Marco Rubio y la hora de los hispanos

Eduardo Suárez
María Ramírez

Fragmento

cap-1

1

El obelisco

El obelisco con la bandera de Cuba se alza casi 20 metros sobre el campus de la Universidad Internacional de Florida y rinde homenaje a los náufragos y a los exiliados. Empieza a anochecer en esta tarde cálida de febrero en la que se inaugura el monumento después de 12 años de batallas para decidir la forma del símbolo y para conseguir financiación.

Miles de personas escuchan de pie el himno de Estados Unidos. Después suena el de Cuba y muchos cantan emocionados, algunos con la mano en el corazón:

Al combate corred, bayameses,

que la patria os contempla orgullosa.

No temáis una muerte gloriosa

que morir por la patria es vivir.

En cadenas vivir, es vivir

en oprobio y afrenta sumidos

del clarín escuchad el sonido.

¡A las armas, valientes, corred!

Entre los versos del himno, se oyen sollozos y algún grito contra el régimen de los hermanos Castro. Alguien corta la música justo antes de llegar a la frase que iba a sonar unos segundos después: «Cuba libre, ya España murió».

«Abajo los tiranos», dice una pancarta entre una multitud en la que se mezclan banderas de Cuba y de Venezuela. Un octogenario sujeta otra contra «los vendepatrias» que quieren «diálogo» con el régimen. Una joven tapa los ojos de un niño cuando aparecen las imágenes más cruentas en los vídeos que se proyectan, algunas de balseros moribundos y otras de fusilamientos. La consigna en este invierno de 2014 es «no olvidar», ahora que el final del castrismo parece estar más cerca y que parte de los cubanoamericanos están ansiosos por dar el salto a la isla para hacer negocios o restablecer los lazos con la patria perdida.

El senador republicano Marco Rubio charla sonriente en un corrillo con sus aliados políticos hasta que llega su turno. Al subir al escenario, adopta un tono más serio para dirigirse a su comunidad. Está ronco y coge el micrófono con menos ganas de lo habitual.

«Vivimos un momento sumamente interesante e importante en la historia del mundo», dice con un tono bajo y hablando en español, una lengua que siempre pronuncia a un ritmo más lento que el inglés. «¡No se oye!», le gritan desde las primeras filas. «¿Y ahora?», pregunta el senador acercándose un poco más al micro. «Sííí.»

Rubio apenas habla cinco minutos. Lo hace sin papeles, como de costumbre. Primero compara la lucha de los cubanos por la libertad con la de los ucranianos y la de los venezolanos. Luego describe la naturaleza del régimen y asegura que muchos en Estados Unidos no comprenden bien la situación:

Desafortunadamente, cuando yo viajo en el país, me encuentro con personas que no lo hacen por mal, pero me dicen «hace poco estuve en Cuba» o «leí un artículo sobre Cuba», y me parte el corazón porque a veces creo que el gran público americano y del mundo no se da cuenta de la realidad cubana. Cuba no es una cosa interesante que está pasando en este hemisferio. Es una tragedia que está ocurriendo en medio de nosotros, a 90 millas de la costa del país más libre en la historia del mundo. Y no es simplemente una tiranía. Es un Gobierno de criminales.

Lo interrumpen los aplausos. «Llegará un momento en que ya ese Gobierno no esté ahí. Es inevitable. Y cuando ese momento llegue es importante que esté bien escrito y que se sepa bien qué fue lo que ocurrió durante esos años.»

El senador republicano repite algunas de las ideas del exilio histórico, el que se fue de Cuba después del ascenso de Fidel Castro en 1959. Pero ni pertenece a esa generación ni ha tenido una experiencia similar a la de la mayoría de los miembros de la comunidad.

La familia de Rubio se mudó a Estados Unidos unos años antes de la llegada al poder de Castro y no emigró por motivos políticos. Sus padres, Mario y Oriales, se marcharon de Cuba en busca de trabajo en mayo de 1956. Aún mandaba el dictador Fulgencio Batista y su destino inicial fue Nueva York, donde vivía la hermana de Oriales.

La pareja no se quedó mucho tiempo allí y dio tumbos en busca de la fortuna que nunca terminó de llegar. Vivieron en Los Ángeles y en Las Vegas antes de instalarse definitivamente en Miami, donde nació Marco el 28 de mayo de 1971.

