La pasión de Pilar Primo de Rivera

José María Zavala

Fragmento

cap-2

INTRODUCCIÓN

Ella

Pilar Primo de Rivera es una lámpara votiva: tiene todo lo de una lámpara votiva, la consagración inacabable, el ardor silencioso, la docilidad obstinada, el recogimiento llameante, la caricia a las tinieblas, el suave aceite, la pacífica luz.

EUGENIO D’ORS

El lector tiene ahora en sus manos lo que Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, la hermana menor de José Antonio, no contó en sus memorias o simplemente prefirió hacerlo de puntillas: ¿Envenenaron a su padre? ¿Pretendieron en verdad casarla con Hitler? ¿Conoció en persona al testigo del fusilamiento de su hermano? ¿Y al hermano falangista de Durruti? ¿Tuvo amores secretos? ¿Por qué la espiaron?…

Estas páginas constituyen en sí mismas, valga la redundancia, un libro de Historia repleto de historias sorprendentes, en gran parte desconocidas, que rodearon los ochenta y cuatro años de existencia de Pilar Primo de Rivera.

No se trata así de una biografía, stricto sensu, de ella; como tampoco de una historia de la Sección Femenina, aunque indefectiblemente salga a relucir ésta a lo largo del relato; ni mucho menos de un tratado político sobre la Falange, puesto que bibliografía de todo ello existe ya en abundancia.

De Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia se pueden decir muchas cosas —la mayoría de ellas buenas—, pero nadie duda de que esta gran mujer, todavía hoy muy desconocida, ha pasado a la Historia reciente de España por ser «la hermana de José Antonio».

¿Y qué mejor «título» para ella que casi todo el mundo la erija hoy en la sombra femenina de su venerado hermano?

De hecho, la directora de la Sección Femenina intentó vislumbrar siempre todo lo que hubiese hecho José Antonio de haber vivido, entregándose en cuerpo y alma a su cumplimiento con mayor o menor acierto, pero sin faltar jamás a su lealtad acrisolada. Todavía a principios de los años setenta, ella misma proclamaba: «Yo creo que José Antonio, en treinta años de política, hubiera dicho muchas cosas nuevas que nosotros debemos tratar de adivinar».

El conocido escritor falangista Eugenio Montes glosaba esa armoniosa simbiosis entre el primogénito y la hermana menor, en una dedicatoria manuscrita que Pilar guardaba como un tesoro afectivo entre sus papeles privados, y que dice así: «A Pilar/unido a vida/y muerte/en el recuerdo/y el destino/de José Antonio/inmortal».

El insigne ensayista y filósofo Eugenio d’Ors comparaba a Pilar con «una lámpara votiva», que posee todo lo inherente a ella: «La consagración inacabable, el ardor silencioso, la docilidad obstinada, el recogimiento llameante, la caricia a las tinieblas, el suave aceite, la pacífica luz».

A ese mismo «gran ardor, persistente y original, de familia» se refería el grafólogo Carlos Juan Ruiz de la Fuente, miembro del Sindicato Español Universitario (SEU) en los años fundacionales, en un informe que la propia Pilar conservaba a su muerte en su archivo y que reproducimos al final, en los anexos documentales; señal inequívoca de que ella debió otorgarle algún crédito.

Aludía Eugenio d’Ors a la «consagración inacabable» de Pilar; «consagración», añadiría yo en esa misma línea, a la memoria de su hermano, a su legado político y religioso, e incluso a su propia personalidad que llegó a fundirse en una sola con la de él.

Sabida es, si no, la muletilla que en boca de Pilar escucharon quienes la conocieron más de cerca: «Como diría José Antonio…».

José Antonio siempre por delante y presente en todos los instantes de su longeva vida.

Quién sabe si Carlos Juan Ruiz de la Fuente no hubiese suscrito para el fundador de la Falange todos y cada uno de los rasgos de carácter que atribuyó a Pilar… Júzguelo si no el lector, a la vista del informe.

A lo largo de estas páginas asistiremos a los primeros pasos de nuestra protagonista en el hogar familiar y al conocimiento de las personas de su entorno que más le marcaron: su padre el general Miguel Primo de Rivera, su madre Casilda Sáenz de Heredia, su hermano menor Fernando, y por encima de todos ellos, como ya señalábamos, José Antonio, sobre quien conoceremos nuevos detalles de su vida.

Junto a pasajes inéditos relatados por la propia protagonista sobre su familia, los caídos de la Falange o los incesantes peligros durante la Guerra Civil, ofrecemos al lector episodios no menos interesantes y en gran parte ignorados de su biografía: la pertenencia a la Falange del hermano del anarquista Buenaventura, Pedro Durruti, a quien Pilar trató en persona, y su trágico final; su encuentro en Burgos con Joaquín Martínez Arboleya, testigo ocular del fusilamiento de su hermano, año y medio después de producirse éste; la verdad sobre el insólito proyecto de boda nada menos que con Adolf Hitler, auspiciado por Ernesto Giménez Caballero; el documento, reproducido por primera vez completo, sobre los intentos de rescate de José Antonio de la cárcel de Alicante que poco antes de su muerte redactó su principal protagonista, Agustín Aznar, conservado en el archivo de Pilar; los entresijos de su enfrentamiento con Mercedes Sanz Bachiller desde la Sección Femenina y el Auxilio Social, respectivamente…

Por no hablar de dos excepcionales documentos gráficos recogidos en los cuadernillos de fotos: las imágenes del traslado de los restos mortales de José Antonio al Valle de los Caídos y su inhumación junto al altar mayor de la basílica, en marzo de 1959; así como una selección de las mejores fotografías del álbum que Pilar conservaba en su archivo sobre su tercer viaje a la Alemania de Hitler, en el verano de 1943.

Reservamos al lector otras muchas sorpresas, de entre las cuales anticipamos ahora sólo dos más: la existencia de una red de espionaje que mantuvo informado puntualmente a Carrero Blanco, y en última instancia a Franco, de las andanzas de Pilar y de otros significados miembros de la Falange; y el gran amor de su vida, el marino Pablo Suanzes Jáudenes, a quien ella fue capaz de renunciar, «consagrada» como estuvo siempre a la memoria de José Antonio y de su magna obra.

