Prólogo
Vivir en un mundo de fantasía
—Señores, el problema es que Jordi se escapa a un mundo de fantasía cada vez que hay un problema...
Lo dijo el psicólogo, un tipo muy serio, sentado al otro lado de su despacho, mientras entrelazaba los dedos sobre su regazo. Miré a mis padres de reojo y vi un rictus de preocupación, el ceño medio fruncido, los labios tirantes, sin saber qué decir. Pobres. Yo no entendía cómo aquel especialista podía opinar aquello de mí. ¿De qué facultad había salido? Era completamente falso. No me escapaba a un mundo de fantasía cada vez que había un problema. ¿Por quién me tomaba?
Yo «vivía» en un mundo de fantasía. Todo el rato.
Me habían llevado al psicólogo por un cúmulo de circunstancias en cadena que habían preocupado a mis profesores. Para empezar, el visionado habitual de la serie de dibujos D’Artacán y los tres mosqueperros me había afectado mucho y, de pronto, empecé a retratar a todo el mundo como D’Artacán y sus fieles compañeros, Dogos, Amis y Pontos. Estaba «mosqueperrizando» el mundo alrededor, a todas las personas que conocía, con aquellas narices brillantes y perfectamente esféricas. Para colmo, en todos mis dibujos llovían caramelos. Sí, siempre llovían caramelos, de todas las formas, sabores y colores.
Las series infantiles que veía de pequeño conformaban mi visión del mundo. Recuerdo la depresión de caballo que me cogí con el último capítulo de David, el Gnomo, cuando David se despide de su zorro Swift, se va con su mujer Lisa y mueren, es decir, se convierten en árbol. Lo de transformarse en otro ser vivo era hasta bonito, pero, cuando entendí que ese era el final, casi me atraganto con el arroz que estaba comiendo en casa de mis abuelos. No me lo esperaba. Ni yo ni ningún niño que estuviera viendo la serie ese 19 de abril de 1986.
Aquello me traumatizó un buen rato, como un primer contacto con la muerte a través de los dibujos animados. Es mi primer recuerdo de tristeza absoluta.
El fin de semana siguiente empezó la serie Los Diminutos y se me pasó la pena.
Entonces no era como ahora, que tenemos una tremenda oferta audiovisual en televisión e internet. La elección era más sencilla: solo había los dos canales de Televisión Española. Hacer zapping era cambiar de uno a otro, y ya. No había mando a distancia, de modo que los niños ejercíamos esa función. «Jordi, levántate y cambia de canal». Yo pegaba un salto desde el sofá y le daba a esos números enmarcados en algo metálico. Me parecía mágico que funcionase al notar la yema de mi dedo.
Afortunadamente, no había mucho que cambiar. Existía entonces la hermosa tradición de emitir los fines de semana, después del telediario del mediodía, un capítulo de una serie infantil que los niños esperábamos con fervor, ya fuese David, el Gnomo, La vuelta al mundo de Willy Fog o Inspector Gadget. Recuerdo ir los domingos a comer a casa de mis abuelos, donde mi abuela Victoria preparaba un arroz del senyoret —ese en el que las gambas y todos los ingredientes vienen pelados y no hay que mancharse las manos—, y ser muy feliz viendo los dibujos animados y comiendo arroz. La felicidad estaba en las cosas pequeñas, y sigue estándolo, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Tengo grabada la imagen de un niño, yo, sentado en el suelo del pequeño salón de mis abuelos viendo una tele cúbica, voluminosa y forrada de madera, típica de los años ochenta, atento, disfrutando.
La gota que colmó el vaso y que me llevó al despacho del psicólogo tuvo lugar después de las vacaciones. En el colegio, un estricto centro de curas, cuando tenía unos siete años, preguntaron dónde habíamos pasado las vacaciones.
—En Disneylandia —dije, ni corto ni perezoso.
—¿Cómo? ¿Cómo que en Disneylandia? —me preguntó la profesora.
—Sí, sí, en Disneylandia.
—Jordi, sabes que eso no es verdad.
—Sí, pero que no sea verdad no quiere decir que no sea real.
Así me iba adentrando en unas sutilezas filosóficas y fantásticas que empezaron a preocupar a mi familia, no sé si con razón o no. Yo sabía que no había estado en Disneylandia, sino en Comarruga, un lugar vacacional cerca de Tarragona donde pasábamos unas semanas y que no se parecía en nada a Disneylandia. Pero me daba igual. Y no era por mentir, sino porque la otra historia me resultaba más divertida. El caso es que pensaba que la realidad y la ficción, lo material y lo imaginario, tenían límites difusos y que, en ciertas condiciones, en especial las que se dan en la mente de un niño, podían mezclarse sin problema. Y con resultados más coloridos y resultones que la monótona rutina diaria.
Al volver a casa me esperaban mis padres, que habían recibido una llamada del colegio.
—Jordi, no hemos estado en Disneylandia. ¿Por qué vas mintiendo por ahí? ¿Te parece normal?
—¡Que no estoy mintiendo! Hemos ido a Comarruga, pero en mi cabeza yo estaba en Disneylandia.
Y así hasta que mis padres dudaron de si habíamos estado en Disneylandia, si los confundidos eran ellos o yo. De alguna manera, había descubierto el pacto de ficción que se da en la literatura o en el cine. Pero me llevaron a aquel psicólogo que acabó por difamarme.
—Jordi, eres muy infantil —me decían.
—¿Hay algo malo en eso? —respondía yo.
Para mí, tener una parte infantil no quiere decir ser inmaduro o no disponer de las herramientas necesarias para tomar decisiones, sino que me parece una conexión con la fantasía y la creatividad en un mundo tan gris y cruel. Ahora la gente lo valora. Dicen eso de que hay que «conectar con tu niño interior», pero entonces el mundo era más rígido. Mostrar tu lado infantil era motivo de burla y debilidad. Años después, ese «niño interior» me ayudaría a conectar con millones de críos de toda España.
Yo prefería ver el mundo con un filtro más bonito, saber jugar. Veía la serie El gran héroe americano y me hacía la capa. Es más, bajaba a la calle con ella bajo la ropa, como si fuera un superhéroe real en misión secreta, sin que nadie lo sospechase. Era mi responsabilidad: no podía saber si en cualquier momento alguien podría necesitar mis superpoderes. Y no solo lo imaginaba; lo llevaba a cabo. Lo hacía tan bien que en un carnaval me diseñé un traje de Los cazafantasmas y no me dejaron participar en un concurso de disfraces porque, de tan perfecta manufactura, dedujeron que el mío me lo habían hecho mis padres. Había estado meses fabricándolo: un mono, el soldador de mi abuelo transformado en una pistola de plasma, lucecitas, logotipos y toda la historia. Reconozco que me hicieron llorar de impotencia. Fue la primera vez que me acusaron de no haber hecho algo con mis propias manos.
Mi habitación era mi mundo. Unos días era una tienda donde atendía a clientes imaginarios y otros, un plató de televisión con todo listo para emitir en directo. En mi cabeza, todo era posible. Todo.
1
Aquellas pequeñas cosas
Llegué al mundo un octubre de 1976. Aquel año se hizo el primer vuelo comercial del avión Concorde (en el que luego montaría con mi padre). Adolfo Suárez llegó a la presidencia del gobierno de España. La gimnasta Nadia Comăneci hizo historia en los Juegos Olímpicos de Montreal. La sonda Viking 1 se posó en la superficie de Marte. En la Tierra nací yo, en ese mes de ese año. Lo que en principio no estaba claro era qué día había sido. Mi parto fue, como se dice en la tele, al filo de la medianoche, de modo que empecé a nacer el día 13 y acabé el 14. Mis padres tuvieron que elegir. Obviamente, eligieron el 14: el 13, como se sabe, da mala suerte, y la mía más bien ha sido buena. El 14 es mi número de la suerte.
Toda la familia vino a verme al hospital. Cuando nació mi hermano Daniel hubo una especie de sorteo para decidir su nombre, pero en mi caso, mi abuelo Jose, el padre de mi padre, lo tenía claro:
—Se llamará Jordi, como muestra de agradecimiento a esta tierra.
Siempre se sintió muy agradecido por cómo los había acogido Cataluña, así que me puso el nombre de su patrón, sant Jordi.
