El Jurista Enloquecido (El Jurista Enloquecido)

Abel Gende
Adrián Fernández

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Este libro recoge el testimonio real de aquellos que vivieron en sus carnes el cruento camino del Derecho o lo están viviendo.

La sociedad avanza hacia el progreso silenciando a aquellos que sobreviven de la fotosíntesis del flexo de su habitáculo, de los estímulos lumínicos del fluorescente amarillo y de dosis de café en cantidades industriales.

Seres mitad humanos mitad apuntes cuyos libros de cabecera son los textos de un escritor olvidado, pero autor de best sellers a la altura de Cervantes o Shakespeare: El Legislador.

Por eso este libro es necesario. Un libro que intenta dar voz a aquellos que se alimentan de hojas subrayadas y también glorificar a aquellos letrados que se adentran todos los días en tierra desconocida, cual conquistador español del siglo XVI, en busca de su El Dorado particular. Y el peligro es mucho, pues, por ejemplo, adentrarse en las profundidades del selvático Derecho Bancario es una gesta que seduce, pero que también puede destruir a sus colonos.

En cada capítulo se describirán varias situaciones jurídicas y pasajes de personajes que creyeron, cual Alejandro Magno, poder ser más grandes que el tiempo que les tocó vivir y soñaron con ser capaces de aprobar Derecho Administrativo como quien se cree respaldado por la voluntad divina. También podrán encontrar en este libro reflexiones y consejos que tienen el objetivo de entregar un mensaje claro y conciso para el lector, pero con una enseñanza filosófica tan profunda que la jurisprudencia todavía no se ha atrevido a valorar ni aceptar. La enseñanza es la siguiente: «¡Sed libres, como el artículo 612 del Código Civil!».

cap-2

FASCINANTE

Engullir papeles
cual héroe espartano

De entre todos los sujetos de derecho posibles en este mundo, seguramente el más fascinante de todos sea el jurista. Y lo es, en gran medida, por su habilidad para digerir con tanta facilidad kilos de papel sin ningún miramiento. Ningún libro que puedas encontrar, por muy grande que sea, atemorizará a un jurista.

Y ahí es donde reside su gran poder, en ser capaz de comerse más papeles, de comérselos mejor e, incluso, de sacarles mayor provecho que cualquiera de los demás sujetos posibles de la sociedad: el jurista es como ese cuadro de las Pinturas Negras de Goya donde el dios Saturno está devorando a un hijo, pero con papeles.

Hoy en día, la habilidad de saber leer es bastante común entre las personas físicas, pero una cosa es saber leer y otra muy distinta es tener la capacidad de engullir papeles en cantidades industriales y consumirlos de manera lúcida desde el primero hasta el último, sin decaer, cual héroe espartano.

La calidad de la interpretación es lo de menos, pues cuando eres el primero en llegar a un sitio, lo importante no es cómo llegaste, sino simplemente el hecho de haberlo conseguido. No importa cómo llegó Cristóbal Colón a América, si fue más rápido o si se perdió durante la ruta, pues la gesta de pisar tierra desconocida es tan grande que eclipsa cualquier otro aspecto del viaje.

De igual manera, cuando una sentencia tiene novecientos folios, tras leerla llega a un punto de entendimiento inalcanzable para sus semejantes, y todo lo que diga sobre lo leído parecerá un mito fabuloso que se transmitirá como los cantares de gesta, por tradición oral, y se escribirán artículos de periódico y resúmenes en bases de datos versionando la primera fuente: LA SUYA.

Lograr ese poder requiere un tiempo que el jurista no está dispuesto a sacrificar. Por ello, cada minuto de lectura superficial ha de aprovecharse como si fueran horas de estudio en profundidad, y ahí es donde entra en juego la capacidad. Es posible que el jurista haya nacido con una capacidad innata para el entendimiento (o puede que no), pero cualquier aptitud, por extraordinaria que sea, nunca será suficiente: hay que bañarse en cafeína.

Y tras este «ritual del baño», el jurista emerge del bajón mimetizándose con la cafeína hasta convertirse en un ser con una capacidad de obrar sin precedentes.

Progresivamente, sus sentidos se van aguzando, sobre todo su visión, y es entonces cuando siente la necesidad irrefrenable de recibir estímulos lumínicos, una necesidad que solo puede satisfacer de una forma: con más fluorescencias amarillas en los papeles.

Y comienza a subrayar poseído por una inexplicable y primitiva inspiración, pintando así lo que será su obra de arte, cual óleo sobre lienzo: sus apuntes, su creación.

Esta obra maestra lo acompañará durante todo el cuatrimestre en su viaje hacia el suspenso más cruel o el aprobado más glorioso, y quedará en este último caso relegada al olvido de la derogación.

Por ello, en esta afirmación, jurisprudencia y doctrina sí son unánimes: el jurista es fascinante.

cap-3

FAMA O ANONIMATO

En búsqueda de
la gloria por la gloria

Cuando el héroe griego Aquiles tuvo que decidir entre la fama o la vida, no se lo pensó ni un segundo. Dar la vida le parecía un precio muy bajo por conseguir su ansiada gloria imperecedera y pervivir para siempre en la memoria de los hombres libres.

Siendo francos, para Aquiles el precio que pagar por la gloria solo era morirse, que es algo horrible, sí, pero es un momento y ya está, objetivo cumplido.

En cambio, si su dilema hubiera sido elegir entre estudiar Procesal o el anonimato, hoy en día nadie conocería al guerrero de Troya.

Porque Aquiles era un héroe, no un suicida.

«Bienaventurados aquellos que eligen presentarse a Procesal en la primera convocatoria de enero, pues su valentía eclipsará su suspenso», dijo el Evangelio de Mateo. No es verdad, ¡pero debería haberlo dicho!

Porque la convocatoria de Procesal es, de entre todas las carnicerías, la más sangrienta. Cuenta la leyenda jurídica que en cierta convocatoria hubo más suspensos que presentados y que los alumnos suspensos se hacinaban en los pasillos formando una macabra escena mientras sonaba un réquiem funesto que a ninguno de los presentes lo dejó indiferente. Puede que sea cierto o quizá me lo esté inventando yo ahora, pero seguro que un escalofrío recorre igualmente todo tu cuerpo, porque tú, lector conocedor del traumático yugo de Procesal, sabes que bien podría ser verdad.

Te invito a que guardes ahora un minuto de silencio por todos los amigos que cayeron.

Pero imaginemos por un instante que buscas, como Aquiles, la gloria por la gloria, sin importarte el precio por pagar, y tu notoria temeridad y desprecio por la vida te empujan a presentarte a una de estas alegorías del fracaso, manifestando un desdén absoluto por el aprobado.

Imaginémoslo.

Deseoso de ser protagonista de una hazaña sin precedentes, te pones a leer las preguntas del examen:

«Esta no

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