Lo que yo vi

Laura Esquivel

Fragmento

Lo que yo vi

PRÓLOGO

Hace 72 años abrí mis ojos por primera vez. Desde entonces el mundo no ha dejado de sorprenderme. En mi memoria cuento con un archivo fotográfico bastante amplio y recurro a él con frecuencia. Sobre todo ahora que he pasado tantos meses de confinamiento buscando respuestas.

Si el sentido de la historia es la búsqueda del bien común, ¿en qué momento empezamos a interesarnos por el beneficio individual en vez del colectivo? ¿En qué momento aceptamos el discurso de la riqueza como el camino a seguir? ¿En qué momento el miedo comenzó a dictar nuestro comportamiento?

Estoy consciente de que el mundo visible tiene su origen en el invisible. El mundo exterior es un reflejo de la manera en que pensamos, de la manera en que imaginamos, de la manera en que soñamos y, por qué no, de la manera en que amamos. Todos hemos participado en el sostenimiento de un modelo que ahora se nos presenta como obsoleto. Muchas de las cosas que antes de la pandemia funcionaban ya no lo harán. El mundo ya cambió. Mi forma de verlo también.

Uno nunca ve lo mismo que el de al lado a pesar de que ambos estén presenciando el mismo acontecimiento. Uno ve lo que quiere ver. Lo que le enseñaron a ver. Lo que puede ver desde el lugar en donde esté colocado, pero nunca obtiene una visión de 360 grados. Para lograrlo sería necesario observar las cosas fuera del cuerpo y tal vez por eso veo mucho mejor con los ojos cerrados.

Desde esa mirada interna me gustaría iniciar una conversación con ustedes sobre lo que yo vi. Qué imágenes me han acompañado. Cuáles me marcaron, cuáles me transformaron. Cuando era niña veía cosas que ahora no veo y ahora veo cosas que antes me pasaban desapercibidas. Lo importante del caso será rescatar de entre esos pequeños fragmentos de vida vivida el anhelo de toda una comunidad que quiso construir un mundo mejor.

Lo que yo vi
Lo que yo vi
Lo que yo vi

ENTREGA 1

ací dentro de una casa ubicada en la colonia Santo Tomás. En la calle de Prolongación de Amado Nervo 44, que se encontraba justo enfrente a la casa de mis abuelos maternos. En un entorno completamente familiar. Y es que antes de que mis ojos, esas sofisticadas cámaras de cine, se formaran, antes de que mi madre fuera mi mamá y mi padre fuera mi papá, ya vivían en esa colonia. Ahí habían crecido, ahí se habían conocido, ahí se habían enamorado y finalmente casado.

Mi mamá fue la décima hija de una familia de 12 hermanos. Era una mujer bella, alegre, líder absoluta que gustaba de bailar y cantar. Mi padre, el más pequeño de una familia de 12 hermanos, fue un hombre deportista, poseedor de un gran sentido del humor, que en su juventud gustaba de tocar la guitarra y llevar serenatas a mi mamá al pie de su balcón, cosa que nunca se le dificultó a pesar de que la familia de mi mamá algunas veces se mudó de casa, pues siempre hubo un balcón disponible para que pudiera hacerlo.

En mi colonia la vida sucedía la mitad del tiempo en el interior de las casas y la otra mitad en la calle, territorio compartido. A todos nos pertenecía. Las riñas callejeras sucedían como hechos aislados pero nunca se convirtieron en un problema de seguridad pública. Era difícil que los miembros de una pandilla llegaran a los golpes con los de otra. Y en caso de que sucediera, nadie sufría lesiones mayores. Nunca sentí temor de jugar en plena calle ni de hacer mandados para mi mamá.

Todo estaba a la mano, la tienda de ultramarinos, la recaudería, la mercería, la papelería, la carnicería, la peluquería, la pollería, el puesto de periódicos, la taquería, el salón de belleza y una de mis tienditas favoritas, que estaba a contra esquina de mi casa. Era un pequeño local en donde las señoras llevaban sus medias a reparar cuando se les había corrido un hilo y era atendido por dos hermanas, una de ellas muda pero que se daba a entender muy bien, sobre todo a la hora de cobrar. Era apasionante ver cómo con la ayuda de una especie de punzón recogía el hilo prófugo y lo iba subiendo poco a poco hasta que lo reintegraba totalmente a su lugar. Las cosas se reparaban en ese entonces, se reciclaban, no se tiraban. Las cosas se fabricaban para que duraran muchos años.

¡¡¡El refrigerador que mi mamá compró cuando se casó sigue funcionando!!! Ahora los fabrican de tal forma que en dos o tres años el motor se arruina y tienes que adquirir uno nuevo, en una lógica absurda de consumismo. Antes uno lucía con orgullo el reloj heredado del abuelo. Y yo sigo utilizando los sartenes de hierro forjado que mi abuela trajo con ella cuando dejó Piedras Negras, su tierra natal, para venir a vivir a la capital en tiempos de la Revolución mexicana.

La vida dentro de mi colonia era muy agradable. Todo aquello que necesitáramos podíamos obtenerlo con sólo caminar unos cuantos pasos. Debajo de mi casa estaba la farmacia que atendían Maruca y Agustín. A unos pasos, estaba la panadería en donde comprábamos el pan recién salido del horno y a la vuelta de la esquina estaba la tortillería en donde las tortillas se hacían a mano. Muchas veces me tocó hacer la fila eterna de las tortillas. Las tortilleras palmeaban la masa de maíz sentadas en círculo frente a un gran comal de barro colocado sobre brasas. Lo hacían a gran velocidad pero aun así tomaba un rato antes de que un kilo de tortillas estuviera listo. Estoy segura que los jóvenes de esta época que tuvieran que hacer la cola de las tortillas sin un celular a la mano fácilmente experimentarían síndrome de abstinencia. Se les haría difícil entender que ese tiempo de espera valía la pena, no sólo por el sabor de las tortillas sino porque uno nunca hacía la fila totalmente solo, siempre pasaba por ahí algún amigo y se detenía a conversar con nosotros.

Enfrente de mi casa y justo debajo de la de mi abuela había una tienda en donde se vendían unos combustibles que no eran otra cosa que unos paquetes rellenos de serrín para calentar el “boiler”, ya que no teníamos calentador de gas.

Tengo muy claro el recuerdo de una tarde de verano en que mi mamá calentó el agua del “boiler” para que me bañara. El cuarto de baño era pequeño pero tenía lo indispensable: una tina, un lavamanos y un WC con su caja de depósito de agua en un nivel superior que uno accionaba al jalar una cadena. Por la ventana del baño uno podía ver el cielo. Esa tarde se filtraban los colores del atardecer que abarcaban una gama enorme de tonalidades que iban del rosa al morado pasando por el amarillo-naranja encendido. Ese baño de luz tocó mi corazón llenándolo de serenidad y provocó que en mi memoria se quedara grabada por siempre la imagen del cielo junto con el olor del combustible que se estaba quemando, el sonido del silbato del vendedor ambulante de camotes que pasaba bajo la ventana, la luminosa sonrisa de mamá y una sensación de paz indescriptible. A la distancia de los años puedo decir que esa tarde experimenté un momento de dicha tan enorme que lo puedo catalogar como un momento de amor.

Años después, cuando tenía aproximadamente 13 años, estaba sacudiendo y trapeando el comedor como parte de las labores domésticas que se nos asignaban a mis hermanas y a mí, mismas que eran supervisadas meticulosamente por mi mamá. Si ella no daba el visto bueno, había que sacudir y trapear de nuevo. Bueno, el caso es que en el comedor había una consola para escuchar discos y aproveché la oportunidad que tenía de estar sola en ese espacio para disfrutar un disco de Bobby Vinton que recién había adquirido en la disquera Orfeón, que estaba ubicada a una cuadra de mi casa sobre la calzada México Tacuba, avenida que tristemente pasaría a la historia debido a que en el año de 1971 un grupo paramilitar llamado Los Halcones reprimió brutalmente una manifestación estudiantil.

Yo descubrí a Bobby Vinton en un programa radial que se trans

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos