Angela Merkel, la canciller eterna

Pilar Requena

Fragmento

cap-1

La primera mujer canciller

«Después de Konrad Adenauer, Ludwig Erhard, Kurt Georg Kiesinger, Willy Brandt, Helmut Schmidt, Helmut Kohl y Gerhard Schröder, la diputada Angela Merkel ha sido elegida como la primera mujer canciller de la República Federal de Alemania (RFA) con la mayoría necesaria de los votos de los miembros del Bundestag. Querida Dra. Merkel, esta es una señal fuerte para muchas mujeres y, ciertamente, también para algunos hombres.» Con estas palabras, Norbert Lammert, entonces presidente del Parlamento alemán, anunciaba algo impensable apenas unos años antes. Era martes, 22 de noviembre de 2005. Angela Merkel hacía historia en Alemania, después de que siete hombres ocuparan antes que ella la cancillería.

No solo era la primera mujer canciller alemana, a sus cincuenta y un años, era también la más joven y, además, provenía del este, de la antigua República Democrática Alemana (RDA). Y, por si eso no fuera suficiente, aun siendo protestante, había llegado a lo más alto de la mano de un partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), fundamentalmente católico. Había conseguido abrirse camino en esa formación muy patriarcal y también en una clase política dominada por hombres.

Si alguien, además, hubiese osado decir entonces que sobrepasaría en tiempo de permanencia en el poder al gran Konrad Adenauer, nadie le hubiera creído, pero si encima hubiese dicho que podría igualar e incluso superar el récord del canciller de la reunificación, Helmut Kohl, su padre político, le hubiesen llamado loco.

Pero esa mujer, a la que Kohl llamaba «mein Mädchen», mi chica, la muchacha, y a la que todos subestimaron, siempre supo estar en el lugar adecuado en el momento justo. De ser una desconocida en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín, esta mujer de la Alemania Oriental pasó a ser la política alemana más popular y se convirtió en la mujer más poderosa del mundo. Todavía hoy, después de sus cuatro mandatos, sigue indagándose sobre su personalidad y su forma de actuar, sobre cuál es el secreto Merkel, sobre cómo ha podido permanecer tanto tiempo al frente del país más poderoso de Europa y uno de los más importantes del mundo.

Ante las numerosas peticiones recibidas con motivo de su retirada de la política, el portavoz del Gobierno alemán, Steffen Seibert, responde que «la canciller ya reafirmó recientemente que dedicará toda su energía a las tareas que tiene por delante hasta el final de su mandato. Y que quiere dejar la evaluación de sus años como canciller a los periodistas, documentalistas e historiadores contemporáneos». Incluso ahora que ya no tiene nada que perder sigue siendo reacia a las entrevistas.

Se han escrito ríos de tinta sobre ella, aunque quizá nunca sabremos qué es lo que realmente la hace distinta o la hace parecer diferente a todos los políticos y políticas conocidos, cómo ha sido posible que haya mantenido su sobriedad y humildad y que, a pesar del degaste y el cansancio de dieciséis años en el Gobierno, siga contando con altas cotas de popularidad. De hecho, es bastante seguro que, si hubiese decidido volver a presentarse, habría vuelto a ganar las elecciones.

Pero, en una decisión típica merkeliana, sorprendió de nuevo cuando, en 2017, anunció que ya no volvería a optar a la cancillería ni tampoco a diputada en los comicios de septiembre de 2021. En una palabra, se retiraba de la política. Vivía sus horas más bajas: la política de puertas abiertas hacia los refugiados y las críticas recibidas por ella, el crecimiento del partido ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), del que en parte se la responsabiliza, y los fracasos electorales a escala regional le estaban pasando factura. También el cansancio personal después de años de dedicación y servicio a su país (veinticuatro horas al día, siete días a la semana).

Con esa decisión marcaba un nuevo hito. Será la/el primer canciller que se retira del poder sin haber perdido unas elecciones, ni haber tenido que dimitir o haber sucumbido a una moción de censura. Nadie hasta ahora había renunciado voluntariamente al cargo más poderoso de Alemania. Hasta el final de su mandato ha demostrado haber sido una buena gestora de crisis. Y eso es lo que han apreciado los alemanes, y no solo ellos. Es pragmática, poco interesada en ideologías, en visiones o en cuestiones de principios. Lo suyo es observar, actuar y solucionar. Acabó sin grandes aspavientos con varias «vacas sagradas» de su partido, como el servicio militar obligatorio o la energía nuclear, y dio luz verde al matrimonio para todos, aunque ella votó en contra.

Ha ido noqueando a todos los oponentes, masculinos, que se han ido cruzando en su camino, dentro y fuera de su formación. Por ello, algunos críticos la acusan de que su único programa ha sido mantenerse en el poder y la califican de «Machtmensch» (persona sedienta de poder).

Con ella acaba una era, la era Merkel, la de 2005 a 2021, la del fenómeno Merkel, la de una mujer que ha cambiado Alemania y la forma de hacer política. Su largo mandato se cuenta por las crisis: constitucional, financiera, económica, del euro, de los refugiados, de la pandemia. Aunque no las buscó, estas vinieron a ella y han exigido un enorme trabajo y dedicación por su parte. No ha gobernado en un momento dulce ni fácil de la historia, como fue el caso de Helmut Kohl, que supo aprovechar la dinámica positiva de los movimientos por la libertad en Europa para conducir al país a la reunificación.

Merkel no es una política visionaria, quizá porque tampoco ha habido tiempo para grandes visiones. Ha tenido que librar una batalla defensiva, luchar contra el declive y salvar los trastos, trabajar contra la crisis de Europa. Konrad Adenauer ancló la República Federal en Occidente e impuso un modelo político que garantizaba el equilibrio social y la economía de mercado. Willy Brandt dio los primeros pasos hacia la distensión con el Este. Helmut Schmidt continuó ese camino y avanzó en la integración europea. Y Helmut Kohl ha pasado a la historia como el canciller de la reunificación. A Merkel tal vez se la conozca en el futuro como «Krisenmanagerin» o «Krisenkanzlerin», la canciller gestora de crisis.

Las visitas de líderes extranjeros a Berlín han sido frecuentes en busca del apoyo y de la «bendición» de Merkel. Ha sido el centro de cumbres europeas, del G7 y de sus viajes a Washington, Moscú o Pekín. Ha sido objeto de duras críticas, incluso de demonizaciones, y de muchas alabanzas. Ha copado portadas de revistas y periódicos... «La misteriosa Angela Merkel», «La líder perdida», «La señora Europa», «La madre abatida» o «Atención, es Angela» han sido algunos de los titulares. El 2015 fue elegida por la revista Time como «Person of the Year». Siempre ha estado en las listas de las personalidades más influyentes del mundo y ha recibido doctorados honoris causa por diversas universidades de todo el mundo. Llegó a ser calificada incluso como la defensora del mundo libre frente a dirigentes populistas y/o autoritarios como el estadounidense Donald Trump, el ruso Vladímir Putin, el turco Recep Tayyip Erdogan o el chino Xi Jinping.

Pero también se han visto portadas y viñetas denigrantes y de muy mal gusto: Merkel con un bigote hitleriano, Merkel con el pecho descubierto, amamantando a los gemelos polacos Kaczyński, Merkel como dominatrix sadomasoquista y un presidente del Gobierno español suplicante bajo sus botas, la canciller con cara de Terminator y ojos de robot. Arnold Schwarzenegger dijo de ella que era la mujer más poderosa de la Tierra. Y la empresa Mattel fabricó una muñeca Barbie Merkel como modelo para las niñas que sueñan con llegar a ser lo que quieran. En su despacho tiene un cuadro de Sofía de Anhalt-Zerbst, conocida como Catalina II de Rusia, llamada «la Grande», a la que le gustaba jugar con el poder y utilizar a los hombres para aumentarlo. Se lo regaló un periodista. Merkel, ante posibles interpretaciones, aseguró que solo admiraba a Catalina como mujer y como reformadora.

Su forma de vestir, aunque ha mejorado mucho, recuerda un tanto a la Merkel más despreocupada y algo desaliñada de sus primeros pasos en la política, cuando la conocí, allá en el verano de 1990, como segunda portavoz del Gobierno germanooriental de Lothar de Maizière. Nadie hubiese podido pensar entonces que aquella joven —aparentaba menos edad de la que tenía— de pelo corto y con pinta del Este, se convertiría quince años después en la canciller de la Alemania reunificada. Ahora llama la atención su interminable fondo de armario de chaquetas de todos los colores. Los alemanes, sobre todo los del Este, la consideran como una especie de «Mutti» («mami», como la llaman cariñosamente) de una gran nación.

Se le ha echado en cara con frecuencia su falta de liderazgo y no decir claramente su opinión. El problema es que quizá muchas veces no se la ha escuchado con atención o se la ha ignorado. Porque en el famoso artículo con el que se enfrentó al patriarca Kohl con un «si adoptamos este proceso, cambiará nuestro partido», ya dejó claro que tenía toda la intención de transformar al partido conservador de Alemania. Y ha cumplido. La CDU, bajo su batuta, se ha vuelto más liberal y moderna.

Durante su «reinado», las certezas que teníamos comenzaron a disolverse. El orden mundial de la posguerra ha desaparecido y la incertidumbre ha ocupado un lugar prioritario en la vida cotidiana de los ciudadanos durante la actual crisis del coronavirus. A través de la vida y el quehacer de Angela Merkel podemos ver también discurrir la historia de Alemania y de Europa desde la caída del comunismo, porque ha conducido a su país y al continente en muchas crisis y cambios fundamentales y ha logrado una gran reputación internacional con su fino y nuevo arte de hacer política, un arte que no la ha librado a su vez de cometer graves errores.

Nunca un canciller había desempeñado un papel tan importante en la política exterior. A Merkel se le atribuye la salvación del continente, pero también su caída. Alemania, la potencia reticente, ha adquirido una importancia internacional que no le gusta y que siempre ha rechazado en las últimas décadas. Y la reaparición de viejos prejuicios demuestra lo delicada que es la especial posición de este país.

Ella ha sido ejemplo y modelo para muchas mujeres en Alemania y en el mundo, aunque nunca se ha declarado feminista ni ha ido de tal. Es más, ha evitado hacer uso o permitir que se destacase el hecho de ser mujer o del Este, justamente los dos factores qu

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