y datos, a menudo nada halagüeños para la Falange Española Tradicionalista de las JONS, a la cual él mismo pertenece.

Los testimonios de los entrevistados por Molina nos meten en la plena «intrahistoria» de lo ocurrido en la ciudad en 1936. Muchas de las conversaciones —unas cincuenta, desarrolladas entre 1968 y 1979, sobre todo en 1969— fueron grabadas, y es de esperar que, con el resto de los copiosos materiales reunidos por el escritor y periodista, sean accesibles a futuros estudiosos cuando sus herederos los entreguen al Museo-Casa Natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros, como se acordó en su momento. Allí formarían, junto con las numerosas grabaciones nuestras, un archivo sonoro único.[4]

Al margen de las entrevistas, el texto preliminar de Molina Fajardo —unas sesenta páginas impresas de un total de 424— estaba, por desgracia, sin terminar cuando murió tan a deshora. Fue preparado para la imprenta por su viuda, Ángeles González, e hijos, adoptándose «un estilo sencillo, totalmente distinto al de la pluma que lo pensó escribir». Según ella, la muerte de su marido convirtió la obra «en boceto de lo que pudo ser».[5] Pero el conjunto es muy enjundioso, insustituible. Lo he releído con lupa e incorporado muchos de sus datos, siempre con el debido reconocimiento. Sin el paciente y minucioso trabajo del escritor granadino, aunque truncado, se habría perdido para siempre, en resumidas cuentas, una riquísima información sobre las circunstancias que rodearon el asesinato de Lorca.

El libro de Molina Fajardo, dignamente reeditado por la editorial Almuzara en 2011, tiene otro gran mérito: la inclusión de un cuidadoso índice «toponomástico» que lo convierte en herramienta de trabajo extraordinaria. En un país donde demasiado a menudo, por pereza, se siguen publicando libros de investigación sin índice alguno, es de elogiar el buen hacer de Plaza y Janés en 1983.

Otros muchos libros y artículos han enriquecido mi trabajo de los últimos años. En particular La verdad sobre el asesinato de García Lorca, de Miguel Caballero Pérez y Pilar Góngora (Madrid, Ibersaf, 2007) —exhaustivo estudio sobre el trasfondo social de la familia del poeta en la Vega de Granada, con implicaciones para su persecución y muerte—, y Lorca, el último paseo, de Gabriel Pozo Felguera (Granada, Ultramarina, 2009), que brinda nuevos datos sobre el diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso, principal delator responsable del atroz crimen. También me ha hecho reflexionar el estudio de Miguel Caballero Pérez, Las trece últimas horas en la vida de García Lorca (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011), pese a discrepar con algunas de sus aseveraciones, omisiones y conclusiones.

Todo lo relacionado con la vida, obra y muerte de García Lorca suscita ya un interés mundial. En vísperas del 120 aniversario de su nacimiento en el corazón de la Vega de Granada, algunos no podremos descansar hasta no conocer, por fin, el paradero exacto de sus últimos restos, escamoteados desde hace más de ochenta años.

IAN GIBSON

Madrid, 15 de diciembre de 2017

Tripa

1. García Lorca y la Segunda República

1

GARCÍA LORCA

Y LA SEGUNDA REPÚBLICA

Solo por ignorancia total de las actividades de Federico García Lorca durante los años de la República, máxime bajo el Frente Popular, o por la determinación de silenciarlas, se podría seguir alegando la «apoliticidad» del poeta. Su compromiso social e identificación con quienes sufren era ya evidente en su primer libro, Impresiones y paisajes (1918), y no hizo más que agudizarse durante el resto de su breve vida. Hay que tener en cuenta, además, que por aquellos años, cuando el fascismo amenazaba con destruir las mismas bases de la democracia europea, era difícil, si no imposible, que un joven de tendencias liberales no se situara políticamente, aunque sin ser militante de un partido, como fue su caso.

Dos años antes de la llegada de la República en 1931, él y otros varios escritores de su generación habían negado de manera explícita ser apolíticos, publicando un documento que demostraba su insatisfacción con el régimen dictatorial del general Miguel Primo de Rivera, su deseo de buscar nuevos senderos políticos y su intuición de que nacería pronto la España tan largamente esperada. El texto, fechado en abril de 1929 y olvidado hasta su reimpresión en 1969 en las Obras completas de José Ortega y Gasset, puede parecernos hoy ingenuo. Pero en su día significaba una importante toma de conciencia por parte de un grupo de jóvenes que creían que, sin unos profundos cambios políticos, España se desmoronaría (véase Apéndice I, 1).

Dos meses después García Lorca se fue a Nueva York, donde entró por vez primera en contacto con la vida de una metrópoli (Madrid era un pueblo en comparación con «aquel inmenso mundo»).[1] Siempre se había identificado con los pobres y los marginados, pero en Nueva York —la Nueva York de la depresión— pudo contemplar el sufrimiento humano sin paliativos. La experiencia fue crucial y confirmó su rebeldía contra la injusticia y su fe en la misión redentora del arte. Ahí están los poemas del ciclo neoyorquino para testimoniarlo.

Cuando desembarcó en Cuba después de su temporada en el «Senegal con máquinas»,[2] un periodista habanero subrayó el intenso interés que le suscitaban los problemas sociales y políticos:

García Lorca, además de gran poeta, es, como José María [Chacón y Calvo] me afirmó, «un muchacho encantador», lo más lejos posible de esos artistas encasquillados en el arte por el arte, curioso por cuanto a su alrededor ocurre, apasionado, mejor diría exaltado, por los problemas políticos y sociales de España, de Cuba, del mundo [...] Su interés por los problemas político-sociales se revela en estos hechos: que espontáneamente y sin conocerlo fue a felicitar al doctor Cosme de la Torriente porque leyó «que había ganado un pleito en que defendía los derechos individuales y políticos», y está más entusiasmado con la celebración del mitin nacionalista que el propio Mendieta o Carlos Manuel Álvarez Tabío.[3]

No perdería nunca su preocupación por las dificultades de América Latina, y en muchas ocasiones expresaría su solidaridad con los revolucionarios de distintos países del continente.

Regresó a España en el verano de 1930. Al año siguiente es la llegada de la Segunda República. Para el poeta, como para los otros firmantes del documento dirigido a Ortega, suponía la epifanía de la España soñada.

En 1932 Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública del Gobierno de Manuel Azaña, nombró a García Lorca director del teatro universitario La Barraca. Como se sabe, uno de los propósitos del mismo era llevar el drama clásico español a las aldeas y los pueblos de provincias. Bajo la inspiración del poeta, La Barraca fue un éxito rotundo, la expresión, como él mismo decía, «del espíritu de la juventud de la España nueva».[4] «Toda esta modesta obra —explicó en otra ocasión— la hacemos con absoluto desinterés y por la alegría de poder colaborar en la medida de nuestras fuerzas con esta hermosa hora de la Nueva España.»[5]

Desde el primer momento La Barraca tuvo sus enemigos entre los que concebían una Nueva España muy distinta de la de Azaña, Fernando de los Ríos y García Lorca. Se dijo que se iba a gastar demasiado dinero público (cargo que rechazó De los Ríos en un apasionado discurso pronunciado en las Cortes el 23 de marzo de 1932).[6] Y, a partir del acceso de las derechas al Gobierno en el otoño de 1933, el presupuesto sería reducido de manera drástica.[7]

Entretanto, el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller de Alemania. En marzo le dieron plenos poderes todos los partidos representados en el Parlamento, con la excepción de los socialdemócratas (los comunistas estaban ya fuera de la ley). Luego firmó un concordato con el Vaticano, y en julio se promulgó una ley aboliendo los pocos partidos políticos que no habían aceptado ya disolverse «voluntariamente». A partir de entonces solo existía de manera legal en Alemania el Partido Nacional Socialista. Comenta Gabriel Jackson:

La subida de Hitler al poder, con el claro apoyo de la derecha tradicional, mostró lo rápidamente que podían los conservadores [españoles] colaborar en la destrucción de una República cuya Constitución estaba inspirada sobre todo en la de la Alemania republicana.[8]

La prensa española seguía de cerca el desarrollo de la situación alemana y proporcionaba información sobre las persecuciones de que eran objeto, con creciente intensidad, los judíos de aquel país, algunos de los cuales empezaron a huir a España, llevando consigo relatos de primera mano de las atrocidades que cometían los nazis.

A principios de abril de 1933 García Lorca rubricó, con otros muchos intelectuales y artistas, el manifiesto de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, organización promovida por el catedrático de Derecho Romano y militante comunista Wenceslao Roces (véase Apéndice I, 2).

Sintomática de la toma de conciencia del peligro que suponía el crecimiento del fascismo fue la publicación en Madrid, el 1 de mayo de 1933, del adelanto de una nueva revista comunista, Octubre. Escritores y Artistas Revolucionarios. El entusiasmo expresado en sus cuatro páginas hacia la Rusia soviética (por André Gide, Waldo Frank y María Teresa León entre otros) era ilimitado. Un poema de Rafael Alberti, «S.O.S.», protestaba contra la crueldad capitalista:

Y hay un medio planeta sin cultivo

y hay barreras que impiden la posesión común del sol

agrario de las granjas

y hay ríos que quisieran desviarse,

erguirse hasta regar el lecho de los trigos.

No hay trabajo

y hay manos.

El capital prefiere dar de comer al mar.

En Brasil el café se quema y es hundido entre las algas,

el azúcar en Cuba arrojada en las olas se disuelve

salada,

las balas de algodón en Norteamérica

y los trenes de harina son volcados en la prisa invasora

de los ríos.

La segunda página del adelanto llevaba un manifiesto contra el hostigamiento de los nazis de los escritores alemanes, firmado por un grupo de intelectuales españoles de izquierdas. García Lorca encabezaba la lista (véase Apéndice I, 3). Es importante subrayar, sin embargo, que su rechazo del fascismo no implicaba su aceptación del marxismo. No se afiliaría nunca al PC y no publicó ningún texto en Octubre (siete números aparecidos entre junio de 1933 y abril de 1934), a diferencia de Emilio Prados y Luis Cernuda, por ejemplo, que proclamaron allí su adhesión al partido. A pesar de ello, su presencia en el adelanto de la revista como firmante de la proclama antifascista no dejaba lugar a malentendidos: Lorca era un «intelectual de izquierdas».

El 14 de julio de 1933 tres miembros de las JONS (Juntas Ofensivas Nacional Sindicalistas) allanaron la oficina de la recién fundada Asociación de Amigos de la Unión Soviética, situada en la Avenida de Eduardo Dato, número 7, y se llevaron las fichas de los afiliados. Entre ellas, posiblemente, la del poeta.[9]

En octubre de 1933 Lorca embarcó para Buenos Aires, con lo cual se perdió las elecciones de noviembre que dieron el triunfo a las derechas. En la capital argentina se montaron sus obras de teatro con éxito apabullante: éxito seguido con orgullo desde España por sus muchos amigos y admiradores (y, cabe suponerlo, con envidia por sus detractores, que tampoco escaseaban). Al regresar a casa a mediados de abril de 1934, era, sin duda alguna, el poeta y dramaturgo español más famoso en América.

