De becario a ciudadano (El Jurista Enloquecido)

Abel Gende
Adrián Fernández

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Pocos son los que recuerdan quién fue Ticio, y menos aún los que mantienen vivo su legado.

En cierta ocasión, Napoleón Bonaparte dijo: «Aquel que no conoce su historia está condenado a repetirla», y lo cierto es que no le faltaba razón. Todos, estudiemos Derecho o no, nos enfrentamos a diario a los mismos conflictos a los que se enfrentó Ticio y, por desconocimiento, ignoramos sus valiosas enseñanzas.

Ticio pudo haber sido cualquiera. De hecho, incluso el mismísimo Ticio no quería ser Ticio, pero no tuvo elección, pues fueron los terribles acontecimientos que le tocó vivir los que lo obligaron a convertirse en quien era y a forjar su leyenda tal y como la conocemos en la actualidad.

A pesar de que gran parte de su vida sigue siendo, hoy por hoy, un misterio, en este libro hemos recopilado todas las historias y enseñanzas de Ticio que han llegado hasta nuestros días. (Y de ninguna manera me las estoy inventando ahora sobre la marcha.)

Una vez se profundiza en el periplo vital del protagonista de las páginas que siguen, resulta fácil fascinarse ante la magnitud del personaje, pero Ticio no era mejor que cualquiera de nosotros. Ese es el gran mensaje de este libro: todos podemos ser Ticio; en realidad, todos somos Ticio, pero no lo sabemos. Ticio es aquella voz irracional que te anima a arriesgarte, a querer más, a no conformarte, a errar y a levantarte… Lo único que tienes que aprender es a escuchar.

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EL LIBRO RECOMENDADO

De cuando Ticio presenció la revolución que tanto

lo inspiraría en el futuro

El docente se dirigió a los presentes y les dijo:

—La bibliografía recomendada es un manual escrito por mí. En él encontraréis todo el temario. Podéis traerlo al examen para consultarlo, pero, eso sí, tiene que ser el libro original, nada de fotocopias. De lo contrario, estaréis cometiendo un delito.

En esta triste época estudió nuestro mártir protagonista, el gran Ticio, en pleno corazón del Antiguo Régimen. La nobleza docente percibía ingresos provenientes de la venta impostada de sus libros, cual impuesto revolucionario, por el simple hecho de ser quienes eran y de pertenecer a la clase social a la que pertenecían. Y el pueblo, indefenso, debía contribuir.

Pero no los juzguéis. ¿Qué opciones tenían esas gentes? Comprar aquellos ejemplares se presentaba como un mal menor y necesario para, al fin, conseguir el tan ansiado aprobado en la asignatura del cacique y convertirse en ciudadanos libres. Mejor no cuestionar; los nobles amasaban demasiado poder.

Quizás tenían razón y la más sabia de las decisiones pasaba por jugar a aquel juego infernal con sus reglas para así ganar y, una vez que se tuviese el poder necesario para autoproclamarse dueños del juego, destruir el sistema desde dentro. «Un día seré profesor y entonces no impondré que se compre mi libro, o quizás sí, porque la verdad es que vaya negociazo asegurado…», pensaba Ticio. Las dudas de nuestro héroe no hacían más que confirmar su pensamiento anárquico, cada vez más radical, mientras en el mundo real seguía plegándose a todos y cada uno de los caprichos del cuerpo docente. No obstante, para sí se decía: «La decisión de todo un pueblo no puede estar en manos de una persona, pues la carne es débil y, tarde o temprano, todos somos tentados por intereses individuales».

Cierto día, en una redada rutinaria confiscatoria de material fotocopiado, una figura emergió del maltrecho populacho estudiantil y alzó la voz hacia los presentes: «¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será llamado justicia y la justicia del pueblo, barbarie o revolución?».

El silencio sepulcral que provocó aquella osadía pronto fue seguido por vítores cada vez más atronadores. El valiente compañero que había roto la baraja respondía al nombre de Maximilien Robespierre y, aunque aún no lo sabían, aquellas palabras acababan de iniciar una revolución.

El populacho, embravecido, siguió a aquel iluminado hacía La Bastilla, el lugar donde se encontraba la biblioteca de la facultad, armado con fluorescentes, bolígrafos y cualquier material punzante que encontraron de camino a la libertad.

Una vez allí, expoliaron todos los ejemplares del libro recomendado por el cacique y se presentaron al examen con ellos. No había duda de que los alumnos habían llevado las obras originales a la prueba, así que el docente no pudo negarles la entrada y tuvo que abdicar a favor de la revolución.

Pero, para ser sinceros y hacer honor a la verdad, estos hechos tan honorables nunca pasaron, y tanto Ticio como sus compañeros compraron todos y cada uno de los libros que les recomendaron todos y cada uno de los caciques, sin cuestionar ni un ápice su condición servil.

Tenéis que entender mi posición: mi deber como narrador de las andanzas del gran Ticio es adornar un poco sus orígenes para que alcance el estatus de héroe que tanto merece.

Todo lo que relato en este libro, menos lo que nunca pasó y lo que me invento, responde estrictamente a la verdad.

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EL DIÓGENES DEL PAPEL TITULADO

De cuando Ticio acabó

pereciendo sepultado

Entre todos, crearon al monstruo. No les bastaba un grado, era necesario tener un máster, o dos, o tres… en un proceso de estudio y titulación sin fin. Y Ticio, primero con sed implacable y sincera de conocimiento, pasó, al poco, a ser un frío y compulsivo coleccionista de títulos y conferencias, valiéndose incluso de las más mundanas de las charlas, hasta acabar convirtiéndose en un Diógenes del papel titulado.

Las paredes se quedaron pequeñas para albergar tanto reconocimiento. Incluso llegó a colgar en ellas comprobantes de asistencia a charlas publicitarias de tostadoras de la teletienda.

—Pero, Ticio, los cimientos del edificio se están resintiendo con tantos diplomas enmarcados. ¡Nos hundiremos!

—Llámame doctor Ticio, que acabo de sacarme también el doctorado.

Una mañana, cuando se disponía a colgar en la pared el ticket de asistencia a la cola de la carnicería, el edificio que lo sufría colapsó, y el excelentísimo doctor licenciado cum laude pereció sepultado.

Sin duda, un caso grave de sobredosis de prestigio.

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EL HABITÁCULO

De cuando Ticio cometió el mismo error

que los troyanos

Cuenta la leyenda jurídica

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