Los Cruz Pérez no éramos una familia numerosa. Cuatro abuelos, seis tíos y seis primos. Con nosotros cuatro, veinte en total. Un número perfecto para caber todos en la cena de Nochebuena.
Aunque casi todos vivían en Barcelona, su lugar de origen no era este.
Mi abuelo y mi abuela paternos, Jose y Victoria, eran de Melilla, pero de mundos distintos. Muchas veces me contaron la misma historia: él solo podía verla cuando salía del colegio y volvía a casa. Durante ese trayecto, un muro medio derruido dejaba el hueco necesario para que pudieran encontrarse sin que nadie sospechara nada. Eran solo unos minutos al día, pero fueron suficientes para que se enamorara de mi abuela Victoria. Sin embargo, la familia de esta, propietaria de un negocio de ultramarinos, quería casarla con alguien con futuro, con una buena profesión, un hombre de provecho.
Mi abuelo era muy espabilado. Tenía nociones de fontanero y electricista, pero aquello no daba demasiado dinero ni estatus. Eso se encontraba en el Ejército, así que acabó entrando en sus filas. El padre de mi abuela empezó a verlo con otros ojos, y al final accedió y le dio permiso para que se casase con su hija.
Al poco tuvieron un hijo al que bautizaron como Antonio. Por desgracia, falleció a los dos años. Luego llegó mi tía Maruchi y por último mi padre, al que pusieron el nombre de su hermano fallecido. Recuerdo cuando íbamos al cementerio para Todos los Santos y pasábamos por el nicho donde lo habían enterrado: «En memoria de Antonio Cruz Navarro».
—¡Papá, es tu tumba! —decía yo, algo siniestro.
Una vez leí que el hermano muerto de Salvador Dalí también se llamaba Salvador, lo que marcaría al pintor durante toda su vida.
Mi padre, su hermana y mis abuelos hicieron las maletas varias veces. De Melilla se mudaron a Vic, la capital de la comarca de Osona, en la provincia de Barcelona. Unos familiares vivían allí y contaban maravillas. No estuvieron mucho tiempo. Mi abuelo, que ya empezaba a pensar en la educación de sus hijos y en las ventajas de las grandes ciudades, tenía un plan: irse a vivir a Barcelona. Se fijó en un barrio de nueva construcción llamado La Trinidad, en el distrito de Nou Barris, grandes bloques en el extrarradio donde se alojaba el aluvión de la migración del campo a la ciudad. En Barcelona, como en Madrid, se asentaba gente en busca de una vida mejor, procedente de Galicia, Andalucía, Extremadura, Castilla..., y las ciudades iban creciendo. Era el éxodo rural, que dejaba a sus espaldas la España vaciada. Allí se compraron un pequeño piso y por fin echaron raíces.
Mis abuelos maternos, Benigno y María, nacieron en Villanueva del Fresno, Extremadura. Se casaron jóvenes y se mudaron a una casa de dos plantas delante de una farmacia. En la parte de arriba tenían la vivienda y, debajo, el taller. Mi abuelo era ebanista, lo que conecta con mi afición por crear cosas con las manos, y tenía muy buena reputación por sus trabajos con la madera. También fue músico, tocaba en la banda del pueblo. Mi abuela María cuidaba de la casa y de sus dos hijos, Maruja y Nino (de Benigno, como su padre). De Villanueva se mudaron a Algeciras. Poco después de instalarse, ocurrió algo que cambió el rumbo de sus vidas. Nino se cayó de un árbol jugando y se rompió el fémur. Para recuperarse, tenía que quedarse tumbado sobre una tabla, pero durante ese tiempo cogió meningitis. Mis abuelos decidieron viajar a Barcelona para que le curasen. Por desgracia, no pudieron salvarlo, y murió un 12 de octubre, con solo cuatro años. Después de ese duro golpe, la familia se mudó a Mataró. Mi abuela se quedó embarazada y a los nueve meses nació mi madre, Antonia. A los pocos años nació otro varón e, igual que le pasó a mi padre, le pusieron el nombre de su hermano fallecido, Nino. No sé si lo de heredar nombres de hermanos era una costumbre de la época, pero esta macabra coincidencia también se repetía en la familia de mi madre.
Por trabajo, se mudaron de Mataró a Barcelona. Después de pasar por distintas casas, acabaron en el barrio donde mis abuelos paternos habían comprado un pisito.
Por esas calles de La Trinidad se conocerían mis padres, Antonio y Antonia, años después.
Mi abuela María murió de un infarto cuando yo era muy pequeño. Mi abuelo Nino se quedó solo y empezó a pasar algunas temporadas en casa. Nos apañábamos muy bien. El cuarto de juegos se convirtió en su habitación. Su tarea estaba clara: hacer de abuelo. Cuando venía se encargaba de hacer la ruta y de ir a buscar a los nietos al colegio (mi hermano y yo íbamos a distintos centros porque mis padres no encontraron plaza en el mismo). Recuerdo una colección de revistas que venían con una cinta de casete que se llamaban Oye mira. En esa época había muchos grupos de música infantiles —Parchís, Regaliz, Enrique y Ana— que en muchas ocasiones interpretaban la sintonía de las series de dibujos animados. Cada mes salía un Oye mira, siempre de un grupo distinto. Mi abuelo me las compraba en el quiosco. Me acuerdo de estar en el colegio expectante, a los cinco o seis años, porque llegaba a buscarme con el regalo, volvíamos a casa y me pasaba toda la tarde escuchando las canciones. Yo era muy fan de Parchís, veíamos sus películas en las sesiones de cine que hacían en el cole. Una vez pusieron La guerra de los niños, una peli alucinante en la que los miembros del grupo conseguían un viaje a Disneylandia, lo que quizá influyó en mis sueños de viajar allí. De noche, en la cama, cuando tenía pesadillas o preocupaciones, me imaginaba aquella escena final, cuando aparecían carrozas maravillosas adornadas con lucecitas y sonaba una canción dedicada a Walt Disney. Era un truco infalible: me dormía al instante.
Mi abuelo pasaba un tiempo con nosotros en Barcelona y otras temporadas en casa de mi tía, en Mallorca. Cuando se iba, mi hermano y yo recuperábamos nuestro cuarto de juegos.
Una noche de domingo estábamos en el salón viendo una película muy rara con mis padres, El sentido de la vida, de los Monty Python. Yo tendría ocho años y no entendía nada. Recuerdo una escena en la que aparece un huevo gigante que se rompe. En ese momento, sonó el teléfono y presencié por primera vez lo que era el dolor profundo. Mi madre lo cogió, escuchó atentamente y soltó el auricular dando un grito, como si le quemase la mano. Acababan de comunicarle que mi abuelo había fallecido. Ella se fue para Mallorca a enterrarlo, y nosotros nos quedamos con mi padre, que era un poco desastre para preparar desayunos, comidas y cenas, y casi se volvió loco. Mi tía Maruchi nos ayudó y salimos adelante hasta que volvió mamá. Así se fue mi abuelo, de pronto, sin despedirnos.
Por desgracia, no tengo muchos recuerdos de ellos. Solo fotos, lo que me contaba mi madre y poco más. Se fueron muy pronto, o yo llegué muy tarde.
Mis abuelos paternos sí que me vieron crecer, y su influencia marcó mi personalidad. Sus historias eran apasionantes. Mi abuela Victoria, siempre que paseábamos por Navidad y veíamos las luces, me decía:
—Tu abuelo fue uno de los técnicos que pusieron las primeras luces de Navidad que hubo en la ciudad, en la calle Pelayo, entre las plazas de Universidad y Cataluña, en el centro.
Yo veía lo altas que estaban y pensaba: «Mi abuelo es el mejor».
Lo recuerdo con su pelo blanco y su venerable bigote. Tenía porte de capitán, de capitán de la familia Cruz. Era un señor conservador, de la vieja escuela. Le gustaba la seriedad y el trabajo duro, no estaba para tonterías. Con una mirada, te fulminaba.
A veces discutían porque mi padre, de joven, siempre estuvo metido en las típicas movidas estudiantiles, grupos de protesta, manifestaciones relacionadas con la lucha de los trabajadores, Comisiones Obreras, diadas catalanistas y en lo de «correr delante de los grises».
