Philip Roth. La biografía

Blake Bailey

Fragmento

Prólogo

Prólogo

El 23 de octubre de 2005 se celebró en Newark el día de Philip Roth. Dos autobuses llenos de admiradores emprendieron el Tour Philip Roth, deteniéndose en algunos lugares evocadores —Washington Park, la biblioteca pública, o el instituto de Weequahic— en los que los pasajeros fueron leyendo por turnos pasajes pertinentes tomados de las obras de Roth. Finalmente, el grupo bajó de los autobuses ante la casa en la que el autor pasara su niñez, en el 81 de Summit Avenue, y se puso a vitorearlo entusiasmado cuando el propio Roth llegó en un automóvil. «¡Y ahora suba usted aquí y deme un beso!», dijo la señora Roberta Harrington, la actual propietaria de la casa, a quien Roth tuvo a su lado durante el resto del día.[1] El alcalde, Sharpe James, al que Roth adoraba («un alcalde de gran ciudad con toda la fanfarria y las artimañas propias del cargo»), pronunció unas cuantas palabras antes de que Roth descorriera la cortinilla negra que cubría la placa conmemorativa colocada en su antigua casa. «Esta fue la primera casa de la infancia de Philip Roth, uno de los escritores más grandes de Estados Unidos de los siglos XX y XXI». A continuación, Roth y la multitud allí reunida cruzaron la calle y se dirigieron a la esquina de Summit y Keer Avenue, que según un letrero verde proclamaba en letras blancas ahora se llamaba Philip Roth Plaza.

Luego se celebró una recepción en la sede de la biblioteca pública en Osborne Terrace, la que Roth frecuentara durante su infancia, y el alcalde subió al estrado y se situó ante el atril: «Y ahora, chicos de Weequahic, no creáis que los chicos del South Side hemos aprendido a leer», dijo a Roth, aludiendo al instituto mayoritariamente frecuentado por negros al que él había asistido más o menos por la misma época en la que Roth estudiaba en el de Weequahic. Y a continuación el alcalde leyó («maravillosamente») un pasaje de La contravida:

«Cuando eres de New Jersey», fue la respuesta, «escribes treinta libros y ganas el Premio Nobel, y vives lo suficiente como para tener el pelo blanco y cumplir los noventa y cinco, es altamente improbable, pero no imposible, que cuando ya estés muerto le pongan tu nombre a una zona de ocio de la autopista de Jersey. De modo que sí, que puede que te sigan recordando cuando ya llevas muchos años muerto, pero serán sobre todo los niños pequeños quienes digan tu nombre, desde el asiento trasero del coche, echándose hacia delante y pidiéndoles a sus padres que paren, por favor, que paren en Zuckerman, que se están haciendo pipí. Para un novelista de New Jersey, esa es la máxima inmortalidad a que puede aspirar».

Por último, tomó la palabra Roth: «Hoy Newark es para mí Estocolmo, y esta placa es mi premio. Ningún otro reconocimiento que me concedieran en cualquier lugar de la tierra podría alegrarme tanto. Eso es todo lo que tengo que decir». Unos días antes, su amigo Harold Pinter había ganado el Premio Nobel.

«El señor Roth es un escritor cuyo arte y cuya fuerza son mayores que su grandísima reputación», había escrito ocho años antes el eminente crítico Frank Kermode, tras leer Pastoral americana, la novela acerca de la decadencia de Newark y la pérdida de la inocencia estadounidense durante los años sesenta, que llegaría a ganar el Premio Pulitzer.[2] Es posible que Kermode pensara en una novela anterior, situada también en Newark, en la que seguía basándose en buena medida la reputación de Roth: El mal de Portnoy, su gran éxito de ventas de 1969 acerca de un muchacho judío obsesionado con su madre y siempre detrás de chicas shikses,[*] que se masturba con un pedazo de carne de hígado («follarme la cena de mi mismísima familia»). Gran parte de lo que luego escribiría Roth sería una reacción a la mortificante fama que le proporcionó este libro: la percepción generalizada de que había escrito una confesión personal en vez de una novela, por no hablar de la percepción que se impuso entre los miembros del establishment judío, para quienes Roth era un propagandista semejante a Goebbels y Streicher. El gran filósofo israelí Gershom Scholem llegó incluso a sugerir que Portnoy desencadenaría una especie de segundo Holocausto.

Dado el carácter magistral de toda su obra —treinta y un libros—, Roth llegaría seriamente a desear no haber publicado Portnoy. «Habría podido tener una carrera bastante seria sin ella y esquivar de paso un auténtico bombardeo de mierda y de insultos»: acusaciones de autodesprecio judío, de misoginia y de falta de seriedad en general. «Yo había escrito ese libro que hablaba de sexo y de pajas y tal, así que me había convertido en una especie de payaso o de puto artista. Pero luego finalmente los tumbé. ¡Cabrones!».

* * *

Roth fue uno de los últimos representantes de una generación de novelistas heroicamente ambiciosos que incluía a amigos y a rivales ocasionales como John Updike, Don DeLillo y William Styron (vecino suyo en el condado de Litchfield, Connecticut), y cabría afirmar que su obra es la que tiene las mayores posibilidades de perdurar. En 2006, The New York Times Book Review sondeó la opinión de unos doscientos «escritores, críticos, editores y otros expertos en literatura» y les pidió que identificaran «la mejor obra americana de ficción publicada en los últimos veinticinco años». Seis de los veintidós libros seleccionados para elaborar la lista final habían sido escritos por Roth: La contravida, Operación Shylock, El teatro de Sabbath, Pastoral americana, La mancha humana y La conjura contra América. «Si hubiéramos preguntado por el mejor escritor de ficción de los últimos veinticinco años —decía A. O. Scott en el artículo que acompañaba la lista—, [Roth] habría ganado».[3]

Por supuesto, la carrera de Roth se extendía más allá de los últimos veinticinco años de la encuesta, empezando por Goodbye, Columbus, de 1959, obra por la que ganó el National Book Award a los veintiséis años. Su tercera novela, El mal de Portnoy, estuvo en 1998 en la lista de las cien mejores novelas en lengua inglesa del siglo XX confeccionada por la editorial Modern Library, mientras que Pastoral americana fue posteriormente incluida, junto con Portnoy, en la lista de las cien mejores novelas publicada en 2005 por la revista Time. Durante sus cincuenta y cinco años de carrera, la evolución de Roth como escritor fue asombrosa por su versatilidad: después de la hábil sátira de sus primeros relatos reunidos en Goodbye, Columbus, pasó a escribir dos sombrías novelas realistas (Deudas y dolores y Cuando ella era buena), cuyas principales influencias eran, respectivamente, Henry James y Flaubert, curioso aprendizaje teniendo en cuenta la estrafalaria farsa de la época de Portnoy que llegaría a continuación (Nuestra pandilla, La gran novela americana), el surrealismo kafkiano de El pecho, el virtuosismo cómico de la serie de Zuckerman (La visita al maestro, Zuckerman desencadenado, La lección de anatomía y La orgía de Praga), el elaborado artificio de metaficción de La contravida y de Operación Shylock, y finalmente la síntesis de todas sus dotes en la magistral trilogía americana, esencialmente trágica: Pastoral americana, Me casé con un comunista y La mancha humana. Durante la última década de su carrera, Roth siguió produciendo novelas —casi una al año— en las que exploraba aspectos profundos de la mortalidad y del destino. En conjunto, su obra constituye «la imagen más fiel que poseemos de la manera de vivir que tenemos ahora», como dijo el poeta Mark Strand en su intervención durante la ceremonia de la concesión a Roth de la Medalla de Oro de la Academia Americana de las Artes y las Letras en 2001.[4]

Roth deploraba el malentendido según el cual él era un escritor esencialmente autobiográfico que sacaba provecho estético del asunto usando alter egos parecidos a él entre los que figuraba un personaje recurrente llamado Philip Roth. A decir verdad, unas novelas eran más autobiográficas que otras, pero el propio Roth era una figura demasiado proteica para ser identificada con un personaje en particular, y en realidad se sabe muy poco acerca de la vida real en la que supuestamente se basaría una obra tan vasta. Algunos aspectos de la confusión en este sentido resultaban en extremo bochornosos para el autor. «No soy “Alexander Portnoy” como tampoco soy el “Philip Roth” del libro de Claire [Bloom]», comentó a propósito del calumnioso libro de memorias de la actriz, Adiós a una casa de muñecas, publicado en 1996.[*] De no ser por Portnoy, pensaba Roth, su exesposa «no se habría atrevido nunca a perpetrar» una visión tan descaradamente opuesta a la persona «disciplinada, constante y responsable» que él consideraba que había sido siempre.

Desde luego así es como era retratado Roth en Las furias, la novela póstuma en clave de Janet Hobhouse,[**] entre cuyos personajes hay un famoso escritor llamado Jack modelado a partir de Roth. La escritora había tenido una aventura con él a mediados de los años setenta —vivían en el mismo edificio, cerca del Metropolitan Museum— y el retrato que hace de Roth quizá sea el más equilibrado de un hombre que, pese a ser un personaje conocidísimo, permaneció en gran medida lejos de la vista del público. Aunque la narradora expone los aspectos más convencionales del encanto de Jack/Roth («No era solo la rapidez de su mente, sino también la picardía, el deseo de saltar, de lanzarse, de mover la muñeca, de mantener el juego en marcha»,[5] se siente seducida sobre todo por sus «hábitos monacales», por la forma en la que «organizaba su existencia alrededor de las dos páginas diarias que se proponía escribir». «Yo pensaba con anhelo en la vida del hombre reservado y casi ascético que vivía dos pisos más abajo: la lectura concienzuda de las revistas literarias en el crepúsculo, el susurro del correo extranjero en un profundo silencio jamesiano».

Por lo que pueda valer, Roth se veía a sí mismo como la antítesis del antisemita o el misógino, y desde luego tenía muy poca paciencia con las categorías reduccionistas de un tipo u otro. Su estilo de vida «monacal», por ejemplo: «Mi fama de “retraído” —decía en una carta a un amigo—, siempre ha sido una idiotez».[6] Lo que quería decir era, en esencia, que le gustaba estar «dichosamente» ocupado con su trabajo en algún entorno rural, y no dedicarse a «chismorrear acerca de [sí] mismo con gente de Nueva York o a aparecer en programas nocturnos de televisión». De hecho, a menudo estuvo intensamente comprometido con el mundo, viajando en repetidas ocasiones a Praga durante los años setenta y entablando amistad con escritores disidentes como Milan Kundera y Ludvík Vaculík, cuyos libros promocionó en Occidente a través de la colección Writers from the Other Europe que editó a lo largo de muchos años para Penguin. Además, durante la relación que mantuvo con Claire Bloom, dividió su tiempo entre Londres, Nueva York y Connecticut, pasando asimismo algunas semanas en Israel para investigar ciertos aspectos de La contravida y Operación Shylock, o, unos años después, viajando a cualquier otro sitio para aprender acerca de la fabricación de guantes, la taxidermia o el trabajo de sepulturero; en una ocasión, incluso, emprendió una gira de lecturas de su libro de memorias Patrimonio, para saber al menos de qué iba aquello. Pero la mayor parte de su carrera fue más o menos como la describe Hobhouse: las mañanas las pasaba sentado incansablemente ante su escritorio y las noches en compañía de alguna mujer; de ser por él, los dos leyendo. «¿Qué habría tenido que hacer, si no, para no ser etiquetado de retraído? —comentó—. ¿Pasar todas las noches en Elaine’s?».[*]

Es verdad que Roth llegó a tener una vida amorosa exuberante, de la que no dudó en hablar «en una especie de amable ensoñación», de la misma forma en la que el Dr. Johnson recordaba a Hodge, su gato favorito. Una faceta esencial de Roth sería el hecho de seguir siendo el querido hijo de Herman y Bess —«un buen muchacho agradable, analítico, cariñosamente manipulador», tal como se describe en tono reprensivo su alter ego Zuckerman en Los hechos— cuya probidad era tal que se casó con dos mujeres desastrosamente incompatibles, entre otras cosas porque las dos querían desesperadamente que lo hiciera (y todo ello tras negarse a hacerlo con otras parejas más compatibles). Y mientras tanto se rebelaba constantemente contra su propia rectitud, tal como diría la definición clínica del «Mal de Portnoy»: «Trastorno en que los impulsos altruistas y morales se experimentan con mucha intensidad, pero se hallan en perpetua guerra con el deseo sexual más extremado y, en ocasiones, perverso». Una vez más, Portnoy es uno de los personajes menos autobiográficos de toda una galería entre los que cabría incluir a Zuckerman, Kepesh y Tarnopol, pero cada personaje lleva una dualidad aparejada. En cuanto al propio Roth, su mayor deseo fue siempre estar al servicio de su genio, aunque en medio de las intensas distracciones de una naturaleza ardientemente carnal. «Philip dijo en cierta ocasión algo acerca de Willy, el marido de Colette —comentó su amiga Judith Thurman—. Hablando del fin de siècle, de aquel mundo de erotismo, dijo: “¡Qué maravilloso era! Andaban por ahí alborotados veinticuatro horas al día”. Alborotados sexualmente. Imagina que tuvieras oído musical, de modo que estás ahí, en la calle, y el taxi es do menor y el autobús es sol mayor, y tú oyes todas esas cosas, y las traduces en vibración sexual».

* * *

Junto con autores como Willa Cather, William Faulkner y Saul Bellow, Roth fue galardonado con la máxima distinción concedida por la Academia de las Artes y las Letras, la Medalla de Oro, en la categoría de narrativa, un año después de que terminara su trilogía americana. Al año siguiente, en 2002, en la ceremonia de los National Book Awards, Roth recibió la Medalla a la Contribución Distinguida a las Letras Americanas y aprovechó la ocasión para corregir «un pequeño malentendido recurrente»:[7] «Nunca me he considerado, ni por un momento, ni un escritor judío americano ni un escritor americano judío —escribió para la intervención cuidadosamente preparada que pronunció en el acto de aceptación del galardón—, lo mismo que tampoco me imagino que Theodore Dreiser o Ernest Hemingway o John Cheever se consideraran a sí mismos escritores cristianos americanos ni escritores americanos cristianos». Susan Rogers, su principal compañera por aquel entonces, recordaría que Roth estuvo dos o tres meses antes de la ceremonia trabajando en aquel discurso, y que se lo leyó en voz alta «al menos seis veces».

Después de la publicación de la trilogía americana —que algunos han llamado la serie «Carta a Estocolmo»—, se llegó a un consenso según el cual Roth destaca por encima de los demás novelistas de su época. Estocolmo, sin embargo, siguió inconmovible. «El niño que hay en mí está encantado —había dicho Bellow a propósito de los premios en general y del Premio Nobel en particular—. El adulto que hay en mí se muestra escéptico».[8] Roth hizo suyo el comentario y aun así no podía dejar de pensar en la diferencia más notable entre su carrera y la de Bellow, especialmente después de que la viuda de este último le regalara el sombrero de copa que su marido había llevado en Estocolmo, que en adelante Philip Roth tendría expuesto en su piso encima de un altavoz del tocadiscos (una vez le preguntaron si le venía bien de talla: «No, mi cabeza no puede llenar el sombrero de Saul —dijo—. Él es mucho mejor escritor»). Ya al final de la vida, Roth iría paseando (muy despacito) desde su piso del Upper West Side hasta el Museo de Historia Natural, deteniéndose, tanto a la ida como a la vuelta, casi en todos los bancos que encontraba por el camino, incluido el que había en los jardines del museo junto a una columna de color rosa en la que aparecían relacionados los estadounidenses que habían ganado el Premio Nobel. «En realidad es bastante fea, ¿no te parece?», comentó un amigo cierto día.[9] «Sí —contestó Roth—, y se pone más fea cada año que pasa». «En cualquier caso, ¿para qué la ponen ahí?», replicó su amigo. «Para fastidiarme», dijo Roth riendo.

Primera parte. ¡Tierra a la vista!

PRIMERA PARTE

¡Tierra a la vista!

1933-1956

Bess con su adorado segundogénito en Belmar Beach. «Aquel que es querido por sus padres es un conquistador», solía decir Roth, cuando ya era un hombre de éxito (cortesía de los herederos de Philip Roth).

Capítulo 1

1

Durante un viaje a Israel en 1984, Roth llevó a su amigo David Plante —escritor gay no judío— a Mea She’arim, el barrio ortodoxo de Jerusalén, donde los dos se quedaron de pie en una esquina contemplando a los hasidim arremolinándose, con sus gabanes y sus sombreros negros, los muchachos con la cabeza rapada excepto los largos tirabuzones que les caían desde las sienes. Casi todos, tanto jóvenes como viejos, usaban gruesas gafas. «Era como estar en un shtetl[*] de Polonia en el siglo XVIII», dijo Roth, cuyos abuelos se habían criado en un sitio así.[1] Un hasid pasó con una toalla al hombro junto a los dos escritores, que lo siguieron hasta que el hombre se unió a otros hasidim para tomar el baño de la tarde. «Espera hasta que me libre de esto —dijo Roth con una risita a su compañero—, mientras Plante se queda a la puerta de los baños intentando ligarse a algún hasid».

Para Roth la frivolidad era mejor que la nostalgia ante aquel recordatorio vivo de sus orígenes familiares. Casi no podía recordar que sus abuelos hablaran alguna vez de su antiguo país, de las personas a las que habían dejado atrás, y no le quedó más remedio que admitir que los shtetlej de Galicia no habrían podido parecerse en realidad a la versión broadwayana de Sholem Aleichem, con judíos encantadores entonando canciones de musical de esas que hacen que se le salten a uno las lágrimas», como él mismo diría.[2] Los padres de su padre procedían de un rincón especialmente inhóspito de aquel mundo desaparecido, Kozlów, cerca de la ciudad de Tarnopol, que quizá se recuerde sobre todo (al menos entre los judíos) como el epicentro de la Rebelión de Jmelnitski, en el siglo XVII. A lo largo de la Edad Media, los terratenientes polacos habían empleado agentes judíos para recaudar las rentas y los impuestos entre los campesinos, a los que entretanto recordaban cada domingo en la iglesia que los judíos habían dado muerte a Jesucristo. POLACO, JUDÍO Y PERRO. TODOS UNIDOS EN UNA MISMA FE, se leía en el letrero que habitualmente se clavaba en los árboles en los que habían sido ahorcados un polaco, un hebreo o un chucho.[3] Casi todos los judíos de Tarnopol fueron asesinados o expulsados en el curso de la matanza, y la propia ciudad fue incendiada y arrasada.

En el siglo XIX, Galicia era la provincia más septentrional del Imperio austrohúngaro, en el que la Constitución de 1867 permitía la libertad de culto y concedía igualdad de derechos a todos sus súbditos. Semejante liberalidad, sin embargo, no contribuyó gran cosa a mejorar la suerte de los judíos de Galicia, cuya población se multiplicó exponencialmente con los refugiados que llegaban huyendo de los pogromos de la vecina Rusia. Cada año morían de hambre unos cincuenta mil y en la década de 1880 Galicia tenía las tasas más altas de los antiguos territorios polacos tanto de natalidad como de mortalidad, y solo la mitad de los niños llegaban vivos a los cinco años. «A menudo las relaciones entre los estratos sociales del shtetl se quedaban apenas en una diferencia entre pobres y desesperadamente pobres», diría Irving Howe.[4] Los judíos de Galicia solían vivir en un revoltijo de cabañas sombrías y calles empedradas que confluían todas en un mercado atestado de gente, un inhóspito mundo insular amenazado por la alborotada población gentil. El único solaz se encontraba en los ritos y en la piedad. La vida de un buen judío se hallaba perfectamente regulada por seiscientos trece mitzvot o mandamientos, que iban desde recitar bendiciones por los placeres domésticos de la persona hasta encender velas y matar pollos. Los niños eran atemorizados con cuentos sobre dybbuks y gólems, los matrimonios eran concertados, y los impulsos más bajos rigurosamente reprimidos. No es de extrañar que los más inteligentes de entre ellos aprendieran a reírse de la miserable manera en que el pueblo elegido por Dios consideraba conveniente vivir.

La ley se hallaba encarnada en los rabinos, y uno de los rabinos de Kozlów fue el bisabuelo de Roth, Akiva, que tenía también fama de cuentacuentos. Su hijo Alexander, llamado Sender, estaba estudiando para rabino cuando contrajo matrimonio en 1886 con Bertha Zahnstecher, cuyo parentesco por parte de madre con los Flaschner resultaría muy útil para la familia cuando llegara a Estados Unidos. A lo largo de veinticinco años, Bertha dio nueve hijos a Sender: dos niñas, Freide y Pesie, murieron estando todavía en pañales; de los siete que sobrevivieron, Herman, el padre de Philip Roth, fue el primero que nació en el Nuevo Mundo.

Roth conocía incluso menos detalles acerca de su familia por el lado materno y prácticamente nada sobre sus orígenes en su antiguo país. Lo que puede colegirse de los datos genealógicos más básicos es que el abuelo materno de Roth, tocayo suyo, Philip (Farvish) Finkel, había nacido también cerca de Tarnopol, en la localidad de Bialy Kamien (Piedra Blanca), y que era el segundo de cinco hermanos varones. En cuanto a la abuela materna de Roth, Dora Eisenberg, se crio a unos cuatrocientos kilómetros de allí, cerca de la Kiev de los zares, y casi con toda seguridad emprendió la emigración, junto con tres hermanas y dos hermanos, para escapar del violento antisemitismo que se impuso en todo el Imperio ruso tras el asesinato de Alejandro II, en 1881, a manos de un grupo revolucionario que las autoridades zaristas afirmaron (falsamente) que estaba compuesto en su mayoría por judíos.

El peor de aquellos pogromos tuvo lugar en Kiev, donde las hordas gentiles se lanzaron contra los barrios judíos, saqueando las tiendas y el almacén de vodka Brodsky. Por si el terror constante no bastara, las Leyes de Mayo de 1882 prohibieron a los judíos tener propiedades o ejercer profesiones de rango superior, como la abogacía, el funcionariado, la enseñanza, o integrar el cuerpo de oficiales del ejército. Konstantín Pobedonóstsev, consejero reaccionario del zar, propuso la siguiente fórmula para purgar a los judíos: «Un tercio que se convierta, un tercio que emigre y un tercio que se muera de hambre». Tal fue la pesadilla de la que intentarían huir unos dos millones y medio de judíos rusos, muchos de los cuales buscaron refugio en Estados Unidos, entre 1881 y 1920.

De lo que se enteró Philip Roth, según iba creciendo, fue de que sus dos abuelos habían escapado para librarse del reclutamiento forzoso en el ejército. El servicio militar no era una medida punitiva para los súbditos judíos del benigno emperador austriaco, Francisco José, como lo era, en cambio, bajo el dominio de los zares, pero incluso el periodo de servicio relativamente poco severo de tres años de duración era más largo de lo que la mayor parte de los judíos de Galicia estaban dispuestos a soportar lejos de su familia y de su religión. La sociedad de los gentiles tampoco resultaba mucho más cómoda en el ejército o en cualquier otro ambiente; en La marcha Radetzky, la novela de Joseph Roth acerca del declive del Imperio austrohúngaro, un oficial gentil borracho insulta a un cirujano judío del ejército, Max Demant —«¡Perro judío!», lo llama—, lo que da lugar a un duelo y a la muerte del cirujano.[5]

Era habitual que los maridos emigraran solos y que únicamente más tarde se llevaran consigo a su familia. Sender Roth zarpó a bordo del Westernland el 5 de marzo de 1898, más de dos años antes de que lo hicieran Bertha y sus tres hijos varones. Uno de los Flaschner, que era tío de Bertha, había prosperado como vendedor de zapatos en Brockton, Massachussetts, y se ofreció a patrocinar el plan que abrigaba Sender de establecerse como rabino en Boston. Parece, sin embargo, que en el barco Sender tuvo dudas —en Estados Unidos los rabinos no eran tan respetados como en Europa, por no hablar de lo que ese oficio significaba a la hora de ganarse la vida— y decidió desembarcar en la isla de Ellis. Un paisano suyo que iba a bordo del barco había asegurado a Sender que podría conseguir trabajo para los dos en una fábrica de sombreros en East Orange, New Jersey; más aún, la hermana de Sender, Fannie, y su marido, Nathan Cohen (posteriormente Kuvin), vivían en la vecina ciudad de Newark y accedieron a dejar que Sender se quedara a vivir con ellos hasta que ahorrara lo suficiente para pagar los pasajes de su familia.[6]

Cuando Philip Finkel recibió su aviso de reclutamiento, cambió su apellido por el de Bara y se las apañó para seguir los pasos de su hermano mayor, llamado también Nathan, hasta Elizabeth, New Jersey. Esta misma artimaña la utilizó otro hermano Finkel, Marcus, el último en emigrar, que se hizo llamar Barer cuando finalmente salió de Róterdam a bordo del Rijndam el 4 de septiembre de 1920.[*] La última dirección fija que dio fue Zloczow, cerca de Tarnopol, donde se habían establecido los refugiados judíos de Bialy Kamien cuando su shtetl fue destruido por el fuego en 1902.

En cuanto al resto de los judíos de Galicia, casi todos ellos perecerían en el Holocausto, catástrofe prevista ya en 1923 por el poeta Uri Zvi Greenberg, sionista nacido en Bialy Kamien, que consideraba el exterminio en masa el «resultado trágico, pero casi inevitable, de la indiferencia de los judíos por su propio destino».[7] Lo sucedido con los dieciocho mil judíos restantes de Tarnopol fue lo típico: cinco mil fueron sacrificados al cabo de un mes de la ocupación nazi, en junio de 1941, y otros mil fueron fusilados en un bosque cercano en el marzo siguiente; a los demás se los recluyó en un gueto —el primero de Galicia—, desde donde los trasladaron al campo de exterminio de Bełżec, entre otros, antes de su liquidación final, el 20 de junio de 1943.

* * *

Bertha Roth dejó a su madre y a sus hermanas en su país de origen cuando el 3 de noviembre de 1900 emigró a Estados Unidos —también a bordo del Westernland— con sus hijos Kiwe, Mojsche y Abraham, de doce, nueve y tres años, respectivamente, que, cuando llegaran a Newark, recibirían los nombres de Charlie, Morris y Ed. Como la mayor parte de los judíos de Europa oriental, se establecieron en los suburbios del Tercer Distrito, concretamente en Broome Street, a una manzana del pujante comercio de Prince Street. Esta recreación en pleno Estados Unidos del mercado de un shtetl —conocido como «Bagdad a orillas del Passaic»— era un revoltijo de carretillas y puestos ambulantes en los que se despachaba de todo, desde carpas vivas, pastrami y encurtidos de todo tipo hasta ropa y cachivaches, mientras los vendedores agarraban de mala manera a los transeúntes para que se acercaran a sus puestos y echaran un vistazo a sus mercancías.

«¿Recuerdas la historia que me contaste del abuelo? —decía Philip Roth, de apenas diecinueve nueve años, en una carta escrita a Bertha poco antes de la muerte de esta, en 1952—. Era una historia triste y maravillosa acerca de unos hombres que iban a vender al abuelo una propiedad en Baldwin Avenue. Y me contaste que cuando el abuelo se presentó ante ellos con el dinero (y además era domingo), cuando el abuelo llegó con el dinero en la mano, que era todo lo que había conseguido ahorrar, se lo quitaron». Pese a que lo desplumaran por unos goyim en su primer intento de escapar del sórdido piso de alquiler que ocupaba la familia en Broome Street, Sender no tardó en poder comprar una casa en la vecina Rutgers Street. Durante los catorce años que pasó allí, tuvo otros cuatro hijos —Herman, nacido en 1901, Rebecca (Betty) en 1903, Bernard en 1905 y Milton en 1912—; por aquella época pasarían también por la casa montones de parientes sin un céntimo, recién desembarcados, hasta doce de una vez. Bertha cocinaba y limpiaba con diligencia para todos ellos. Bertha era una balabusta (buena ama de casa) totalmente imperturbable, que apenas sabía decir ni una palabra en inglés; cuando no había más remedio, aceptaba un trabajo consistente en fregar de rodillas las escaleras exteriores de madera del edificio.

Sender no era un hombre capaz de desanimar la diligencia de su esposa, y al menos uno de sus hijos —el cariñoso tío Bernie— despreciaba al viejo por la forma en que trataba a su santa madre. Pero, por otra parte, Sender no permanecía ocioso: a lo largo de los años llegó a planchar tantos sombreros que la artrosis le paralizó una mano, dejándosela congelada en una especie de saludo de la victoria con cuatro dedos. Al menos no era el único que trabajaba. Cuatro de sus hijos dejaron la escuela a edad muy temprana para unirse a él en la fábrica de sombreros, como la mayoría de los hijos de los inmigrantes llegados a Newark por aquel entonces. Charlie, Morris y Ed se pusieron a trabajar a los doce años, mientras que al padre de Philip Roth, Herman (el Pequeño Hymie), le permitieron que siguiera en la escuela hasta los catorce, la edad reglamentaria. La educación de Herman, de solo ocho cursos, se pondría de manifiesto en su manera errática de escribir y de puntuar, así como en la tendencia, que perduraría toda su vida, a poner mayúsculas al buen tuntún («¿Por qué pone tantas mayúsculas tu padre?», pregunta Neil Klugman a Brenda, hija de un inmigrante, en Goodbye, Columbus). «Lo más interesante —comentaba Roth acerca de su padre— es que en todos los años que pasó en un puesto directivo de responsabilidad en una empresa importante estadounidense (ni en todos los años que pasó leyendo el periódico de cabo a rabo todos los santos días) no hizo nada por escribir bien inglés, ni en mayúsculas ni en minúsculas, y asimilarlo. Extraño, ¿verdad?».[8] Y sin embargo, aquello supuso también un acicate para la vocación literaria de Roth: «Eres la voz de la familia —escribió en un intimidatorio documento para sí mismo—. No des de lado a esos hombres; antes bien, da voz a su incapacidad de expresarse».

«Los regateadores de Newark», así es como Philip describía a Herman y a sus hermanos, a tres de los cuales —Charlie, Morris y Milton— nunca llegó a conocer más que como leyendas familiares. El prodigioso Morris se fue de casa pronto y emprendió por su cuenta sus propios negocios: un cine y una zapatería con fábrica incluida en la que se ponían remates a los cordones en virtud de una patente propia. Morris fue el propietario de uno de los primeros automóviles de la ciudad y contrató a una niñera interna para que se ocupara de sus cuatro hijos, mientras que su esposa, Ella, tan hermosa como derrochadora, llevaba una vida social agitadísima. Su hermano mayor, Charlie, abrió también una zapatería de éxito en otro barrio de la ciudad (la mejor manera de evitar la competencia directa con Morris); también se casó joven y tuvo cuatro hijos.

A los veintinueve años, en 1920, a Morris se le reventó el apéndice y murió de peritonitis; su mujer volvió a casarse con un granuja llamado Block, que la ayudó a gastar el resto del dinero de su difunto marido antes de abandonarla. Los cuatros hijos de Morris se criaron con varios parientes, aunque Bertha reclamó al único varón, Gilbert. Dieciséis años después, Charlie murió de neumonía en brazos de su hermano Herman, que lo idolatraba. El hijo mayor de Herman, Sandy, por entonces de ocho años, no olvidaría nunca el caluroso día de primavera en que vio a su padre regresar abatido a la casa de Summit Avenue, donde acabó viniéndose abajo ante la barandilla del porche y se deshizo en lágrimas. El niño jamás había visto llorar a su padre.

La muerte de Charlie, en 1936, resultó tanto más insoportable por cuanto se produjo a cuatro años de distancia de la que acaso fuera la mayor tragedia de la familia: la muerte del niño prodigio de la casa, Milton, a los diecinueve. Milton era veinticinco años más joven que su hermano mayor y tenía ya varios sobrinos y sobrinas, más o menos de su edad, que veían en él la figura de un hermano brillante y adorable. Milton se había graduado en el instituto a los dieciséis (como haría su sobrino Philip) y estaba ya estudiando el último curso en la escuela de ingeniería de Newark —era el primer Roth que había ido a la universidad— cuando de pronto un día se quejó de un dolor de estómago terrible; con la mejor intención, su madre le puso un enema. Su sobrina Florence —que tocaba el violín con él y consideró su muerte la «peor tragedia de toda [su] vida»— solía decir que murió de pura estupidez, pues un enema no habría sido ni mucho menos la mejor manera de tratar lo que acabaría revelándose como un nuevo caso de peritonitis.

Aquella dolencia era el azote de los Roth, cuyo apéndice solía ser retrocecal, o sea, se hallaba situado detrás del intestino grueso, donde la inflamación pasaba desapercibida hasta que ya era demasiado tarde. Herman fue otra víctima de esta dolencia en 1944, pero se salvó por los pelos gracias a las nuevas sulfamidas. Aquella fue la primera vez que Philip vio llorar a su padre: le habían dado una probabilidad de supervivencia de menos del 55 por ciento, y regresó del hospital traumatizado, con casi quince kilos menos («su rostro arrugado nos reveló entonces todo su parecido con el de mi anciana abuela»).[9] La siguiente generación se vería igualmente afectada por esta misma enfermedad.

* * *

De niño Philip no llegó a conocer a ninguno de sus numerosos primos Finkel, residentes en la vecina Elizabeth. Con el paso de los años pudo verse con algunos de ellos, y de ese modo cultivó una vaga idea de la prosperidad de los Finkel —al menos en comparación con los farshtunken (apestosos) Roth de Newark—, pero nunca estuvo muy seguro de por qué su abuela materna, Dora, de naturaleza tan dulce, había roto todo contacto con la familia de su difunto marido.

En el aparador del comedor de la casa de la infancia de Philip había retratos de sus dos tocayos, fallecidos ambos antes de que él naciera: su venerado tío Milton, por supuesto, que se parecía un poco a George Gershwin, y su abuelo Finkel, Philip, un tipo pulcro, robusto, de pelo oscuro, con un pequeño bigote. Philip y Dora se habían conocido y habían contraído matrimonio pocos años después de su llegada a Estados Unidos, y los dos hablaban bastante inglés; por lo demás, Philip era de los pies a la cabeza el imponente patriarca ortodoxo del Viejo Mundo. Su tercera hija, Mildred, se estremecería siempre al recordar a su padre sacudiendo solemnemente un pollo vivo por encima de sus cabezas la víspera del Yom Kippur, y cómo hasta las fiestas menos conocidas eran guardadas con toda puntualidad. Muchos años después, Philip Roth localizaría a una prima Finkel más mayor, Ann Maltzman, que lo sorprendió comentándole lo mucho que había adorado de pequeña a su «tierno» abuelo.[10]

La madre de Philip Roth, Bess (Batya), nació en 1904, y era la segunda de cinco hermanos. Por entonces, su padre era el propietario de una tienda de comestibles y una carnicería, con los medios suficientes para emplear como criada interna a una inmigrante rusa llamada Anna. Según cuentan, las familias en sentido lato por una y otra parte estaban muy unidas, al menos lo estuvieron durante algún tiempo, impresión confirmada por la curiosa repetición de nombres entre sus retoños; Dora y sus dos hermanas Eisenberg tuvieron todas ellas hijas a las que llamaron Bess, y los hermanos Finkel engendraron a varias Mildred y Ethel, y a más de un Emanuel. Elizabeth era una ciudad mayoritariamente católico-irlandesa, y los primos confinaron sus relaciones sociales casi por entero al seno de la familia. El Finkel de más edad, Nathan, probablemente fuera el que más éxito llegó a alcanzar. Registrado como «vendedor ambulante» en el padrón municipal de 1903, no tardó en ser dueño de su propia inmobiliaria y de lo que un nieto suyo calificaría de «mansión» (aunque luego sería arrasada) en el 1.350 de North Avenue.[11] Ayudó además a emigrar a sus hermanos, tras lo cual cada uno de ellos hizo lo que pudo ayudando a que los demás comenzaran a ganarse la vida. Uno de los hermanos pequeños, Joseph, empezó de carnicero en la tienda de Philip antes de abrir su propia tienda de comestibles en la misma calle.[*] El más joven, Michael, se convirtió en dueño de un negocio de venta al por mayor de mantequilla y huevos; Marcus, que fue el último en llegar de Europa, sería el propietario de una floreciente gasolinera y se cuenta que se paseaba por la calle en un Rolls conducido por un chófer.

La carrera de Philip Finkel dio un giro curioso en 1909, cuando repentinamente fue registrado como comerciante de «carbón, heno y material de albañilería» en el 250 de la calle Dos. Sin embargo, su nueva empresa tuvo una vida breve, y en 1915 estaba de nuevo como tendero en la calle Uno, más o menos por la época en la que en el The New York Lumber Trade Journal del 1 de octubre apareció el siguiente anuncio: «Nathan Finkel e Hijo dirigen un negocio de venta al por menor de maderas en Elizabeth, N. J. El señor Finkel es bien conocido en Elizabeth, habiendo intervenido en el negocio inmobiliario en dicha ciudad durante más de doce años. El almacén se encuentra situado en la calle Dos a la altura de Port Avenue» —esto es, en el 250 de la calle Dos, donde había estado la tienda de Philip—. El carácter de este traspaso —si tuvo un carácter voluntario, hostil o un poco de todo— se desconoce. El «Hijo» Finkel en cuestión era el primogénito de Nathan, Julius, que tenía por entonces diecinueve años y ya se había dedicado a cobrar alquileres para su padre cuando estaba estudiando en el instituto Battin. Lo cierto es que tanto Nathan como Julius acabaron dedicándose de nuevo al negocio de la inmobiliaria a tiempo completo, mientras que del almacén de carbón/madera se hizo cargo el hijo menor de Nathan, Emanuel, que lo dirigió con más o menos éxito, con el nombre de Combustibles Finkel, hasta su muerte, debida a un ataque al corazón.

A la muerte de Philip Finkel, su viuda y sus hijos casi no volvieron a hablar de los demás Finkel. A la vista de los retratos de sus abuelos y teniendo en cuenta que su madre había ido al instituto, Philip Roth siempre supuso que hubo una ligera superioridad de clase por parte de su familia materna: Philip Finkel tenía el aspecto de un europeo de clase media, mientras que Sender era un advenedizo con una pinta más desastrada, a juzgar por su traje brillante y arrugado, que le sentaba fatal. La imaginación de Philip Roth, sin embargo, recibió un fuerte estímulo en 2012, cuando uno de sus primos Finkel al que acababa de conocer (al ponerse en contacto por fin con aquellos parientes tras su retiro), le mostró una foto de su madre en 1927 vestida con su deslumbrante traje de novia y una espléndida cola de encaje sujetando un enorme ramo, al pie de una escalera impresionante. «Me quedé mudo de asombro —comentó Roth—. ¿Qué mansión es esa? ¿Alquilaron una mansión?». No, respondió su primo, aquella era la casa del abuelo de Philip; lo cual contrastaba con la situación de relativa pobreza de su abuela Dora cuando Philip era un niño, por no hablar de los apuros económicos de sus padres. Lo poco que él sabía y lo poco que pudo averiguar de algunos de sus primos Finkel era que había habido un altercado entre los hermanos, famosos por tener todos un «carácter endemoniado», aparte de su habitual autoritarismo patriarcal. Roth oyó también decir algo acerca del negocio de Combustibles Finkel de la calle Dos, y de ese modo concibió la idea («He reconstruido esta historia a partir de retazos y fragmentos de información que llegaron a mis oídos a través de los años») de que los hermanos se habían convertido en unos magnates del carbón. «Por algún motivo [Philip Finkel] dijo: “¡Me largo!” —especulaba Roth—, y los demás le dieron su parte. [Philip] era un hombre rico (el traje de novia; la grandiosa escalinata). Digamos que su parte fueran unos cien mil dólares. [...] Eso era mucho dinero en 1927, y entonces invirtió su dinero en la bolsa. Y ya sabemos lo que pasó».

No exactamente. Lo que Roth no llegó a saber hasta mucho más tarde es que su abuelo Finkel se dedicó al carbón durante poco tiempo y que principalmente fue un tendero de lo que fuera… hasta 1924, esto es, cuando en fecha ya tardía se metió en el negocio inmobiliario junto con Nathan. Quizá esa fuera la asociación que diera lugar a la ruptura definitiva, pero todo lo que podían decir con seguridad los pocos Finkel que seguían vivos era que «la familia más o menos se desintegró», como diría Anne Valentine. Tampoco tiene nada de absurdo suponer que los hermanos Finkel no se solidarizaron con Dora cuando su marido murió de la enfermedad de Crohn el 24 de junio de 1929 a los cincuenta y un años, fecha tras la cual se produjo el crac de la Bolsa, comenzó la Gran Depresión, y Dora y sus hijos se trasladaron a una casa bastante destartalada de dos pisos en el 830 de Sheridan Avenue.

En cuanto a los Combustibles Finkel, esto es lo que sucedió: a la muerte de Emanuel fue a parar a manos de los hijos de Marcus, Louis y Joseph, y al cabo de poco tiempo la empresa quebró. Louis se suicidó y los otros Finkel (personas «mezquinas y desagradables», según una de las nietas de Marcus) se fueron al otro barrio uno detrás de otro a consecuencia de sus dolencias cardiacas.[12] Bess se guardó siempre mucho de herir los sentimientos de su madre mencionando a su familia política, aunque se puso en contacto con muchos de sus primos tras la muerte de Dora, en 1951, especialmente una vez que Herman y ella se retiraron a Elizabeth en los años sesenta. Amy Buxbaum (nieta de Joseph Finkel, el de la tienda de comestibles) se acordaba de que Bess y su madre, Milly (otra Mildred), charlaban juntas casi a diario sentadas en un banco esperando a que Amy saliera de la escuela. Pero hacía más de treinta años que Bess había muerto cuando su célebre hijo recompuso finalmente —como Dios le dio a entender— toda la historia de su familia y su paso de la opulencia a la miseria, aunque para entonces ya no tenía ninguna utilidad para él. «Una pena —comentó—. Una familia de parientes ricos y de tíos poderosos (¡uno de ellos paseándose en Rolls-Royce conducido por un chófer!) que no llegaría nunca a ser investigada por el pequeño novelista en ciernes».

* * *

La fastuosidad ostentada en la boda de Bess Finkel el 20 de febrero de 1927 no duró mucho. Cuatro años antes, la joven se había graduado en el instituto Battin y había encontrado trabajo como secretaria de unos abogados, mientras seguía viviendo con sus padres y su hermana mayor, Ethel, a la que ayudaba a ocuparse de las pequeñas, Milly y Honey, y de su adorado hermanito, Mickey (uno más de los Emanuels de la familia). Durante aquellos años, Herman Roth había trabajado de «humilde zapatero» en la tienda de su hermano Charlie, y después de casarse abrió su propia zapatería en Bloomfield Avenue, en Newark. El hijo mayor de los Roth, Sanford (Sandy), nació el 26 de diciembre de 1927, y un par de años después la zapatería quebró a raíz de la Gran Depresión. En 1930 los tres Roth y cuatro miembros de la familia Finkel (Ethel se había casado y se había instalado por su cuenta) vivían hacinados en la pequeña casa de Sheridan Avenue de Elizabeth, y durante unos meses Herman desempeñó trabajos ocasionales, como policía municipal o cocinero en un local de cocina rápida.[*][13] Finalmente, a través de un amigo, fue contratado como vendedor de seguros a domicilio por la empresa Metropolitan Life.