Durante los seis meses de su ausencia se había acentuado la tensión política. En Granada las elecciones habían sido ganadas por las derechas, y la situación de los obreros y campesinos se había deteriorado de manera notable. El poeta tuvo ocasión de comprobar el cambio durante los días que pasó en la ciudad a su vuelta,[*] que casi coincidieron con la celebración allí de un multitudinario acto de la JAP (Juventud de Acción Popular), la organización de la CEDA (Coalición Española de Derechas Autónomas), durante el cual los oradores expresaron sin rubor su admiración por Hitler y Mussolini.[10]

Hemos señalado que La Barraca tuvo desde los primeros momentos sus enemigos. García Lorca se encontró con que las críticas se habían recrudecido mientras estaba en Argentina. El 10 de febrero de 1934, por ejemplo, la revista satírica El Duende había lanzado el rumor de que mantenía relaciones homosexuales con los chicos del teatro estudiantil: «También el Estado da dinero para “La Barraca” donde Lorca y sus huestes emulan las cualidades que distinguen a Cipriano Rivas Cherif, su “protector”.[*] ¡Qué vergüenza y qué asco!»[11] Luego, el 5 de julio de 1934, la revista falangista madrileña F.E., principal órgano del partido, acusó a los «barracos» no solo de llevar una vida inmoral, de corromper a los campesinos y de practicar «el marxismo judío», sino de malgastar su presupuesto. Es un documento que expresa sin ambages la opinión de la Falange sobre la iniciativa y sus promotores, y, aunque el nombre de García Lorca no aparece explícitamente citado, nadie como el poeta podía sentirse aludido en cuanto director del teatro protegido por el ex ministro socialista de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos (véase Apéndice I, 4).

En relación con el ataque de F.E. a La Barraca, creemos que vale la pena recordar un artículo aparecido en ABC de Sevilla el 6 de junio de 1937, es decir, diez meses después de la muerte del poeta. Puede observarse en él hasta dónde llegaba el odio que suscitaban entre las derechas Fernando de los Ríos, La Barraca y, en consecuencia, García Lorca (véase Apéndice I, 5).

El 1 de octubre de 1934 cayó el Ejecutivo radical, privado del apoyo proporcionado por la CEDA durante diez meses. José María Gil Robles, su líder, exigió la participación de la coalición en el nuevo Gobierno. El presidente de la República, Alcalá Zamora, encargó a Lerroux la formación del mismo. La CEDA recibió las carteras de Agricultura, Trabajo y Justicia. La reacción hostil de la clase obrera era previsible, pues, como comenta Gabriel Jackson, la presencia de aquel partido en el Ejecutivo «parecía, tanto a los liberales de la clase media como a la izquierda revolucionaria, como un equivalente a la implantación del fascismo en España».[12]

La revolución de los mineros asturianos, que estalló cuatro días después, el 4 de octubre de 1934, era una respuesta directa a la entrada de la CEDA en el Gobierno. La represión llevada a cabo en Asturias fue brutal, con numerosas ejecuciones y torturas además de multitudinarios encarcelamientos. Los detalles de lo ocurrido no llegaron al público debido a la estricta censura de los medios de comunicación impuesta por el Gobierno, y solo serían revelados al ganar las elecciones de 1936 el Frente Popular. Pero García Lorca se enteraría muy temprano de la realidad de la situación asturiana, toda vez que su amigo y maestro Fernando de los Ríos era miembro de la comisión parlamentaria que investigaba el asunto.

La rebelión asturiana coincidió con la proclamación en Barcelona del Estat Català, de diez horas de duración. Manuel Azaña había llegado a la Ciudad Condal a finales de septiembre y proyectaba volver a Madrid el 4 de octubre. Los acontecimientos se lo impidieron. El 7 de octubre fue detenido, al dar por descontado las autoridades que había estado implicado en ellos. Su inocencia solo sería reconocida el 6 de abril de 1935, por el Tribunal de Garantías Constitucionales, y desde la fecha de su encarcelamiento hasta entonces las derechas no cesaron de calumniarle. El 14 de noviembre de 1934 un nutrido grupo de intelectuales liberales e izquierdistas dirigió una carta de protesta al Gobierno quejándose del intolerable tratamiento a que se le sometía. Entre sus firmantes volvemos a encontrar a García Lorca. La censura impidió su publicación en la prensa. Aparecería por primera vez al principio del libro de Azaña Mi rebelión en Barcelona (véase Apéndice I, 6).[13]

El 15 de diciembre de 1934 El Sol de Madrid publicó una entrevista con el poeta en la cual expresó sin titubeos su solidaridad con los pobres. Cuando se tiene en cuenta la tensión imperante entonces en todo el país, el desarrollo del fascismo dentro y fuera, la represión de los mineros asturianos llevada a cabo unos pocos meses antes y los sucesos de Barcelona, sus palabras adquieren una evidente significación política y de compromiso social:

«Yo sé poco, yo apenas sé» —me acuerdo de estos versos de Pablo Neruda—, pero en este mundo yo siempre soy y seré partidario de los pobres. Yo siempre seré partidario de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega. Nosotros —me refiero a los hombres de significación intelectual y educados en el ambiente medio de las clases que podemos llamar acomodadas— estamos llamados al sacrificio. Aceptémoslo. En el mundo ya no luchan fuerzas humanas, sino telúricas. A mí me ponen en una balanza el resultado de esta lucha: aquí, tu dolor y tu sacrificio, y aquí la justicia para todos, aun con la angustia del tránsito hacia un futuro que se presiente, pero que se desconoce, y descargo el puño con toda mi fuerza en este último platillo.[14]

El meollo de la entrevista se reprodujo el 21 de diciembre en El Defensor de Granada, órgano netamente republicano que seguía de cerca, y con orgullo, la carrera ascendente del poeta. Podemos estar seguros, por ello, de que la actitud del autor de Mariana Pineda ante la injusticia social se conocía bien en la ciudad.[15]

El 29 de diciembre de 1934, después de semanas de expectación, tuvo lugar el estreno de Yerma en el Teatro Español de Madrid. El coliseo estaba a tope y entre el público había muchas personalidades republicanas. Antes de que se levantara el telón se produjeron varios disturbios en la sala (jóvenes derechistas gritaron eslóganes contra Azaña y su amiga Margarita Xirgu, la gran actriz que representaba el papel de la protagonista), pero expulsados los alborotadores siguió la representación.[16]

El estreno fue un sonoro éxito, pero los críticos de derechas condenaron de modo casi unánime la obra, tildándola de inmoral, blasfematoria, anticatólica y poco realista. Típica de esta reacción fue la reseña de Jorge de la Cueva en El Debate, el diario católico más importante del país, órgano de la CEDA y adulador de los regímenes de Hitler y de Mussolini. Algunas frases de la reseña, publicada el 30 de diciembre, habían sido suprimidas debido a falta de espacio, de modo que el ataque resultó menos feroz de lo que se proponía el periodista. El 3 de enero de 1935 El Debate explicó:

De la [crítica] de Yerma desaparecieron las líneas en que nuestro crítico hacía resaltar su protesta indignada ante la odiosidad de la obra, ante su inmoralidad, ante las blasfemias y ante todo el falso pastiche de arte fácil y de audacia al alcance de cualquier despreocupado, que son las notas salientes de la desdichada producción.[17]

Para las derechas Yerma constituía una inaceptable crítica de la España tradicional-católica y de sus costumbres sociales y sexuales. A consecuencia de su éxito (con más de cien representaciones hasta el 2 de abril de 1935), García Lorca se creó numerosos enemigos.[18]

Desde los primeros días de octubre de 1935, y durante los meses siguientes, la prensa española publicó muchos detalles sobre la invasión fascista italiana de Abisinia y los inútiles esfuerzos de Gran Bretaña y la Liga de Naciones para intervenir en favor de los atropellados. Confirmó a las izquierdas en su convicción de que Hitler estaba decidido a emprender una expansión de la misma índole.

El Gobierno español, tan reaccionario, no tenía el menor interés, claro está, en criticar ni a los italianos ni a los alemanes. Es más: en octubre de 1935 el fiscal del Estado demandó al escritor Antonio Espina por haber osado publicar un artículo en el cual arremetía contra el Führer. Aunque parezca mentira, Espina estuvo encarcelado durante un mes y un día, y García Lorca (entonces en Barcelona con Margarita Xirgu) mandó, junto con la actriz, su adhesión al banquete ofrecido al escritor por sus colegas y amigos cuando fue puesto en libertad.[19]

Poco antes había hablado repetidas veces de un proyectado viaje a Italia con Margarita. Pero, el 12 de octubre, la actriz anunció que había cancelado la visita en protesta por la invasión de Abisinia[20] Lorca estuvo de acuerdo y, el 6 de noviembre, durante una breve escapada a la capital, firmó un segundo manifiesto antifascista con Antonio Machado, Fernando de los Ríos y otras destacadas personalidades. Parece ser que Diario de Madrid fue el único periódico que se arriesgó a publicarlo enseguida, el 9 de noviembre (véase Apéndice I, 7).[21]

En enero de 1936 recibió una inesperada notificación. Le explicó después al periodista Alejando Otero:

No lo vas a creer, de puro absurda que es la cosa; pero es verdad. Hace poco me encontré sorprendido con la llegada de una citación judicial. Yo no podía sospechar de lo que se tratara porque, aun cuando le daba vueltas a la memoria, no encontraba explicación a la llamada. Fui al juzgado, y ¿sabes lo que me dijeron allí? Pues nada más que esto, que un señor de Tarragona,[*] al que, por cierto, no conozco, se había querellado por mi «Romance de la Guardia Civil española», publicado hace más de ocho años en el Romancero gitano. El hombre, por lo visto, había sentido de pronto unos afanes reivindicatorios, dormidos durante tanto tiempo, y pedía poco menos que mi cabeza. Yo, claro, le expliqué al fiscal minuciosamente cuál era el propósito de mi romance, mi concepto de la Guardia Civil, de la poesía, de las imágenes poéticas, del surrealismo, de la literatura y de no sé cuántas cosas más.

—¿Y el fiscal?

—Era muy inteligente y, como es natural, se dio por satisfecho.[22]

En diciembre de 1935 habían vuelto Rafael Alberti y María Teresa León a España tras una prolongada visita a América y Moscú. Durante los dos meses siguientes, previos a las elecciones de febrero de 1936, desplegaron una actividad infatigable en favor del Frente Popular.

El 5 de febrero, dos días antes de los comicios, la pareja organizó en el Teatro de la Zarzuela un homenaje popular a Ramón del Valle-Inclán, fallecido en enero. El acto, patrocinado por el Ateneo de Madrid, y al que se dio una contundente significación republicana, se comentó en la mayoría de los periódicos de la capital. El programa se dividió en dos partes. En la primera, tras un discurso de María Teresa León, García Lorca leyó el prólogo de Rubén Darío a Voces de gesta, la conocida obra de Valle-Inclán («Del país del sueño, tinieblas, brillos...»), y los dos sonetos del poeta nicaragüense dedicados a la persona y la obra del escritor (el que empieza «Este gran don Ramón, de las barbas de chivo» y el «Soneto autumnal del marqués de Bradomín»).[23]

Los amigos de Alberti y María Teresa León decidieron homenajearlos el 9 de febrero de 1936, último domingo antes de los comicios. Entre la pléyade de firmantes de la convocatoria figuraban Antonio Machado, Luis Buñuel, Ramón J. Sender y García Lorca (véase Apéndice I, 8).

Habría sido imposible encontrar una fecha más apropiada para festejar a la pareja. Durante el ágape, celebrado en el Café Nacional (calle de Toledo, 19), García Lorca dio lectura a un manifiesto de los intelectuales en apoyo al Frente Popular. La descripción más completa del homenaje se publicó en el diario comunista Mundo Obrero (véase Apéndice I, 9).

Hay una interesante fotografía sacada mientras Lorca leía el documento (ilustración 3).