Mi abuelo era del Real Madrid y mi padre, del Barcelona. El primero lo ganaba todo y el Barça tenía que agarrarse a la esperanza de que algún día cambiarían las tornas.
Desde pequeño, me quedaba obnubilado mirando cómo mi abuelo manejaba las herramientas y lo reparaba todo con sus manos gruesas y hábiles, haciendo y deshaciendo. Una vez presencié una reparación de fontanería con un chicle, como si fuera MacGyver. Bueno, no era exactamente goma de mascar, sino una goma elástica, pero en mi mundo de fantasía lo vi como un chicle.
Yo siempre he sido de los que prefieren hacerse su sofá a comprarse uno de tres mil euros; de decorar la casa con mis adornos, no con los que se compran; de montármelo por mi cuenta, eso que ahora llaman «hazlo-tú-mismo», do-it-yourself. Quizá me venga de mi abuelo.
Él fabricaba grandes aviones de madera y cartón. Los lanzaba desde la azotea del edificio y nosotros corríamos siguiendo sus indicaciones. Allí encontrábamos el avión, no siempre en buen estado. Poco a poco, fui aprendiendo a reparar, inventar, montar y desmontar. A mi abuelo le gustaba.
—Yo no me preocuparía por el futuro de Jordi. Está claro que acabará haciendo algo —decía.
Aún conservo dos aviones de mi abuelo. Están listos para volar, pero ahora decoran el techo de una habitación. Es como si los hilos de pescar que los sujetan fueran cadenas invisibles que los mantienen flotando en esos maravillosos domingos de mi infancia.
Murió a principios del siglo XXI, pocos días después de mi madre. Todavía guardo su cojín del Real Madrid —aunque soy del Barcelona, como mi padre— y su nutrida caja de herramientas, con las que arreglaba el mundo. El mismo que a veces intento arreglar yo.
Mi abuela Victoria fue la última en irse. Yo tenía treinta y dos años. La noticia de su muerte me dejó muy tocado. Toda mi infancia huele a los abrazos de mis abuelos. Sabe a esos caramelos que me escondían en el bolsillo con la promesa de no decir quién me los había dado. Suena como esos besos y carantoñas que recibía en cada moflete al entrar por la puerta y al salir. Con su marcha, gran parte de mi infancia se convirtió en un recuerdo imborrable.
2
No me enseñes la lección
Vivíamos en Sant Andreu del Palomar, un barrio de la gran ciudad que para mí tenía el encanto de un pueblo. Las distancias eran cortas, conocías a los vecinos y te los encontrabas por la calle. Disfrutábamos de nuestras fiestas patronales, de nuestra iglesia en la plaza y de nuestro paisanaje. No vivir en el centro tenía esas ventajas.
Guardo muy buenos recuerdos de esos primeros años. Nuestra casa estaba en el número 18 de la calle Gran de Sant Andreu, casi al lado de la antigua fábrica de ENASA —Empresa Nacional de Autocamiones, Sociedad Anónima—, constructora de los famosos camiones Pegaso. Con el tiempo, esa mole de cemento y hormigón se convirtió en un parque lleno de zonas lúdicas y deportivas. Nuestro piso era el quinto A. En el de abajo, en el cuarto B, vivían Pepe, Carmen y sus hijos, Maricarmen y Dani.
Pepe y mi padre eran amigos desde jóvenes: jugaban al fútbol, hacían teatro, cogían la guitarra y cantaban. Cuando crecieron, decidieron vivir en el mismo edificio y mantener una relación cotidiana. Y que también la tuvieran sus hijos.
En el quinto B vivían Antonio, Rafaela y sus hijas, Ana Mari y Conchi, mayores que nosotros. También estaba Ana, que era peluquera y tenía su salón en casa, y su hijo Albert. Esa combinación de vecinos, amigos, hijos e hijas conformaba un micromundo.
Nuestra casa era perfecta para un matrimonio con dos hijos: un recibidor en la entrada, una pequeña cocina llena de armarios hasta arriba, habitaciones correctas, salón y un pequeño balcón con toldos floreados. Recuerdo que la puerta del comedor tenía unos pequeños vidrios donde en Navidad encajábamos las felicitaciones. Por entonces, si tenías muchos amigos, sabías que recibirías muchas tarjetas. Hoy se felicita por mensaje y no tiene tanto encanto. El piso de Pepe y Carmen tenía la misma distribución que el nuestro, de modo que debajo de nuestra habitación estaba la de Maricarmen y Dani. Jugábamos a intercambiar mensajes atados a cuerdas y nos los pasábamos por la ventana de arriba abajo y de abajo arriba. Así nos contábamos nuestras cosas o concertábamos citas para vernos.
«¿Qué? ¿Subes tú o bajo yo?».
Los sábados, después de la película de sobremesa, los mayores se juntaban para jugar a las cartas. A los niños nos daban vía libre para que no los molestáramos durante la partida. Los Danis iban a una habitación y los pequeños, Maricarmen y yo, a otra.
Mi vecina era una chica muy decidida. Siempre tenía ideas y quería vivir grandes aventuras. Solía llevar la voz cantante, arrancaba todas las historias. Aquellas tardes de sábado eran una explosión de imaginación brutal. Ella tenía el don de escuchar una canción en inglés y memorizarla. Yo alucinaba en colores con ese superpoder. Muchas de esas tardes acababan con una función delante de nuestros padres. Podía ser un baile, una obra de teatro o cualquier invención. Nos veían actuar delante de la mesa y, cuando terminábamos nuestra performance, nos entraba toda la vergüenza del mundo y nos íbamos corriendo al cuarto. Para mí, Maricarmen fue una parte muy importante de esos primeros años.
Por aquel entonces, mi rutina estaba muy clara: colegio y casa. No recuerdo que las actividades extraescolares estuvieran tan de moda como ahora. Eso sí, después de acabar las clases, me quedaba bastante rato jugando en el patio. Eran momentos de risas, diversión y descubrimiento. Luego, en casa, me dedicaba fundamentalmente a ver la tele, a ver la tele y a ver la tele. Aunque debería haber estado haciendo los deberes, mi madre nunca conseguía que me pusiera al tajo. Siempre tenía excusas más o menos perfectas o me inventaba que no había tareas. Así era yo. A veces tenía instantes de sensatez pasajera: «No, Jordi —me decía a mí mismo—, tienes que estudiar, tienes que tomarte esto en serio».
Y lo hacía... al menos durante un rato. «¿Qué estarán poniendo en la tele?», me preguntaba. Y lo que ponían eran programas que me encantaban: Campeones, con Oliver y Benji, Juana y Sergio o La merienda con Miliki y Rita Irasema... así era imposible concentrarse en los estudios.
En aquel barrio fui a mi primer colegio. Se veía desde el balcón de casa. Era un centro de curas algo rígido en el que estuve de párvulos a octavo de EGB. A veces los padres cambian a sus hijos de colegio, y eso, aunque para el adulto no es tan grave, para el niño puede ser traumático, porque tiene que reiniciar su vida social, pues aterriza en una historia que está medio contada. Que me mantuvieran en el mismo colegio toda la EGB fue una suerte, porque hice un gran grupo de amigos con los que compartí la infancia y la preadolescencia.
La primera parte de los estudios, preescolar, me impactó mucho, porque se hacían manualidades y decoraciones, y se dibujaba mucho. Recuerdo ver el colegio siempre decorado con murales y recreaciones gigantes de personajes de las películas de Disney de la época. Durante esos años, mi pandilla estaba formada por Daniel, Jordi, Ferran, Jesús... Hacíamos muchas trastadas, pero eran trastadas contra el sistema, no para hacer la vida imposible a los compañeros más débiles. Una vez descubrimos no sé cómo que con las tijeras de punta redondeada se podían abrir todas las puertas del colegio.
Otros niños más espabilados hubieran robado el examen de Ciencias Naturales; nosotros, en cambio, entrábamos a diario en el despacho del director y le cambiábamos los objetos de sitio. Como parecía no darse cuenta, sustituimos sus fotos por otras que no tenían nada que ver que sacábamos de revistas. Íbamos a la hora del recreo, en plan Misión imposible, y nunca nos pillaban. Cuando eres niño, no tienes miedo a nada. Si nos cogían in fraganti, nos podían castigar e incluso expulsar, pero nos daba igual. Éramos temerarios, al menos en nuestro pequeño universo. A mí no