La impresionante carrera de Herman duró treinta y seis años y empezó de la nada, trabajando por las calles de su infancia en el Tercer Distrito, barrio habitado en aquellos momentos mayoritariamente por familias negras pobres. «Iba por ahí detrás de los shvartzes [«los negros» en yiddish] y se sacaba unos céntimos». Así es como su sobrina Florence describía burdamente la tarea de vender seguros de enterramiento durante seis días a la semana,[*] sobre todo los sábados, cuando era más probable que el cabeza de familia se encontrara en casa. Era un trabajo duro, pero Herman era un fervoroso creyente en la filosofía de Met Life —un paraguas para los días de lluvia—, sobre todo en aquellos años anteriores a la implantación de la red de asistencia social de Franklin Delano Roosevelt. Así que, por filosofía o por lo que fuera, Herman estaba decidido a hacer lo posible para conseguir las primas de unos pocos céntimos que le daban. Philip lo acompañaba a veces los sábados («Este es mi chico…»), y escuchaba con atención mientras Herman charlaba con sus clientes y preguntaba por los distintos miembros de la familia, llamándolos por su nombre. «Bueno, la pobre murió hace tres años», decía alguno, en cuyo caso Herman (tras dar debidamente el pésame) comentaba que la póliza de seguro de enterramiento de la finada seguía vigente y por tanto se debía un recibo. «Y le pagaban —recordaría Philip—. Llega el de los seguros y le pagas. Ese es el trato». Varias décadas después, un hombre llamado Bernard Disner —que consideraba a Herman un mentor venerado en el negocio de los seguros— referiría uno de los mantras favoritos de su jefe: «Bernie, no sabes chorizar lo suficiente».[14]

El 19 de marzo de 1933, nació Philip Milton Roth en el hospital Beth Israel, «donde todos los chicos a los que conocía también habían nacido y que, a los ocho días, habían sido circuncidados ritualmente en el santuario del hospital».[15] Por entonces la familia vivía, junto con la mayoría de los judíos de segunda generación de la ciudad, en las pulcras calles flanqueadas por árboles del barrio de Weequahic, construido unos veinte años antes en las antiguas Lyons Farms, en el extremo sudoeste de Newark, el viejo límite entre el río Hackensack y las tierras de los indios raritanos. Weequahic («final de la ensenada») fue llamada así por su principal promotor inmobiliario, Frank J. Bock, que de manera puramente fortuita atrajo a una gran cantidad de judíos con anuncios de «solares baratos de alto standing» y «SIN TABERNAS».[16]

Por la época en la que nació Roth, la familia se había mudado de un piso ligeramente más humilde situado en Dewey Street al número 81 de Summit Avenue, una casa de dos plantas y buhardilla cuya modesta fachada sería distinguida un día con una placa histórica. La vivienda de los Roth —dos dormitorios y un agradable salón con terraza en el segundo piso— era la más bonita de las cuatro que llegaron a ocupar en Weequahic; el alquiler ascendía a 38,50 dólares al mes («creo que ahora podríamos tenerla por el mismo precio», diría Roth en 2010), y dando un simple paseo se llegaba rápidamente a la escuela primaria de Chancellor Avenue y al instituto de Weequahic, dos de las mejores escuelas públicas del estado.[17] Su manzana de casas casi idénticas, con tejados a dos aguas, escaleras de ladrillo y parcelas de césped, discurría a lo largo de una elevada colina en lo alto de la ciudad (de ahí el nombre de la avenida),[*] y en los días de nieve los niños podían reunirse en la esquina de la cercana Keer Avenue y deslizarse cuesta abajo a lo largo de dos manzanas hasta Leslie Street. El único sitio mejor para bajar en trineo que había en la zona probablemente fueran las ciento veinticinco hectáreas de Weequahic Park, el parque diseñado por los hermanos Olmsted en el que había un lago, un campo de golf y una pista de carreras de trotones.

Aunque se crio durante la que quizá fuera la década más antisemita de la historia estadounidense, Roth comentaría que su barrio de Newark «era un lugar tan seguro y tan pacífico para mí como su comunidad rural lo habría sido para cualquier muchacho campesino de Indiana».[18] Weequahic estaba rodeada de municipios habitados por gentiles como Irvington, otrora centro del German American Bund («Federacion Germano-Americana»), de tendencia pronazi y luego, para Alexander Portnoy, un paraíso vagamente angustioso lleno de shikses patinando sobre hielo. La propia Newark comprendía una constelación de colonias étnicas independientes —Down Neck, Woodside, Vailsburg, Forest Hill—, cada una con su propia identidad, sus propias tiendas e iglesias, apiñadas alrededor de un próspero distrito empresarial en pleno centro de la población. Pero ninguna de esas colonias, ni siquiera Weequahic, era totalmente homogénea. Uno de los aromas proustianos que Sandy Roth asociaría con su niñez sería el «hedor de cagada de caballo» que reinaba en los días de calor cuando pasaba por St. Peter’s, el gran orfanato católico de Lyons Avenue, donde los niños hostigados por las monjas cultivaban sus propias verduras y permanecían agarrados a la valla mirando a los transeúntes. Además de los cerca de cien huérfanos, también asistían a la escuela primaria de St. Peter’s unos cuantos niños católicos de la localidad, entre ellos Tony Sylvester, hijo de una familia italiana que vivía en la casa de al lado de la de los Roth, en Summit Avenue, y que era una de las tres familias gentiles residentes en aquella manzana. Tony y Philip jugaban juntos de pequeños, y por Navidad los chicos de los Roth se quedaban asombrados ante el árbol de los Sylvester, pero entre sus padres no existía relación alguna, aparte de la cortesía más básica. Durante las fiestas judías, por ejemplo, la madre de Tony obligaba a su hijo a vestirse bien y le advertía de que se comportara de forma especialmente respetuosa.

El objetivo que compartían unos y otros era trabajar duro y hacerse un sitio entre la clase media del país. «Das una idea equivocada con esa música infantil», decía Roth irritado en una carta a su amigo Alan Yentob, tras ver el documental Philip Roth Unleashed, producido por él para la BBC en 2014. Roth señalaba que no había oído ni una sola banda klezmer hasta que tuvo casi los sesenta años, de modo que no tenía ningún sentido evocar de ese modo en el programa el ambiente de su infancia, en vez de poner las melodías del típico cancionero propio de Estados Unidos interpretadas por Billy Eckstine, el cantante que tanto gustaba a Roth, y la propia Sarah Vaughan, natural, como él, de Newark. «Durante la época en la que me crie en el barrio de Weequahic nunca vi a nadie llevando una gorra con una calavera por la calle ni en las casas de los amigos y parientes con los que iba casi a diario de muchacho. Lo que no has logrado expresar es el triunfo de la laicidad en tan solo dos generaciones».

La posterior nostalgia de Roth por aquel lugar no era ni mucho menos algo general. Al otro lado de la calle, en la propia Summit Avenue, vivía Betty Anne Bolton —«la chica más bonita de Newark —decía Roth—, nuestra Gene Tierney»—, que salió de allí en cuanto pudo, huyendo a Francia cuando todavía era una adolescente.[*] «Yo quería algo que fuera diferente de la manera en que vivía aquella gente —diría la señora Bolton—. Todos interesados en el dinero; recién casados, niños… Una vida aburrida de barrio residencial». Hubo una época en la que Roth habría estado de acuerdo; como los ídolos literarios de su juventud, Thomas Wolfe y Sherwood Anderson, como miles y miles de escritores del mundo entero, Roth desearía escapar (como dice su alter ego Zuckerman) de «la ignorancia, las rencillas, el aburrimiento, la rectitud, el fanatismo, la repetición del mismo modelo de estrechez de miras»[19] de su ciudad natal. Para luego pasar el resto de la vida pensando en ella.

Capítulo 2

2

Uno de los aspectos más mortificantes de la fama de la novela de Roth El mal de Portnoy sería la idea generalizada de que la figura de la típica madre judía del protagonista, Sophie, estaba basada en Bess Roth. Tanto Philip como Sandy recordaban sus respectivas vidas en casa —al menos durante los últimos años de su infancia— ni más ni menos que como una etapa convencional y decorosa, en gran medida debido al ejemplo de su madre: los chicos raramente levantaban la voz; tenían buenos modales y decían tacos con tan poca frecuencia que Sandy nunca olvidaría lo mortificado que se sintió cuando, la noche en la que volvió a casa después de abandonar la marina, exclamó, lleno de emoción, «¡Joder!», al tiempo que entretenía a sus padres en la cocina. Como Philip comentaría en tono glacial en más de una ocasión (usando muchas palabras): «Bess Roth nunca fue retratada como la despótica y dominante Sophie Portnoy, y la despótica y dominante Sophie Portnoy nunca pretendió ser un retrato de Bess Roth».

La verdad es bastante compleja y en otras ocasiones Roth admitiría que la figura de Sophie Portnoy fue modelada a partir de la de la madre más «asfixiante» que su hermano mayor había conocido de pequeño, cuando Bess era más joven y más pobre y se hallaba bajo presión. De hecho, Sandy llegaría a afirmar, en un momento posterior de su vida, que su madre «[le] rompió el alma», pues, tácitamente y de palabra, hizo saber al muchacho que su amor dependía de que satisficiera una serie de exigencias tan sutiles como severas. Así, de pronto, recordaba aquella ocasión en que Bess y su amiga, la señora Kaye, fueron con sus hijos al centro en el autobús 14 a ver una película: Sandy quería llevar en la mano su propia moneda de cinco centavos, igual que el hijo de la señora Kaye, pero su madre lo obligó a suplicárselo, para luego echarle una regañina —«¡Ya te decía que debía llevarla yo!»— cuando el mucho no fue capaz de sacarla del bolsillo con suficiente rapidez.[1]

Los deslices de su madre, por lo demás bastante raros, habría que «situarlos en el contexto de una afectuosa ternura», insistiría Philip, y poco importa que él no fuera un niño ideal, ni mucho menos. Mientras que su hermano mayor había sido obediente hasta el apocamiento, el pequeño Philip era «muy tozudo y muy territorial», según sus propias palabras, propenso incluso a ponerse a gritar y a los berrinches, actitud por la cual no recibió nunca castigos corporales de ningún tipo. Lo que no significa que se librara de la faceta «impulsivamente cruel» de su madre, al menos cuando era más joven, y de hecho algunos episodios son reinterpretados de algún modo en El mal de Portnoy. «No tardó en ponerse de manifiesto que su principal problema [o sea, de Philip Roth] era su complejo de castración ante la figura de una madre fálica», decía Hans Kleinschmidt, el psiquiatra de Roth en la vida real, en un artículo publicado en 1967 en el que se detallaban escenas que no tardarían en aparecer en forma más divertida y estilizada en la novela de Roth.[2] Hablaba, por ejemplo, de aquella vez en la que el pequeño Philip, de apenas seis años, amenazó con marcharse de casa, y su madre reaccionó preparando una pequeña bolsa, echándolo a la calle por la puerta trasera y dejándolo en el triste descansillo, iluminado por una sola bombilla polvorienta, en lo alto de una estrecha escalera que conducía a un mundo inmenso e intimidante. «Recuerdo que me puse a dar alaridos de miedo y a pegar golpes en la puerta suplicando que me dejaran volver a entrar —escribió Roth para su biógrafo—. Aquel castigo se repitió varias veces».

Ese «complejo de castración» no parece tanto un vano cliché freudiano si se piensa en la escena de Portnoy en la que Sophie se sienta al lado de su hijito, que no quiere comer, blandiendo un cuchillo de cortar pan, con sus «pequeños dientes de sierra». «Doctor, cómo, dígame cómo, cómo, ¿cómo es posible que una madre le saque un cuchillo a su propio hijo? Tengo seis, siete años. [...] ¿Por qué un cuchillo, por qué la amenaza de matarme?». Efectivamente, ¿por qué? Al recordar aquella estrategia tan drástica, a Roth le costaba trabajo precisar la edad que tenía en aquellos momentos: ¿estaba todavía sentado en una trona o tenía la edad de Alex Portnoy en la novela? «¡Ah, pero eso sucedió más de una vez!», comentó su hermano mayor, que se encargó de señalar que el cuchillo en cuestión en realidad no estaba bastante afilado para causar más que una herida emocional.

Alex Portnoy recuerda también aquella vez que su madre lo llevó, cuando ya tenía once años, a la tienda de ropa de su tío a comprar un bañador. «“Quiero un bañador con sujeción atlética incluida: quiero un suspensorio” [dice Alex]… Y sí, señor, con eso basta para que mi madre se desencadene: “¿Para esa cosita que tienes?”, pregunta [la madre] con una sonrisa de burla». El doctor Kleinschmidt señala sombríamente: «Tenía once años cuando fue con su madre a una tienda a comprar un bañador», y cita el comentario despectivo y burlón de la madre: «“Con esa cosita tan chica que tienes no se va a notar la diferencia”». Teniendo en cuenta la presencia de una dependienta en esta versión —en vez del jovial tío Nate que aparece en la novela—, cabe imaginar que el muchacho se sentiría «avergonzado, irritado, traicionado y totalmente indefenso», como decía Kleinschmidt. Roth, sin embargo, deploraba el «informe burdo, carente de toda finura acústica» del psiquiatra: tumbado en el diván, había dicho que se había sentido «molesto», y punto, ante aquel «acto casi sin consecuencias de estupidez materna», y señaló además que la «burla pasajera» de su madre, «aunque desacertada, no dejaba de tener una justificación empírica».

La chocarrería, del tipo que fuera, no era algo que se permitiera a menudo Bess Roth; su sobrina Florence recordaba la forma en que solía terminar las frases de su hijo «cada vez que Philip abría la boca», por temor a que dijera lo que no debía, y comentaba que, en general, era muy «controladora». En cuanto al doctor Kleinschmidt (llamado el «último freudiano de Nueva York» en un artículo de The New Yorker escrito por otro paciente suyo, Adam Gopnik),[3] solía atribuir la mayor parte de los problemas de Roth —entre ellos su «masturbación compulsiva»[4]— a la figura de una madre fálica. Baste decir que «fálica» es una categoría reductiva para describir a Bess Roth; por otra parte, es indudable que estaba comprometida con el bienestar fálico de su hijo favorito, cuyo pene se empeñaba en limpiar cada vez que el chico orinaba («¡Haz un pipicito bonito, bubala,[*] haz un pipicito lindo para mamá!», dice Sophie Portnoy).

Roth sería el primero en reconocer que su madre y él vivieron «un gran romance», especialmente durante sus primeros cinco años de vida, cuando ella recurriría ocasionalmente a medidas disciplinarias extremas. Pero la mayor parte del tiempo, recordaba el escritor, fue un «paraíso»: se pasaban solos todo el día, hablando sin parar, jugando al tipo de juegos que a Sandy le habían encantado durante su más tierna infancia. No sin melancolía, el hijo mayor recordaba cómo su madre solía saludarlo cada día a la puerta de la cocina —«¿Puedo coger tu sombrero?» (al tiempo que colgaba el sombrero de paja del padre del pequeño)— y lo llevaba hasta su mesita auxiliar y lo miraba cariñosamente mientras él comía. «Evidentemente —contaría Sandy—, cuando llegó Philip, esos juegos se acabaron». A partir de ese momento Sandy tendría que encargarse de empujar el cochecito del adorado bubala de arriba abajo por Summit Avenue, cada vez que su madre, siempre ocupada, se veía obligada a dejar semejante placer. «Era el cabroncete más guapo que he visto nunca —comentaría Sandy—. Tenía esos rizos negros, sedosos, y una carita fuerte, con los ojos oscuros». A Philip no le quedaría más remedio que darle la razón: aparte de su apariencia encantadora, tenía una forma deliciosa de decir «selvilleta» en vez de «servilleta», y no es de extrañar que su madre fuera su «esclava» («Yo era un niño adorable con las palabras»). La pasión era mutua; de hecho, cabría preguntarse si alguna vez Philip volvería a encontrar la «pura beatitud» proporcionada por «el colosal vínculo que me unía a la carne de mi madre, cuya representación metamorfoseada era un lustroso abrigo de piel de foca en el que yo —el benjamín, el privilegiado, el bebé indígena mimadísimo— me calentaba beatíficamente», como dice en el que acaso sea el pasaje más lírico de Los hechos.

Posteriormente Roth examinaría aquellos ojitos oscuros suyos en algunas fotografías de su infancia, y deduciría que, aproximadamente a partir de los dos años, ya había sabido que era «superior a toda aquella gente».[5] No es de extrañar que su tío Ed lo llamara Cascarrabias: en su cara se veía una hosca determinación de seguir su propio camino. El jardín de infancia, pues, supuso un cambio estupendo: ir a la escuela, estar con otros niños, confirmó la idea que tenía de sí mismo y dio una salida a su terquedad. Inmediatamente se sintió fascinado por el cartel alargado con el alfabeto que estaba colocado encima del encerado —la A mayúscula y la a minúscula; la B mayúscula y la b minúscula—, una copia del cual guardó luego siempre en su estudio, como recordatorio para sí mismo de que los libros, al fin y al cabo, son meras palabras hechas de letras. Por lo que concierne a su amantísima y controladora madre, un día de tormenta Bess se reunió con una docena de madres más en el vestíbulo de la escuela primaria de la Chancellor Avenue, cargadas todas ellas con pequeños impermeables y chubasqueros para que sus hijos no se mojaran cuando volvieran a casa. Philip la divisó entre ellas y le dirigió «una mirada asesina». «¡Vete!», dijo, enfrentándose él solo a la tormenta. Al final de Mi vida como un hombre, el padre de Tarnopol recuerda a su hijo un episodio semejante para explicar ciertas dificultades de su vida de adulto: «Todo tenías que hacerlo solo, para demostrar qué gran tipo eras… ¡Y mira cómo has acabado, Peppy!».

Pero el recuerdo que guardaba Roth de su independencia —conquistada de repente más o menos a los cinco años— se ve desmentido por otra anécdota tomada de Kleinschmidt, cuya tesis era básicamente que su paciente utilizaba el narcisismo «como una defensa frente a la angustia generada por la separación de su madre». Esa angustia, según pensaba Kleinschmidt, podría remontarse a la forma en que el pequeño Philip enfrentó la separación impuesta por la escuela. Teniendo en cuenta que «su madre representaba una experiencia buena y mala a la vez», al muchacho le gustaba imaginar que sus maestras eran en realidad su madre (la buena) disfrazada y, por tanto, «podía sentirse protegido y de paso evitar cualquier tipo de fobia a la escuela». Esa fantasía evocadora es la que nos presenta la estampa inicial de El mal de Portnoy: «La llevaba tan incrustada [o sea, a mi madre] en la conciencia, que, al parecer, me pasé el primer año de colegio convencido de que todas y cada una de mis profesoras eran mi madre disfrazada». Pero mientras que Kleinschmidt proponía una proyección tranquilizadora de la madre buena, el pequeño Portnoy sospecha que semejante metamorfosis tendría un significado más siniestro: «Ni que decir tiene que cuando [mi madre] me pedía que le describiese con todo detalle mi día [en el parvulario], lo hacía escrupulosamente. No pretendía comprender su ubicuidad en todo su alcance, pero había algo indiscutible: la cosa estaba relacionada con su deseo de saber cómo me portaba yo, qué clase de niño era cuando creía que [ella] no estaba delante».

No obstante, Roth recordaba su infancia sobre todo como un mundo idílico en el que reinaba su madre con una competencia intachable, afectuosísima. «¡Lafayette, aquí estamos!», exclamaría al regresar después de otro día triunfal en la escuela, para encontrar casi siempre esperándolo encima de la mesa una porción de pastel recién hecho («envuelto en papel parafinado, para que se mantuviera fresco») y un vaso de leche fría.[6] «El que es querido por sus padres es un conquistador», le gustaría decir posteriormente, cuando ya estaba rodeado de gloria; una gloria relacionada no solo con sus actividades estrictamente literarias. «A medida que va creciendo, el niño judío se cree que tiene que quererlo todo el mundo —anotó en su diario el 14 de diciembre de 1968 el crítico literario Alfred Kazin mientras analizaba una versión preliminar de Portnoy— y ha sido necesaria la revolución sexual contemporánea para convencerlo de que su obsesión por follar no tiene nada de extraño ni de irrealizable». Que Roth era querido, incluso según los parámetros habituales en un niño judío, está fuera de duda; otra cosa es hasta qué punto pudiera eso ser algo bueno. Para su amigo Jonathan Brent, el detalle más fascinante de Los hechos era ese abrigo de piel de foca recordado en tono de rapsodia. Sobre eso, le dijo a Roth, le gustaría saber más detalles: «Y [Philip] replicó: “Bueno, no vas a saber nada más”. Y en efecto, tampoco vosotros nunca sabréis nada más».

* * *

Poco antes de cumplir los doce años, Sandy recordaba haber insistido en que le regalaran una bicicleta nueva; en cambio, lo que le regalaron fue una flamante máquina de escribir Olivetti. No la tocó nunca, y cuando llegó otro cumpleaños, repitió la petición de la bicicleta: «Me dijeron: “Si renuncias a la máquina de escribir, te regalaremos la bicicleta”. Y el chiste es que poco sabía yo que todas las palabras de Goodbye, Columbus estaban dentro de esa máquina de escribir». A Philip la anécdota lo dejó confundido: era verdad que había escrito la mayor parte de su primer libro en una Olivetti Lettera 22, pero en realidad ese modelo no había estado disponible en el mercado hasta 1950 más o menos, y la máquina de escribir que sus padres le habían regalado era una Royal por la que él sentiría mucho cariño. En cualquier caso, estaba todavía en la escuela primaria cuando su madre le enseñó a escribir a máquina sin tener que mirar el teclado, demostrando de ese modo que era una maestra más seria y más paciente que su padre, cuyo papel consistió en enseñarle a conducir («¡Eso no! ¡Ay, por Dios!»).

