Mapa dibujado por un espía

Guillermo Cabrera Infante

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Ciertas criaturas parecen haber sido creadas por la Divina Providencia, por la Naturaleza o por el Azar con el solo propósito de encarnar una metáfora –a la que precedieron en eones geológicos o por toda una eternidad. Tal la serpiente, por ejemplo, o la paloma, utilizadas hasta la deformación física, hasta su monstruosa recreación mítica, por diversos poetas hebreos ocultos tras el anónimo bíblico. Otros animales, como el perezoso o el chacal, personifican desde su mismo nombre actitudes morales a las que son, está de más decirlo, ajenos. Igualmente, algunos hombres son poco más que una presencia metafórica, como esa figura de la metafísica del mal histórico en los tiempos modernos, el Hombre de la Máscara de Hierro, que inaugura la tradición y encarna la leyenda del preso político desconocido. Otros hombres son más presciencia que presencia y llegan a anteceder por años aquel momento histórico al que resultan imprescindibles como metáfora.

Un siglo antes su nombre habría tenido en Cuba una significación distinta. Los Aldama no sólo pertenecían a la aristocracia criolla: ellos eran la aristocracia de la aristocracia criolla: es decir que encarnaban la idea de la aristocracia en Cuba. Uno de los Aldama, Miguel, se mandó a hacer un palacio a la medida, como si lo encargara a un sastre, construido sin escatimar en piedra de cantería, mármoles y maderas preciosas. Adorno central, estaba al comienzo de uno de los más hermosos paseos de La Habana y, aunque el paseo fue luego una calle comercial y es ahora una calle fea, allí está todavía, convertido en museo colonial, su antiguo frontis multicolor raspado hasta la piedra desnuda y vuelto a cubrir por el hollín del siglo veinte, que lo ennegreció como si se tratara no del original en tres dimensiones sino de su reproducción litográfica. Sus largas columnas exteriores muestran, ya desde la suntuosa entrada neoclásica – la fachada es el espejo del alma del amo – , que su dueño había importado no sólo sus ideas políticas sino su estilo de vida de la Francia apodada Revolucionaria. Pero en su fuero interno Miguel Aldama aspiraba a ser lo contrario de un francés, es decir, un inglés oculto por una puerta íntima.

Había en su palacio una joya inaugural – el primer toilet inodoro que se instalaba en América. Este Aldama era un noble patricio que protegía las artes y las letras y abría las puertas de su palacio cada viernes para convertirlo en un salón literario. Era también un patriota noble y sus doblemente francas opiniones políticas le atrajeron la atención de las autoridades españolas primero y luego le trajeron el exilio. Como toda la aristocracia criolla, los Aldama eran esclavistas. Sus ingenios azucareros, sus plantaciones de caña y tabaco y sus mansiones, haciendas y personas, eran atendidos por miles de esclavos importados de África. Según la costumbre de la época, los esclavos de los Aldama también se llamaban Aldama. Por ironías de la historia o de la biología los Aldama blancos y aristócratas desaparecieron con el siglo de su apogeo y hoy el apellido ilustre de ayer lo llevan solamente los descendientes de sus esclavos negros. Pablo, alias Agustín, Aldama está vivo y es, por supuesto, nieto o bisnieto de esclavos. Aunque es posible que por sus venas corra alguna de la sangre de los Aldama originales, ya que más que negro es mulato oscuro.

La vida privada de Aldama no es muy conocida por mí, entre otras cosas porque él hablaba poco y cuando hablaba no hablaba de su vida privada. Además, no debe de haber sido una vida muy venturosa, excepto porque atesoraba una foto de su sobrina como si se tratara de una hija. (O tal vez se tratara de su hija, porque una de las cosas que descubrí estudiando a Aldama es que el hombre parco puede ser un mentiroso parco). Cuando hablaba, Aldama hablaba de su vida pública y sobre todo de sus méritos revolucionarios. A juzgar por la pasión locuaz que este hombre taciturno ponía en enumerar sus virtudes cívicas, sus credenciales no debían ser legítimas. Pero en todo caso es cierto que antes había sido, como se dice, un hombre de acción y conservaba celosamente las cicatrices testimoniales de aquella época. Había militado en uno o varios de los llamados en Cuba «grupos de acción» de los años cuarenta, y algunas lagunas, ciertas reticencias, parecían indicar que había cambiado de bando a menudo. No que hubiera sido un traidor sino, como dijo el Argentino, «hombre de sucesivas y encontradas lealtades».

En uno de estos grupos siempre escudados en siglas, la UIR, Aldama conoció o decía que conoció a Fidel Castro, entonces un matón amateur. La Unión Insurreccional Revolucionaria contrariaba en sus actos la fácil tentación de hacer de sus siglas un verbo –huir–, pues estaba compuesta por hombres de una valentía puesta a prueba demasiadas veces. Singularmente sus miembros compartían con su vesánico jefe, Emilio Tro, el gusto por un humor que no podía ser más que negro. Se daban mutuamente apodos risibles –así un cojo de guerra era conocido como Patachula, otro a quien un tiro le desbarató la boca se llamó desde entonces Comebalas, dos asesinos gemelos eran conocidos como los Jiamgua, uno de los jefes, J. Jesús Jinjauma, tenía un segundo llamado Lázaro de Betania y cuando liquidaba a un antiguo deudor de venganzas colgaban de su cuello un letrero que invariablemente decía: La Justicia tarda pero llega. En una ocasión lograron reunir en un solo golpe audaz el humor negro, la valentía bravucona, la perfección técnica del asesinato, ciertas aficiones literarias y el nombre de Castro.

Otro de los grupos de acción, la ARG, capitaneado por otro Jesús G. Cartas, más conocido por el seudónimo de El Extraño, que hacía honor a su cara, había puesto a punto una técnica de matar importada de la «época caliente» de Chicago. Consistía simplemente en utilizar dos autos para un solo atentado criminal cuando se trataba de saldar cuentas con una pandilla rival. Uno de los autos pasaba frente al objetivo o blanco para – como decían los periódicos de entonces, usando términos de jardinería – rociar de plomo la entrada de la casa marcada. Cuando, pasada la alarma y para comprobar que no había heridos, salían a la calle los matones airados, a veces impelidos a tirar tiros inútiles al auto que huía, aparecía en el horizonte trasero otro auto alevoso que disparaba a mansalva sobre el grupo expuesto. De esta forma atacaron la casa de la madre de Jesús Jinjauma en el momento en que la UIR celebraba allí una reunión. La organización decidió responder al ataque, asumir los riesgos y devolver la técnica de asalto a sus orígenes – con un toque original.

La revancha tuvo lugar en el Chicago de Hollywood. Manolo Castro – Director nacional de Deportes, antiguo líder universitario y miembro del MSR, organización aliada a la ARG – conversaba con un amigo empresario en el vestíbulo de su cine «para familias» llamado, afectuosamente, Cinecito. Súbitamente una máquina pasó a toda velocidad y ametralló la fachada del teatro. Castro y su amigo se refugiaron tras la taquilla y resultaron ilesos. Pasado un tiempo, y viendo que el segundo carro fatal no aparecía, sal

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