A finales de 1935 el poeta había fundado la Asociación Auxiliar del Niño con otras personas de buena voluntad (entre ellas el psiquiatra Gonzalo R. Lafora y el dibujante Ángel Ferrant).[24] En una reunión de la misma, celebrada el 11 de febrero de 1936, leyó algunos poemas del Romancero gitano, comentándolos a continuación con los niños y luego subastando un ejemplar de su libro más famoso.[*] Estuvo presente el arquitecto Luis Lacasa, atento a la evidente significación política de las comparecencias públicas del poeta en aquellos meses. Sus palabras —poco conocidas— merecen ser citadas:

Federico estaba decididamente del lado del pueblo y su camino era claro y ascendente, pero de lento movimiento; sabía su responsabilidad y que no podía dar un paso inconsciente; no podía hacer lo que no dominaba profundamente. Además, aún no le habían alcanzado los acontecimientos que precipitaron a nuestra generación en el fuego.

Sin embargo, en los últimos tiempos de su vida en Madrid, la fuerza de los hechos iba también envolviéndole a él. Comenzó a aparecer en los actos políticos, y recordamos cómo, en un mitin obrero al que asistía, fue reconocido por el público y se vio obligado a pronunciar unas palabras. Le vimos participar en un acto que organizó en el Hotel Ritz la Asociación Auxiliar del Niño con el fin de recoger fondos para las bibliotecas populares de Madrid. Federico recitó algunos poemas y luego, con un ejemplar de su Romancero en la mano, hizo que la puja en la subasta del libro alcanzara varios cientos de pesetas. Sabía muy bien Federico que este era un acto político, sabía muy bien qué finalidad tenía. Nunca se hubiera prestado a hacer algo semejante para nuestros enemigos.

Los obreros madrileños repetían ya su nombre. Y los panaderos le nombraron miembro honorario de su sindicato, según él mismo nos dijo con sincera satisfacción.[25]

El reportaje de Mundo Obrero sobre el banquete ofrecido a Alberti y María Teresa León adelantaba que, una vez firmado el manifiesto leído por García Lorca, sería hecho público. Nos parece probable, pues, que el texto reproducido por el diario comunista el sábado 15 de febrero de 1936, víspera de las elecciones, fuera sustancialmente el mismo. El hecho de que el granadino encabezara el documento es una prueba irrefutable de su apoyo al Frente Popular. Que sepamos, el manifiesto solo se dio a conocer en Mundo Obrero:

Los intelectuales, con el Bloque Popular

Partidos a quienes separan considerables divergencias de principios, pero defensores todos de la libertad y la República, han sabido sumar sus esfuerzos generosos en un amplio Frente Popular. Faltaríamos a nuestro deber si en esta hora de auténtica gravedad política, nosotros —intelectuales, artistas, profesionales de carreras libres— permaneciésemos callados sin dar públicamente nuestra opinión sobre un hecho de tal importancia. Todos sentimos la obligación de unir nuestra simpatía y nuestra esperanza a lo que sin duda constituye la aspiración de la mayoría del pueblo español: la necesidad de un régimen de libertad y de democracia, cuya ausencia se deja sentir lamentablemente en la vida española desde hace dos años.

No individualmente, sino como representación nutrida de la clase intelectual de España, confirmamos nuestra adhesión al Frente Popular, porque buscamos que la libertad sea respetada, el nivel de vida ciudadano elevado y la cultura extendida a las más extensas capas del pueblo.

Federico García Lorca, poeta; Rafael Alberti, poeta; Luis Alaminos, inspector de Primera Enseñanza; José Navas García, músico; José Domínguez Luque, médico; Serafín Linares, maestro de Primera Enseñanza; Cayetano L. Trescastro, periodista; Luis Torreblanca, pintor; Antonio Martínez Virel, pintor; Antonio Ramos Acosta, médico; Enrique Rebolledo, médico; Domingo Fernández Barreiro, periodista; Rafael Verdier, director de Graduada; Luis Sánchez Asensio, médico; E. Baeza Medina, abogado; Vicente Sarmiento, médico; Francisco Martín Lodi, maestro; Francisco Salas, maestro; Emilio Prados, escritor; Gonzalo Sánchez Vázquez, estudiante; Francisco Saval, farmacéutico; Enrique Sanín, dibujante; María Teresa León, escritora. (Siguen más firmas hasta 300.)[26]

Los padres del poeta también apoyaban el Frente Popular. Poco antes de las elecciones el periodista argentino Pablo Suero, a quien Federico había conocido en Buenos Aires, los visitó en su espacioso piso de la calle de Alcalá (número 96, hoy 102). No olvidaría, al volver a su país, aquel ambiente impregnado de «socialismo cristiano»:

En la casa de Federico todos son partidarios de Azaña y Fernando de los Ríos es amigo venerado de la familia de García Lorca [...] Los padres de Federico son agricultores ricos de la vega de Granada. No obstante, están con el pueblo español, se duelen de su pobreza y anhelan el advenimiento de un socialismo cristiano. En la vega granadina los adoran. Son muy caritativos y buenos. A Federico lo miran con una ternura conmovedora a la que él corresponde con un gran amor. Habla de sus hermanos, de sus padres y de sus sobrinos como si fueran dioses tutelares. Era en vísperas de las elecciones, y la madre de Federico, que tiene un gran carácter, me decía:

—Si no ganamos, ¡ya podemos despedirnos de España!... ¡Nos echarán, si es que no nos matan!...[27]

El 21 de febrero de 1936, a los pocos días del triunfo del Frente Popular, el poeta asistió al estreno de Hierro y orgullo, obra de Felipe Ximénez de Sandoval y Pedro Sánchez Neyra. El primero sería después autor de una biografía de José Antonio Primo de Rivera. En ella dice que Lorca se negó a saludar al jefe de Falange Española, también presente en el estreno.[28] En otro lugar hemos investigado la supuesta amistad de ambos, llegando a la conclusión de que, pese a lo que se ha alegado, solo se conocían de modo muy superficial.[29]

El 23 de febrero se publicó en El Sol el manifiesto de la Unión Universal de la Paz. Entre la larga lista de adhesiones publicadas por el gran diario madrileño figuraba otra vez el nombre de García Lorca (véase Apéndice I, 10).

Pablo Suero, acabada su tarea de cubrir las elecciones, prepara su regreso a Buenos Aires. Lorca y sus amigos deciden ofrecerle una comida de despedida. En ella se brinda por la reciente «recuperación» de la República, el avance social de España, la cultura. Allí están, entre otros, con Federico como maestro de ceremonias, Vicente Aleixandre, sonriente bajo su bigote rubio; el malagueño Manuel Altolaguirre, poeta e impresor, de tez morena y humor chispeante; el musicólogo Adolfo Salazar, que hace casi morirse de risa a todos con sus retruécanos; Rafael Alberti y la radiante María Teresa León. Suero está conmovido. «Aquella cordialidad —recordará en su libro España levanta el puño, editado a finales de año en Argentina—, aquel afectuoso respeto de unos con otros, aquella hermandad en gustos y en ideas, le daban un gusto nuevo al vivir. Y cada uno de ellos vibraba con cada pulsación de España. La literatura no obliteraba en ellos el sentimiento de su obligación de servir al país, al pueblo, a la humanidad.» Antes de que los amigos se separen, ya avanzada la tarde, María Teresa León propone que hagan una fotografía de grupo para que Suero se la lleve como recuerdo de su estancia entre ellos en días tan señalados. Y se retratan con el puño en alto (ilustración 4). «¡Qué pena me da ahora —escribió el periodista con la guerra ya en marcha— pensar en esos puños, crispados de angustia o sobre las armas! ¡Qué dolor me da pensar en mis poetas...!» Ante todo en Federico, el más grande, el más «rico de aventura», el más generoso.[30]

Hacia finales de marzo llegó a España la noticia de que Luis Carlos Prestes, el líder comunista brasileño, había sido encarcelado por el dictador Getulio Vargas, así como varios miles de trabajadores, y que corría el peligro de ser fusilado. El Socorro Rojo Internacional, cuya sección española había sido muy hostigada entre octubre de 1934 y la subida al poder del Frente Popular, decidió organizar un acto de solidaridad con Prestes en la Casa del Pueblo de Madrid. Se pidió la colaboración de García Lorca y durante varios días se anunció su participación. El acto tuvo lugar el sábado 28 de marzo y, al día siguiente, El Socialista publicó un amplio informe sobre la velada (véase Apéndice I, 11).

Aunque María Teresa León y Esteban Vega recordaban años después que durante ella Lorca había recitado composiciones de Poeta en Nueva York, no sabemos por desgracia cuáles.[31] Según Vega, también declamó su archifamoso y provocador «Romance de la Guardia Civil española», que, en aquellas circunstancias, debió de entusiasmar a un público tan predispuesto. Entre las conclusiones del acto, sigue Vega, salió un cable dirigido al presidente de Cuba, Miguel Mariano Gómez, que decía: «En nombre Amigos de América Latina, rogamos conceda, como prometió, libertad a 3.000 presos antiimperialistas, sin distinción de partidos ni clases.» Y otro para el presidente de Brasil, Getulio Vargas, pidiendo la libertad de Luis Carlos Prestes, que se encontraba enfermo. Cables al pie de los cuales, entre otras firmas, iba la de Lorca.[32]

Queda un histórico, aunque algo borroso, testimonio fotográfico de la velada, publicado en Mundo Obrero, en el cual se aprecia al poeta recitando con las manos expresivamente levantadas (ilustración 5).

Tres días después, el mismo diario dio a conocer un nuevo manifiesto a favor de Prestes, firmado, entre otros, por el granadino (véase Apéndice I, 12). Fue reproducido en parte, el 1 de abril de 1936, por La Voz,[33] que el 5 publicó una larga y enjundiosa entrevista concedida por Lorca al periodista Felipe Morales. En ella su toma de conciencia social, y su concepto de la responsabilidad del artista en aquellos momentos dramáticos, se hicieron explícitos:

Ahora estoy trabajando en una nueva comedia. Ya no será como las anteriores. Ahora es una obra en la que no puedo escribir nada, ni una línea, porque se han desatado y andan por los aires la verdad y la mentira, el hambre y la poesía. Se me han escapado de las páginas. La verdad de la comedia es un problema religioso y económico-social. El mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: «¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted, el lirio que florece en la orilla.» Y el pobre reza: «Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre.» Natural. El día en que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la Humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la Gran Revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?[34]

Aunque el grupo de Amigos de América Latina había surgido inmediatamente después del acto de la Casa del Pueblo madrileña de finales de marzo, parece ser que su existencia no se dio a conocer en la prensa hasta finales del mes siguiente. El 30 de abril La Voz publicó una nota donde volvemos a encontrar la firma de Lorca (véase Apéndice I, 13).

Muchos de sus amigos —entre ellos Esteban Vega, Alberti y María Teresa León— pertenecían a Socorro Rojo Internacional, organización dedicada a la defensa de los obreros. León dirigía la revista de la organización, ¡Ayuda!, y es probable que fuera ella quien le pidió que les escribiera algo para el número correspondiente al 1 de mayo de 1936, Día del Trabajo. Sea como fuere, aquel número de ¡Ayuda! llevaba en una misma página sendos mensajes dirigidos a los trabajadores de España por Alberti, Eduardo Ortega y Gasset, Julio Álvarez del Vayo, José Díaz y García Lorca. Este había escrito: «Saludo con gran cariño y entusiasmo a todos los trabajadores de España, unidos el Primero de Mayo por el ansia de una sociedad más justa y más unida.»[35]

Dada su preocupación por la represión de los obreros que se llevaba a cabo en varios países de América, no podía permanecer indiferente tampoco ante el caso más cercano de Portugal y su régimen fascista. Y no nos puede sorprender su presencia entre los nombres que aparecen en la nota publicada por El Socialista el 6 de mayo de 1936 (véase Apéndice I, 14).