«Yo era listo y me gustaba la escuela, en la que sacaba buenas notas —escribiría Roth para la edición de 1965 de Midcentury Authors—, pero la educación que recuerdo llegó en gran medida de los tebeos, de los programas de radio, de las películas, de los noticiarios cinematográficos, del béisbol y de los periódicos vespertinos. No me acuerdo de ninguno de los libros que leí de niño».[7] En un momento posterior de su carrera, sin embargo, Roth se definiría a sí mismo como un lector «ávido» durante su infancia, al que a menudo podía verse yendo en bicicleta a la pequeña biblioteca de Osborne Terrace, la sucursal de la Biblioteca Pública de Newark, y volver con la cesta de la bici llena de libros. Recordaría además que disfrutaba particularmente con la obra de Howard Pease —«el Joseph Conrad de la literatura infantil»—,[8] cuya influencia lo llevaría un buen día a colocar un folio en blanco en el carro de su Royal y a escribir Storm off Hatteras, título bajo el cual añadió: «De Eric Duncan», pues pensó que Philip Roth no era apropiado como nombre de escritor. La carrera de Duncan se esfumó en esa primera hoja de papel (aunque posteriormente confesaría, medio en serio, medio en broma, su deseo de haber resucitado el pseudónimo antes de publicar El mal de Portnoy).

Los grandes exponentes de la cultura estadounidense judía de segunda y tercera generación, desde Bernard Malamud hasta el productor de Broadway Max Gordon, solían recordar su niñez en unos hogares carentes por completo de libros o de cualquier cosa relacionada con un concepto serio del arte, y lo mismo sucede con Roth. Las versiones varían por lo que se refiere al número y al tipo de ejemplares de libros existentes en la biblioteca familiar de los Roth. Sandy afirmaba que no tenían más que una «enciclopedia de segunda fila», mientras que su prima Florence, que solía hacer las veces de niñera con ellos, se acordaba claramente de una edición expurgada de Shakespeare que Herman había recibido de su empresa, Met Life, tras ganar un premio por las ventas realizadas. «Me vienen a la cabeza cuatro libros que había en la casa por la época en la que estaba yo en la escuela primaria», diría Roth en una entrevista concedida en 2011: tres novelas de sir Walter Scott que una buenísima persona había regalado a Herman mientras se recuperaba de la peritonitis sufrida («justo lo que mi padre necesitaba»), así como el Diario de Berlín,[*] de William L. Shirer. Los quehaceres de Bess le dejaban poco tiempo para la lectura, pero, según Philip, su madre lograba alquilar «cinco o seis libros al año» de la biblioteca de la farmacia: «No basura, sino novelas populares con un cierto prestigio moral, como las obras de Pearl Buck, su escritora favorita».[9] Y Herman leía periódicos, por supuesto: el Newark Evening News, lamentablemente republicano («según los puntos de vista imperantes hoy en día sería semejante a The Daily Worker»[**]), y la publicación izquierdista PM.

Más incluso que las novelas de Pearl Buck, a la madre de Roth le gustaba leer revistas femeninas mensuales como Ladies’ Home Journal, Good Housekeeping y Redbook, ideales para perfeccionar sus ya considerables dotes para la cocina, la crianza de los hijos, la costura y la administración del presupuesto familiar. Entre sus amigos y familiares era famosa por tener una casa sobrenaturalmente limpia. «Se pasaba todo el día quitando el polvo —diría Sandy—, de modo que la suciedad no tocara nunca ninguna superficie de las habitaciones». Lo que su sobrina Florence tildaba de conducta propia de una «maniaca del control» era, para Philip, un loable «amor al orden», que incluía unas férreas reglas sobre la hora de acostarse: según Sandy, el toque de queda sonaba a las nueve en punto de la noche —«no a las 21.01»—, cuando «te metían en la cama y te apretaban tanto el embozo que casi no podías respirar», con las sábanas dobladas en inglete o «esquina de hospital» con tal precisión que un día harían que sus hijos fueran la envidia de sus compañeros de barracón cuando estuvieran en el ejército. Para otra sobrina suya, Sunya Felburg, el recuerdo de Bess Roth evocaba indefectiblemente la deliciosa fragancia de aceite de limón con la que fregaba los suelos; no es de extrañar que sus hijos juzgaran las casas de sus amigos con ojos y narices desconfiados, aguantándose las ganas hasta que podían utilizar su propio retrete, siempre inmaculado. En cuanto a los vecinos de Summit Avenue que tenían perro…: bueno, Philip se maravillaría de aquello toda su vida. «No puedo entenderlo —diría cuando ya tenía setenta y dos años—. ¿Por qué no tener en casa un mono o un cerdo?». En ese sentido, sería siempre digno hijo de su madre. De vuelta de su partida de mahjong en casa de los Roth, la madre de Dorothy Brand, compañera de colegio de Philip, comentó: «¡Tendrías que ver los cajones de Philip! ¡Qué bien ordenados están!». Bess había llevado a las señoras a la habitación de su hijo y había abierto cariñosamente todos los cajones, para que comprobaran lo bien doblada que estaba la ropa interior, etc.

Cuando murió Bess, entre los pocos recuerdos de ella que se quedó Philip estaría una vieja caja para guardar recetas que parecía contener el genio de su «sufrida y feliz madre»: en el extremo superior izquierdo de cada cartulina, en su meticulosa letra cursiva, aparecía, en vez del suyo, el nombre de la persona que le había dado la receta, citada cuidadosamente con el siguiente comentario: «Receta de Fulanita de Tal». Dar de comer a sus chicos tal vez fuera su mayor alegría. Por un lado, estaban las tartas que preparaba constantemente —marmolada, de plátano, pastel de ángel, el de chocolate a capas, y muchos otros—, por el otro, las dos comidas diarias, por lo menos, incluido el almuerzo, a la hora del cual se esperaba que volvieran a casa los chavales, incluso cuando estaban ya en el instituto, época en la que Sandy, al menos, habría preferido llevarse un bocadillo y tomárselo en la cafetería con los otros chicos «a la última»; Bess, sin embargo, no quería ni oír hablar de aquello, por la misma razón que la señora Portnoy («¿Cómo crees tú que Melvin Weiner se provocaba las colitis? ¿Por qué crees tú que el chico ese se ha pasado media vida en el hospital? Comiendo chazerai [basura, comida para cerdos]»). Para cenar había siempre alguna carne barata, pero sabrosa. Tal vez lengua o brust, golpeado con el mazo para volverlo tierno y servido con un montón de salsa y pasas o lo que fuera. Desde luego no era chazerai, aunque el escritor Isaac Rosenfeld se preguntaba si la mera magnitud de la «alimentación forzosa»[10] de las madres judías no sería tal vez el origen de tantos casos posteriores de «úlcera, diabetes y cáncer de colon» («no es de extrañar que nos sometieran a tantas operaciones de bypass», diría Sandy), acaso el precio pagado por la sensación de seguridad que proporcionaba la comida de una madre en un mundo hostil.

En 1940, Herman ganaba un poco menos de setenta y cinco dólares a la semana antes de deducir impuestos, y que entregaba en su totalidad a su esposa. Debido a la prudente economía de Bess, Philip nunca llegaría a sospechar lo pobres que a veces eran; posteriormente se sentiría «intrigado» por las libretas de ahorro de su madre («con las cifras de ingresos y retiradas de dinero impresas en rojo y en negro) del Howard Savings Bank, en el que habitualmente se las apañaba para guardar unos cuantos dólares en una «Cuenta del Club de Navidad»[*] reservados para algunos lujos especiales. «Te dé lo que te dé tu marido, tú quítale del total cinco dólares y mételo en tu propia cuenta», aleccionó a su sobrina Florence, a la que recordaron el consejo cuando su hijo de apenas dos años rompió la superficie de cristal de la mesita auxiliar que usaban los Roth para tomar café, una de las compras del Club de Navidad que había hecho Bess y por la que sentía especial cariño. «Apenas por un instante, manifestó su consternación», recordaría Philip. El rostro de Florence, sin embargo, mostró una expresión de horror tan barroca («Rompí una cosa que pertenecía a la tía Bess»), que su marido, Irv, tuvo que salir a dar una vuelta a la calle para serenarse.

Cuando los niños se hicieron mayores, Bess tuvo la posibilidad de sacar cada vez más a la luz sus dotes. Era la presidenta de la asociación de padres de alumnos de la escuela de Philip cuando él estaba en cuarto curso, y presidenta de las secciones locales de las organizaciones de mujeres judías Hadassah [Organización Sionista de Mujeres Estadounidenses] y Deborah. (Otro de los recuerdos de su madre que se quedó Philip fue su insignia de la asociación Deborah, un trébol de cuatro hojas de oro con una circonita en medio: en el dorso llevaba la inscripción «Medalla al Mérito de Bess Roth»). A las reuniones solía acudir con un traje de chaqueta gris a rayas y una blusa de seda, y se comportaba con el tipo de elegancia jovial que le salía espontáneamente en compañía de otros judíos. «En un entorno predominantemente gentil, sin embargo —anotaría su hijo— perdía su flexibilidad social y también algo de su confianza en sí misma, y su respetabilidad instintiva dejaba de expresar naturalmente su decoro para trocarse más bien en un escudo protector».[11]

En resumen, Bess era «un poquito demasiado comme il faut», como el propio Philip sería el primero en reconocer.[12] Desde luego su familia en sentido lato se daba cuenta de que Bess era muy quisquillosa en cuestión de modales, y cualquiera de sus miembros antes sería capaz de soltar una ventosidad a la mesa que dejar de escribirle una nota de agradecimiento. Bess sería siempre la incomparable. Cuando Herman y ella asistieron al primer recital de piano de Dorothy Brand, Bess envió a la chica como regalo una caja de pañuelos y una atenta nota diciendo que su marido se había entusiasmado tanto con la actuación que apenas había podido estar quieto en su asiento.

* * *

Herman era tan nervioso como atenta al decoro era su mujer, y probablemente fuera lo mejor que dejara en manos de ella todo lo relativo a la educación de sus hijos. Bess esperaba que los chicos hicieran su trabajo y que sacaran buenas calificaciones, y era ella la que siempre firmaba los boletines de notas tras un cuidadoso examen. Herman solo intervendría, como quien dice, por casualidad, por ejemplo aquella vez en la que Philip, con solo diez años, estampó su firma en un papel: «¿A esto lo llamas escribir? ¡Escribe tu nombre como es debido!».[13]

Ni al padre ni a la madre se les daba muy bien estar ociosos. Bess se permitía oír la radio después de cenar, mientras los chicos fregaban los platos, pero le resultaba casi imposible permanecer tranquilamente sentada como no fuera tejiendo un jersey o una bufanda. En cuanto a Herman, trabajaba doce o trece horas al día seis días a la semana, lo que habitualmente significaba volver a salir después de cenar para cobrar unos cuantos recibos más, mientras que otros hombres menos industriosos se quedaban cómodamente en casa hasta la hora de irse a la cama. Aquellos individuos tal vez fueran italianos o irlandeses o alemanes, en cuyo caso, si fracasaban en América, cabía pensar que volvieran a sus países de origen; pero los judíos no tenían esa opción. Por su parte, Herman era perfectamente consciente de que carecía de otras credenciales aparte de su enorme vigor, y de ahí la constante imagen que guardarían sus hijos de un hombre que volvía a ponerse el abrigo y salía de un brinco por la puerta con un grueso libro de cuentas negro debajo del brazo, para regresar a eso de las ocho o las nueve y sentarse un rato más a la mesa a repasar las operaciones llevadas a cabo a lo largo del día. Por la mañana, cuando los chicos se levantaban para ir a la escuela, él ya se había ido. Algunos años después, siendo profesor de literatura, Philip analizaría a menudo la Carta al padre de Kafka, sobre la cual hizo en cierta ocasión el siguiente comentario: «La familia como agente creador del carácter. La familia como influencia formadora primordial. Relevancia interminable de la infancia». Para él las cosas eran exactamente así, y le costaría mucho trabajo decir dónde acababa la influencia de un progenitor y dónde empezaba la del otro en la formación de su carácter. «La idea de no tener que trabajar todo el tiempo —dijo a una periodista en 1991— es algo nuevo para mí».[14]

La vitalidad de Herman podía resultar muy pesada. El «martirio de mi infancia», diría Philip, eran las salidas para ir de compras a la tienda de confección para caballeros de su primo Moe, en Irvington. «¿Cuáles son los colores de tu escuela?», preguntaría Herman a su hijo, en voz lo bastante fuerte para ser tomada por un sondeo general que efectuaba la tienda. «Naranja y marrón», respondería Philip en voz baja, y luego Herman pidió a gritos a Moe: «¡Enséñame algo naranja y marrón!». Habida cuenta del refinamiento de su madre, a Philip lo atormentaban tanto aquellas excursiones que no volvió a ser capaz de verle la gracia al hecho de salir a comprar ropa. «Es absurdo —diría en 2006—. No tengo ropa. Tengo un blazer y un traje, y eso con setenta y dos años y siendo una figura pública muy destacada».

Herman se tomaba su papel patriarcal en serio y muchas personas a las que consideraba de la familia, tanto si estaban emparentadas con él como si no, siempre podían contar con él como «aquel capaz de arreglar todos los problemas». La hija de su amigo George Finneman daba clases en una escuela para discapacitados de Manhattan, situada en la calle Veintitrés, y quería desesperadamente conseguir un piso en Stuyvesant Town —un complejo residencial de clase media propiedad de Metropolitan Life, donde Sandy viviría muchos años—, pero la lista de espera era «larguísima y tenía por delante a cientos de aspirantes»;[15] la chica finalmente llamó a Herman, que le consiguió un piso allí al cabo de veinticuatro horas. «Hasta el día de hoy —diría George Finneman— nuestras hijas lo llaman respetuosamente Tío Herman». Sus sobrinas y sobrinos también sabían que podían contar con Herman, especialmente para «recibir consejos como los de Polonio», según diría Philip.[16] Incluso en medio de desgracias económicas o conyugales —incluso, no lo quiera el cielo, a la hora de pensar en un divorcio—, sabían que al cabo de poco tiempo sonaría el teléfono y recibirían «una buena dosis de Herman», comentaría Sandy. Unas veces sus palabras eran mejor recibidas que otras. Philip consideraba a su padre el clásico pelmazo, y atribuiría sus entrañables y latosos rasgos a diversos padres de sus obras de ficción: al padre de Gabe Wallach, al del Sueco Levov, o al de Marcus Messner, por citar a algunos. En 1970, en una época en la que Philip, de manera poco habitual en él, llevaba el pelo largo, su padre le dijo en una carta: «¿Qué es lo que veo cuando te miro? “Nachas”[gusto, orgullo regocijado].[...] Tu corte de pelo no mejora tu hermoza [sic] imagen Física o Intelectual». Como pasaron quince días sin que se percibiera la menor alteración en el corte de pelo de Philip, Herman intentó utilizar otra táctica: «Por desgracia andan rondando por las calles de Nueva York individuos que buscan líos y los provocan. Cualquiera que lleve el pelo largo podría ser víctima de esos idiotas derechistas de mentalidad fascista. [...] Con cariño para que te Hagas un nuevo Peinado / Papá».

Herman era un hijo obediente, y todos los domingos por la mañana, sin falta, llevaba a sus hijos a visitar a su abuela paterna, Bertha, y luego, por la tarde, a Dora Finkel. Posteriormente, Philip llamaría a su padre «el hombre de en medio»: nacido en medio de siete hermanos, el primero que nació en América, un hombre que tendría que asumir la carga de mediar entre la tradición de sus padres y «las exigencias del futuro», como dirían sus hijos americanizados.[17] A diferencia de sus hermanos, Ed y Bernie —que de vez en cuando se tomaban la molestia de asistir a los servicios reformados de la sinagoga B’nai Jeshurun—, Herman siguió siendo, al menos supuestamente, ortodoxo, y los Días de las Grandes Fiestas[*] llevaba a su familia a la cercana sinagoga de Schley Street, donde los hombres se sentaban en la planta baja y las mujeres en el piso de arriba, aunque el rabino iba perfectamente afeitado y nadie llevaba tirabuzones. En cuanto a la observancia religiosa cotidiana de los Roth, «los ortodoxos habrían dicho que era mucha y los conservadores habrían dicho que era demasiado poca», según recordaría Philip.[**] Pues mientras vivieron sus padres, Bess y Herman se encargaron de llevar una vida kosher en casa, de encender las velas del sabbat cada viernes y de mandar a sus hijos a la escuela de hebreo (a Sandy cinco años, y a Philip tres), a fin de que estuvieran preparados para celebrar sus respectivas ceremonias de bar mitzvá. Pero eso fue todo lo que dieron de sí, y casi todas esas costumbres serían abandonadas más tarde. En Patrimonio, Philip se queda sorprendido y un poco cariacontecido cuando se entera de que su padre abandonó sus filacterias (en hebreo tefilín, las cajitas de cuero donde se guardan pasajes de las Escrituras y que los hombres se ponen en la frente y en el brazo cuando rezan) en un vestuario de la YMHA,[*] en vez de dejárselas en herencia a alguno de sus hijos («Seguramente pensó que me habría mofado de él ante la mera idea de que me legara [sus filacterias]… Y cuarenta años atrás habría tenido razón»). «Este detalle dice mucho más acerca de la relación mantenida en América por los judíos no observantes con su antigua religión que cualquier cosa que haya podido yo leer al respecto —comentaría Alfred Kazin en su reseña de la novela—. ¡Y Philip Roth ni siquiera tuvo que inventárselo!».[18]

La encarnación más convincente de la solidaridad familiar —clave en cualquier caso para la supervivencia de los judíos, especialmente en los Estados Unidos secularizados— era la Asociación Familiar Flaschner, integrada por unas ciento cincuenta familias de Newark y Boston, donde se celebraban de manera alternativa convenciones anuales de la organización. Los Flaschner —que se consideraban muy balabatische (respetables, bien educados), según señalaban en su historia escrita— estaban emparentados con los Roth a través de la madre de Bertha, y Herman se sentía muy orgulloso de pertenecer a aquel clan tan próspero, que tenía su propio periódico trimestral, su propio directorio y sus propios servicios comunitarios, como, por ejemplo, el Fondo para el Día Feliz, destinado a los enfermos, y un Fondo para la Educación, que permitía a los miembros de la asociación mandar a sus hijos a la universidad. Tanto Herman como Bernie desempeñaron la presidencia de la organización a comienzos de los años cuarenta, y el pequeño Philip ansiaba la llegada de las convenciones en las que se reunía con sus «exóticos primos de la lejana Boston»; aquellas reuniones supusieron un consuelo especial durante la guerra, teniendo en cuenta los numerosos parientes que tenían los Flaschner en el ejército, recordados solemnemente cuando todos a la vez se levantaban a cantar el himno de la familia (adaptado a la música de Auld Lang Syne):

We are the Flaschner Family

Made Up of Young and Old,

To Carry On for Friendship’s

Sake Like Silver and Like Gold…[19]

[Somos la familia Flaschner

formada por jóvenes y viejos,

para seguir adelante en aras de la amistad

como la plata y el oro…].

Para Herman resultaba especialmente alentador ver cuántos primos suyos prosperaban como estadounidenses, y cómo sus hijos iban a la universidad para hacerse médicos, abogados y hombres de negocios. «¡Está forrado!», le gustaba decir a Herman, y aquel tal vez fuera el mayor elogio que se le ocurría.

* * *

A finales de los años treinta, Herman fue nombrado director adjunto de la oficina de Newark, puesto —de hecho, el más alto al que se podía aspirar, salvo raras excepciones— ocupado casi siempre por judíos cuyas familias pasaron a convertirse en los amigos más cercanos de los Roth. Las mujeres tenían su pandilla de mahjong, los hombres charlaban mientras jugaban al pinacle, y durante las vacaciones de verano, todas las familias se reunían y celebraban meriendas campestres en South Mountain Reservation, un parque natural a unos quince kilómetros al oeste de Weequahic, jugaban al sófbol y al lanzamiento de herradura, y escuchaban los partidos de béisbol «por la radio portátil de alguno de ellos, plagada de interferencias».

Los sábados por la noche los hombres llevaban a veces a sus hijos al shvitz ruso, la sauna de Mercer Street, en el viejo barrio judío en el que se había criado Herman. «Yo tenía siete, ocho o nueve años —recordaría Philip— y constituía una gran aventura ver a todos esos hombres desnudos.[...] Todo ese abandono físico que no tenía nada que ver con el sexo. No había ningún Adonis allí». El shvitz era por entonces un «paraíso», un auténtico refugio del mundo disciplinado del trabajo y las esposas, un lugar en el que sentarse con otros compañeros en medio de un «concierto de pedos» y en el que contar chistes verdes, todos inconscientes de la variedad de tripas, de tuchases[*] y de huevos colgando. Una generación antes, Herman había ido a los baños con su padre más que nada por motivos de limpieza, pues en casa solo había un retrete comunitario para todo el edificio y no había agua caliente; en aquella época las visitas a los baños constituían un momento de espléndida complacencia animal: un baño de vapor, una buena zurra con hojas de roble para mantener activa la circulación, un masaje con aceite de arrayán y una siestecita colectiva. Uno de los «chicos» de la pandilla de Herman era carnicero, acostumbraba llevar filetes y chuletas que preparaba en la cocina de los baños, que servían con grandes fuentes de puré de patata con cebollas, todo ello regado con varios litros de Chianti. Alrededor de la medianoche, ahítos ya y fortalecidos para una nueva semana de duro trabajo, todos los hombres se dispersaban.

Más incluso que sus padres, el compañero constante de Philip era su hermano. Durante toda su infancia durmieron uno al lado del otro en sendas camitas, iban y volvían andando juntos a la escuela, y se hacían compañía los fines de semana por la noche, cuando Bess y Herman salían, encargándose Sandy de hacer de niñera. Eran tan inseparables —o, mejor dicho, tan unido estaba Philip a su hermano—, que los amigos de Sandy decían que, si alguna vez se paraba en seco, su hermanito «se le metería por el culo y desaparecería».[20] Casi cada sábado, Sandy cogía un autobús y se llevaba consigo a Philip al cine Roosevelt o al Rex y se pasaban el día viendo películas. Una vez, más o menos por Pascua, cuando Philip tenía siete años, el cine Rex hizo un concurso en el que se pedía adivinar el número de grageas que había en un gran frasco de cristal; el ganador se llevaría un conejito de chocolate. «Dime un número bien grande», dijo Philip a su hermano, que acababa de presentar su propia apuesta, y Sandy accedió. Luego, cuando salieron del cine, vieron el nombre de Philip escrito en la marquesina de la entrada: EL GANADOR DEL CONEJITO DE PASCUA DE CHOCOLATE ES PHILIP ROTH. «En eso consistió la vida de mi hermano conmigo», comentaría Philip tiempo después.

Por aquel entonces Sandy no le tenía ninguna envidia (y quizá tampoco se la tuviera después): «Así eran las cosas y a mí me venía de perilla». Philip, a su vez, consideraba a Sandy «el hermano mayor más amable y cariñoso» que cupiera imaginar; no recordaba haber tenido nunca con él una pelea de importancia, aunque a Sandy le exasperara el alocado alborozo de su hermano cuando sus padres no estaban presentes: jugaba al pillapilla dentro de casa, saltaba de una cama a otra y finalmente se tiraba al suelo haciéndose el muerto hasta que Philip se asustaba («¿San? ¿San? ¡Hala, venga, San!»). Los chicos se entretenían sobre todo con la radio, una presencia constante mientras fueron creciendo: había una portátil en la cocina que Bess escuchaba mientras limpiaba y cocinaba, un modelo grande de mesa en el salón con terraza y, por último, una en la mesilla entre las camas de los dos hermanos, que los muchachos ponían a volumen muy bajo cuando les mandaban apagar la luz («el culmen de mis transgresiones infantiles»). Durante el resto de la vida Philip mantendría una radio pequeña junto a su cama, mientras que Sandy se entretendría y entretendría a los demás cantando melodías populares de juventud e imitando las voces que escuchaba en sus programas favoritos.

«Mi hermano tenía algo de soñador fantasioso», señalaría Philip en tono reflexivo varios años después de la muerte de Sandy, citando (entre otras cosas) la forma en que solía «bailar claqué como loco sobre el suelo de parquet» cuando era un muchacho. «Pero ¿asistía a clases de baile por entonces? No. Lo divertido era soñar con ellas». En realidad —como recordaría Dorene Marcus, la tercera y última esposa de Sandy— había querido ir a clase de baile ya a los cinco años, pero Bess siempre se había negado a permitírselo: «Y el motivo era —decía Dorene, que había oído contar la triste historia muchas veces— que no tenía ningún “apego a las cosas”». El escepticismo de su madre tenía que ver, por supuesto, con una historia más larga: «Bess adoraba a Philip, pero a él no lo adoraba», diría Dorene resumiendo en una frase el «hilo» que recorría todos los recuerdos de infancia de su marido. El propio Philip reconocía que la diferencia de cinco años que había entre ellos había sido bastante desafortunada en algunos aspectos («cuando él tiene siete años, yo tengo dos y todavía recibo todas las atenciones de un bebé de esa edad») y, sí, quizá su conexión con su madre fuera más fuerte, pero, aun así, Bess había adorado a sus dos niños. ¿Por qué, si no, cuando Sandy se había marchado a hacer la instrucción en el campamento de la marina, se habría quedado mirando desconsoladamente en la cocina la silla vacía del muchacho y se habría puesto a llorar cada vez que sonaba en la radio Mam’selle, una de las canciones favoritas de Sandy? Philip contó esta anécdota a su hermano ya casi al final de la vida de este (volvería a contarla en su funeral), y Sandy se quedó mirándolo «asombrado».

O quizá simplemente no se lo creyera. De niño, Sandy había intentado agradar con desespero a sus padres, a cuál más exigente, y había mostrado una obediencia pasiva, tanto si los complacía como si no («¡No, no! ¡Así no! ¡Joder! ¡Por Dios!», estalló Herman cuando el muchacho, ya de once años, intentó lavarle el coche como él mismo le había dicho), y las consecuencias emocionales fueron múltiples. Ya adulto, Sandy «volvería locas a [sus] esposas» insistiendo siempre en llegar a cualquier sitio al menos con media hora de antelación, y de hecho lo echaron de sus dos primeros empleos en sendas agencias de publicidad por «pánico de novato patoso», como él decía: un miedo al fracaso tan intenso que las manos le temblaban de mala manera y le impedían hacer su trabajo. Tal vez como consecuencia de ello, desarrolló un «temperamento explosivo que solía asustar a la gente», sobre todo porque, por lo demás, era amabilísimo. Por último, tras su primera operación de bypass, ya a los cincuenta y tantos años, Sandy fue a un psicólogo que intentó curarle sus ataques de cólera mediante hipnosis: «Recuerdo que eché la cabeza atrás y levanté los brazos al cielo de manera teatral —comentaría Sandy hablando de una de esas sesiones— y me puse a decir: “¡Voy a ganarles! ¡Voy a ganarles!”». Es decir (según explicó cuando le preguntaron quiénes eran «esos a los que» iba a ganar), logró alcanzar algún éxito a pesar del menosprecio de su familia.

Sandy suavizaría un poco su carácter, pero seguiría teniendo una hipocondría de «clase trabajadora». «Se suscribió a media docena de boletines médicos universitarios y se los leía de cabo a rabo —recordaría Philip—. En eso consistía la mayor parte de sus lecturas nocturnas». Cuando hablaban por teléfono, Sandy contaba, lleno de preocupación, a su hermano algún nuevo síntoma fatídico, y en una ocasión Philip no dudó en abandonar Londres y regresar precipitadamente a casa en el Concorde porque Sandy pensó que una mancha que le ofuscaba la vista era un tumor cerebral. Sobre todo, le daban pavor el melanoma y la enfermedad de Lyme, hasta el punto de cruzar la calle para que no le diera el sol, y de negarse a pasear por el bosque cuando iba a visitar a Philip a Connecticut. «Era un hombre angustiado —comentaría Dorene Marcus—. Creció sin sentirse seguro, y creo que eso tiene que ver probablemente con Bess. [...] Lo más triste de Sandy es que pensaba que, para su madre, él era el alumno de notable y Philip era el alumno de sobresaliente».

Capítulo 3

3

Durante los primeros años del siglo XX, la población ortodoxa del Tercer Distrito de Newark celebraría ocasionalmente su nueva vida en Estados Unidos con un desfile por Prince Street, en el que una multitud de hombres con barba y sombrero recorrería con orgullo el itinerario a los sones del himno The Stars and Stripes Forever. Saul Bellow contó a Roth que habitualmente su padre sentía verdaderas ganas de pagar impuestos en un país tan maravilloso, y Roth respondió que a Herman le había pasado lo mismo, incluso en épocas de relativa penuria; le encantaba además ir a votar, al menos durante la presidencia de Franklin Delano Roosevelt.

Philip Roth nació dos semanas después de la primera toma de posesión de Roosevelt y siete semanas después de que Hitler llegara a la cancillería. Aquel marzo de 1933, unos dos mil judíos de Newark se reunieron en el Salón Fuld de la YMHA para protestar contra el régimen nazi mientras que, al otro lado del Hudson, un número diez veces superior de personas llenaba el Madison Square Garden. La primera noción que tuvo Roth de la persecución emprendida por los nazis probablemente fuera la noticia de la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, del 9 de noviembre de 1938, cuando fueron asesinados noventa y un judíos y otros treinta mil fueron detenidos en los disturbios que provocaron la destrucción de miles de sinagogas y de empresas judías en Alemania. Seis meses después, la Cámara de los Comunes británica hizo público su Libro Blanco de 1939, que cerraba definitivamente Palestina a todos los hebreos salvo a una pequeña cantidad de refugiados judíos europeos; Cynthia Ozick escribió a Roth en 2004 diciéndole que su abuela se había puesto a «llorar y había empezado a darse literalmente golpes en el pecho» cuando se enteró de la noticia por un periódico en yiddish.

El apoyo de los judíos a Roosevelt fue casi unánime. El presidente no solo se oponía resueltamente a los nazis, sino que nombró juez del Tribunal Supremo a un judío, Felix Frankfurter, y se rodeó de consejeros hebreos, como Bernard Baruch y Henry Morgenthau. Para los inmigrantes judíos y sus hijos que seguían peleando por sobrevivir, el New Deal se situaba muy cerca del socialismo al que muchos de ellos se habían adherido en medio de una sociedad a menudo brutalmente capitalista como la estadounidense. «Los judíos tienen drei veltn —dijo el político del Tammany Hall[*] Jonah Goldstein—: Die velt, yene velt, und Roosevelt» (tres mundos: este mundo, el otro mundo y Roosevelt)—.[1] Entre las imágenes icónicas de la infancia de Roth durante la guerra habría que citar las portadas de The Saturday Evening Post ilustradas por Norman Rockwell, en las que aparecían representadas las Cuatro Libertades de Roosevelt: Libertad de Expresión, Libertad de Culto, Libertad de Desear y Libertad de Temer. «No hay ni una sola cara en ninguna de las cuatro ilustraciones que no haya quedado embutida en mi memoria —diría Roth—, incluso la del hombre que vuelve la vista atrás a lo que hay a espaldas de la figura» (una cena de Acción de Gracias) en el extremo inferior derecho de la “Libertad de Desear”». La gran heroína de su madre era Eleanor Roosevelt, cuya columna, «Mi jornada», era su lectura más esencial; cuando a los veintitantos años Philip vio a la señora Roosevelt en una tienda de la Madison Avenue, no pudo resistir a la tentación de hablarle de la admiración que sentía su madre por ella, y a continuación llamó a casa para contarle el encuentro que había tenido a Bess, que se puso a llorar.

La demagogia antisemita estuvo en auge durante los años treinta. El German American Bund desfilaba por Nueva York luciendo uniformes nazis y ondeando banderas con la esvástica junto con la enseña de las Barras y Estrellas. En una concentración del Bund celebrada en 1939 en el Madison Square Garden —tan nutrida como la protesta judía antinazi que hubo seis años antes—, el líder del Bund, Fritz Julius Kuhn, despotricó contra «Frank D. Rosenfeld [sic]» y su «Deal judío», que tachó de conspiración judeo-bolchevique. Roth recordaba que su padre había proferido maldiciones solo dos veces durante su infancia, y en ambos casos el muchacho quedó avisado de la existencia del antisemitismo: en una ocasión, mientras escuchaban por la radio al padre Coughlin, el cura fascista («¡Asqueroso hijo de puta!»), y en otra cuando pasaron con el coche frente a la cervecería al aire libre del Bund en la localidad de Union, New Jersey, recuerdo que Roth incluiría en La conjura contra América.

El domingo 7 de diciembre de 1941, Philip, a la sazón de ocho años, estaba jugando con sus amigos en el callejón situado junto a su casa en Summit Avenue, cuando su padre lo llamó desde la ventana del salón pidiéndole que fuera al piso de arriba; la radio acababa de dar la noticia del ataque a Pearl Harbor. En Newark y en otros lugares, los judíos se congregaron ante las oficinas de reclutamiento con el fin de demostrar su patriotismo, y de repente Philip fue consciente de una realidad que iba más allá de Weequahic, «de unas fuerzas poderosas, desconocidas, incontrolables, imprevisibles y amenazadoras, que podían poner en peligro la seguridad de nuestro pequeño mundo familiar en cualquier momento».[2] Casi a diario los titulares bombardeaban con alguna nueva catástrofe —CAE LA ISLA WAKE; CAE BATAÁN; CAE CORREGIDOR— y cada noche los Roth escuchaban en tensión las noticias de guerra que daban comentaristas como Gabriel Heatter, H. V. Kaltenborn y especialmente Walter Winchell: «Buenas noches, señor y señora Norteamérica y todos los barcos que andan por la mar —anunciaba Winchell con su estentórea voz nasal, mientras de fondo sonaba el tableteo de un telégrafo—, a las noticias…». Un día de calor, según recordaba Roth, podía pasear por las calles de Weequahic sin perderse ni una palabra del programa radiofónico de Winchell que se oía a través de las ventanas abiertas de todas las casas.

La vida cotidiana se hallaba por completo ocupada por el esfuerzo bélico. Roth y sus amigos guardaban los periódicos y buscaban paquetes de cigarrillos abandonados, de los que retiraban cuidadosamente el papel de plata con el que hacían una bola y cuando esta era lo bastante grande la llevaban a la escuela, que era el punto de entrega, junto con los periódicos guardados. Todo el mundo trabajaba al menos en dos huertos de la victoria, una pequeña parcela individual en el patio trasero de cada casa y un huerto colectivo de cuyo cuidado se encargaban todos los vecinos. Debido al racionamiento de la gasolina, los Roth hacían la excursión del domingo a Elizabeth, situada a cinco kilómetros, a pie, rodeando un cementerio y cruzando un puente sobre la línea férrea. Tanto su padre como su madre destacaban por su disposición a prestar servicio como voluntarios. Herman era guardia encargado de avisar de los ataques aéreos, y recorría las calles por la noche diciendo a gritos: «¡Apaguen las luces! ¡Bajen las persianas!».[3] Bess vendía bonos de guerra en la escuela de la Chancellor Avenue con otras madres de la APA, repartiendo libretas entre los alumnos y animándolos a comprar sellos de guerra de veinticinco centavos; tras rellenar sus libretas con setenta y cinco sellos, por un valor total de 18,75 dólares, podían cambiarlas por un bono que podía rentar hasta veinticinco dólares en diez años.

Philip escribía aplicadamente cartas del Correo de la Victoria «plagadas de noticias» a sus tíos y a sus primos mayores que prestaban servicio militar, y siempre guardaría un tierno recuerdo del aspecto que tenían vestidos de uniforme. Cada día, cuando iba a la escuela, recordaba su ausencia al ver el «símbolo aterrador»[4] del trágico sacrificio de los soldados que aparecía en varias ventanas a lo largo de las calles del vecindario: la Bandera con la Estrella de Oro.[*] Según la placa que fue colocada después en la fachada del auditorio, acabarían muriendo en la guerra cincuenta y siete alumnos del instituto de Weequahic.

* * *

Cuando en mayo de 1942 subió el alquiler del piso que ocupaban en Summit Avenue, los Roth se trasladaron a tres manzanas de distancia, a un sitio un poco más cutre, en el 359 de Leslie Street, otro apartamento en el segundo piso de una casa de dos plantas que Bess se encargó de que estuviera limpio y resultara agradable. El día de la mudanza fue especialmente memorable para Philip: cuando se marcharon del 81 de Summit Avenue por la mañana, su madre le recordó que fuera al piso nuevo a la hora del almuerzo. Pero tan automática era para él la carrerita de dos minutos que lo llevaba de la escuela a la vieja puerta trasera de la casa (y quizá se diera prisa, a lo Portnoy, para pillar a su madre en plena transformación del papel de maestra) que en un primer momento no se dio cuenta de la equivocación cometida cuando encontró la puerta entreabierta y oyó dentro voces de hombres; echó una ojeada al interior y todo había desaparecido. «Instantáneamente pensé que había habido una invasión alemana y que mi madre había sido secuestrada… o algo peor». De repente se le refrescó la memoria al ver a unos hombres pintando las paredes, y de inmediato salió corriendo hacia Leslie Street, donde, como de costumbre, estaba esperándolo el almuerzo sobre la mesa de la cocina cubierta con un hule.

Philip andaba siempre con prisas para llegar a la escuela, y su velocidad se veía frenada solo por un guardia de tráfico situado en la esquina de las avenidas Chancellor y Summit. Eileen Lerner recordaba que su clase era un grupo de chicos muy prometedores y estrechamente unidos, y que Philip había estado «justo ahí»; en efecto, cuando su madre le comentó en cierta ocasión que había ido a la escuela con un personaje famoso —Shep Fields, cantante y líder de una banda de música—, Eileen tuvo el presentimiento de que un día ella también diría lo mismo hablando de Philip Roth. Tanto la escuela primaria de Chancellor Avenue como el instituto de Weequahic formaban parte de un plan anual de dos cursos semestrales que permitía a algunos alumnos ingresar en ellas y graduarse en enero, y en cuarto Philip se saltó el segundo semestre («4B») y pasó a quinto; cuatro años después se saltó 8B y empezó el instituto a los doce años. («Todavía hay cosas que no sé por culpa de esos dos semestres —comentaría en 2012—. Sacar y quitar[*] —dijo riéndose—. Podría pasarme la jubilación…»). Antes de dejar a sus compañeros de cuarto, aquel mismo otoño Roth realizó una actuación conmovedora interpretando a Cristóbal Colón. Se colocó en el proscenio vestido con una capa y señaló dramáticamente al público con el dedo: «¡Tierra a la vista!», exclamó, mientras los demás murmuraban detrás de él «como si estuvieran a punto de amotinarse». Un momento de verdadera revelación: «Consciente de que mi madre estaba entre el público —diría— recuerdo que sentí todo el poder que llevaba dentro».

Cuando años después le preguntaron cómo era su hijo de niño, Herman Roth respondió: «Philip era un chico típicamente americano que sentía pasión por el béisbol».[5] En ese sentido era exactamente igual que sus amigos. Mientras hacía los deberes o estaba tumbado en la cama, tenía al alcance de la mano la pelota, el bate y el guante, los «fetiches» habituales de una infancia en Weequahic: «Con ello validábamos nuestras impecables credenciales de auténticos muchachos norteamericanos».[6] Más tarde canalizaría ese antiguo fervor suyo en una extensa novela cómica acerca de un desventurado equipo de béisbol obligado a jugar siempre fuera de casa, los Mundys de Port Ruppert —homenaje, en parte, a las tardes que pasó en el Ruppert Stadium viendo con su padre y su hermano los partidos de los Newark Bears, el equipo de la Triple-A, la primera división, de su ciudad—. Entre los equipos de primera división sus favoritos eran los Brooklyn Dodgers, y le encantaba escuchar al comentarista radiofónico Red Barber recrear el entusiasmo de los partidos jugados fuera de casa con la ayuda de una cinta de teletipo y utilizando un palito para evocar el golpe del bate. Roth atribuiría su afición por los Dodgers a la influencia de las novelas sobre béisbol de John R. Tunis (The Kid from Tomkinsville, entre otras), pero un antiguo vecino suyo, Tony Sylvester, comentaría que prácticamente todos los chicos de Weequahic eran seguidores de los Dodgers (Ducky Steinberg, un chaval que vivía en su misma manzana, era tan forofo que tiraba la radio por la ventana cuando perdían). El recuerdo más preciado que guardaba Roth de su equipo era el del día en que Bob Lapidus, un amigo suyo, y él cogieron el tren hasta Ebbets Field[*] («habríamos ido en un carromato de caravana por la Senda de Oregón con tal de llegar hasta allí») para ver al gran Jackie Robinson. «Lo vi a usted ir ocho a nueve contra los Pirates en dos encuentros consecutivos en 1947», dijo un Roth «lleno de temor reverencial» en 1972 (más o menos por la época en la que estaba acabando La gran novela americana) cuando se encontró a Robinson en la presentación del libro The Boys of Summer, de Roger Kahn.

Los días de verano, lo primero que hacía Roth por la mañana era salir de casa para recorrer dos manzanas hasta Chancellor Playground —«el campo»—, donde sacaba una pelota de sóftbol del cajón de herramientas y jugaba a lanzarla con los chicos que iban llegando hasta que se juntaba un número suficiente de chavales para formar los equipos. El encargado del campo, Louis «Bucky» Harris, era un hombre muy amable de mediana edad que hacía de entrenador de fútbol americano en el instituto de Weequahic durante el curso; por lo general jugaba de tercera base y coordinaba partidos de todos contra todos a cinco mangas que duraban todo el día (con una hora de pausa para el almuerzo), hasta las cinco o las cinco y media.[**] Los domingos, después de cenar, los muchachos salían de nuevo corriendo de casa para ir al campo a ver a un grupo muy pintoresco de hombres que jugaban para equipos patrocinados por las distintas fábricas de Newark, y eso era también «una bendición»; un montón de tíos de clase trabajadora y una curiosa celebridad deportiva como Allie Stolz («el púgil local»), que reían y bromeaban bajo la luz del crepúsculo. En Los hechos, Roth hace un panegírico del «campo», que desaparecería debido a la construcción de Untermann Field a finales de los cuarenta: «Si alguien me hubiera pedido alguna vez que expresara mi amor por el barrio en un solo acto reverencial, no podría habérseme ocurrido nada mejor que postrarme de hinojos y besar la tierra en el área del bateador».

Una actitud menos reverencial mostraría en lo referente a la Escuela Hebrea, a la que empezó a asistir a los diez años tres tardes a la semana, por respeto a sus abuelos. Por aquel entonces había en Weequahic ni más ni menos que diecisiete pequeñas shuls,[*] la mayor parte de las cuales llevaban el nombre de la calle en la que se encontraban, y los estudios de Roth en el Centro Talmud Torá de la sinagoga de Schley Street lo llevarían a dos manzanas de distancia de casa en dirección opuesta a la de su sagrado campo. Aquella fue, según diría Roth, la única escuela en la que no destacó: «Yo no sabía lo que leíamos ni lo que nos contaban: Abraham, Isaac. ¿Qué es todo eso? ¿Es historia? ¿Son cuentos de hadas?… Vivían en tiendas de campaña. No me podía imaginar una cosa así; los judíos del distrito de Weequahic no vivían en tiendas». Por otro lado, habría sido «antinatural» que un chico de Weequahic no asistiera a la Escuela Hebrea, y Roth «no tenía el menor interés en ser anormal y antinatural»; además, eso era lo que se hacía para llegar a ser hombre, precisamente lo que él más ansiaba.

