Asesinos seriales

Néstor Durigon

Fragmento

Introducción a la criminología

Desde tiempos remotos, la conducta del hombre siempre ha preocupado a los investigadores y desatado controversias. Por eso, para analizarla, surgieron las escuelas jurídico-penales, que han profundizado los estudios, buscando respuestas a sus más oscuros interrogantes. Términos como «causal-explicativas», «normativas» y «aplicativas» provienen de ese esmerado estudio de la naturaleza de la conducta humana.

La ciencia causal-explicativa estudia tanto el comportamiento del hombre como el origen de su conducta, y su única limitación es su propio margen de investigación. Los comportamientos que están fundados en las normas legales o regulados por ellas atañen a la ciencia normativa, y su campo de investigación es menos amplio que el de la ciencia causal-explicativa, porque no excede el marco de las normas. Por último están las ciencias aplicativas, que constituyen un conjunto de técnicas que utilizan el material científico de las otras ciencias para facilitar el desentrañamiento de los interrogantes que podrían surgir en ellas.

La criminología ayuda a estudiar el delito, aunque esto no signifique que sea su objeto exclusivo. La ciencia causal-explicativa intenta explicar el origen y el desarrollo del delito dentro de la sociedad que lo produce. La ciencia normativa estudia los modelos de comportamiento humano que la ley describe como delito y todas las sanciones que se pueden aplicar para cada comportamiento establecido. La ciencia aplicativa se ocupa de indagar las circunstancias témporo-espaciales en las que se realizó el hecho punible, además de los instrumentos y las personas involucrados.

De este modo, podemos establecer que la criminología es una ciencia causal-explicativa; el derecho penal, una ciencia normativa, y la criminalística, una ciencia aplicativa.

La lucha contra el delito y la preocupación científica en torno a este fueron dos objetivos fundamentales de las ciencias normativas durante la Antigüedad y la Edad Media. Tanta fue la importancia que se le dio a estos temas que se llegó a consultar a grandes filósofos de la talla de Hesíodo, Pitágoras, Heráclito, Protágoras, Sócrates, Platón y Aristóteles, para que dieran su opinión sobre el problema de los delincuentes y el castigo que se les debía aplicar. Sin embargo, en aquellos tiempos no existía el presupuesto operandi necesario para encarar una investigación seria, y no se pudieron coleccionar las experiencias adquiridas de modo sistemático por falta de un sentido científico realista.

En la época medieval, las bases de la filosofía del derecho penal que estableció Santo Tomás de Aquino con la Escolástica presentaban las mismas falencias. Fue en la Edad Moderna, con el ímpetu de la Ilustración, cuando se comenzaron a investigar los fenómenos reales, algo que solo se realizó con verdadera intensidad en el siglo XIX, abarcando tanto los planos físicos como los psíquicos conectados con el delito. Todavía la criminología no era una ciencia independiente, cultivada de modo sistemático, sino que se definía como el resultado de las diversas ramas de la investigación del hombre. Recién cuando logró reunir todas las piezas dispersas, se desarrolló como disciplina propia. Su sustento está en las investigaciones médicas, sobre todo en la medicina legal, la antropología, la psiquiatría, la biología hereditaria y la psicología médica.

Ya en la Antigüedad, los médicos se ocupaban de cuestiones medicolegales aisladas, y algunos fueron considerados expertos. En 1249 se tomó en Bolonia el primer juramento para la redacción de dictámenes medicolegales, y B. de Varignana (†1318) practicó la primera autopsia para constatar un envenenamiento.

Se considera a César Lombroso el fundador de la criminología científica, aunque no podemos soslayar que anteriormente la materia ya hubiera sido abordada por muchos investigadores de numerosas ramas. Encontramos, por ejemplo, a Benedicto Agustín Morel, que hizo reflexiones similares a las de Lombroso con sus propias investigaciones. Más tarde, e impulsado por una fuerte intención político-criminal, Jeremías Benthan propuso reformas al sistema legal y penal inglés, en tanto que su compañero de ciencia, John Howard, impulsó movimientos de reformas a través de su obra El estado de las prisiones en Inglaterra y Gales (The State of the Prisons in England and Wales, 1777).

El objetivo fundamental de la criminología científica fue, por tanto, intentar involucrar al hombre en esta. Ejemplos de este empeño son Johann Caspar Lavater, con sus primeras publicaciones de fisonomía en 1775, y Franz Joseph Gall, el verdadero fundador de la antropología criminal, cuya obra magna Las funciones del cerebro (Sur les fonctions du cerveau) apareció en 1882.

Respetando las teorías de Morel, comenzó a considerarse que el crimen era una determinada forma de degeneración hereditaria en el individuo o incluso en su familia. Se intuía que los cráneos de los criminales tenían particularidades, y estas fueron halladas por el neurólogo y patólogo Paul Broca. En 1869 el arqueólogo norteamericano Thomas Wilson hizo investigaciones sobre 464 cráneos de asesinos, y en 1870 el médico de prisión escocés James Bruce Thomson publicó en el Journal of Mental Science el resultado de sus observaciones personales de más de 5000 presos.

La tesis de la locura moral (Schwachsinn) fue publicada por James Prichard en 1835. Entre 1873 y 1875, David Nicolson publicó sus trabajos sobre la vida psíquica del criminal y su tendencia a la locura, la imbecilidad y la ausencia de sensibilidad.

André-Michel Guerry encaró estudios a partir de principios completamente distintos de los conocidos y expuso sus conclusiones en el ensayo «Essai sur la statistique morale de la France» (Ensayo sobre la estadística moral de Francia), de 1833, y Adolphe Quetelet hizo lo propio en «Sur l’homme et le développement de ses facultés ou Essai de physique sociale» (El hombre y el desarrollo de sus facultades o Ensayo sobre la Física social), de 1836.

En Alemania, Georg von Mayr alcanzó fama por sus obras Estadística de la policía judicial en el reino de Baviera, de 1867, y por La regularidad en la vida social, publicada diez años después.

Está claro que por aquellos tiempos, ante hechos relacionados con la criminalidad, dominaban el debate las ciencias del espíritu; aunque también es cierto que en los cien años anteriores a Lombroso se había seguido un camino empírico.

En Hispanoamérica el primer criminólogo fue José Ingenieros, seguido por los cubanos Ricardo A. Oxamendi y J. Morales Coello. Pero para que la verdadera criminología del hombre hispanoamericano se hiciera posible aún faltaba un largo trecho por recorrer, aunque Luis Carlos Pérez utiliza datos sobre la criminalidad de menores y mujeres en Colombia; Huarcar Cajías, en Bolivia, y el reconocido profesor venezolano José Rafael Mendoza ha presentado un libro con gran mérito expositivo.

Como decíamos, en un principio se creyó que el delito se debía a los defectos físicos y mentales del delincuente, y que era producto de caracteres hereditarios. Con el tiempo, el estudio del crimen y de los criminales se centró en la sociedad, hasta llegar a la conclusión de que las interrelaciones entre las personas, los grupos y el sistema en que viven y se mueven son las principales causas de la delincuencia. El delito se aprende y no se hereda, y esto lo explica claramente la sociología.

La criminología es una ciencia muy nueva que se basa en dos áreas de búsqueda claramente definidas, diferentes pero estrechamente relacionadas entre sí. La primera es el estudio de la naturaleza del delito dentro de la sociedad, y la segunda es el estudio de los delincuentes desde un punto de vista psicológico. Ambas teorías son más descriptivas que analíticas. Los eruditos en la materia estudian el comportamiento humano desde una perspectiva clínica o desde una perspectiva legal. Por esta razón la criminología está lejos de ser una ciencia exacta.

Valiéndose de estas perspectivas, la ley determina qué conductas son criminales y qué conductas no lo son. Por eso los científicos tratan de justificar por qué ciertas personas violan la ley.

De acuerdo con las creencias y las necesidades del ámbito social, podríamos discernir entre lo que es legal y lo que no lo es. Aunque el código penal expone nociones firmes sobre el mal y el bien, observamos que no todo lo malo en sentido moral es criminal, y que algunos actos, que por lo general no se consideran malos, deben ser penalizados. Por eso hay que tener en cuenta que, dependiendo de los diferentes comportamientos sociales, existen diferentes causas para cada delito.

