El hombre que estaba rodeado de idiotas

Thomas Erikson

Fragmento

cap-1

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Ya cuando estudiaba en el instituto me di cuenta de que me llevaba mucho mejor con algunas personas que con otras. Con determinados amigos me resultaba fácil hablar, dábamos con las palabras adecuadas en todas las conversaciones, que fluían sin problemas. Nos caíamos bien y no había conflictos entre nosotros. Con otras personas, por el contrario, nada iba bien. Algunas de las cosas que yo decía se pasaban completamente por alto, sin que lograra imaginar por qué.

¿Qué hacía que comunicarme con algunas personas fuera tan fácil y que otras me parecieran estúpidas? Como era muy joven, no era un asunto que me quitara el sueño. Sin embargo, todavía recuerdo algunos incidentes que me hicieron preguntarme por qué, con independencia de mi comportamiento, algunas conversaciones fluían con naturalidad, mientras que otras no había manera de empezarlas; resultaba totalmente incomprensible. Recuerdo que comencé a utilizar métodos distintos para tantear a las personas. Probé a decir las mismas cosas en contextos similares para ver qué reacciones obtenía. A veces ocurría lo que me esperaba y surgía una conversación interesante. Pero en otras ocasiones, no pasaba nada: los demás me miraban fijamente como si fuera de otro planeta, que era exactamente como me sentía a menudo.

De jóvenes, todo nos parece fácil; de modo que las personas que dentro de mi círculo de amistades reaccionaban con normalidad se convertían automáticamente en los buenos. De igual manera, algo fallaba en las que no me entendían. No podía haber otra explicación. Siempre ocurría lo mismo. Por tanto, algo fallaba en algunas personas. Así que empecé a mantener las distancias con aquellas a las que no entendía. Seguramente esto se achacará a la inocencia de la juventud, pero lo cierto es que tuvo interesantes consecuencias. En los años siguientes, por desgracia, las cosas cambiaron.

Mi vida siguió adelante, con el trabajo, mi carrera, mi familia, mientras yo continuaba encasillando a las personas en dos grupos: el de las buenas y razonables y el grupo de las que no se enteraban de nada.

Cuando tenía veinticinco años, conocí a un empresario, Sture, que por entonces tenía unos sesenta años. Sture había fundado su propio negocio, en el que llevaba trabajando muchos años. Yo debía entrevistarle antes de que pusiera en marcha un nuevo proyecto. Comenzamos analizando cómo funcionaban las cosas en su empresa. Una de las primeras afirmaciones que Sture hizo fue que estaba rodeado de idiotas. Recuerdo que en aquel momento me reí, porque sonaba gracioso. Pero lo cierto es que Sture hablaba en serio. Se le encendía el rostro al explicarme que los trabajadores del departamento A eran idiotas; todos y cada uno de ellos. En el departamento B solo había tontos, que no se enteraban de nada. Por no hablar de los del departamento C, sin duda los peores: aquellos trabajadores eran tan raros y extraños, que Sture no se explicaba cómo conseguían llegar al trabajo por las mañanas.

Cuanto más le escuchaba, más me convencía yo de que había algo raro en todo aquello. Le pregunté si de verdad pensaba que cuantos le rodeaban eran idiotas. Mirándome fijamente, respondió que sí, que la mayoría de sus empleados no valían para nada.

Es más, Sture no dudaba en manifestar a sus trabajadores la opinión que estos le merecían. No dudaba en llamar «idiota» a cualquiera delante del resto de la plantilla de la empresa. En consecuencia, sus empleados huían de él. Nadie se atrevía a tener reuniones cara a cara con Sture: nunca se enteraba de las malas noticias, porque todos sabían que lo más probable era que echara la culpa a quienes se las llevaran. En una de las plantas de producción instalaron a la entrada del edificio una luz de advertencia; dicha luz, situada en el mostrador de recepción, era roja cuando Sture estaba en su oficina y verde si no se encontraba en las instalaciones.

Todo el mundo estaba al tanto; el personal al completo e incluso algunos clientes. Así que al entrar, miraban la luz para saber qué les esperaba. Si era roja, algunos simplemente se daban la vuelta y decidían volver en un momento más oportuno.

Es sabido que de jóvenes solemos tener muy buenas ideas, así que le formulé a Sture la única pregunta que se me ocurrió: «¿Quién ha permitido que entren todos esos idiotas?». Por supuesto, yo era consciente de que seguramente Sture había contratado a la mayoría de ellos. Lo que es peor: Sture también sabía que yo lo sabía, por lo que de forma tácita mi pregunta significaba: «¿Quién es el mayor idiota, entonces?».

Sture me echó de su oficina; más tarde me contaron que lo que realmente quería era coger una escopeta y dispararme.

Aquello me hizo reflexionar. Sture era un hombre a punto de jubilarse, sin duda un empresario competente y muy respetado por sus sólidos conocimientos en un sector de actividad determinado. Pero, literalmente, no era capaz de tratar con las personas. Como no lograba entender que el único recurso de una empresa que no puede copiarse son sus empleados, consideraba idiotas a aquellos a los que no entendía.

Dado que yo no pertenecía a la empresa, me resultaba fácil darme cuenta de lo equivocado de su razonamiento. Sture no comprendía que siempre se centraba en él mismo y que, por tanto, todos los que no eran cómo él, eran idiotas. Utilizaba expresiones que yo también solía usar para calificar a algunas personas: «cabeza hueca», «funcionario imbécil», «estúpido», «cerebro de chorlito». Aunque yo nunca habría llamado a nadie idiota, era evidente que tenía asimismo problemas con cierto tipo de gente.

La idea de ir por la vida pensando que estás rodeado de personas con quienes es imposible trabajar resulta atroz, pues implica que tu propio potencial vital está increíblemente limitado.

Intenté reflexionar sobre mí mismo. La decisión era fácil: no quería ser como Sture. Tras una reunión especialmente tensa con él y algunos de sus desafortunados empleados, me senté en mi coche con un nudo en el estómago. La reunión había sido un desastre. Todo el mundo había acabado muy enfadado. Fue en ese momento cuando me planteé seriamente tratar de desarrollar un saber que quizá sea el más importante de todos: cómo funcionan las personas. Puesto que a lo largo de toda mi vida iba a encontrarme con gente, era sencillo comprender que dicho conocimiento sería muy beneficioso.

Me puse a ello de inmediato. Empecé a estudiar cómo entender a aquellas personas a quienes me costaba entender. ¿Por qué hay gente callada y otra que no para de hablar?, ¿por qué algunas personas siempre dicen la verdad, mientras que otras siempre mienten?, ¿por qué algunos de mis compañeros llegan siempre puntuales y otros casi nunca?, ¿por qué me llevo mejor con unos que otros? (pues en verdad me llevaba mejor con algunas personas). Empecé a adquirir un conocimiento de la conducta humana que resultaba fascinante, y desde que emprendí ese viaje ya no volví a ser el mismo. Los conocimientos que obtuve me cambiaron como amigo, como colega, como hijo, como marido y como padre.

Este libro trata sobre el que quizá sea el método más utilizado para describir las diferencias que se dan en la comunicación humana. He usado variaciones de esta herramienta durante más de veinte años con excelentes resultados.

Todos tratamos con personas, todos t

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