El Centro Talmud Torá fue también la única escuela en la que Roth se convertiría en un problema de disciplina, aunque su caso no sería, en ese sentido, una excepción. La clase se defendía del aburrimiento de recitar el alefato burlándose del melamed, el señor Rosenblum, un pobre refugiado cuya efigie fue colgada «más de una vez» de una farola delante la ventana del aula.[7] Incluso para un simple heder,[**] el sórdido edificio de ladrillo amarillo era «una escuela de mierda», como recordaría despiadadamente Roth, un lugar que apestaba a los escandalosos pedos de los muchachos, a los arenques en vinagre que engullía un viejo sacristán y al pipí de gato que inundaba el sótano, donde aquel hombre tenía sus animalitos («de hecho él se llamaba Katz»).[*]

Una ventaja del Centro Talmud Torá, según diría Roth, fue que allí «aprendí a ser gracioso»;[8] en ese sentido le sirvieron también de inspiración los shtick de Henny Youngman, tan apreciados en el Borscht Belt, y algunos humoristas radiofónicos judíos, como Eddy Cantor y su adorado Jack Benny.[**] De hecho Roth era considerado por todo el mundo un sabihondo «atraído por la retórica y los gestos cómicos», como él mismo diría más tarde.[9] Marty Castelbaum dijo refiriéndose al estilo de Roth que «te la metía doblada»; Castelbaum, que como deportista no era el mejor, normalmente era relegado al campo derecho durante los partidos de sóftbol; y un día hizo un lanzamiento tan flojo que se desvió y fue a parar a la segunda base. Cuando regresó corriendo al banquillo una vez acabada su entrada, se encontró con Roth y sus amigos. «¡Vaya! ¡Aquí llega Carl Furillo Castelbaum!», dijo Roth refiriéndose al lateral derecho de los Dodgers, de brazo poderosísimo a la hora de los lanzamientos. «¿Qué tal sienta poder lanzar a la segunda con solo tres rebotes, Carl?», etc. En adelante, el chico sería conocido como Carl Furillo Castelbaum.

* * *

Durante el momento más caluroso del verano, buena parte deWeequahic se trasladaba a Bradley Beach, convertida en una avanzadilla del barrio en la zona costera de Jersey. Los Roth solían ir allí un par de semanas por lo menos y a veces Bess y los chicos alquilaban una vivienda en Lareine Avenue para todo el verano, mientras que Herman iba a visitarlos los fines de semana. Habitualmente las mismas dos familias compartían una casita de alquiler con los Roth: Bill y Lena Weber y su hijo Herbie, que tenía la edad de Sandy, y Joe y Selma Green, cuya hermosa hija, Ruth, era tres años mayor que Philip. Como si de un ritual se tratara, los padres hacían una parada por el camino en Asbury Park, a unos tres kilómetros al norte, y pesaban a sus hijos en la báscula grande; al final del verano, durante el viaje de vuelta, hacían lo mismo y «se peleaban por cuál de los niños había ganado más peso», diría Sandy.

En Lareine Avenue las tres familias se convertían en una, las madres preparaban el desayuno en una cocina común y luego daban rienda suelta a sus hijos para que pasaran todo el día en la playa. El primer verano, cuando tenía cuatro o cinco años, Philip se quedaba en casa con su madre, mientras que Sandy y Herbie Weber se iban a nadar o, si llovía, se metían en el cine de la localidad a ver películas de Tarzán, de modo que se ponían a dar alaridos como el Rey de la Selva cada vez que se tiraban al agua. Más tarde dejarían que Philip los acompañara, y Sandy se mostraba tan prudente como de costumbre y le enseñaba a cabalgar las olas, o se lo llevaba a pescar con él a Shark River Inlet, una ensenada situada entre Belmar y Avon. También por la noche («como si no hubiera tenido bastante cuidando todo el día a un hermano pequeño»),[10] Sandy se llevaba a Philip cuando los chicos mayores se atrevían a ir al paseo marítimo a jugar a las máquinas de pinball y a hablar de chicas. Según Sandy, Herbie Weber se convertía en una «verdadera Scherezade» cuando se ponía a contar historias fantásticas acerca de sus hazañas de besos y, en una ocasión, cuando los tres estaban de pie en el urinario, hizo reír tanto a Philip que el pequeño se puso a dar vueltas a su alrededor y dejó empapados de pis los pantalones blancos de franela de Herbie.

Cuando cumplió dieciséis años, Sandy encontró trabajo llevando la concesión de las máquinas de Pokerino en el salón recreativo («como aquel que dice, la cumbre de mi carrera como adolescente»), y por la noche sus amiguetes de Weequahic y él se reunían en un pabellón del paseo marítimo y se dedicaban a hacer acrobacias bailando el jitterbug. Después de la guerra le tocaría a Philip lo de dedicarse a bailar y hacer manitas, inhalando el aroma embriagador a sal marina enredado en el cabello de las chicas: «Creo que di más besos entre los trece y los diecisiete años de los que llegaré a dar durante el resto de mi vida», escribió en 1959 en un peán compuesto en honor de Bradley Beach, «Beyond the Last Rope». Mientras tanto, de pequeño, suspiraba por su encantadora coinquilina, Ruth, aunque en vano, dada la diferencia de edad; además, parece que Bess esperaba conseguir que Ruth se interesara por su hijo mayor. La chica ya llamaba a Bess «Mamá» y le hacía unas confidencias que no era capaz de hacer a su verdadera madre, mientras que Bess le aconsejaba no comer bollos Hostess[*] cuando empezara a desarrollarse como mujer. «[Bess] siempre estaba achuchándome y asegurándose de que iba creciendo bien —recordaría Ruth Green Stamler—. Como no tenía hijas… me tocaba a mí». Pero por mucho que le hubiera gustado tener a Bess como suegra, sencillamente Sandy no la entusiasmaba: era un compañero de juegos bastante simpático de pequeños, y luego un chaval delgaducho, siempre inclinado sobre su cuaderno de dibujo, a diferencia del fornido jugador de fútbol americano, shagitz[**] por más señas, con el que empezó a salir en el instituto, para consternación de Bess.

Finalmente, Ruth perdió el contacto con los Roth, aunque sus hijos se enterarían de que había sido amiga de un chico que acabaría convirtiéndose en un escritor de fama mundial. Un día, en 2009, la hija de Ruth leyó un artículo de periódico sobre Roth, en el que este decía que le habría gustado ver a más amigos suyos de la infancia; sin comentarle nada a su madre, le escribió una carta a través de su agente y unas semanas más tarde Ruth Stamler recibió una llamada telefónica en su domicilio de San Diego: «¡Hola, Ruthie!». Después de una agradable charla —Roth pidió a su vieja amiga que le enviara por escrito algunos recuerdos de Bess, su madre—, los dos acordaron almorzar la próxima vez que ella fuera a Nueva York con su hijo, abogado especializado en asuntos relacionados con la industria del espectáculo que tenía clientes en la Gran Manzana. «Bess y Herman, ¿estáis viendo lo que está pasando aquí abajo?», dijo, sentada frente a Philip ese mismo octubre en Nice Martin, un café situado a una manzana del piso que ocupaba Roth en el Upper West Side. Durante dos horas estuvieron mirando fotos de la época que habían pasado en la playa y finalmente se agarraron de las manos. «Sigo buscando a Ruthie —escribiría el novelista después—. Ojalá la actual se transformara en Ruthie». En cuanto a la impresión de la señora Stamler, recordaría haber pasado una «tarde encantadora», pero se preguntaría por qué su viejo amigo de la infancia había tenido un aspecto tan triste todo el tiempo, a pesar de la cariñosa actitud mostrada, y decidiría que sin duda tenía algo que ver con su obsesión de toda la vida: «Todas esas ideas que tenía que sacar de su interior y poner por escrito». «Soledad en cuanto se marchó —escribiría Roth—. La niña que compartió nuestros veranos de la infancia en la costa. [...] Los dos supervivientes. Aterrador. Los dos únicos que hemos quedado de los que vivimos en aquella casa de veraneo a partir de 1938. Un hombre y una mujer más allá del sexo».

* * *

«El día más largo y más triste de mi vida juvenil americana»,[11] dijo Roth, fue el 12 de abril de 1945, cuando Franklin Delano Roosevelt murió de una hemorragia cerebral justo en el momento en que la guerra en Europa estaba a punto de acabar. Roth estuvo entre la multitud que se congregó, desconsolada, en el centro de Newark cuando «pasó con grávida solemnidad» el tren que transportaba el féretro del presidente de Washington a Hyde Park.[12] Cuando menos de un mes después llegó el día de la Victoria, la familia Roth se sentó alrededor de la radio a escuchar la obra maestra de Norman Corwin, On a Note of Triumph, cuyos versos iniciales quedaron grabados para siempre en la memoria de Roth:

Así que se han rendido.

Finalmente han acabado con ellos, y la rata yace muerta en un callejón

detrás de la Wilhelmstrasse…[13]

Y continuaba de la misma manera a lo largo de sesenta y dos páginas, como pudo comprobar Roth cuando compró el libro —el primero que llegó a tener— e intentó aprendérselo de memoria. Corwin fue su «primer ídolo literario»: el autor de una epopeya estadounidense que ansiaba un joven patriota formado por la guerra; Corwin fue el precursor del siguiente ídolo de Roth, Thomas Wolfe, y Wolfe a su vez lo condujo al que sería su héroe para siempre, Saul Bellow. Pero Philip nunca olvidaría a Corwin, y los dos acabaron por hacerse amigos unos cincuenta años después, cuando Roth se puso en contacto con él por la época en la que estaba escribiendo Me casé con un comunista. La novela fue nominada al Premio al Mejor Libro convocado por Los Angeles Times, y Corwin, casi nonagenario ya, asistió encantado a la ceremonia de premiación en representación de Roth por si su novela era la ganadora (cosa que no ocurrió).

La familia Roth dejó de ir a Bradley Beach durante los primeros años de la guerra, cuando en las pequeñas localidades de la zona costera de Jersey se impuso la obligación de apagar las luces como medida de precaución frente a los ataques enemigos, y las playas se llenaron de restos de las acciones bélicas con torpedos y de perros de la Guardia Costera que patrullaban la zona olisqueando el aire en busca de saboteadores nazis. El primer verano que los Roth volvieron a la zona fue el de 1944, y regresaron de nuevo en agosto de 1945, cuando las bombas atómicas cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki. Japón se rindió a los pocos días y aquella misma noche la gente salió a las calles de Bradley Beach golpeando cacerolas y sartenes y tocando el claxon de los coches. Los chavales se pusieron a bailar la conga a lo largo del paseo marítimo, y entre ellos estaba Philip. Su júbilo se atenuó un poco al ver a varias personas mayores sollozando en los bancos: «Probablemente los padres de chicos que habían perdido la vida —pensó—. La guerra había terminado y era maravilloso, pero no para ellos. Sentirían aquel dolor siempre».

Durante años, sus compañeros del colegio y él habían sido adoctrinados en los principios por los cuales luchaba su país: justicia, igualdad y libertad para todos. Una vez a la semana pasaban una hora entonando cánticos en honor de todas las categorías de las fuerzas armadas, y de vez en cuando también el himno de los comunistas chinos («cosa que dice mucho acerca de la visión política de los maestros de aquella escuela»), con su emocionante rechazo del imperialismo nipón que tanto gustaba a Roth: «La indignación llena los pechos de nuestros compatriotas. ¡Alzaos! ¡Alzaos! ¡ALZAOS!…». En vista de aquella gran lucha colectiva, daba la impresión de que las formas de prejuicios raciales y religiosos de antes de la guerra iban a desaparecer. Pero el mismo verano en el que regresaron por primera vez a Bradley Beach se vio frustrado por la incursión que hicieron los «pandilleros lumpen»[14] llegados de Neptune, una localidad vecina habitada fundamentalmente por gentiles, que recorrieron como un enjambre el paseo marítimo al grito de «¡Judíos, perros judíos!» y la emprendieron a golpes con todos los chicos hebreos a los que lograron echar el guante. Aquel odio lo habían aprendido en sus casas, había sido alimentado a lo largo de generaciones y quizá fuera insensible a la historia.

Una pandilla de golfillos violentos era una cosa, pero otra muy distinta era el antisemitismo más sutil practicado por los ejecutivos gentiles de Metropolitan Life, y el carácter insidioso de dicho antisemitismo era igualmente improcedente y destructivo. Herman Roth se hallaba bajo presión y obligado no solo a trabajar más duro en sus deberes cotidianos, sino también a mostrar la apariencia de «un tío agradable y normal», como señalaría Philip, un hombre que sabía cuál era su sitio y que seguía las normas.[15] Por eso mismo sería recompensado con un ascenso por su director de distrito, Sam Peterfreund, quizá el único judío (además del tesorero) que había logrado introducirse en la augusta dirección de la empresa. Herman se mostraba fastidiosamente respetuoso con el hombre al que siempre había llamado «jefe», un tipo corpulento, pulcro y calvo «con un acento alemán ligeramente misterioso»,[16] cuya presencia ocasional a la mesa de los Roth era como si fuera «la Segunda Venida», recordaría Sandy: «Todo el mundo estaba pendiente de sus palabras, todas ellas pura rimbombancia». En cuanto a Philip, es posible que compartiera cierta dosis de la admiración y el temor reverencial que sentía su padre, pero la regla a la que Peterfreund constituía una rara excepción era su manifiesta injusticia («¡Indignación!»), y a los doce años Philip tomó la decisión de convertirse en «abogado de los oprimidos»,[17] ambición que quedaría reflejada en el lema que escribió en su libro de autógrafos de octavo grado: «No pises al oprimido».[*]

Y se sentía ofendido no solo con la penosa situación de los judíos como él. Lo mismo que el primer y único alcalde hebreo de Newark, Meyer Ellenstein —cuyos dos mandatos dieron comienzo el mismo año en que nació Roth—, el muchacho se opondría férreamente a la intolerancia típica de los goyim hacia los negros. A decir verdad, los negros y los judíos de mentalidad reformista sostenían por entonces unas relaciones mucho mejores que las que mantendrían durante las décadas siguientes: los periódicos negros publicaban editoriales enérgicamente en contra de la persecución nazi, y los judíos de Newark se aliaron con los ciudadanos de color en el Consejo Interracial de la ciudad, en el Partido Socialista y en el Congreso por la Igualdad Racial. El alcalde Ellenstein había puesto anuncios en periódicos de los estados del Sur avisando a los negros de la oferta de empleos existente en su pujante ciudad industrial y apoyó sus intentos de acabar con la segregación en el City Hospital. Sin embargo, en Weequahic (donde también vivía Ellenstein), los negros eran prácticamente invisibles; de hecho, el único sitio en el que los Roth veían a su bondadosa criada, Viola Johnson, era, o bien en su casa, o bien en la esquina de la calle, esperando el autobús que la condujera de vuelta al Tercer Distrito. Viola iba una vez a la semana, y Roth recordaba que su madre se apartaba de lo que era su costumbre y trataba a la mujer con amabilidad, preparando incluso comida para la familia de Viola cuando esta estaba enferma y no podía trabajar. Sandy adoptaría una perspectiva un poco menos idealizada: según él, Viola, como todas las criadas de Weequahic, estaba terriblemente mal pagada y en su ausencia era llamada invariablemente «la shvartze». Según su prima Florence —en casa de cuya familia también servía Viola—, la tía Bess era «muy democrática» a la hora de sentarse en la cocina a almorzar con Viola, tras lo cual lavaba el plato y los cubiertos de la buena mujer con agua hirviendo («Hay que ver el trabajo que cuesta hoy en día quitar la mayonesa de los cubiertos», dice Sophie Portnoy a su criada, cuando esta la pilla restregando como una loca mientras friega los cacharros).

Como ejemplo de su prodigioso altruismo, Alex Portnoy recuerda aquella vez en que «hice que toda mi clase de octavo se negara a participar en el concurso anual de disertaciones patrióticas patrocinado por las Hijas de la Revolución Americana», debido a que estas habían prohibido a la contralto negra Marian Anderson actuar en el «Convention Hall» de Washington, D. C. Muchos años después de que Roth estuviera en octavo en la Escuela Primaria de Chancellor Avenue, Edward Sable, que era el delegado de curso entonces, escribió una carta corrigiendo amablemente algunos puntos de lo que había escrito Roth: «En El mal de Portnoy, Portnoy era el delegado de curso y Marian Anderson la que actuaba. La situación de Marian Anderson reflejaba la de [la pianista negra] Hazel Scott siete años después», esto es, a finales de 1945, cuando en realidad tuvo lugar el boicot. «A ella tampoco le permitieron actuar en el Constitution [no en el “Convention”] Hall». En cuanto al alumno que encabezó el boicot en favor de Hazel Scott, fue el propio Edward Sable. «Eddie me dice que en El mal de Portnoy lo organizo yo —señalaría Roth—, pero yo no decía que lo organizara yo, sino que lo organizaba Portnoy. No iba a poner en la novela que quien lo hizo fue Eddie Sable». Pero, de hecho, en entrevistas anteriores Roth había afirmado que el boicot había sido idea suya (y también que la intérprete en cuestión era Anderson): «Tenía un amigo llamado Eddie Sable que era delegado de curso —comentó en 2004— y le dije [a Sable]: “No podemos participar en ese concurso de redacciones”».

Roth salió de su error en el curso de una larga charla telefónica con Sable en 2010. Sable le explicó que la carta en la que se proponía el boicot había sido redactada por él y por su hermano mayor, y que luego se la había enseñado a su profesora de octavo, Sophia McCaffery, que no quiso saber nada del asunto; sin embargo, el director del colegio, Albin Frey, le dio su aprobación sin dudarlo, y los treinta y seis alumnos de la clase de octavo votaron unánimemente a favor de enviarla al periódico. «LOS NIÑOS SE NIEGAN A PARTICIPAR EN EL CONCURSO DE LAS DAR»,[*][18] rezaba el titular de The Newark Star-Ledger: «Poco después bombardearán el cuartel general de las DAR redacciones sobre el tema “¿Por qué las DAR son antidemocráticas y antiamericanas”?». The Star-Ledger mencionaba a cuatro niños que se habían reunido en casa de Sable para pergeñar la idea y elaborar los detalles: Richard Sobel, Leon Ninburg, Ronald Traum y el propio Sable; este último recibiría cartas y llamadas telefónicas amenazadoras tras la publicación del artículo, pero también una alentadora carta de apoyo de la señora de James Otto Hill, presidenta del Consejo Interracial: «Elogiamos encarecidamente las acciones llevadas a cabo por usted respecto a la política antiamericana y la actitud “lily-white”[*] de las Hijas Nacionales de la Revolución Americana». Al igual que Portnoy, Roth recordaba que otros cinco compañeros de clase y él habían sido condecorados en la convención de la confederación sindical Comité de Acción Política del Congreso de Organizaciones Industriales [CIO, siglas de Political Action Committee] en diciembre de aquel año, cuando el célebre columnista de izquierdas, el doctor Frank Kingdon, se acercó a los chicos en el escenario y les dijo: «Niños y niñas, esta mañana vais a ver aquí cómo funciona la democracia».[**] Al margen de su vaguedad en lo concerniente a otros detalles, Roth estaba bastante seguro de que entre los compañeros de clase que subieron al estrado se hallaba una inmigrante rusa llamada Anita Zurav, que tenía unos «pechos maravillosos» y que llevaba consigo un ejemplar de The Daily Worker.

El 30 de enero de 1946, Roth se graduó en la Escuela Primaria de Chancellor Avenue,[***] y, junto con Dorothy Brand («la chica más lista de la clase»),[19] había escrito para la ceremonia matinal un auto de moralidad titulado ¡Que resuene la libertad! Los dos protagonistas de la obra eran la Tolerancia y el Prejuicio, y se conserva un fragmento de la pieza que contiene el monólogo inicial de este último en el que rastrea su maléfico papel en la historia de Estados Unidos y concluye: «Voy a intentar conseguir que el pre[juicio] forme parte de tus ideales como formó parte de los ideales nazis». El resto de la obra se ha perdido, pero sus autores recuerdan que en ella el Prejuicio (Roth) y la Tolerancia (Brand) visitaban las casas de diversas familias, a las que naturalmente el Prejuicio desprecia de antemano, para luego ser iluminado por la Tolerancia, que comenta, pongamos por caso, que no todos los italianos huelen a ajo, y que, de hecho, aspiran a recibir una buena educación, etc. Al final, el Prejuicio se va derrotado, mientras que la Tolerancia se pone al frente de la clase y todos juntos cantan una popular melodía de Frank Sinatra acerca de la armonía racial y religiosa, «The House I Live In». En el homenaje tributado a Roth en la Universidad de Columbia con motivo de su septuagésimo quinto aniversario, se refirió a la obra como su verdadero «comienzo» como escritor: «Quizá no sea del todo descabellado sugerir que el muchacho de doce años que fue el coautor de ¡Que resuene la libertad! fue el padre del autor que escribió La conjura contra América».

Capítulo 4

4

El 30 de marzo de 1969, un mes después de la publicación de El mal de Portnoy, el padre de Roth le avisó en tono cómico de que su viejo rabino, Herman L. Kahan, andaba por ahí preguntando por su «Número de teléfono o dirección. [...] Probablemente no le ha agradado la parte del bar mitzvá [incluida en Portnoy] y quiere hacértelo pagar». La «parte» en cuestión tenía que ver con «el rabino Warshaw» —también llamado «rabino Sílaba»—, un «farsante gordo, presuntuoso e impaciente», que apesta a cigarrillos Pall Mall, y que pondera enfáticamente el cociente intelectual de «cien-to cincuennn-ta y-y ochocho» de Alex durante el bar mitzvá del chico. Era cierto que el rabino Kahan era un fumador empedernido, que acostumbraba mandar a Philip a la tienda de la esquina con una moneda de veinticinco centavos para que le comprara cigarrillos (Old Gold, no Pall Mall), y Roth piensa que el rabino tal vez comentara que el muchacho que iba a celebrar su bar mitzvá estaba a punto de entrar en el instituto a la tierna edad de doce años (sin especificar en realidad cuál era su cociente intelectual), pero fuera de eso era «un hombre sin pretensiones» que solía utilizar el número habitual de sílabas cuando hablaba.

Roth salió bastante airoso durante la ceremonia del bar mitzvá, y se esforzó cuanto pudo para impresionar a su familia y a sus amigos leyendo la Torá «a toda pastilla (ya que no comprendiéndolo todo)».[1]A partir de ese momento, en cualquier caso, quedaría harto para siempre de la faceta religiosa del judaísmo, y así se lo diría a la mañana siguiente a sus padres. Herman se mostró un poco decepcionado, pero su equilibrada esposa se encargó de apaciguarlo. Algunos años más tarde, Roth describiría en un pósit su religión personal como la de un «humorista poliamoroso».

* * *

En el instituto de Weequahic la población estudiantil creció exponencialmente después de la guerra, así que los novatos tuvieron que ser trasladados en autobús a un edificio anexo en la Escuela Primaria de Hawthorne Avenue, a unos quince minutos de distancia. El primer profesor que veía Roth cada mañana en el aula era al doctor Robert Lowenstein —Doc Lowenstein para sus alumnos—, que había sido licenciado recientemente del Cuerpo Aéreo del Ejército, para el cual había prestado servicio en el norte de África, en Italia y en Yugoslavia. Lowenstein no alardeaba en absoluto ni de su valor ni de su erudición (era doctor en Literatura Francesa por la Universidad Johns Hopkins), y esa «combinación de intelectualidad y masculinidad» causó una gran impresión en Roth; atribuiría esas cualidades a Murray Ringold en Me casé con un comunista, junto con la pronunciada reluctancia de Lowenstein a aguantar a los tontos, reluctancia que a menudo se traducía en arrojarles el borrador de la pizarra a la cabeza. Roth no olvidaría nunca la forma en que trató a un par de chavales fanfarrones de origen italiano, Albie y Duke, cuya indiferencia por llegar a ser «unos niños encantadores y responsables» (a diferencia de la mayoría judía de la escuela) había suscitado la curiosidad de Roth. «¿Cuán lejos podéis escupir, chicos? —les preguntó Lowenstein un día que los borradores no habían logrado surtir efecto—. Roth, abre las ventanas». Mientras los demás se quitaban de en medio a toda prisa, Lowenstein dijo a los italianos que se pusieran al otro extremo del aula e intentaran lanzar un escupitajo por la ventana; los dos se quedaron cortos, tras lo cual Lowenstein echó un lapo que salió sin ninguna dificultad por la ventana. «Y ahora sentaos y a callar», dijo.

En 1947 los Roth se mudaron a una vivienda situada a unas cuantas casas en la misma manzana; se trataba de un apartamento en el primer piso del 385 de Leslie Street, y Philip reanudó su costumbre de ir caminando a clase, en el edificio principal del instituto de Weequahic, al lado de su antigua escuela primaria de Chancellor Avenue. El instituto, inaugurado el año en el que había nacido Roth, había sido diseñado en un bonito estilo art déco por la misma empresa de construcción que había proyectado el despampanante Robert Treat Hotel en el centro de Newark; en 1939 se añadió en el vestíbulo de la escuela un mural en estilo WPA, la «Historia de la ilustración del hombre», un ejemplo de realismo social que Sandy despreciaba por considerarlo el equivalente pictórico de Norman Corwin: «Estilizado, torpón. “¡Esto es América!”.Clonk, clonk, clonk». Sin embargo, el efecto que producía era básicamente edificante, un matiz que vendría a corroborar Max J. Herzberg, el director del instituto durante aquellas primeras dos décadas, un prolífico autor de reseñas de libros para The Newark Evening News y autor del manual de latín usado por sus alumnos de primero. Roth recordaba a Herzberg como «un hombre muy académico, muy serio» y se consideraba sumamente afortunado por el hecho de que el director del instituto insistiera en que los alumnos aprendieran de memoria una lista de poemas entre los que figuraban «Annabel Lee», «Invictus», «La última vez que florecieron las lilas en el jardín», y el prólogo de los Cuentos de Canterbury («Whan that aprill with his shoures soote»), que años más tarde Roth recitaría «lentamente una y otra vez», siempre que tuviera que soportar alguna intervención médica invasiva solo con anestesia local.[*]

El instituto de Weequahic encarnaba las ansias de educación desarrolladas por los inmigrantes tras su llegada al país, no solo de adquisición de la cultura en sí; como diría Roth, «no era una cultura de libros; era una cultura con un respeto tremendo por los libros». Sin embargo, la principal aspiración de la gente era el éxito profesional y la dignidad que lo acompañaba («¡Socorro! ¡Socorro! ¡Mi hijo el médico se ahoga!»), y en el instituto de Weequahic la gravedad de esa búsqueda era palpable. Durante sus primeros treinta años de existencia, el instituto tenía fama de haber producido prácticamente más médicos, abogados, dentistas y auditores contables que cualquier otro instituto del país, y desde luego de New Jersey; la otra cara de la moneda sería un desdén casi vertiginoso por la inútil violencia —propia de los goyim— de los deportes de contacto, el mismo espíritu captado por el himno de batalla extraoficial de la escuela, parte del cual incluyó Roth en El mal de Portnoy:

¡Pegad un grito, pegad un grito!

¡Un buen grito de verdad!

¡Y cuando gritamos, gritamos a lo bestia!

Ikey, Mikey, Jake y Sam,

¡nunca comemos jamón,[**]

jugamos al rugby y al balón,

y guardamos matzohs en el taquillón!

¡Sí, sí, sí! ¡Viva el instituto de Weequahic!

¡Pan blanco, pan de centeno,

pumpernickel y challah![*]

¡Todo para los de Weequahic,

¡venga, arriba, ra-ra-ra!

Su equipo de fútbol americano era tan malo —como todo el mundo sabía— que su única victoria, obtenida el año que Roth hizo segundo, desencadenó una auténtica revuelta. De hecho, hasta que el zaguero Fred Rosenberg no se adentró dos yardas en la zona de fin de línea para anotar un 6-0, los Weequahic Indians no habían ganado nunca al equipo del instituto de Barringer en sus catorce años de historia; cuando acabó el tiempo reglamentario, el lado del City Stadium correspondiente a la hinchada de Barringer empezó a lanzar alaridos amenazadores hacia los asientos de los judíos. Roth recordaría haber salido en dirección al aparcamiento y haber tomado un autobús. «En ese momento ya había sus buenos diez o quince enemigos… arremolinados en torno al autobús y golpeando sus costados con los puños».[2] El conductor logró arrancar justo en el instante en que Roth dejó caer con todas sus fuerzas el cristal de la ventanilla sobre los dedos de un individuo que intentaba meter violentamente las manos dentro del vehículo.

Antes de que acabaran las obras de construcción del Untermann Field en 1949, prácticamente el único motivo para salir del barrio en el que todo estaba a unos cuantos pasos de distancia y casi todas las caras resultaban familiares era la celebración de algún partido de fútbol americano. Roth vivía a la vuelta de la esquina de su lugar de reunión favorito, la tienda de golosinas de Halem, donde siempre podía encontrar algunos amigos alrededor de la máquina de pinball «charlando de cualquier cosa como si fueran entendidos o simplemente de sexo»;[3] al otro lado de la calle había otra tienda de golosinas, George’s, que hacía también las veces de lugar de apuestas. Un poco más allá, en la misma Chancellor Street, estaba un «Palacio de los Perritos Calientes y de la Chazerai» (como diría la señora Portnoy), Syd’s, donde Sandy y Philip trabajaban a tiempo parcial llenando bolsas de papel con patatas fritas, deliciosas y grasientas, acompañadas de un tenedor de madera. Como recordaría Sandy, todas las madres —no solo la suya— veían con suspicacia el negocio de Syd, y Philip rendiría un último tributo al local en Némesis, donde la señora Beckerman lamenta la muerte, víctima de la polio, de un chico que «quería ser otro Louis Pasteur», pero que, en cambio, «tuvo que ir a comer a un sitio plagado de gérmenes».

El mejor amigo de Roth, Marty Weich, vivía en el 287 de Leslie Street, aproximadamente a una manzana de su casa, al otro lado de Lyons Avenue. Alto, guapo, educado —«el sueño que abrigaba cualquier madre de lo que era un príncipe judío», diría Bob Heyman, amigo de ambos—, Weich era un buen estudiante y un hijo obediente, que volvía corriendo a la carnicería kosher de sus padres en cuanto salía de la escuela (y luego también de la facultad) para ayudar a hacer los repartos. Era además un buen atleta, el único de los conocidos de Roth que formaba parte de un equipo estudiantil de baloncesto, deporte que no era violento y por consiguiente era respetable. Los dos chicos se habían conocido en la clase de Lowenstein en una época en la que Roth estaba enamorado del pugilato —legado de las noches de combates de boxeo celebrados durante la guerra en el Laurel Garden, donde Sandy y él llegaban a gastarse su asignación semanal apostando cinco centavos en cada combate («uno apostaba por el negro y el otro por el blanco, o si los dos eran de la misma raza, uno apostaba por el de los calzones claros contra el de los calzones oscuros»)—.[4] Desafiando a Weich, que era más grande y tenía un aspecto dulce, Roth se quitó inmediatamente los guantes (cerrados con una goma elástica, no con cordones) cuando Weich empezó a «deshacerse de la camisa».

Muchos años después, cuando estaba escribiendo Indignación, Roth consultó a Weich para que le explicara los pormenores de una carnicería kosher («¡Despluma dos pollos, Markie!»). Y una década antes, los dos habían charlado sobre un aspecto mucho más sombrío de la historia de Weich, un asunto que habían evitado allá por la época en la que aún estaban en el instituto. No obstante, todos los amigos del barrio se habían enterado de que el hermano mayor de Marty, Bertram (Chubby) había muerto de un balazo durante un ataque aéreo sobre las Filipinas en 1944. Sus padres habían quedado desolados al recibir la noticia: su madre se había metido en la cama y se había pasado meses llorando («aturdida, destrozada»),[5] y su padre, un hombre afable que habitualmente estaba encantado de charlar con sus clientes, se quedó mudo y raramente volvería a hablar con nadie nada más que con la familia. Aquella sería la historia que serviría de base a la tragedia de El teatro de Sabbath —la muerte de Morty, el hermano de Sabbath—, y cincuenta años más tarde, cuando Roth le preguntara por los detalles, Weich todavía sería incapaz de hablar del asunto sin ponerse a llorar («Aquel llanto fue toda una lección —diría Roth—. Apuesto todo mi dinero al dolor de Sabbath… eso es lo que mueve su filosofía, su actitud: todo lo que amas desaparece».) Weich recordaba el terrible día en que llegó de la escuela a casa, con doce años, y vio el coche del rabino; inmediatamente tuvo conciencia de que había ocurrido lo peor. Cuando su amigo Bernie Swerdlow se pasó a visitarlo por la escalera de atrás, Marty se echó a llorar y le cerró la puerta.

Swerdlow era otro de los alumnos de la clase de Lowenstein en el anexo de Hawthorne Avenue, y fue él quien contó a Roth lo de la muerte de Chubby en cuanto se vieron. Swerdlow vivía entre la casa de Roth y la de Weich, en Lyons Street, detrás de una sastrería que poseían sus padres, inmigrantes rusos. Su familia sería perseguida por la tragedia, incluso más que la de Weich: un hermano mayor suyo, Charles, había muerto dos años antes de que Bernie naciera, mientras que otro, Sol, era esquizofrénico y acabó sometido a una lobotomía. En cuanto al propio Bernie, padecía una colitis tan severa que tuvo que abandonar la escuela durante dos cursos y llevar una bolsa de colostomía. A diferencia de Weich (pero de manera bastante parecida a Mickey Sabbath), Swerdlow se rebeló contra la desgracia con una perversidad casi grotesca: «Un tío auténticamente diabólico», que no hacía más que «hablar, hablar, hablar y hablar», diría Bob Heyman. En cierta ocasión, cuando no fue capaz de conseguir que cerrara el pico, Doc Lowenstein sacó a Swerdlow del aula de un empujón y lo acorraló contra las taquillas. El muchacho esperaba que le metiera «un gancho de derecha»,[6] pero en cambio Lowenstein le preguntó a qué escuela primaria había asistido, y fue así como descubrió que Swerdlow venía de un centro para chicos con discapacidad, la escuela de Branch Brook.

Es muy probable que, al menos con Lowenstein, Swerdlow no hablara de su precoz carrera erótica con chicas discapacitadas en aquel colegio. ¡Y no digamos con la chica que vivía encima de la tienda de sus padres y que le hacía pajas! Esas eran las historias que contaba con regodeo a sus amiguetes y Roth prestaba mucha atención a ellas, escribiendo posteriormente acerca de «Smolka, el hijo del sastre, [el] rijoso compañero» de Portnoy, por no hablar de Melvin Weiner, aquejado de colitis, que se atiborraba de patatas fritas. Cuando milagrosamente logró acabar la escuela de medicina («intentaba tirarse a las celadoras en el hueco de la escalera», diría Heyman) y se hizo psiquiatra —exactamente igual que Marty Weich—, Swerdlow presumiría de ser el modelo de Melvin Weiner (pero no el de Smolka) en una entrevista con The Star-Ledger: «Receto el libro [El mal de Portnoy] como si fuera una medicina —dijo al periodista—. Tengo pacientes (todos ellos varones) con problemas relacionados con sus madres y una relación con la culpa, y una incapacidad de funcionar como deberían. [...] [Roth] me ha utilizado a mí, así que ¿por qué no iba yo a utilizarlo a él?».[7]

Stuart Lehman fue otro amigo que tuvo una infancia desdichada, una cuestión demasiado espinosa para hablar de ella por entonces, aunque Roth acabaría aprovechándolo también a él cuando escribiera Némesis. Lo mismo que la madre de Bucky Cantor, la de Lehman había muerto cuando él era un bebé y su padre (por motivos desconocidos) había preferido no criarlo, dejándolo al cuidado de sus abuelos. Los amigos de Lehman lo llamaban el Tigre porque era exactamente lo contrario: cariñoso y apocado, le encantaba pasar el tiempo en casa de Roth, en la que tenía un par de hermanos de hecho y también unos padres, pues Herman y Bess lo adoraban y siempre lo animaban a que se quedara a cenar («¡Acábatelo! ¡Cómete lo que tienes en el plato!»).[8] Cuando su abuelo murió, en 1954, justo después de que Stu y los demás acabaran el instituto, Bess le escribió una nota dándole el pésame: «Si, por poco que sea, podemos hacer algo por ti que compense esta pérdida, sabes que solo tienes que decírnoslo. Desde que entraste en nuestra casa como amigo de Philip, hemos tenido siempre la sensación de que formabas parte de la familia».

De cualquier manera, el centro de todo, por su temperamento, era el travieso Bob Heyman, que vivía en una casa unifamiliar en la parte más acomodada de Keer, debajo de Maple Avenue; su acaudalado padre era el propietario de una empresa de corbatas, Beau Brummell Ties, y en la casa de al lado vivía el Rey de las Manzanas de Newark. Los padres y los abuelos maternos de Heyman habían nacido todos en Estados Unidos —su madre era prima hermana de Milton Berle, que asistiría a la boda de Bob y conocería a Philip y a los demás— y en su comportamiento no se apreciaba, según diría Roth, «la menor mancha de judaísmo». La familia asistía a la gran sinagoga conservadora de High Street, Oheb Shalom, y pertenecía a un club de natación que Roth utilizaría en la escena inicial de Goodbye, Columbus. Quizá el símbolo más contundente de su estatus fuera el refinado sótano que había chez Heyman: una amplia sala de recreo con las paredes revestidas de madera de pino, provista de bar, equipo de alta fidelidad y cuarto de baño. Un día estaba allí Roth, siempre tan lleno de vitalidad, cantando al son de los Four Aces, cuando levantó la mano al tiempo que modulaba la última palabra de la canción «Tell Me Why!». Lo hizo con tal ímpetu que dio un puñetazo en el techo, donde hizo un agujero. Alarmados, los chicos corrieron a la ferretería a comprar un saco de yeso e intentaron reparar la fechoría, pero al señor Heyman no le impresionó demasiado su trabajo y puso una cara seria. «Es un tipo listo», comentó el buen señor a propósito del culpable.[9]

Tal vez fuera consciente de la imitación exacta que había hecho Roth de la forma, típica de Brooklyn, que tenía de solfear (reprender, regañar) a su hijo Robert o «¡Robbit!». (Durante un tiempo, Heyman tuvo una novia japonesa que pensaba que Roth y los demás lo llamaban Rabbit [Conejo]; de manera que sus amigas y ella empezaron a llamarlo Usagi, o incluso Usagi-san, o sea, «conejo» o «señor conejo» en japonés). Pero a los chicos les encantaba el talento de Roth para el shtick: «Era como la bujía de un motor, como una dinamo, y nos hacía mucha gracia», comentaría Heyman. Por lo que respecta a Roth, los momentos más añorados de su adolescencia serían las largas tertulias con sus amigotes, en el coche de cualquiera de ellos a altas horas de la madrugada, cuando se reían de sus frustraciones sexuales y planeaban las gloriosas conquistas que estaban por venir: «Algo parecido al cuento popular de una tribu que pasara de una fase de desarrollo humano a la siguiente».[10] En 1982, Roth estaba en Miami Beach charlando con su padre, que acababa de quedarse viudo, y sus viejos amigos del barrio; se hallaba sentado junto a un grupo de personas que estaban jugando a las cartas cuando la madre de uno de sus antiguos compañeros de juegos lo tomó de la mano y le dijo: «Phil, eso que había entre vosotros, los jóvenes… Nunca he vuelto a ver nada parecido». Roth le contestó («de todo corazón») que él tampoco.[11]

* * *

Cuando Roth estaba en el instituto, su padre incurrió en fuertes deudas tras el fracaso de una distribuidora de alimentos congelados que había montado con unos amigos. Por entonces Herman se había convencido de que no iba a seguir ascendiendo en Metropolitan Life, y los aproximadamente ciento veinticinco dólares a la semana que ganaba como director adjunto parecían más escasos que nunca al tener como tenía dos hijos que iban ya camino de la universidad. El dinero que tomó prestado para invertir en el nuevo negocio[*] fue a parar en su mayoría a la compra de un gran camión frigorífico, que utilizaba por las noches para hacer repartos e impulsar el negocio; los fines de semana, viajaba a Filadelfia y se ocupaba del papeleo en las oficinas de la empresa. Pero de nada serviría: por entonces Birds Eye llevaba ya más de quince años comercializando alimentos congelados, y la empresa de Herman se fue a pique junto con las cerca de ciento cuarenta marcas de la competencia que habían surgido mientras tanto.

Quiso la suerte que Metropolitan Life finalmente sintiera la presión ejercida por la Ley de Empleo Justo de Roosevelt y, aunque con retraso, Herman fue ascendido a director de la sucursal de Union City, a unos veinte minutos al nordeste de Newark. Según recordaba Philip, era «la peor oficina de New Jersey», llena de «goyim borrachos», pero si había alguien capaz de sacar a aquellos sinvergüenzas de los bares y hacerlos volver al trabajo, ese era Herman. («Peces gordos gentiles —dice el ambicioso padre de Levov en Pastoral americana—, presidentes de empresas, y beben como indios que han descubierto el aguardiente».) «Se reintegrará hasta el último centavo» era el mantra con el que Herman se estimularía a sí mismo durante los años sucesivos, convirtiéndose en «un personaje de un pathos y un heroísmo considerables a mis ojos —comentó Philip en 1974—, una especie de cruce entre el Capitán Ajab y Willy Loman».[12] Fue una época dura tanto para su padre como para su madre, y Sandy recordaría una serie de discusiones «apacibles, pero angustiosas», surgidas a raíz de las constantes quejas por el dinero; incluso por el mísero cuarto de dólar gastado en un helado a la salida del cine. Como Herman era un inquilino sin garantías subsidiarias que merecieran la pena (y como los de Met Life lo habrían despedido si hubieran oído rumores de que contaba con un segundo trabajo), había tenido que pedir prestado el dinero a sus hermanos, Ed y Bernie, con los cuales odiaba estar en deuda.

Desde luego no ayudaba mucho el hecho de que por entonces los hermanos de Herman tuvieran más éxito que él. Propietario de una fábrica de cajas de cartón, Ed había comprado una casa unifamiliar en Irvington que su hija, Florence, calificaba orgullosamente de «muy elegante» según los criterios de los Roth, con su chimenea flanqueada por librerías empotradas («mi padre me inscribió en el Club del Libro del Mes cuando tenía yo trece años») y una lujosa Victrola («en casa de Bess y Herman no había Victrola»). Philip reconocía que ser propietario de una casa unifamiliar situaba a Ed «un paso por encima» de su familia en la escala socioeconómica, pero deducir de todo ello que su tío mayor acostumbraba leer o era un hombre refinado en cualquier otro sentido habría sido «algo excesivo», dado que en la escuela no había pasado del sexto grado y que sus modales eran los de un barriobajero. «Tenía una voz fuerte y un cerebro débil», comentó Sandy, e incluso la hija de Ed reconocía sus malas pulgas y su tendencia a despellejar a cualquiera: «Cuando estaba estudiando en el instituto, si sacaba un notable, [me decía]: “¿Por qué no has sacado un notable alto?”. Y si sacaba un notable alto, [me decía]: “¿Por qué no has sacado un sobresaliente?”». En resumen, era una versión menos benévola de Herman; su sobrina Marilyn (la hija pequeña de Betty) siempre consideró a este último un hombre amable, mientras que el recuerdo más destacado que guardaba de Ed era la ocasión en que tuvo que darle un puñetazo por mostrarse mezquino con su madre («Yo era una chica muy guerrera de Newark»).

Philip encontraba a su tío entretenido en pequeñas dosis, y parece que Ed tenía debilidad por aquel sobrino suyo tan prometedor. El punto culminante de su relación fue el viaje que hicieron en 1948 a Princeton para asistir a un partido de fútbol americano de esta universidad contra Rutgers. Antes de que diera comienzo el encuentro, Ed llevó a Philip a ver una casita de madera blanca que pertenecía a un héroe de la familia, Albert Einstein, en Mercer Street. Ed no dudó en advertir a Philip del elitismo antisemita de Princeton, y los dos se unieron a la hinchada de la universidad estatal, Rutgers, y su jugador judío cien por cien estadounidense, el gran Leon Root.[*] En 1973, durante el funeral de Ed, su sobrino aseguró haber quedado «pasmado» cuando la tía Irene, su viuda, le dio un abrazo y se puso a hablar de su difunto marido, «brusco, agresivo, irascible». «Philip, nadie lo comprendía». «¡No son solo los escritores los que se sienten incomprendidos! —comentaría Roth en una carta a un amigo—. Como lector de Kafka que soy, no habría hecho falta que me lo recordaran».[13]

El tío Bernie era el que más éxito había tenido y con mucho también el más mundano. Aunque era propietario de una pequeña compañía de seguros y vivía en una elegante casa unifamiliar en Maplewood, un barrio de clase media alta, no era ni mucho menos un judío burgués satisfecho de sí mismo; por el contrario, en su juventud había sido un verdadero comunista, y tenía mucho cuidado de recordar a sus sobrinos que no debían llamar nunca shvartze a su criada. Las relaciones de Bernie con los varones de su familia serían problemáticas desde que decidió casarse con una joven corpulenta con la cabellera prematuramente cubierta de canas, Byrdine Block, que pertenecía a una familia de judíos alemanes relativamente acaudalada. «En realidad no es judía»,[14] comentó, al parecer, Sender, mientras que Herman, dando muestras de una total falta de delicadeza, preguntó a su hermano por qué quería casarse con «esa chica [que] parece lo suficientemente vieja para ser tu madre».[15] Al final los dos hermanos se reconciliaron, pero las relaciones volvieron a romperse al cabo de veinte años, cuando Bernie comunicó que tenía intención de divorciarse de la madre de sus dos hijas y que iba a casarse con una mujer más joven. Bess y Herman «se quedaron tan atónitos como si acabaran de enterarse de que había matado a alguien»,[16] y naturalmente apoyaron a Byrdine, una mujer cariñosa y amable, que además era una de las amigas que se reunían con Bess para hacer punto. Cuando Bernie agravó todavía más el escándalo abandonando a su segunda mujer una semana después de la luna de miel, Herman volvió a considerar oportuno consolar a la esposa agraviada.

«Bernie estaba a un nivel muy distinto del de Herman», comentó el yerno del primero, Don Aronson, a quien el elegante Bernie convenció de que usara ropa de la marca Paul Stuart (lo mismo que a su sobrino Philip). Durante una temporada, Bernie pasó por una fase reichiana y se metía en una cámara de orgón; al término de la sesión, sin embargo, se sentía no ya revigorizado, sino enervado, hasta que se supo que había colocado la cámara encima del despacho de un médico y que, cuando se metía en ella, sufría un auténtico bombardeo de radiaciones de rayos X. En Duke University se sometía regularmente a periodos de ayuno depurativo, y una noche llamó a su hija desde Princeton para comunicarle con una voz extraña y entrecortada que se había unido a un grupo de experimentación con LSD. «Fue un adelantado a su época», comentaría su nieta Nancy Chilton, que señaló que Bernie se había dedicado a coleccionar muebles Nakashima mucho antes de que empezaran a aparecer en el Metropolitan Museum; cuando solo tenía diez años, la llevaba al taller de carpintería de Nakashima en New Hope, Pennsylvania, y hacía que también lo acompañara en sus expediciones en busca de relojes antiguos.

En cuanto a su escandaloso primer divorcio, lo cierto es que Bernie y Byrdine siguieron siendo tan buenos amigos que a veces él la presentaba como su «otra mujer» (habida cuenta de que contrajo un tercer matrimonio, en esta ocasión con Ruth, con la que tanto Byrdine como Margery, su hija, insistieron en que se casara, logrando persuadirlo de que venciera su renuencia tras el fracaso de su segunda boda).[17] El caso es que Bernie logró mantener a raya su exasperación ante la pareja de moralistas formada por Bess y Herman, entre otras cosas porque quería muchísimo a sus sobrinos. «Sandy era como su otro yo habitualmente encantador», comentó de pasada después de una visita efectuada a la familia de su hermano en 1966, aunque el principal asunto tratado en su carta era Philip, ya bastante famoso por entonces, al que calificaba de persona de gran «dignidad, refinamiento y hermosura», y al que Bernie había llegado a considerar su alma gemela. («Son todos un hatajo de cabrones atraídos por el famoseo», comentó Sandy a propósito de esa preferencia compartida por muchos familiares.) «A mi manera —proseguía Bernie en su carta—, mis sentimientos se volcaron hacia Phillip [sic], y vi en él un ser humano muy singular. Ahora puedo comprender una cualidad que debe de emanar de su médula, algo que hace de él el genio que evidentemente es, y sencillamente tengo la sensación de que en el futuro sus escritos serán incluso mejores que los que ha producido hasta ahora, debido a esa rara cualidad que noto en su interior». Cabe suponer que Bernie se sintió vindicado tres años más tarde con el éxito mundial de Portnoy, obra que, dicho sea de paso, le permitió encontrar (y no solo a él, sino también a Byrdine) un nuevo mote gracioso para la esposa de Herman: «la señora Portnoy».[18]

* * *

Según el artículo de Roth escrito para la edición de 1965 de Midcentury Authors, el primer libro que causó en él un impacto decisivo fue la novela Citizen Tom Paine, de Howard Fast,[*] un «escritor mediocre, pero con mucho talento» (como lo calificaría más tarde), que atrajo su patriotismo juvenil y la creciente sensación de injusticia social que tenía. Cautivado todavía también por Corwin, el joven Philip se dedicaba a escribir novelas radiofónicas que eran meros ejercicios de aprendizaje, diría Sandy, semejantes a su propio «dibujo de la faja de Li’l Abner».[*] En Me casé con un comunista, el joven Nathan Zuckerman abriga la esperanza de impresionar a un severo profesor de la Universidad de Chicago, Leo Glucksman, con su novela radiofónica El secuaz de Torquemada, inspirada en Corwin y Fast. «¿Quién te ha enseñado que el arte consiste en eslóganes?» —le dice Glucksman en tono reprensivo—. Este guion tuyo es basura. Es horrible. Es exasperante. Es basura vulgar, primitiva, ingenua, propagandista». Más adelante, Roth se encontraría con mentores como Glucksman; por aquel entonces tenía a Irv Cohen, un exsoldado extremista que se había casado con su prima Florence en 1946. Aquel individuo larguirucho, pelirrojo y amigo de las discusiones, poseía en común con Philip algo más que una mera simpatía altruista por el hombre corriente; por lo pronto, los dos estaban locos por el béisbol, y Cohen lanzaba bolas al muchacho los domingos por la tarde y lo llevaba a los partidos de los Dodgers en Ebbets Field. Cohen trabajaba de camionero para la fábrica de cajas de su suegro, y a veces se llevaba consigo a Philip a realizar entregas; lo mejor era eso de pararse en alguna cafetería de carretera después de una larga mañana descargando el camión, cuando por fin se bajaban sudorosos de él como una pareja de verdaderos operarios.

Cohen se había criado en la más absoluta pobreza en Newark y había abandonado el instituto, por lo que abrigaba el resentimiento propio de un joven brillante que se había educado a sí mismo después de sufrir toda clase de privaciones. Roth recordaba que, al parecer, había leído varios libros por indicación de Cohen —Looking Backward, The Jungle, o Focus de Arthur Miller—,[**] pero el marido de su prima influyó en él sobre todo a través de su «empeño didáctico». A diferencia de su equivalente literario, Ira Ringold, Cohen no fue nunca un comunista de carnet, más bien cabría asociarlo con una amplia confederación de causas izquierdistas llamada Frente Popular; como tal, sería un partidario entusiasta de Henry Wallace, el candidato del Partido Progresista a las elecciones a la presidencia de 1948, cuyas virtudes intentó imbuir con obstinación a Philip. Cohen hizo de guardaespaldas de Wallace durante las apariciones que llevó a cabo en New Jersey a lo largo de la campaña electoral, y en una ocasión Philip lo ayudó a colocar las sillas para una reunión del Comité de Veteranos, favorable a Wallace. Tanto Herman Roth como su hermano mayor, Ed, no veían con buenos ojos la política de Cohen. «¡A mí no me vengas con esa mierda comunista!»,[19] era la cantilena que soltaban habitualmente cada vez que se ponían a discutir con el joven Cohen, que parecía especialmente decidido a imponer su opinión en presencia de su protegido, Philip, que a su vez se sentía profundamente desgarrado: los dixiecrats[*] de Strom Thurmond estaban consiguiendo arañar votos a Truman, y votar a Wallace podía contribuir a que las elecciones se decantaran a favor del republicano Thomas Dewey. Al final, Philip sintió alivio por no tener todavía edad para votar y se puso contentísimo cuando ganó Truman. También con la misma rapidez acabó desencantándose de la «ideología simplista» de Cohen, aunque sintió siempre ternura por él y asistió a su funeral, en 2003. En el cementerio preguntó a Florence dónde estaban enterrados sus padres y resultó que su sepultura estaba al lado, junto a la de su escandaloso yerno. «Bueno, papá —comentó Florence—. Aquí está Irv. Ahora ya tienes a alguien con quien discutir».[20]

Para Sandy —y también quizá indirectamente para Philip—, el mentor más importante de la familia fue el hermano pequeño de Bess, Mickey, artista de humildes recursos y soltero. Mickey tenía un pequeño estudio fotográfico en Filadelfia, en el que coloreaba a mano los retratos que hacía en blanco y negro, y dormía en un sofá que tenía en el cuarto trasero. Durante los veranos cerraba la tienda y viajaba al extranjero para visitar los grandes museos de Europa, donde reproducía las obras de los maestros antiguos con un grado impresionante de pericia técnica.[**] Más o menos desde los trece años, no se vería prácticamente nunca a Sandy sin un cuaderno de dibujo en las manos y la facilidad que tenía para sacar rápidamente el parecido a sus modelos les resultaba pasmosa tanto a Philip como a sus amigos. Cuando empezó la enseñanza media, Sandy quiso matricularse en la Escuela deArtes, de carácter vocacional, lo cual habría supuesto un trayecto de media hora en autobús, pero sus padres prefirieron que se quedara en algún sitio más cerca. Fue Mickey el que propuso una solución de compromiso, y de ese modo el muchacho empezó a asistir a clase cada sábado en la alma mater de su tío, la Liga de Estudiantes de Arte de Manhattan. Philip se quedó de piedra cuando se enteró de que su hermano adolescente iba a pasarse un día a la semana con una mujer desnuda en la misma habitación, y en los diversos libros de arte que Mickey le regaló había incluso más cuerpos desnudos, entre ellos la obra clásica de dibujos anatómicos de George Bridgman, antiguo profesor de Mickey.

Tras acabar el instituto, Sandy se enroló en la marina durante dos años, y cuando se licenció en 1948, se matriculó como estudiante de arte comercial y publicitario en el instituto Pratt de Brooklyn, con todos los gastos pagados en virtud de la G. I. Bill.[*] Sandy volvía a casa a Newark casi todos los viernes por la noche, extendía papeles de periódico sobre la mesa del comedor, montaba su caballete y los demás materiales necesarios, y se sentaba allí a hacer sus ejercicios hasta que se marchaba de nuevo a Nueva York el domingo por la noche. Por aquel entonces la casa de los Roth se había convertido en un centro social para los amigos de los dos hermanos, y mientras Sandy trabajaba, iban llegando «Buicks de segunda y de tercera mano»[21] y la casa se llenaba de ruidos de charlas y de risas. A Bess le encantaba dar de comer a tantos chicos judíos, todos ellos a cuál más simpático, y Herman se ponía a jugar a las cartas con ellos y a contar chistes. Los miembros del círculo de Sandy, formado por jóvenes de veinte años que todavía estaban preparándose para ejercer su profesión, rondaban alrededor de Bess y Herman «metiendo escándalo, pero sin ser nunca obscenos»; en cambio, cuando estaban solos, su conversación enseguida empezaba a girar alrededor del sexo. «¿Qué vas a sacar?», se preguntaban unos a otros acerca de sus ligues de los viernes por la noche. Aquel era el momento en que brillaba el chistoso Arnie Gottlieb, un amigote de Sandy de sus tiempos en la marina, que dejaba boquiabierto a Philip, auténticamente «hipnotizado», con su ingeniosa procacidad: «Fue el primer artista cómico al que vi actuar en directo —recordaría el escritor—. Yo también tenía algún talento en esa dirección, pero Arnie fue un modelo inolvidable».

Durante el último curso en el instituto, Philip y Marty Weich empezaron a salir en pareja con dos primas bastante monas, Betty Rogow y Joan Gelfman, y la cosa continuó hasta el baile de graduación. Cuando acabó el baile, sus amigos tenían pensado reunirse en un local de Times Square, Billy Rose’s Diamond Horseshoe, y Philip —que nunca bebía alcohol, como no fuera algo kosher de Manischewitz durante las fiestas de Pascua— preguntó a su madre qué bebida podía pedir. Bess, que no era mucho más aficionada a la bebida que su hijo, le sugirió que pidiera un Canasta Collins, y el chico así lo hizo. El camarero se quedó mirándolo desconcertado por un momento («probablemente no existía semejante cosa»); a continuación, lo anotó en su cuaderno y preguntó a los demás. Uno tras otro, todos fueron pidiendo Canasta Collins.

Según el anuario de su escuela, Roth formó parte de la comisión organizadora del baile de graduación y parece que respondía a la descripción sumaria del personaje que figuraba debajo de su foto: «Un chico dotado de verdadera inteligencia,/unida a un gran ingenio y sentido común». La parte correspondiente al ingenio se vería reflejada en detalles tales como su «sueño» de llegar a ser nombrado «Embajador en Slabbovia Inferior» (tanto Sandy como él eran aficionadísimos a Li’l Abner)[*] o incluso ser elegido «Delegado de 5.º B» (alusión tal vez a su condición real de subdelegado de 4.º A). El sentido común y la fortaleza de carácter vendrían confirmadas por los otros cargos desempeñados: formó parte tanto del consejo de alumnos de su curso de 4.º A como del consejo escolar del instituto y desempeñó la función de Sagamore («un gilipollas encargado de vigilar el vestíbulo —explicaría más tarde— que estaba sentado en una silla en una de las entradas de la escuela durante su hora libre con el cometido de comprobar que no entrara nadie en el edificio que no tuviera permiso»).

Por lo demás, el repelente niño prodigio de la escuela primaria que se saltó un curso entero («¡Tierra a la vista!») se había convertido en un chico normal, más o menos diligente. El eximio escritor que un día aparecería en la portada de Le Nouvel Observateur como «Philippe Roth/Le roi» fue un alumno mediocre de francés cuya costumbre de pasarse la clase charlando con Dorothy Brand fue castigada en cierta ocasión de forma notoria por su tiránica profesora, mademoiselle Cummings, que, dando una palmada, los obligó a levantarse y a permanecer de pie en silencio durante «quince minutos de reloj».[22] Como alumno de español era un poco mejor, pero los dos idiomas se desvanecerían de su mente con el tiempo y en la edad adulta sería exclusivamente monolingüe. En general, Roth era un alumno de notable que de vez en cuando sacaba sobresaliente en asignaturas como inglés e historia, aprobado en matemáticas y educación física e incluso suspenso en física («aprendí lo que es ser un tonto en física»). Semejante expediente parece bastante mediocre comparado con la habitual inflación de las notas de época posterior, pero en el instituto de Weequahic, en 1950, era lo bastante bueno para situar a Roth en el respetable puesto decimoquinto de una brillante e industriosa promoción de ciento setenta y tres alumnos. Sin embargo, nadie podía figurarse que en el futuro llegara a Comendador de la Legión de Honor. Cuando The New York Times envió un periodista a Weequahic tras la fama alcanzada por su libro El mal de Portnoy, sus profesores se mostraron unánimes afirmando que era un alumno «inteligente, pero no llamaba la atención»,[23] y su amigo Stu Lehman no pudo por menos que jactarse de haber sacado mejor nota en inglés que él (¡y eso que estaba estudiando el curso preparatorio de medicina!) en el examen de acceso a la universidad.

* * *

Roth se graduó el 25 de enero de 1950 y no empezaría la universidad hasta el otoño; mientras tanto, su familia y él tuvieron que soportar una tragedia que los perseguiría para siempre. Ethel (Ettie), la cariñosa tía de Philip, hermana mayor de Bess, había sido la lista de la familia, trabajando como contable de su padre desde que era apenas una adolescente. Bess y ella se querían con locura y se parecían mucho, pero Ethel vivía en Pelham, en el estado de Nueva York, y las conferencias telefónicas eran un lujo. Casada con el dueño de una tintorería, Max Greiss, Ethel seguía siendo «una mujer simpatiquísima»[24] pese a sufrir algunas desgracias verdaderamente desalentadoras: su hijo, Philip, padecía colitis ulcerosa, y su hija, Helene, era discapacitada mental. Durante las visitas que ocasionalmente hacían a Weequahic, los dos Philip (ambos habían heredado el nombre de su abuelo) iban dando un paseo hasta el campo de béisbol de la escuela, atendiendo de vez en cuando a Helene para interesarse por sus divagaciones.

Aquella primavera Ethel estaba en fase terminal, tras detectársele un cáncer de lengua que se había extendido a la garganta y a los ganglios linfáticos. Necesitaba que la cuidaran a todas horas, pero su marido estaba demasiado ocupado atendiendo su negocio, y sus hijos tenían también sus propias necesidades. Bess se ofreció a cuidar a Ethel el tiempo que hiciera falta. Como Sandy estaba estudiando en Pratt, propuso dejar que Ethel ocupara su cama, por lo que Philip debería elegir entre compartir la habitación con su tía moribunda o dormir en el sofá del salón. «Yo quise demostrar que era fuerte», recordaría Roth, y por supuesto quería a Ettie y no estaba dispuesto a echarse atrás e incumplir con el deber de cuidarla. La mujer estaba perfectamente lúcida y sentía unos dolores angustiosos, por lo que a menudo pasaba mala noche y no podía disimular su sufrimiento; además, le habían cortado la mitad de la lengua, por lo que, como mucho, hablaba de una manera «espeluznante». «No era raro que así fuera —recordaría Roth—. La mayor parte de los chicos no han tenido que soportar una cosa así, a menos que hayan estado en una zona de guerra». Aun así, Philip quedó profundamente impresionado por la compasión de la que hicieron gala sus padres. El cariño y la atención demostrados por Bess fueron impecables, y Herman se empeñaba en fingir que Ethel estaba mejorando, ayudándola a ponerse de pie cada noche y obligándola a dar un «paseíto» por el salón: «Así se hace, Ethel, tú puedes», decía,[25] mientras la llevaba dando pasos tambaleándose de un mueble a otro, aunque casi no pudiera mover los pies.

Finalmente la admitieron en el hospital Mount Vernon, cerca de Pelham, donde falleció en junio. Nadie había dicho a Dora que su hija mayor estaba sucumbiendo lentamente a una terrible modalidad de cáncer; antes bien, le contaron que Ethel había sufrido un derrame cerebral repentino del que no se había recuperado. De nada sirvió: Dora empezó a decaer y murió en el febrero siguiente. En cuanto a Philip, aunque a menudo afirmara que le había «encantado» tener aquella experiencia («supuso un aprendizaje tremendo»), su hermano pensaba que había sido «terriblemente traumática» para un joven tan impresionable. Curiosamente Philip se mostraría luego convencido de que su tía había muerto en 1946, cuando él era todavía más joven y más vulnerable; más adelante, se quedaría sorprendido cuando le recordaran que aquel episodio de su vida había ocurrido en realidad poco después de terminar el instituto. Recordando a Ethel en una entrevista grabada en 2004, acabó por echarse a llorar y no pudo hablar durante largos intervalos. «Fue mucho lo que aprendí —dijo con voz entrecortada en un tono extrañamente infantil—. Lo vi todo, y recuerdo haberlo visto [...] sin mi hermano. Mi hermano se había marchado». Además, lo afectó mucho la aflicción de su madre, que no desapareció nunca. A Helene, la hija de Ethel, la mandaron a una casa de acogida al norte del estado de Nueva York más o menos un año después de la muerte de su madre, y una noche, muchos años después, Bess estaba viendo un reportaje por la tele sobre esa misma institución cuando de pronto apareció en la pantalla una Helene adulta: era «igualita» que su madre, y por tanto igualita que Bess, que no pudo por menos que echarse a llorar. Lo más cerca que llegó Roth a convertir aquella dura prueba en una historia de ficción fue en La conjura contra América, donde su pequeño primo Alvin, al que han amputado una pierna, comparte habitación con Philip. En la vida real no podría por menos que recordar el tormento padecido por Ethel cuando él mismo sufriera, como sucedería muchos años después, un insoportable dolor de espalda que se intensificó cuando intentó dejar la Vicodina. «¡Esa pobre mujer! —empezó a decir entre sollozos—. ¡Esa pobre mujer!».

Capítulo 5

5

En vista de que tenían que matar el tiempo durante ocho meses antes de ingresar en la universidad en otoño, Roth y un par de compañeros suyos de 4.º A recién graduados como él, Bob Heyman y Gerry Lechter, encontraron empleo como dependientes en unos grandes almacenes especializados en saldos, S. Klein, que iban a abrir una nueva sucursal en Br

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos