Warhol

Blake Gopnik

Fragmento

libro-4

Preludio

MUERTE

Andy Warhol murió, por primera vez, el 3 de junio de 1968 a las 16.51 horas. O ese fue el descarnado veredicto de los médicos internos y residentes de urgencias del hospital Columbus de Nueva York. Unos veinte minutos antes, el artista había recibido un disparo de manos de Valerie Solanas, una vividora que solían rondar por la Factory, el famoso estudio del artista que este había trasladado poco antes a una nueva ubicación en Union Square. En el tiempo de espera hasta que llegó la ambulancia, Warhol se fue desangrando lentamente, aproximándose cada vez más a la muerte. Cuando el paciente ingresó en el hospital, que se encontraba a pocas manzanas de distancia, los jóvenes médicos de urgencias ya no pudieron encontrarle el pulso. No tenía presión arterial. Estaba del mismo color que el papel de periódico, con un matiz azulado. Según todos los indicadores habituales, aquel caucásico de treinta y nueve años, metro setenta y tres de estatura, y sesenta y seis kilos, había ingresado cadáver.

En el momento en el que la víctima, a todas luces difunta, estaba siendo trasladada en una camilla, un brillante cirujano privado de cuarenta años, llamado Giuseppe Rossi, se encontraba en la unidad de cuidados intensivos haciendo una revisión a un paciente en recuperación. Oyó la llamada por la megafonía del hospital y corrió hasta urgencias para ver si podía ayudar en algo. Mientras sus asistentes le informaban sobre el caso, se dispuso a hacer una revisión final del reciente cadáver en el mismo lugar en el que este yacía inmóvil, con los ojos cerrados, empapando la camilla de sangre. Le levantó uno de los párpados y observó cómo una pupila se contraía, aún con vida, ante el resplandor de las luces del hospital. Todavía había trabajo que hacer.

Rossi se apresuró a buscar la causa de que su paciente, a quien tomó por alguno de los vagabundos de Union Square, se encontrara en estado de traumatismo. Dio con el orificio de entrada de la bala, una herida limpia en el costado derecho del cuerpo de Warhol, a media altura del pecho, y también con la violenta hemorragia provocada por el irregular orificio de salida, en la zona izquierda de la espalda. Los médicos prepararon un drenaje torácico para evitar que el pulmón derecho fallara, le metieron un tubo de respiración por la tráquea, empezaron a bombear oxígeno, pidieron sangre y llevaron al paciente corriendo por los pasillos y el ascensor para llegar al quirófano antes de que muriera.

Warhol tuvo mucha suerte de que su médico fuera Rossi aquel día. El cirujano había emigrado de Italia después de la guerra, en un momento en que el sistema médico estadounidense estaba en expansión, y esto le permitió formarse en el novedoso campo de la cirugía a corazón abierto. Aun así, un extranjero como Rossi podía tener dificultades para conseguir que lo contrataran como personal de un hospital, por lo que se dedicaba a recorrer las salas de urgencia de toda Nueva York en busca de pacientes, incluso en Harlem, donde había podido ver un buen número de heridas de bala. Años antes de que los hospitales contaran con especialistas en trauma, Warhol terminó, por pura casualidad, en manos de un cirujano torácico altamente capacitado que lo sabía todo sobre balazos.

Los residentes seccionaron las venas de Warhol a la altura de los codos, le colocaron vías de sangre y fluidos; y le dejaron unas cicatrices que, en los brazos de un asiduo asistente a misa, podrían haber pasado por estigmas. Sin perder tiempo con los prescriptivos cinco minutos de lavado de manos, Rossi se apresuró a buscar el origen de la hemorragia que estaba a punto de convertir en un cadáver el cuerpo que tenía delante. Abrió el pecho de Warhol seccionándolo por el costado izquierdo —los primeros tejidos estaban totalmente drenados y no sangraron al cortarlos— y descubrió un feo desgarro en el lóbulo inferior del pulmón, del cual se ocuparon momentáneamente unas enormes pinzas metálicas. El anestesista alertó de una parada cardiaca mientras Rossi se afanaba, así que este seccionó la membrana que envolvía el corazón de Warhol —que la bala había mantenido intacto— y masajeó el órgano con la mano. De nuevo, el artista volvía a esquivar la muerte.

Después, Rossi le abrió por el costado derecho, practicando un corte casi desde la herida de entrada de la bala hasta el esternón para hacer una comprobación de daños. Según las versiones, fueron tres o cuatro balas las que perforaron el cuerpo de Warhol, o una sola, que rebotó en el interior de su torso como un pinball infernal, pero lo que encontró Rossi es que al moribundo lo había atravesado, completamente, una sola bala. Detectó el punto en el que había dañado la vena cava inferior —que atraviesa el cuerpo como una manguera y devuelve la sangre de las piernas al corazón—, y descubrió que allí se había formado un coágulo que estaba impidiendo que Warhol se desangrara al momento. Seccionó de nuevo el pecho del moribundo, desde la parte inferior del esternón y cruzando los abdominales, directamente hasta el ombligo, y lo abrió con un retractor de acero para tener una visión clara de los daños. «No había visto tanta sangre en mi vida», recordó Maurizio Daliana, que entonces era jefe de residentes de cirugía.

Allí Rossi encontró más destrucción: dos agujeros en el arco del músculo del diafragma, pues la bala lo había perforado tanto por la derecha como por la izquierda; el esófago estaba separado del estómago, de modo que por la parte inferior salían la comida y el ácido gástrico; el lóbulo izquierdo del hígado estaba machacado y sangrando, y el bazo, completamente destrozado, perdía más sangre que ninguno de los demás órganos. La bala de Solanas había practicado también un agujero de borde irregular en los intestinos, liberando las heces, lo cual hacía que aumentaran las posibilidades de que se produjera una infección letal.

Había que quitar lo que quedaba del bazo, y el lóbulo dañado del hígado también era un caso perdido. Con unos enormes puntos de sutura, Rossi lo aisló del resto del órgano para poder seccionarlo sin que se produjera más pérdida de sangre, que a pesar de la transfusión, seguía escapándose de su cuerpo por todos los nuevos orificios practicados. Al acabar la operación, Warhol había recibido doce unidades de sangre; normalmente, un cuerpo sin fugas contiene diez.

Justo cuando las cosas empezaban a estar bajo control, en el quirófano entraron de nuevo en crisis debido a la visita de los médicos principales del hospital. Estos comunicaron a los cirujanos que el hombre cuya vida más les valía salvar era la superestrella del arte Andy Warhol —el mismo que había dado fama al concepto de «superestrella»— y que, abajo, les estaba esperando una multitud de periodistas y groupies. «No puede morirse», decían los visitantes.

Rossi apenas había oído hablar del artista ni de sus excentricidades.

Volvió a concentrarse en el cuerpo abierto y prosiguió con las difíciles curas restantes. Se aplicó en los supurantes intestinos, eliminando la parte dañada y cosiendo los extremos limpios. Después, había que volver a unir el esófago seccionado, el procedimiento más peliagudo que tuvo lugar aquella noche. Rossi tuvo que emplear para ello los puntos más finos y asegurarse bi

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