Unos días después llegaron a España la madre y la hermana de Luis Carlos Prestes. Durante todo el mes de mayo se organizaron numerosos mítines de apoyo al líder brasileño y a las demás víctimas de los dictadores americanos. El poeta no dudó en firmar otras declaraciones y manifiestos en relación con el encarcelamiento del líder brasileño y sus compañeros. En primer lugar una carta dirigida por los Amigos de América Latina a la madre de Prestes, publicada en un suelto de ¡Ayuda! (véase Apéndice I, 15).

El 21 de mayo el Heraldo de Madrid recogía otro texto de la agrupación en el cual expresaba su rechazo del fascismo a la vez que su apoyo incondicional a la República, «reconquistada por el sacrificio popular». La primera firma del texto era de García Lorca (véase Apéndice I, 16).

Entretanto, en este mayo de 1936 tan preñado de tensiones políticas, cuando los periódicos republicanos comentaban a diario los atropellos cometidos por los italianos en Abisinia, la persecución de los judíos alemanes por los nazis y el crecimiento del fascismo español, habían llegado a Madrid, en representación del Frente Popular francés, tres conocidos escritores del país vecino: André Malraux, el dramaturgo Henri-René Lenormand y el hispanista (y amigo de Lorca) Jean Cassou. Fue una semana de intensa actividad política e intelectual (conferencias de Malraux y Cassou en el Ateneo, representación de Asia, de Lenormand, en el Teatro Español, entrevistas con la prensa). Terminó con un impresionante banquete celebrado el 22 de mayo en los salones altos del Restaurante Luckys, en el imponente edificio Madrid-París (Gran Vía, 32). La convocatoria, firmada por un nutrido grupo de intelectuales, entre ellos el autor de Bodas de sangre, se publicó en El Sol el 20 de mayo (véase Apéndice I, 17).

El acto, al que acudieron más de doscientas personas, incluidos varios ministros, tuvo una marcadísima significación izquierdista, aunque muchos de los comensales no eran militantes políticos. Es más: el historiador Américo Castro leyó unas cuartillas en francés para explicar «por qué los intelectuales que no pertenecían a ningún partido político concurrían a este homenaje». En lo que todos estaban de acuerdo, militantes y no militantes, era en subrayar el peligro mundial que suponía el fascismo. Jean Cassou declaró que «España y Francia son las dos civilizaciones occidentales que han de oponerse al paso del bárbaro fascismo». Al principio y al final del banquete la orquesta tocó La Marsellesa, el Himno de Riego y La Internacional y, durante la ejecución de esta, «la mayoría saludó con el puño en alto».[36]

García Lorca, aunque presente, no habló, pensando acaso que Américo Castro había dicho lo necesario. No así interpretó su silencio Guillermo de Torre, en un tendencioso pasaje de su libro Tríptico del sacrificio:

Federico no había tenido jamás la menor relación activa con la política. Incluso —podemos afirmarlo— era perfectamente ajeno a la utilización que de su nombre y de su obra hubieran hecho las banderías políticas en ciertas ocasiones; por ejemplo, cuando el estreno de Yerma. Rehuía igualmente participar en actos de sentido político, aunque tuviesen matiz literario: así recuerdo, como testigo presencial del hecho, su negativa absoluta a hablar o recitar, en cierto banquete, a varios escritores parisienses de paso en Madrid, festejados no tanto como literatos, sino en cuanto representantes del Frente Popular francés. Si sus amistades eran liberales, si los medios en que se movía eran republicanos, inclusive avanzados, es porque en ese lado habían estado sus amigos de siempre y a ese sector correspondía con preferencia el público que le festejaba. Por lo demás, jamás había pensado en inscribirse en un partido, ni en suscribir ningún programa político.[37]

En vista de los textos que aportamos aquí, firmados por Lorca sin que nadie le forzara a ello —¡incluida la convocatoria al banquete ofrecido a «varios escritores parisienses de paso en Madrid»!—, hay que considerar las palabras de Guillermo de Torre con sumo escepticismo. El compromiso del poeta con el Frente Popular ha quedado demostrado, aunque ello no quiere decir que se sintiera obligado cada día a hacer declaraciones públicas en contra del fascismo o a leer versos en actos políticos.

Es más, parece ser que empezaba a cansarse de las presiones que ejercían sobre él, o pretendían hacerlo, ciertos amigos comunistas con la finalidad de que se afiliara al partido o se declarara marxista.

Tenemos, en primer lugar, el testimonio del poeta José Luis Cano:

Yo le llevé a Federico un documento, no fue espontáneo mío, fue un encargo de Alberti, que me dijo: «Mira, pásale este papel a Federico para que lo firme.» Posiblemente se trataría de aquella cosa del saludo a los obreros que firmó en ¡Ayuda! el 1 de mayo de 1936. No me acuerdo exactamente, pero sí recuerdo que había allí una persona del Partido Comunista, no sé quién, que quería que Federico firmara un manifiesto explícitamente partidista. Y Federico se apoyó en mí para no firmarlo, preguntándome: «¿Es verdad que no debería firmar esto y en cambio el tuyo sí?» Y yo le contesté: «Hombre, yo creo que tienes razón.» Y no firmó la cosa partidista del PC. En eso de apoyar el PC no estaba Federico ni mucho menos. Vicente Aleixandre me ha confirmado que, en los últimos tiempos, Federico ya estaba un poco molesto por tanta presión de sus amigos comunistas.[38]

Además, hay unas palabras al respecto de Juan Ramón Jiménez. El 28 de mayo de 1936 el moguereño le comunicó a Juan Guerrero («el cónsul de la poesía», en palabras de Lorca) que Isabel, la hermana del poeta, le acababa de decir que Federico «está harto del grupo que acaudilla Pablo Neruda y que no quiere nada con ellos, deseando marcharse una temporada a Granada para que lo dejen tranquilo».[39]

Interesantísima, en relación con ello, es la entrevista de Lorca con el caricaturista Luis Bagaría, publicada en El Sol de Madrid, uno de los diarios más leídos del país, el 10 de junio de 1936. En ella el poeta rechaza tajantemente, por lo que a él le atañe, el arte por el arte, solidarizándose otra vez con los sufrimientos del proletariado:

Ningún hombre verdadero cree ya en esta zarandaja del arte puro, arte por el arte mismo.

En este momento dramático del mundo, el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas. Particularmente, yo tengo un ansia verdadera por comunicarme con los demás. Por eso llamé a las puertas del teatro y al teatro consagro toda mi sensibilidad.

Al preguntarle Bagaría por su opinión sobre la caída de Granada en manos de Fernando e Isabel en 1492, el poeta contestó sin vacilaciones:

Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre y acobardada; a una «tierra de chavico» donde se agita actualmente la peor burguesía de España.[40]

Al decir esto Lorca se enfrentaba con uno de los mitos primordiales de la España «esencialista». El Sol se leía, desde luego, en Granada, y allí estas palabras fueron muy comentadas y criticadas, así como su firma de manifiestos antifascistas.[41] La Granada suya, a diferencia de la simbolizada por el palacio de Carlos V o la catedral, era la íntima, oculta, mestiza, la destruida por los Reyes Católicos. «Yo creo —había dicho en 1932— que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío..., del morisco, que todos llevamos dentro.»[42]

Después de preguntarle por su opinión sobre el colapso de la civilización de Granada, Bagaría había llevado la conversación hacia un tema de más actualidad:

—¿No crees, Federico, que la patria no es nada, que las fronteras están llamadas a desaparecer? ¿Por qué un español malo tiene que ser más hermano nuestro que un chino bueno?

—Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política.[43]

El descubrimiento de una carta dirigida por Lorca a su amigo Adolfo Salazar en relación con la entrevista revela que, a pesar de su identificación con los anhelos del Frente Popular y de su rechazo de la patriotería nacionalista española, se daba perfecta cuenta ya de la necesidad de hablar con prudencia de sus ideas políticas. La carta demuestra que Bagaría le había hecho una pregunta directa sobre el fascismo y el comunismo y que, tras entregar su respuesta, empezó a inquietarse por su contenido. A Salazar (como Bagaría, asiduo colaborador de El Sol) le pidió un favor muy especial y comprometedor:

Me gustaría que si tú pudieras, y sin que lo notara Bagaría, quitaras la pregunta y la respuesta que está en una página suelta escrita a mano, página 7 (bis), porque es un añadido y es una pregunta sobre el fascio y el comunismo que me parece indiscreta en este preciso momento, y además está ya contestada antes.[44]

Creemos que Mario Hernández está en lo cierto al opinar que, con la supresión de su respuesta a la pregunta de Bagaría (seguramente favorable a la izquierda), Lorca quería «evitar el que pareciera que adoptaba una opción política concreta, fiel a su postura de radical independencia».[45] Al decir que la pregunta «está ya contestada antes», consideraba, al parecer, que sus declaraciones sobre el arte por el arte y el nacionalismo español bastaban para explicar su compromiso tanto social como político.

A mediados de junio murió el escritor ruso Máximo Gorki. La Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura y la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, a las cuales pertenecía el poeta, decidieron organizar en su memoria un acto de homenaje. Se anunció en la prensa:

Un acto en memoria de Gorki

La Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, al enterarse de la muerte del gran novelista ruso Máximo Gorki, maestro y compañero nuestro en la Asociación Internacional, hace un llamamiento a todos los lectores de sus obras, a todas las organizaciones obreras, a todos aquellos que lo admiren y estimen, para que estén con nosotros en un gran acto que en su honor y memoria celebraremos próximamente. Las organizaciones que quieran participar en él deberán dirigirse al Ateneo de Madrid a nombre de José Benito.

Pésame al gobierno soviético

La Alianza ha dirigido el siguiente telegrama:

«Pravda. Moscú. U.R.S.S.:

Alianza Intelectuales Españoles expresa su dolor Gobierno y pueblo rusos pérdida gran Máximo Gorki. Rafael Alberti, Baeza, García Lorca, Arconada, María Teresa León, Sender, Wenceslao Roces.»[46]

El acto tuvo lugar en el Teatro Español la noche del 30 de junio de 1936. El Mundo Obrero de aquella mañana dijo que iban a intervenir en el mismo «representaciones del Ateneo de Madrid, en cuyo nombre hablará el catedrático don José Benito; el escritor don Ricardo Baeza, por la A.I.D.C. [Alianza de Intelectuales por la Defensa de la Cultura]; don José Díaz Fernández, por el Consejo Nacional de Izquierda Republicana; la camarada Dolores Ibárruri (Pasionaria) por el Partido Comunista; el camarada Julio Álvarez del Vayo, por el Comité Internacional de los A.U.S. [Amigos de la Unión Soviética], el gran poeta Federico García Lorca y, en nombre de la Ejecutiva del Partido Socialista, María Lejárraga de Martínez Sierra. Presidirá el acto Wenceslao Roces. Están invitados su excelencia el Presidente de la República, el Gobierno y el Ayuntamiento de Madrid».

En un cartel de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, el «gran poeta» Federico García Lorca encabezaba la lista de quienes iban a participar.[47]

Decidió a última hora no asistir. Según Edgar Neville, bastantes años después, le diría: «La otra noche me han organizado una encerrona en el

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