Mi niñez es la fuente de mis mejores recuerdos. Vuelvo a ella la vista como los pueblos a su infancia oscura. Siento por ella un amor igual al que éstos sienten por su pasado remoto[3].
1. LA INVICTA VILLA
En 1864, durante los últimos y revueltos años del reinado de Isabel II, la Invicta y Heroica Villa de Bilbao todavía no se había convertido en la gran urbe industrial de las dos últimas décadas del siglo y aún no se habían producido las profundas transformaciones sociales y demográficas en Vizcaya, y principalmente en la parte izquierda de la ría[4].
El País Vasco está pasando paulatinamente de una economía rural a un sistema industrial, y desde la década de 1840, con la explotación de las minas de hierro a gran escala, empiezan a prosperar las industrias siderúrgicas y metalúrgicas; se funda en 1841 una sociedad anónima, Santa Ana de Bolueta, una novedad en España como los primeros altos hornos. A partir de 1855, el grupo Ibarra afinca su industria en Baracaldo, pero conoce una actividad muy limitada hasta la década de 1880. La implantación en Vizcaya de las primeras industrias no altera las actividades de la burguesía, que siguen siendo ante todo comerciales. Después de la desaparición del privilegio de emisión de moneda que tenía hasta entonces el Banco de San Fernando, se crean varios establecimientos, entre ellos el Banco de Bilbao en 1857; se establecen compañías de seguros, y se inaugura el ferrocarril Tudela-Bilbao para mantener la hegemonía entre los puertos del norte de la Península[5].
Pese a estas primeras transformaciones, la ciudad del Nervión es una urbe tranquila donde conviven los apacibles «chimbos» —apodo dado a sus habitantes— en un ambiente familiar, sin demasiadas tensiones ni conflictos. En el casco viejo o Siete Calles, «núcleo germinal de la ciudad», residen como en tiempos pasados las tradicionales clases medias, mercantiles y acomodadas. Allí se alzan los más emblemáticos edificios públicos: el Ayuntamiento, el Teatro de la Villa, el hospital de Achuri, y la Alhóndiga, donde se concentra desde tiempos remotos el poder económico, social y político-administrativo de la ciudad.
Desde finales del siglo XVIII, Bilbao impresiona a los visitantes por su ubicación a orillas del Nervión, «río de las delicias y riqueza de la villa», por la limpieza de sus calles bien empedradas, la belleza de sus edificios altos y soberbios, sus abundantes almacenes, sus huertas variadas, su clima suave y unos alrededores poblados de robles[6]. En la centuria siguiente, tan limpia está la ciudad que se merece el nombre de «tacita de plata»[7]. Las calles no solamente se barren y limpian; se lavan con el agua que corre de los caños por las Siete Calles.
La ciudad del Nervión también tiene una vida cultural ilustrada por la presencia de teatros y bibliotecas. La vitalidad comercial es notable; las fiestas, sencillas pero bulliciosas y alegres; la carne y la caza, muy variadas; los pescados, riquísimos; verduras y frutas en abundancia adornan los puestos de los mercados.
A mediados del siglo, el recinto del Bilbao histórico queda estrecho y las murallas dificultan el irreprimible desarrollo de la villa. En 1860, ésta cuenta con unos 18.000 vecinos y pronto se plantea de manera candente la cuestión del ensanche, de modo que, al año siguiente, se elabora un primer plan, diseñado por Amado Lázaro, ingeniero provincial de Vizcaya. El proyecto prevé una ciudad maravillosa, con una espaciosa Gran Vía de 50 metros, y calles con anchura mínima de 20 para que el sol pueda alcanzar las habitaciones de abajo. Pero este proyecto fracasa pues despierta numerosas críticas y el Ayuntamiento pronto se percata de los altísimos costos de las expropiaciones. Finalmente, la ciudad no conoce cambios significativos durante tres décadas, aunque se elabora en 1876 un nuevo plan urbanístico después de la aprobación de los ensanches de Madrid y Barcelona en 1860, y de San Sebastián en 1864.
Bilbao, que vivió la ocupación francesa entre los años 1808 y 1813, sufre dos sitios durante la primera guerra carlista. El 13 de junio de 1835, Tomás de Zumalacárregui, obedeciendo al pretendiente al trono, Carlos María Isidro de Borbón, sitia la ciudad que se niega a rendirse. El general carlista, herido durante el sitio, muere el día de San Juan y a raíz de esta desaparición, las tropas cristinas de Baldomero Espartero liberan a la ciudad el 4 de julio. Otro sitio de 43 días afecta a la ciudad del Nervión en los últimos meses de 1836, pero no se rinde, permaneciendo leal a las tropas de María Cristina; queda libre después de la batalla de Luchana, en la que resulta victorioso el general Espartero el día de Nochebuena y recibe entonces el prestigioso título de Noble y Muy Leal Invicta Villa por su heroica resistencia[8].
En esta ciudad de pasado glorioso, baluarte de la causa liberal y vuelta hacia un porvenir económico esperanzador, se establece después de la primera guerra carlista la familia Unamuno, oriunda del histórico pueblo de Vergara.
2. «LAS NIEBLAS DE LA INFANCIA»
A principios de la década de 1860, en el pintoresco barrio de Siete Calles, y más precisamente en el número 16 de la calle de la Ronda, que corre por la parte exterior de la muralla, se establecen los recién casados don Félix María de Unamuno y Larraza y su sobrina carnal, María Salomé Crispina de Jugo y Unamuno. A primera vista, los dos cónyuges son más bien dispares tanto por sus vivencias como por la diferencia de edad, pues Félix, tío paterno de Salomé, le lleva 17 años.
Nacido en 1823, Félix María, hijo de don Melchor Jesús de Unamuno, confitero en Vergara, y de Josefa Ignacia de Larraza y Azarola, ha descubierto anchos horizontes pues, como otros tantos chicos vascongados y de todo el litoral cantábrico —entre ellos sus tres hermanos—, se fue de casa jovencito para «hacer su América». Se estableció en la ciudad mexicana de Tepic, donde consiguió reunir un pequeño caudal antes de regresar a Bilbao para «montar una industria», arrendando en 1859 una caseta en la Plaza Vieja de la villa. El mismo año presentó un expediente para utilizar el agua del Uzcorta en el horno de panadería con «el sistema Rolland» en la casa número 41 del barrio de Achuri[9], y en 1866 solicitó del Ayuntamiento la concesión de un puesto de pan en los soportales de la Plaza Vieja[10].
A diferencia de este «indiano» o «americano», María Salomé Crispina, que ve el día en 1840, no ha contemplado más cielos que los de su Bilbao natal y a los catorce años queda huérfana de padre. Pero si bien no ha vivido las aventuras americanas de su esposo, no desconoce el turbulento pasado familiar, particularmente el de su madre, Benita Unamuno y Larraza, dueña con su esposo de una confitería llamada «La Vergaresa». Esta hermana de Félix tuvo que abandonar con su familia la ciudad de Vergara en 1835 durante la primera guerra carlista y vivió los dos sitios de Bilbao que «retemplaron su alma» y fortalecieron sus convicciones liberales. Además, Benita, casada en primeras nupcias con José Antonio de Jugo y Elezcano, ha vuelto a contraer matrimonio con José Narbaiza.
En 1864, Félix y Salomé tienen una hija, María Felisa, nacida en 1861, pues la segunda, María Jesusa, había muerto el año anterior. A finales de septiembre, concretamente el día 29, nace el primer varón, en «lo más lúgubre y sombrío del sombrío Bilbao, en una calle, amasada en humedad y sombras, donde la luz no entra, sino derritiéndose» (I, 170). El párroco don Pascual de Zuazo le impone el nombre de Miguel, santo del día, y el bautismo se celebra al atardecer del mismo día en la iglesia parroquial de los Santos Juanes, de estilo barroco, en la cercana calle de la Cruz. Los padrinos del recién nacido son sus tíos Félix de Aranzadi, natural de Vergara, y Valentina de Unamuno, vergaresa también, siendo testigos los sacristanes Ramón de Arrugaeta y Lucas de Ayesta.
En la partida de nacimiento del niño sólo figura el nombre de pila del arcángel, nombre predestinado «porque llamarse Miguel, por vía de Providencia, obliga a algo al que hace una espada de su pluma y se mete a pelear con el pandemónium» (VIII, 1161).
Algunos meses más tarde, «mamoncillo aún», Miguel se traslada con su familia al segundo piso derecha del número 7 de la calle de la Cruz, a «una casa de vecindad, de ocho vecinos, cuatro pisos con dos viviendas dobles, de derecha e izquierda, aparte de los bajos». Su tío, Félix de Aranzadi, ocupa la lóbrega lonja de una chocolatería en el bajo. Es la casa del mirador, un balcón cerrado que pertenece a la parte reservada de la casa, al santuario. Allí aprende a balbucir en castellano, idioma que se habla en su casa, «pero castellano de Bilbao, es decir un castellano pobre y tímido, un castellano en mantillas, no pocas veces una mala traducción del vascuence» (VIII, 941).
Su padre es panadero y comerciante de harinas, y la familia vive con cierta holgura. Al niño le deja indiferente la Revolución de Septiembre de 1868, en la que las tropas dirigidas por el general Serrano derrotan en Córdoba a las gubernamentales en el Puente de Alcolea, obligando a la reina Isabel II a cruzar la frontera. Sin embargo, este acontecimiento tiene consecuencias perceptibles en su familia ya que el 9 de noviembre de 1868 un decreto publicado en la Gaceta de Madrid establece el sufragio universal para los varones mayores de 25 años. Su padre, don Félix, se presenta como candidato cuando se convocan elecciones municipales los días 19, 20 y 21 de diciembre de 1868 y es elegido concejal liberal del Ayuntamiento de Bilbao por el distrito de San Juan con 120 votos[11].
El 14 de julio de 1870, la muerte irrumpe por primera vez en el universo pacífico y feliz del chico, pues fallece intestado su padre a los 47 años «de enfermedad de tisis pulmonar» en el balneario de Urberuaga, sito en la parroquia de Marquina, después de recibir los santos sacramentos de penitencia, sagrada eucaristía y extremaunción del cura párroco Miguel Joaquín de Bascaran[12]. El tutor de los niños es su tío Félix de Aranzadi, padrino de Miguel.
