Una tierra prometida

Barack Obama

Fragmento

cap-1

Prefacio

Empecé a escribir este libro al poco tiempo del final de mi presidencia, después de que Michelle y yo hubiésemos embarcado por última vez en el Air Force One en un viaje hacia el oeste para un descanso que habíamos postergado durante mucho tiempo. El ambiente en el avión era agridulce. Los dos estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente, no solo por los afanes de los ocho años pasados sino por los inesperados resultados de unas elecciones en las que había sido elegido como mi sucesor alguien diametralmente opuesto a todo lo que representábamos. Aun así, tras haber completado nuestro tramo de la carrera, nos reconfortaba saber que lo habíamos hecho lo mejor que habíamos podido y que, por muchas carencias que hubiese tenido como presidente, por muchos proyectos que hubiese aspirado a llevar a cabo sin conseguirlo, el país estaba en una situación mejor que cuando asumí el cargo. Durante un mes, Michelle y yo dormimos hasta tarde, disfrutamos de las cenas, dimos largos paseos, nadamos en el mar, hicimos balance, recargamos nuestra amistad, redescubrimos nuestro amor e hicimos planes para un segundo acto sin tantos sobresaltos pero, con suerte, no por ello menos satisfactorio. Para cuando estaba en condiciones de volver al trabajo y me senté con un bolígrafo y un cuaderno de notas (aún prefiero escribir a mano: creo que el ordenador da incluso a mis borradores menos pulidos una pátina demasiado satinada, y confiere apariencia de pulcritud a las ideas a medio elaborar), ya tenía en la cabeza un esbozo definido del libro.

Por encima de cualquier otra consideración, confiaba en ofrecer un retrato honesto de mi tiempo en el cargo; no solo un registro histórico de los acontecimientos clave que tuvieron lugar mientras estuve al mando y de las figuras más importantes con quienes interactué, sino también una crónica de las corrientes adversas (políticas, económicas y culturales), que contribuyeron a determinar los desafíos a los que mi Administración se enfrentó y las decisiones que mi equipo y yo tomamos en respuesta a ellos. Siempre que fuera posible, quería ofrecer a los lectores una impresión de cómo es ser el presidente de Estados Unidos; descorrer ligeramente el velo y recordar a la gente que, a pesar de todo su poder y su pompa, la presidencia no deja de ser más que un trabajo, que nuestra administración federal es una empresa humana como cualquier otra, y que los hombres y mujeres que trabajan en la Casa Blanca experimentan la misma combinación cotidiana de satisfacción, decepción, fricciones con los compañeros, pifias y pequeñas victorias que el resto de sus conciudadanos. Por último, quería contar una historia más personal que pudiese inspirar a los jóvenes a plantearse una vida de servicio público: cómo mi carrera política en realidad había empezado como la búsqueda de un lugar donde encajar, una manera de explicar las distintas facetas de mi herencia mestiza, y cómo solo al ligar mi destino a algo que me trascendía había logrado en última instancia encontrar una comunidad y un sentido a mi vida.

Calculaba que podría contar todo esto en unas quinientas páginas. Esperaba haber terminado en un año.

Puede decirse que el proceso de escritura no transcurrió exactamente como yo lo había previsto. A pesar de mis mejores intenciones, el libro no hacía más que crecer en extensión y en alcance, motivo por el cual acabé decidiendo dividirlo en dos volúmenes. Soy plenamente consciente de que un escritor más dotado habría encontrado la manera de contar la misma historia con mayor brevedad (al fin y al cabo, mi despacho en la Casa Blanca estaba situado junto al dormitorio Lincoln, donde, en una vitrina, reposaba una copia firmada del discurso de Gettysburg, de 272 palabras). Pero cada vez que me sentaba a escribir —ya fuese para detallar las fases iniciales de mi campaña, la gestión de la crisis financiera por parte de mi Administración, las negociaciones con los rusos sobre la gestión de los armamentos nucleares, o las fuerzas que lideraron la Primavera Árabe— descubría que mi mente se resistía a un relato simple y lineal. A menudo me sentía obligado a proporcionar contexto para las decisiones que tanto otros como yo habíamos tomado, y no quería relegar esa información a notas a pie de página o al final del libro (odio unas y otras). Descubrí que no siempre podía explicar mis motivaciones con tan solo hacer referencia a montones de datos económicos o con traer a colación una exhaustiva reunión informativa en el despacho Oval, pues en ellas habían influido una conversación que había mantenido con un desconocido en algún acto de campaña, una visita a un hospital militar o una lección de infancia que había recibido de mi madre años atrás. Una y otra vez mis recuerdos me devolvían detalles aparentemente menores (la búsqueda de un lugar discreto donde fumar un cigarrillo nocturno; las risas que mi equipo y yo nos echábamos mientras jugábamos a las cartas a bordo del Air Force One) que recogían, como nunca podría hacer lo que era de dominio público, mi experiencia vivida durante los ochos años que pasé en la Casa Blanca.

Más allá del esfuerzo para juntar palabras en una página, lo que no supe prever del todo es la manera en que los acontecimientos se han desarrollado en los tres años y medio transcurridos desde ese último vuelo en el Air Force One. Mientras escribo estas líneas, el país sigue preso de una pandemia global y la consiguiente crisis económica, con más de 178.000 estadounidenses muertos, empresas cerradas y millones de personas sin trabajo. A lo largo y ancho del país, gente de toda clase y condición ha salido a las calles para protestar por la muerte de hombres y mujeres negros desarmados a manos de la policía. Quizá lo más inquietante de todo sea que nuestra democracia parece encontrarse al borde de una crisis; una crisis cuyas raíces se encuentran en una contienda fundamental entre dos visiones opuestas de lo que Estados Unidos es y lo que debería ser; una crisis que ha dejado la comunidad política dividida, furiosa y desconfiada, y ha hecho posible la quiebra continuada de las normas institucionales, las salvaguardas procedimentales y la adhesión a los hechos básicos que tanto republicanos como demócratas daban por descontados en épocas pasadas.

Esta contienda no es nueva, por supuesto. En muchos sentidos, ha definido la experiencia estadounidense. Está incrustada en los documentos fundacionales, capaces al mismo tiempo de proclamar que todos los hombres son iguales y de contar a un esclavo como tres quintas partes de un hombre. Encuentra su expresión en los primeros dictámenes judiciales de nuestra historia, como cuando un magistrado jefe del Tribunal Supremo explica sin tapujos a una tribu de nativos americanos que sus derechos de transmisión de bienes no son aplicables, ya que el tribunal de los conquistadores no tiene competencia para reconocer las justas reclamaciones de los conquistados. Es una contienda que se ha librado en los campos de Gettysburg y Appomattox, pero también en los pasillos del Congreso, en un puente de Selma, en los viñedos de California y en las calles de Nueva York; una contienda en la que luchan soldados, aunque más a menudo lo hacen sindicalistas, sufragistas, mozos de estación, líderes estudiantiles, oleadas de inmigrantes y activistas LGBTQ, armados tan solo con pancartas, folletos o un par de zapatos para caminar. En lo más profundo de esta prolongada batalla hay una

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