Oriales y Mario difícilmente podían imaginar lo que ocurriría cuatro décadas después. Que aquel país en el que habían luchado por ser parte de la clase media elegiría a su hijo como uno de los 100 miembros del Senado de Estados Unidos. O que un candidato presidencial examinaría su currículum como posible aspirante a vicepresidente. O que Marco lucharía un día por la Casa Blanca.

Rubio es cubanoamericano pero sus vivencias lo distinguen de muchos de los espectadores que escuchan esta tarde su discurso. La mayor parte de su infancia la pasó en Las Vegas, lejos del exilio que lo ha adoptado como defensor. Allí el joven Rubio se hizo mormón y creció rodeado de mexicanos y afroamericanos. Esa experiencia complicó su adaptación al volver a Miami y le dio una sensibilidad especial, lejos de su comunidad más inmediata por origen.

El monumento que se inaugura este sábado está en el sur del campus de la Universidad Internacional de Florida, donde Rubio imparte clases de política local.

Su faceta de profesor empezó con una polémica en 2008. Acababa de dejar su escaño en la Cámara de Representantes de Florida y se estaba preparando para presentar su candidatura al Senado federal. Unos meses antes, la universidad había aprobado un recorte de 23 programas y 200 puestos de trabajo pero aun así contrató a Rubio, que no había cursado ni un doctorado ni un máster, requisitos habituales para ser profesor.

El centro académico había recibido ayudas públicas de Florida mientras Rubio era presidente de la Cámara de Representantes del estado. Le ofreció un sueldo de 69.000 dólares anuales y varios profesores se quejaron de su contrato.

El político republicano recaudó dinero privado para sufragar gran parte de su sueldo. El millonario Norman Braman, dueño de una red de concesionarios de coches y principal mecenas de Rubio, donó 100.000 dólares al centro.

Rubio hizo una pausa académica durante la campaña de 2010. Pero volvió a las aulas en 2011, después de tomar posesión como senador. Entonces empezó a turnarse con otros cuatro profesores a cambio de un sueldo de unos 24.000 dólares después de haber recibido la aprobación de la comisión del Senado que se encarga de controlar los posibles conflictos de interés.

Rubio dice que le «encanta» dar clases. Algunos de sus críticos reconocen que su presencia ha atraído a alumnos que quieren escuchar lo que dice un político al que ven a menudo en la tele. Con una sonrisilla que parece pedir disculpas, Rubio dice que no suele hablar «tanto» de Cuba en clase porque no tiene «tanto tiempo» en cada sesión y tiene que ajustarse a un programa más amplio dedicado a la política de Florida. Pero a menudo se siente identificado con las familias de sus alumnos.

«La diferencia entre esta universidad y muchas otras es que aquí hay muchos estudiantes cuyas familias están sufriendo o han sufrido esa realidad», cuenta el senador. En las mochilas de sus alumnos ve chapas de apoyo a los demócratas y sabe que probablemente muchos no comparten sus opiniones y que quizá tampoco les interesa el debate sobre Cuba como a sus padres o a sus abuelos. «Cada generación tiene sus opiniones», explica. «Pero no creo que haya ninguna simpatía hacia el régimen en esta comunidad. Ni de las nuevas generaciones ni de las antiguas.»

Los más entusiasmados con la inauguración del monumento a Cuba son los más mayores. El obelisco se encuentra en un parque llamado Tamiami, una explanada que hasta los años sesenta albergó un aeropuerto y que suele acoger grandes eventos públicos.

Aquí se plantaban durante años unas 10.000 cruces blancas de poliespán con el nombre de los ejecutados en Cuba o de quienes murieron intentando llegar a la costa de Florida. Pero como las cruces sólo se mantenían durante tres días, en otoño de 2006 el presidente del consejo del condado de Miami anunció la creación del monumento permanente. Se suponía que se terminaría en tres meses. No se construyó hasta más de siete años después.

«Es importante que esto esté aquí, a pocos pasos de esos edificios en esta universidad y les digo por qué», explica el senador republicano en su discurso de inauguración.

A esa universidad van sus hijos, nietos y sus bisnietos. Las futuras generaciones que estarán aquí, que serán profesionales, que ayudarán a reconstruir su patria, la patria de ustedes, tienen que saber la realidad cubana de lo que pasó y de lo que está pasando. Es importante que esto esté aquí también, que esos jóvenes estén cerca de aquí. Porque desafortunadamente en las universidades de este país no se enseña la realidad cubana. Se dicen mentiras.

Vuelven los aplausos y un cincuentón masculla «comunistas» en referencia a los profesores más progresistas.

Rubio también hace una referencia al debate del momento: «Las personas que me hablan a mí de abrirse hacia Cuba, como si más turistas yendo a Cuba fueran a cambiar la naturaleza, no entienden con quién estamos tratando».

Aunque no lo mencione en el discurso con el nombre, sus palabras se dirigen al cubanoamericano Alfonso Fanjul, propietario junto a sus tres hermanos de un conglomerado dedicado al azúcar, los hoteles y los negocios inmobiliarios en Estados Unidos y en República Dominicana. Los Fanjul son amigos de los Clinton y del rey de España, Juan Carlos (que se aloja a menudo en su casa), y han hecho donaciones a ambos partidos.

Alfy está en boca de muchos de los que se reúnen alrededor del obelisco este sábado. Algunos incluso exhiben pancartas escritas a mano contra él. Han pasado tres semanas desde que el Washington Post publicara la entrevista en la que el empresario dijo que tenía ganas de invertir en la isla si se dieran «las circunstancias correctas». «Si hay alguna manera de que la bandera de la familia pueda volver a Cuba, me encantaría que así fuera», aseguraba en el artículo.

El magnate, en realidad, podría invertir en la isla sin temor a las penalizaciones del embargo porque se lo permite su ciudadanía española. «Espero que un día Estados Unidos y Cuba encuentren la manera de que toda la comunidad pueda vivir y trabajar unida», decía Fanjul, que aún podría reclamar los bienes expropiados a su familia cuando él era un adolescente.

El empresario visitó Cuba en abril de 2012 y en febrero de 2013 como parte de una delegación de la Brookings Institution, un think-tank partidario del final del embargo. Pero la entrevista al Post es lo que más ha alterado a parte de la comunidad cubana, que percibe sus palabras como una traición.

«Se siente desilusión por los comentarios que hizo. Ha suscitado la pasión en la comunidad, ha despertado mucha indignación», cuenta Mauricio Claver-Carone, director de US-Cuba Democracy, un grupo de presión cuyo objetivo es recaudar dinero para aspirantes al Congreso que se pronuncien a favor del embargo y de dar ayudas económicas a los disidentes.

Claver-Carone nació en Miami, se crió en Madrid y su familia no ha vuelto a Cuba. Tiene 38 años y pertenece a la generación más próxima al exilio histórico no por su edad sino por su experiencia, alejada de la isla y sin ninguna relación allí. Lleva la web Capitol Hill Cubans y presenta un programa de radio llamado From Washington al Mundo.

Fanjul invitó a comer al activista en una de sus mansiones en West Palm Beach, una hora al norte de Miami. El empresario quería convencerlo de que sus principios siguen siendo los mismos pese a sus viajes. Según decían sus colaboradores, el magnate no estaba «contento» con el artículo del Post porque no reflejaba «su verdadero sentimiento».

Sin embargo, Claver-Carone comenta que desde hace tiempo hay «sospechas» sobre los viajes de Alfy. Poco después de su primera visita a Cuba, más de una docena de ejecutivos exiliados de grandes empresas como Bacardi, Pepsi o Jazztel firmaron una carta de «compromiso con la libertad» para rechazar los intentos del régimen de atraer inversores y «dividir y neutralizar a la comunidad cubanoamericana».

El ex congresista Lincoln Díaz-Balart asegura que en Miami se comenta que Fanjul le ha comprado al Gobierno castrista la mansión que le había expropiado y que conservaba entre un centenar de viviendas como «casa de protocolo», con sus sirvientes y sus vajillas. Díaz-Balart, un hombre pausado que se agita al hablar de Alfy, dice:

Sus palabras nos han dado vergüenza ajena... ¿Qué necesidad tiene de enfangarse? Ahora sí que va a tener problemas en Cuba el día de mañana. ¿Quiénes van a ser los ministros, los legisladores y los presidentes en Cuba? Personas con autoridad moral como Berta Soler, la líder de las Damas de Blanco, los que están recibiendo los golpes. Ellos y sus familias. ¿Cómo te van a ver si tú le compraste la casa robada al dictador? Después de lo que ha ocurrido nadie quiere su dinero. Quizá algún candidato demócrata. No todos porque Bob Menéndez y Albio Sires son demócratas pero son tan duros como nosotros. Fanjul se ha hecho mucho daño. Ha pensado que le convenía una alianza económica con el régimen pero yo creo que es un error.

La asociación azucarera de exiliados cubanos en Miami se distanció enseguida de los comentarios de Fanjul. La posición del empresario también contrasta con la de su hermano pequeño, el republicano Pepe, que fue además uno de los primeros protectores y donantes de Marco Rubio.

«A mí lo que me interesa para Cuba es la libertad política», explica Rubio con tono calmado, aunque alerta como cada vez que habla con un reportero. Rubio sigue cerca de Pepe y no quiere atacar directamente a su hermano, pero deja claro que él estará del otro lado hasta el final. «Si yo pensara que realmente una apertura económica de Estados Unidos fuera a cambiar eso, estaría a favor, pero no lo va a hacer. El Gobierno cubano manipula todo... No van a permitir que entre cualquiera a hacer lo que quiera. Ellos solamente van a permitir aperturas que ellos puedan controlar.»

Los hermanos Fanjul son los propietarios de la mayor azucarera del mundo, Florida Crystals. La empresa refina siete millones de toneladas al año y produce dos de cada tres azucarillos que se consumen en Estados Unidos. En los últimos años, ha recibido críticas por el trato que dispensa a sus empleados en los cañaverales de República Dominicana.

El azúcar fue una de las grandes fuentes de ingresos de Cuba en las primeras décadas del siglo XX. Pero el desplome de la Unión Soviética dejó al sector sin su único cliente y propició una crisis de la que sólo empezó a salir en el siglo XXI, empujado por el aumento de los precios y por las expectativas de una apertura económica que no termina de llegar pese al interés de los inversores extranjeros. El panorama cambiaría si los estadounidenses compitieran en ese mercado que dominaron antes de que los Castro llegaran al poder.

El embargo a Cuba no ha sido una iniciativa rentable para Estados Unidos. Según la Cámara de Comercio, impide un intercambio anual por valor de unos 2.000 millones de dólares. Los lazos comerciales empezaron a cortarse cuando el presidente republicano Dwight Eisenhower anunció los primeros términos de la política el 19 de octubre de 1960, unos días antes de las elecciones que decidieron el nombre de su sucesor.

Eisenhower redujo al mínimo las importaciones de azúcar cubano, prohibió el uso de petróleo soviético a las refinerías americanas que operaban en la isla e impuso las primeras restricciones, de las que quedaban exentas las ventas de medicamentos y de alimentos de primera necesidad.

Fidel Castro ni siquiera llevaba dos años en el poder. Pero sus primeras decisiones ya habían despertado la oposición de la Casa Blanca, preocupada por las expropiaciones y los gestos de simpatía hacia la Unión Soviética. Al principio Eisenhower actuó con cierta cautela. Pero esa actitud se evaporó después del encuentro que su vicepresidente Richard Nixon mantuvo con el líder cubano. «O es increíblemente ingenuo sobre el comunismo o es un comunista completamente disciplinado, aunque yo diría que lo primero», escribiría Nixon en un memorándum.

Aquel encuentro convirtió al vicepresidente republicano en el principal enemigo de Castro en la Casa Blanca y en el primero en abogar por la financiación de una fuerza de exiliados armados que lo expulsaran del poder. Una propuesta que Eisenhower desechó durante meses y que la CIA retomó en 1961.

Al adoptar el embargo, la Casa Blanca era consciente de su impacto económico sobre la economía de Estados Unidos. Calculó que el comercio entre ambos países se desplomaría de los 1.100 millones de dólares de 1957 a poco más de 100 y que la inversión directa de las empresas americanas en la isla desaparecería. Castro respondió confiscando las refinerías, nacionalizando las propiedades de los americanos en La Habana y expulsando a la mayoría de los empleados de la embajada de Estados Unidos en la capital.

El embargo respondía a la lógica de la Guerra Fría y ningún presidente se atrevió a tocarlo durante décadas. John F. Kennedy lo endureció prohibiendo los viajes a la isla y las transacciones financieras con el régimen en febrero de 1963. Aunque no sin antes pedir a uno de sus asesores que se hiciera con 1.201 habanos que no lograría fumar antes de morir.

Unos días después del magnicidio de Dallas, su hermano Bobby Kennedy se pronunció en un documento oficial en contra del embargo. «La libertad para viajar se ajusta más a nuestros puntos de vista como sociedad libre y supondría un fuerte contraste con el Muro de Berlín», escribió el político que sería asesinado en junio de 1968.

En 1974, animado por el éxito de la apertura al régimen chino, el secretario de Estado Henry Kissinger trazó una estrategia para eliminar las sanciones. Pero el plan se vio ralentizado por la dimisión del presidente Nixon y se abandonó en 1975 por el envío de tropas cubanas a Angola.

Al demócrata Jimmy Carter le habría gustado cambiar la política con respecto al régimen castrista. Pero el acuerdo del Canal de Panamá consumió sus esfuerzos diplomáticos en Latinoamérica y su derrota en 1980 dio paso a una nueva era. El republicano Ronald Reagan trabó amistad con el disidente cubano Jorge Mas Canosa y consideraba el castigo a Cuba y su inclusión en 1982 en la lista de estados terroristas como una herramienta más en su lucha contra el comunismo en el hemisferio occidental.

Al llegar al poder, Bill Clinton tenía la intención de atenuar las condiciones del embargo. Pero para entonces la llamada Ley Torricelli (1992) había dejado la decisión en manos del Congreso, que endureció el aislamiento cubano con la Ley Helms-Burton en 1996, promulgada después que Cuba derribara dos aviones de Hermanos al Rescate, un grupo de Florida que trataba de ayudar a los balseros y soltar panfletos en la isla. A Clinton le venía bien la decisión para ganar votos en la comunidad cubanoamericana. «Apoyar la ley era una buena táctica política en año electoral en Florida. Pero dinamitaba cualquier oportunidad de que yo pudiera levantar el embargo a cambio del progreso en Cuba si ganaba el segundo mandato», reconoce Bill Clinton en su autobiografía Mi vida. «Casi parecía que Castro quería forzarnos a mantener el embargo como una excusa para los fallos económicos de su régimen.»

Clinton ya había perdido unas elecciones por una crisis cubana. En 1980 y después de la llegada masiva de los marielitos (llamados así por el puerto de Mariel del que habían salido al oeste de La Habana), Jimmy Carter trasladó unos 19.000 a la base de Fort Chaffee, en Arkansas, cuando Clinton era gobernador. Descontentos por las condiciones en el campo y por el limbo legal en el que se encontraban, entre 2.000 y 3.000 refugiados, sobre todo adolescentes, protestaron atrincherándose, destrozando el mobiliario o prendiendo fuego a los barracones del cuartel. Algunos se marcharon a una ciudad cercana, Barling, provocando la reacción de los residentes, que se armaron e intentaron echar a los refugiados. Clinton autorizó a la policía a reprimir las protestas con la fuerza y hubo varias acusaciones de tortura, malos tratos e incluso intentos de conversión a una secta dentro de la base. El campo de acogida se convirtió en una cárcel.

Después de las explosiones de violencia, Carter le prometió al joven gobernador que no enviaría más cubanos pero no cumplió con su palabra. Clinton le dijo a gritos: «Me estás jodiendo». Ese año, el gobernador sufrió en las primarias de su propio partido contra un granjero de 78 años poco conocido y en noviembre perdió la reelección.

En una cena en verano de 1994 con Gabriel García Márquez en Martha’s Vineyard, Clinton, ya presidente, le explicó al escritor que temía por el efecto de la crisis de los balseros tras la llegada de decenas de miles de cubanos ese año. «Castro ya me costó unas elecciones. No puede costarme las segundas», dijo Clinton. En agosto, el presidente anunció que los balseros serían trasladados a bases fuera de Estados Unidos, entre ellas la de Guantánamo.

Así, durante años, ni Bill ni Hillary Clinton fueron abanderados de la apertura hacia Cuba. Su evolución va unida a la de la opinión pública y también a la de su amigo Fanjul. El nombre del empresario está incluso en el informe del fiscal especial Kenneth Starr sobre la relación del presidente con Monica Lewinsky. El documento señala que Clinton recibió una llamada del magnate del azúcar durante uno de sus encuentros íntimos con la becaria en el Despacho Oval.

Fanjul siempre ha mantenido una relación especialmente amistosa con Hillary Clinton. Al regresar de uno de sus viajes a Cuba, el empresario se reunió con la aspirante a la Casa Blanca para explicarle los motivos de su cambio de opinión. En noviembre de 2013, el magnate volvió a conversar con ella y con su esposo sobre Cuba durante un acto de recaudación en el domicilio del empresario cubano Paul Cejas, que ejerció como embajador en Bélgica en los años noventa y siempre ha sido uno de los grandes recaudadores para los Clinton.

En cambio, se ha notado poco la evolución de la opinión pública en el Congreso, donde ha costado encontrar voces favorables al deshielo en ambos partidos.

«No es el momento», insiste Rubio. «En un futuro, cuando esta dictadura, cuando estos líderes que están allí no estén en la escena, sea por causas naturales o porque el pueblo los quite, vamos a tener un arma para negociar con ese nuevo Gobierno, para poder lograr la libertad política del pueblo cubano».

No todos en Miami están de acuerdo con el senador republicano. Una parte de la comunidad considera que el acercamiento paulatino es un acierto y que el paso del millonario Fanjul es una liberación. «El hecho de que Alfy haya dicho esto públicamente ha permitido que mucha gente salga del armario en el caso de Cuba. Ha dado una nueva legitimidad a la posibilidad de disentir. Hasta ahora había mucha intimidación. Había que decirlo bajito», explica Carlos Saladrigas, consejero delegado y presidente de la empresa de recursos humanos Regis HR y convertido en referente de los exiliados que están en contra del embargo. «La estrategia de la olla a presión no ha funcionado en ninguna parte del mundo», dice el exiliado, cuyo tío ejerció como primer ministro cubano entre 1940 y 1942.

Al igual que más de otros miles de niños cubanos, Saladrigas llegó a Estados Unidos dentro de la llamada Operación Pedro Pan, una iniciativa promovida en secreto por el Gobierno de John F. Kennedy para sacar a jóvenes de Cuba.

En agosto de 1961, con 12 años, Saladrigas llegó a Miami, donde lo esperaban unos tíos con pocos recursos económicos. Durante meses, ni siquiera fue al colegio. Una prima intervino para intentar enderezar al niño pero ella y su marido acabaron echándolo de casa. Lo acogieron unos amigos hasta que sus padres también emigraron a Estados Unidos gracias a los llamados freeedom flights que empezaron en diciembre de 1965 y que daban prioridad a los parientes de los «Pedro Pan» (los vuelos llevaron a Estados Unidos a más de un cuarto de millón de cubanos entre 1965 y 1973).

Sin apenas medios, y a base de trabajos diurnos desde adolescente y muchas clases nocturnas, este Pedro Pan llegó a estudiar en la Universidad de Harvard. Ahora cita a Marx y a Voltaire con naturalidad.

Saladrigas estuvo durante décadas en lo que define como la «línea dura» del exilio. «Yo vivía aferrado como muchos otros al enfrentamiento con el régimen», explica. «Vivíamos obsesionados y no nos dábamos cuenta de que estábamos dañando a nuestro pueblo. Hoy ese régimen ya está moribundo. Ha roto el contrato social y no tiene un proyecto de futuro. Decir que no ha habido cambios es tapar el sol con un dedo.»

El empresario apoyó durante años a candidatos republicanos partidarios del embargo. En 1997, incluso lideró la campaña contra una iniciativa del arzobispo de Miami, que intentó llenar un barco con feligreses para ir a Cuba durante la visita del papa Juan Pablo II.

Saladrigas y otros activistas lograron entonces abortar el viaje. Pero el empresario, un hombre dado a la reflexión y a los discursos, identifica aquel momento como el principio de su cambio personal. Al ver por televisión a la multitud en Cuba junto al pontífice, se dio cuenta del «error garrafal» que había cometido al querer promover el aislamiento de los cubanos.

Unos años después, Saladrigas estuvo en las protestas alrededor de la casa en Little Havana donde fue acogido Elián González, el niño balsero cuya madre murió intentando huir de Cuba y cuyo padre consiguió su vuelta a la isla después de una intensa batalla judicial. En la madrugada del 22 de abril de 2000, agentes federales entraron en la casa por sorpresa para esquivar a los activistas que hacían guardia sobre todo durante el día en apoyo a los familiares de Elián, que no querían que el niño volviera a Cuba. «Entonces me di cuenta del gran error del exilio cubano», dice el empresario. «Permitir que la pasión nos ofusque el cerebro.»

Unos días después, Saladrigas escribió un artículo titulado Béisbol con una metáfora muy gráfica: «¿Por qué tenemos que darle al bate cada vez que Castro nos tira una pelota?».

En aquellos años, la comunidad cubana estaba en pleno proceso de fractura después del fallecimiento en 1997 de Jorge Mas Canosa, líder de la Fundación Nacional Cubano Americana y principal portavoz en Washington a favor del embargo, desde Ronald Reagan hasta Bill Clinton. Mas Canosa había hecho fortuna con su empresa de telefonía, pero soñaba con ser presidente de la isla y mantenía unida al ala más partidaria del aislamiento completo del régimen. Su fiereza marcó la política de la Casa Blanca durante años e ideó algunas de sus herramientas más poderosas, como Radio Martí, una emisora en español dirigida a oyentes que residen en Cuba y financiada por el Gobierno federal.

Las relaciones de Mas Canosa pasaban por aliados mucho más peligrosos que no se encontraban en los pasillos del Congreso. Luis Posada Carriles, exiliado y ex agente de la CIA acusado de haber planeado el atentado contra el vuelo de Cubana de Aviación en 1976, donde murieron 73 personas, reconoció que había pagado a un mercenario para que colocara los explosivos. En 1998, Posada dijo al New York Times que Mas Canosa había financiado algunas de sus actividades.

Tras la muerte del líder, la Fundación Nacional Cubano Americana quedó descabezada. En 2001, se rompió y los más convencidos del embargo crearon un nuevo grupo, el Consejo Cubano por la Libertad, que hoy mantiene la línea más dura y que tiene una buena relación con Marco Rubio. La Fundación, en cambio, ha ido moderándose y en 2009 pidió el alivio de las sanciones para permitir más viajes a la isla y alguna relación comercial dentro de los límites del régimen, que son muchos, como reconocen los partidarios de mejorar las relaciones.

«Hay que estar desquiciado para invertir en Cuba porque no ofrece garantías, infraestructura o claridad en las reglas del juego», dice Saladrigas, que sin embargo insiste en que «pronto» esa situación puede cambiar: «Sería una lástima que después de tantos años de sacrificio no hubiera capital cubano, capital criollo. Muchos empresarios en la diáspora estamos evaluando la situación. Si Cuba cambia, si se abre a los mercados, nosotros no nos vamos a cruzar de brazos».

Pero no sólo el embargo dificulta la relación comercial y personal con Estados Unidos.

Las oportunidades para las empresas extranjeras se encuentran en la caña de azúcar, en la industria farmacéutica y tal vez en el petróleo. Cuba tiene reservas estimadas entre 4.600 y 20.000 millones de barriles. Pero su oro negro está en aguas muy profundas y sólo compensaría invertir si subieran los precios del crudo o se inventara una tecnología distinta. El barril tiene que llegar a los 125 dólares para que tenga sentido explorar (el precio medio entre 1970 y 2015 fue de 41 dólares pese al récord de 145 en 2008).

La incertidumbre económica es un obstáculo a la llegada de capital que ninguna decisión de Washington puede cambiar. Hasta junio de 2014, las empresas extranjeras ni siquiera podían tener trato directo con sus trabajadores. Un inversor extranjero pagaba en su moneda al Gobierno cubano, que después distribuía el dinero también en pesos a los asalariados como creía conveniente. Pese a los cambios en la legislación, el régimen sigue controlando a los inversores.

«Las empresas españolas que invierten en turismo están tratando con los militares que están reprimiendo al pueblo cubano. ¡No tienen pudor!», se queja el activista Claver-Carone.

La Ley de Inversión Extranjera limita la mediación del Gobierno cubano. Desde 2011, los cubanos tienen cierta autonomía para fundar algunos negocios. Pero el régimen no ha dejado de perseguir a los opositores políticos o a los manifestantes, según señalan organizaciones como la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, una organización independiente que el Gobierno considera ilegal. Entre enero y agosto de 2014, la ONG recibió 7.198 denuncias de detenciones arbitrarias. Casi tres veces más que durante el mismo periodo del año 2013 y siete veces más que durante el mismo periodo de 2010, según recoge Human Rights Watch.

En cualquier caso, la opinión pública en Estados Unidos ya no cree en la eficacia del embargo. El 59 por ciento de los estadounidenses está a favor de terminar el embargo a Cuba, mientras que el 29 por ciento se opone, seg

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