Así que, sin más preámbulos, conozcamos ya las grandes pasiones de Pilar…

cap-3

Los cochecitos

Esta novela es la vida de cualquier familia española, cuyos hijos nacieron en los alrededores de 1910…

PILAR PRIMO DE RIVERA

«Los cochecitos de la plaza de Oriente.» De esta forma tan pueril pensó titular sus memorias Pilar Primo de Rivera y Sáenz de Heredia, la hermana predilecta de José Antonio, líder de la Falange.

En su archivo personal, inédito hasta ahora, la directora de la Sección Femenina durante más de cuarenta años conservaba a su muerte las notas personales de Los recuerdos de una vida, como se denominó finalmente su autobiografía publicada en 1983, que ella pensó en un principio disfrazar de novela, dado su natural recato para los asuntos íntimos y familiares: «Esta novela es la vida de cualquier familia española, cuyos hijos nacieron en los alrededores de 1910…», escribía así ella en el primero de los dos únicos capítulos originales que todavía hoy se conservan en una de las cinco cajas que componen su archivo, custodiado con celo encomiable por su sobrino nieto Pelayo Primo de Rivera y Oriol, albacea testamentario y heredero de su título nobiliario del condado del Castillo de la Mota, concedido por Franco el 6 de enero de 1960.

El título de la novela se inspiraba en los cochecitos con campanillas tirados por borricos, que hacían las delicias de los niños cuando salían a pasear con su tía Inés por la plaza de Oriente en aquel pequeño Madrid de tranvías y simones (coches de alquiler), puestos de horchata y vendedores ambulantes que ofrecían a viva voz sus mercancías al público. Pero su tía Inés nunca les dejó subirse a aquellos «juguetes» de verdad poniendo como excusa que a bordo de ellos se cogían enfermedades. Con razón, Pilar consignaba ya en su vejez: «Fue la primera y pequeña frustración que recuerdo de mi vida».

Un periodista de su confianza hilvanó luego algunos —no todos— recuerdos de la protagonista en noviembre de 1983, cuando ésta contaba setenta y siete años y era la única superviviente directa de una egregia familia sin la cual sería muy difícil, o tal vez imposible, entender los acontecimientos de la reciente Historia de España.

Interesa reproducir ahora el segundo pasaje de esa pretendida novela, tal y como lo concibió Pilar, quien, tratando de escabullirse en vano de la narración familiar plasmada en unas cuantas cuartillas manuscritas, recurrió al principio a la tercera persona del plural.

En el relato desfilan personajes reales que le imprimieron carácter para el resto de sus días. Empezando por sus propios padres, y singularmente por Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, «el general», como aún hoy se le conoce en familia; amén de su hermano mayor José Antonio, a cuya memoria consagró ella su vida entera, como advertíamos en la introducción, renunciando incluso al amor humano en riguroso celibato, para volcarse en cuerpo y alma al legado del fundador de Falange y a todo cuanto ella intuyó que hubiese hecho aquél de haber vivido para contarlo.

Escribe así Pilar:

Venid y vamos todos con flores a Porfía, con flores a María, que Madre nuestra es…

—¿Tía Ma, quién es Porfía?

Alrededor de un altar del Sagrado Corazón, con una Virgen en medio, se reunían todos los días del mes de mayo los cinco hijos de la familia de un militar, cuya mujer murió al nacer el pequeño, con dos tías hermanas del padre y las muchachas de la familia. Todos cantaban las flores y escuchaban los niños asombrados los ejemplos candorosos de un libro, que con la mayor devoción leían alternando las tías.

Pero gracias quizás a esa costumbre, los críos se habituaban a invocar a la Virgen y a confiar en Ella con amor.

Fuimos seis hermanos, dos varones primero, una niña después, dos gemelas y un varón, cuya vida le costó la suya a mi madre. Nacimos todos en Madrid, con poca diferencia entre unos y otros. Por eso, el único que recordaba vagamente a nuestra madre era José Antonio, el mayor, pero por oídas sabemos que fue un ser dulce y valeroso, a la vez con ojos azules y mucha entereza de carácter, como riojana que era de procedencia, aunque ella naciera en San Sebastián.

Al ocurrir la desgracia, vinieron a vivir con nosotros desde Andalucía, tierra de origen de mi padre, dos hermanas de él, una viuda y otra soltera que fueron desde entonces para nosotros otras segundas madres: Inés, la viuda, y tía Ma, en síntesis de su nombre (María), ideado por José Antonio, la soltera.

Los otros hermanos se llamaban: Miguel, Carmen, Angelita, gemela con Pilar, y Fernando.

Mi padre, Miguel, era militar y en nuestra infancia lo veíamos poco, porque casi siempre estaba en la guerra. Pero era, como suele ser, el padre para todos los hijos, la persona más admirada de la tierra, sólo que en nuestro caso doblaba razón porque era de verdad admirable.

Mis primeros recuerdos son de cuando vivíamos en la calle Orfila; así, situando por casas, va a ser más fácil ordenar las memorias.

La abuela Inés, madre de mi padre, las tías, una inglesa y un sinfín de muchachas, porque si bien nuestra situación económica no era holgada, en aquella época era muy fácil tener un nutrido servicio doméstico.

Nuestras horas transcurrían casi todas en compañía de la inglesa, en el llamado «cuarto de los leones», donde nos era permitido todo: romper, destrozar, pelearnos, fantasear… Allí aprendimos las primeras letras y el inglés; mi padre tuvo siempre un gran empeño en que aprendiéramos idiomas y en cambio fue opuesto a mandarnos al colegio, sobre todo a los varones; sostuvo siempre que la mejor escuela de costumbres es la familia.

La imaginación de la Miss [señorita Galballie] era prodigiosa; como buena inglesa tomaba té a todas horas y nos hacía creer a nosotros de cuatro o cinco años que los posos del té dejaban en la taza visiones fantásticas: hadas, caballos, estrellas. Ella veía de todo, pero Fernando y yo, por mucho que mirábamos, no veíamos nada, aunque por no quedar mal nos uníamos al coro de su fantasía.

En aquella edad todos aspirábamos a ser cosa importante en la vida: obispos, generales, cantineras… Sólo Carmen, más en la realidad, decía que ella quería ser «señorita cursi», lo que en su imaginación equivalía a persona normal.

Nos leían los cuentos de Grimm con láminas en color de Hansen y Gretel perdidos en el bosque o del enano Trasgolisto saltando de contento a la puerta de su casa ante la ilusión de casarse con la princesa.

Angelita, la gemela, por una malformación de la médula nació sin poder hablar ni moverse, pero la inteligencia era despierta y sus ojos expresivos, demostraba querer hacer lo mismo que hacíamos los demás: salir con mi padre cuando nos llevaba a todos al circo, participar en los juegos.

Cogimos el sarampión y ella lo cogió también, pero su débil naturaleza no pudo superarlo. Murió Angelita a los cinco años y murió la abuela de un ataque al corazón.

En esa época éramos muy aficionados a poner motes a las personas además de tía Ma, a la tía viuda la llamábamos Inesa, a otra hermana de mi padre de nombre Juana casada con Juan: Nísima y Nísimo; a una de las muchachas, mi predilecta, Tesia, en vez de Teresa, y a un pequeño, como hermano nuestro, hijo de Polo, asistente de mi padre que vivía también con nosotros, Polín.

Polín era un elemento y uno más en la comunidad paternal.

De todos ellos hago memoria, porque todos ellos eran protagonistas de esta historia.

De las dos tías que vivían con nosotros, Inés era la apacible, la timorata. Viuda a los seis meses de casarse [con Pedro Pemartín], su vida se redujo a la eterna fidelidad a la memoria de su marido y a educarnos a nosotros.

Tía Ma era, en cambio, la enérgica y emprendedora, llevaba la casa y se interesaba por todo: libros, política, novedades. Las dos sabían guisar estupendamente y escribían sus recetas en cuadernos que todavía subsisten.

En la decoración familiar había otros personajes: los tíos por parte de padre y madre, infinidad de primos, el tío abuelo, y algo que se grabó en nuestra mente infantil como recuerdo imborrable: los veranos en Robledo de Chavela.

La tía Nísima vivía muy cerca de nosotros y sin hijos en su matrimonio, éramos también como suyos; con frecuencia nos llevaba de paseo y nos convidaba a merendar en una confitería del contorno que, en opinión de tía Ma, era muy bodriera y que Miguel sin reparos se lo soltó un día a la confitera con la mayor de las inocencias.

Como nota curiosa, Pilar conservaba al cabo de los años un divertido cuestionario de veinte preguntas que le hizo a su hermano José Antonio una prima suya, y que éste contestó con todo el desenfado del mundo tan sólo trece días antes de cumplir los diecisiete años, el 11 de abril de 1920.

El «encuestado» dedicó luego a su «encuestadora», cariñosamente, todas sus respuestas: «Tu primo, que te quiere, José Antonio Primo de Rivera».

He aquí, ahora, el «examen» merecedor de sobresaliente al ingenio, la ironía y el sentido del humor de ningún modo reñidos, en alguna que otra respuesta, con la verdad y hasta con el sentido profético:

Pregunta: ¿Cuántas rubias y morenas te han gustado en tu vida?

Respuesta: Se me ha olvidado.

P: ¿Qué te gusta más en la mujer?

R: La naturalidad.

P: ¿Si te casas, quieres suegra?

R: Me da igual, sobre todo si está lejos.

P: ¿En dónde te gustaría haber nacido?

R: En un barco de vela.

P: ¿Cuál es tu tipo de mujer?

R: Todas las guapas.

P: ¿Por qué país te gustaría viajar?

R: Por el Norte de Europa.

P: ¿Qué virtud crees más necesaria en una muchacha?

R: La agilidad.

P: ¿Qué prefieres: caballo, auto o aeroplano?

R: Bicicleta.

P: ¿Cuál es tu mayor deseo?

R: Ser presbítero.

P: ¿En este momento, con quién te querrías hallar?

R: Con N. N.

P: ¿Prefieres ser cola de león o cabeza de ratón?

R: Cabeza de león.

P: ¿De qué sitios conservas mejores recuerdos?

R: De Alfaro, donde estuve de un mes de edad.

P: ¿Cuál es tu héroe favorito?

R: Hernán Cortés.

P: ¿Quién te ha inspirado más envidia?

R: Colón.

P: ¿De qué edad prefieres a las muchachas?

R: De año y medio en adelante.

P: ¿Por qué lado te gusta tomar la vida?

R: Por donde ponen los cartelitos «llevad la izquierda».

P: ¿Piensas llegar a muy viejo?

R: Creo, ¡ay!, que no.

P: ¿Qué región de España te resulta más simpática?

R: Todas.

P: ¿Cuál es tu «sport» favorito?

R: El diábolo.

P: ¿Cuál es tu mayor defecto?

R: La misantropía.

cap-4

La madre

Joven, bonita, encantadora y muy rica, Casilda pronto se vio rodeada de una nube de pretendientes.

ANA MARÍA DE AZPILLAGA

La muerte rondó a nuestra protagonista desde el primer aliento.

Antes que ninguna otra, la muerte de su propia madre, Casilda Sáenz de Heredia, con tan sólo veintiocho primaveras, acaecida a los nueve días de dar a luz a su benjamín y casi sietemesino Fernando, el 31 de mayo de 1908.

Cinco años atrás, un 24 de abril, Casilda había alumbrado ya a su primogénito José Antonio, a quien ella llamaba cariñosamente «mi Bodoque» (apodo destinado curiosamente en México a los seres queridos, sobre todo a los más pequeños), en el número 22 (hoy 24) de la madrileña calle Génova, esquina a la de García de Gutiérrez.

Miguel, el segundogénito, y las gemelas Pilar y Angelita vinieron al mundo en el hogar de su tío materno Ángel, en la calle Monte Esquinza, 15; y Carmen, en el de Orfila, 12 (hoy 10).

Situada entre las calles de Génova y Jener, Monte Esquinza estaba muy cerca de la casa donde nació José Antonio; llevaba el nombre de un promontorio, junto al de Montejurra, en Navarra, donde se libró una importante batalla carlista en junio de 1874.

No resulta extraño así que José Antonio comentase, resignado: «Cada vez que nuestro padre pronuncia un discurso, tenemos que trasladarnos de sitio»; ni que su hermana Carmen, la mayor de las niñas, preguntase muy seria a su padre: «Papá, ¿cuándo estaremos todos juntos?».

A su regreso de Barcelona, don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja animó a su cuñado Ángel Sáenz de Heredia, casado con Nieves Osio, a instalarse en un piso alquilado justo encima del suyo, en la misma calle Monte Esquinza.

Fue así como Nieves Sáenz de Heredia, prima hermana de Pilar, se crió algunos años con ella: sus amas y niñeras las llevaban a los mismos paseos y jugaban siempre juntas. Nieves, mayor que Pilar, evocaba incluso la calurosa noche de verano en que nació Miguel, cuando unos ladrones sustrajeron varios objetos de plata y cuadros del comedor y del salón, tras penetrar por los balcones abiertos del piso bajo que ocupaban los Primo de Rivera.

Lula de Lara, compañera de juegos también de Pilar, añoraba así aquella tierna infancia: «Los cinco hermanos Primo de Rivera, estrechamente unidos y su inseparable compañero Polín, hijo de Polo, el fiel ordenanza y servidor de don Miguel, paseaban de casa en casa la algarabía de una infancia feliz… Y así, tan pronto se descolgaban unos a otros, atados con cuerdas, desde la altura del tejado, en trance de terribles aventuras, como se les veía muy callados y afanosos, sentados detrás de una mesa, confeccionando cada uno un periódico propio en que vertían sus personales idearios. “La Campanilla” se llamaba el de Pilar, con gracioso y femenino título; “La Fuente negra” el de Fernando, aficionado a misterios y truculencias… Sus tías María e Inés eran después las compradoras únicas, pero seguras, de los cinco periódicos, que les vendían a buen precio».

Pilar y su gemela Angelita habían nacido el 5 de noviembre de 1906, tras un parto muy largo y laborioso en casa de su tío Ángel, durante el cual se temió ya por la vida de la madre.

Antes de proseguir con nuestro relato, advirtamos un hecho desconcertante y llamativo como sin duda es la omisión que hace Pilar, en su autobiografía, de su propia fecha de nacimiento, que tampoco figura en la amena historia de la saga familiar publicada años después por su sobrina nieta Rocío Primo de Rivera y Oriol.

No menos extraña resulta también la exclusión de la fecha de nacimiento y de la edad a la que falleció nuestra protagonista en la esquela publicada en su día en el diario ABC por la Asociación Nueva Andadura que presidió Pilar hasta su misma muerte; ni siquiera en la de sus propios familiares, con motivo del primer aniversario del luctuoso suceso.

Por si fuera poco, en el obituario aparecido en el citado rotativo al día siguiente del deceso, se afirma que Pilar nació el 5 de noviembre, pero «de 1910»; es decir, cuatro años después de cuando en realidad ella vino al mundo.

Incluso el hispanista Paul Preston asegura en su semblanza biográfica sobre la fundadora de la Sección Femenina recogida en Las tres Españas del 36 (obra galardonada con el Premio Así Fue 1998) que Pilar nació «en Madrid el 4 de noviembre de 1907»; esto es, un año después y también en un día distinto del que figura anotado en su certificación de partida de bautismo expedida en Madrid el 3 de julio de 1957 por don Gabriel Mateo Montes, encargado del Archivo Parroquial de Santa Bárbara, cuya copia obra en poder del autor.

La fecha ya indicada del 5 de noviembre de 1906 aparece inscrita en el libro 8, al folio 242, junto al nombre completo de nuestra protagonista: María del Pilar Isabel.

Hecha esta importante aclaración, añadamos que la infortunada Angelita se llamaba igual que su abuela materna y que la plantación de azúcar heredada por su madre en Cuba, de la cual nunca más se supo tras la independencia de la isla caribeña.

Casilda quedó muy delicada de salud con motivo del nacimiento de José Antonio, hasta el punto de que ya no pudo amamantar a sus hijos y el médico que la atendió le advirtió que si volvía a tener otro vástago su vida peligraría. Pero ella, mujer recia y valerosa como pocas, siguió el consejo de su madre: «No le digas nada a tu marido y ten todos los hijos que Dios te mande».

Para atender el parto gemelar se avisó al eminente ginecólogo Eugenio Gutiérrez, que había asistido ya en palacio a la reina Victoria Eugenia de Battenberg durante el alumbramiento del príncipe de Asturias, Alfonso de Borbón, el 10 de mayo anterior.

El doctor Gutiérrez, distinguido por sus servicios en la Corte con el título nobiliario de conde de San Diego, supervisó el material aséptico, los sueros artificiales, las ampollas con soluciones hipodérmicas y los medicamentos esterilizados empleados con la madre de nuestra protagonista. Casilda se limitó a rechinar una vez más los dientes de dolor presintiendo su próximo final, sobrevenido, como decíamos, a los nueve días de dar a luz a Fernando.

En la noche del 9 de junio de 1908, Miguel consignó telegráficamente: «Casilda ha muerto: rezad por todos».

Días después, el general redactó desolado una carta a su amigo, el también general Javier Azpillaga Arteche y a la esposa de éste, Petra Jesusa Yarza, «Petrita»; carta que la hija de ambos, la historiadora Ana María de Azpillaga, que firmó todas sus obras con el apellido Sagrera del marido, reproduce en su excelente biografía Miguel Primo de Rivera. El hombre, el soldado y el político. Así escribía el general:

El testimonio de interés y de vuestra amistad me ha acompañado durante la enfermedad y después de la desgracia tremenda de haber perdido a mi Casilda. Cuando a mi llegada, ella buena y sin amenazar peligro, me contaba su viaje, luego cuando se recibió el talón y juguetes de Petrita para los chicos, siempre tenía vuestra amistad y vuestro recuerdo muy presentes. Sobrevino en horas una gravedad horrible, una invasión infecciosa del peritoneo y la necesidad de una operación a vida o muerte y la llegada de ésta a las pocas horas. ¡Qué días!

Mi pena grande es que al irse ha perdido la dulzura del amor de los hijos, que eran su alegría y vida. Estos pobres niños andan ahora dispersos en manos de la familia, y hasta octubre no los reuniré al amparo de mi madre que, conmigo, se establecerá aquí en Madrid.