Don Félix descansa en el camposanto de Mallona, primer cementerio «civil» de Bilbao, construido fuera del recinto de las iglesias, al que se sube por unas pronunciadas y anchas escaleras, las Calzadas de Mallona. En el mismo sitio, unos meses antes, Bilbao había honrado a sus muertos, 35 años después de su heroica defensa, levantando por suscripción popular un monumental mausoleo inaugurado en mayo de 1870 en homenaje a las víctimas de los dos asedios de la guerra de los Siete Años.
Miguel sólo conserva de su padre «un vago recuerdo, esfumado en niebla», quizá gracias a los retratos que se encuentran en las paredes de su casa, y sólo el paso de los años le permite reconstruir la figura de un «autodidacto que se había hecho a sí mismo, lejos de su tierra natal y respirando aires de libertad y de liberalismo» (VIII, 420). Además, la memoria del difunto se vincula con la existencia de la biblioteca y el descubrimiento del francés:
Recuerdo de un cierto momento en que le oí hablar con otro una lengua para mí entonces extraña: el francés. ¡Lo que heriría mi imaginación infantil esto! Pero tampoco puedo decir que mi padre no hubiese influido en la formación de mi espíritu. Y no sólo por el ambiente que dejara en mi casa y por lo que de él oí contar en ella y fuera de ella, sino, sobre todo, y principalmente, por la pequeña biblioteca doméstica que él formó, y en la que se formó no poco de mi espíritu (VIII, 419).
Tras este fallecimiento prematuro, el ambiente del hogar se vuelve siniestro y pesado, pues ronda de nuevo la muerte: al año siguiente, fallece María Mercedes Higinia, la sexta de los hijos de la pareja, con apenas un año. En esa casa afectada por la desgracia, no es de extrañar que su madre busque el consuelo de la religión, viuda a los 30 años, vestida siempre de luto riguroso, figura hierática de mirada triste y perdida, marcada además por la muerte de dos de sus hijas. Pero es también una mujer enérgica y una madre atenta que ha estudiado el francés en un colegio de Bayona y que vela por los estudios de sus cuatro hijos, María Felisa, Miguel, Félix Gabriel y Susana Presentación, nacidos durante los diez años de su breve matrimonio. Así que Miguel crece, arrullado por «los ecos lejanos de la letanía casera y maternal», mimado por la abuela materna Benita, también viuda. Le resultará difícil olvidar que en su casa no hubo hombre ni sobre todo matrimonio, y comprueba con el tiempo que «la suma austeridad se da en el hogar de una viuda»[13].
A pesar de todo, la vida cotidiana de Miguel, como la de muchos de sus compañeros, viene marcada por un calendario sentimental y festivo que desgrana las diferentes celebraciones y los rituales religiosos al compás de la vida de la ciudad y de las estaciones. La misa de Candelas, a la que acude «con la velita rizada», abre las festividades; los desfiles callejeros del Carnaval no le agradan mucho, y parece que le dan miedo los bailes de máscaras barragarris. En cambio, para Semana Santa, apenas despachada la cena, Miguel se entretiene contemplando desde los balcones de las casas viejas del barrio de Siete Calles las pintorescas procesiones con los bultos o pasos sostenidos por unos muchachos con bota de vino. Le impresionan algunas tallas, con sus posturas contorsionadas, sus rostros deformados o grotescos; se queda encandilado frente a las luces de los cirios y de los farolillos y más de una vez, envidia a los hijos de los porteadores que pueden acercarse a los pasos como el de la Pasión. Con la procesión del Corpus que señala la primavera, puede admirar los castaños en flor de la plaza del Arenal y embriagarse con el perfume del tilo que se alza junto a la iglesia de San Nicolás. ¡Qué gusto le da ver pasar el palio, «la basílica», al son del tintinábulo y de los motetes, bajo los pétalos de rosas que lanzan las mujeres y los niños desde los bal cones! Durante las fiestas de agosto, el chico disfruta viendo, oliendo y tocando los gigantes don Terencio y doña Tomasa, que bailan al son alegre del tamboril y el pito, pero se lleva un chasco cuando le dicen que dentro van los barrenderos. Le asombra también la india, gigantona de hermosa tez y lindos ojazos, pero ésta acaba deteriorada por una cloruritis (I, 95-100). El día de Difuntos y la visita al cementerio de Mallona, cuyas escaleras se divisan desde la casa, señalan la vuelta de los recuerdos tristes de los desaparecidos y los días más cortos y aburridos. Con la celebración de la Navidad, vuelven los días amenos, sobre todo cuando reciben la visita de un lejano pariente, esperada con impaciencia por Miguel y sus hermanos. Entonces, se rompe la vida monótona de «una familia vascongada de austerísimas costumbres, con cierto tinte cuáquero» (IX, 816). Para Reyes y el Año Nuevo, los niños están en ascuas, comen más deprisa y hasta renuncian a los postres porque sólo les interesa descubrir la sorpresa del aguinaldo (VIII, 125-128). En otras ocasiones muy contadas, Miguel consigue evadirse del ambiente pesado del hogar gracias al teatro y le emociona sobre todo el espectáculo de Los pobres de Madrid, pues el escenario dentro del escenario le hace el efecto de un teatro en el teatro y le abre los ojos (VIII, 128-129). Pero estos breves momentos de diversión no consiguen amenizar la vida familiar, y el ambiente religioso lo contagia todo.
En el hogar, las demostraciones de cariño casi no existen y la vida es tan austera que su recuerdo cala hondo en el niño y en el adolescente, que lo confía a sus cuadernillos:
En esto que llaman clase media todo es triste, la vida contradicción y lucha y como se procura matar el instinto, el hogar no es hogar ni la familia familia.
Yo me he criado en una familia de puritanos, sequedad y fórmula, así es que mis afectos son afectos profundos pero secos, mi afición la lógica, y mi deseo un deseo que ni se ve ni se palpa, he mamado con la leche el escepticismo[14].
Parece que vive en un mundo distinto del de sus hermanas, la mayor María Felisa, y la menor Susana Presentación, pero es de suponer que comparte con su hermano menor, Félix José Gabriel, los juegos de su edad. En cambio, la descripción de Bilbao y de los años del colegio es mucho menos nebulosa.
3. RECUERDOS DE UN COLEGIAL SOÑADOR
Conforme van pasando los años, el niño «endeble (aunque nunca enfermo), taciturno y melancólico» descubre su ciudad y se arraiga cada vez más en «su bochito», llamado entrañablemente así a imagen del agujero donde juegan a las canicas los muchachos bilbaínos. Pero pocas veces traspasa los límites de su barrio: se forja entonces una geografía sentimental circunscrita a la manzana comprendida entre las calles de la Cruz, Sombrerería, Correo y Matadero (hoy Banco de España), la manzana en cuyo centro está el matadero (I, 170).
El colegial se pasa largos momentos soñando y observando desde la atalaya de su mirador el espectáculo de las calles: la entrada de la lóbrega calle de la Ronda, que huele a vino de bodega, y casi enfrente del mirador, la iglesia de los Santos Juanes y contigua al templo, la Casa de Misericordia. Frente a frente, le extraña un piso misterioso, siempre cerrado, donde entran de tapadillo hombres clandestinos que, al parecer, pertenecen a una logia masónica; echa de vez en cuando una ojeada más allá, fuera de la calle, hacia una plaza donde se alza el Instituto Vizcaíno, «templo del saber oficial»; clava a menudo los ojos, pensativo, en las calzadas cercanas que llevan al cementerio de Mallona y al santuario de Nuestra Señora de Begoña. A veces, su mirada se escapa hacia el alto de Miravilla que cierra el horizonte celeste con el rojizo color de sus minas de hierro y algunas nubes blandas (VIII, 270).
Pero, en otros momentos, sale de su aislamiento y soledad para reunirse con sus compañeros en otros sitios más concurridos por los bilbaínos. Uno de sus lugares predilectos es el paseo de Los Caños, «paseo de beatas, filósofos y enamorados», sitio legendario, poblado de hayas, chopos, álamos, robles, un lugar fresco, a orillas del rumor del río, ameno en verano, bañado por el sol en invierno y adornado por dos fuentes. Entre los niños corre una leyenda y se creen a pies juntillas que las huellas que se van borrando en el suelo son las dejadas por sendos pies del Ángel y del Diablo después de apostar a quién saltaba más desde la otra orilla. Algunos se divierten de lo lindo poniéndose en las pisadas, sobre todo en la que figura un pie grosero, grande y feo. Más allá, imaginan que las grandes manchas negras que cubren el suelo son restos de la sangre coagulada de un rey decapitado durante una batalla entre cristianos y moros. A veces, se cruzan con niños de la calle que se han escapado para nadar en los caños y a quienes motejan «farolines». Entre semana, por la mañana, se cruzan con los vendedores ambulantes que animan las calles con sus pregones: algunos mozos procedentes de la provincia de Santander, gritan «¡Se componen cestos y sillas!»; otros, de la parte de Galicia, que llevan alrededor del cuello una sarta de herramientas y el berbiquí vocean «¡Se reparan platos, fuentes, barreñones!», mientras unos canturrean «Se componen paraguas y sombriyas». La voz del afilador, muchas veces un italiano, resuena en las esquinas y lo sigue el pregonero con la gorra en la mano y un altavoz para difundir las últimas noticias de la villa[15].
Durante los largos recreos de media hora o más, los colegiales suelen acudir a la Plaza Nueva, lugar predilecto de Miguel a menudo vinculado a «las tristonas tardes de terco sirimiri» y sus soportales son «un refugio para cuando el cielo llora»[16]. En cambio, en la primavera, con su estanque en el centro y las magnolias que embalsaman el aire, la plaza queda muy atractiva con el café Suizo, el más antiguo de Bilbao, fundado por el helvético Francisco Matossi en 1813, y en una de sus entradas, que da a la calle Correo, se ha puesto una confitería o pastelería[17].
Asimismo, el Arenal con su vegetación frondosa, sus sendas sinuosas y sus tres estanques es un sitio privilegiado para los juegos infantiles; en mayo, los colegiales se divierten apedreando las flores blancas de los altos castaños de Indias o sacudiendo los arbolitos de tronco flexible para que salgan los «cochorros» o escarabajos. A veces, los sueltan en clase, pero prefieren hacerlos revolotear alrededor de un palillo, con su patita rota y clavados a una cinta; se regocijan cuando el tontuelo quiere emprender el vuelo y escaparse.
No es siempre fácil jugar y correr con las blusas de rayitas azuladas de anchos dobladillos y abotonadas en la espalda, unas blusas largas que les llegan hasta más abajo de las rodillas. Cuando los colegiales van a nadar a la Peña, si se descuidan un poco, los chicos mayores les «dan galleta» en las mangas, haciendo fuertes nudos que les cuesta mucho deshacer. Y en el Arenal, cuando juegan a «tres navíos en el mar» o a «guardias y ladrones», las recogen, apelotonándolas sobre el pecho, para poder correr más cómodamente[18].
Además del cochorro y del grillo, todos los bichos los atraen y les inspiran juegos más o menos crueles. Los colegiales acompañan con su canto el vuelo de la mariquita, o sea, la solitaña:
Soli, solitaña,
vete a la montaña;
dile al pastor
que traiga buen sol
para hoy y pa mañana
y pa toda la semana (VIII, 111).
Cazan las moscas prendiéndolas por las patas con un poco de azúcar en la yema del dedo, y a veces les arrancan las patas o la cabeza; también las introducen en una pajarita de papel para que la arrastren (VIII, 112-114). Cogen nidos, cortan las alas de los pajarillos para que no se escapen y les entretengan con sus cantos y cuando les preguntan: «¿Para quién hizo Dios el mundo?», contestan: «Para el hombre. ¡Viva el rey de la creación!»[19].
Parece que Miguel no comparte siempre los juegos tradicionales de sus compañeros de clase «que exigen destreza y agilidad físicas» y ya empieza a aficionarse a la confección de pajaritas de papel, «¡tan silenciosas, obedientes y sumisas!». Se dedica principalmente a este pasatiempo durante el bombardeo de Bilbao en 1874, y con su primo Telesforo Aranzadi, organizan ejércitos. Incluso en verano, lleva sus pajaritas a la casa de campo de su abuela Benita en Olabeaga:
De muchacho yo no sabía jugar a la trompa, ni a las canicas ni a la pelota, mi afición era contar cuentos o jugar a las tres rayas, juegos solitarios, callados, tristes. Los pajarillos de papel me embelesaban, tenía yo muchos, ejércitos, tenían sus nombres, sus leyes, su moneda, sus pájaras, sus cargos, sus títulos, hasta su historia que entre yo y un primo la escribimos. Otros se han criado entre pajarillos de carne y hueso, oyéndolos cantar, yo entre pajarillos de papel, secos y muertos[20].
Miguel es ante todo un chico de la ciudad, y sus primeros años se desarrollan en su «bochito»; por eso, siente entusiasmo cuando puede estar en contacto directo con la naturaleza durante los veraneos en la casa de campo de su abuela:
Muchos han nacido en una aldea, se han criado en el campo, entre árboles frondosos y un ambiente fresco, viendo a todas horas el azul del cielo, ellos saben de memoria cómo cantan los pájaros y todo lo ven fresco, flexible y verde. Yo he nacido en un pueblo comercial, fórmula y nada más, me he criado entre calles oyendo a todas horas la voz del hombre y casi nunca la de la naturaleza, del colegio a casa, de casa al colegio; ¡qué alegría cuando nos llevaban por la tarde de paseo al campo![21].
En efecto, los jueves por la tarde no hay clase y suelen ir los colegiales a la Landa Verde, entre Begoña y la ría; desde allí, Miguel descubre las peñas agudas de Mañaria que cierran el valle de Echévarri. Las alturas del Pagazarri, más impresionantes, le recuerdan aventuras leídas en Julio Verne; ante sus ojos, se abren horizontes inmensos, puede escapar del reducido y lóbrego mundo del casco viejo de la villa.
Sin embargo, en su vida no todo son juegos y paseos; «apenas ha dejado las sayas», lo llevan al colegio de San Nicolás, en la calle del Correo, a poca distancia de la casa del mirador. Es uno de los más famosos de la villa, un colegio y no una escuela, porque las escuelas son las de balde, la de la villa, por ejemplo, adonde van los chiquillos de la calle. Entonces empieza la rutina y para el chico, la semana se hace pesada, todos los días al colegio por la misma calle, a repetir las mismas cosas, así que llega al sábado verdaderamente cansado (VIII, 181). Aunque se trata de un colegio de pago, es un sitio poco acogedor, y se dan las clases en «una buhardilla con salidas a los tejados» situada al final de una vieja escalera, de tramos desgastados, con barandas anchas y ennegrecidas.
Su primer maestro, don Higinio, es un viejecillo que huele a incienso y alcanfor, tan mayor «que medio Bilbao ha pasado bajo su caña»; lleva de mote El pavero porque posee una gran colección de cañas que usa para castigar a los pavos, que son sus alumnos, y se reserva un junquillo de Indias para las grandes faltas de los mayores. Sin embargo, este anciano bondadoso, que no ha tenido hijos, siempre lleva los bolsillos llenos de galletas, las paciencias, que le roban los chiquillos al final del día de clase. A los niños les parece enorme la mesada entregada al maestro («¡un duro nada menos! ¡Concho!») y se figuran que don Higinio debe de ser muy rico.
Otro maestro causa honda impresión en el colegial, don Sandalio Benito y Benito, «quien guía sus primeros pasos por el saber humano». En la gran buhardilla de la clase, bajo las enormes vigas del techo, el chico no sólo aprende a leer, hacer palotes, contar y aun sentir, sino que se dedica a soñar durante largas horas. Completan esta instrucción las clases de urbanidad que ocupan un sitio preponderante, la geografía con el descubrimiento de los puntos cardinales, la música, sin olvidar el rezo cotidiano del santo rosario, de rodillas, después de las clases. Estas letanías no parecen «excitar la devoción» de los niños que se divierten a menudo arrastrando las eses finales del «ora pro nobiss» y prefieren recitar el romance del pimpinito.
En el colegio, el niño descubre los libros a través del Catecismo de García Mazo, «un verdadero mazo», con pasajes que dejan con todo en su alma «una sensación formidable»; aprende a leer en El amigo de los niños y El Juanito; no puede dejar de llorar al enterarse de la muerte de la madre del protagonista, y se deja embelesar por palabras desconocidas como «nefando». A pesar de sus pocos años, también lee la obra de Jaime Balmes El protestantismo comparado con el catolicismo, «impertinente sin duda el tal compendio para quienes ni sabían qué era protestantismo ni nos importaba saberlo».
A Miguel le gusta contar a sus amigos «cuentos de tira y afloja», con naufragios y mil atrocidades inspirados en sus lecturas de Julio Verne y Mayne Reid; se gana así la fama de chico raro entre sus compañeros; pero, al mismo tiempo, el colegial se granjea una reputación de ingenuo, pues a pesar de ser «el novelero áulico del colegio», todos se ríen de su simplicidad, sobre todo cuando sostiene en una ocasión que los hijos nacen de la bendición sacerdotal.
Con todo, es un niño travieso como los demás que disfruta cuando sus camaradas tiran un gato por la chimenea y lo dejan caer entre las calderas de una fonda, o que se divierte con los concursos de pedos de sus condiscípulos (VIII, 116). También monta un negocio con los santos o figuras, cromos de las cajas de fósforos que coleccionan muchos colegiales para organizar juegos a cruz o cara, al vuelo o a la montada; Miguel planea con un amigo un provechoso sistema de lotería en el que se ganan el cincuenta por ciento, pero lo denuncia al maestro un compañero descontento y tiene que acabar indemnizando a los perjudicados.
Si Miguel ya conoce de cerca la muerte por sus vivencias familiares, la encuentra también en el colegio, pero no parece afectarle mucho y cuando muere un compañero todos van a su entierro como a una fiesta y procuran llevar la caja. Incluso siente gozo al recibir un trozo de la cinta azul que cogía.
Además, al final de sus años de colegio, el chico conoce otras experiencias que señalan el paso de la niñez a la juventud: la primera comunión aureolada por la presencia de una niña, Concha, y la irrupción de la guerra con el sitio de Bilbao.
Con su primer confesor, el párroco de los Santos Juanes de Bilbao, don Isidoro de Montealegre y Berriozábal, el muchacho se prepara para hacer la primera comunión. Su madre lo educa en los estrictos principios religiosos y es «devoto en el más alto grado, con devoción que pica en lo que suelen llamar (mal llamado) misticismo» (IX, 816). Sin embargo, la comunión le deja un recuerdo más borroso que las reuniones preparatorias durante las cuales los chicos y chicas se hallan reunidos en la sacristía de San Juan. Es un momento en que se mezclan sueños místicos y deseos más carnales. Cuando están sentados en el suelo unos frente a otros, separados por sexos, su mirada se clava en una muchacha que estira las falditas para que le cubran las piernas entre rodilla y tobillo. Y Miguel, casi un niño, se pone a pensar en ella «con pureza virginal» sin dejar de soñar a la vez por una de esas «contradictorias fantasías infantiles» en la celda monástica (VIII, 128, 269).
El mozo y sus compañeros se desentienden de la historia de su país, así que ni siquiera se fijan en el advenimiento de la Primera República española, proclamada el 11 de febrero de 1873; tampoco les afecta la agitación del Sexenio Revolucionario. En cambio, la experiencia palpable del sitio de Bilbao deja una impronta indeleble en el muchacho.
En efecto, a partir de 1872, empieza la tercera guerra carlista entre los partidarios de Carlos, duque de Madrid, pretendiente con el nombre de Carlos VII, y el gobierno de Amadeo I. Al proclamarse la República en febrero de 1873, se propaga rápidamente la sublevación y a finales del año, casi todo el territorio vasco, excepto las principales ciudades, está en manos de los carlistas. En Vizcaya, las guarniciones liberales se establecen en Bilbao y en los fuertes que protegen la ría, mientras que en el resto de la provincia dominan los carlistas; éstos deciden ocupar la ciudad del Nervión para desquitarse del fracaso de los sitios de la anterior guerra. Si quiere don Carlos conquistar una gran ciudad para obtener recursos económicos y reconocimiento internacional, la decisión carlista refleja también la tradicional oposición rural a Bilbao, la villa comercial.
El 28 de diciembre de 1873, los carlistas comienzan a cerrar la ría y Bilbao queda sitiado después de la caída de Portugalete y de las guarniciones de Luchana, el Desierto y Deusto. El 21 de febrero del año siguiente, cuando empieza el bombardeo, Miguel, curioso y algo inquieto, se encuentra en el mirador de su casa de la calle de la Cruz con su hermana mayor, María. Aunque se ha anunciado la ofensiva carlista muchos lo toman a broma, pero una de las primeras bombas que llega a la villa cae, según el chico, dos o tres casas más abajo de la suya. Le impresionan sobremanera la confusión, el cierre de tiendas; enseguida vienen a buscarlos para que bajen a la confitería del tío Aranzadi, donde se reúnen casi todos los vecinos de la casa. El chico ve llorar a algunas mujeres, tranquilizadas por los hombres, que tratan al mismo tiempo de darse ánimo. Conforme se prolonga el sitio, van escaseando los víveres, pero paradójicamente, empieza para Miguel «uno de los periodos más divertidos, más gratos de su vida» (VIII, 129).
A pesar de los bombardeos, el chico apenas alcanza a divisar a un enemigo de carne y hueso excepto los que vienen representados en los santos. Una sola vez, gracias a un catalejo, consigue vislumbrar desde el mirador de su casa a un soldado carlista que abre un foso en el alto de Quintana y los botones dorados de su uniforme refulgen al sol. La familia tiene que refugiarse a menudo en la lonja de la confitería del tío Félix Aranzadi y, a partir del 21 de febrero, apenas sale del estrecho recinto de la calle de la Cruz y sus colindantes hasta el final del sitio (VIII, 173). Sin embargo, a pesar de la oscuridad de la tienda y del peligro de los bombardeos, los chicos pasan momentos inolvidables y Miguel juega sobre todo con su primo Telesforo:
Para los niños, ¡qué hermosos días aquellos sin colegio, aquellos días de ansiedad del 74! Ocurría algo grande, algunas madres lloriqueaban cuando les llevaron a ellos a las lonjas.
Allí se divertían los chiquillos de Arana en hacer y formar ejércitos de pajaritas de papel, en alinearlos tocando pasos fúnebres... Cuando la bomba caía cerca, a recoger los cascos, ¡uf!, y ¡cómo quemaban! La casa de enfrente estaba apuntalada y con sus escombros bombardeaban una tienda abandonada, derribaban a pedradas los taburetes amontonados en el mostrador, bajo el cual se escondían los sitiados en chancitas. En unos días de respiro hubo colegio[22].
El 2 de mayo, el general Concha cruza el puente de San Antón y, liberado Bilbao, la guerra se estabiliza hasta la derrota carlista de 1876. Para Miguel, el Paseo del Arenal está íntimamente vinculado con el final del sitio, pues este mismo día, después de desayunar con pan blanco y riquísimo pastel, va «a presenciar desde un banco del Arenal y sobre él empinado, la triunfante entrada del maltrecho ejército libertador» (VIII, 173).
Este sitio señala el final de los tiempos antiguos del chaval y el principio de los medios; traza una línea divisoria entre reminiscencias fragmentarias y una época en que «se inicia el hilo de su historia».
4. EL DESCUBRIMIENTO DEL SABER
Mientras Bilbao intenta reconstruirse después del sitio, no ha terminado completamente la guerra; la gran ofensiva final emprendida en enero de 1876 termina por la conquista de Estella al mes siguiente, obligando al pretendiente a cruzar la frontera el 28 de febrero, día en que Alfonso XII entra en Pamplona.
En las postrimerías de la guerra civil, el 11 de septiembre de 1875, antes de cumplir los once años, Miguel hace el examen de ingreso en el Instituto Vizcaíno ante el tribunal correspondiente; obtiene la calificación de «aprobado», pero no se presenta al examen de premio[23]. Lleno de ilusiones, descubre con afán el saber:
Es un momento solemne el de la entrada en la segunda enseñanza. Para unos marca el uso del pantalón largo, para otros el del reló, para todos el principio de la edad del pavo y de las concupiscencias del saber. Íbamos a aprender la lengua en que los curas dicen misa, las cosas todas que han pasado en el mundo, a sumar y multiplicar letras, ¡asombroso prodigio!, los nombres de todos los bichos y plantas que pueblan el mundo, íbamos a probar el fruto de la ciencia, a ser mayores, a que el catedrático nos tratara de ustedes, a dar lección particular, a ir por la calle con los libros bajo el brazo.
El joven puede seguir la carrera gracias a la modesta fortuna de su abuela materna doña Benita, quien tiene preferencia por él de entre todos sus nietos. Son sus bienes un par de modestas casitas en Bilbao y un caserío[24].
El Instituto Vizcaíno, establecimiento prestigioso, diseñado por el arquitecto Pedro Belauzarán, se sitúa junto a las calzadas de Mallona. Este vasto edificio, de fachada dórica, inaugurado en julio de 1846, es uno de los más relevantes de Bilbao, y su salón es la sede emblemática de reuniones: actos oficiales, conciertos de música. Es un lugar neurálgico de la Invicta y el principal centro educativo que alberga los estudios oficiales y privados de segunda enseñanza. El local destinado a hospital de sangre durante la pasada guerra carlista sigue conservando rastros de los combates cuando Miguel ingresa en él en octubre de 1875; por eso, debe seguir las clases en la calle del Correo, en el colegio de San Luis, a unos pasos de su casa.
A principios de octubre, durante el acto oficial de apertura del curso académico, pronuncia el discurso el director del centro, Francisco Antonio Calero, catedrático de Retórica y Poética; entre los 274 alumnos que forman parte del público bullicioso pero respetuoso, Miguel debe de escuchar con atención las palabras del orador:
El trabajo y la aplicación, queridos discípulos, conducen siempre a un éxito, y éste nos facilita una segura recompensa. […] El desaliento y la vanidad, jóvenes alumnos, son dos grandes enemigos de la inteligencia y del corazón; sus influencias contrarias acometen a los más ricos instintos y a las más bellas facultades de nuestro espíritu, y para adquirir la fuerza de vencerlos, conviene desde luego aprender a resistirlos[25].
En el primer curso, el chico sigue diariamente las clases de gramática latina y castellana durante hora y media con el catedrático Santos Barrón, quien impresiona a los alumnos por su saber y su fama de severo. A Miguel, pronto le cansan las interminables listas de verbos irregulares y las tablas de conjugación. Además, juzga a los empollones, los primeros de la clase, como puras máquinas, incapaces de reaccionar, y para él, sus compañeros son «como las gallinas que tragan cuanto les dan, grano o chinas». Pero le interesan aún menos las clases de geografía con el profesor auxiliar Genaro Carreño, y termina su primer curso sin brillantez con las calificaciones de «notable» en las tres asignaturas, impaciente por acceder al segundo, y ya desilusionado por «la desastrosa instrucción pública» que impera en su país.
Hasta el Carnaval de 1876, la ciudad sufre los últimos rescoldos de la guerra, pero con la marcha del pretendiente carlista a Francia, se acaba una época en que «no podía avenirse la enseñanza, que requiere sosiego, con el trajín de aquellos días». Ahora los chicos no tienen que dejar enseguida las clases al oír un toque de corneta, pues ya no entran y salen las tropas, y no pueden hacer novillos. Sin embargo, los colegiales siguen teniendo el espíritu belicoso y «sobre la desolación de la guerra se hace de la guerra juego»; menudean las pedreas capitaneadas por los «caudillos» Sabas, Azula y Azcune, y hasta las chicas andan revueltas, declarando guerra a las señoritas. Durante estos primeros meses, el muchacho descubre también otro mundo:
Mi temeroso respeto a Sabas, cuya gorra no se me ha despintado, y junto al cual me sentaba, era grande. El efecto subió de punto cuando un día, por burlarse de mi simplicidad, me enseñó en cierto librillo que llevaba oculto cierto grabado. Aparté yo al punto los ojos de ello, pero la impresión, aunque fugitiva, me dejó eco duradero y profundo. Considerábale como ser diabólico y digno de acaudillar una partida. Él, por su parte, maldito el caso que hacía de mí.
Después de las reformas, el instituto reabre sus puertas para el curso siguiente; el adolescente se siente orgulloso de pisar los corredores de este prestigioso edificio; le impresiona la severidad sencilla del lugar, propia de un centro de enseñanza, y siente gozo al subir con el libro bajo el brazo aquellas tan deseadas escaleras o al pasear por sus claros corredores.
Sigue sufriendo en las clases de latín y castellano con Santos Barrón; tiene la impresión de perder el tiempo y la vista consultando un tomazo de diccionario con su amigo Mario Sagarduy; echa pestes de los autores latinos que, según él, componen rompecabezas y al final considera que «no ha aprendido jota». Tampoco le cautivan las clases de historia y se entretiene a veces fabricando títeres de cera, por lo que su profesor, Genaro Carreño, le mantiene de rodillas. Anhela poder «estudiar la historia al revés, empezando de hoy para caminar hacia el ayer, invirtiendo el orden del tiempo».
La debilidad física va imponiéndose al mismo tiempo que el ardor de su inteligencia, y tal vez por temor a los antecedentes paternos, le ordenan hacer ejercicio a diario. Pero no es un castigo y disfruta mucho con los paseos y la gimnasia; le gusta particularmente andar pues «mientras el pecho se hincha de aire fresco y libre, adquiere el espíritu su verdadera libertad, se desata de sus ligaduras y de aquellos pensamientos que como áncoras lo retienen y sujetan, y goza en una pasividad calmosa, en un aplanamiento lleno de vida, de las sensaciones fugitivas».
En el curso 1877-1878 asiste a las clases de Retórica y Poética de Antonio Urizarri; prefiere la musicalidad de los versos de Zorrilla a «una colección de palabrotas feas, como metonimia, sinécdoque, concatenación… para cada triquiñuela su mote». Le gusta más el álgebra que la aritmética con el profesor Ignacio Bereciartúa pero no entiende por qué los padres piensan que las matemáticas son lo más difícil que se enseña en el instituto. Para él, no revelan el talento de un muchacho y aduce que se puede sacar sobresaliente en ellas saltándose de memoria las demostraciones.
El cuarto curso es el más deseado de todos porque pueden estudiar por fin psicología, lógica y ética con el presbítero don Félix Azcuénaga. El adolescente no aprecia mucho su manera de dar clase porque el catedrático habla tan bajo y tan deprisa que nadie lo entiende; tampoco le parece justo que, en caso de jaleo, los pacíficos paguen el pato si no delatan a los revoltosos. Con todo, le gustan las discusiones silogísticas, pues la clase se convierte en una tribuna en la que Miguel puede ejercer su talento de orador, rivalizando a menudo con su vecino de banco, Andrés Oñate. Es la época en que el joven se pasa noches en vela leyendo a Jaime Balmes y Juan Donoso Cortés, a no ser que sueñe y cavile bajo las magnolias de la Plaza Nueva, como recuerda unos años después:
Tus soportales fueron el abrigo
de mis vagas visiones juveniles,
mientras el cuadro de tu pardo cielo
llovía lúgubre.
En ti a la edad en que el imberbe mozo
ternura rima, yo en mi mente ansiosa
con abstrusos conceptos erigía
severa fábrica (VI, 204-205).
También sigue las clases de Geometría y Trigonometría de Ignacio Bereciartúa y obtiene la calificación de «aprobado», mientras que saca un «notable» en la otra asignatura.
Durante el discurso de apertura oficial del último año, el del bachillerato, en el que «se adquiere la gravedad del pavo», el director Manuel Naverán pronuncia unas palabras que tal vez impresionen a Miguel: «¡¡Ah, si al hombre le fuese dado leer en el porvenir!! ¡Quién sabe si alguno de estos jóvenes, que en confuso tropel acudirá mañana a estas aulas, alcanzará las cimas de la gloria!»[26].
Miguel no saca gran provecho de las clases de Manuel Naverán, que enseña Física, por el jaleo que arman los alumnos y sólo saca un «aprobado». Al contrario, estudia la Historia Natural con más afición y fruto, gracias ante todo al sistema pedagógico de don Fernando Mieg, que sabe despertar y mantener en vilo la curiosidad de los alumnos por un tiroteo de preguntas; obtiene un «sobresaliente», así como en Fisiología e Higiene con el mismo catedrático. Sigue las clases de Agricultura de Ángel Uralde, calificándose con un «notable».
A lo largo de estos años de instituto, Miguel se gana fama por sus caricaturas de los profesores, a quienes dibuja siempre de perfil, mirando todos a la izquierda. Esta afición al dibujo no es reciente; desde niño, acude a las clases del pintor guipuzcoano Antonio de Lecuona, quien vive en el mismo edificio que él, en una buhardilla. Allí aprende como muchos bilbaínos los rudimentos del dibujo y aun de la pintura, pero pronto se da cuenta de sus escasas aptitudes para el colorido y tiene que reconocer: «La línea y el claroscuro, sí, pero el color, no; me es rebelde» (VIII, 157-158).
En el taller de Lecuona, Miguel escapa de la monotonía del instituto y hacia 1875, sirve de modelo para un cuadro de san Ignacio de Loyola herido por los franceses en el sitio de Pamplona. El joven con barba y bigote negros representa la figura de un cirujano que trata de vendar la pierna lesionada del capitán[27]. El taller es también un lugar de encuentro con personajes legendarios como el cantor del Árbol de Guernica, José María Iparraguirre, «el gran arlote, el bardo errante», que lleva una larga barba y melenas blancas[28]. En el estudio del pintor, Miguel conoce además a Antonio de Trueba, íntimo amigo de su maestro, y opina unos años después que «la poesía y la literatura, en general, de Trueba correspondía a la pintura de Lecuona; como ésta era aquélla, discreta, contenida, tímida y pobre. Los aldeanos que el uno pintaba eran los aldeanos de que nos hablaba el otro, aldeanitos de nacimiento de cartón, cándidos como corderos y como ellos torpes» (VIII, 164).
Al cabo de cinco años de aprendizaje, Miguel de Unamuno realiza en el Instituto de Bilbao el 21 de junio de 1880 las pruebas, en las que obtiene la calificación de «Aprobado en los ejercicios del Grado de Bachiller en Artes»; recibe su diploma expedido por el señor rector del distrito el 30 de agosto[29]. Después de los fecundos años del bachillerato, el joven puede entonces dedicarse a la carrera de Filosofía y este «enamorado del saber» intuye que va por fin a «acercarse al sol vivo y vivificante de la ciencia y no a sus pálidos reflejos».
5. PRIMERAS CRISIS INTERIORES
El adolescente a menudo insatisfecho y frustrado por ciertas enseñanzas suele refugiarse en la lectura y acude primero a la modesta biblioteca paterna, que cuenta con cuatro o cinco centenares de obras procedentes en gran parte de México. Allí nace su afición a los libros, al continente hispanoamericano cuya literatura empieza a ejercer en él una fascinación duradera. Entre los volúmenes «no mal escogidos» figuran, al margen de los referentes a la industria del pan, a la que se dedicó su padre, libros de Historia, de Derecho filosófico, de Filosofía —las obras de Balmes—, de ciencia social y política y de ciencias en general. Miguel descubre asimismo La Araucana y una colección de poemas mexicanos románticos, todos «de versos lacrimosos llenos de palabras agudas y esdrújulas». El muchacho se pasa horas devorándolos en un pequeño cuarto sombrío, con una sola ventana que da a «un patio interior sórdido y entelarañado». Deja a veces de lado los libros de texto para engolfarse en la contemplación de las láminas de la Historia antigua de México del padre Clavijero, llena de aztecas, toltecas y chichimecas; intenta dibujarlos y hasta concibe el proyecto de estudiar el azteca. También nutre su imaginación un libro de grabados titulado España pintoresca que ostenta tipos de todas las regiones de su país (VIII, 234-236, 419-420).
La sed de lectura y de saber del adolescente es tanta que también acude a la Biblioteca de Instrucción y Caridad situada en la plaza del Instituto y fomentada por la burguesía caritativa de la ciudad. Puede pedir libros por cuatro reales y sus autores favoritos siguen siendo Juan Donoso, autor del Ensayo sobre el liberalismo, y sobre todo Jaime Balmes, gracias al cual descubre a Kant, a Descartes, a Hegel. Le apasiona la Filosofía fundamental del escritor catalán y a pesar de no entender palabra de esta obra «con un ahínco grande, el ahínco mismo que aplicado después a la gimnasia ha regenerado su cuerpo, la lee de cabo a rabo». Incluso concibe el proyecto de desarrollar un sistema filosófico en un «cuadernillo de a real»; sin embargo, abandona muy pronto la metafísica y la filosofía pura por la «bella literatura, creyéndola tan seria como aquélla y más capaz de reflejar el sentido del misterio del mundo», pero todavía no ha escrito un verso[30].
Siendo todavía estudiante en el instituto, lee con entusiasmo Las Nacionalidades, obra de Francisco Pi y Margall publicada en noviembre de 1876, que muestra un interés romántico por las viejas leyendas vascas. Es su primer libro de política y se reúne entonces con otros compañeros, formando parte de un grupo llamado por él «chicuelos de 1879» porque comparten las mismas lecturas y aficiones por las excursiones.
Además, se distrae con otras lecturas más populares y acude a la plaza del Mercado, donde siempre está un viejo vendiendo pliegos sueltos de cordel, muy de moda entre los muchachos; tratan de «historia sagrada, de cuentos orientales, de epopeyas medievales del ciclo carolingio, de libros de caballerías, de las más celebradas ficciones de la literatura europea, de la crema de la leyenda patria, de hazañas de bandidos, y de la guerra civil de los Siete Años». Así desfilan ante sus ojos Sansón y Dalila, Carlomagno y los doce pares, Fierabrás de Alejandría, Oliveros de Castilla, Artús de Algarbe, Genoveva de Brabante, el Cid acuchillando —muerto— a los moros, José María El Tempranillo, Cabrera, el cura Santa Cruz. Miguel se enfrasca en estos relatos sin entenderlos del todo, y a menudo por la noche se queda dormido con algún pliego delante de la vista. Sueña horas enteras con el libro abierto a la vista, se queda contemplando la dulce luz de la bujía. Los libros de la pobre biblioteca de su padre le permiten forjar «mil vaguedades abstractas» y exaltan su imaginación con la lectura de Chateaubriand y de «los demás divagadores del catolicismo romántico»[31].
No se le seca el cerebro de tanto leer, pero a partir de los catorce años, «zumban en su mente fórmulas huecas e ideas sin vestidura», se deja a menudo invadir por la emoción y vive una fase de romanticismo intensificada por la pubertad. Las noches en vela, las numerosas lecturas que excitan su imaginación, las enseñanzas recibidas en el instituto lo llevan a interrogarse sobre su identidad y su destino. Lo sumergen las incertidumbres y una profunda inquietud favorecida por el maremágnum que crean en él las lecturas de los filósofos, de las leyendas sobre su tierra vasca y la influencia de la Iglesia. Entonces, según sus propias palabras, se siente «peloteado entre unas doctrinas y otras», vive su primera crisis interior, que le parece difícil de analizar aun unos años después:
En la época de este cuarto curso se cumplía en mí, por mis lecturas en noches de vela y por la acción de la Congregación de San Luis, la labor psicológica de la crisis primera del espíritu, la entrada del alma en la pubertad.
Al llegar a esto veré si consigo hallar lengua apropiada para describir aquella brisa de la mañana de mi espíritu. ¡Ojalá pueda recordar la candorosa expresión de mis años de romanticismo! Arrostrando lo ridículo, quisiera poder volver, para describirlos, a aquellos días en que me empeñaba en llorar sin motivo, en que me creía presa de misticismo prematuro, en que gozaba de rodillas en prolongar la molestia, en que me iba a Los Caños a repetir con Ossián sus lamentaciones al Morven, a Rino y a los hijos de Fingal, aplicándolo yo al viejo Aitor y a Lecobide.
El adolescente vive una fase de agitación intelectual y en el «hervidero semi-caótico» de su espíritu» se añaden las meditaciones religiosas durante los sermones de la Congregación de San Luis Gonzaga, mientras de cara al exterior se divierte, habla «por los codos» y siente «la decadencia creciente» de su cuerpo. Nota también en sus cuadernillos que se van borrando sus antiguas creencias, sustituidas por un periodo de indiferencia y calma; incluso le sorprende comprobar sus contradicciones internas pues «cuando va abandonando las viejas ideas es cuando gusta más de leer La imitación de Cristo de Tomás Kempis»[32].
El ingreso en la congregación y su nombramiento como secretario de la junta directiva representan un hito en su recorrido intelectual pues dejan en él «eterna memoria y fecundo surco», y traba una amistad sincera y valiosa con el director «dictatorial», el buen don Juan José de Lecanda. Entonces es cuando se cumple «la labor de crisis primera del espíritu, de la entrada del alma en su pubertad» (VIII, 143). Las procesiones de Pascua revisten una particular solemnidad y están cargadas de emoción. Va con la medalla al cuello, con su hacha «cuya luz, a la mayor claridad del día, no alumbra, sino que arde pura y como transparente consumiéndose en homenaje».
Para Miguel, es «una edad de frescura en que la imaginación se deja mecer en la poesía exquisita de la vida de santidad», y la «seisena» de San Luis, en el claustro llamado el Ángel, en la basílica de Santiago, favorece el recogimiento. Al anochecer, cuando sólo se filtra la escasa luz por las ventanas de colores, en el local estrecho y triste apenas alumbrado por las dos o tres velas de luz pálida y tenue en el altar, el director empieza a leer un trocito de meditación mientras se oye el zumbido de una tocata lenta y pausada en el armónium. En este ambiente propicio para dar tristeza o adormecer a los chiquillos, todos los congregantes sentados en sus bancos se cruzan de brazos, bajan la cabeza para meditar[33].
Pero al mismo tiempo que el adolescente se pregunta «¿quién alguna vez no ha soñado ser santo?», vive un hondo dilema ya que siente sus primeras emociones amorosas. Desde la edad de doce años, Miguel conoce a Concha de Lizárraga, nacida en Guernica el 25 de julio de 1864. La joven vive cerca del gran tilo del Arenal, frente a la parroquia del Santo de Bari, antes de volver en 1876 a su ciudad natal, Guernica, después de la muerte de su madre, Josefa Ecénarro Anitua, el 9 de junio, seguida el 11 de diciembre de 1878 por la de su padre, Fernando Lizárraga Encina[34].
La figura de Concha obsesiona a Miguel, y una imagen lo habita casi siempre. Ella va de corto, sus sayas dejan ver las lozanas pantorrillas, su pecho empieza a alzarse, la trenza le cuelga por la espalda, y sus ojos iluminan su camino. Entonces, la soñada santidad del adolescente flaquea (VIII, 147-148). Parece que sólo consigue confesar sus tormentos más íntimos y sus combates interiores a sus cuadernillos, cuando ya es estudiante en Madrid, sin duda en 1883-1884:
Yo también pretendía meditar, fue la época de mis mayores luchas interiores, porque entonces mientras quería pensar en Dios o en la otra vida pensaba en ella y en esta vida. Veníame a la mente su imagen, se me clavaban en el alma sus hermosos ojos, y yo luchaba por apartar de mí aquella imagen que me quitaba el pensar en cosas más altas. Hasta me pellizcaba. Qué es lo que meditaba no sé, sólo recuerdo que en aquel tiempo fue cuando más se acentuó mi carácter en lo que tiene de taciturno y pensativo[35].
Con el tiempo, se agudizan sus luchas interiores entre las tentaciones carnales y las aspiraciones religiosas y confiesa algunos años más tarde a un amigo:
Hace muchos años ya, siendo yo casi un niño, en la época en que más embuido [sic] estaba de espíritu religioso, se me ocurrió un día, al volver de comulgar, abrir al azar un Evangelio y poner el dedo sobre algún pasaje. Y me salió éste: «Id y predicad el Evangelio por todas las naciones». Me produjo una impresión muy honda; lo interpreté como un mandato de que me hiciese sacerdote.
Mas, como ya por entonces, a mis quince o dieciséis años, estaba en relaciones con la que hoy es mi mujer, decidí tentar de nuevo y pedir aclaración. Cuando comulgué de nuevo, fui a casa, abrí otra vez, y me salió este versillo, el 27 del capítulo IX de S. Juan: «Respondióles: Ya os lo he dicho y no habéis atendido, ¿por qué lo queréis oír otra vez?». No puedo explicarle la impresión que esto me produjo. [ ] En mucho tiempo repercutió la sentencia en mi interior y el recuerdo de aquellas palabras me ha seguido siempre[36].
Con todo, este doloroso y obsesionante dilema no le impide tener preocupaciones más terrenales; Miguel decide con algunos compañeros confeccionar un nuevo estandarte, pero se opone el director, acusado por los jóvenes de cometer «un golpe de cesarismo, un atentado a la soberanía nacional». También un chico tacha a los congregantes de «carlistones» y el adolescente tiene que reconocer que en esta misma congregación, junto a los fecundos y encantados ensueños que fomentan sus seisenas y ejercicios, ha hallado «la primera materia de ideas mucho más rastreras y mundanas». En efecto, las peripecias históricas vividas por su tierra natal, alimentadas además por sus lecturas, no dejan indiferente al adolescente y a varios de sus amigos del Instituto Vizcaíno.
6. ROMANTICISMO Y FUERISMO
El 21 de julio de 1876, «día más triste de la historia del pueblo vasco», se produce un acontecimiento político de consecuencias trascendentales para las provincias vascongadas; no puede dejar indiferente al joven Miguel de Unamuno, que acaba su primer año de bachillerato. Siendo presidente del Consejo de Ministros Antonio Cánovas del Castillo, se dicta el artículo primero de la ley de abolición de los fueros:
Los deberes que la Constitución política ha impuesto siempre a todos los españoles de acudir al servicio de las armas cuando la ley los llama, y de contribuir en proporción de sus haberes a los gastos del Estado se extenderán como los derechos constitucionales se extienden a los habitantes de las provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava del mismo modo que a los de las demás de la Nación[37].
Esta abolición provoca una verdadera conmoción política en gran parte del País Vasco y según José de Orueta, «se sintió íntima y hondamente el derrumbamiento del último resto de nuestras seculares tradiciones y se formó un sentimiento hondo y general de indignación, ante la enorme injusticia, que bajo el pretexto de la unidad nacional, se cometía con el solar vascongado»[38].
Miguel reacciona enseguida de forma pasional y en su exaltación fuerista, con la ayuda de un amigo, redacta y manda una carta con amenazas de muerte dirigida «A S. M. el rey Don Alfonso XII. Madrid». Pero cuando poco tiempo después llega a Bilbao la noticia del atentado de un tal Otero u Oliva, los dos amigos quedan aterrados (VIII, 167)[39].
La abolición de los fueros, ley tachada de «infausta» o «nefanda», conmemorada cada año a partir de 1876 en Vizcaya y más aún en Guernica, es la ocasión de exaltar el pasado foral, y todas las fuerzas políticas, hasta los monárquicos, están presentes para añorar unánimemente un patrimonio común calificado por la prensa de «amor a las costumbres honradas, las sabias leyes…».
La lectura de Las Nacionalidades de Francisco Pi y Margall, algunos meses después de esta abolición, influye mucho en Miguel. Su interés romántico nutrido con las viejas leyendas vascas encuentra un eco y una base doctrinal en el nacionalismo del político y escritor catalán, cuya ideología se deriva en parte de Pierre-Joseph Proudhon, a quien tradujo y dio a conocer en España en 1868. Las relaciones del hombre con sus semejantes deben fundarse exclusivamente en un pacto libre a partir del cual se van creando los diferentes organismos sociales: familia, municipio, provincia, región, nación. Estas teorías no pueden sino seducir al adolescente y a sus compañeros del instituto:
Mi simpatía hacia Pi y Margall y sus doctrinas arrancaba de antes de mi salida de mi tierra natal vasca. Siendo todavía estudiante del Instituto, en Bilbao, había leído su libro Las Nacionalidades —acaso el primer libro de política que leí—, que era una especie de escritura sagrada en el grupo de amigos que, a lo largo del Nervión, campo del Volantín adelante, comentábamos las doctrinas del federalismo, en vista siempre a la redención de nuestra Euscalerría —así se la llamaba entonces y no Euzkadi, como luego— que se nos antojaba otra Irlanda, Hungría o Polonia. Porque entonces, para nosotros, chicuelos de 1879, estos tres países eran los modelos de esclavitud política (VIII, 340).
Entre estos «chicuelos de 1879», figuran Mario Sagarduy, José María Soltura, Leopoldo Gutiérrez Abascal, Enrique de Areilza, José de Gortázar, Diego Práxedes Altuna, José de Orueta, Carmelo Uriarte, Juan Escriche, José María Galdácano, Pedro de Eguillor.
El 27 de diciembre de 1879, poco antes de marcharse para Madrid, publica Miguel su primer artículo, «La unión constituye la fuerza», firmado con equis en El Noticiero Bilbaíno, «Diario político imparcial. Defensor de la Unión Vascongada y eco de los intereses vasco-navarros», fundado en 1875 por Manuel Echevarría. Entre los redactores habituales de los artículos de fondo, figura un historiador y abogado, «fuerista intransigente», Fidel de Sagarminaga, único diputado de la Unión Vasco-Navarra, elegido por Durango en 1879.
Según las palabras de presentación, al parecer de Antonio Trueba, «este artículo es una elocuente justificación del unionismo que constituye el credo político social de El Noticiero Bilbaíno». Queda patente la profunda sintonía del publicista con la tónica política del diario y de los artículos de fondo de los demás colaboradores; también es innegable la impronta de Las Nacionalidades de Francisco Pi y Margall.
A los quince años, el adolescente expresa una exigencia política compartida por muchos: la agrupación de los partidos vascos en una «Unión Vasco-Navarra» preocupada exclusivamente por la derogación de la ley abusiva de julio de 1876. Más allá de las divisiones y de los enfrentamientos, el publicista en ciernes declara por ejemplo: «El odio es el que en algunos logra vencer a la razón, el odio a aquel que extraviándose un día […] hizo correr la sangre a torrentes, nos privó de nuestros hijos y sembró llanto y dolor en nuestra tierra, ese odio, pues, les ciega»[40].
La ley de abolición de los fueros fomenta el desarrollo de «un romanticismo vascongado» que prende en medio de una agitación general de los espíritus. Miguel y sus compañeros se sienten contagiados por este ambiente de vasquismo sentimental y lacrimoso, «un romántico soplo de anti-urbanismo y hasta de desprecio a los refinamientos de la civilización» (VIII, 249). Son años de intensas lecturas de toda una literatura vasca escrita por Agustín Chaho, Francisco Navarro Villoslada, Vicente Arana, Antonio Trueba, una literatura que relata la vida de héroes míticos como Aitor, Lekobide, Lelo, con quien el adolescente llega a identificarse. Miguel llora como Ossián acerca de la «postración y decadencia de la raza», maldice de la villa y del ferrocarril, se refugia en el campo y alaba los lugares más memorables de los alrededores de Bilbao como el campo Volantín, Archanda, Arnótegui, Pagazarri, las fragosidades de las encañadas de Iturrigori, las hondonadas de Buya. También lee obras de autores extranjeros, entre ellos Henri-Frédéric Amiel y el protestante de Ginebra Jean-Jacques Rousseau, mientras que su amigo José de Górtazar sube solo a Archanda para leer la descripción de los Alpes por el autor del Contrato social (VIII, 541).
Los adolescentes oponen la pureza del campo a la ciudad, presentada como la sede del vicio. Hacia 1880, en el momento de marcharse para la Corte, cuando apenas empieza a «bandearse» por sí mismo y entra en la edad del pavo, Miguel tiene en poco las corridas, los festejos y regocijos; con sus compañeros se escapan a los montes cercanos, se suben a uno de los dos San Roques, el de Vizcaya o el de Francia, «a empaparse en luz y en aire y a compadecer a los pobrecitos que vociferan en la plaza de toros»; se derraman en desahogos románticos contra la Ciudad, el Progreso y el ferrocarril en construcción (VIII, 249).
Las lecturas de Miguel coinciden con el descubrimiento del campo en la finca de la abuela Benita, durante el tercer año de bachillerato, el de Retórica. Los médicos le han recomendado aire libre y paseos, y allí se queda hasta bien entrado el otoño, hasta pasar el veranillo de San Martín. Sobre un peral cuyas hojas amarillean en el suelo, entre las ramas, arma un tinglado con unas tablas y, subido en él, estudia en voz alta y de memoria, repitiendo cincuenta, sesenta o setenta veces una frase. También declama versos de Zorrilla, «el trovador errante». En la finca familiar de Deusto lee también la obra de Antonio Trueba Marisanta: cuadros de un hogar y sus contornos, cuya acción pasa en un caserío a dos pasos del de su abuela; llora y se apropia de las enseñanzas del escritor, convenciéndose de que «el mundo de la ficción y de la poesía vive, no al lado, sino dentro del mundo de la realidad y de la prosa». Recopila sus «expansiones escritas de anti-urbanismo de aquellos años paradisíacos», «sus desahogos en un estilo falso y artificioso, osiánico, a semejanza de aquel en que Chao inventó a Aitor», padre del pueblo vasco según los fueristas (VIII, 249-250, 167). En su libretita titulada Cuaderno para el uso de quien bien sepa usarlo, sin duda redactada en torno a 1880, Miguel recoge una serie de aforismos bajo el título de «Lamentaciones» y no sólo se refiere a Aitor, al roble de Guernica y a la ley de 1876, sino que aboga por la unidad vasco-navarra, retomando muchas de las ideas expresadas en su primer artículo:
Hijo de Aitor, ¿Dónde están tus antiguas costumbres, dónde tus leyes, dónde tu palabra? […] ¿Dónde el follage [sic] lozano del Roble a cuya sombra descansaba un día? ¿Cómo él, antes lozano y robusto, crece lánguido y clorótico? […] Sopló el vendabal [sic] y el tronco vaciló en sus cimientos. Arrebató su hoja y nos privó de su sombra. […] ¡Las montañas están regadas de sangre! Mas no es la sangre del amor patrio, es la del odio fraternal[41].
En el otoño de 1880, en el tren que lo lleva a Madrid, Miguel, ese «muchacho pálido y tristón de los dieciséis años», traspasa la Peña de Orduña, lugar geográfico emblemático del País Vasco, frontera montañosa y rocosa entre Vizcaya y Castilla, entre la España verde y el pardo páramo castellano de Burgos. En esta misma Peña de Orduña, tal vez llore, como su alter ego Pachico Zabalbide, la Euskalerría o Vasconia de su niñez; tal vez canturree el Adiyo, —el «agur» o adiós del emigrante vasco a su tierra, antes de ir a caer «en medio del tumulto de ideas nuevas» en que hierve la Corte»[42]—.
El futuro estudiante va por fin a conocer la capital y este «mundo nuevo apenas vislumbrado», tan anhelado después de las «áridas enseñanzas» del bachillerato.
CAPÍTULO SEGUNDO
MADRID, UN NUEVO MUNDO (1880-1884)
La vida interior se hace más movida y dramática cuanto más la exterior se uniformiza y al parecer empobrece[43].
1. EN UN PUEBLO DE LA MANCHA CUYO NOMBRE ES MADRID...
En este mes de septiembre de 1880, cuando llega Miguel a la capital para estudiar Filosofía y Letras, la dulce imagen de Concha lo acompaña; también lo habita el recuerdo doloroso de la abuela materna Benita, muerta a los sesenta y ocho años de apoplejía el 9 de febrero del mismo año. Ya añora su patria chica, pero a la vez le excita la perspectiva de descubrir la Villa y Corte y está «henchido de ilusiones» (VIII, 151).
Con todo, a primeras horas de la mañana, el contacto inicial con esta capital que le parece gigantesca —cuenta entonces con cuatrocientos mil habitantes— es penosísimo y esta primera sensación, sin duda afianzada por la angustia ante lo desconocido, «forma la base de las impresiones todas que va sucesivamente recibiendo de la corte»[44] . Al salir de la estación del Norte, sube por la cuesta de San Vicente y mientras se dirige hacia la Puerta del Sol bajo la pálida luz matutina, Madrid se le aparece como una ciudad gris, triste y sola, sucia, deprimente y trasnochadora. Para él, es como «un pobre mochuelo sorprendido por la luz del sol, una pobre mujerzuela de vuelta de un baile fangoso» y no se encuentra a gusto entre «caras extrañas, cataduras tristes, mendigos de retirada, los últimos trasnochadores y los madrugadores primeros, los detritus del vicio y de la miseria, y el trajineo de la basura».
No le agrada más su buhardilla de la pensión estudiantil de la casa de Astrarena, entre las calles de la Montera y Hortaleza, «junto al hormigueo de los transeúntes por la Red de San Luis» (I, 1031), aproximadamente donde se alza ahora la Telefónica. El estudiante se siente tan solitario que pronto busca por las calles la posibilidad de olvidar su aislamiento y exclama: «¡Qué triste es vivir solo! Pobre del alma que camina sola». También opina que «no hay cosa más triste que devorar en silencio nuestros pesares y alimentarnos de nuestro propio espíritu sin tener un corazón gemelo con quien partir el fuego que en el mundo arde»[45].
Aunque a menudo se propone dejar de frecuentarlos, le atraen irresistiblemente los famosos cafés del Madrid de fin de siglo, pero no son tan acogedores como el Universal de Bilbao. En estos lugares públicos siente Miguel una profunda decepción, pues nadie escucha al otro y las conversaciones se le antojan fútiles; sólo se habla «de toda clase de vaciedades». Busca sociedad y trato «en que se entre sin esfuerzo y como llamando, almas en que verter su alma y a todos halla distraídos, encastillados a todos en sí mismos». Los diálogos le resultan «monólogos entreverados en que cada cual sigue su rumbo y línea, quedando impenetrables las almas».
Su soledad en medio de la multitud es aún más insoportable y cuando se acuesta es «para soñar y soñar tristezas». La ausencia de Concha es a veces tan insoportable que de noche se ovilla en la cama para enfrascarse en su mundo imaginario y volver a encontrarse con ella:
Yo, cuando llega la noche, y estoy cansado del trabajo, me desnudo y acuesto, me acurruco en un rincón, me tapo bien, y cuando tengo calientes los pies y nada me incomoda pienso en ella, no espiritual, ni abstracción pura, ni allá en las eternas moradas, sino aquí abajo y cerca, muy cerca haciéndome sentir la hermosura de este santo mundo. Y así me viene el sueño, y duermo con el sueño de la conciencia tranquila[46] .
Para el bilbaíno, Madrid es como una aldea animada por los chismes y murmuraciones de los cafés. En las tertulias, los temas predilectos son la política, el teatro y el toreo; triunfan «tres parejas» que suelen dividir a los madrileños y a los españoles: los políticos Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo Sagasta, los actores Rafael Vico y Antonio Calvo, los toreros Lagartijo y Frascuelo (VIII, 369). A Miguel le parece que ciertas familias de la pequeña burguesía se pasan más tiempo en estos establecimientos que en sus hogares e incluso ve el Parlamento como un café más grande.
Con los meses, va convenciéndose de que Madrid es una capital artificial, una ciudad sin vitalidad por la enorme presencia de los burócratas, muy opuesta a su Bilbao nativo, mercantil y dinámico. Para él, «esto no es pueblo, es un enjambre de zánganos que viven agrupados, nada más». Le parece que la Corte «es montón de pretendientes, empleados, transeúntes, vagos, pródigos, literatos y gente mil sin hogar y sin sosiego y de cuatro abejas que las mantienen»[47].
La nostalgia del provinciano es cada vez mayor y no la mitigan las confortadoras cartas de su madre y de su novia. Hasta llega a soñar ensueños no de gloria sino de ahincado estudio en «su nativo rincón, en su Bilbao, al abrigo de un hogar propio, con propia mujer» (VIII, 1221).
En la pensión, cuando se pone a estudiar, el recuerdo de su terruño es aún más fuerte si lee libros en vascuence que tratan de su tierra natal, y cuando los deja, ya no puede pensar en otra cosa ni siquiera estudiar. Le persigue la idea de su Vasconia, pero no se demora en una cosa concreta ni fija, sino en «ideas desatadas y vagas como las que asaltan la imaginación cuando se está mirando el cielo o el humo del cigarro»[48]. Y por más que haga, le cuesta deshacerse de su morriña que crece al comparar la Ciudad y Corte con la Invicta.
2. ENTRE MADRID Y BILBAO
En diciembre de 1880, en el momento de las primeras vacaciones de Navidad fuera de casa es cuando siente más que nunca su soledad y considera el abismo que media entre las dos ciudades. El pesar de haber dejado la paz protectora del hogar le es casi insoportable y añora profundamente su «bochito» más íntimo y apacible. Sólo tiene dieciséis años y le produce una tremenda impresión quedarse solo, pues está acostumbrado a unas fiestas hogareñas, recogidas, sin bullicio alguno. Al contrario, en la Corte descubre «unas Navidades callejeras, de estrépito y bullicio y de borracheras, de entrar y salir en los cafés [sic], formando largas filas e hiriendo a los oídos con toques de panderos y almireces» (VIII, 369). En la noche del día de Reyes suelen salir algunos ciudadanos de buen humor con unas escaleras al hombro a esperar a los reyes... celestiales. Quieren divertirse pero no lo entiende así el alcalde quien publica un bando prohibiendo las rondas de la escalera y las antorchas como no pague cada grupo 25 pesetas de licencia. Además el Ayuntamiento justifica esta condición por no tener objeto realizable tal diversión[49].
Las demás fiestas le ofrecen otras tantas ocasiones de notar los contrastes: aquí, son tristes y lúgubres; allí, son bullangueras y alegres. Lo peor son los Carnavales, que ofrecen al estudiante un pésimo espectáculo, el de una corte de milagros, de «comparsas de desgraciados, cojos, mancos, ciegos, tullidos disfrazados con cofias y camisas de mujeres, que presididos por un ciego sobre un borrico van pidiendo por esas calles de Dios con su pendón en mano»[50].
Miguel no deja tampoco de advertir las diferencias entre los climas y los paisajes, lo que le produce un nuevo arranque de morriña:
Este cielo radiante de Madrid que no consigue templar el invierno me aviva el recuerdo de la tibieza de nuestro cielo de nubes.
El campo aquí parece un mar petrificado, sólo al Norte le cierra el Guadarrama donde se hiela el aire que viene de nuestros montes. Este mismo Sol asoma entre las nubes rotas de mi cielo y tras el Guadarrama hay tierra y más tierra y más allá mi tierra que me llama. Pega aquí todo el cielo sobre el hombre, no hay montañas que le sirvan de sostén[51].
Al considerar la arquitectura y las construcciones de la capital, recuerda su querido mirador de la calle de la Cruz más ameno y acogedor que la buhardilla de Madrid. El paisaje urbano de la Restauración contrasta con el casco antiguo de Bilbao y Miguel está tan triste y absorto que ni siquiera se da cuenta de que la capital se está transformando y modernizando. Comienza a funcionar el tranvía, y se realizan los primeros ensayos eléctricos a partir de 1881, pero para él Madrid sigue siendo «un inmenso colmenar donde pululan políticos, escritores, solicitadores, solicitantes y mil gentes de mil cataduras diversas, un pueblo sin unidad de fin y de impulso»[52] (VIII, 178). Parece que Miguel se complace en recalcar las diferencias entre la Corte y Bilbao; incluso coteja los caracteres de los habitantes de ambas ciudades:
Bilbao [es] un pueblo cuya máquina robusta mueve un mismo motor y dirije [sic] una misma vía; esto, montón de casas agrupadas a la sombra de los ministerios y oficinas públicas como los pollos bajo las alas de la gallina, y eso un organismo nutrido con savia de hierro, ahí falta sociedad, y aquí sobra.
Los bilbaínos no sabemos ni aunarnos ni separarnos, y nuestro individualismo, fecundo en mil cosas, en otras mil resulta antisociable y feroz. El bilbaíno es mixto de timidez privada y energía pública; ahí los individuos se relacionan más que las familias; […] eso es un convento de comerciantes; y cualquiera diría, visto el recelo con que acojemos [sic] al prójimo, que tememos un engaño (VIII, 178).
No se le olvida establecer una comparación entre la vida cultural de las dos urbes. La cultura madrileña se encierra en los periódicos y en los teatros por horas, pues los habitantes son muy aficionados a este género, mientras que los bilbaínos lo estiman en menos; pero Miguel no lo ve como una desventaja y aún menos como un atraso. Le sorprende que en el Ateneo de Madrid no haya proporcionalmente más lectores que en La Bilbaína, principal biblioteca de su ciudad natal. Y aunque Madrid es una inmensa colmena, se siente paradójicamente más solo y triste entre tanta gente que en cualquier sitio, ya que hasta al pasear por un bosque «puede prestar uno a los árboles los sentimientos que se le antoja, benévolos y simpáticos casi siempre», mientras que «aquí no es dable hacer eso, miran todos de un modo tan torvo y duro que parece son acreedores del infeliz que les mira». Además, «se pierde aquí mucho tiempo en trotar calles, en adquirir relaciones, en pedir favores y buscar recomendaciones»[53].
Esta soledad que siente en Madrid y su afición ya antigua a las lecturas y a las meditaciones le incitan sin duda a volcarse cada vez más en el estudio. En las diferentes pensiones en las que se hospeda a lo largo de su periodo universitario, busca la cercanía a la calle Noviciado por la proximidad con la Universidad Central. Después de la casa de pensiones Astrarena, vive en la plaza de Bilbao durante el curso 1882-1883; al doctorarse, se muda al 36 de la calle de Mesonero Romanos. Así sigue su monótona vida de estudiante y apenas sale de su cuarto, salvo para las tareas universitarias y extrauniversitarias en el Ateneo, donde «lee mucho, constante y compulsivamente».
Pero sea lo que fuere, la nostalgia de su tierra es tan fuerte que Miguel frecuenta el Círculo Vasco Navarro, lugar de sociabilidad donde conoce a muchos paisanos y descubre los coros del Orfeón. Aunque no es músico, acude al sitio para hallar un poco de calor humano y allí, con la cabeza apoyada en los cojines rojos, se duerme con el arrullo del coro[54].
También los domingos, muy de mañana, acude a la Fuente de la Teja, llevado por el deseo de oír hablar en vascuence a las criadas que suelen reunirse allí para recordar su tierra[55]. Algunos domingos es invitado a comer por Felipe de Zuazagoitia, de origen vergarés, y el encuentro con otros vascos suaviza un poco su nostalgia; lo acompaña su primo Telesforo, que le lleva cuatro años y estudia Farmacia y Ciencias[56].
Pero aunque siente añoranza de su Bilbao natal, cada vez que vuelve a su «bochito» nota con tristeza que la ciudad de su niñez va cambiando conforme pasan los años e incluso los meses. La población aumenta regularmente acarreando una irremediable transformación del paisaje urbano que conoció. Por los años ochenta, la llegada masiva de inmigrantes que corresponde a una industrialización rápida y fuerte afecta al sector de la ría además de a otro distrito, Valmaseda, zona minera e industrial, polo de atracción para los futuros «maquetos», «los pozanos»[57]. Se produce precisamente el gran salto técnico de la industria vasca, la «revolución siderúrgica» entre los años 1878 y 1882. La nueva burguesía que ha acumulado capitales con la exportación de mineral está ya en condiciones de iniciar la creación de la gran siderurgia[58].
Parece que Miguel no quiere ver la rápida industrialización de la ciudad del Nervión; se refugia a menudo en sus ensueños, sustrato de su amor a la patria chica y confiesa: «A pesar de todo, prefiero mi pueblo a este amasijo de pueblos: nuestro hermoso y fértil campo sin roturar, a estos páramos exhaustos y cansados que imploran largos años de barbecho; el rápido despertar de Bilbao, a este eterno crepúsculo poniente de Madrid» (VIII, 178).
En la geografía sentimental de su «bochito», la Plaza Nueva sigue ocupando un lugar predilecto, y concede que a cualquier bilbaíno o conocedor de Bilbao no dejará de chocarle que sea este sitio lo que más le gusta de su pueblo. Pero así es, y en sus momentos de desaliento, se dice a menudo: «¡De qué buena gana daría yo ahora unas cuantas vueltas en la Plaza Nueva!», y halla otro «preservativo» contra la tristeza componiendo versos:
Plaza nueva, plaza nueva,
noria de amantes parejas
¡qué de recuerdos te llevas
qué de esperanzas me dejas![59]
También como un viajero inmóvil, trata de estar presente en su tierra gracias a sus publicaciones. En sus primeros apuntes, Miguel se refugia en la escritura para traducir sus sentimientos e impresiones del momento, sea con aforismos y sentencias, sea por medio de cuentos[60]. En septiembre de 1880 manifiesta su interés por la lengua vasca exponiendo sus «Pareceres y Opiniones relativos al euskera o idioma vascongado». En una de sus libretitas con tapas de hule que lleva siempre, el estudiante recopila diferentes citas, por ejemplo una declaración del padre jesuita Manuel de Larramendi según la cual el vascuence fue siempre una «lengua adulta y perfecta», aserción que le da argumentos para demostrar la primigenia del idioma vasco sobre el resto de las lenguas peninsulares.
Asimismo, en torno a 1880, los textos «Lamentaciones» y «La moderna Babel» expresan su amor a una «Vasconia legendaria de pasados siglos» y juzga con ironía la política liberal exclamando: «Hay libertad de votar, libertad de escribir, libertad de pensar, y de creer; ¡que majadaría! [sic] ¡como si el creer ni el pensar pudieran estar sujetos a esclavitud, más tarde traerán VV. libertad de definir!»[61].
Por las mismas fechas, en el cuento-parábola «Los médicos y el enfermo», reflexiona acerca de la situación de su país: España es la enferma, los médicos son los partidos políticos y la Hermana de la Caridad, la Religión Católica. En fin, hace un poco de «gimnasia mental» dedicándose a unas disquisiciones filosóficas y filológicas en el manuscrito titulado «¿Es nada o no es nada?», evidente reminiscencia de las clases de latín del señor Barrón y de la perplejidad del discípulo ante la afirmación según la cual en latín las dos negaciones de «no hay nada» equivalen a una afirmación[62].
En la misma época, Miguel redacta un largo poema sentimental y desesperado dedicado a una novia que se muere de amor, y aunque no pronuncia nunca el nombre de Concha bien podría tratarse de ella por el homenaje a sus hermosos ojos: «Por eso loco, el corazón amante / a tus ojos rendí»[63]. Este poema deja suponer que las cartas cru