Para una mejor comprensión de la criminología, debemos adentrarnos en el estudio de las escuelas jurídico-penales y de las teorías personales de algunos especialistas, puesto que los conceptos puramente jurídicos van entrelazados con los criminológicos; y de allí debe partir el análisis de los problemas normativos. El rápido desarrollo de estas escuelas y teorías en el siglo XX se debió a las continuas confrontaciones entre ellas, algunas de las cuales llegaron a la violencia. Uno de los avances más importantes que se obtuvo como resultado de esta lucha consistió en la delimitación de los campos, en la precisión de los métodos y en la colaboración entre profesionales, que hasta este momento habían trabajado cada uno por su lado.

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ESCUELA CLÁSICA

Durante los siglos XVII y XVIII (Siglo de las Luces) surgieron nuevas clases sociales, como la que integraron los mercaderes, los banqueros y los hombres de negocios o burgueses. El esfuerzo del trabajo excesivo y del pensamiento racional llevó al despertar de la ética protestante y a que las personas anhelaran el éxito personal. Comenzó a cambiar la manera de pensar, y la cultura se volcó hacia las ciencias, en lugar de persistir en los antiguos caminos de Dios. Entonces se comprendió que el hombre siempre había experimentado dolores y placeres, y el Estado dejó de ser observado como una entidad divina que imponía castigos y reglas para todos los ciudadanos; se le exigió, en cambio, que siguiera los dictados de la razón.

La reforma clásica se inició en la última mitad del siglo XVIII, en Inglaterra e Italia, y se extendió a Europa Occidental y a los Estados Unidos. Desde el punto de vista histórico, la escuela clásica no existió como tal hasta la llegada de Enrico Ferri, que comenzó a llamarles clásicos a los juristas prepositivistas posteriores a Cesare Beccaria.

Con solo 26 años, en 1764 Beccaria escribió De delitos y castigos, una obra que impulsaba la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley; proponía escribir las leyes para que pudieran ser leídas y comprendidas por todos los ciudadanos y no solo por máximos juristas; sugería que la interpretación de estas no fuera desviada de la moral por los juristas o jueces, y, finalmente, planteaba la necesidad de limitar el ámbito de las leyes penales al mínimo necesario, para restringir el delito.

Gracias a la escuela clásica, finalizaron la barbarie y la injusticia que el derecho penal representaba, y llegó la humanización por medio del respeto a la ley, el reconocimiento de las garantías individuales, y la limitación al poder absoluto del Estado.

Los postulados de la escuela clásica son los siguientes:

1. El derecho natural como base filosófica.

2. El respeto absoluto al principio de legalidad.

3. La consideración del delito como un ente jurídico y no como un ente filosófico.

4. El libre albedrío.

5. La aplicación de las penas a los individuos moralmente responsables.

6. La exclusión del derecho de quienes carecen de libre albedrío, como los locos y los niños.

7. La pena como retribución que hace el criminal por el mal que hizo en la sociedad.

8. La exactitud en la retribución.

9. Las penas como sanciones aflictivas determinadas, ciertas, ejemplares, proporcionales; deben reunir los requisitos de publicidad, certeza, prontitud, fraccionabilidad y reparabilidad, y en su ejecución deben ser correctivas, inmutables e improrrogables.

10. La finalidad de la pena es restablecer el orden social externo que ha sido roto por el delincuente.

11. El derecho de castigar pertenece al Estado a título de tutela jurídica.

12. El derecho penal es garantía de libertad, ya que resguarda la seguridad jurídica ante la autoridad.

13. El método debe ser lógico-abstracto, silogístico y deductivo.

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ESCUELA POSITIVA

Contrariamente a la escuela clásica, la escuela positiva tuvo una existencia real, integrada por un grupo de juristas que desafiaron a otros para imponer sus ideas. Estaba constituida por una clase de intelectuales que reconocían a Lombroso como su líder, y sus conocimientos como doctrina.

Nació de los excesos de la escuela clásica, de su abuso de la dogmática, del olvido del hombre delincuente, y de considerar que había agotado la problemática jurídico-penal.

El principal medio de difusión de esta escuela fue la revista Archivi di psichiatria, scienze penali e antropologia criminale, y su vida ha sido agitada y fecunda, llena de aciertos y de errores. Así como ha tenido muchos seguidores, también están los que la contradicen fervientemente.

Los postulados de la escuela positiva son los siguientes:

1. El método científico.

2. El delito como hecho de la naturaleza que debe estudiarse como un ente real, actual y existente.

3. El determinismo, totalmente privativo de esta escuela.

4. La sustitución de la responsabilidad moral por la responsabilidad social, puesto que el hombre vive en sociedad y será responsablemente social mientras viva en sociedad.

5. El hecho de que no haya responsabilidad moral no quiere decir que se pueda quedar excluido del derecho.

6. La sustitución del concepto de «pena» por el de «sanción».

7. La aplicación de la sanción de acuerdo a la peligrosidad del criminal.

8. La duración de la sanción según la duración de la peligrosidad del delincuente; por eso las sanciones son de duración indeterminada.

9. La afirmación de que la ley penal no restablece el orden jurídico, sino que tiene por misión combatir la criminalidad, considerada como fenómeno social.

10. El derecho a imponer sanciones pertenece al Estado a título de defensa social.

11. La consideración de que más importante que las penas son los sustitutivos penales.

12. La aceptación de «tipos» criminales.

13. Los estudios antropológicos y sociológicos como base de la legislación penal.

14. El método inductivo-experimental.

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TEORÍA DE LA INTELIGENCIA
Y LA DELINCUENCIA

Esta teoría, desarrollada por Harry Godland, indica que la incapacidad mental es la única causa de la criminalidad. Surge después de un estudio realizado por Godland durante los años 1910 y 1914, por medio del cual sometió a pruebas a cerca de 150.000 reclusos condenados, entre los cuales halló que un 50 % de ellos tenía alguna deficiencia mental.

Los postulados de esta teoría son los siguientes:

1. El débil mental sería un tipo de delincuente.

2. Las personas nacen con debilidad mental o con inteligencia normal.

3. En la mayoría de los casos, estas personas conocen los delitos peligrosos de asalto y los delitos sexuales.

4. Los débiles mentales cometen estos delitos por la ausencia de factores inhibitorios sociales, y no pueden exteriorizar lo descrito como bueno o malo.

5. Los débiles mentales no tienen la capacidad de prever la consecuencia de sus actos, y por lo tanto la amenaza penal no tiene efecto sobre esta clase de individuo.

6. Los débiles mentales son personas muy sugestionables, y cualquier otro criminal más inteligente lo puede llevar a cometer un delito.

7. Por ser débiles mentales, en los barrios donde existe una elevada criminalidad actúan por imitación.

8. Los seres inteligentes tienen la capacidad de ocultar el crimen, pero los débiles mentales carecen de esta capacidad.

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TEORÍA DE LA SEXUALIDAD
DE LOS NIÑOS Y PSICOANÁLISIS

Los postulados de esta teoría recién fueron comprendidos cuando Sigmund Freud desarrolló su teoría de la sexualidad humana, en la que define la relación infantil con los padres. Según Freud vivimos del pasado, debido a que somos susceptibles a este por la influencia directa de nuestra niñez en la vida adulta.

El ser humano en sus inicios era solo instinto, y a partir de ese momento fue creando nuevos instintos psíquicos: el «ello» (id), lo más primitivo, y el «yo» (ego), creado después, sobre la base de que, en un principio, solo éramos animales, y después nos desarrollamos sin dejar nunca de tener instintos, aunque solo en forma inconsciente.

El «yo» se relaciona con la voluntad interiormente, pero tiene otra instancia psíquica que es el «super yo», formada cuando el niño nace y es sometido a la autoridad de sus padres, primero, y de las otras personas, después. Allí podemos encontrar las reglas y las pautas de lo bueno (lo que se debe hacer) y de lo malo (lo que no se debe hacer).

En lo interno del «yo», donde están la memoria y el «super yo», se puede llegar a la conciencia.

Tanto los principios que están en el «ello» como las normas del «super ello», como nuestra conciencia y las exigencias del mundo exterior, influyen en la conducta humana, que es la realidad de un proceso complejo.

La fuerza que lleva el instinto es la libido, placer físico que Freud llama placer sexual, planteándonos que el ser humano tiene experiencia sexual en tres fases definidas desde el momento que nace:

1) La fase moral

2) La fase de agresión

3) La fase fálica

Los sueños son el mensaje del subconsciente y expresan siempre la realización de un deseo. Si estos sueños producen angustias, las personas se despiertan para protegerse; estas angustias afectan el desarrollo de las personas. El sueño es el resultado de un compromiso entre las ideas del «yo» y las ideas latentes que se expresan en él.

Para explicar la criminalidad, Freud decía al principio que los delincuentes carecen de «super yo», pero esto era ilógico, ya que, si una persona tuviera solo instinto, actuaría como un animal y sería imposible convivir con ella. Más adelante realizó otro planteamiento, en el cual indicó que el problema de la criminalidad es producto del «super yo», y se explicaba por una deficiencia educativa. Al crecer, ese niño no había podido formar un «super yo» adecuado, y esta instancia no había podido cumplir su función.

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LA CRIMINOLOGÍA CLÍNICA

Definida por Benigno di Tullio como la ciencia de las conductas antisociales y criminales, la criminología clínica se basa en la observación y el análisis profundo de casos individuales normales, anormales o patológicos. Esta corriente intenta dar una explicación integral a cada caso, considerando al ser humano como una entidad biológica, psicológica, social y moral. Aparentemente, el término proviene de Lombroso y deriva del griego cline, «lecho»: el médico clínico observa, diagnostica y le da su pronóstico al paciente que se encuentra en la cama.

En sus premisas la criminología clínica considera que la conducta humana está condicionada por múltiples factores biológicos, psicológicos y sociales, y que se debe averiguar, caso por caso, qué circunstancias motivaron que la persona cometiera un delito. Los pasos que se deben seguir son:

1. Entendimiento directo con el delincuente.

2. Examen médico.

3. Examen psicológico.

4. Encuesta social para investigar el medio en que se desarrolló la persona.

El trabajo clínico debe ser interdisciplinario, vinculado con el funcionamiento de las prisiones. Este trabajo permite conocer qué actitud tomar frente al individuo, para establecer el diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento sin inconvenientes.

La «peligrosidad» es un concepto clave de la escuela clínica, que se basa en el supuesto de que existe una causa que conduce a la persona a delinquir, por la que se puede determinar si seguirá delinquiendo y en qué medida. El diagnóstico determinará el grado de peligrosidad del individuo, para el cual entran en juego los siguientes aspectos:

a) Capacidad criminal: cantidad de delitos que el individuo puede cometer.

b) Adaptabilidad: capacidad de adaptación del individuo al medio en que vive.

De todas formas, la problemática más difícil de determinar es el paso al acto criminal, por lo que hay que observar cuatro fases importantes:

a) Consentimiento mitigante: el delincuente concibe y no rechaza la posibilidad del delito.

b) Consentimiento formulado: la persona decide cometer el delito.

c) Estado de peligro.

d) Paso al acto: La comisión del delito.

Dentro de la criminología clínica, Edwin Sutherland fue quien incorporó la variante de «delito de cuello blanco», definiéndolo como «un ilícito cometido por una persona de respetabilidad y estrato social alto en el curso de su ocupación», con las siguientes conclusiones:

1. La delincuencia de las empresas y de los ladrones de cuello blanco son reincidentes.

2. El delincuente tiene miedo a la denuncia.

3. Los hombres de negocios expresan el mismo desprecio hacia la ley que los demás.

4. Son crímenes bien organizados. A diferencia del ladrón común, el de cuello blanco no se considera un delincuente.

5. El delincuente expresa públicamente su adhesión a la ley, aunque en privado la viola.

6. Es un delito oculto, una manera de lograr la imputabilidad a través de abogados expertos.

7. En términos históricos, el delincuente advierte que muchas de las grandes fortunas se deben a la práctica ilícita.

Esta investigación de Sutherland cambió toda la criminología, ya que contradijo la premisa de que el delito debía explicarse a partir de los problemas psicológicos. Su conclusión fue que se debía incluir a las clases medias y altas en el fenómeno de la criminología.

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LA TEORÍA DEL APRENDIZAJE

De acuerdo con esta teoría, las consecuencias biológicas centradas en las experiencias individuales pasan a un segundo plano. Lo importante para comprender la criminalidad es analizar el entorno de la persona.

Nils Christie realizó un experimento para confirmar una hipótesis planteada en Noruega a finales de la Segunda Guerra Mundial. En 1942, se llevaron a ese país prisioneros de distintas nacionalidades y fueron puestos en cárceles custodiadas por carceleros noruegos. En menos de un año, más de la mitad de los prisioneros murieron a causa del hambre y de los malos tratos. Se comprobó que fueron torturados y que entre el carcelero y los prisioneros no existía ningún tipo de relación afectiva. En 1952 Christie investigó a estos carceleros para determinar su conducta, y encontró los siguientes resultados:

1. No existía gran diferencia entre las características personales de un guardia torturador y las de uno no torturador.

2. Todos los guardias tenían características comunes al resto de la población en Noruega.

Las características del grupo de prisioneros eran las siguientes:

1. El hambre extrema daba como resultado que cualquier corte o herida despidiera mal olor.

2. Esta circunstancia causaba alteraciones en la conducta, y hacía que los carceleros vieran a los prisioneros como personas de carácter no humano y por eso los torturaran.

En conclusión tenemos la posibilidad de actuar con crueldad sin que se nos considere asesinos. A partir de esta observación se realizó un experimento efectivo, en el que se comprobó la obediencia a la autoridad, poniendo a los carceleros bajo la observancia de otra persona. Es decir, se buscó probar que muchas personas son capaces de hacerle daño a otra, siempre y cuando ese daño no se defina como perjudicial y dañino, o esté prohibido.

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ESCUELA ECLÉCTICA

Esta escuela tiene el mismo fundamento teórico que la escuela clásica: el contrato social. No es una escuela en sí, sino la reunión de varias escuelas asociadas a esta corriente. La diferencia con las escuelas clásica y positiva es que en estas había una serie de normas que, de no coincidir con alguna, se rompía con todas las demás. Era un esquema casi perfecto, y el objetivo de la escuela ecléctica fue romper con esas reglas o esquemas monolíticos, y crear algo diferente.

Su premisa básica es la igualdad material y, como en la escuela clásica, su responsabilidad se afianza en lo individual, pero añadiéndole el concepto de «situación», referido al medio físico y social. Como consecuencia de la introducción del concepto de «situación» en el grado de responsabilidad del individuo, la escuela logra la contención punitiva por razones subjetivas y conserva dicha disminución por razones objetivas.

La integración entre el derecho penal y la criminología requiere una gran madurez en ambas disciplinas. Se insiste sobre la madurez de estas ciencias porque en aquella época el derecho penal aún no había alcanzado su madurez y la criminología recién daba sus primeros pasos.

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ESCUELA SOCIAL

Promovida por el filósofo Émile Durkheim, esta escuela tiene su fundamento en la dialéctica. Sus antecedentes provienen, en especial, de Alexandre Lacassagne, quien sentenció lapidariamente: «Las sociedades tienen los criminales que se merecen, y el medio social es el caldo de cultivo de la criminalidad, mientras que el microbio es el criminal».

Para la escuela social, el presupuesto operandi es la desigualdad material y la división del trabajo, y no la igualdad del contrato. La responsabilidad penal es propia del individuo, y plantea una depuración de las fuerzas sociales. Su sistema jurídico reclama, ante todo, una justicia social y tiene un criterio político que busca la comprensión y las mejoras sociales.

En cuanto a los delincuentes, esta escuela se ocupa de estudiar su problemática dentro de un enfoque sociológico, desplazando la patología del campo individual al social. También introduce el estudio de la motivación del delincuente y establece la medición punitiva basándose en factores objetivos y subjetivos. Naturalmente, no solo aprueba la atenuación punitiva, derivada de ambos factores, sino que también admite la exclusión de la responsabilidad. La escuela social fue la primera en distinguir lo patológico de lo no patológico, poniendo énfasis en esto último. Al calificar al delincuente, contempla claramente las anormalidades biológicas y las psicológicas, lo cual nos permite decir que tiene una interpretación legal psico-socio-jurídica. Esta escuela da un fuerte impulso a la criminología, y favorece su maduración en busca de una integración ulterior, todavía inexistente, con el derecho penal.

El mayor mérito de la escuela social reside en introducir el concepto de «función social del derecho», en el que la ley aparece como el mejor mecanismo ideado para lograr una justa composición y un equitativo desarrollo de toda la sociedad. Este concepto introdujo a su vez cambios importantes en el derecho privado y en el derecho público, como las figuras del abuso del derecho y de la expropiación. También generó la eliminación de la arraigada separación tajante entre lo privado y lo público, división sobre la que se basan todos los sistemas jurídicos.

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ESCUELA ANÓMICA

Como su nombre lo indica, su fundamento teórico está basado en la anomia, situación en la cual el desarrollo social desborda el control institucional. Su presupuesto operandi está basado en la desigualdad material y en la mayor división del trabajo. Mantiene el concepto de responsabilidad en el campo individual, pero introduce la tendencia a socializarlo.

La finalidad de su sistema jurídico es el hallazgo de un nivel natural en la escala de méritos. Su enfoque es sociológico y está dirigido a la contracultura, desechando por completo la cultura. Solo el proletario aparece representado en las estadísticas de criminalidad, y no ignora la motivación del delincuente, aunque no la considera el punto principal de discusión, puesto que considera que la motivación importante no se genera en el individuo sino en la sociedad.

Al centrar el foco eruptivo de la delincuencia en el marco social y no en el individuo, la medición punitiva pierde importancia, porque es de poca utilidad en el tratamiento de la delincuencia, al mantenerse, erróneamente, dentro de rigurosos esquemas individuales. Su aporte principal ha sido la interpretación de la delincuencia proletaria, estadísticamente representada en las cifras policiales de criminalidad. Este aporte ha sufrido las peores críticas y los más tajantes rechazos.

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ESCUELA ECOLÓGICA

Escuela con sede en Chicago y producto de las inmigraciones incontroladas de europeos, en su fundamento teórico afirma que la formación de la sociedad es orgánica y no contractual. Su presupuesto operandi está basado en la desigualdad material y en la excesiva división del trabajo. Su responsabilidad deja de ser individual y se convierte en social y grupal. La finalidad de su sistema jurídico es encontrar el equilibrio biótico-social, y su principal aporte es intentar interpretar la delincuencia de la mafia.

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CONCLUSIÓN

Tal como hemos observado, Lombroso, el padre de la criminología, es reconocido por la sistematización de una serie de conocimientos, teorías e investigaciones que se encontraban totalmente dispersos. Sabemos que no fue original, ya que antes que él otros filósofos habían mostrado su inquietud, aunque resultaran un tanto retraídos para exponer sus ideas. De todas formas, este criminólogo italiano terminó creando una nueva ciencia. Una ciencia que intenta dilucidar por qué el hombre mata sin razones aparentes.

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PERFIL DEL ASESINO SERIAL

Al abordar el tema de los asesinos seriales, es frecuente descubrir que tanto el investigador neófito en este tipo de hechos como cualquier otra persona interesada en comprender el comportamiento de estos singulares personajes y sus actos se encuentran con la intrincada complejidad que encierra este particular capítulo de la tipología criminal. Aparecen nuevos términos, que van desde las simples explicaciones de la policía hasta las complicadas definiciones de los psiquiatras con su entreverada descripción de lo que llaman «pautas de comportamiento». De este modo, surgen términos tales como «trastorno antisocial de la personalidad», «psicótico», «psicópata», «sociópata», «esquizofrenia» y el DSM IV entre los científicos, y «asesino múltiple», «asesino en masa» o «asesino excursionista» en los terrenos más llanos.

Los medios de comunicación siempre han tenido un papel protagónico a la hora de desentrañar esta relación de palabras y terminologías que, generalmente, no ha logrado más que confundirnos si lo que pretendemos es tener una idea clara y objetiva sobre este tema de por sí complejo.

Aspectos de tanta relevancia como la clasificación de la escena del crimen, del tipo de crimen, o del modus operandi del asesino, e incluso del tipo de víctima y de su entorno, son sumamente importantes a la hora de realizar una investigación con una base sólida. Es entonces cuando empezamos a manejar con soltura las palabras características de esta tipología criminal, que nos ayudan a comprender mejor las motivaciones y las acciones consumadas por los temibles asesinos en serie.

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TIPOS DE ASESINOS EN SERIE

EL ASESINO EN MASA

Para clasificar a este tipo de criminal siempre debemos tener en cuenta el número de víctimas que ha causado, no menos de cuatro, y el hecho de que se encuentren todas en un mismo lugar (escena del crimen). Por lo general, las víctimas del asesino en masa pertenecen a un entorno que el homicida conoce a la perfección y puede que tengan (o no) relación directa con él. Hay que considerar también que es común que responsabilice a sus víctimas de sus propios problemas y que su acción esté motivada por una venganza, o que sea un medio para resolver sus conflictos. Este tipo de asesino está convencido de que es el dueño de la verdad, y es propenso a sufrir lo que habitualmente denominamos un «delirio», por lo que sus actos pueden originarse en una «psicosis», es decir, en la pérdida total de su contacto con la realidad ya sea a través de una causa endógena (esquizofrenia) o de una exógena (drogas u otro tipo de sustancias).

Cada tanto, los medios de comunicación nos conmueven con ejemplos clásicos de esta tipología, entre los cuales podemos ver casos de jóvenes que irrumpen en el aula de su colegio, disparando sobre sus compañeros y causando varias víctimas, para luego entregarse pasivamente o suicidarse. También podemos recordar esos casos en los que las víctimas pertenecen al entorno de una secta destructiva, y son influenciadas por un líder que las convoca a matarse con fines inciertos. En síntesis, nos encontramos frente una acción límite que adopta el individuo como única salida a su conflicto psicológico.

EL ASESINO MÚLTIPLE

Si hablando del asesino en masa enumeramos cuatro o más víctimas en un mismo lugar, en el caso del asesinato múltiple debemos referirnos a la ejecución de dos o más víctimas, pero en distintos lugares. Dentro de este marco se ubican dos tipologías diferentes: el denominado asesino excursionista y el asesino serial.

EL ASESINO EXCURSIONISTA

Seguramente, este es un tipo de homicida que rara vez encontraremos. Nos estamos refiriendo a un individuo que comete sus crímenes en lugares diferentes y en un lapso muy corto.

Este asesino carece de tiempo para serenarse entre la comisión de un hecho y el siguiente. Podemos decir que todos los homicidios son el resultado de un único suceso de inicio, y que apenas duran el tiempo que el criminal necesita para cumplir su fin.

En cuanto a la personalidad del autor, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que estaríamos ante una forma de esquizofrenia, más cerca de la tipología del asesino en masa que de la del serial.

EL ASESINO SERIAL

Para definir a este tipo de asesino podríamos decir que es aquel que comete tres o más acciones homicidas en periodos de tiempo que van desde unos pocos días hasta semanas, meses e incluso años. Esta cadena de asesinatos es producto de un apuro que no puede eludir. Es habitual que este individuo siga un patrón o pauta determinada, que irá perfeccionado progresivamente, ya sea con relación al lugar, al tipo de víctima o a lo que haga con ella.

Un rasgo importante entre los asesinos seriales es la personalidad: sea quien sea, siempre estaremos frente a un psicótico o a un psicópata, patología sumamente importante a la hora de investigar, ya que define su forma de actuar.

El asesino serial es ególatra, mentiroso, desprecia las normas sociales y los derechos del prójimo. Sobrevalora a las personas con el fin de tener una excusa para concretar sus objetivos. No cuenta con principios morales ni con sentimiento de culpa. Padece el trastorno característico que los especialistas llaman «trastorno antisocial de la personalidad». El asesino serial clásico siempre es conflictivo y no sufre remordimientos.

En forma externa es aparentemente afable, pero en algún momento aparecerá irremediablemente su yo criminal, que se disparará en forma repentina. Es muy probable que estas vivencias le provoquen un gran sentimiento de soledad, debido a que percibe que está actuando permanentemente y, como todo psicópata, seguirá pretendiendo obtener poder para compensar situaciones sufridas en la infancia.

No siempre es agresivo. Algunos asesinos seriales se imponen a través de la violencia, mientras que otros, la mayoría, recurren a maniobras de seducción. El seductor difícilmente mate, porque vuelca la agresividad en sus prácticas sexuales.

La mayor parte de los asesinos seriales son hombres, debido a que las mujeres son menos propensas a caer en depresiones. Estadísticamente, ellas solo representan el 11 % de los asesinos en serie. Por lo general, son mucho menos violentas que los homicidas masculinos y raramente cometen un crimen de carácter sexual. Cuando matan, no acostumbran usar armas de fuego y rara vez emplean armas blancas. Prefieren los métodos más discretos y sencillos, como el veneno. Son metódicas y muy cuidadosas. Planean el acto meticulosamente y de una manera tan sutil que los investigadores suelen caer en el desconcierto y, por lo general, pasa mucho tiempo antes de que sean identificadas y localizadas por la policía.

Siempre se creyó que una mujer que asesinaba repetidamente y sin motivo aparente sufría un caso de esquizofrenia o algún tipo de locura. Ante las evidencias recogidas, se realizaron estudios sobre el perfil psicológico de la mujer asesina serial, y se descubrió que, tras esos rostros delicados e inocentes, también podían ocultarse despiadadas mentes criminales.

SWANEY BEANE
El hombre de la caverna

Swaney Beane nació a finales del 1300 en el marco de una humilde familia granjera a las afueras de Edimburgo, cerca de la costa oeste de Escocia. Siendo muy joven, abandonó el hogar paterno y en compañía de su mujer emprendió un áspero viaje hacia el otro extremo del país. A mitad del camino, ambos decidieron refugiarse en el interior de una profunda caverna, cuya entrada no era más que una pequeña grieta a través de la cual se extendía una cueva de alrededor de una milla de largo. Esta caverna se convirtió en el hogar de los Beane durante los siguientes veinticinco años.

En un principio basaron su subsistencia en las pertenencias que les sustraían a los distintos viajantes que conseguían asaltar y asesinar por sorpresa. Pero, poco a poco, sus necesidades comenzaron a ser cada vez más apremiantes. Como tuvieron muchos hijos casi en forma ininterrumpida y como el incesto se fue convirtiendo en una práctica habitual dentro de la caverna (las relaciones entre hermanos, padres, madres e hijos eran algo cotidiano), la familia creció rápidamente y la necesidad de comida fue incrementándose en forma dramática.

Tal como era de esperarse, la solución a sus angustiantes problemas recayó una vez más en los viajantes que tenían la desgracia de pasar por las cercanías. Desde entonces, después de robarles y de asesinarlos, empezaron a transportarlos al interior de la caverna para comérselos. Los Beane se aficionaron tanto a la carne humana que durante esos 25 años comenzó a considerarse un episodio común la desaparición de viajeros en las extensiones rocosas de Galloway. Lo único que se rescataba de las pobres víctimas eran algunos restos aislados; partes de los cuerpos solían aparecer ocasionalmente en la costa.

Estos escabrosos hallazgos dieron lugar a diferentes teorías. Una de ellas consideraba que los viajantes podían estar siendo atacados por alguna manada de lobos salvajes; sin embargo, esta hipótesis no se pudo sostener durante mucho tiempo porque no solo se esfumaban los individuos que viajaban en forma solitaria, sino que también desaparecían grupos de dos o más personas. Otra explicación aún más descabellada atribuía las desapariciones al hecho de que esos terrenos rocosos estuvieran habitados por sanguinarios hombres lobo o maléficos demonios. En síntesis, nadie hallaba una explicación convincente.

Pero una tarde un grupo de treinta personas que regresaba plácidamente a sus hogares después de haber pasado el día fuera escucharon unos gritos escalofriantes delante de ellos. Cuando llegaron al lugar del tumulto, se encontraron frente a un hombre desesperado que se defendía, pistola en mano, contra una banda de atacantes de aspecto salvaje. Cerca de él yacía en el suelo su mujer, destripada, sobre la que algunos de los atacantes se esmeraban en arrancarle pedazos de carne con las manos para comérselos crudos. Los viajeros, atónitos, no podían creer el horrendo espectáculo que presenciaban. Al ser descubiertos, los integrantes del clan de los Beane huyeron despavoridos hacia las colinas. Ahora había pruebas sobre las misteriosas desapariciones.

La persona que aportó el testimonio sobre lo ocurrido fue el marido sobreviviente del ataque. La truculenta historia llegó a oídos del rey, quien decidió tomar serias medidas: envió a la zona 400 soldados armados hasta los dientes y acompañados de perros de caza. Los perros no tardaron en hallar la entrada de la caverna, ya que el fuerte olor a carne les facilitó la búsqueda. Los soldados entraron en la cueva, siguiendo el pasadizo en forma de zigzag, y llegaron al núcleo del hogar de los Beany. Allí encontraron a 48 personas: Beane y su mujer, sus 14 hijos y 32 jóvenes, fruto de los continuos incestos entre todos ellos. El lugar estaba colmado de brazos, piernas y demás miembros, amontonados unos sobre otros. Algunos trozos de carne habían sido salados, con la intención de conservarlos para ser consumidos durante los siguientes meses.

Tras ser apresados, el rey los calificó como bestias salvajes y los condenó a muerte sin juicio alguno. Tanto Swaney como los 36 hombres del clan fueron torturados y desmembrados en público. Las mujeres fueron obligadas a contemplar todo el proceso, mientras a sus espaldas las esperaba la hoguera.

GILLES DE RAIS
Barba Azul

Desde el día en que nació en 1404, la suerte nunca le fue esquiva a Gilles de Laval, barón de Rais. Cuando apenas había cumplido los 20 años, era ya considerado un joven de atractiva elegancia y sorprendente belleza. Entre sus innumerables cualidades, contaba con haber recibido una esmerada formación intelectual y militar, que le había concedido el privilegio de combatir por su amigo el rey Carlos VII, al lado de Juana de Arco como primer teniente. Con esa distinción, sirvió en las distintas batallas de la época y fue recompensado con el título de mariscal de Francia.

Gilles descendía de una de las familias más ricas y poderosas de Francia, y a los 11 años había heredado una de las mayores fortunas del país, la que se incrementó considerablemente cinco años después cuando se casó con Catalina de Thouars, una prima que poseía grandes riquezas. Todo ello contribuía a hacer de él un hombre enormemente dichoso, e incluso fue padre de una niña que colmó su felicidad. Pero a pesar de que su vida transcurría con total normalidad y era uno de los nobles más apreciados de Europa, su conducta cambió radicalmente cuando le comunicaron la detención de su protegida, Juana de Arco. El joven mariscal trató de rescatarla con una obstinación casi obsesiva, que no le sirvió de nada puesto que Juana terminó siendo quemada en la hoguera.

Tras el duro golpe de perder a la mujer que idolatraba en secreto, Gilles se separó de su esposa y se encerró en su castillo de Tiffauges, negándose a tener contactos sexuales con ninguna mujer. Fue entonces cuando comenzó su insólita carrera de crímenes y sacrilegios contra la Iglesia, tratando de desafiar a Dios por haber permitido que Juana fuese torturada y quemada.

Para divertirse, ordenaba que se organizaran en sus múltiples castillos lujosísimas fiestas y representaciones teatrales, que gozaban del reconocimiento en toda Europa. Pero tanto despilfarro comenzó a menguar su fortuna y lo obligó a vender varias de sus propiedades.

Abrumado por tantas pérdidas, el barón de Rais se fue aficionando enfermizamente a la alquimia, pasión que lo llevó a instalar un laboratorio en un ala del castillo. Allí se encerró a trabajar, casi sin dormir, con la ayuda de alquimistas y magos traídos de toda Europa, en busca de la piedra filosofal que, según la tradición esotérica, era capaz de transformar los metales en oro.

Después de cierto tiempo, tuvo que despertar forzosamente de su sueño dorado, debido a que la contratación de tantos alquimistas y magos le costaba una fortuna que lo iba arruinando cada vez más. Desengañado, decidió a despedir a la gran mayoría. Pero esta tampoco fue una decisión acertada: los pocos «hombres de ciencia» que quedaron a su mando no tardaron en convencerlo de que solo podría conseguir el oro que necesitaba con la ayuda del diablo. En algunas de sus numerosas biografías, se cuenta que Gilles habría hecho un testamento legando parte de sus bienes a Satanás, pero reservando para sí su vida y su alma, según la leyenda. También se dice que en las escrituras del castillo figura como titular el mismísimo diablo.

Según los historiadores, Gilles cometió su primer crimen con el propósito de realizar un pacto con el demonio para lograr sus favores. Pero después de haberle cortado las muñecas a la víctima y extirpado el corazón, los ojos y la sangre, el diablo no dio señales de vida ni logró trasformar el metal en oro. Lo único que el barón había conseguido era descubrir su pasión secreta: la tortura, la violación y el asesinato de niños. En efecto, Gilles sentía una predilección malsana por los niños y por los adolescentes, hasta el punto de que se le atribuyó la muerte de cerca de 200 criaturas, aunque tal vez fueran más.

Está documentado que a partir del verano de 1438 comenzaron a desaparecer algunos muchachos de la ciudad de Nantes y de los pueblos vecinos. Lo que llamó la atención fue que la mayor parte había sido vista por última vez cerca de la mansión del barón de Rais. Gilles invitaba a ingresar a su castillo a algunos de los niños mendigos que pedían limosna frente al puente levadizo, quienes luego eran retenidos contra su voluntad por sus servidores. Una vez violados y desmembrados, se guardaba la sangre y otros restos de las víctimas para las prácticas de magia.

El propio Gilles se ocupó de contar en alguna oportunidad cómo disfrutaba visitando la sala donde los chicos eran colgados de unos ganchos. Cuando escuchaba las súplicas de alguno de ellos y veía sus contorsiones, aparentaba fingir horror, se acercaba al pequeño, lo liberaba de las cuerdas, lo cobijaba tiernamente en sus brazos, le secaba las lágrimas y lo reconfortaba con dulzura. Una vez que lograba ganarse la confianza del muchacho, sacaba un cuchillo, le cortaba la garganta, y para rematar su obra violaba el cadáver.

En otra ocasión, se acercó a un niño que había elegido previamente y lo llevó al gran lecho que estaba ubicado al fondo de la sala de «torturas». Después de obsequiarlo con algunas caricias, tomó una daga que colgaba de su cintura y, riendo a carcajadas, le cortó la vena del cuello. Frente a la sangre que brotaba profusamente y al cuerpo que se convulsionaba, el barón se puso fuera de sí. Le arrancó las vestimentas al moribundo, tomó su propio miembro y lo frotó en el vientre del jovencito, a quien dos de sus cómplices tuvieron que sostener por estar inconsciente. Cuando finalmente salió el esperma, el nefasto barón sufrió un nuevo acceso de rabia, tomó una espada y de un golpe le cortó la cabeza a la víctima. En pleno éxtasis, se tumbó sobre el cuerpo decapitado, introdujo el sexo entre las piernas rígidas del cadáver, y gritando y llorando tuvo un nuevo orgasmo. Luego, se derrumbó sobre el chico, cubriéndolo de besos y lamiendo su sangre. Posteriormente, ordenó que quemaran el cuerpo y que conservaran la cabeza hasta el día siguiente. En ese mismo suelo, desnudo y manchado de sangre, se quedó dormido.

(Se dice que, tras la comisión de sus crímenes de vampirismo y necrofilia, Gilles solía caer en un sueño pesado, casi comatoso, hecho que coincide con lo que hacían otros asesinos vampíricos y necrófilos, que también dormían después de atacar a los cadáveres, como sucedía con Henri Blot).

Como de costumbre, a la mañana siguiente ya no quedaba ninguna huella de su desenfreno nocturno: sus sirvientes habían limpiado todo sistemáticamente. Entonces, pidió que le trajeran la cabeza y, frente a ella, se arrodilló bañado en lágrimas y prometió reformarse. Acercó sus labios a la cabeza, la besó largamente y se fue a su cama llevándola consigo, mientras le prometía que muy pronto se reuniría con otras cabezas tan bellas como ella.

Uno de los mayores placeres de Gilles era tener las cabezas decapitadas clavadas ante su vista. Luego llamaba a un artista de su entorno, que se ocupaba de ondular con exquisitez el cabello del niño, le pintaba los labios y coloreaba las mejillas hasta darle un aspecto de singular belleza.

Cuando tenía bastantes cabezas cortadas, celebraba una especie de concurso de belleza, en el que sus amigos e invitados votaban por cuál era la más bonita. La cabeza «ganadora» era premiada y destinada a un uso necrofílico.

Tras las numerosas desapariciones de niños, las sospechas se volcaron progresivamente hacia el barón, pero nadie se atrevía a acusarlo de nada, porque, aunque más empobrecido, seguía siendo un personaje muy poderoso, y sus víctimas, en cambio, solo eran gente muy humilde. Por otra parte, los proveedores de chicos no dejaban de amenazar e intimidar a los padres que reclamaban a sus hijos desaparecidos, y tanto en Nantes como en sus pueblos cercanos reinaba el silencio.

A principios de 1440, el rumor de estas atrocidades llegó hasta la corte del duque de Bretaña, quién ordenó abrir una investigación de los secuestros y de la posible responsabilidad del barón de Rais.

El 13 de septiembre, un grupo de soldados detuvo a Gilles en el pueblo de Machecoul y descubrió en su propiedad los cuerpos despedazados de 50 adolescentes. El duque de Bretaña le hizo comparecer ante la Justicia bajo la acusación de haber inmolado entre 140 y 200 niños en prácticas diabólicas.

Como se obstinaba en negar sus crímenes a pesar de las numerosas evidencias que lo inculpaban, se sometió al barón a todo tipo de torturas para obligarlo a confesar, pero solo la amenaza de excomunión lo indujo a hacerlo detalladamente.

En octubre Gilles aceptó voluntariamente todos los cargos que se le imputaban y confesó que había disfrutado mucho con su vicio, a veces cortando él mismo la cabeza de algún niño con una daga o un cuchillo, y otras golpeando a los jóvenes hasta matarlos con un palo, tras lo cual besaba voluptuosamente los cuerpos muertos, deleitándose frente a aquellos que tenían las cabezas más bellas y los miembros más atractivos. Afirmó ante los jueces que sentía el mayor placer cuando se sentaba sobre los vientres y veía como agonizaban lentamente. Aseguró que en los cargos que se le imputaban no había intervenido nadie más que él ni había obrado bajo la influencia de nadie, sino que había seguido el dictado de su propia imaginación con el único fin de procurarse placer y deleites carnales.

Al amanecer del 26 de octubre fue llevado a un descampado, junto con dos de sus más destacados cómplices, para ser ahorcado y quemado en la hoguera. En el patíbulo manifestó públicamente su arrepentimiento, instando a todos los presentes a no seguir su ejemplo y pidiendo humildemente perdón a los padres de las víctimas. Murió aferrándose desesperadamente a su fe cristiana.

Accediendo a las súplicas de algunos de sus parientes, el cuerpo parcialmente quemado fue retirado de la hoguera y enterrado en una iglesia de las carmelitas en Nantes. Sus bienes fueron confiscados en beneficio del duque de Bretaña y de la Iglesia.

VLAD TEPES
El verdadero Drácula

Vlad Tepes fue un antiguo príncipe rumano que por sus diversas hazañas y por su controvertida personalidad llamó la atención y despertó el interés no solo de sus contemporáneos sino también de la historia y la literatura de todos los tiempos. Para algunos historiadores no fue más que un heroico defensor de los intereses y de la independencia de su país y del cristianismo, mientras que para otros se trató de un ser patológico que torturaba, atormentaba y, por supuesto, mataba para divertirse o por puro placer.

Vlad era nieto de Mircea el Grande, y uno de los tres hijos legítimos de Vlad «El Diablo», ambos soberanos de Velaquia, un antiguo principado danubiano, que formó con Moldavia el reino de Rumania. No se conoce la fecha exacta ni el lugar de su nacimiento, aunque se calcula que fue alrededor de 1428 en la ciudad de Sighisoara, Transilvania, situada en la región de Brashov y fundada en 1280.

Allí vivía su padre, en una mansión que aún hoy se conserva (Bran Castle), donde se supo ganar con todos los méritos el sobrenombre de «Dracul» (que en la lengua regional significa ‘diablo’) por su famosa crueldad y sangre fría, que posteriormente heredó su ilustre descendiente. Este, a su vez, obtuvo el apodo de «Draculea» (la terminación ulea en rumano significa ‘hijo de’, por lo que podría traducirse como «el hijo del Diablo»). Vlad, a quien el pueblo también acostumbraba llamar «Tepes» (‘empalador’) por ser la pena capital que el príncipe aplicaba con mayor satisfacción a sus enemigos, reinó como príncipe de Velaquia en 1448; de 1456 a 1462, y, finalmente, en 1476, año de su muerte.

Por aquel entonces, el trono de Velaquia estaba amenazado por los turcos y húngaros desde el exterior, y por los nobles ávidos de poder desde el interior, quienes luchaban entre sí con un salvajismo y ferocidad realmente bestial. La trágica muerte de su padre, ejecutado por Iancu de Hunedoara en 1447, obligó al joven Vlad a ponerse del lado de los turcos, adversarios de Iancu, con lo que alcanzó el trono de Velaquia en septiembre de 1448. Aunque su rival el príncipe Vladislav II, al que apoyaban los húngaros y la población de origen alemán, cayó derrotado en Kossovo, al norte de la actual Macedonia, Vlad solo consiguió conservar su corona unas pocas semanas. Entonces, decidió separarse progresivamente de los turcos y estrechar relaciones con su enemigo Iancu, actitud inmoral pero sumamente práctica. Su muy poco escrupuloso vuelco político tenía una sola intención: volver a reinar en Velaquia, un deseo que recién logró satisfacer en 1456 derrotando y apresando a Vladislav, a quien tuvo el gusto de hacer decapitar en la ciudad de Tirgusor (cerca de Tirgovisthe, la antigua capital de Velaquia). Como no tardaron en iniciarse una serie de alianzas e intrigas, acompañadas de lealtades y traiciones, Vlad se dispuso a demostrar su poder empalando a algunos rebeldes destacados y arrojando al fuego a otros, siendo este el macabro y tortuoso inicio de su carrera de crueldades. Favorecido por la suerte, logro atrapar al más peligroso de sus adversarios, Dan Voeivod, al que obligó a cavar su propia tumba y asistir a sus funerales antes de hacerlo decapitar.

Consolidado en el trono, Vlad comenzó a disfrutar de su poder ofreciendo opíparos banquetes a diversos invitados, en los cuales rodeaba las mesas con cientos de hombres y mujeres brutalmente empalados. Según los cronistas, en una ocasión, ante el hedor que desprendían los cadáveres atravesados por largos maderos, uno de los concurrentes protestó airadamente ante su anfitrión con el argumento de que no podía comer con aquella peste. Inmediatamente «el hijo del Diablo» ordenó que su desagradecido invitado fuese empalado en el madero más alto, para que pudiese disfrutar del aire puro por encima de todos los que tanto lo molestaban. Por estas circunstancias, no puede extrañar a nadie el terror que despertara este curioso personaje entre sus conciudadanos.

Todavía hoy, en la ciudad de Tirgovisthe, se erige la terrible Torre de Drácula, desde la que Vlad vigilaba en lo alto una jarra de oro que había dejado en una fuente del pueblo, con el fin de que los viajeros pudiesen beber agua antes de proseguir su marcha. Nunca nadie se atrevió a robar la valiosa jarra, por terror al tormento que aguardaba a los ladrones en el reinado de Tepes. Cada mañana, «el hijo del Diablo» subía a la torre para vigilar sus tierras y veía el valioso recipiente en su lugar; nadie sentía la más mínima tentación de llevárselo, por lejano que fuera su destino. Una estatua del temible príncipe transilvano ha sido erigida en el mismo lugar en que antes se encontraba la jarra de oro.

Por otra parte, aunque educado en el cristianismo ortodoxo, Vlad Tepes hacía gala de costumbres poco cristianas, como mojar el pan en la sangre de sus víctimas empaladas para luego degustarlo con placer.

Respondiendo a sus convicciones religiosas, en el año 1462 se levantó contra los turcos, a quienes no les pagaba los tributos que exigían desde hacía años. El sultán Muhammad II, conquistador de Constantinopla, conociendo el carácter de su enemigo y el coraje y el valor de sus guerreros, prefirió valerse de un ardid antes que de la fuerza para doblegarlo. Le envió entonces como mensajero al colaboracionista griego Catavolinos, para que lo convocara a un encuentro en una fortaleza cercana a Bucarest, con la excusa de resolver un «pequeño problema fronterizo». Claro está que previamente había apostado cerca de la población un destacamento de tropas escogidas al mando del general Hamza Beg. Vlad fingió caer en la trampa y se encaminó a la cita con un fuerte contingente de caballería, que luego de entregar algunos presentes a la oficialidad turca derrotó por completo al adversario. Luego del triunfo, tomó prisioneros al griego y al general otomano, quienes junto con el resto de los apresados fueron llevados a la capital de Velaquia, donde, lógicamente, terminaron empalados.

Envalentonado, Vlad cruzó el Danubio y mató a todos los turcos que encontró a su paso e incendió todas las viviendas que halló en su camino. En una carta que le envió al flamante soberano húngaro Matías Corvino, le reveló haber acabado con más de 24.000 enemigos, número que conocía perfectamente porque había hecho amontonar las cabezas para contarlas. Claro está que no podía precisarle cuántos habían muerto en los incendios de sus casas.

Enfurecido, Muhammad II alistó un gran ejército de unos 250.000 hombres y una flota dispuesta a remontar el Danubio. Tras una importante epidemia de peste que provocó cuantiosas bajas entre sus hombres e impidió que la flota se apoderara de la ciudadela de Kilia (al sur de Moldavia), el Sultán ordenó la retirada, y una vez en Estambul decidió valerse de su genio y astucia para derrocar al «Empalador». Lo enfrentó entonces a uno de sus propios hermanos, Randu «el Hermoso», que se había pasado al bando otomano arrastrando a algunos de los principales boyardos, y, tras una serie de intrigas (con documentos falsificados incluidos), Muhammad logró que el rey ordenara el arresto de Vlad. Este fue encerrado durante doce años; primero, en Visegrado, y, luego, cerca de Budapest, donde recibió un trato especial, es decir, fue tratado mejor de lo que se merecía. Mientras tanto, Randu, hombre débil y sin personalidad, se calzó la corona de Velaquia, convertido en un títere de los turcos.

No se sabe cómo, pero Vlad Tepes consiguió librarse de la prisión. Lo cierto es que el 10 de enero de 1475 participó en la batalla de Vaslui contra los otomanos, formando parte del contingente enviado por el rey de Hungría al príncipe transilvano Esteban Báthory. Lo curioso, y cierto por otro lado, es que Vlad recuperó su trono el 11 de Noviembre de 1476. Semanas más tarde, los turcos lo sorprendieron desprevenido con una escolta de solo 200 hombres (de los cuales solo 10 sobrevivieron para contarlo) y lo mataron. La cabeza del «hijo del Diablo» fue enviada a Estambul y exhibida públicamente. Como era de esperarse, lo sucedió su hermano Randu, pero siempre sometido a las imposiciones de la «Sublime Puerta», que reino hasta septiembre de 1500.

La singular personalidad de Vlad Tepes inspiró al escritor Bram Stoker, que convirtió al temible noble rumano en el fantástico conde Drácula.

ELIZABETH BÁTHORY
La condesa sangrienta

El caso de Elizabeth Báthory siempre ha despertado un interés especial para los analistas de la historia del crimen en serie, debido a la particularidad de tratarse de una mujer que asesinó de la manera más cruel y despiadada a cerca de 650 jóvenes.

Además de destacarse por su particular perversión sexual, esta condesa del siglo XVI sentía una particular atracción por la sangre, que no solo se contentaba con beber, como es habitual en los llamados asesinos vampíricos, sino que además acostumbraba a bañarse en ella para impedir que su piel envejeciera con el paso de los años.

Elizabeth Báthory nació en el año 1560, en el seno de una de las familias más ricas de Hungría. Si bien formaba parte de la más ilustre y distinguida aristocracia —era prima del primer ministro de Hungría y sobrina del rey de Polonia—, no hay que olvidar que entre los miembros de su familia ya había algunos con antecedentes esotéricos, entre los que se encontraban un tío adorador de Satán y muchos parientes adeptos a la magia negra o a la alquimia. La propia Báthory fue influida desde la infancia por las enseñanzas de una nodriza que se dedicaba a las prácticas brujeriles.

Con solo 15 años, Elizabeth se casó con un noble, el conde Nadasdy, un valeroso guerrero al que todos conocían con el apodo de «el Héroe Negro». La pareja se fue a vivir al solitario castillo de Csejthe, al pie de los Cárpatos, pero el conde no tardó en ser requerido para comandar sus fuerzas en una batalla, por lo que se vio obligado a dejar sola a su flamante mujer durante un tiempo prolongado.

Después de pasar largos meses en la espera de su marido, la condesa no pudo soportar el aburrimiento que le producía el continuo aislamiento, y se fugó para mantener una breve relación con un joven noble, al que las gentes del lugar llamaban «el Vampiro» por su extraño aspecto. En poco tiempo, regresó nuevamente al castillo y empezó a mantener relaciones lúdicas con dos de sus doncellas.

Desde ese momento, y para distraerse durante las largas ausencias de su esposo, comenzó a interesarse por el esoterismo, tal vez en exceso, ya que se hizo rodear de una siniestra corte de brujos, hechiceros y alquimistas.

A medida que iban pasando los años, Elizabeth advertía con desagrado que la belleza que la caracterizaba se iba degradando y, preocupada por su aspecto físico, pidió consejo a su vieja nodriza. Esta, totalmente convencida de las técnicas que pregonaba la brujería, le señaló que el poder de la sangre y los sacrificios humanos daban excelentes resultados en los hechizos de magia negra, y le aconsejó que se bañara con sangre de doncella para poder conservar su belleza eternamente.

En esa época, la condesa fue madre por primera vez y seguidamente tuvo tres hijos más. Si bien su actividad maternal le absorbía la mayor parte del tiempo, en el interior de su mente seguían resonando las palabras tentadoras de la nodriza: «belleza eterna». Al principio intentó dejarlas de lado, posiblemente no por falta de deseo o valor, sino por temor a las consecuencias que podrían ocasionarle esas prácticas si llegaban a oídos de la refinada aristocracia a la que pertenecía. Pero años más tarde, tras el fallecimiento del conde Nadasdy, Elizabeth se sintió liberada y no tardó en poner a prueba los consejos de la bruja. Poco tiempo después, murió su primera víctima.

Fue en ocasión de que una joven y distraída sirvienta se ocupara de peinarla y que accidentalmente le diera un fuerte tirón en el cabello. Presa de la furia, la condesa le propinó una bofetada tan violenta que la sangre de la doncella terminó salpicándole la mano. Al observarla cubierta de sangre, creyó ver que parecía más suave y blanca que el resto de la piel, y concluyó que su vieja nodriza tenía razón y que la sangre podía rejuvenecer los tejidos. Con la seguridad de que era posible recuperar la belleza de su juventud y conservarla indefinidamente a pesar de sus casi cuarenta años, ordenó que cortaran las venas de la desafortunada sirvienta y que vertieran su sangre en una tina para poder bañarse en ella.

A partir de ese momento, los baños de sangre fueron su gran obsesión, y llegó al extremo de lanzarse a recorrer los ríspidos caminos de los Cárpatos para recolectar las hembras jóvenes que requería su tratamiento. Para concretar su brutal objetivo, se hacía acompañar por sus doncellas más fieles, quienes se ocupaban de convocar a las inocentes muchachas bajo el engaño de asegurarles un buen empleo como sirvientas en el castillo. Si la mentira no daba el resultado esperado, procedían sin miramientos al secuestro, drogándolas o azotándolas hasta someterlas por la fuerza. Una vez introducidas en el castillo, las víctimas eran trasladadas a los fríos sótanos, donde se las encadenaba y acuchillaba, ya sea a manos de un verdugo, de un sirviente o de la propia condesa. De ahí en más solo quedaba esperar que se desangraran lo suficiente como para llenar su bañera.

Se dice incluso que ordenó construir un artilugio, la Dama de Hierro, un aparato mecánico dentro del que se introducían las víctimas para ser estrujadas y exprimidas por púas interiores, de manera que su sangre manara hacia los recipientes en los que era recogida.

Una vez dentro de la bañera, Elizabeth hacía que le derramaran la sangre por todo el cuerpo, y al cabo de unos minutos, para que el tacto áspero de las toallas no frenara el poder de rejuvenecimiento del cálido fluido, ordenaba que un grupo de sirvientas elegidas por ella misma lamiesen su piel. Si las doncellas mostraban repugnancia o recelo, las mandaba torturar hasta la muerte. Si por el contrario reaccionaban de forma favorable, la condesa las recompensaba.

En algunas ocasiones, las víctimas que le parecían más sanas o de mejor aspecto eran encerradas durante años en los sótanos para ir extrayendo pequeñas cantidades de su sangre mediante incisiones, a fin de que la señora del castillo pudiera bebérsela a su agrado.

Por otro lado, las calaveras y los huesos también eran aprovechados por los hechiceros del castillo, convencidos de que solo un buen sacrificio humano podía dar resultados satisfactorios en las prácticas de sus experimentos alquímicos.

Durante once años los campesinos vieron aterrados cómo el carruaje negro con el emblema de la condesa Báthory rastreaba el pueblo en busca de jóvenes que desaparecían misteriosamente dentro del castillo, del que nunca volvían a salir.

En un principio, los restos de los cuerpos sin vida fueron sepultados cuidadosamente en las inmediaciones del castillo, pero con el tiempo, ya sea por pereza o descuido, tan solo se arrojaban al campo para que las alimañas se ocuparan de ellos.

Algunos aldeanos vivían estremecidos por los gritos desgarradores que se oían saliendo del lugar, y poco a poco comenzó a circular por el pueblo el rumor de que algo raro estaba sucediendo dentro del castillo. Finalmente, los pueblerinos se organizaron y empezaron a rondar por las inmediaciones en busca de indicios de lo que pasaba. No tardaron mucho en descubrir la verdad: a los pocos días se toparon con los restos de más de una docena de cadáveres.

Enardecidos, ocasionaron una revuelta y se quejaron ante el soberano, insistiendo en que el castillo estaba maldito y en que además era una residencia de vampiros.

Como por aquel entonces enfrentar a una familia poderosa resultaba algo verdaderamente difícil, y más aún si, como en este caso, el acusado, además de ser una persona distinguida entre la nobleza, tenía amigos tan poderosos como él por todas partes, el emperador prefirió hacer oídos sordos a las quejas de su pueblo. Pero ante la creciente presión, finalmente accedió a enviar una tropa de soldados, que irrumpieron en el castillo en 1610.

Al entrar los soldados encontraron tendido en el suelo del gran salón del edificio el cuerpo pálido y desangrado de una mujer muerta. No mucho más lejos hallaron otro cuerpo, este con vida, de una muchacha terriblemente torturada, que había sido pinchada con un objeto para extraerle la sangre. Luego descubrieron el cadáver desangrado y parcialmente quemado de una joven que había sido salvajemente azotada. En los calabozos, había gran cantidad de niñas jóvenes y mujeres, todas vivas, aunque algunas de ellas tenían señales de haber sido sangradas en numerosas ocasiones. En los alrededores del castillo, desenterraron 50 cadáveres.

Después de liberar a las prisioneras, sorprendieron en una de las habitaciones privadas a la condesa y a al

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