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EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
Para Munki... mi ángel particular
1
Estoy de pie frente al deslucido espejo del vestuario de las enfermeras, tratando de dominar mi cabello castaño claro y recogerlo en algo parecido a un moño digno. Detesto que se rebele contra mí al igual que mis obstinados pacientes aquejados de demencia senil, que no se dan cuenta de que solo trato de ayudarlos. No me vería en esta situación, me digo, si hubiera tenido suficientes agallas para decir «no» cuando los de Recursos Humanos me pidieron que diera una charla a los estudiantes de enfermería sobre los principios básicos de la tracción ortopédica.
Sinceramente, parece que al aceptar la promoción a enfermera jefe del Servicio de Traumatología del hospital esperaba hacer de todo menos atender a los pacientes, lo que, irónicamente, es la principal razón por la que me metí en esto de la enfermería.
A sabiendas de que estoy hecha polvo —algo que siempre se me ha dado muy bien, por cierto—, abro la puerta del departamento de Ortopedia, mientras unos mechones rebeldes sobresalen de mi cabeza como una especie de aureola electrificada. De repente, resoplo ante la visión inesperada de Jason Driscoll, mi ex marido, de pie frente a mí, con una expresión extrañamente hosca en su bello rostro.
Incluso después del insoportable dolor que me provocó nuestro divorcio, este hombre todavía ejerce en mí un efecto sorprendentemente poderoso.
—Mi vida se ha acabado, Molly —me anuncia sin vacilar, y lo único que pienso es que Jason Driscoll puede ser muchas cosas, pero nunca melodramático. Mi ex marido es un hombre de pocas palabras, que conste, y aunque hace seis meses que hemos dejado de convivir, sigo sabiendo cuándo está a punto de revelarme algo que me va a doler escuchar.
Me recorre un escalofrío que me deja sin palabras y me devuelve a la situación anterior, en la que domesticar mi pelo rebelde era mi mayor preocupación.
—Acabo de hacerme una tomografía computarizada de urgencia —me informa sin ambages, y antes de tener tiempo de prepararme contra la inminente onda expansiva, añade algo impensable—: Tengo cáncer de páncreas, Molly. El doctor Hughes acaba de confirmármelo.
En ese instante mi mundo, tal como lo conocía, se altera irrevocablemente, y ya no existe la menor posibilidad de devolverlo a su estado anterior.
—¿Qué? ¿Cómo...? ¿Estás... estás seguro? —balbuceo, buscando en vano alguna respuesta profesionalmente positiva.
—Es así, Molly —confirma Jason—. Mi vida se ha acabado, y he pensado que deberías saberlo por mí antes de que alguien te lo dijera en el hospital.
Soy incapaz de articular palabra, y sin embargo mi mente no puede permanecer callada.
—No, Jason —digo por fin—. No puede ser tan simple y descarnado como eso. Tiene que haber otras opciones...
Me interrumpe con un gruñido de desdén.
—Sí, la quimioterapia. —Resopla, y reconozco una mirada de rechazo obstinado en su rostro.
La reconozco, pero eso no impide que insista.
—¿No vas a pedir una segunda opinión? —pregunto en tono de súplica.
—La del doctor Hughes es la cuarta —responde con una expresión de estoicismo desarmante.
—Bien. De acuerdo. La quimioterapia es una opción viable...
—No para mí —me interrumpe de nuevo con convicción inapelable.
—Por favor, Jason —le imploro—. Estamos hablando de tu vida. ¡Tienes que abrirte a todas las posibilidades de supervivencia que existan!
Mete las manos en los bolsillos de sus viejos tejanos y se encoge de hombros.
—¿Por qué? —pregunta con indiferencia.
—¿Por qué? Y ¿por qué no? —razono. Estupefacta, lo miro boquiabierta mientras reminiscencias de sentimientos lejanos emergen de lo más profundo de mi ser: este es el hombre al que una vez amé y prometí dedicarle mi vida. Ya no importan los problemas, nuestros antiguos reproches mezquinos palidecen repentinamente a la luz de semejante noticia catastrófica, y por encima de todo quiero que Jason se cure... se recupere... viva—. No pierdes nada —añado.
Él cierra los ojos, pensativo, y respira lenta y profundamente.
—No es mi estilo —responde en voz baja—. No quiero morir así.
—¡¿Así cómo?! —exclamo.
—Poco a poco —dice sin alterar la voz—. Débil, calvo y agotado, sin nada más que un montón de falsas esperanzas. Yo no soy así, Molly.
La resignación que delata su tono me enerva. Nunca he oído a Jason Driscoll hablar así... Nunca lo he visto renunciar o ceder ante nada, y no quiero verlo ahora.
—Jason, por favor —le ruego, sin saber qué más decir—. Por lo menos dale una oportunidad a la quimio. Puede que funcione —imploro, pero ya al decirlo sé que a él le suena a fórmula vacía, que no tiene efecto alguno sobre su impenetrable y masculina idea de cómo debe morir un hombre de verdad.
Esa misma noche, más tarde, doy vueltas y más vueltas en mi mitad de nuestro viejo colchón de matrimonio, reacia a asimilar un mundo sin la presencia física de Jason Driscoll; de hecho, incapaz de ello. La oscuridad alivia el escozor de mis ojos, que siguen ardiéndome tras horas de intensa búsqueda en internet de todo lo relacionado con el cáncer de páncreas, y de la angustia que ello comporta. De momento, nada puede aliviar mi preocupación.
A pesar de todos los consejos que la gente me ha dado específicamente sobre los ex cónyuges, cojo el teléfono y llamo al móvil de Jason.
—Por favor, Jason —empiezo antes incluso de que él murmure un soñoliento «¿Sí?».
—¿Molly? —grazna, ya consciente de la razón de mi llamada. Supongo que seis años de matrimonio le brindan esa capacidad a cualquiera—. ¿Podemos hablar de esto en otro momento? —intenta escabullirse—. Cuando esté consciente... y tal vez incluso sobrio.
—Oh, no, nada de eso, colega —digo enfadada—. No voy a dejar que pases de mí en algo tan importante como esto. —Soy dura y lo sé, pero no me importa—. ¡Dame una sola razón lógica por la que no quieras probar la quimioterapia!
Él suspira, cansado.
—Por Dios, Molly, eres implacable, ¿lo sabías?
—Sí, lo sé —respondo—. No es precisamente la primera vez que me lo dices.
—Mira, Molly, estamos divorciados, ¿recuerdas? ¿Por qué no puedes aceptar mi decisión de mantenerme alejado de los tratamientos fútiles y experimentales con los que fantasean tus amigos médicos? Dejemos las cosas tal como están, ¿vale?
—¡Porque estamos hablando de tu vida, Jason, por eso!
—¡No, de eso nada! Estamos hablando de mi muerte —responde tajante—. Si quiero dejar este mundo con mi propio pelo y una pizca de dignidad, ¿no crees que debería ser mi decisión y de nadie más?
Esas palabras tan crudas me duelen como un pinchazo en el corazón y, por una vez, no sé qué replicar.
Ante mi silencio aturdido, él se ablanda un poco.
—Escucha, Molly, tú eres la que siempre me acusaba de ser egoísta, imprudente, irresponsable...
—¿Cuándo he dicho algo así? —lo interrumpo.
—Ahora mismo. —Se echa a reír—. ¡Y cada vez que me atrevía a poner mayonesa en el bocadillo, o cuando apostaba en las carreras, o cuando trataba de convencerte de que te montaras conmigo en la Harley y recorriéramos el país sin un destino preciso, sin un mapa de carreteras, sin un jodido termómetro siquiera! ¡Y no olvidemos las veces que no me ponía el cinturón de seguridad en tu coche o no usaba el hilo dental después de cada maldita comida! ¿Sigo?
—No, por favor —musito, pero sé que ya no va a parar.
—¿Y qué hay de las innumerables veces que te rogué, que realmente te imploré, que simplemente diéramos un paseo por el barrio en mi Harley? ¡Solo una vez, Molly! Solo una maldita vez, es todo lo que te pedía, pero ni siquiera podías hacer eso por mí. Lo cierto es que nunca estuviste dispuesta a poner tu vida en mis manos, así que entenderás que no esté dispuesto a poner mi muerte en las tuyas.
Esto último me duele de verdad y se produce un incómodo silencio.
Desafortunadamente, creo que ha dado en el clavo. Tiene razón. Quiero controlarlo todo, no hay duda de ello, pero ¿qué otra cosa puede esperarse de la hija adulta de dos padres alcohólicos que pasó la mayor parte de su infancia tratando de controlar siquiera un poco el constante caos que era su casa? Además, Jason ya lo sabía antes de casarnos. No es que yo tratara de ocultar mi necesidad de mantener cierto orden en mi vida diaria.
—¿Recuerdas cuando empezábamos a salir? —dice casi con nostalgia, pero como no estoy segura de adónde quiere llegar, no contesto—. ¿Recuerdas el día que compré mi primera Harley y conduje hasta tu casa para enseñarte lo orgulloso que estaba?¿Te acuerdas de qué me tildaste?
—Sí —admito a regañadientes—. Futuro donante de órganos.
—Exacto. Y eso solo fue la punta del iceberg. Por el amor de Dios, Molly, tratabas de controlar todos los aspectos de mi vida. Así pues, ¿crees que podrías al menos darme un poco de libertad para decidir sobre mi despedida de este mundo?
A pesar de lo mucho que me aturde el tema que estamos discutiendo, me doy cuenta de que esta es probablemente la conversación más sincera que hemos tenido en muchos años.
—¿Tan difícil era vivir conmigo, Jason? —pregunto, con miedo de oír la respuesta.
—Sí —murmura, y ese monosílabo me atraviesa con su afilada punta.
—Tengo una idea —digo al cabo de un silencio.
—Siempre tienes alguna —murmura—. ¿De qué se trata esta vez?
—Te parecerá una locura, pero escúchame, ¿de acuerdo?
—¿No lo hago siempre? —me reta, y me siento humillada por la verdad que encierran sus palabras.
—La... quimioterapia... —Se me hace un nudo en la garganta—. Es un plan extraño y aterrador para ti, ¿no?
—Sí, lo es —gruñe.
—Y recorrer el país en moto, sin ningún destino en mente... bueno, es una idea bastante tonta para mí, ¿no?
—¿Qué quieres decir? —pregunta con cautela.
—Bueno, ¿y si yo...? Quiero decir, ¿y si accediera a comprarme mi propia Harley-Davidson y recorrer el país, ya sabes, como siempre quisiste que hiciéramos? ¿Qué pasaría si estuviera dispuesta a olvidarme de mis precauciones, a dejar de lado todas mis redes de seguridad y controles y por una vez en la vida me dejara llevar?
—Estás bromeando, ¿eh? —Se ríe, incrédulo, pero ya estoy más que envalentonada.
—Jason, si yo estuviera dispuesta a hacer ese viaje espantoso y amenazador hacia lo desconocido, ¿considerarías entonces la posibilidad de hacer un viaje similar por la senda angustiante de la quimioterapia? Tal vez entre ambos podríamos demostrar que las cosas siempre pueden cambiar. ¿Qué me dices?
Un profundo silencio se cierne sobre ambos y, por un momento, me pregunto si se ha cortado la llamada. Pero entonces detecto un ruido peculiar, un sonido que no logro determinar.
Y un segundo después caigo en la cuenta de que al otro lado de la línea mi ex marido solloza calladamente.
2
Por la mañana despierto en un estado de incredulidad aterrorizada. ¿Lo he soñado o realmente le prometí a Jason que me compraría una Harley-Davidson y conduciría por todo el país si él accedía a tratarse con quimioterapia? Sí, estoy bastante segura de que lo hice. Oh, Dios, ¿en qué estaría pensando? Quiero decir, ¿qué pasa con mi trabajo? No puedo pedir ese tipo de vacaciones en el hospital. ¿Y qué pasa con mi absoluta carencia de sentido de la orientación? Y no olvidemos que soy una conductora supuestamente «nerviosa» y un verdadero desastre con las máquinas. Solo hay que preguntarle a mi ex marido... bueno, tal vez también a unas cuantas personas más que prefieren no subir al coche conmigo cuando conduzco. Sin embargo, no veo qué tiene de malo ser sensata y prudente al volante.
Tampoco acabo de entender por qué todos se muestran estupefactos cuando se enteran de que no tengo ni idea de cómo hinchar los neumáticos, poner el control de velocidad de crucero, repostar gasolina o incluso utilizar el «manos libres» de mi móvil. Bien mirado, ¿por qué hay que saber cómo se hacen todas esas cosas?
En cuanto a la presión de los neumáticos, ¿no es la del «nivel triple A»? ¿Y el control de crucero? Pregunto, ¿qué persona sensata le daría voluntariamente el control de un vehículo en movimiento a un chip incorporado? ¿No es mejor, y mucho más seguro, para un conductor valorar las condiciones rápidamente cambiantes de la carretera y adaptarse a ellas? Además, todo el mundo sabe que en casi ninguna gasolinera de Nueva Jersey dejan que te llenes tú el depósito (y que si te dejaran sería algo muy poco conveniente para quienes nos gastamos cuarenta dólares cada dos semanas en ponernos uñas de porcelana). ¡Por no mencionar los peligros de hablar por teléfono mientras se conduce! No me importa si está permitido usar esos estúpidos manos libres, me niego a distraerme de la carretera por alguien con necesidad de cháchara insulsa.
En ese preciso instante, y como si fuera una señal, el teléfono suena al lado de mi cama.
—Por favor, no cambies de opinión —me dice Jason a bocajarro.
Años de perfeccionamiento de mis habilidades de observación como enfermera diplomada me señalan automáticamente que hay una chispa de energía enfatizando su tono, ahora aparentemente normal. Si Jason fuera mi paciente, pienso, documentaría ese nuevo detalle en su historial médico, y posiblemente incluso informaría a su médico. Pero cómo solo es mi ex marido, pues finjo no darme cuenta.
—¿Te rindes? —replico, tratando de ganar tiempo.
—Ajá. Tu oferta de recorrer el país con una Harley durante el mismo tiempo que dure mi quimioterapia....Verás, lo cierto es que estoy dispuesto a aceptar el reto.
—Mag... magnífico —tartamudeo.
¿Lo ves? ¿Lo ves? Esto es lo que pasa cuando te casas con un hombre y le dejas acceder a los rincones secretos de tu psique. Le entregas la llave maestra de cada pensamiento aleatorio que cruza tus labios. Hablando en serio, no recuerdo que mencionara ningún plazo determinado, aunque tampoco me sorprende. A Jason siempre se le ha dado bien añadir detalles que no hemos tocado, como este, después de que hayamos alcanzado un acuerdo.
—No te estarás echando atrás, ¿verdad? —me pregunta con desconfianza.
—¡Por supuesto que no! —respondo con falsa valentía—. Dije lo que quería decir, y quería decir lo que dije. —Pero puedo detectar la falta de convicción en mi voz.
Mi ex marido me conoce demasiado bien como para tragarse mi farol. Un largo momento de duda cae sobre la conversación.
—Mira, no pasa nada si te desdices, Molly —dice tras soltar un suspiro—. Lo entenderé. En realidad, no creía que siguieras adelante con esto.
Su tono de decepción es dolorosamente claro, y tan punzante que la enfermera que hay en mí siente la tentación de esterilizarlo.
—¡Eso no es cierto! —exclamo, intentando sonar convincente—. ¡Estoy dispuesta a hacer lo que sea para que te trates con quimioterapia aunque solo sea una vez!
—¿En serio? —dice en un tono vacilante y casi infantil que nunca habría asociado con mi fuerte y viril ex marido.
—Sí, Jason —confirmo.
—Bueno, en ese caso... Me he pasado la noche haciendo una serie de averiguaciones para ti.
—¿Sobre qué moto debo comprarme? —pregunto, y no es una conjetura descabellada por mi parte.
—Por supuesto que no. Pero, ya que lo mencionas, la Harley Sportster es ideal para ti, preferentemente el modelo Nightster.
—Oh.
—No; lo que he estado investigando durante toda la noche —continúa— es una nueva clase de enfermera. Se llama «enfermera itinerante».
Por supuesto, yo ya había oído hablar de las enfermeras itinerantes, pero nunca me había interesado. Básicamente, consiste en trabajar para una agencia que te consigue contratos a corto plazo en los hospitales de todo el país, e incluso a veces en el extranjero. Pero ¿qué clase de vida es esa? Quiero decir, como adulta responsable a la que no le gusta el cambio o el riesgo o aventurarse en lo desconocido, no es de extrañar que ni siquiera haya pensado en semejante posibilidad.
—Mira, trabajas en lo tuyo pero por el camino, por así decirlo. —Jason se entusiasma explicándome los detalles mientras yo trato de volver a concentrarme. Sin embargo, debo decir que resulta reconfortante escuchar otra vez algo de vitalidad en su voz—. Tendrás la oportunidad de trabajar casi en cualquier lugar que desees, Mol. Y también te dan alojamiento. Luego, cuando te canses de ellos, o ellos se cansen de ti, ¡solo tienes que hacer la maleta y trasladarte al siguiente lugar que te asignen! Además, ¡ganarás dinero en lugar de perderlo! ¡Es la solución perfecta, Molly!
Bueno, dejando el cáncer de lado, el entusiasmo de Jason por convertirme en una especie de errante planta rodadora del desierto está empezando a ponerme de los nervios.
—¿Tienes alguna idea de lo estresante que sería eso? —lo sermoneo—. Quiero decir, ¿trabajar en un hospital nuevo cada dos meses más o menos, adaptarme, acostumbrarme a los médicos, y trabajar en departamentos donde tengo poca o incluso ninguna experiencia? Soy enfermera, por el amor de Dios. En todo esto hay algo en juego acerca de la vida y la muerte.
Esto debería devolver a Jason un poco de sentido común, creo.
—Otras personas lo hacen, Molly —presiona suavemente, con la decepción de nuevo en su voz.
¿Lo veis? Así es como Jason me gana las discusiones. Primero me desgasta con un entusiasmo desenfrenado, y luego me atiza con algún mohín cargado de pequeñas verdades innegables, y pierdo. Cuando hace eso, este hombre me vuelve loca. Pero también se está muriendo, me temo. Y también una vez nos amamos. Quizá todavía nos amamos. No lo sé.
Antes de darme cuenta, me encuentro solicitando un período de seis meses de permiso para ausentarme de mi trabajo en Atlantic City (el único hospital donde he trabajado, incluyendo mis días de estudiante de enfermería), y después firmo con una agencia llamada Ángeles de la Carretera.
Manteniendo su parte del trato, mi ex marido ha
