INTRODUCCIÓN
La realidad supera la ficción
¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas ganas de herirla?
TRUMAN CAPOTE, A sangre fría
La naturaleza atávica del crimen aparece reflejada en uno de los textos más antiguos de la cultura occidental, el Antiguo Testamento. En el Génesis se narra el que sería el primer asesinato conocido en la historia de la humanidad, la muerte de Abel a manos de su hermano Caín. La Biblia explica cómo la semilla del mal quedó sembrada en el corazón del hombre con el pecado original.
Desde entonces, el crimen ha sido objeto de atención y escrutinio en todas las sociedades. El estudio del crimen se ha sistematizado bajo la denominación de Criminología, término acuñado por un antropólogo francés, Paul Topinard, a finales de 1883. En la actualidad, por Criminología se entiende aquella ciencia dedicada al estudio, al análisis y al tratamiento del fenómeno criminal desde una perspectiva objetiva.
En palabras del escritor y criminólogo Francisco Pérez Caballero, «es un arma de futuro. Lo que ayudará a descubrir los asesinos que están por venir es conocer el pasado, cómo se han comportado las mentes de los criminales más sangrientos».
El crimen deja su impronta en la cultura popular. Y dentro de las diferentes conductas delictivas, el asesinato es la que tiene un mayor impacto en la sociedad por las consecuencias irreparables que provoca. De hecho, en la actualidad la figura del asesino en serie es equiparable a los mitos de tiempos pasados como Drácula o el Hombre lobo.
Para muchos expertos en la historia del crimen, Jack el Destripador marca el nacimiento del asesino en serie moderno. Es el primero que reclama una autoría sobre su «obra». El primero que manda cartas a la policía para demostrar su superioridad sobre las fuerzas del orden. Y también es el primero en quien se observa una progresión en el sadismo de sus crímenes.
En la presente obra se recoge la historia de algunos de aquellos que vinieron después.
Pero antes conviene preguntarse, ¿es lo mismo psicópata que asesino en serie? ¿Con qué armas cuentan las fuerzas del orden para atraparlos? ¿Cómo se juzgan los crímenes seriales en nuestro país? Y ¿qué sucede si el asesino es una mujer?
EL PSICÓPATA
La psicopatía es un concepto clínico. Kurt Schneider, doctor en Medicina y Filosofía y director del Kaiser Wilhelm Institute en Munich, definió por vez primera, a comienzos del siglo XX, las personalidades psicopáticas como «aquellas personalidades anormales que sufren por su anormalidad o hacen sufrir bajo ella a la sociedad».
Para el doctor en Psicología Robert D. Hare, una de las principales voces en torno a las psicopatías desde los años setenta, el psicópata es «incapaz de mostrar simpatía o genuino interés por los demás; los manipula y utiliza para satisfacer sus propias conveniencias; sin embargo, recurre a una exuberante sofisticación y una aparente sinceridad, y a menudo es capaz de convencer a los mismos que ha utilizado de su inocencia y de sus propósitos de cambio».
En nuestro país, Vicente Garrido, profesor de Psicología Criminal y Pedagogía de la Delincuencia de la Universidad de Valencia, ofrece la siguiente definición de psicópata: «Un sujeto que tiene una personalidad patológica (...) está incapacitado para tener emociones profundas, emociones morales, aquellas que permiten al ser humano ocuparse y preocuparse por los demás, como la empatía, culpa, responsabilidad... De ahí que uno de los rasgos presentes en la personalidad psicopática sea la cosificación del otro unida a un gran narcisismo, además de un escaso sentido del miedo y poca conciencia de las consecuencias dañinas de sus actos».
Para la abogada y criminóloga Beatriz de Vicente de Castro, los psicópatas son «enajenados emocionales, con atrofia de su mundo afectivo».
Es importante señalar, matiza el profesor Garrido, «que la psicopatía describe a una personalidad preparada para explotar a los otros, pero no obliga al crimen. Puede ser moralmente reprobable, pero no significa que quien sufre esta patología vaya por fuerza a cometer un delito en sentido jurídico».
La psicopatía como trastorno de la personalidad es difícil de detectar por dos motivos en particular: porque no impide que el individuo se integre en la sociedad y porque este no se considera un enfermo.
Sólo en el caso de que el psicópata emprenda una carrera criminal, se pondrá de manifiesto la patología del individuo.
El profesor Garrido explica que «el psicópata es una persona con una patología, aunque plenamente imputable por sus actos delictivos en un sentido jurídico. De hecho, en ningún país del mundo se los exime de la culpa. Cuando estas personalidades cometen crímenes se esfuerzan por no ser atrapados, lo que denota que tienen una conciencia de la actividad criminal aunque no asuman el hecho de una forma moral».
La literatura y el cine han creado un falso mito acerca de la «superinteligencia» del psicópata. Uno de los mejores exponentes del psicópata criminal de ficción es Hannibal Lecter. En la novela El dragón rojo, Thomas Harris lo retrata como un asesino de inteligencia elevada, gustos refinados y amplia cultura..., que ayuda al FBI a atrapar a otro asesino en serie. Esta «idealización» no resiste la comparación con la realidad de estos criminales.
EL ASESINO EN SERIE
El concepto de asesino en serie nace en Estados Unidos en el seno del FBI, acuñado por uno de sus agentes, Robert K. Ressler. Se asocia a aquellos asesinos que han matado a tres o más personas con un período variable de inactividad entre una y otra, conocido como período de enfriamiento.
Es una definición amplia que acoge en su seno a asesinos muy dispares. Desde Jack el Destripador, con cinco víctimas conocidas, hasta el doctor Harold Shipman, de quien se cree que acabó con la vida de más de doscientos de sus pacientes.
Esta definición es la más conocida, pero no la única. En 1986, la doctora en Psiquiatría Ann W. Burgess definió el asesino serial como «alguien que mata a otro en un contexto de poder, control, sexualidad y brutalidad». En el libro de Holmes & Holmes podemos encontrar la siguiente cita: «El asesino, para ser calificado como serial, debe matar al menos a tres personas en un período de más de treinta días».
Para el profesor de Derecho Penal José Ángel Rollón, se puede distinguir entre el asesino en serie y el asesino en masa, que mata a un gran número de personas como parte de un único plan en un brote violento.
También se puede hablar del asesino itinerante, un híbrido entre el asesino en masa y el asesino en serie, cuya característica fundamental es su constante movilidad para cometer sus crímenes y la falta de período de enfriamiento.
LA PERFILACIÓN PSICOLÓGICA
Durante los años setenta, Robert K. Ressler promovió el desarrollo de una técnica de perfilación psicológica de los asesinos en serie dentro de la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI. A través del estudio minucioso de los asesinos y sus crímenes se podían determinar unos rasgos comunes que ayudaban a construir un perfil de los culpables.
Se trata de una poderosa herramienta que dio un impulso a las investigaciones en este tipo de crímenes. Es muy útil, pero no infalible. «Realizar un perfil psicológico de un asesino no es una ciencia, es un arte», en palabras del propio Ressler.
Así, se documentaron los patrones en el historial y el comportamiento de los asesinos en serie atrapados. Este esfuerzo de comprensión del fenómeno criminal propició la aparición de una terminología que facilita su investigación: patrones de infancia y adolescencia (sujetos que habían maltratado animales o cometido algún delito), período de ensayo (el sujeto «practica» la mecánica del crimen antes de ejecutarlo), factores de estrés previos al crimen (que sirven de detonante) y el comportamiento del asesino durante el acto criminal.
Se descubrió la importancia de la fantasía como detonante de los crímenes. Así lo explica la escritora y criminóloga Janire Rámila: «La fantasía es propia del género humano. En el caso de los asesinos en serie, todas las fantasías giran en torno a la dominación, el control, el sadismo. Aparece en la pubertad, la adolescencia, y se acaba transformando en una obsesión, en un deseo tan fuerte que el asesino necesita pasar a la acción».
Ressler lo argumenta en su libro Asesinos en serie del siguiente modo: «La clave en la aparición de un asesino serial no es tanto el trauma infantil (que haya podido sufrir), sino el desarrollo de patrones de pensamiento pervertidos. Lo que llevaba a estos hombres a matar eran sus fantasías».
La mayoría de los asesinos en serie son psicópatas y sus crímenes son de naturaleza sexual. Las víctimas son el medio para conseguir la gratificación sexual. De ahí nace la reincidencia y el comportamiento que los impulsa a guardar objetos personales, prendas o fotografías de las víctimas. Son «trofeos», tal como Ressler y sus colegas descubrieron.
Además, siguiendo a Janire Rámila, los asesinos seriales se mueven por dos principios, el principio de impulsividad y el principio de oportunidad, que deben darse juntos para que se cometa el asesinato.
El estudio exhaustivo del crimen y la elaboración de un perfil psicológico permiten a la policía obtener una «imagen mental» del culpable que confrontar con los posibles sospechosos.
ASESINOS ORGANIZADOS Y DESORGANIZADOS
Uno de los hallazgos fundamentales para entender a los asesinos seriales también hay que anotárselo a Robert K. Ressler y sus colegas del FBI: la clasificación de asesinos en serie organizados, desorganizados y mixtos.
El asesino organizado es un psicópata cuyo rasgo principal es la alta planificación de sus delitos, resultado de años de maduración de su fantasía particular. Las víctimas de estos criminales suelen ser personas desconocidas, atrapadas sin riesgo, utilizando trucos o engaños y herramientas necesarias (cuerdas, esposas...), para someter con rapidez a su víctima.
El control del acto criminal es fundamental para el asesino organizado que «aprende» a medida que mata. Ressler afirma que «este avance cualitativo en las habilidades criminales es una clave importante para entender la naturaleza del delincuente», y aconseja a los investigadores de este tipo de crímenes que, ante «una serie de homicidios con el mismo modus operandi, se examine con mayor atención el primer crimen en el tiempo porque a menudo no ha sido planificado a fondo y es el que ocurrió más cerca de donde el asesino vive, sale o trabaja».
El asesino organizado con frecuencia se ocupa de evitar la identificación de la víctima. Cuando deja el cadáver a la vista, suele responder a un deseo egotista.
Frente a este tipo, el asesino desorganizado es un psicótico, explica Ressler. Su condición patológica le impide seleccionar a sus víctimas de manera lógica y corre riesgos al hacerlo. Muchas de las víctimas de este tipo de criminales muestran una gran cantidad de heridas defensivas, lo que indica que han tenido la oportunidad de resistirse a su agresor. En la escena del crimen, la policía encontrará elementos simbólicos, que serán un reflejo del delirio del asesino.
A veces esta dicotomía no se da tan claramente y algunos asesinos o sus escenas presentan características tanto organizadas como desorganizadas, en cuyo caso los expertos se refieren a asesinos mixtos.
Esta clasificación no es en ningún caso jurídica y no determina la imputabilidad o no del criminal, aspecto que debe dirimir un tribunal. Sólo es un instrumento nacido en el seno del FBI para ayudar a crear una imagen del posible sospechoso, una herramienta muy útil para la policía, pero no la única.
LA INVESTIGACIÓN POLICIAL
El que lucha con monstruos debería evitar convertirse en uno de ellos en el proceso. Y cuando miras al abismo, él también mira dentro de ti.
FRIEDRICH NIETZSCHE
Aunque hay elementos comunes entre los asesinos en serie no existe un patrón de conducta definido, un único modus operandi. Podría decirse que hay tantos tipos como diferentes individuos.
Basta mencionar algunos casos para percibir las diferencias. Desde la enfermera inglesa Beverley Allitt, que se aprovechaba de la relación personal con la víctima, hasta Ted Bundy, que acababa con la vida de jóvenes desconocidas pero que se ajustaban a un patrón muy preciso.
La distancia física entre asesinos y víctimas marca otras diferencias. Tal es el caso del Francotirador de Washington y los casos de los envenenamientos. Sin embargo, la mayoría de los asesinos en serie buscan el contacto con la víctima, para obtener gratificación (sexual o no) al acabar con su vida.
Tal variedad de «especímenes» hace de la investigación policial una labor muy compleja.
Ya se ha puesto de manifiesto la contribución del FBI al estudio de los asesinos en serie. También se debe a esta agencia una subclasificación de los criminales organizados en función de la movilidad del agresor y de la forma en que acaba con la vida de la víctima. Ejemplos de todos ellos se pueden encontrar en los capítulos de este libro.
– Los asesinos que salen de su casa en busca de una víctima concreta. Aquí se podría encuadrar el caso de Remedios Sánchez, la mujer que asesinaba ancianas en sus domicilios.
– Los que deambulan hasta que se encuentran con alguien que se ajusta al patrón que buscan. Podría ser Ted Bundy, que sin embargo a veces también se comportaba como el siguiente subtipo.
– Los tramperos, como John Wayne Gacy o Ted Bundy, que atraen a su víctima mediante engaños o trampas.
– Los que durante la realización de sus actividades cotidianas se encuentran con alguien que detona sus ganas de matar. Éste sería el comportamiento de El Estrangulador de Boston.
Cuanto mayor es la violencia premeditada, mayor suele ser el sufrimiento de la víctima. Un asesino trampero está planificando pasar un largo rato con ella. Mientras que si el ataque se produce en el exterior, la forma de acabar con su vida suele ser rápida, ya que el asesino corre el peligro de ser interrumpido.
LAS FASES DEL CRIMEN
Tal y como explica la escritora y criminóloga Janire Rámila en el episodio 7 de Asesinos en serie, en el estudio del asesinato serial se han definido cuatro fases o etapas del crimen que la investigación policial analiza en detalle para conocer al agresor al que se enfrentan y poder delimitar el número de sospechosos.
La etapa previa al crimen, conocida como fase de la fantasía, estudia los comportamientos violentos en la infancia, adolescencia y el período de ensayo. Muchas veces, el primer crimen no es un asesinato, pero el sujeto muestra comportamientos en los que parece estar poniendo a prueba su capacidad de matar.
El crimen ofrece información acerca del modus operandi y la firma del asesino. El lugar o escenario donde se comete es fundamental para conocer la naturaleza y la violencia con la víctima. Además, es clave para entender las fantasías del asesino.
La tercera fase se refiere al comportamiento del asesino en relación con el cadáver de su víctima: si lo oculta o no, si ha manipulado la escena para no ser descubierto, si se ha quedado o no con objetos personales...
La cuarta y última etapa analiza la conducta del criminal en los momentos posteriores a su crimen. Algunos de estos asesinos reclaman la autoría, hacen un seguimiento de las noticias e incluso colaboran en las labores de búsqueda de la víctima.
La investigación no sólo vuelve los ojos hacia los criminales, sino que también la víctima es objeto de estudio. Siguiendo a la abogada y criminóloga Beatriz de Vicente de Castro, «la víctima es, además, una importante fuente de información. Junto a la escena del crimen, quien más datos aporta sobre lo ocurrido en el ámbito criminal es la propia víctima, viva o muerta. En los delitos violentos, donde la víctima ha perdido la vida, será su entorno, sus hábitos, su lugar de trabajo, sus aficiones y, en suma, todo lo relacionado con la misma lo que nos acerque a la realidad de lo ocurrido».
Existen casos de asesinos en serie que se han entregado a la policía, tal es el caso de Alfredo Galán, el Asesino de la baraja. Tal comportamiento se puede explicar de dos formas: o bien el asesino busca el reconocimiento mediático por la autoría de sus crímenes, o bien ha llegado a su punto de saturación y no desea continuar.
Resulta alentador comprobar que la mayoría de los asesinos en serie han sido detenidos. Sin embargo, existen casos no resueltos que han alcanzado gran celebridad. En este libro aparecen el asesino del Zodiaco y la Dalia Negra, que nunca han sido identificados. Dejaron de matar en algún momento y la única explicación a este comportamiento es que murieran o fuesen encerrados por otros delitos.
Mientras tanto, siguen vivos en el imaginario colectivo.
EL ASESINO EN SERIE EN EL CÓDIGO PENAL ESPAÑOL
En España ha tardado en utilizarse el concepto «asesino en serie». Esto no significa que no existiera tal fenómeno criminal en nuestro país. Se pueden citar varios: el Hombre lobo gallego, el Sacamantecas de Vitoria, Jarabo, el Mataviejas, el Arropiero..., que demuestran que la sociedad española también ha sufrido por la actividad de asesinos seriales.
Sin embargo tal acepción no tiene un reconocimiento en la legislación española, que no distingue tipos de asesinos para su tratamiento penal.
El profesor de Derecho Penal José Ángel Rollón explica que «en el ordenamiento jurídico español se condena por cada una de las muertes, existiendo unos mecanismos que corrigen el número de años para primar la rehabilitación del condenado. El Código Penal sólo distingue entre asesinato y homicidio».
El Código Penal en su artículo 139 dice: «Será castigado con la pena de prisión de quince a veinte años, como reo de asesinato, el que matare a otro concurriendo alguna de las circunstancias siguientes: 1.ª. Con alevosía. 2.ª. Por precio, recompensa o promesa. 3.ª. Con ensañamiento, aumentando deliberada e inhumanamente el dolor del ofendido».
La ausencia de un tratamiento especial para los asesinos en serie hace que la única herramienta con la que cuentan en la actualidad los jueces a la hora de determinar la pena sea el agravante de reincidencia, que supone que se impondrá en su mitad superior. Esto significa que un asesino en serie en España no cumplirá más de treinta años de prisión.
La última reforma del Código Penal en 1995 colocó el texto jurídico a la altura de las legislaciones de otros países. Sin embargo, cierta polémica nace cada tanto tiempo acerca de la necesidad de revisar la Teoría de la Pena en la que se fundamenta.
En otros países las penas responden a conceptos retribucionistas —la prioridad es castigar al delincuente por el hecho cometido— o de prevención del crimen. Pero en nuestro país el acento se pone en la reinserción social. Algo que fomenta el debate de si los asesinos en serie pueden o no reinsertarse en la sociedad.
De hecho, en la actualidad el Ministerio de Justicia ha procedido a revisar el sistema penal para dar respuesta a las nuevas formas de delincuencia, a la multirreincidencia y a los delitos más graves. Dentro de las principales novedades del anteproyecto del texto legal que estudia el Consejo de Estado destaca la prisión permanente revisable hasta ahora inédita en el ordenamiento jurídico español. Los tribunales podrán aplicar este tipo de pena en aquellos crímenes que causan especial repulsa social, como algunos asesinatos agravados: cuando la víctima sea menor de dieciséis años o especialmente vulnerable, cuando sea subsiguiente a un delito contra la libertad sexual, en los múltiples o los cometidos por una organización criminal. Aunque la pena establece un cumplimiento íntegro de la condena, esta será revisada transcurridos de veinticinco a treinta y cinco años. Además el nuevo texto actualiza el delito de asesinato tipificando como tal el homicidio que se cometa para la comisión de otro delito o para evitar ser descubierto.
La aplicación de la pena de prisión permanente revisable ha sido avalada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en distintas sentencias.
ASESINATO SERIAL EN FEMENINO
La literatura y la industria del entretenimiento han contribuido a generar una imagen simplificada del asesino en serie como un depredador sexual masculino. Está encarnado en la figura de un hombre joven, en su treintena, caucásico, con fantasías sádicas de control y dominación. Aunque muchos de los asesinos de este libro —Bundy, Dahmer, Griffiths, Gacy...— se ajustan a este modelo, sólo son una de las múltiples caras del asesinato serial.
Y uno de los terrenos menos explorados es el relativo a las mujeres que sienten la compulsión de matar múltiples veces.
En su libro Murder Most Rare, Michael D. Kelleher escribe que «la genuina historia del crimen está repleta de docenas de asesinas en serie que han sido más letales —y que muchas veces han tenido mayor éxito en su determinación de matar— que sus colegas masculinos». El autor llega a cuantificar en ciento una a las asesinas en serie que han reconocido sus crímenes desde 1900, y afirma que más de la mitad de ellas operaron en Estados Unidos.
Para Deborah Schurman-Kauflin, autora del libro The New Predator: Woman who Kill, «sólo en Estados Unidos han existido más de veintiséis asesinas en serie en los últimos treinta años. (...) Creciendo como una plaga de langostas, estas depredadoras femeninas buscan sus presas en los ancianos, los débiles y los desprotegidos».
Se dice que las mujeres asesinas son «silenciosas», las guían motivaciones complejas, en general ajenas a la naturaleza sexual del crimen, y que por ello tardan más en ser atrapadas.
Para la criminóloga, escritora y farmacéutica Marisol Donis, «la asesina en serie suele matar a las personas de su entorno, no sale de la esfera del hogar, especialmente las envenenadoras». La autora del libro Envenenadoras. La crónica negra de los 40 casos más célebres cometidos por mujeres en España, explica que el 80 por ciento de las mujeres que asesinan utilizan veneno. Se trata de un arma efectiva que permite que la agresora esté lejos en el momento del deceso de su víctima, lo que dificulta seguir su rastro. En muchos casos, el motivo principal de sus crímenes suele ser el lucro, tal es el caso de las Viudas negras.
Las mujeres asesinas suponen un mayor reto para la policía. Sus crímenes pasan desapercibidos muchas veces, al ser erróneamente considerados muertes por causas naturales.
Las asesinas en serie no suelen cometer por sí solas crímenes de naturaleza sexual; sí lo hacen cuando forman parte de un equipo, con un compañero masculino que es un depredador sexual, como el caso de Myra Hindley con Ian Brady.
Kelleher estima que un tercio del total de las asesinas seriales han actuado sólo como miembro de un equipo y nunca han cometido ningún homicidio fuera de las actividades criminales de la pareja o la familia.
Viudas negras, Ángeles de la muerte, Asesinas en equipo... El universo femenino del asesinato serial es tan amplio como el de sus colegas masculinos.
Sólo son menos conocidas. Por ahora.
1
Ed Gein, el Carnicero de Plainfield
Aunque sólo pudieron probarse dos de sus crímenes, Ed Gein fue el primer asesino en serie de Estados Unidos que alcanzó estatus de «celebridad».
Homicida y necrófago, Gein transformó su granja en un auténtico matadero humano en el que fabricaba ropa y mobiliario utilizando la piel y los huesos tanto de sus víctimas como de los cadáveres que robaba en un cementerio cercano.
Unos hechos que impactaron tremendamente en la sociedad de la época y que, con el tiempo, inspiraron películas tan populares como Psicosis, La matanza de Texas o El silencio de los corderos.
ATRAPADO
El 16 de noviembre de 1956, la policía de Plainfield (Wisconsin), entró en una granja a las afueras del pueblo propiedad de Edward Theodore Gein. Los agentes estaban buscando a una mujer desaparecida.
Poco podían imaginar lo que iban a encontrar.
Un cuerpo humano colgaba boca abajo de un techo. Pertenecía a una mujer que había sido decapitada, abierta en canal y destripada. Parecía el trabajo de un carnicero.
El lugar estaba repleto de basura, cartones, herramientas oxidadas y excrementos. Sobre un mantel había una dentadura postiza. Por todas partes podían verse libros de medicina y anatomía, revistas pornográficas y recortes de prensa sobre operaciones de cambio de sexo. La arena taponaba el fregadero. Resultaba difícil entender que una persona fuera capaz de vivir allí.
En la cocina aparecieron varios cráneos, algunos partidos y utilizados como cuencos. En el dormitorio de Gein, otros sujetaban las patas de la cama.
Ocultos en unas cajas había más restos, diseccionados con la habilidad del mejor cirujano, y también un chaleco confeccionado con la piel de la parte superior del cuerpo de una mujer. Máscaras mortuorias y algunas cabezas reducidas al estilo jíbaro hacían las veces de adornos.
Y, sin embargo, en mitad de tan escalofriante escenario, había una habitación pulcramente ordenada y aparentemente normal, aunque con polvo acumulado durante varios años.
Era el dormitorio de Augusta Gein, la difunta madre del dueño de la casa.
LA FAMILIA GEIN
Edward Theodore Gein nació en La Crosse (Wisconsin) el 27 de agosto de 1906. Sus padres fueron George P. Gein y Augusta T. Lehrke.
Tras quedarse huérfano con sólo cinco años de edad, George se crió con sus devotos y severos abuelos en una granja cercana a La Crosse. Con veinte años, probó fortuna en la gran ciudad, pero no consiguió que ningún empleo le durase demasiado. A los veinticuatro años conoció a Augusta, que tenía diecinueve años, y en 1899 contrajeron matrimonio. Para entonces ya se había convertido en un bebedor empedernido.
Augusta Gein era una luterana nacida en el seno de una familia de inmigrantes alemanes. Mujer austera, de fuerte carácter y radicales convicciones religiosas, siempre se mostró dominante con su débil y alcoholizado marido.
Tras el nacimiento en 1901 de Henry George, su primer hijo, Augusta deseaba una niña, de modo que la llegada de Edward le supuso una gran decepción.
Como la educación que había recibido y su matrimonio le habían hecho aborrecer el género masculino, se prometió que sus hijos jamás llegarían a convertirse en uno de esos hombres lascivos y ateos que tanto veía a su alrededor. Esta definición también incluía a su marido, pues George seguía frecuentando los bares y dilapidando buena parte de los beneficios de la frutería que Augusta regentaba en solitario en La Crosse.
Según el escritor Harold Schechter, profesor de Literatura Norteamericana y Cultura Popular en el Queens College de la Universidad de Nueva York y autor del libro Deviant: The Shocking True Story of Ed Gein, en los Directorios de la ciudad de La Crosse del período entre 1909 y 1911 se puede comprobar el cambio en la relación de George y Augusta. En los primeros años, el cabeza de familia figura como propietario de la frutería. Sin embargo, los últimos volúmenes reflejan que su alcoholismo acabó relegándole a simple «vendedor» del negocio de su mujer.
A todos los efectos, llegó un momento en que era como si Augusta fuera viuda. Ella mantenía a su familia y se ocupaba de imponer una estricta disciplina a sus hijos cuando lo consideraba necesario. Los castigos eran constantes, y ni Edward ni su hermano mayor, Henry, conocieron jamás el genuino amor de una madre.
SANGRE Y BARRO
En 1913, los Gein comenzaron una nueva vida. Tras pasar un año en una granja de vacas a unos veinte kilómetros de La Crosse, la familia recaló en un pequeño rancho a diez kilómetros al este de la ciudad de Plainfield. Fue la dominante Augusta quien decidió el traslado para alejar a sus hijos de las malas influencias de la gran ciudad.
El primer recuerdo inquietante de Ed Gein proviene de aquella época. Al asomarse al matadero, vio a George sosteniendo a un cerdo atado que Augusta destripaba con gran habilidad. Ver la sangre manar le produjo náuseas y estuvo a punto de desmayarse. Jamás olvidaría la imagen de su madre con aquel delantal de cuero manchado de sangre y barro. Años después describiría este episodio con todo lujo de detalles al ser interrogado por la policía.
Edward desarrolló una profunda aversión por la sangre y la matanza, prácticas muy habituales en comunidades basadas en la ganadería y la caza. Al mismo tiempo, se aficionó a los libros sobre campos de concentración nazis y a las revistas de crímenes. Desarrolló un cínico sentido del humor al respecto, y sus tétricos comentarios llenaban sus conversaciones de silencios incómodos.
Con dieciséis años, su único contacto con el mundo exterior era el colegio. Pero Augusta se encargaba rápidamente de alejar sus pocas amistades, cada vez más empeñada en salvaguardar la pureza moral de sus hijos. Para ella no existía hombre que no fuera un pecador. Citaba constantemente pasajes de la Biblia. El mundo exterior era pura perversión.
Los sermones diarios y las constantes advertencias sobre los terribles castigos que les esperaban si intentaban entablar amistad con alguna chica hicieron que Edward y Henry crecieran con una visión del mundo muy distorsionada. Un mundo en el que todas las mujeres, a excepción de su madre, eran rameras de la más baja ralea.
Esa máxima caló especialmente en el introvertido Edward. Debilucho y afeminado, no sólo no hablaba con chicas, sino que dejó también de relacionarse con los chicos de su edad.
Además, en su casa las cosas cada vez iban peor.
Con el paso de los años y el empeoramiento de su alcoholismo, George pasó a comportarse de forma violenta y a maltratar habitualmente a su esposa. Los hermanos observaban las palizas sin poder hacer nada. Tras cada agresión, Augusta se limitaba a rezar arrodillada.
Pero las palizas terminaron pronto. Su adicción pasó factura y George murió en 1940 de un ataque al corazón.
Tras la muerte de su padre, Henry comenzó a oponerse a las doctrinas de su madre. Algo que para Edward era poco menos que un sacrilegio. Negarse a acatar o contrariar las normas de Augusta era el pecado más grande que se podía llegar a cometer.
Henry trató en vano de que su hermano menor se diera cuenta de que obedecer a Augusta no era siempre la opción más inteligente. Si quería ser feliz, debía cuestionarse la profunda dependencia emocional que sentía hacia su madre. Pero aunque Edward siempre le había admirado, y ambos tenían una estrecha relación, a partir de entonces empezaron a distanciarse.
¿LA PRIMERA VÍCTIMA?
En 1944, Henry murió en extrañas circunstancias.
Mientras los dos hermanos trataban de sofocar un incendio cerca de la granja, Henry desapareció. Edward acudió a la policía para que le ayudaran a buscar a su hermano, del que se había separado mientras luchaban contra las llamas. Sin embargo, al regresar al lugar de los hechos con los agentes, los guió directamente hasta el cuerpo de Henry, como si en todo momento hubiera sabido dónde encontrarlo.
Pese a presentar señales de golpes, los oficiales concluyeron que había muerto por asfixia. Pensaron que podía haberse hecho daño mientras intentaba escapar de las llamas y no realizaron ningún tipo de pesquisa más.
Pero pronto la tragedia volvió a golpear a los Gein. Quizá afectada por la muerte del mayor de sus hijos, Augusta sufrió poco después un ataque al corazón. Y, aunque no murió, su salud quedó muy resentida.
Su hijo la estuvo cuidando durante doce meses. Pero de poco sirvió tanta dedicación. Augusta falleció en diciembre de 1945. A sus treinta y nueve años, Gein iba a vivir solo por primera vez.
Edward clausuró la habitación de su madre y la mantuvo como un mausoleo en su recuerdo. Años después, reconocería a los psicólogos que durante mucho tiempo siguió escuchando la voz y los insistentes sermones de Augusta.
LAS DESAPARICIONES
Aun con su fama de excéntrico, su peculiar imaginación y su gusto por el humor negro, para los habitantes de Plainfield, Ed Gein pasaba por el prototipo de hombre amable del Medio Oeste, por lo general gente muy reservada y conservadora.
La granja se había dejado en barbecho a cambio de un subsidio del gobierno, por lo que Edward empezó a trabajar para varios vecinos, ayudándolos con las tareas del campo. Además, debido a su carácter afable, de vez en cuando algunos padres dejaban a sus niños a su cuidado.
Los intereses de Edward habían cambiado, y ahora leía tratados y enciclopedias de anatomía.
Los niños llegaron a encontrar cabezas humanas reducidas colgando de algunas puertas. Pero Edward les aseguraba que eran recuerdos provenientes de los Mares del Sur. Les hablaba de países y pueblos exóticos. Y lo cierto es que parecía tener cierto conocimiento sobre las prácticas mortuorias de algunas tribus jíbaras. Cuando aquellos niños, asustados, contaban a sus padres lo que habían visto, éstos no los creían. Pensaban que el amable vecino era sólo un excéntrico fantasioso.
En esa época se dieron varios casos de misteriosas desapariciones en Plainfield y sus alrededores. En mayo de 1947 desapareció Georgia Weckler, una niña de ocho años. Jamás volvió a saberse de ella. Unos años más tarde, en noviembre de 1952, el granjero Victor «Bunk» Travis desapareció junto a Ray Burgess, de Milwaukee, mientras cazaban ciervos.
Por último, el 24 de octubre de 1953, Evelyn Hartley, de quince años, desapareció sin dejar rastro cuando estaba cuidando a la hija de veintidós meses de un vecino. Lo único que la policía encontró tras una búsqueda angustiosa fueron ropas manchadas de sangre al lado de una autopista. Pero nunca hallaron el cuerpo. Sin embargo, el bebé al que cuidaba Evelyn no sufrió ningún daño. Estaba durmiendo en su cuna cuando el padre de la chica acudió a buscarla a la casa, extrañado de que no contestara a sus llamadas de teléfono.
LA TABERNA DE HOGAN
La taberna era un tugurio propiedad de Mary Hogan, una mujer de mediana edad que no tenía buena fama entre los vecinos de Plainfield. Se decía que tenía contactos con la mafia y se sospechaba que años atrás había sido una popular madame en Chicago. Quizá no fuera cierto, pero el caso es que Mary provocaba rechazo entre los conservadores parroquianos del lugar.
Gein acudía a la taberna con regularidad pese a no ser bebedor como su padre. La realidad era que Mary Hogan le recordaba a su difunta madre. La mujer tenía incluso un marcado acento alemán, como Augusta.
La tarde del 8 de diciembre de 1954, un cliente, Seymour Lester, llegó a la taberna. Aunque parecía abierta, dentro no había nadie.
En la puerta que daba a la habitación de atrás había una mancha de sangre.
Lester salió a pedir ayuda. El sheriff Harold S. Thompson y sus ayudantes acudieron de inmediato. Al llegar a la taberna encontraron el coche de Mary aparcado en su lugar habitual, pero el suelo del local estaba empapado con un gran reguero de sangre. Al lado hallaron un cartucho del calibre 32.
El rastro llegaba hasta el aparcamiento, donde había unas huellas muy recientes que el sheriff reconoció como las de una furgoneta de reparto.
La propietaria de la taberna fue dada por desaparecida.
Las autoridades locales veían pasar las semanas sin que sus pesquisas llegaran a ningún sitio. La pregunta «¿qué le pasó a Mary Hogan?» estaba en boca de todos.
Un mes después, el propietario de un aserradero, Elmo Ueeck, se puso a charlar con Ed Gein. Se habían visto varias veces en la taberna, y como Elmo recordaba a Ed sentado solo al fondo del local mirando fijamente a Mary durante horas, pensaba que estaba enamorado de ella, por lo que bromeó al respecto; quizá si hubiera sido más resuelto y se hubiera atrevido a hablar con ella, la mujer ahora viviría con él en lugar de estar desaparecida.
La reacción de Edward extrañó mucho a Elmo. Puso los ojos en blanco y contrajo la nariz, como si olfateara una presa. Luego sonrío y afirmó: «No ha desaparecido. Está en mi granja».
Elmo interpretó que se trataba de uno de los habituales comentarios cínicos de Gein. Lo mismo ocurrió con el resto de vecinos que le escucharon. Era el tipo de broma que se esperaba de él, y nadie le prestó especial atención.
BERNICE WORDEN
Pasaron tres años. Corría el mes de noviembre, y comenzaba la temporada de caza del ciervo en la zona.
Bernice Worden acababa de cumplir los cincuenta años. Devota metodista, tenía una intachable reputación entre los vecinos de Plainfield. Su marido había fallecido en 1931, momento en que se hizo cargo de la ferretería que regentaba el matrimonio. Pequeña empresaria y vecina modelo, en 1956 había sido galardonada con el premio a la «ciudadana de la semana».
Durante ese mes de noviembre de 1957, Edward había visitado el negocio de Bernice en varias ocasiones. Le hacía preguntas absurdas sobre ciertos artículos para después marchar sin comprar nada.
Pero un día la invitó a ir a patinar. Como él parecía muy nervioso, ella declinó la invitación. Preocupada, la mujer le comentó el incidente a su hijo.
El 16 de noviembre de 1957, Bernice abrió su tienda como cada día. Mientr