La futura líder de la Sección Femenina tuvo que contentarse así con el recuerdo entrañable de su madre que otros familiares cercanos le brindaron; empezando por el de su padre viudo, que escribió sobre ella en su recordatorio para la oración: «Fue hija, esposa y madre ejemplar. Amó a Cristo y a la Patria, y en estos momentos y en el de la Verdad y el Deber, educaba a sus hijos cuando la muerte nos la llevó, privándonos de su noble compañía y de su eficaz cooperación».

No sorprende así que, habiendo perdido a su madre sin haber cumplido los dos años de edad, Pilar plasmase este lacónico recuerdo de ella en su autobiografía:

A los nueve días de nacer Fernando murió mi madre. Debió ser un terrible golpe para mi padre, ya que eran un matrimonio feliz. Fue una muerte cristiana, como siempre había vivido, y, además, heroica. Ella sabía, posiblemente, desde el primer momento, que podía morir al tener un hijo, y, sin embargo, cumplió con su deber de casada, porque así se lo pedía su conciencia de verdadera cristiana. «Miguel, nuestros hijos», encargó a mi padre al sentir ya su muerte segura. Mi tío-abuelo, el marqués de Estella, al asistir a su entierro, dicen que comentó: «Esta muerte ha tenido tanto mérito como una muerte en campaña».

Cinco años después, Pilar debió enfrentarse también a la muerte de su hermana gemela a causa del sarampión. El inesperado fallecimiento de Angelita le marcó mucho más que el de su madre, pues Pilar contaba ya entonces casi seis años, en lugar de sólo dos.

Tener una hermana gemela era, como ponía figuradamente el escritor Antonio-Prometeo Moya en boca de Pilar, «tener un cuerpo repetido, con dos corazones».

Ella elucubraba así en una de esas falsas entrevistas que sólo la habilidosa pluma del autor de Últimas conversaciones con Pilar Primo, capaz de crear una atmósfera verosímil, hicieron creer a algunos que habían existido:

Yo percibía [decía supuestamente Pilar] el cuerpo de mi hermana, sabía lo que tenía en cada órgano. Nos adivinábamos las intenciones y casi podía decirse que pensábamos a medias. Cuando desaparece la otra persona se crea un vacío que no se puede llenar con nada, y hay una extraña sensación de culpa que vuelve infinito el remordimiento, porque cuando en una misma maceta salen dos plantas, una acaba prosperando a expensas de la otra, y es como si la más lozana se quedara con la vida que falta a la que languidece. Ya de muy pequeñas temíamos que, si algo malo le ocurría a una, la otra pudiera padecerlo también. Desde que murió Angelita he vivido con la conciencia de que la muerte podía sobrevenirme en cualquier momento.

Evocando de nuevo a Casilda, Ana María de Azpillaga, cuya madre era amiga íntima de aquélla, la describe con toda justicia: «Joven, bonita, encantadora y muy rica, Casilda pronto se vio rodeada de una nube de pretendientes».

El romance entre el entonces teniente coronel y mujeriego empedernido Miguel Primo de Rivera y Orbaneja con Casilda Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín, hija del último alcalde mayor de La Habana durante la dominación española de la isla, guardó años después cierto parangón con el frustrado idilio de su hijo José Antonio con Pilar Azlor de Aragón y Guillamas, hija de los duques de Luna.

La muerte extinguió, al fin y al cabo, sendas llamaradas de amor: una muerte natural impuesta por el designio divino, en el caso de Miguel y de Casilda; y otra muerte tal vez aún peor, dictada por los recelos humanos y, en concreto, por la negativa del duque de Luna, recalcitrante monárquico, a que su hija se desposase con el hijo del dictador, a quien responsabilizaba en última instancia de la caída del rey Alfonso XIII.

No en vano Pilar recordaba, sobre José Antonio: «Decía que su lema era “Pilar y Pilar” porque tuvo una novia que también se llamaba así, de la que estaba verdaderamente enamorado; la otra Pilar era yo».

Si José Antonio escaló más de una vez los altos muros cubiertos de hiedra del castillo de Pedrola, en Zaragoza, para lanzar a Pilar Azlor cartas y poesías de enamorado, cual intrépido Romeo en busca de su adorada Julieta, don Miguel quedó prendado de los irresistibles encantos de la joven Casilda Sáenz de Heredia nada más verla frente al madrileño palacio de Linares, en noviembre de 1900, mientras se hallaba en la capital en situación de excedente.

Llevaba Miguel una vida mundana y sus conquistas sentimentales se celebraban con admiración y cierta envidia, por qué no decirlo, entre sus compañeros de armas.

A las animadas tertulias de Pilar León y de Gregorio, marquesa de Esquilache y esposa del opulento malagueño Martín Larios, celebradas al principio en un piso principal de la plaza de Colón, acudía ya Miguel, de casi treinta años, en compañía de Martínez Campos para jugar muy entretenidas partidas de tresillo.

Fue durante unos carnavales, paseando por Recoletos con su amigo Armando Mantilla de los Ríos, como refiere Ana María de Azpillaga, cuando Miguel vio al gran amor de su vida a bordo de un coche adornado con violetas, vestida de colombina, de pelo castaño claro y ojos verdes.

Intrigado, preguntó quién era y le contestaron: «Una muchacha cubana, próxima a contraer matrimonio».

En la entrada de la avenida de Calvo Sotelo, esquina a la plaza de Castelar, paraje antaño ocupado por el Pósito, se conservaba en efecto el palacio de Linares, vulgarmente llamado de Murga, rico en alfombras y tapices. El salón ovalado era muy original, con figuras de mujer en talla dorada. La tapicería era de color fresa. Las luces, abundantísimas; los espejos, muy grandes; y las palmeras, gigantes.

Aquella visión fugaz de la musa volvió a repetirse al invierno siguiente, mientras Miguel conversaba esta vez en «La Pecera» de La Peña, situada entonces en la calle Alcalá, junto a las Calatravas. Asomado al ancho balcón donde los socios se apoyaban para ver el paseo de coches en la calle, volvió a verla. La joven alzó la cabeza y las miradas confluyeron.

—¿Quién es esa preciosidad? —preguntó el militar, deslumbrado.

—Una prima de la marquesa de Casa Argudín —le respondieron.

Enseguida averiguó su nombre y supo que llevaba una vida algo retraída a causa de la enfermedad de su madre.

Amante de la música, Casilda era asidua a las funciones del Real.

A Miguel no le importó su desinterés por la ópera. Una noche acudió al teatro para subir al palco de los marqueses de la Casa de Argudín y poder contemplar de cerca a su amor platónico. Paradójicamente, el héroe en los combates librados siete años atrás en Melilla, y muy especialmente en la batalla en Cabrerizas Altas, tras la cual había sido ascendido a capitán y condecorado con la Cruz de Primera Clase de San Fernando con apenas veinticuatro años, sintió más miedo aquella noche que en el mismo frente de guerra.

Él mismo reconocería, años después, que nunca experimentó tanto pánico como ante la acogida que le aguardaba aquella noche en el palco del Real. Pero los Argudín, a quienes conocía de Cuba, le saludaron amablemente presentándole a su hija ante la que él cayó rendido como un vasallo ante su reina.

«Desde entonces se hacía el encontradizo, persiguiéndola por iglesias y teatros y buscando amigos que les pudieran reunir», señala Azpillaga.

La familia Sáenz de Heredia y Suárez de Argudín era patriota por los cuatros costados. Regresó a España, desde La Habana, antes de concluir la guerra contra Estados Unidos en 1898, durante la infancia de Alfonso XIII y la regencia de su madre, la reina María Cristina de Habsburgo, con Práxedes Mateo Sagasta como presidente del Gobierno.

El futuro abuelo materno de Pilar, Gregorio Sáenz de Heredia y Tejada, era de noble alcurnia y poseía en Alfaro (Logroño) un palacio que él mismo mandó construir en 1871, repleto de blasones y hasta con un teatro y una pequeña plaza de toros donde Pilar y sus hermanos pasaron parte de su más tierna infancia. El edificio se levantaba sobre la antigua casona que albergó al primer rey Borbón, Felipe V, durante sus breves estancias en la ciudad en 1711, de cuyo recuerdo todavía se conservan hoy en el vestíbulo unas gruesas cadenas. Ubicado en la calle Mayor, el palacete acoge en la actualidad el colegio de las Madres del Amor Misericordioso.

Don Gregorio fue abogado y magistrado de la Audiencia de Cuba y Puerto Rico, y clavero mayor de la orden de Santiago. Se había casado ya maduro con una bella dama de la alta sociedad habanera: Ángela Suárez de Argudín y Ramírez de Arellano. Con su habitual ironía, José Antonio, al recordar sus apellidos familiares, comentaría luego: «Soy un desgraciado a quien es imposible hacerse tarjetas al minuto».

Nacida en San Sebastián, el 15 de octubre de 1879, Casilda era la única mujer entre seis hermanos varones: Cesáreo, Antón, Pepe, que murió joven, Ángel, Gregorio y Ramón. Varias hermanas suyas, llamadas una tras otra Teresita, se malograron en los sucesivos partos de doña Ángela.

Bautizada en la parroquia de Santa María por don Norberto Sarobe, con los nombres de Casilda de la Caridad, María Teresa, Rafaela y Gala, la madre de Pilar aprendió con los años a hablar francés e inglés, y a educar con pasmosa facilidad su oído para la música hasta ser capaz de entonar arias con voz casi angelical.

Físicamente, José Antonio era un calco de su padre, pero había heredado de su madre los ojos azul verdosos tan penetrantes.

Aún tuvo Miguel, flamante teniente coronel de infantería, que vencer en el más difícil campo de batalla del corazón a un poderoso contrincante que aspiraba a desposarse con su amada Casilda. Auspiciado por los propios hermanos de ella, de quienes era amigo, Rafael Cebrián, conde de Fuenclara, era un hombre apuesto y gallardo que gozaba de predicamento en la Corte, acreditado por su extensa amalgama de títulos con Grandeza de España.

Todos alentaban ese noviazgo. Empezando, claro está, por la propia madre del novio, marquesa de Pico de Velasco, para quien la joven y bella Casilda encarnaba todos los encantos con que deseaba complacer a su hijo del alma.

Se adelantó incluso la fecha de la boda. El pretendiente ofreció a la novia, durante la petición de mano, una ostentosa pulsera con un grueso zafiro rodeado de hermosos brillantes. Los periódicos anunciaron el enlace, como harían años después con el de la duquesa de Luna, el gran amor de José Antonio, con Mariano de Urzáiz, conde de El Puerto. Sólo que el padre de Pilar, a diferencia de su primogénito José Antonio, logró salirse al final con la suya. Previamente, en el hotel de la Castellana, esquina con la calle María de Molina, donde Casilda residía con sus padres desde su llegada a Madrid, se decoraron los salones para la exposición de regalos junto al ajuar de la novia, cuya ropa bordada de encajes y gasas llevaba la corona condal.

Como era costumbre, se exhibieron los vestidos en maniquíes que todos los visitantes alababan. Únicamente el novio, señalando un día los encajes vaporosos, osó decir: «Mejor sería un buen collar de perlas, para poderlo empeñar en un momento dado…».

Dolida por el comentario, Casilda se retiró del salón para encerrarse en su cuarto mientras Rafael Cebrián abandonaba la casa a la que no regresó jamás. Poco después, él contrajo matrimonio con Gloria, condesa de Requena, una de las hijas de la marquesa de la Laguna.

Desde entonces Elvira Lazcano, amiga íntima de Casilda y confidente de sus amoríos, influyó decisivamente en la boda con Miguel, pues su familia estaba emparentada con los Dávila, que a su vez lo estaban en grado muy cercano con los Orbaneja. A este propósito, recuerda Ana María de Azpillaga: «En su casa [la de Elvira Lazcano] y en torno a una camilla con humeantes jícaras de chocolate, se hicieron aquellas relaciones entre dos seres tan distintos como Miguel, apasionado, vehemente, sociable por excelencia, y Casilda, tímida, reservada y retraída del mundo. El uno desconocía la música, la otra era toda armonía. Él era un soldado con una admirable salud, ella era una delicada flor de los trópicos. Ella era muy celosa en sus afectos, él, en cambio, por su misma expansiva vitalidad y su desbordante simpatía, fue siempre muy inclinado a disfrutar de los encantos del bello sexo».

En sólo seis años de matrimonio, disuelto por su prematura muerte, Casilda vivió ajena todo lo que pudo a las fiestas de sociedad, que constituían para ella un verdadero calvario. Atormentada por los celos, igual que su padre, sufría lo indecible observando a su esposo convertido en el centro de las conversaciones y miradas femeninas a las que él correspondía gustoso y parlanchín. Cuando éste veía a su esposa consumida por los celos, le replicaba: «Pero ¿qué tienes que temer…? Tú sabes bien que después de haber conocido mujeres en los cinco continentes tú y sólo tú has sido la elegida».

La víspera de la boda, Casilda había confesado una vez más a su amiga Elvira Lazcano su enamoramiento del novio: «Miguel es tan distinto de todas las personas que he tratado y es tan sincero, que en vez de ofrecerme ensueños y glorias me ha dicho: “De mí ya sabes que no puedes esperar ni títulos, ni fortuna, ni honores; mas lo único que sí te prometo es que conmigo vivirás un gran amor”».

El enlace se celebró el miércoles 16 de julio de 1902, festividad de la Virgen del Carmen, en el recogido oratorio del hotelito de la Castellana; si bien la firma del acta matrimonial tuvo lugar en la iglesia del Buen Suceso.

Los recién casados partieron aquella misma noche a Barcelona, camino de París, donde pasaron su breve luna de miel a la que sobrevendría otro día 16, pero de marzo de 1930, en la misma capital francesa, la luna de hiel: el inesperado fallecimiento del general en la asfixiante soledad del destierro.

cap-5

El padre

No hagáis caso de novelas policíacas.

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA

Pilar guardaba como oro en paño, al final de su vida, las seis cuartillas manuscritas rubricadas por José Calvo Sotelo con motivo de la muerte de su padre en París, a los sesenta años, el domingo 16 de marzo de 1930.

Frases sentidas y espontáneas, redactadas con la tinta negra de su estilográfica, de riguroso duelo, bajo el membrete del hotel Continental donde se hospedaba entonces el líder monárquico. Un bello homenaje póstumo, escamoteado curiosamente por Pilar en sus memorias, del antiguo ministro de Hacienda al hombre, político y militar que tanto había confiado en él.

Ante el cuerpo inerte del general caído en el amargo exilio («Él murió de diabetes, pero sobre todo de tristeza, al ver cómo se estaba destrozando España», advertía su hija Pilar), tendido en una amplia cama de bronce encuadrada entre dos mesillas con sus pantallas verdes, Calvo Sotelo sintió, en sus propias palabras, «un escalofrío medular».

Horas antes, el moribundo aún bromeaba sacando fuerzas de flaqueza: «Casi creo que estoy en casa», decía complacido, al advertir que las iniciales del hotel coincidían con las suyas, pues desde las toallas hasta las sábanas y los manteles estaban bordados con las letras «P. R.».

Desde su misma llegada a París, se alojó en el sencillo hotel Pont-Royal, situado en la calle du Bac, frente a la iglesia de Santo Tomás de Aquino y en pleno barrio de Saint Germain. El patio central acristalado, cubierto con un sinfín de plantas y flores, le recordaba con nostalgia a un rincón típico sevillano.

El general rechazó amablemente el gabinete con saloncito que le ofreció el director del hotel, para instalarse en la habitación número 70 de la que ya nunca más saldría con vida, sino como cadáver embalsamado en el interior de un féretro de caoba revestido de plomo, con incrustaciones de plata y un crucifijo del mismo metal, en cuya caja se había practicado una pequeña abertura para que su rostro pudiese ser reconocido al llegar a la frontera, de regreso a Madrid, donde recibió cristiana sepultura en el cementerio de San Isidro.

Profanado su cuerpo por unos vándalos durante la Guerra Civil española, se dispuso su traslado a la iglesia gaditana de la Merced, en su pueblo natal de Jerez de la Frontera, donde hoy reposa.

Ante ese mismo cadáver escribió Calvo Sotelo su sentido obituario, como testigo de excepción:

Yace aún en el lecho. Sus manos, cruzadas, acarician una medalla, un rosario. Su faz, llena ahora, desafía serena y noblemente el pavoroso interrogante. Duerme, cerrados aquellos ojos penetrantes, nerviosos, que tantas almas y verdades y pasiones supieron taladrar. La frente ancha, despejada, sin una arruga, cobija para siempre un cerebro gigante que sólo latió por España y para España. Una monjita reza silenciosa. Y yo, mudo, rodilla en tierra, lloro con el alma y rezo también con el corazón.

Pero una inquietante pregunta sigue todavía hoy latente en las oscuras simas de la Historia, más de ochenta años después: ¿Murió envenenado el general, o lo hizo por causa natural, a raíz de la diabetes que padecía, complicada a última hora por un fuerte resfriado? Las versiones difieren por completo unas de otras.

Sigamos el rastro a los testimonios de los principales biógrafos de don Miguel sobre este auténtico enigma: Eduardo Aunós, por ejemplo, ministro de Trabajo durante la Dictadura, recordaba en 1944, siendo ministro de Justicia con Franco, en alusión al padre de Pilar, que «la víspera de su muerte asistió a una representación de Cyrano de Bergerac, de Rostand».

Pero ¿acaso un hombre al borde de la muerte estaba en condiciones de presenciar, como cualquier otro espectador, una función teatral seguida de una suculenta cena, como enseguida veremos? ¿No resulta extraño que el mismo biógrafo Aunós incurriese en una palmaria contradicción, añadiendo a continuación que entonces «se observó una caída vertical, tanto en su estado de ánimo como en su aspecto exterior»? ¿Cómo era posible que aquella misma mañana, el hombre que horas después asistió al teatro y cenó en compañía de varios comensales, hubiese manifestado al periodista Mariano Daranás, del diario El Debate, sentir «un ahogo; una asfixia de un extremo a otro del pecho, como una especie de cuerda tirante debajo de la garganta», concluyendo que tenía «el presentimiento de que es una angina de pecho; algo grave»?

Sabemos que el general tenía previsto viajar a Frankfurt con su hijo Miguel para someterse a un tratamiento de rehabilitación en una clínica especializada.

Si retrocedemos hasta el 17 de febrero, un mes antes de su muerte, hallamos una reveladora carta del general a su homólogo de armas y sucesor al frente del Gobierno, Dámaso Berenguer, en la que, tras referirle el consabido intercambio de puñetazos entre su hijo José Antonio y el general Queipo de Llano, añade así de radiante:

He aceptado escribir cuatro artículos para La Nación, de Buenos Aires, sobre la génesis, desarrollo y fin de la Dictadura, que estoy seguro van a ser un sedante que contribuirá mucho a calmar las pasiones y fortalecer el estado actual de las cosas. Además, me los pagan espléndidamente, ocho mil pesetas, que costeará la estancia mía y de mis hijas en París, donde lo paso muy bien, rehuyendo exhibiciones y me repongo de salud, pues las últimas semanas no conciliaba el sueño en Madrid.

Pilar guardaba también sepulcral silencio en su autobiografía sobre el almuerzo ofrecido entonces por José Quiñones de León, embajador español y albacea testamentario del rey Alfonso XIII, con motivo de su llegada y la de su hermana Carmen a París para acompañar a su padre en el exilio. Almuerzo de carácter íntimo al que asistieron también el mariscal Pétain con su esposa, entre otros ilustres comensales como Luis Soler Puchol, secretario de la embajada española en París, quien señalaba esto mismo: «Pese al régimen impuesto, el general comió con excelente apetito y ya a los postres, charlando con Pilar, que estaba a mi lado, me dijo que añoraba la comida casera, fatigada de la del hotel. Le evoqué el cocido madrileño. “¡Ay, qué rico!” Pues si tanto te agrada, tendrás cocido, respondí. A lo que el general, que no perdía comba, interrumpiendo exclamó: “¡Al que me apunto, desde luego!”».

El propio ex dictador escribió al marqués de Sotelo, presidente de la Unión Patriótica de Valencia, tan sólo seis días antes de morir:

Una agudización diabética, provocada por un fuerte enfriamiento, me ha tenido diez días ausente de nuestra vida nacional, en los momentos que más podían interesarme… Si tengo salud yo, y si me falta, otro español cualquiera volverá a dar la mano a la Patria…

Sin ir más lejos, el mismo día del fallecimiento, Eduardo Aunós anotaba esto otro:

Aquella mañana, sus hijos Miguel, Carmen y Pilar, cuando entraron a verle antes de ir a Misa, le hallaron más animado que el día anterior. Estaba sentado en la cama, disponiéndose a escribir sobre un bloc de cuartillas, esas cuartillas que fueron compañeras inseparables de su vivir apasionado y cordial. «Hijos míos —les dijo el general— he pasado una noche excelente y me siento mejor que nunca. Id a Misa tranquilos, pero no tardéis mucho en regresar.»

A juzgar por los testimonios de quienes acompañaron al general en aquellos días, no cabía esperar una muerte tan repentina, a no ser que alguien la hubiese provocado tal vez…

La carta del embajador Quiñones de León al presidente del Gobierno, Dámaso Berenguer, tres días después de producirse el fatal desenlace, arroja algo de luz:

¿Qué puedo decirte de la muerte del pobre Miguel, que en paz descanse? Desde hacía muchos días le veía mortalmente herido. Además, cuidado por un médico que tiene muy poco de médico, persona muy poco apreciable en todos los conceptos, no se sujetó al estricto régimen que su estado de salud requería. La diabetes había adquirido enormes proporciones y la amenaza de la angina de pecho era constante.

El mismo doctor Bandelac de Pariente, a quien Quiñones consideraba mal médico y peor persona, fue quien firmó el certificado de defunción esgrimiendo como mortis causa una «embolia»; pese a lo cual, Aunós daba fe de la sorprendente paradoja en que incurrió luego el galeno en su propia presencia y en la de Calvo Sotelo: «Meses más tarde, ante nosotros [el propio Bandelac] dijo que creía, no obstante, en la tesis del envenenamiento», aseguraba el biógrafo.

¿Quién era en realidad Alberto Bandelac de Pariente? Judío sefardita, había nacido en Tánger en 1870, aunque más tarde se nacionalizó español.

Bandelac se había formado en la Alianza Israelita Universal y estudiado medicina en París, donde trabajó como doctor en la embajada de España y fue luego director del Hospital Español. Por sus manos pasaron otros egregios personajes como el rey Alejandro de Serbia o el infante sordomudo don Jaime de Borbón, segundogénito de Alfonso XIII.

El también biógrafo del general, César González-Ruano, lo mismo que Ana María de Azpillaga, hace suya la versión original de Aunós, según la cual don Miguel falleció inopinadamente mientras sus hijos asistían a la Santa Misa: «Una hora después —relataba el ex ministro— volvía su hijo Miguel, quien, al aproximarse al lecho, vio a su padre como en actitud de descansar, inclinada su cabeza sobre el hombro derecho. Creyendo que se trataba de un desvanecimiento, llamó al médico de cabecera, quien no pudo sino certificar su fallecimiento producido, según él diagnosticó, por una embolia».

A lo que Azpillaga, añade: «Entraron Carmen y Pilar que, llorosas al verle, le abrazaron tratando de reanimarle, pero no había nada que hacer».

Pilar tampoco desvela en sus memorias un solo detalle de aquellos cruciales momentos. Pero el hallazgo de un revelador documento nos permite conocer por fin ahora lo que en verdad sucedió la fatídica mañana del 16 de marzo en la habitación número 70 que ocupaba el general Primo de Rivera.

Se trata de una carta del sacerdote Emilio Martín, misionero de los Hijos del Inmaculado Corazón de María, a quien la propia Pilar telefoneó angustiada para que acudiese de inmediato a administrar los santos sacramentos a su padre moribundo; señal inequívoca de que, al contrario de lo que todos sus biógrafos sostienen, el general no expiró mientras sus hijos asistían a misa.

Destinado en la Misión Española de la citada orden religiosa, instalada entonces en el número 51 bis de la rue de la Pompe, el padre Emilio M

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos